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Biografía

Agustín Agualongo

Independencia

1780–1824

18 min de lectura19 documentos
Nacimientohacia 1780, Pasto (provincia de Pasto, Nueva Granada)
Fallecimiento13 de julio de 1824, Popayán
RolesJefe militar realista · Caudillo popular del altiplano pastuso
Lugar principalColombia
Período históricoIndependencia1810–1831
03

La biografía

En el altiplano andino que hoy dividen las repúblicas de Colombia y Ecuador, un mestizo pastuso nacido hacia 1780 se convirtió, entre 1811 y 1824, en el último jefe militar capaz de sostener con eficacia una guerra contra Simón Bolívar en nombre del rey de España. Agustín Agualongo comandó a los indígenas, negros y mestizos que hicieron de la provincia de Pasto el bastión realista más obstinado de toda la América meridional: una resistencia que retrasó la consolidación de la Gran Colombia, obligó al Libertador a librar dos campañas del sur, provocó represalias de una crudeza comparable a las peores hostilidades de la guerra a muerte y dejó a Pasto devastado durante décadas. Su figura, incómoda para el canon patriota que se escribió después, condensa una verdad que la historiografía colombiana tardó en admitir: no todos los pueblos de la Nueva Granada quisieron ser independientes, y quienes se opusieron con más constancia no siempre fueron los agentes coloniales, sino comunidades enteras que identificaban el trono con el altar y la parroquia con la vida.

02

Línea de vida

  1. 1810

    Pasto se declara realista

    Leer contexto

    La provincia de Pasto, junto con Popayán, Panamá, Santa Marta y Riohacha, se declaró realista al inicio del proceso independentista, instalándose sin ambigüedad en la defensa de la monarquía. Agualongo se integró desde temprano a las fuerzas que sostendrían esa opción durante catorce años.

  2. 1814

    Batalla de Tacines y primera guerra contra Nariño

    Leer contexto

    El 9 de mayo de 1814, las fuerzas patriotas de Antonio Nariño atacaron en tres columnas las posiciones realistas del altiplano. Las guerrillas realistas —compuestas por indígenas, negros y mestizos— hostigaron a la columna patriota, capturaron a un oficial y contribuyeron al fracaso de la expedición y a la prisión de Nariño. Agualongo se curtió como jefe subalterno en esta primera campaña.

  3. 1822

    Campaña de Bomboná: Bolívar detenido en el sur

    Leer contexto

    El 7 de abril de 1822, en el paso montañoso de Bomboná, Agualongo y las fuerzas realistas al mando de Basilio García infligieron bajas considerables al ejército de Bolívar, quien tuvo que retirarse a El Peñol y luego a El Trapiche. Los guerrilleros patianos y los indios armados del corredor Popayán-Pasto interceptaron sistemáticamente los refuerzos, víveres y municiones patriotas, bloqueando toda la campaña del sur.

  4. 1823

    Toma de Ibarra y derrota del 17 de julio

    Leer contexto

    Los pastusos, con cerca de 1.500 hombres, cruzaron al sur y tomaron la villa ecuatoriana de Ibarra aproximadamente un mes antes del choque final. El 17 de julio de 1823, Bolívar y el general Salom los derrotaron en una batalla en la que murieron más de 600 pastusos —casi la mitad de los combatientes—, según el propio Salom. La derrota fue militar y demográfica, pero no extinguió la resistencia.

  5. 1824

    Último alzamiento, captura y fusilamiento

    Leer contexto

    En 1824, Agualongo se levantó por última vez con unos 800 hombres mal armados y sin oficiales instruidos, según el coronel Juan José Flores, logrando derrotar destacamentos republicanos y ocupar brevemente Pasto. Fue finalmente capturado y fusilado en Popayán el 13 de julio de 1824, a los cuarenta y cuatro años, sin haber renunciado a su lealtad al rey.

La semblanza de un caudillo incómodo

Agualongo no encaja en las galerías republicanas. No fue criollo ni letrado, no vistió el uniforme de los libertadores ni firmó constituciones. Fue un hombre de origen popular —de la mezcla étnica que caracterizaba a la sociedad pastusa, donde pastos, quillasingas, descendientes de africanos y mestizos convivían en un altiplano cordillerano a más de mil setecientos metros de altitud— y llegó a los grados más altos que un jefe irregular podía alcanzar en el ejército del rey en América. Combatió en Tacines, en Bomboná, en Ibarra, en las tomas y retomas de Pasto que jalonan los años finales de la guerra. Cuando los grandes generales realistas de la Nueva Granada ya habían capitulado o huido, cuando Fernando VII mismo parecía haber renunciado a recuperar sus dominios continentales, Agualongo seguía combatiendo con hombres mal armados que, en palabras del propio coronel Juan José Flores —uno de sus perseguidores más severos—, "carecían de jefes instruidos, de arreglo, de táctica" y sin embargo lograban derrotar tropas veteranas.

