Idea · Independencia
Guerra a muerte
Doctrina bélica codificada por Simón Bolívar en el Decreto de Trujillo (15 de junio de 1813) que prometía la muerte a todos los españoles y canarios e inmunidad a los americanos, rigiendo el pulso de la Independencia entre 1813 y 1820 y dejando sedimentos duraderos en la manera colombiana de hacer política por las armas.
Trayectoria de una idea
- 1812
Colapso de la Primera República y antecedentes del terror
- 1813
Decreto de Trujillo: codificación de la Guerra a Muerte
- 1814
Desbordamiento del terror y caída de la Segunda República
- 1815
Expedición de Morillo y el reverso español del exterminio
- 1817
Represión prolongada y efecto contraproducente
- 1820
Tratado de Regularización de la Guerra: clausura formal
La lectura
La Guerra a Muerte no fue un arrebato de crueldad sino una institución bélica deliberadamente codificada: un decreto con firma, protocolo y copia autenticada que intentaba resolver por sustracción la fragmentación interna del campo patriota, concentrando toda la violencia legítima sobre la minoría peninsular para neutralizar las vendettas entre familias y provincias americanas. Su paradoja fundacional —condenar al español inocente y absolver al americano culpable— respondía a una lógica de guerra asimétrica en la que el terror compensaba la inferioridad militar patriota, pero la lógica se desbordó de inmediato: ni la proclama pudo contener las represalias recíprocas ni la distinción binaria sobrevivió a la movilización de los llaneros de Boves, que convirtieron el conflicto en una guerra de clases y castas que el decreto no había previsto. El reverso español del exterminio, encarnado en la represión sistemática de Morillo entre 1815 y 1820, demostró ser tan codificado como el decreto de Trujillo y produjo el efecto contrario al buscado: convirtió simpatías coloniales en resistencia activa y abrió canales de apoyo externo a la causa independentista. Clausurada formalmente en 1820 con el Tratado de Regularización de la Guerra, la doctrina dejó sedimentos duraderos en el vocabulario político colombiano: la figura del enemigo interno definido por lo que es y no por lo que hace, y la legitimación escolástica e ilustrada de la rebelión armada, seguirían activas en los conflictos del siglo XX, como lo evidencia la cita que las FARC hicieron en 2011 de un texto doctrinario del período independentista.
El 15 de junio de 1813, en la ciudad venezolana de Trujillo, Simón Bolívar firmó una proclama que en pocas líneas invertía las reglas de la guerra que se libraba en el norte de Sudamérica. El documento prometía la muerte a todos los españoles y canarios, aunque fuesen indiferentes, y garantizaba a los americanos "inmunidad absoluta en vuestro honor, vida y propiedades", incluso a los que hubieran combatido contra la causa patriota. Con ese trazo, lo que hasta entonces podía leerse como una guerra civil entre súbditos de una misma monarquía se reconfiguró en un conflicto de exterminio definido por el origen. La Guerra a Muerte —así entró al lenguaje— no fue un exabrupto de un caudillo en apuros ni un episodio suelto: fue una institución bélica codificada, con firma, protocolo y copia autenticada, que rigió el pulso de la Independencia entre 1813 y 1820, marcó el vocabulario con que Colombia habría de pensar sus guerras posteriores, y solo se cerró formalmente con el Tratado de Regularización de la Guerra suscrito por Bolívar y Pablo Morillo en noviembre de 1820. Lo que sigue reconstruye ese arco: de dónde vino la proclama, qué pretendía hacer, en qué violencia se hundió, cómo se clausuró y qué sedimentos dejó en la manera colombiana de hacer política por las armas.
La proclama y su gramática
El texto de Trujillo es breve y quirúrgico. Distingue dos poblaciones y les asigna destinos opuestos. A los españoles y canarios les anuncia la muerte, sin importar su conducta previa: la sola pertenencia al grupo basta para hacerlos enemigos. A los americanos se les extiende un perdón que roza lo absurdo: incluye a los traidores más recientes, a los que empuñaron las armas contra la República, a los indiferentes que se habían plegado al gobierno realista. La paradoja es explícita y buscada: se condena al inocente por lo que es, y se absuelve al culpable por lo que también es. La copia conservada del decreto se cierra con la firma de Bolívar y una anotación de "Es copia" seguida por una rúbrica que parece corresponder a Pedro Briceño Méndez, entonces secretario del Libertador.
Bajo esa aparente irracionalidad hay un cálculo político. La proclama intentaba resolver un problema estructural del campo patriota: la difusión de venganzas particulares entre familias, pueblos y provincias que amenazaba con volver la guerra un enjambre de vendettas locales sin frente claro. Al reducir el enemigo legítimo a una minoría demográfica —los españoles europeos, minoría ínfima frente al conjunto de la población americana—, Bolívar buscaba concentrar sobre ellos toda la violencia potencial y neutralizar así la circulación indiscriminada de represalias. Era también un movimiento retórico: rompía la acusación española de que la Independencia sembraba desorden dentro de la "gran familia americana" al redefinir el conflicto como un choque entre esa familia y un cuerpo ajeno, el peninsular. Los que hasta la víspera se habían matado entre sí en nombre de banderías criollas podían, en teoría, reconocerse como hermanos frente al chivo expiatorio designado.
