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Hecho histórico · La Violencia · 1946–1957

Violencia sexual sistemática como arma política durante La Violencia

Entre 1948 y 1957, en el sur del Tolima y otras regiones, la violación de mujeres campesinas —incluyendo la mutilación reproductiva de embarazadas para 'acabar con la semilla'— funcionó como componente deliberado del repertorio de terror bipartidista, articulado con el despojo territorial y la aniquilación genealógica del adversario político. No fue un exceso individual sino una tecnología sistemática de marcaje, expulsión y exterminio.

Violencia sexual sistemática como arma política durante La Violencia
1948–1957
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1948–1957
Dónde
Tolima, Chaparral, Valle del Cauca, Boyacá, Santander, Rovira, Planadas, Santiago Pérez, Gaitania, Ataco, Rioblanco, El Limón
Protagonistas
Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna, Manuel Quintín Lame, Laureano Gómez, Policía chulavita, Los Pájaros (grupo paramilitar conservador), León María Lozano, alias el Cóndor, Donny Meertens, María Victoria Uribe, María Emma Wills, Teófilo Rojas, alias Chispas
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. La politización y conservatización de la fuerza pública tras el 9 de abril de 1948 creó cuerpos armados —chulavitas, comisiones mixtas de policía y civiles— con filiación sectaria radical y licencia implícita para el terror contra poblaciones liberales.
  2. La disputa territorial por tierras de colonización en el sur del Tolima y otras regiones cafeteras convirtió la expulsión de familias campesinas liberales en objetivo estratégico, y la violencia sexual en herramienta de ese despojo.
  3. La gramática ritual del terror bipartidista —que asignaba a cada mutilación sobre el cuerpo del adversario un significado político— integró la violación y la mutilación reproductiva como signos de aniquilación del linaje y la continuidad del enemigo.
  4. La estructura de género del mundo campesino colombiano, donde las mujeres encarnaban el cuidado, la reproducción y la cohesión del hogar, las convirtió en blanco privilegiado para destruir la unidad doméstica y hacer imposible el retorno al territorio.
  5. El fanatismo religioso, el ánimo de venganza y el miedo instrumentalizados por el Partido Conservador y sus estructuras armadas crearon un clima en que la violencia extrema —incluida la sexual— era funcional al objetivo de control territorial.
1948–1957Violencia sexual sistemática como arma política durante La Violencia

Consecuencias

  1. El abandono masivo de tierras en el Tolima —40.176 propiedades, 46% de ellas dejadas entre 1955 y 1956— fue acelerado por la violencia sexual, que inutilizaba el hogar campesino como unidad productiva y hacía imposible el retorno.
  2. El desplazamiento forzado de 321.621 personas (42,6% de la población del Tolima) incluyó a mujeres sobrevivientes de violencia sexual que migraron hacia zonas de colonización, tugurios urbanos o filas guerrilleras, sin reconocimiento ni reparación.
  3. La violencia sexual sistemática sentó una genealogía de la violación como arma de guerra que se prolongó en los conflictos armados de las décadas de 1980 a 2000, retomada y documentada décadas después por la Comisión de la Verdad.
  4. El silenciamiento estructural de la violencia sexual durante La Violencia —ausente del inventario canónico de masacres y 'cortes'— produjo un subregistro histórico que invisibilizó a las mujeres campesinas como víctimas con función política específica, retrasando décadas la lectura de género del conflicto.
  5. La tesis de Myriam Moreno Patiño (Universidad Nacional de Colombia, 2019) sobre mujeres en la Violencia en Chaparral, Planadas y Rovira, y los trabajos de Donny Meertens y María Emma Wills, abrieron una línea historiográfica que reencuadra La Violencia como guerra librada también sobre los cuerpos femeninos.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

Este hecho introduce una lectura de género y bioviolencia a la comprensión de La Violencia: la violación y la mutilación reproductiva no fueron excesos sino tecnología política con lógica de exterminio genealógico, articulada con el despojo territorial. Su documentación obliga a reescribir el inventario canónico del período —centrado en masacres y 'cortes de franela'— para incluir el cuerpo de las mujeres como campo de batalla. Ancla, además, una genealogía de la violencia sexual como arma de guerra que la Comisión de la Verdad retomó décadas después, y cuyo silenciamiento histórico es en sí mismo parte del daño.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Violencia sexual sistemática como arma política durante La Violencia

Entre 1948 y 1957, mientras el país se desangraba en la guerra bipartidista, en las veredas del sur del Tolima ocurrió una forma específica de terror que la historiografía tardó décadas en nombrar: la violación de mujeres campesinas —muchas veces seguida de mutilación reproductiva y del gesto atroz de abrir vientres embarazados para "acabar con la semilla" del contrario— no fue un desborde individual de tropas descontroladas, sino un componente funcional del repertorio con el que la policía chulavita y los grupos conservadores marcaron territorios, expulsaron familias liberales y clausuraron la continuidad de comunidades enteras. Chaparral, Rovira, Planadas, Ataco, Rioblanco: los nombres de esos municipios cordilleranos son, además de escenarios de masacres y desplazamientos, el mapa de una violencia sexual que operó como lenguaje político y como técnica de despojo, y que hoy permite leer La Violencia no solo como confrontación entre partidos, sino como una guerra librada también sobre los cuerpos de las mujeres.