La paradoja de su figura reside en esa desproporción entre medios y persistencia. La resistencia pastusa fue derrotada militarmente varias veces —en 1814 en Tacines, en 1822 en Bomboná, en 1823 en Ibarra— y otras tantas se reconstituyó desde abajo. Ese es el fenómeno que Agualongo encarna: no un caudillo que impuso su voluntad a una tropa dócil, sino el nombre que quedó adherido a un movimiento popular arraigado en la parroquia, la comunidad indígena y el valle del Patía, y que Bolívar, Sucre, Salom y Flores tardarían más de una década en aplastar. Que ese aplastamiento fuera necesario, y que su costo humano se pagara en fusilamientos, incendios de ranchos, violaciones y destrucción de la economía ovina de la región, dice tanto sobre el proyecto independentista como sobre la resistencia que lo enfrentó.

Los orígenes: Pasto, el altiplano y la lealtad al rey

Para entender a Agualongo hay que empezar por Pasto. La ciudad se levanta en el altiplano nariñense, en la misma faja cordillerana andina que abarca Popayán, Túquerres, Ipiales, Almaguer y Bolívar, todas asentadas a mil setecientos metros o más de altitud. Es un mundo frío, de páramos y valles interandinos, alejado por semanas de camino de Santafé y Cartagena, más cercano culturalmente a Quito y al antiguo espacio inca —cuyos vestigios arqueológicos atestiguan la presencia del Tawantinsuyu en el territorio— que a los centros criollos del norte de la Nueva Granada. Los pastos y los quillasingas ocupaban esa tierra a la llegada de los españoles, y sus descendientes, ya mestizados y cristianizados, seguían constituyendo la mayoría de la población rural cuando estalló la crisis imperial.

Al sur del altiplano, en el valle del Patía, se había formado desde el período colonial una comunidad negra de raíces cimarronas cuya presencia militar y política durante las guerras de Independencia sería decisiva, y a la que la historiografía posterior condenaría a un ocultamiento sistemático, relegándola a categorías despectivas de "sociedad menor" pese a su protagonismo. Agualongo pertenecía a ese universo humano heterogéneo —indígena, afrodescendiente, mestizo— que constituía el grueso de la sociedad pastusa y que, cuando llegó el momento de escoger bando, escogió al rey.

La elección no fue caprichosa ni fruto exclusivo de la manipulación clerical, aunque el clero jugó un papel decisivo. La provincia de Pasto, junto con Popayán, Panamá, Santa Marta, Riohacha, las sabanas del Sinú, la costa sur del Pacífico y el valle de Cúcuta, se declaró realista al inicio del proceso, en 1810, mientras el resto del país se abría al debate sobre el cambio político. Las juntas americanas de aquel año se dividieron en tres tendencias —realistas o colonialistas, autonomistas que reconocían provisionalmente los gobiernos peninsulares guardando los derechos de Fernando VII, e independentistas puros—, y Pasto se instaló sin ambigüedad en la primera. Cartagena declaró la independencia absoluta el 11 de noviembre de 1811; Pasto tomó el camino contrario.

Varias fuerzas convergieron en esa opción. La primera fue la Iglesia. El obispo de Popayán, monseñor Salvador Jiménez de Encizo, se convirtió en el vocero más influyente del realismo eclesiástico en el sur: predicó la unidad indisoluble entre la Monarquía y la Religión, denunció la Ilustración como fuente de desorden y anarquía, y el 27 de agosto de 1819 dirigió una circular a los curas párrocos de su diócesis reforzando esa doctrina en un momento crítico de la contienda. En una sociedad donde la norma moral eclesiástica funcionaba como norma legal y donde la ortodoxia cristiana era condición de prestigio social, la palabra del obispo y la del cura de pueblo pesaban más que los pronunciamientos de los cabildos criollos. La segunda fuerza fue el aislamiento rural: los sectores populares del altiplano estaban desconectados de las tertulias urbanas donde se agitaba la causa independentista, y encontraban en el gobierno monárquico un orden tolerable, no una tiranía. La tercera fue el retorno de Fernando VII al trono en 1814, que coincidió en la Nueva Granada con la llegada del ejército pacificador de Pablo Morillo y con la vuelta al bando absolutista de la mayoría de los súbditos que habían coqueteado con la autonomía.