Había además una razón militar más humilde. Los patriotas llegaban a Trujillo en clara inferioridad de armamento, entrenamiento y experiencia frente a las tropas realistas. El terror era un instrumento compensatorio: paralizaría al enemigo, forzaría a los indecisos a definirse, cerraría toda retaguardia posible al invasor. La proclama, leída fríamente, es un manual de guerra asimétrica escrito por quien no puede darse el lujo de la moderación.
Antes de Trujillo: el desastre de la Primera República
El decreto no se explica sin la derrota de 1812. Ese año se hundió la Primera República de Venezuela bajo el empuje del capitán de fragata Domingo de Monteverde, y en la caída pesó de manera decisiva la pérdida de Puerto Cabello, plaza que defendía Bolívar bajo las órdenes de Francisco de Miranda. La rendición de Miranda y su posterior entrega a los españoles dejaron a Bolívar marcado por una herida doble: la militar y la moral. Refugiado en Cartagena de Indias, redactó allí los primeros textos que lo instalarían como estratega político de la causa, entre ellos el Manifiesto de Cartagena, donde diagnosticó las fallas de la República perdida.
De ese exilio productivo salió la Campaña Admirable. El Congreso de la Nueva Granada, presidido por Camilo Torres y con sede en Tunja, autorizó a Bolívar a emprender la liberación de Venezuela. La expedición partió a comienzos de enero de 1813 con unos 800 soldados: cerca de 300 reclutados por José Félix Ribas entre ex-combatientes venezolanos refugiados en Cartagena, y otros 500 aportados por el presidente Manuel Rodríguez Torices bajo el mando de Manuel Castillo. Bolívar remontó el río Magdalena, liberó Ocaña, combatió en Cúcuta y, tras un período de reorganización, cruzó a Venezuela. El 23 de mayo tomó Mérida; el 14 de junio, Trujillo. Al día siguiente firmó el decreto.
Entre Mérida y Trujillo, en la aldea serrana de Mucuchíes, ya habían caído las primeras víctimas de lo que Bolívar llamaría "venganza americana". La proclama no inauguró la práctica: la codificó. Le dio forma jurídica a una violencia que ya estaba desatándose sobre el terreno.
La reciprocidad del terror
Lo que siguió fue rápido y sangriento. Bolívar tomó Niquitao, Barinas y Valencia, y entró en Caracas el 6 de agosto de 1813, instaurando la Segunda República. Pero la lógica que había prometido concentrar la violencia sobre una minoría demostró muy pronto ser incontrolable. Los republicanos fusilaban a cualquiera leal a la Corona; las fuerzas realistas respondían con métodos igualmente brutales, entre ellos el asesinato de mujeres que se negaban a casarse con españoles. Los ríos se volvieron cementerios, los hospitales morgues, los campos apestaban a muerte. La contabilidad de las masacres se hizo imposible; la reciprocidad, automática.
Conviene una precisión. La violencia de exterminio del período no fue producida por el decreto: preexistía en las prácticas de comandantes realistas como Antonio Zuazola, Eusebio Antoñanzas y Francisco Tomás Morales, y en los excesos que ya habían acompañado la campaña de Monteverde. El decreto participó de esa lógica y la elevó a doctrina desde el lado patriota, pero la corriente estructural venía de antes y de más profundo. Antonio Nicolás Briceño, meses antes de Trujillo, había pactado con oficiales suyos una expedición cuyo botín se repartiría en función del número de cabezas de españoles cobradas: la guerra a muerte, en versión salvaje, circulaba antes de que Bolívar le pusiera firma.
El experimento de concentración se rompió, además, por un flanco que la proclama no había previsto: la movilización popular. José Tomás Boves reclutó en los llanos un ejército donde negros, pardos y mestizos —los sectores populares rurales que la República criolla no había sabido incorporar— encontraron una causa, un caudillo y un enemigo. Los llaneros de Boves no combatían por Fernando VII: combatían contra la aristocracia criolla que había hecho la Independencia sin ellos y a menudo contra ellos. La distinción binaria del decreto —españoles contra americanos— se pulverizaba ante una guerra que era también, y quizá sobre todo, de clases y castas. En el verano de 1814, Caracas cayó después de que miles de habitantes huyeran aterrorizados ante el avance de Boves. La Segunda República se hundió en el otoño de ese año. En mayo de 1815, Bolívar, incapaz de sostenerse ya ni en Nueva Granada, marchó al exilio y terminó llegando a Jamaica.
Una guerra civil dentro de la guerra
Mientras esto ocurría al oriente, la Nueva Granada libraba su propia guerra dentro de la guerra. Entre 1811 y 1815, los dirigentes criollos se enfrentaron con las armas en al menos dos episodios de guerra civil, divididos entre centralistas —con base en Cundinamarca— y federalistas, agrupados en las Provincias Unidas cuyo Congreso presidía Camilo Torres. En 1811, Antonio Nariño dio el primer golpe de Estado del territorio, derribando con apoyo militar el gobierno de Jorge Tadeo Lozano. Renunció en agosto de 1812 en un gesto de pacificación, dejando en su lugar a Manuel Benito de Castro, pero volvió al mando cuando Antonio Baraya, al frente de las fuerzas federalistas de Tunja, exigió la rendición de Bogotá. Una segunda guerra civil cerró el ciclo el 12 de diciembre de 1814, cuando las tropas federalistas atacaron la capital y forzaron la renuncia de Manuel Bernardo Álvarez. Bolívar intentó sin éxito evitar ese enfrentamiento.