El sur del Tolima antes del incendio

La Violencia no cayó sobre un país en reposo. Germán Guzmán Campos, uno de los primeros en levantar el inventario de la catástrofe, situó los orígenes del ciclo hacia 1930, cuando la transición liberal reordenó lealtades locales, y localizó su recrudecimiento a partir de 1948. En el sur del Tolima, sin embargo, el terreno estaba minado desde antes: entre 1922 y 1945, las luchas indígenas encabezadas por Manuel Quintín Lame en la región de Chaparral habían dejado una tradición de conflicto por la tierra, una geografía de colonización tensa y un tejido de comunidades campesinas curtidas en la disputa. Cuando el bipartidismo se convirtió en guerra abierta, esas veredas —donde el colono liberal, el terrateniente conservador y el resguardo indígena se disputaban laderas sembradas de café— fueron el yesquero perfecto.

El 9 de abril de 1948, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, se abrió la primera fase del ciclo (1946-1949), signada por la ruptura política y por brotes sectarios en las provincias. Con el ascenso de Laureano Gómez y la consolidación del régimen conservador de Mariano Ospina Pérez, la fuerza pública se conservatizó. La llamada policía chulavita —bautizada así por la vereda del norte de Boyacá de donde procedían muchos de sus agentes, todos de filiación conservadora radical— nació de esa politización. Junto con los "pájaros" del Valle del Cauca, del noroccidente de Risaralda, de Caldas y del Quindío, encabezados por León María Lozano, alias el Cóndor, y con las comisiones civiles armadas por directorios locales, estos cuerpos desplegaron entre 1948 y 1953 la fase más generalizada y sectaria de La Violencia.

Al sur del Tolima entraron, desde 1948, varias comisiones de policía chulavita en un gran operativo contra los colonos liberales de Santiago Pérez, Planadas y Gaitania. En Chaparral operaron comisiones mixtas de policía y civiles conservadores. En El Limón se documentaron ataques con al menos trece muertos. Y en Rovira —donde años después el guerrillero Teófilo Rojas, "Chispas", recordaría a los trece años el miedo y el dolor que le causó ver a los chulavitas violar mujeres— se ejerció una violencia que dejó marcada a toda una generación campesina. En el mismo departamento, entre 1949 y 1957, la Secretaría de Agricultura contabilizaría al menos 16.219 muertos, sin incluir bajas en combate con el Ejército, víctimas de masacres cuyos cuerpos fueron abandonados ni bajas de las Fuerzas Armadas. El 42,6% de la población del Tolima —321.621 personas— pasó por el exilio permanente o transitorio. Se abandonaron 40.176 propiedades, el 42,82% del total departamental, pertenecientes a 32.400 propietarios; el 46% de esas tierras fue abandonado entre 1955 y 1956.

Sobre ese sustrato de despojo masivo, la violencia sexual no fue un accidente: fue una de sus herramientas.

De la marca partidista al vientre abierto

Para entender qué hacía la violación en ese repertorio hay que reconstruir primero cómo hablaba el terror bipartidista con los cuerpos. Las técnicas de mutilación aplicadas a los cadáveres —tan extendidas que en Colombia se les asignaron nombres propios, entre ellos el "corte de mica" para descuartizamientos y castraciones— fueron descritas por la antropóloga María Victoria Uribe como un lenguaje ritual. La lógica era "matar, rematar y contramatar": el cuerpo del enemigo se destruía una y otra vez, con sevicia acumulada, para representar dominio y acallar al contrario. Cortar la cabeza y reubicarla en el cuerpo mutilado simbolizaba el cercenamiento del pensamiento del adversario; castrar y colocar los testículos en la boca de la víctima marcaba la obstrucción de la palabra. La cabeza reacomodada sobre el pubis o entre las manos, la lengua exhibida como corbata, la disposición alterada de las partes: cada gesto era un signo. La cacería y la carnicería campesinas —ese saber cotidiano sobre cortes, vísceras y manejo de la carne animal— proveían la técnica; el sectarismo bipartidista proveía el sentido.

Dentro de ese repertorio, la violencia sexual contra las mujeres cumplió una función específica. Los cadáveres —también los femeninos— adquirían marcas partidistas: las atrocidades sobre los cuerpos funcionaban como firma y como demostración de poder de la banda ejecutora. Violar a una mujer campesina no era un acto privado de un agente aislado; era inscribir en su cuerpo la identidad política del ejecutor y, simultáneamente, la derrota del hombre —padre, esposo, hermano— que no había podido protegerla. En sociedades campesinas donde el honor familiar se jugaba en la sexualidad de las mujeres, esa inscripción tenía un efecto devastador: quebraba la autoridad masculina del grupo enemigo, humillaba a la comunidad entera y clausuraba la posibilidad simbólica de permanecer en el territorio.

La lógica más extrema aparecía en la mutilación reproductiva de mujeres embarazadas. El gesto de abrir el vientre y extraer el feto —recogido en testimonios campesinos con la fórmula lapidaria de "acabar con la semilla"— condensaba una operación de aniquilación distinta a la del asesinato del combatiente enemigo: buscaba clausurar la continuidad biológica de la familia liberal, impedir que naciera el próximo hijo del contrario, hacer del útero campo de guerra. En la gramática identificada por Uribe —cercenar la cabeza para acallar el pensamiento, castrar para acallar la palabra— la extracción fetal se inscribe como cierre: acallar el linaje. Si el pensamiento del adversario se cortaba con el cuello y su palabra con los testículos, su descendencia se cortaba con el vientre. Era la forma más literal posible de exterminio, y también la más silenciada.

Que este gesto haya circulado en el habla campesina como fórmula reconocible —"acabar con la semilla"— indica que no era una anomalía aislada sino un patrón identificado por las propias comunidades, con nombre y con función. La violación sexual, la castración simbólica de los hombres asesinados, la mutilación reproductiva de las mujeres y el abandono de los cuerpos marcados con firma partidista formaban una sola secuencia: destruir al adversario en su dimensión política, en su palabra, en su capacidad reproductiva y en su presencia territorial.