Sobre este trasfondo, Pasto no fue una provincia manipulada sino una comunidad que compartía, con matices propios, la visión del clero realista. Tanto patriotas como realistas eran católicos y disputaban por igual la simbología religiosa; la diferencia estaba en que en Pasto, indígenas, negros y mestizos se identificaron desde temprano con la lectura eclesiástica del conflicto y no con la criolla urbana. Cuando el proceso independentista neogranadino se reveló como lo que era en sus inicios —una insurrección de minorías cultas y ricas, muy distinta de la insurgencia popular que encendió a México desde 1810—, la brecha entre Pasto y las capitales patriotas se hizo abismal.

La trayectoria: catorce años de guerra

Nariño y la primera invasión (1811-1814). La primera vez que un ejército patriota intentó someter a Pasto fue en la campaña que Antonio Nariño, presidente de Cundinamarca, condujo hacia el sur entre 1813 y 1814. La expedición pretendía extender la revolución hasta Quito atravesando la provincia hostil. Fracasó. En Pasto y sus alrededores, las guerrillas realistas —compuestas ya por indígenas, negros y mestizos, la misma amalgama social que sostendría toda la resistencia posterior— hostigaron a la columna patriota, capturaron a un oficial en 1814 y contribuyeron a que Nariño terminara prisionero después de la campaña. La batalla de Tacines, el 9 de mayo de 1814, mostró el patrón que se repetiría: los patriotas atacaron en tres columnas las posiciones realistas del altiplano y, aunque el desarrollo táctico inicial pareció favorecerlos, no lograron consolidar el avance. Agualongo, entonces todavía un jefe subalterno en formación, se curtió en esa primera guerra sucia.

El interludio realista y la reconquista (1815-1819). Con el retorno de Fernando VII y la llegada de Morillo, Pasto no fue una plaza que hubiera que reconquistar: era ya la retaguardia sólida del régimen. La provincia proveyó tropas y recursos a la causa del rey, y sus jefes locales —entre ellos Estanislao Merchancano, Ramón Zambrano y, con creciente protagonismo, el propio Agualongo— consolidaron su experiencia militar. La circular del obispo Jiménez de Encizo del 27 de agosto de 1819 llegó cuando Boyacá acababa de sellar la suerte del virreinato en el norte, y funcionó como una reafirmación doctrinal de la lealtad realista en un sur que aún se sentía capaz de resistir.

Bomboná y la primera campaña de Bolívar (1822). Después de Boyacá, el sur se convirtió en la última frontera de la Gran Colombia. Bolívar asumió personalmente la campaña de Pasto en 1822, mientras Sucre, desde Guayaquil, avanzaba sobre Quito. El 7 de abril, en el paso montañoso de Bomboná, el Libertador se enfrentó al jefe realista Basilio García en una de las batallas más sangrientas y ambiguas de toda su carrera militar. Las tropas republicanas sufrieron bajas considerables; el propio comandante español reconoció, con cierta caballerosidad de época, la bravura de sus enemigos, aunque el bando realista también salió maltrecho. Bolívar intentó negociar. García, sintiéndose en posición de superioridad táctica, solo aceptó que las tropas patriotas regresaran a sus posiciones de origen. El Libertador tuvo que retirarse a El Peñol.

Allí ocurrió lo que revela mejor que ninguna descripción táctica el peso de la guerra irregular pastusa. Bolívar esperó refuerzos que debían llegar desde Popayán al mando del brigadier Leiva. Los refuerzos no llegaron. Los guerrilleros patianos —afrodescendientes del valle del Patía que actuaban con conocimiento total del terreno— y los indios armados que infestaban todo el corredor entre Popayán y Pasto interceptaron sistemáticamente los víveres, las municiones y los auxilios destinados al ejército republicano. Cortaron las comunicaciones. Ejecutaron depredaciones. Asesinaron a soldados aislados: en un incidente cerca de Los Robles, mataron al menos a uno e hirieron gravemente a otro, hombres que se habían separado de la columna principal solo para buscar agua. Bolívar tuvo que repasar el Juanambú y refugiarse en El Trapiche. La victoria táctica de Sucre en Pichincha, el 24 de mayo de 1822, liberó Quito pero no Pasto: la provincia siguió resistiendo aun cuando el mapa político la rodeaba por completo.

La toma pastusa de Ibarra y la derrota de 1823. En 1823, mientras Bolívar preparaba la expedición al Perú, los pastusos volvieron a levantarse. Cruzaron al sur y tomaron la villa ecuatoriana de Ibarra un mes antes del choque final: reunieron cerca de mil quinientos hombres, muchos de ellos milicianos improvisados con armas viejas, y ocuparon una posición estratégica en el corazón del territorio recién liberado. Bolívar y el general Bartolomé Salom organizaron un ejército con tropas de los departamentos del sur para aplastarlos. El encuentro decisivo se produjo el 17 de julio de 1823 en las inmediaciones de Ibarra.