En Venezuela, la fragmentación tenía otro rostro. Las provincias orientales —Cumaná, Barcelona y Margarita— reconocían como jefe a Santiago Mariño, no a Bolívar. Mariño proponía una división geográfica de responsabilidades y condicionaba el envío de refuerzos hacia el occidente a la aceptación de sus términos. Bolívar apresuró su entrada a Caracas en agosto de 1813 precisamente para llegar antes que Mariño. La cooperación militar unificada nunca cuajó.
Este cuadro importa para entender la Guerra a Muerte. La proclama de Trujillo no cayó sobre un campo patriota homogéneo que ella habría envenenado: cayó sobre un campo ya escindido por rivalidades personales, regionales e ideológicas, en el que las lealtades locales pesaban más que la causa común. Cuando el ejército expedicionario español llegó en 1815, encontró un territorio dividido, financieramente exhausto, incapaz de sostener ejércitos regulares porque la debilidad de su legitimidad política le impedía imponer cargas fiscales ordenadas y lo forzaba al pillaje y la contribución forzosa —expedientes que a su vez minaban su respaldo popular. La Guerra a Muerte fue tanto síntoma como causa de esa espiral: intentó, sin lograrlo, imponer una unidad por sustracción de un enemigo común, cuando la fragmentación era ya endémica.
Morillo y el reverso español del exterminio
Pablo Morillo desembarcó en las costas del norte de Sudamérica en 1815, al mando del más numeroso ejército expedicionario que Fernando VII envió al continente. Su misión era pacificar; sus métodos, la reciprocidad exacta de la Guerra a Muerte. Cartagena cayó el 6 de diciembre de 1815 tras un asedio de ciento dos días en el que se calcula que murió aproximadamente la tercera parte de la población de la ciudad a causa del hambre y las epidemias. Durante su marcha hacia el interior, Morillo hizo ahorcar a varios patriotas en Mompós y ordenó decapitar el cadáver del teniente coronel Fernando Carabaño, colocando su cabeza en un palo, gesto de escarmiento cuidadosamente documentado.
Instalado en Santafé, organizó un aparato represivo compuesto por consejos de guerra, el Consejo de Purificación y la Junta de Secuestros. Este último órgano confiscaba los bienes de los insurgentes para financiar la campaña de pacificación —una economía política del terror. En 1816 cayeron ante los pelotones de fusilamiento la mayoría de los líderes independentistas neogranadinos: Camilo Torres, Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano, José María Carbonell. La represión se prolongó más allá de ese año; el caso más célebre es el fusilamiento en 1817 de Policarpa Salavarrieta.
Morillo fue cruel por sistema. La expresión importa: no se trataba de excesos individuales sino de una política deliberada, tan codificada en su lado como el decreto de Trujillo lo había sido en el suyo. Pero la política tuvo un efecto contrario al buscado. Sectores de la población que al principio simpatizaban con la Corona porque añoraban el orden colonial pasaron a la animadversión abierta. La represión empujó a la población hacia las guerrillas y obligó a los independentistas a unificar esfuerzos hasta entonces dispersos, a buscar el apoyo de sectores medios que antes se habían mantenido al margen y a hacer concesiones al pueblo llano. Las noticias de los métodos de Morillo cruzaron el Atlántico y se engarzaron en el imaginario ya montado de la leyenda negra española en Gran Bretaña y Estados Unidos, lo que abrió canales de apoyo monetario y logístico externo a la causa patriota. La reconquista se completó militarmente en los primeros días de octubre de 1816, pero contenía ya la semilla de su propia derrota política.
La doctrina bajo el terror
Es fácil, ante el catálogo de masacres, olvidar que este período fue también uno de intensa producción doctrinaria. Los criollos no hacían la guerra sin argumentarla. Al comienzo del proceso, entre 1810 y 1811, la argumentación se apoyó en los derechos del rey de España cautivo y en las tradiciones constitucionales españolas: se combatía en nombre del monarca legítimo contra las juntas espurias. Cuando el marco monárquico se estrechó, los criollos revivieron el argumento medieval del derecho a la rebelión y al uso de las armas contra la tiranía, argumento cuya formulación más influyente en la tradición hispana venía del jesuita Francisco Suárez, quien en el siglo XVII había sostenido que la soberanía radica en la comunidad de ciudadanos por disposición divina y que los poderes de los gobernantes emanan de un contrato revocable por los súbditos, justificando expresamente el derecho de rebelión y el tiranicidio.