Perpetradores con nombre y estructura

Nombrar a los ejecutores es parte del rigor histórico. La violencia sexual sistemática documentada en el sur del Tolima entre 1949 y 1953 se atribuye principalmente a la policía chulavita y a las comisiones mixtas de policía y civiles conservadores que operaron en Chaparral, Rovira, Planadas, Santiago Pérez, Gaitania y El Limón. Los chulavitas —conservatizados tras el 9 de abril, reclutados en la vereda boyacense homónima y desplegados como fuerza sectaria en varios departamentos— dejaron en la región del Sumapaz-Tolima fosas comunes cuya escala aún hoy es difícil de dimensionar: los cuerpos, transportados en volquetas, eran arrojados desde el puente natural de Pandi al río Sumapaz, a los precipicios entre Villarrica y Cunday, y al alto de Buenavista en Boyacá. Ese sistema logístico de desaparición —volquetas, puentes, precipicios— indica organización, no impulso: la desaparición de los cuerpos era parte del método.

Los "pájaros", por su lado, operaron sobre todo en el norte del Valle, el noroccidente de Risaralda, Caldas y Quindío. Bajo la conducción de León María Lozano, actuaron como grupo paramilitar conservador de carácter mercenario —"aves de paso" que caían sobre una vereda y desaparecían—, responsables de múltiples homicidios y desplazamientos forzados. En ambos casos, la lógica era la misma: instrumentalizar el miedo, el ánimo de venganza y el fanatismo religioso —los tres ingredientes que Guzmán identificó en la violencia conservadora— para expulsar poblaciones liberales de territorios estratégicos. Y en ambos casos, la violación de mujeres formó parte del método.

Las respuestas defensivas también dejaron rastros. Frente a la violencia chulavita, algunos campesinos gaitanistas del sur del Tolima y del Sumapaz recurrieron a tácticas de autodefensa apoyadas por el Partido Comunista Colombiano; Juan de la Cruz Varela emergió como figura de ese proceso, que sentaría las bases organizativas de las primeras guerrillas liberales y comunistas. El peso documental de la violencia sexual sistemática recae, sin embargo, sobre las fuerzas conservadoras y estatales; no hay registro comparable de un uso simétrico y masivo de la violación como táctica por parte de todos los actores del período. Esta asimetría en el registro no equivale, con certeza, a asimetría en los hechos: el subregistro estructural de la violencia sexual impide afirmar en qué medida las guerrillas liberales cometieron actos semejantes. Pero el patrón documentado en Chaparral, Rovira y Planadas apunta con nitidez a la policía chulavita, a los civiles conservadores armados y a las comisiones mixtas como sus ejecutores centrales.

Detrás de esos cuerpos armados hubo dirección política. La violencia conservadora fue instrumentalizada desde el Partido Conservador con una combinación de miedo, venganza y fanatismo religioso, y se expresó en amenazas escritas con plazos para abandonar territorios. Que la violencia sexual figurara junto a los asesinatos selectivos, las masacres, la quema de cultivos y la destrucción de casas en el mismo repertorio de terror —desplegado con secuencias temporales que podían durar días, meses o años— sugiere que su función no era desahogar impulsos sino producir efectos: expulsar, humillar, marcar, disuadir el retorno.

La articulación con el despojo

Ninguna lectura de la violencia sexual en La Violencia se sostiene fuera del despojo territorial. Paul Oquist calculó que el ciclo produjo el despojo de 393.648 parcelas campesinas, principalmente en Valle del Cauca, Cundinamarca, Tolima, Antiguo Caldas y Norte de Santander. En el Tolima, las cifras del abandono de tierras —40.176 propiedades, 46% de ellas dejadas entre 1955 y 1956— coinciden con la geografía de la violencia sectaria. El patrón, reconstruido a partir de los testimonios recogidos por Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna en La Violencia en Colombia, era secuencial: amenazas escritas con plazos, incursiones armadas, asesinatos y masacres, ventas forzadas a precios ínfimos y, finalmente, apropiación por terceros —terratenientes, especuladores, nuevas capas de comerciantes-terratenientes— bajo nuevas amenazas.

La violencia sexual se insertaba en esa cadena en un lugar preciso. Durante las incursiones armadas, mientras los hombres eran asesinados o forzados a huir, las mujeres eran violadas, mutiladas o ejecutadas. En los casos donde la incursión no ejecutaba a todos los habitantes, la violación funcionaba como advertencia: la humillación irreparable del núcleo familiar volvía imposible el retorno o la permanencia. Y donde la mujer estaba embarazada, el gesto de abrir el vientre para "acabar con la semilla" cerraba, en un solo acto, la aniquilación política del adversario y la clausura reproductiva de la parcela: no habría hijo que reclamara la tierra, no habría linaje que sostuviera el vínculo con el territorio.

Esta articulación entre violencia sexual y despojo tiene una dimensión de género específica. La socióloga Donny Meertens ha mostrado que en el mundo campesino colombiano los roles se distribuían así: el cuidado y la reproducción se asociaban con las mujeres; la producción, la propiedad legal y los derechos formales sobre la tierra se asociaban con los hombres. En un régimen así, atacar a las mujeres campesinas mediante la violación era también atacar el corazón simbólico del hogar —el ámbito del cuidado, la comida, los hijos— e inutilizar la unidad doméstica como sostén de la explotación agraria. La expulsión definitiva no requería matar a toda la familia; bastaba con destruir la posibilidad de que ese hogar volviera a funcionar en el lugar. La violencia sexual actuaba, así, como aceleradora del abandono de las tierras.