Fue una carnicería. Según el propio Salom, en el campo de batalla quedaron más de seiscientos pastusos muertos: casi la mitad de los que habían llegado hasta allí. La derrota fue militar y demográfica a la vez, pues golpeó a una provincia que ya había perdido en Bomboná y en las escaramuzas previas una porción sustancial de sus hombres en edad de combatir. Y sin embargo, la resistencia no se acabó ese día.

El último año y la muerte (1823-1824). Después de Ibarra, la guerra en el sur entró en su fase más despiadada. Bolívar ordenó al general Salom medidas punitivas de extrema severidad. El coronel Juan José Flores, encargado de la pacificación de Pasto, aplicó una represión tan feroz que él mismo terminó rogando ser relevado del cargo. En abril de 1824, en una carta angustiada al general Salom, Flores reconoció que su conducta había sido "muy severa" y que madres, huérfanos y padres afligidos lo acusaban de haber matado a sus familiares. Salom, sin ceder al ruego, le respondió que a él le decían lo mismo en Pasto y en Quito. Era la constatación amarga de que los oficiales republicanos habían terminado convertidos, ante la población que decían libertar, en los verdugos de un pueblo entero.

Agualongo protagonizó los últimos alzamientos de esa fase terminal. En 1824 volvió a levantarse con una tropa que, según el propio Flores, no pasaba de ochocientos "facciosos" mal armados, sin oficiales instruidos, sin táctica reconocible. Con esa fuerza logró derrotar a destacamentos republicanos y ocupar brevemente Pasto. Fue finalmente capturado y fusilado en Popayán, el 13 de julio de 1824, sin haber renunciado a su lealtad. Tenía cuarenta y cuatro años.

Su red: fuerzas, aliados, adversarios

La red de Agualongo no es la que suelen dibujar las biografías canónicas de próceres —correspondencias con letrados, filiaciones logísticas, círculos de tertulia—. Es una red de otro tipo: una trama de comunidades, jerarquías eclesiásticas, mandos militares y adversarios cuyas trayectorias se cruzaron con la suya en el tablero del sur.

En la base, las comunidades indígenas del altiplano pastuso —descendientes de pastos y quillasingas— y las comunidades afrodescendientes del valle del Patía. Sin ellas, la guerra irregular que Agualongo condujo habría sido imposible. Los guerrilleros patianos, cuya eficacia estratégica quedó demostrada al bloquear los refuerzos a Bolívar en 1822, constituían una fuerza autónoma con lógica propia, forjada en décadas de cimarronaje y de negociación con el orden colonial. Los indios armados del corredor Popayán-Pasto operaban con un conocimiento del terreno que ningún ejército convencional podía igualar. Agualongo no inventó a estos combatientes: los articuló y les dio nombre en el mando.

Encima de esa base, el clero. El obispo Salvador Jiménez de Encizo, en Popayán, y la red de curas párrocos que él coordinaba proporcionaron la legitimación religiosa del combate: predicaron la unidad entre trono y altar, denunciaron la Ilustración y en momentos críticos —como la circular del 27 de agosto de 1819— reforzaron el compromiso de los feligreses con la causa del rey. La imbricación entre autoridad eclesiástica y orden político, propia de la sociedad colonial, dotaba a esas prédicas de una fuerza que las juntas patriotas no lograban contrarrestar. Reducir la lealtad pastusa a manipulación clerical sería, sin embargo, un error: el clero encontró suelo fértil porque las comunidades ya compartían la visión que él predicaba. Pero decir que Agualongo actuó al margen de esa influencia sería igualmente falso.

En el mando militar realista, Agualongo se relacionó con figuras como Basilio García, jefe realista de Bomboná; Estanislao Merchancano y Ramón Zambrano, caudillos locales pastusos; Melchor Aymerich, el último presidente de la Audiencia de Quito antes de Pichincha; y Juan Sámano, el virrey neogranadino que huyó tras Boyacá. Su ascenso en la jerarquía de esos hombres fue el ascenso de un mestizo de extracción popular en un ejército donde tradicionalmente los grados altos correspondían a peninsulares o a criollos leales. El vacío que dejaron las capitulaciones y las derrotas fue llenado, en Pasto, por caudillos como él.

Frente a esta red, los adversarios. Antonio Nariño, el primer patriota que se estrelló contra Pasto en 1814. Simón Bolívar, quien libró Bomboná en 1822 y ordenó desde lejos la represión final. Antonio José de Sucre, que venció en Pichincha pero dejó a Bolívar el problema pastuso. Bartolomé Salom, ejecutor de las medidas punitivas de 1823-1824 y destinatario de las cartas atormentadas de Flores. Juan José Flores, el coronel venezolano que terminaría siendo el primer presidente de Ecuador y que en Pasto se convirtió en un nombre de terror. Cada uno representó, en su momento, la fuerza estatal que Agualongo enfrentó y que finalmente lo aplastó.