Al argumento escolástico se sumó, ya avanzada la guerra, una vertiente ilustrada: la del derecho humano a la insurrección. En 1820, El Correo del Orinoco publicó en su número 92 un texto titulado La gramática de la insurrección, de autoría incierta —probablemente de un escritor chileno—, que condensaba esa segunda vertiente. El texto tendría una larga posteridad: en 2011, las FARC lo citaron atribuyéndolo a Bolívar como sostén de la legitimidad de la rebelión armada, señal de que el arsenal doctrinario del período independentista siguió activo mucho después.
Los criollos se pensaban a sí mismos como beligerantes legítimos y no como delincuentes. Al menos en la Nueva Granada intentaron, con desigual fortuna, respetar las leyes de la guerra y presentarse como tales. La corona española, coherente con su definición del conflicto, se negó a reconocerles ese estatuto: para Fernando VII eran rebeldes, súbditos alzados en armas, no un poder beligerante. Esa asimetría de reconocimiento tuvo consecuencias prácticas. Si el enemigo no era beligerante sino criminal, no había prisioneros de guerra sino reos; no había canje sino ejecución; no había armisticios sino sometimientos. La Guerra a Muerte, leída en este marco, es la respuesta simétrica del bando criollo: si el otro nos niega la condición de beligerantes, nosotros le negaremos la condición humana. La escalada era, en cierto modo, jurídica antes que moral.
Bolívar y Nariño fueron conscientes de esta economía de legitimidades. Sabían que la política de la guerra —la construcción de reconocimiento internacional, la búsqueda de apoyo interno— tenía exigencias que no siempre coincidían con la moral de la guerra. El asedio de Pasto y otras operaciones sobre poblaciones civiles muestran que esa conciencia no siempre se tradujo en conducta acorde. La ambigüedad recorre todo el período.
Trujillo, otra vez: el armisticio y la regularización
La clausura formal de la Guerra a Muerte ocurrió también en Trujillo, siete años y cinco meses después de la proclama. El 21 de noviembre de 1820, Bolívar —ahora presidente de la República de Colombia proclamada en Angostura en diciembre de 1819— y Pablo Morillo firmaron el Armisticio de Trujillo, que suspendió las operaciones militares, incluyendo el sitio de Cartagena, por más de cuatro meses. Cinco días después, el 26 de noviembre, ambos suscribieron el Tratado de Regularización de la Guerra, presentado por sus contemporáneos y por buena parte de la historiografía posterior como el primer instrumento de su género en la historia de la humanidad.
El tratado contemplaba el canje obligatorio de prisioneros de guerra e incorporaba principios que hoy se reconocen como núcleo del derecho humanitario: trato respetuoso a los prisioneros, asistencia a heridos y enfermos, respeto a la población civil. La entrevista personal entre Bolívar y Morillo en la aldea de Santa Ana, tras la firma, se convirtió en icono del período: los dos jefes que habían encarnado el terror recíproco se abrazaban en un gesto de reconocimiento mutuo como beligerantes. Antonio José de Sucre participó en la comunicación del armisticio hacia la región de Pasto y Quito, extendiendo su alcance geográfico. El tratado fue leído por sus firmantes como una recuperación de la humanidad tras el ciclo de crueldades atribuidas sobre todo a Boves y Morales.
La significación jurídica del tratado excede su contenido inmediato. Al reconocer al adversario como beligerante legítimo, la corona española —a través de su general en el terreno— aceptaba de hecho lo que en el discurso oficial seguía negando: que la guerra americana no era una insurrección criminal sino un conflicto entre partes con derechos y deberes recíprocos. Ese reconocimiento tácito abrió el camino de las negociaciones posteriores. Que el tratado se firmara justo cuando Morillo se preparaba para dejar el mando y regresar a España añade una capa de ambigüedad: fue tanto un gesto de humanidad como una operación política.
Ecos: la gramática de la guerra en el siglo XIX colombiano
La Guerra a Muerte dejó dos sedimentos aparentemente opuestos que atravesaron el siglo XIX colombiano y siguieron dialogando entre sí. Por un lado, la posibilidad —dada, exhibida, practicada— de tratar al enemigo interno como enemigo exterminable, cancelando las convenciones que regulan la guerra entre pares. Por otro, la conciencia de que esa cancelación era desastrosa y de que la guerra debía someterse a normas, conciencia cristalizada en el Tratado de 1820.
El siglo XIX colombiano se movió en la tensión entre esos dos polos. Las guerras civiles se sucedieron con regularidad casi litúrgica entre 1828 y 1902: la Guerra de los Supremos (1839-1841), la revolución de Tomás Cipriano de Mosquera (1859-1862), la Guerra de los Mil Días (1899-1902), entre otras varias del mismo rango nacional, además de innumerables conflictos regionales. En muchas de ellas resurgió el impulso regularizador. Durante la guerra de 1860-1861 entre los rebeldes liberales de Mosquera y el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez se suscribieron el Pacto de Chinchiná, la Esponsión de Manizales y el Armisticio de Chaguaní, documentos que pueden leerse como descendientes directos del Tratado de 1820 en su preocupación por convertir la guerra en una lucha reglamentada.