En el Valle del Cauca, en Cundinamarca, en el Viejo Caldas y sobre todo en el Tolima —zonas donde el conflicto entre hacendados y colonos era intenso, donde se cultivaba café y donde las fronteras agrícolas seguían en disputa—, el resultado fue el mismo: miles de campesinos desplazados vendieron sus parcelas a precios ínfimos, se convirtieron en migrantes hacia zonas de colonización espontánea, engrosaron los tugurios urbanos o se sumaron a las filas guerrilleras, mientras las tierras cambiaban de manos.

Fases, escala y contexto nacional

La violencia sexual bipartidista debe leerse dentro de la cronología general del ciclo. La primera fase (1946-1949) fue la de violencia incipiente y ruptura política. La segunda (noviembre de 1949 a junio de 1953) fue la más generalizada y de carácter sectario tradicional: en ella se concentra el grueso de la evidencia sobre violencia sexual sistemática en el sur del Tolima. La tercera fase se abrió con el ascenso de Gustavo Rojas Pinilla al poder en junio de 1953 y modificó parcialmente los repertorios; la cuarta comenzó con su caída en 1957.

Las cifras globales del ciclo siguen siendo objeto de discusión. El clásico La Violencia en Colombia de Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna cifró en 134.820 los muertos entre 1948 y 1958, y elevó esa cifra a 200.000 al sumar heridos que fallecieron posteriormente y desplazados. Un estudio econométrico de 2019, basado en censos y tasas de natalidad, propuso cifras muy inferiores: entre 39.142 y 57.737 víctimas mortales para el período 1949-1958. La distancia entre esos rangos habla del carácter difuso y desigualmente registrado de las muertes: muchas ocurrieron en veredas remotas, muchas no fueron denunciadas, muchas nunca dejaron cadáver identificable. En el caso de la violencia sexual, el subregistro es aún mayor.

Dentro de ese panorama nacional, el Tolima aparece como uno de los epicentros documentados. La cifra de al menos 16.219 muertos entre 1949 y 1957, con las exclusiones ya mencionadas, junto al 42,6% de la población en exilio y el 42,82% de las propiedades abandonadas, dibujan una catástrofe demográfica cuyo componente sexual y reproductivo apenas empieza a ser reconstruido. La tesis de maestría en Historia de Myriam Moreno Patiño, defendida en la Universidad Nacional en 2019 sobre la presencia de las mujeres en La Violencia (1948-1964) en Chaparral, Planadas y Rovira, con base en el archivo judicial del Tolima entre otras fuentes, forma parte de ese esfuerzo tardío por documentar lo que durante décadas se había mantenido en penumbra.

El silencio como estructura

Que la violencia sexual haya tardado tanto en entrar en la historiografía de La Violencia no fue accidente. El silencio operó como estructura, y esa estructura tenía varios pisos.

En el nivel de los perpetradores, ninguno de los procesados por masacres del período confesó haber cometido los actos que se le imputaban, y menos aún los actos de violencia sexual. La ausencia de descripciones desde el lado de los ejecutores contrasta con la riqueza —cuando se les pregunta— de los testimonios de sobrevivientes y testigos. La impunidad clausuró, en la práctica, cualquier registro autoinculpatorio.

En el nivel de las víctimas, la mecánica del silencio fue distinta y más pesada. La vergüenza, el miedo al rechazo familiar, el temor al abandono conyugal y a las represalias contra los suyos inhibieron sistemáticamente la denuncia. Los testimonios recogidos décadas después muestran que, cuando una víctima se atrevía a relatar la violación, frecuentemente no se le creía; se le echaba la culpa; recibía castigo adicional, a veces de su propia madre u otros familiares. La comunidad, presa de una vergüenza colectiva por no haber podido "defender el honor" de sus mujeres, prefería no hablar. Y las víctimas, sin respaldo ni comprensión en su entorno inmediato, aprendían a callar.

A esa estructura de silencio se suma la naturaleza espacial de los hechos. La violencia sexual solía ejecutarse en espacios privados —el interior de las casas asaltadas, los corrales, los caminos apartados—, muchas veces sin testigos sobrevivientes o con testigos infantiles que huían. A diferencia de las masacres públicas, cuyos cadáveres exhibidos en plazas y caminos exigían nombre y relato, las violaciones podían quedar sin testigo alguno. Emergían en los relatos, pero rara vez se convertían en su núcleo narrativo.

Las consecuencias psicosociales sobre las sobrevivientes fueron severas y prolongadas. Los testimonios recogidos posteriormente por instancias como el Centro Nacional de Memoria Histórica documentan estados de dependencia funcional total —incontinencia, incapacidad de autocuidado, descritos por las propias víctimas como vivir "como un vegetal"—, hospitalizaciones psiquiátricas prolongadas, medicación sostenida con haloperidol, amitriptilina, clozapina y fluoxetina, episodios depresivos recurrentes al revivir la escena traumática, y dificultades severas de vínculo afectivo con hijos e hijas nacidos de las violaciones. Los daños, sistematizados como categorías en el análisis de casos, incluyen daños al proyecto de vida, daños morales y daños agravados por la impunidad. Nada de esto entró en los expedientes judiciales del período, porque casi ninguna de estas mujeres denunció.

Género y política: qué se estaba destruyendo

La violencia sexual durante La Violencia clásica estuvo vinculada principalmente al rol de las mujeres como madres y esposas, no —como ocurriría en ciclos posteriores— a su participación política activa. Este dato es decisivo para leer su lógica. En las décadas de 1980 y 1990, la victimización sexual de mujeres en el conflicto armado se asoció crecientemente a la actividad política, sindical, comunitaria o guerrillera de las víctimas. En La Violencia bipartidista, en cambio, lo que se atacaba en la mujer campesina era su función reproductiva y su lugar como sostén simbólico y práctico del hogar liberal. No se la castigaba por lo que hacía como agente político; se la instrumentalizaba como cuerpo en el que se inscribía el castigo al grupo del que era madre, esposa o hija.