Anatomía de la resistencia: guerra irregular, represión y devastación

La eficacia militar de la resistencia pastusa se explica por una combinación de terreno, tácticas y motivación. El altiplano cordillerano ofrecía a los guerrilleros ventajas defensivas enormes: pasos estrechos, valles interandinos, bosques y quebradas donde una tropa regular perdía la iniciativa. Los indios armados del corredor Popayán-Pasto, en los contornos del camino, atacaban a las columnas patriotas donde eran más vulnerables: interrumpían las comunicaciones entre unidades, interceptaban los cargamentos de víveres y municiones enviados por el brigadier Leiva desde Popayán, y mataban a los soldados que se separaban del grueso para forrajear o buscar agua. El caso de los soldados atacados cerca de Los Robles —uno muerto, otro gravemente herido cuando buscaban agua— muestra el patrón: no eran batallas, eran mordidas constantes que sangraban al enemigo sin ofrecerle blancos.

Esta guerra generó un ciclo de represalias que anticipó, en el sur, la lógica de la guerra a muerte que Bolívar había decretado años antes en Venezuela. Cuando los ataques de los indios armados causaron bajas suficientes entre sus soldados, el general Cabal reunió a sus oficiales para deliberar sobre el trato que se daría a los prisioneros capturados. La lógica de represalia asomó en esa deliberación, aunque el registro conservado no permite reconstruir con exactitud las decisiones tomadas. Lo que sí quedó consignado es el resultado acumulado de la política represiva ordenada por Bolívar a Salom después de Ibarra: fusilamientos en masa, incendios de ranchos, violación de mujeres, destrucción de la economía ovina cuando desaparecieron los rebaños que sostenían las pequeñas manufacturas de lana. Para finales de 1824, según el testimonio del historiador y funcionario patriota José Manuel Restrepo, la región de Pasto presentaba una devastación extrema: población diezmada, multitud de fusilados, ranchos quemados.

La carta de Flores a Salom en abril de 1824 —y la respuesta de Salom recordándole que a él le acusaban de lo mismo en Pasto y en Quito— dibuja el retrato psicológico de los ejecutores de esa política. No eran hombres insensibles; eran oficiales que sabían lo que estaban haciendo y que, al menos en el caso de Flores, llegaron a pedir por escrito que se los relevara. La administración nacional colombiana, mientras tanto, describía a los resistentes como "estúpidos facciosos" seducidos por "hombres que solo pueden vivir del desorden y del pillaje", una fórmula que revelaba tanto desprecio como desesperación: incluso después de la toma de Puerto Cabello, cuando la guerra continental ya se libraba en el Perú, Pasto seguía sin someterse.

La contradicción de esta guerra —que un caudillo popular, mestizo y sin instrucción militar formal derrotara con hombres mal armados a oficiales veteranos de las campañas de Boyacá y Pichincha— fue reconocida a regañadientes por los propios patriotas. Flores admitía que la tropa de Agualongo carecía de jefes instruidos, de arreglo y de táctica, y sin embargo lo derrotaba. La única explicación consistente es que aquella tropa contaba con algo que las cifras militares no miden: una identificación entre combatiente y territorio, entre soldado y comunidad, que convertía cada campo, cada quebrada, cada parroquia en aliada. Agualongo no dirigió una guerrilla en el sentido moderno: dirigió a un pueblo en armas.

Su huella: silencio, disputa y memoria

Cuando cayó fusilado en Popayán el 13 de julio de 1824, Agualongo pasó del campo de batalla al terreno más resbaladizo de todos: la memoria escrita. Y allí perdió su segunda guerra, esta vez sin combate.

La historiografía colombiana del siglo XIX se construyó en torno a los héroes epónimos de la Independencia: Bolívar, Santander, Nariño, Sucre. El relato canónico privilegió a los próceres criollos y letrados y otorgó a sus acciones un carácter fundacional, dejando poco espacio para figuras que no cabían en ese molde. José Manuel Groot y otros historiadores conservadores contribuyeron a fijar un canon que contrastaba el orden colonial con el desorden republicano, pero incluso ellos —que en principio podrían haber simpatizado con un caudillo del rey— no rescataron a Agualongo. La historia regional del siglo XX, orientada a exaltar próceres locales y patricios de las élites dirigentes, consolidó el modelo heroico centrado en los grupos dirigentes y siguió sin darle lugar.