La expresión jurídica más alta de ese impulso fue la Constitución de Rionegro de 1863, que incorporó el derecho de gentes como regulador de los conflictos interiores de la nación —una operación conceptual notable, porque el derecho de gentes había sido pensado tradicionalmente para las relaciones entre estados soberanos, no para las guerras dentro de un mismo estado. Colombia forzó la doctrina para adaptarla a su realidad, que era la de una república que hacía la guerra a sí misma con regularidad. La Constitución de 1886, en el marco de la Regeneración, extirpó ese artículo y reservó el derecho de gentes exclusivamente a las relaciones con otros estados. La operación no fue neutra: reconocer que las guerras internas se regulaban por el derecho de gentes era reconocer implícitamente al adversario interno como beligerante, algo que la nueva doctrina de orden centralista no podía permitirse.
La clausura definitiva de esa vía llegó tras la Guerra de los Mil Días. La doctrina jurídica dominante en los primeros años del siglo XX cerró toda posibilidad al reconocimiento del carácter político de la rebelión armada, criminalizando al rebelde y equiparándolo con el delincuente común. La simetría con la posición fernandina de un siglo atrás es notable: Colombia terminó adoptando internamente el criterio que sus fundadores habían combatido contra España. Entre 1903 y 1946, cuarenta y tres años, el país no vivió guerras civiles de nivel nacional. La coincidencia temporal con la vigencia de la doctrina criminalizadora es sugerente, aunque no autoriza predicar causalidad directa: la paz de aquellos años se apoyó en un pacto oligárquico más amplio que la sola política penal.
Una lectura del sedimento
Las guerras civiles colombianas del siglo XIX fueron, con excepciones notables como la de los artesanos en 1854, formas de reproducción de las élites y sus partidos, más que cimientos de un nuevo orden social. Empresas colectivas de destrucción, se ha dicho, y no fundamentos de un orden. Pero precisamente por su carácter destructivo y mortífero suscitaron una y otra vez la preocupación por reglamentarlas, por acotar su barbarie mediante pactos, esponsiones y armisticios que remiten, en última instancia, al gesto de Trujillo de 1820.
La Independencia produjo dos legados simétricos. Uno: la posibilidad codificada del exterminio del enemigo interno, con firma, texto y protocolo, útil como recurso táctico en momentos de inferioridad militar o como movilizador político frente a un adversario deshumanizado. Otro: la conciencia jurídica de que la guerra entre miembros de una misma comunidad política —aunque se los defina como españoles y americanos, o como liberales y conservadores— debe someterse a reglas que preserven un mínimo humano. Colombia heredó ambos y osciló entre ellos durante todo el siglo XIX y buena parte del XX.
La historiografía nacionalista del período republicano tendió a presentar las guerras de Independencia como racionales, honorables y épicas, minimizando la violencia bárbara y arbitraria que también las acompañó. La operación era comprensible: un país necesita mitos fundacionales limpios. Pero la Guerra a Muerte estuvo ahí desde el principio, con su gramática precisa de exterminio étnico-nacional aplicada dentro de lo que hasta la víspera había sido una misma comunidad política. Reconocerla no diluye la Independencia; la sitúa en su textura verdadera, que es la de un proceso donde la fundación de la libertad y la codificación del terror ocurrieron simultáneamente, firmadas a veces por la misma mano.
Que en Colombia la política se haya inventado desde la guerra —que las identidades partidistas, la construcción del territorio, las constituciones y los intentos de secularización hayan sido fruto de guerras civiles antes que de procesos institucionales autónomos— es una singularidad que este país comparte con pocos otros del continente. La proclama de Trujillo de 1813 y el tratado de Trujillo de 1820 son los dos extremos de esa singularidad en su forma más pura: la guerra como lugar del que nace la ley, y la ley como intento, siempre precario, de contener la guerra que la engendró.
En el archivo
2 apariciones públicas, ordenadas por período y año.
01Independencia1810–18311
Relaciones
Vínculos editoriales de la ficha y conexiones observadas dentro del archivo.