Esa distinción no atenúa la violencia; la especifica. La lectura de género aporta aquí una precisión que la historiografía tradicional de La Violencia —centrada en actores masculinos, partidos y guerrillas— no había alcanzado. Meertens ha mostrado, en su trabajo sobre derechos de tierra de las mujeres en Colombia antes, durante y después del conflicto, que los roles de género configuraron de modo diferenciado la experiencia del despojo. Uribe ha desmontado la gramática simbólica de las mutilaciones. La confluencia de ambas líneas permite ver algo que los ojos exclusivamente partidistas no veían: que la guerra bipartidista se libró también, y de modo específico, sobre los cuerpos femeninos, y que ese frente tenía sus propias reglas.

Aquí conviene sostener con claridad una tensión que el material impone. Que la violencia sexual haya operado con patrones reconocibles, con fórmulas nombradas por las propias comunidades ("acabar con la semilla"), con función territorial y simbólica identificable, y con ejecutores encuadrados en cuerpos armados con dirección política, permite afirmar que fue un componente sistemático del repertorio de terror, no un exceso marginal. Pero afirmar más allá —que existió una orden explícita, una directriz codificada, una política formal de aniquilación reproductiva del enemigo partidista— excede lo que la evidencia sostiene. Lo que sí se sostiene es más denso: que el patrón se repitió, que su función era identificable por víctimas y perpetradores, que se articulaba con el despojo territorial y con la sevicia genérica, y que su recurrencia lo convierte en algo distinto a la suma de actos aislados. Entre el "exceso individual" y la "política formal", la violencia sexual en La Violencia habita un espacio propio: el del terror que se vuelve técnica sin necesidad de decreto.

Hay, además, una lectura complementaria que no debe eludirse. La violencia sexual bipartidista se inscribió en un continuum patriarcal preexistente que el conflicto no inventó pero sí catalizó e intensificó. El orden de género rural colombiano, con su régimen de honor, su distribución asimétrica de derechos sobre la tierra y su tolerancia estructural a la violencia contra las mujeres, ofreció el sustrato sobre el que la violencia política se ensañó con los cuerpos femeninos. Sin ese sustrato, la violación no habría producido los efectos de humillación, expulsión y clausura que produjo. La política bipartidista no creó el patriarcado; lo militarizó y lo puso al servicio del despojo.

Genealogía: de La Violencia al conflicto posterior

Ninguna historia de la violencia sexual como arma política en Colombia puede detenerse en 1957. Los repertorios que se configuraron en el sur del Tolima entre 1949 y 1953 —la violación como marca partidista, la mutilación reproductiva como aniquilación genealógica, la articulación con el despojo territorial, el silencio comunitario como cierre del ciclo— dejaron una gramática que actores posteriores retomarían, transformarían y ampliarían.

La continuidad más literal se observa en la sevicia sobre los cuerpos. El Bloque Tolima de las AUC, activo entre 1998 y 2005, incorporó prácticas de masacre, desaparición forzada, tortura y desmembramiento con niveles de extrema crueldad, en la misma geografía tolimense donde medio siglo antes habían operado chulavitas y comisiones mixtas. Las cifras no son comparables, y no hay que forzar una cadena causal directa; pero el uso del cuerpo como espacio de terror simbólico —con "cortes" emblemáticos que evocaban a distancia los antiguos "cortes" bipartidistas— revela una permanencia de repertorio que la historia del país no logra clausurar.

En el terreno específico de la violencia sexual, la genealogía es más compleja. En el conflicto armado posterior, la violación se ha ejercido con motivaciones diversas: como consecuencia de la generalización de la violencia, como estrategia deliberada de guerra, como forma de control sobre poblaciones civiles y —en el caso de fuerzas estatales bajo el Estatuto de Seguridad— como instrumento de tortura durante detenciones. Las FARC-EP, desde su Octava Conferencia Nacional en 1993, institucionalizaron el control reproductivo de sus mujeres combatientes mediante abortos y anticoncepción forzados bajo vigilancia del Secretariado. El paramilitarismo desplazó los mecanismos de control social comunitario y permitió a sus integrantes actuar sin límites contra las mujeres, incluso donde existían normas internas que prohibían esos comportamientos. En todos los casos, el subregistro persistió como estructura: la mayoría de víctimas no denuncia, y las cifras conocidas no reflejan la magnitud real del fenómeno.

Que la Comisión de la Verdad haya codificado, décadas después, la violencia sexual como arma de guerra en el conflicto armado colombiano, y que la Jurisdicción Especial para la Paz la haya incorporado como categoría de macrocriminalidad, no puede leerse sin la sombra larga de lo ocurrido en Chaparral, Rovira y Planadas entre 1949 y 1953. La categoría contemporánea nombra con precisión conceptual lo que aquellas mujeres campesinas sufrieron sin categoría: un uso político, sistemático y estratégico de la violación como técnica de guerra.

Lo que queda por saldar

La violencia sexual sistemática durante La Violencia es un archivo abierto. La historiografía la ha empezado a nombrar tarde, obstaculizada por el silencio de las víctimas, la impunidad de los perpetradores y la propia ceguera de género de la disciplina histórica durante décadas. Los trabajos de María Victoria Uribe sobre la gramática simbólica de la mutilación, de Donny Meertens sobre género, tierra y conflicto, y las tesis recientes como la de Myriam Moreno Patiño sobre las mujeres en La Violencia en el sur del Tolima, empiezan a llenar un vacío que el trabajo pionero de Guzmán, Fals Borda y Umaña Luna insinuó pero no desarrolló.