Detrás de este silencio hay más que una preferencia política: hay una arquitectura de raza y clase. El canon narrativo de la Independencia colombiana se construyó sobre héroes criollos que encarnaban valores de orden, religión y ejecutivo fuerte; los sectores populares considerados ingobernables quedaron marginados del relato oficial, y la desconfianza bolivariana hacia la movilización popular se incorporó al pensamiento conservador como una prevención de fondo contra los caudillos surgidos de abajo. En ese marco, un jefe militar como Agualongo —mestizo, popular, de extracción periférica, aliado de comunidades indígenas y afrodescendientes— no cabía. Que además hubiera combatido en el bando derrotado y por el rey lo hizo doblemente inasimilable.

El caso de las comunidades negras del valle del Patía, que sostuvieron con su guerra de guerrillas la resistencia pastusa, es aún más elocuente. La historiografía colonial y republicana las relegó sistemáticamente a categorías despectivas de "sociedad menor", despojándolas de posiciones decorosas pese a su protagonismo militar en las guerras de Independencia. La reivindicación de la memoria patiana ha tenido que hacerse desde adentro, desde perspectivas sociohistóricas recientes que buscan develar ese ocultamiento y recuperar el papel de esas comunidades en la historia del sur colombiano. Agualongo, mestizo del altiplano pastuso pero articulado con esa base afrodescendiente e indígena, comparte con ellas el destino historiográfico: fue borrado del canon no solo por haber perdido, sino por lo que representaba.

Las propias fuentes republicanas contribuyeron al silencio. El Diario político y militar de José Manuel Restrepo, escrito desde 1819 y una de las piezas centrales para la historia de la Independencia, solo se publicó en su versión más completa en 1954; antes circularon apenas fragmentos publicados entre 1890 y 1936. El acceso amplio a los testimonios del período llegó tarde, cuando el canon ya estaba fijado. La reevaluación de Agualongo, cuando ha existido, ha corrido por vías laterales: la memoria oral pastusa, la reivindicación regional en Nariño y Ecuador, y los trabajos recientes que sitúan al valle del Patía y a la resistencia realista popular en un marco distinto del que ofrecía la historia patria tradicional.

Queda, más allá del silencio, la pregunta que su figura obliga a plantear: ¿fue la resistencia pastusa un anacronismo condenado por la marcha de la historia, o fue una expresión legítima —aunque derrotada— de una comunidad que no compartió el proyecto criollo de independencia y pagó por esa negativa un precio desmesurado? La primera lectura es la que sostuvo el canon durante casi dos siglos. La segunda emerge cuando se toma en serio la composición social de los ejércitos de Agualongo, la lógica de su lealtad al orden monárquico-religioso y la desproporción entre la resistencia que ofrecieron y la represión que recibieron. Ninguna de las dos convierte a Agualongo en héroe: la tarea de recuperar su figura no consiste en fabricar una nueva hagiografía, sino en devolverle su densidad humana e histórica.

Fue un mestizo de origen popular que llegó a mandar ejércitos. Fue un jefe militar sin instrucción formal que derrotó a coroneles veteranos. Fue un realista convencido en una era en que el realismo era la causa perdida. Fue el nombre bajo el cual una provincia entera —indígenas, negros, mestizos, párrocos y campesinos— libró la última guerra del imperio en el norte de Suramérica. Y fue, finalmente, uno de los muchos hombres a quienes la construcción de un Estado nuevo costó la vida, no del lado de los vencedores. Su tumba, si la tiene, la marca la memoria de Pasto más que las placas oficiales. Ese fue el veredicto de la historia escrita. La otra historia, la que sostienen los pueblos, aún tiene mucho que decir sobre él.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

19 documentos · 30 fragmentos
01Gran Enciclopedia de Colombia - Geografía 2Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Fernando Wills Franco (Dirección de proyecto); Camilo Calderón Schrader, Alberto Ramírez Santos (Coordinación editorial) · 2007 · Páginas 163, 1682 citas
[1]

indicadores de condiciones de vida y desarrollo Actividad % ismir I Agropecuaria, silvicultura, caza y pesca 32,02 ic las p € Mineria 1,04 Electricidad, gas y agua 1,82 Industria 3,25 Construccién 9,12 Comercio 7,03 ” ‘ “ Servicios valle A I € ca Transporte 4,34 ee ii anmaed on al Intermediaci6n financiera y conexos…

p. 168
[2]

coraz6n de los poetas: Arturo Cova, Clemente Silva, Santos Luzardo... O Ladislao. Y sus monumentos: el solemne rio que abre los dias y las noches, la misterio- sa selva catedralicia, la columna estelar de la palmera, la llanura donde el viento se fatiga y donde el alba desem- boca «como una roja turba de leones». Y…

p. 163
02¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Páginas 50, 512 citas
[3]

a establecer en el país un Estado de derecho: la separación de poderes, un ejercicio transitorio del gobierno, la titularidad del poder cedida al pueblo y la consagración de estos principios en una constitu ción. Esas posturas dividieron a los grupos dominantes de cada provincia de la Nueva Granada: los Gobiernos de…

p. 50
[6]

biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…

p. 51
03Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 90, 1102 citas
[4]