Relaciones editoriales
- 01Simón Bolívar — autor y firmante del Decreto de Trujillo del 15 de junio de 1813
- 02Pablo Morillo — comandante del ejército expedicionario español y contraparte en el Tratado de Regularización de la Guerra de 1820
- 03Trujillo — ciudad venezolana donde fue promulgado el decreto el 15 de junio de 1813
- 04José Tomás Boves — caudillo realista que movilizó a los llaneros y pulverizó la distinción binaria del decreto al convertir el conflicto en guerra de clases y castas
- 05Decreto de Trujillo — instrumento jurídico que codificó la doctrina y le dio firma, protocolo y copia autenticada
- 06Tratado de Regularización de la Guerra — acuerdo de 1820 que clausuró formalmente la Guerra a Muerte
- 07Cartagena de Indias — ciudad donde Bolívar se refugió tras la Primera República y desde donde partió la Campaña Admirable; luego escenario del devastador asedio de Morillo
Personas
Lugares
Ideas
Documentos y fragmentos citados
31 documentos · 44 fragmentos
01Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · p. 6191 cita
[1]de la América española, y él cómo halaga con sonrisas y saludos. ¿Recuerdas tú, Miranda, cuando Filadelfia parecía Jerusalén rediviva? Qué hermosas le parecen al revolucionario las calles de Caracas, con sol y democracia, al recordar las de Nueva York cubiertas de nieve y él mendigando el favor de los filibusteros;…
p. 619
02Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · p. 17, 22, 413 citas
[2]de su trayectoria. Razones ten- dría cuando en Lima, en cierto momento, le dijo a Sucre: "...yo soy el hombre de las dificul- tades". En los inicios de la campaña de Venezuela, bajo órdenes de Miranda, el Libertador sufre una estruendosa derrota al perder la plaza de Puerto Cabello, que defendía. Luego, al presen-…
p. 41
[37]del mando de Castro de la nación para combatir a los federalistas de Tunja, capitaneados por Antonio Baraya, cuyos enfrentamientos con los centralistas ponían en peligro las todavía endebles conquistas logradas por los patriotas, dos años después de los hechos del 20 de julio. Manuel Benito de Castro 21 22 Presidentes…
p. 17
[38]ocasiones aplicó penas de prisión. Sin embargo, pese a haberse opuesto a incorporar a Cundinamarca a los acuerdos fede- ralistas, proponía que, como estado indepen- diente, se aliara a las demás provincias para de- fenderse de la agresión española. Era tal su resistencia a las citadas tesis, que la posición que adoptó…
p. 22
03Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · p. 92, 3372 citas
[3]vols (2nd edn, New York, 1951), I, 6–10. 42. Díaz, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, 96, 98–9. See Chapter 1. 43. Humboldt, Personal Narrative, trans. Williams, IV, 12–17. 44. Austria, Bosquejo de la historia militar de Venezuela, I, 298. 45. Vicente Lecuna, Crónica razonada de las guerras de Bolívar, 3 vols…
p. 337
[11]exhausted, and as our oppressors force us into a mortal war they will disappear from America and our land will be purged of the monsters who infest it. Our hatred will be implacable, the war will be to the death.’ 16 In the upland village of Mucuchíes, near Mérida, the army executed the first victims of American…
p. 92
04El marxismo en ColombiaOrlando Fals Borda, Gerardo Molina, Carlos Uribe Celis, Ricardo Sánchez, Klaus Meschkat, Gonzalo Cataño, Fernando D'Janon, Gabriel Misas, Darío Fajardo, Eduardo Pizarro · 1984 · p. 451 cita
[4]l í nea del p á rrafo 3 de la edi ci ó n que utilizamos torna Marx a trocar el parentesco de Ribas respecto de Bol í var. Dice de nuevo “ primo ”, donde debiera decir “ t í o ” IB, p.78/ 48 10) Hace luego Marx un recuento a modo de introducci ó n para la Campa ñ a de Bol í var en Venezuela durante el a ñ o de 1813, la…
p. 45
0530 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · p. 421 cita
[5]kilómetros del curso del río Magdalena. Se dirigió a Venezuela. En el camino liberó a Ocaña y en Cúcuta tuvo una fuerte batalla contra el sangriento general Domingo de Monteverde. Bolívar había tar-dado menos de dos meses desde su salida de Cartagena. Recuperó fuerzas y recibió autorización del Congreso, situado en…
p. 42
06Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · p. 1211 cita
[6]para mantener el ejército; y, sobre todo, de resistir a las demandas de autonomía de las provincias, i En este último aspecto Bolívar no tuvo el éxito que deseaba. Las | provincias orientales, Cumaná, Barcelona y Margarita, habían l reconocido a Mariño como a su líder — incluso, la razón más importante porque Bolívar…
p. 121
07Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · p. 88, 1152 citas
[7]a su suerte vuestros verdugos. Contad con una inmunidad absoluta en vuestro honor, vida y propiedades; el solo titulo de Americanos sera vuestra garantia y salvaguar- dia. Nuestras armas han venido a protegeros, y no se emplearan jamas contra uno solo de nuestros her- manos. Esta ami se extiende hasta a los mismos…
p. 88
[21]Hhhong (ss * i presidente de las Provincias Unidas de Nueva Gra- “ ti: nada, Camilo Torres. Morillo volvid a Venezuela de- jando al pais en aparente sumision. La represion fernandina estuvo en el origen de un cambio profundo en la contienda civil, pues forz6 a los americanos a unificar sus esfuerzos, hasta entonces…
p. 115
08Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 3561 cita
[8]medida convencional, sus fuerzas eran inferiores a las españolas en armamento, entrenamiento y experiencia. Recurrió entonces a la cautela, al ingenio y al terror. El 15 de junio de 1813 emitió “El Decreto de Guerra a Muerte”, en el cual dejaba claro a amigos y enemigos por igual lo que les esperaba en los campos de…
p. 356
09Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 109, 1122 citas