Ese vacío importa por razones que exceden la historia. Importa porque la aniquilación genealógica —el gesto de abrir vientres para "acabar con la semilla"— no fue una barbarie inclasificable sino un acto legible dentro de un régimen de terror con función política identificable, y esa legibilidad es la condición para entender qué se destruyó cuando La Violencia arrasó las veredas del Tolima: no solo vidas y propiedades, sino continuidades comunitarias, linajes campesinos, capacidades de habitar el territorio. Importa porque las mujeres sobrevivientes, muchas de las cuales llegaron con vida hasta el siglo XXI, cargaron durante décadas un peso que ningún expediente reconoció. Importa porque las víctimas de la violencia sexual en el conflicto armado posterior a 1958 —campesinas, indígenas, afrodescendientes, mujeres de sectores populares— fueron atacadas con repertorios que tenían raíz en aquella temprana militarización del patriarcado rural. E importa, sobre todo, porque hay un país que solo puede pensarse a sí mismo con lucidez si es capaz de asumir que su guerra bipartidista fue también, y de modo específico, una guerra librada contra los cuerpos de sus mujeres campesinas, y que esa guerra sigue proyectando sombra sobre las formas contemporáneas de violencia sexual en Colombia.

En las laderas cafetaleras de Chaparral, en las veredas de Rovira, en las trochas de Planadas, ocurrió algo que la historia había sabido y no había querido decir. Decirlo con precisión, con nombres, con fechas, con las palabras que las propias víctimas prestaron a los archivos, es la manera en que la historiografía paga una deuda que llevaba más de medio siglo sin saldar.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