í n, donde la poblaci ó n libre se sent í a blanca, la principal actividad era la miner í a de alu vi ó n. La agricultura era pobre y se estaba promoviendo la coloni zaci ó n de nuevas tierras. En Socorro y Pamplona los habitantes se agrupaban en peque ñ as parroquias rodeadas de una agricultura de grandes y medianos…

p. 90
[11]

ñ oles. Poco despu é s los restos del ej é rcito patriota fueron derrotados. Las tropas espa ñ olas estaban diezmadas por las enfermedades, rn especial el paludismo y la fiebre amarilla: en 1820 sobreviv í an menos de 3000 de los 12000 que hab í an llegado en 1815 a Am é lica. No era probable que un ej é rcito espa ñ…

p. 110
04Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 341 cita
[5]

Espana. Este clero realista defen- dié la estrecha unidad entre la Monarquia y la Re- ligién, con la defensa mutua de los derechos sobre América en lo espiritual y terrenal; lucharon contra los falsos fildsofos de la Ilustracién, responsables del desorden, la anarquia y el anticlericalismo, y pre- dicaron sobre la…

p. 34
05La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · Página 571 cita
[7]

el Estado y las normas morales eclesiásticas hacen que la Colonia perdure hasta después de 1819. La penetración del gobernante y del cura en el fuero interno es constantes y se ve en el hecho de que desórdenes morales se consideran como delitos perseguibles de oficio por alcaldes, alguaciles y párrocos. La norma…

p. 57
06When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · Página 433 citas
[8]

when national independence was declared two decades later. \;\/hat seemed on the surlace to be an angry reaction against monarchical rule was actually a protest against Napoleon Bonaparte's conquest of Spain. The French dictator enraged Spanish subjects when he seized the royal family in 1808 and conquered most of…

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when national independence was declared two decades later. \;\/hat seemed on the surlace to be an angry reaction against monarchical rule was actually a protest against Napoleon Bonaparte's conquest of Spain. The French dictator enraged Spanish subjects when he seized the royal family in 1808 and conquered most of…

p. 43
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when national independence was declared two decades later. \;\/hat seemed on the surlace to be an angry reaction against monarchical rule was actually a protest against Napoleon Bonaparte's conquest of Spain. The French dictator enraged Spanish subjects when he seized the royal family in 1808 and conquered most of…

p. 43
07Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · Página 171 cita
[12]

desde el mismo ins- 1100 1102 Retrato de José Tomas Boves que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. Este jefe realista fue el que primero moviliz6 a los llaneros, que en un principio pelearon a favor de Esparia. tante en que Crist6bal Colon desembarco en las costas del Nuevo Mundo. Por lo que se puede ver, al…

p. 17
08Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · Página 1001 cita
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vol. VI, pags. 229 y 235-237; Lima, 1971. 1055 aniquilados, pero su bravura fue reconocida hasta por el gallardo comandante espanol, en cuyas filas también hubo considerables bajas. La dificil circunstancia en que Bolivar se encon- traba después de este sangriento combate de Bom- bona, sobre todo por la tardanza en…

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09Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · Página 962 citas
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patio de la venta, y vinieron a abra - zarnos, pero en el acto fueron capturados y asegurados. Seguimos nuestra marcha y acampamos en Los Robles, cerca de Popayán. Aquí ocurrió un incidente desagradable, y fue que dos de nuestros soldados salieron a traer agua de una fuente que quedaba a bastante distancia, y como…

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patio de la venta, y vinieron a abra - zarnos, pero en el acto fueron capturados y asegurados. Seguimos nuestra marcha y acampamos en Los Robles, cerca de Popayán. Aquí ocurrió un incidente desagradable, y fue que dos de nuestros soldados salieron a traer agua de una fuente que quedaba a bastante distancia, y como…

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10Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · Páginas 219, 2222 citas
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cruzaron en su expedición hacia el sur, tomaron Ibarra un mes después. En ese momento se calculó su fuerza en 1500 hombres. Los generales Bolívar y Salom organizaron un gran ejército con tropas venidas de los departamentos del sur de Colombia. El encuentro entre los dos ejércitos se dio en Ibarra el 17 de julio, en el…

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habían dejado sedu - cir de “hombres que solo pueden vivir del desorden y de pillaje en los pueblos pacíficos”, expresó la desesperación de la Administración nacional. Cuando se creía que con la toma de Puerto Cabello se habían “colgado las armas para cantar himnos a la paz interior de Colombia”, cuando solo deberían…