[9]de la guerra a muerte dos razones esenciales: ante todo romper la acusación, que debilita la seducción política de las tesis de la Independencia, de fomentar disturbios en el seno de la gran familia americana; y luego, neutralizar la difusión general de las venganzas entre las familias, los pueblos, las provincias o…
p. 112
[13]el derrumbe del ejército adverso que en el propio poderío bélico, por mala voluntad que tenga la historia patria al respecto. Formar un cueipo expedicionario era en efecto posible, pero mantener una división entrenada y pagada parecía una hazaña tanto para los realistas como para los patriotas. Esta incapacidad…
p. 109
10Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 109, 1122 citas
[10]de la guerra a muerte dos razones esenciales: ante todo romper la acusación, que debilita la seducción política de las tesis de la Independencia, de fomentar disturbios en el seno de la gran familia americana; y luego, neutralizar la difusión general de las venganzas entre las familias, los pueblos, las provincias o…
p. 112
[14]el derrumbe del ejército adverso que en el propio poderío bélico, por mala voluntad que tenga la historia patria al respecto. Formar un cueipo expedicionario era en efecto posible, pero mantener una división entrenada y pagada parecía una hazaña tanto para los realistas como para los patriotas. Esta incapacidad…
p. 109
11Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · p. 45, 49, 523 citas
[12]poder mientras se restauraba la autoridad del monarca español. Durante la Independencia, los criollos desarrollaron una amplia argumentación para sostener que tenían derecho a hacer la guerra y rebelarse contra las autoridades injustas. Al comienzo de las perturbaciones, se argumentó con timidez y en nombre de los…
p. 45
[29]muerte” y a la idea medieval del derecho a rebelarse contra las autoridades tiránicas se añade la visión filosófica ilustrada de los defensores de la Independencia: la existencia general de un derecho humano a la insurrección. Esta fue expresada con claridad en un texto publicado en El Correo del Orinoco, en 1820 (n.°…
p. 49
[30]americanos como una parte diferente de los vasallos legítimos de un “cuerpo nacional” hispano, que Torres menciona. Entre estos, puede seguirse la compleja cuestión de la representación de los americanos a las Cortes, debatida en España en 1812. Momentáneamente, mientras se buscaba la alianza de los criollos contra la…
p. 52
12Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 171 cita
[15]desde el mismo ins- 1100 1102 Retrato de José Tomas Boves que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. Este jefe realista fue el que primero moviliz6 a los llaneros, que en un principio pelearon a favor de Esparia. tante en que Crist6bal Colon desembarco en las costas del Nuevo Mundo. Por lo que se puede ver, al…
p. 17
13La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · p. 601 cita
[16]de la libertad en el este de Venezuela, pero su contribución no sirvió de nada. Pese a un par de victorias, los patriotas llevaban las de perder. En el verano de 1814, Caracas cayó en manos de los realistas, después de que miles de habitantes se dieran a la fuga por temor a las tropas de Boves. Bolívar se retiró en el…
p. 60
14Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · p. 3081 cita
[17]de Venezuela envenenados con el re- cuerdo de las crueldades de Boves y Morales. La huma- nidad recobró sus derechos cinco meses más tarde en el tratado de regularizaron de la guerra celebrado entre Bo- lívar y Morillo. Despejado así el Magdalena, Santa Marta y Carta- gena, ocupadas aún por fuerzas españolas…
p. 308
15Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1201 cita
[18]parte de la América del Sur. Tales métodos, si al principio rindieron los resultados esperados, muy pronto lanzaron a la población a la resistencia, obligando a algunos a organizarse en guerrillas, a conspirar o, por lo menos, a desear vivamente la caída del régimen. A pesar de que durante la Primera República vastos…
p. 120
16¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 50, 512 citas
[19]biern o esp a ñ o l y fue c a ptu ra d o en 1814 p or l a s guerrill a s de indígen a s, neg r os y mestiz o s qu e defendí a n l o s a lre d ed or es d e P a st o. Con el rest a blecimiento d e 99 ¿Otra historia de Colombia? Fernando VII en el trono, el movimiento realista se fortaleció aún más, al enviar a Venezuela…
p. 51
[36]a establecer en el país un Estado de derecho: la separación de poderes, un ejercicio transitorio del gobierno, la titularidad del poder cedida al pueblo y la consagración de estos principios en una constitu ción. Esas posturas dividieron a los grupos dominantes de cada provincia de la Nueva Granada: los Gobiernos de…
p. 50
17Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 57, 612 citas
[20]Las consecuencias de la intransigencia del gobierno absolutista no se hicieron esperar, tras años de organización en sociedades patrióticas y en las más poderosas sociedades secretas como la masonería, estas que contaban con el apoyo económico de la burguesía, lo cual se tradujo en réplicas constantes pero fallidas de…
p. 57
[23]conjunto de leyes podemos rescatar algunos de sus artículos que se orientan al mantenimiento de las propiedades secuestradas. Mediante los procedimientos de secuestros, el Virreinato de Nueva Granada y su capital Santafé de Bogotá se convirtieron en la región administrativa de mayor fortaleza para la “pacificación”,…
p. 61
18La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · p. 831 cita
[22]regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…
p. 83
19Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2341 cita