32 documentos · 43 fragmentos
01When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames D. Henderson · 1985 · p. 243 citas
[1]population increase, urbanization, advances in communication, and many related factors made Colombia of the bogotazo a quite different place from that of the Frente Nacional. Second, just as the country changed over two decades, so too did the Violencia. In fact, it passed through four distinct phases that were…p. 24
[2]population increase, urbanization, advances in communication, and many related factors made Colombia of the bogotazo a quite different place from that of the Frente Nacional. Second, just as the country changed over two decades, so too did the Violencia. In fact, it passed through four distinct phases that were…p. 24
[3]population increase, urbanization, advances in communication, and many related factors made Colombia of the bogotazo a quite different place from that of the Frente Nacional. Second, just as the country changed over two decades, so too did the Violencia. In fact, it passed through four distinct phases that were…p. 24
02No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 56, 722 citas
[4]el libro La Violencia en Colombia 149 se establece que entre 1948 y 1958 murieron 134.820 personas, entre civiles y armados, a causa de este conflicto (la mayoría en el Tolima, Valle, Antioquia y Caldas) y eleva la cifra a 200.000 a partir de una estimación de personas heridas que luego murieron, o que fueron…p. 72
[7]Quindío, Antioquia, entre otros lugares. La Violencia tuvo dos olas: de 1946 a 1953, durante el gobierno y la dictadura conservadora, y de 1953 a 1957, durante la dictadura militar. En ambas hubo episo- dios de crueldad como masacres, descuartizamientos, quema de pueblos, que dejaron sed de venganza, agravios y…p. 56
03¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 701 cita
[5]de la Gobernación del Tolima, La Violencia en el Tolima (Ibagué: Gobernación del Tolima, 1959). humano” que dejó La Violencia. En primer lugar, estimaron “16.219 muertos entre 1949 y 1957, sin incluir los muertos habidos con fuer- zas regulares del Ejército, ni en masacres colectivas, que generalmente eran abandonados…p. 70
04La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 211 cita
[6]al Presbítero Camilo Torres Restrepo, fraternal im- pulsador de todas las horas; a la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional que promovió la idea de la investi- gación; a la Fundación de la Paz con cuyo patrocinio fue posible realizar la labor; a don René Camargo, generoso auxiliar; al doctor Andrew Pearse…p. 21
05Presencia de las mujeres en la violencia del Tolima 1948 - 1964. Casos en los municipios de Chaparral, Planadas y RoviraMyriam Moreno Patiño · 2019 · p. 1, 1232 citas
[8]las ciudades y el desplazamiento de campesinos a otras zonas de su misma filiación partidista, hasta llegar a homogeneizar políticamente a veredas y regiones. (Sánchez y colaboradores 1984 p. 38). En esta Violencia clásica del 1950, la mayor parte de los enfrentamientos se llevaron a cabo entre la población civil y…p. 123
[15]PRESENCIA DE LAS MUJERES EN LA VIOLENCIA DEL TOLIMA 1948 - 1964 CASOS EN LOS MUNICIPIOS DE CHAPARRAL, PLANADAS Y ROVIRA MYRIAM MORENO PATIÑO Universidad Nacional de Colombia Facultad de Ciencias Humanas, Departamento de Historia Ibagué, Colombia 2019 PRESENCIA DE LAS MUJERES EN LA VIOLENCIA DEL TOLIMA 1948 - 1964…p. 1
06Violence and Resistance, Art and Politics in ColombiaStephen Zepke, Nicolás Alvarado Castillo · 2023 · p. 2461 cita
[9]to speak up and denounce others. The regions marked by La Violencia are fertile zones of strategic impor - tance, in which products such as rice, coffee, beans and cotton are grown and livestock are raised. The strategies of violence and intimidation used against the peasants included rustling, the burning of crops,…p. 246
07Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · p. 1901 cita
[10]thousands of Colombians. Its images are unerasable and in good measure have given the Violence its distinctive seal. The extreme modality of this process was, of course, murder. Extreme not only for the number of victims but also because of the indescribable torture that surrounded these murders and marked for life…p. 190
08Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Eje CafeteroComisión de la Verdad · 2022 · p. 52, 552 citas
[11]violaban a las mujeres, haciéndoles todo lo que se les antojaba, y sin poder chistar palabra para evitar mayores tormentos [...] y yo entonces tenía sino escasos trece años, a mí me daba mucho miedo y me dolía todo lo que hacían, fue como me resolví a largarme de cerca de esas gentes tan malas, a ver si evitaba morir…p. 55
[25]civiles conservadores contra los liberales. Esas aplanchadas eran hechas por los futuros Pájaros» 68. Si bien existen varias tipologías del denominado «bandolerismo», se asocia el bandolerismo político 69 con las agrupaciones violentas que reivindicaron una filiación política y usaron las armas en la aniquilación del…p. 52
09Women's Writing in Colombia: An Alternative HistoryCherilyn Elston · 2016 · p. 361 cita
[12]explicitly with La Violencia of the 1940s and 1950s, in Moreno’s work this is extended to a critique of the violence of patriarchy itself and its control of women’s lives and bodies in Colombia. 26 C. ELSTON However, in the violence of the late twentieth century and early twenty- first century, women have not only…p. 36
10A lomo de mula. Viajes al corazón de las FarcAlfredo Molano · 2016 · p. 11, 164 citas
[13]candidato a la Alcaldía de Rioblanco—y estaban aliados con otros dos jefes liberales: Leopoldo García, alias Peligro, y Efraín Valencia, alias general Arboleda. Marín incursionó con sus hombres — varios paisas como Mundoviejo y Llave- seca—por las cuencas de los ríos Ata y Cambrín, y organizó a sus hombres en la…p. 16
[14]candidato a la Alcaldía de Rioblanco—y estaban aliados con otros dos jefes liberales: Leopoldo García, alias Peligro, y Efraín Valencia, alias general Arboleda. Marín incursionó con sus hombres — varios paisas como Mundoviejo y Llave- seca—por las cuencas de los ríos Ata y Cambrín, y organizó a sus hombres en la…p. 16
[16]Una de las preguntas más inquietantes es por qué el sur del Tolima y el norte del Cauca fueron la cuna de las Farc y por qué son regiones que aún están envueltas en el conflicto. La respuesta está vinculada a dos grandes litigios históricos vigentes en esos territorios: la lucha por la tierra de los indígenas — paeces…p. 11
[17]Una de las preguntas más inquietantes es por qué el sur del Tolima y el norte del Cauca fueron la cuna de las Farc y por qué son regiones que aún están envueltas en el conflicto. La respuesta está vinculada a dos grandes litigios históricos vigentes en esos territorios: la lucha por la tierra de los indígenas — paeces…p. 11
11Caminos de guerra, utopías de paz (Colombia: 1948-2020)Gonzalo Sánchez Gómez · 2021 · p. 1731 cita
[18]vereda, establecían estrictas líneas de demarcación política cuya transgresión tenía consecuencias fatales. Una corbata, una camisa o una puerta roja eran una invitación a la muerte; como también cargar una cédula de identidad que llevara el registro de determinadas elecciones. Y formas atroces de mutilación, de…p. 173
12Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 731 cita
[19]decían: “Esta es la cabeza de mi papá, esto es…”, porque eran desmembrados todos, totalmente desmembrados, entonces así mismo reclamaban» 82. Las mutilaciones del cuerpo del adversario político fueron la regla. Las prácticas fueron tan extendidas y frecuentes que en Colombia se les pusieron nombres, como «corte de…p. 73
13Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 386, 3922 citas
[20]y demás documentos anexos a los expedientes judiciales, van tomando cuerpo sentimientos contradictorios y confusos. La ausencia de descripciones por parte de los autores de las masacres es notable. Ello se debe a la impunidad que rodea estos hechos y a que ninguno de los procesados confiesa haber cometido los actos…p. 386