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11Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Página 481 cita
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junta de guerra celebrada en el Cuartel General de Cachapamba, en la que se de- cidié la continuaci6n de las operaciones, el ejército patriota traslad6 su vivaque al Cerro de Panecillo, que tenia a su izquierda el de Cebollas y a su de- recha el de los Carboneros, de tal manera que le permitia atacar el primero…

p. 48
12Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 912 citas
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las pe- queñas manufacturas de lana, que antes se alimentaban de los vellones de ovejas que desaparecieron, su población diezmada, multitud de fusilados, mujeres vio- ladas y ranchos quemados". (Restrepo, vol. V, p. 138). En el Llano, cuando las tropas fueron licenciadas en 1824, los hombres "se encontraron sin hogar…

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las pe- queñas manufacturas de lana, que antes se alimentaban de los vellones de ovejas que desaparecieron, su población diezmada, multitud de fusilados, mujeres vio- ladas y ranchos quemados". (Restrepo, vol. V, p. 138). En el Llano, cuando las tropas fueron licenciadas en 1824, los hombres "se encontraron sin hogar…

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13Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Páginas 1, 8, 153 citas
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27 Capítulo I Instaurar una tradición: las porfías de la historia nacional En el siglo aparecieron las primeras obras que utilizaron la noción de pasado para consagrar los XIX orígenes de la República. Las condiciones posteriores a la Independencia permitieron que los hombres de letras que elaboraron ejercicios de…

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regional buscaron levantar la autoestima de cada región a partir de la redención y justificación de pasados abolengos. Cada una de las regiones colombianas debía tener su prócer o sus héroes, o a lo menos un grupo de “patricios” prestantes que demostraban su contribución a la formación de la República, lo que…

p. 8
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los españoles en Chile” (1844)”, en Caracas, Ministerio de Educación, 1957, pp. 160-161 (Obras Obras completas, completas,). XIX Rafael Gómez, “José Manuel Restrepo, fundador de la República y padre de la historia moderna” (1963), op. cit,, pp. 4-14., p. 15. Ibid. Quizás por eso, el de José Manuel Restrepo solo vio la…

p. 15
14Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Páginas 45, 632 citas
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a los superiores, a los padres, a los bien nacidos, a los cultos, se abandonaba. La idea de Bolívar de que el pueblo era ingobernable entró a hacer parte de esta visión de la comunidad, y por eso se fortaleció la convicción de que solo mediante un ejecutivo muy fuerte se podía mantener el orden, con ayuda de la…

p. 63
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poder mientras se restauraba la autoridad del monarca español. Durante la Independencia, los criollos desarrollaron una amplia argumentación para sostener que tenían derecho a hacer la guerra y rebelarse contra las autoridades injustas. Al comienzo de las perturbaciones, se argumentó con timidez y en nombre de los…

p. 45
15Patía, de la tierra de nadie a las grandes haciendasCarlos Daniel Quiñonez Rodríguez, Carlos Enrique Osorio Garcés · 2024 · Página 601 cita
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personajes que han hecho historia por casi cuatro siglos a través de sucesos que exaltaron su presencia e importancia al momento de construir el ser afropatiano desde una perspectiva arraigadamente territorial. De este modo, “El apogeo de mi tierra”, como segundo capítulo, es un recorrido de hechos en busca de piezas…

p. 60
16Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · Página 941 cita
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americanas y acataron las decisio- nes de la Junta Central, la Regencia y las Cortes Es- panolas; otras juntas fueron autonomistas, como la que se organiz6 en Santa Fe de Bogota el 20 de julio de 1810, partidarias de una autonomia de los gobiernos provisionales de Espana y guardadoras de los derechos de Fernando VII.…

p. 94
17Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 4221 cita
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Constitución de Cundinamarca. 40 14 de junio: Antonio Nariño lanza su periódico La Bagatela. 41 19 de septiembre: Lozano es depuesto. Nariño asume la presidencia de Cundinamarca. 42 Octubre: Reunión de un nuevo Congreso de las Provincias Unidas de Nueva Granada. 43 11 de noviembre: Cartagena declara su independencia…

p. 422
18Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 4221 cita
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Constitución de Cundinamarca. 40 14 de junio: Antonio Nariño lanza su periódico La Bagatela. 41 19 de septiembre: Lozano es depuesto. Nariño asume la presidencia de Cundinamarca. 42 Octubre: Reunión de un nuevo Congreso de las Provincias Unidas de Nueva Granada. 43 11 de noviembre: Cartagena declara su independencia…

p. 422
19Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 351 cita
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Provincias americanas, lo que provocó que muchos americanos no aceptaran su legitimidad para gobernar en nombre de Fernando VII. Tal malestar estaba además motivado por el miedo de que Napoleón estuviera a punto de conseguir una victoria definitiva en España y en Europa. Ante la posibilidad de perder del todo a su…

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