[24]toma Carta- A o. od ele del terror. 1816 Los patriotas de Cartagena son pasados por las armas. Cuatro expediciones realistas reconquis- tan Nueva Granada. Nariño vuelve prisionero a Cádiz. El presidente Torres es reemplazado por José Fernández Madrid. El español Warleta toma Medellín y Miguel de la Torre, Santafé.…
p. 234
20Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · p. 1031 cita
[25]102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…
p. 103
21Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · p. 641 cita
[26]Granada native son Caldas had celebrated for refusing the honors the Bona- parte regime would have bestowed upon him in occupied Madrid. Among the “many other learned and valuable personages” that were executed was, of course, Francisco José de Caldas. 41 News of Morillo’s sanguinary tactics and actions was…
p. 64
22Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · p. 911 cita
[27]en un formidable obstaculo para la progresién de los republicanos. Estos, ante su de- bilidad naval en el Pacifico, se vieron precisados a enfrentarse con los espanoles en una obstinada guerra de guerrillas que retard6 la libertad del Ecua- dor. Comandaba el ejército realista en Quito el ma- tiscal de campo Melchor de…
p. 91
23Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 941 cita
[28]el trato respetuoso que se debía dar a los prisioneros de guerra, asistencia a los heridos y enfermos y respeto a la población civil. El 26 de noviembre de 1820 se suscribió entre Simón Bolívar, como presidente de la recién creada República de la Gran Colombia, y Pablo Morillo, comandante español del Ejército de…
p. 94
24El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · p. 1831 cita
[31]coloniales y en la génesis de las ideas de la generación precursora de nuestra Independencia, es nece- sario que nos detengamos a esbozar una síntesis de la teoría del Estado y de la sociedad del más grande de los filósofos 184 Jíndi Jícídneer Ucnsi escolásticos del siglo xvii, cabeza de la escuela de juristas…
p. 183
25Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 851 cita
[32]patria (…) De aquí se sigue, primero: que la legislación de un Esta - do no puede alterar el derecho de gentes, de manera que las alteraciones obliguen a los súbditos de otros estados; y, segundo, que las reglas establecidas por la razón y por el consentimiento mutuo, son las únicas que sirven, no sólo para el ajuste…
p. 85
26Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 29, 352 citas
[33]marcharon a Quito y Guayaquil (Ecuador) y al Perú. Conforme al espíritu Ilustrado y racionalista y al cuadro de valores liberales que definían el móvil emancipador, cabe preguntar ¿cuál derecho de guerra aplicó Bolívar en el asedio y toma de la provincia de Pasto y su capital en 1822? Más cerca de nuestra…
p. 29
[43]y de seguridad, al fin y al cabo versiones más refinadas del Estatuto de Seguridad de las ad- ministraciones López Michelsen (1974-1978) y Turbay Ayala (1978-1982). La violencia y las guerras civiles del siglo XIX Es posible, además, que la descripción descarnada de acciones violentas y la estrategia narrativa del…
p. 35
27Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 106, 1272 citas
[34]rita de los pol í ticos, incluso para romper las reglas acordadas por los representantes del “ pueblo ”. En 1811, Antonio Nari ñ o dio el primer golpe de Estado, al derribar, a nombre del bien com ú n, con el apoyo de los militares, el gobierno de Jorge Tadeo Lozano. Entre 1811 y 1815 los dirigentes criollos,…
p. 127
[39]todas las provincias, sobre la base de la Constituci ó n local declararon la independencia abso luta de Espa ñ a. Este proceso ayud ó a definir en cada provincia un espacio regional de gobierno y lealtades pol í ticas, que correspond í a a lazos reales entre sus habitantes, a regiones econ ó micas y sociales m á s o…
p. 106
28La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · p. 321 cita
[35]el Tolima, operaban guerrillas liberales, varias de ellas convertidas en simples grupos de bandoleros, comandadas por hombres recios y crueles cuyos alias —Sangrenegra, Chispas, Desquite, Tarzán— formaban parte de la leyenda popular. Así supe, desde cuando tuve conciencia, que no vivía en un país normal. Que la guerra…
p. 32
29Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 62, 2952 citas
[40]vida social. 8 Lejos de ello, las guerras civiles colombianas del siglo XIX eran, con excepciones notables (la de los artesanos en 1854), formas privilegiadas de reproducción de las élites, de sus partidos, de sus anacronismos religiosos y de las jerarquías sociales. En el límite eran más empresas colectivas y…
p. 295
[44]democráticas contenidas en la Constitución, especialmente las relacionadas con los procesos de descentralización económica y administrativa. 22 Continuando con el ejercicio comparativo de Marie Danielle Démelas, que excluye a Colombia dada su atipicidad, y en el ejercicio de caracterizar el contraejemplo, se podría…
p. 62
30Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · p. 461 cita
[41]obvious than one would assume. And should onecould onecount all the outbreaks whose immediate aim was to overthrow only regional authorities? For purposes of discussion it nevertheless may be useful to present a l of rebellions directed against the national authorities, rebellions whose seriousnes varied widely but…
p. 46
31Colombia, así en la guerra como en la pazJorge Giraldo Ramírez · 2018 · p. 151 cita
[42]enemigos internos. Cuando la última guerra del siglo X I X terminó —la Guerra de los Mil Días, en 1903—, la doctrina dominante cerró toda posibilidad al reconocimiento del carácter político de la rebelión armada y envió a los rebeldes a las tinieblas del mundo ilegal, junto con los criminales y con los exaltados que…
p. 15