[21]a los cuerpos masacrados constituye todo un inventario de cortes y técnicas de manipulación, provenientes del mundo de la cacería. La carnicería familiarizaba a los campesinos con la carne de los animales, con sus partes vulnerables, las vísceras y el olor de la sangre. Existía una gran cercanía entre los animales…p. 392
14De los grupos precursores al Bloque Tolima (AUC). Informe No. 1Centro Nacional de Memoria Histórica, Álvaro Villarraga Sarmiento, Anascas Del Río Moncada, Mauricio Barón Villa, Andrea García Hernández, José Alirio Duque Orrego, Edith Garzón Quintero · 2017 · p. 2771 cita
[22]de cor- bata” o el “corte de “franela”, como mecanismos que marcaron el cuerpo de personas consideradas “enemigos”, una manera de eli- minación que llevó el terror incluso hasta el campo de lo simbóli- co y de la tradición. Por esto, no es de extrañar que en la historia oral de los tolimenses aún se hable de masacres…p. 277
15Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 481 cita
[23]que llegaban hasta en pencas de mata de fique y daban plazos para abandonar los territorios. Estas acciones fueron resultado de una combinación de miedo, ánimo de venganza y fanatismo religioso, que fueron instrumentalizados desde la dirección del Partido Conservador. Bajo esta lógica de violencia, varios lugares en…p. 48
16Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · p. 251 cita
[24]que Gaitan habia recibido dinero de los soviéticos para organizar la revuelta. Y, en con- secuencia, desde el estallido del 9 de abril en ade- lante, la politica del partido conservador, y la del go- bierno, estuvo inspirada por el temor de Ja revolu- cién social y por la necesidad de evitarla a toda costa. Entre las…p. 25
17El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 652 citas
[26]en Colombia /// Hernando Calvo Ospina 64 de seguridad nacional. 6 Son muchos los investigadores que no han excluido la participación de la CIA que, recién creada, hubiera tenido en ese asesinato político su gran bautizo. Washington, como lo dictara la directriz de Seguridad Nacional de Truman, en la mentira plausible,…p. 65
[27]en Colombia /// Hernando Calvo Ospina 64 de seguridad nacional. 6 Son muchos los investigadores que no han excluido la participación de la CIA que, recién creada, hubiera tenido en ese asesinato político su gran bautizo. Washington, como lo dictara la directriz de Seguridad Nacional de Truman, en la mentira plausible,…p. 65
18La tierra en disputa. Memorias de despojo y resistencia campesina en la costa Caribe (1960-2010)Absalón Machado, Donny Meertens · 2010 · p. 366, 3702 citas
[28]relacionadas con los roles de género, particularmente el del cuidado asociado a las mujeres, y el de la producción y de los derechos de propiedad asociados a los hombres. En la inter- sección de estos contextos habrá que tener presente el papel del tiempo, es decir, la modalidad del despojo que mayoritariamente…p. 366
[34]ejercida sobre el cuerpo de las niñas, sino la inmensa soledad ante la reac- ción generalmente hostil de comunidad y de su propia familia. No le creen, cuando se atreve a contar la violación, le echan la culpa y más bien recibe castigo adicional. Yo digo que debido a los maltratos crueles yo fui violada, yo fui…p. 370
19Colonización y protesta campesina en Colombia (1850-1950)Catherine LeGrand · 2016 · p. 3031 cita
[29]Sobre el sur de Tolima, véase Medófilo Medina, <<La resistencia... », p. 249. COLONIZACIÓN Y PROTESTA CAMPESINA EN COLOMBIA (1850-I950) contra pequeños propietarios y colonos. Las amenazas de muerte y los incendios obligaban a muchos campesinos a vender sus tierras a cualquier precio o sen- cillamente a abandonarlas,…p. 303
20Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. El campesinado y la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 591 cita
[30]campesino. 60 fiflćflTh fl. ć fiThfl ć quedaba desheredado y que no podía acudir ante las autoridades, me decidí a buscar al Partido Comunista» 113. Es así como la respuesta de algunos campesinos gaitanistas a la violencia generali- zada fue emplear tácticas de autodefensa, apoyados por el PCC. En el partido pronto…p. 59
21Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · p. 441 cita
[31]años treinta denunciada por parte de los conservadores (Guzmán, Fals Borda y Umaña, 1962). Como consecuencia de lo anterior, la arremetida latifundista tuvo, entre otros efectos, un despojo de tie- rras que el analista Paul Oquist calculó en 393.648 parcelas, princi- palmente en departamentos como Valle del Cauca,…p. 44
22Colombia: Gender and Land RestitutionDonny Meertens · 2017 · p. 11 cita
[32]The Oxford Handbook of Gender and Conflict Fionnuala Ní Aoláin (ed.) et al. https://doi.org/10.1093/oxfordhb/9780199300983.001.0001 Published: 2017 Online ISBN: 9780190862251 Print ISBN: 9780199300983 Search in this book CHAPTER https://doi.org/10.1093/oxfordhb/9780199300983.013.41 Pages 521–531 Published: 06 December…p. 1
23Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 471 cita
[33]Convergencia, 200. 47 «Después de eso, yo le conté […]. “A ese cuento le faltaba un pedazo, que eso como que fue con consentimiento de uno”, [dijo … ] Todas las cosas que hablaba eran así […], no para apoyarla a uno – decir: “Verdad, te pasó eso”, sino “Eso le pasa ustedes por esto, ustedes son muy…” –. […] Nosotros…p. 47
24La masacre de El Salado: esa guerra no era nuestraGrupo de Memoria Histórica, Gonzalo Sánchez G. (Coordinador), Andrés Fernando Suárez (Relator) · 2009 · p. 1251 cita
[35]sobre violencia sexual contra las mujeres en el marco del conflicto armado, titulado «Colombia. Cuerpos marcados, crímenes silenciados». El primer párrafo del informe es un fragmento de un testimonio sobre los episodios de violencia sexual en la masacre de El Salado. A una chica de 18 años con embarazo le metieron un…p. 125
25Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1461 cita
[36]ese hecho yo estuve un año en una clínica psiquiátrica, tomando toda clase de medicamentos: haloperidol, amitriptilina, clozapina, fluoxetina, bueno, todos los medicamentos psiquiátricos [...]. Yo seguí en tratamiento hasta 2006, pero un día cualquiera dije: “No, yo no voy a tomar más medicamentos, no necesito de un…p. 146
26Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo II. Bloque Central Bolívar: violencia pública y resistencias no violentasAlberto Santos Peñuela (coordinador del informe y correlator), Luis Miguel Buitrago Roa, Juan Guillermo Jaramillo Acuña, Nicolás Otero González, Rodrigo Torrejano Jiménez · 2021 · p. 1121 cita
[37]suelo, abusó de mí dejándome sangrado por ocho días… a raíz de eso, duré tirada en el suelo ahí… ellos se fueron, los otros miraron lo que… lo que ese… no sé si se le llame persona… porque para mí eso no es una persona… dejándome tirada en el suelo, yo botada sangre, en mi pierna y por mis partes íntimas, me mordió ……p. 112
27Sujetos victimizados y daños causados: Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoLina Rondón Daza, Liliana Cortés Gamba · 2018 · p. 691 cita
[38]la humanidad para que estos sobrevivan a la guerra. 2.5. Las tácticas violatorias cumplieron el propósito de desestructuración del tejido social Los textos ofrecen distintos repertorios de violencia utilizados por los grupos armados, con una intencionalidad traumática es- pecífica 24, y evidencian el carácter…p. 69
28Mujeres y guerra. Víctimas y resistentes en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 161 cita
[39]interno, en lo personal”....................................................................335 Capítulo V. Los daños e impactos psicosociales de la violencia en las mujeres............................................... 343 1. La violencia oculta en la vida cotidiana: impactos y huellas.... 345 16 16 2. Los daños al…p. 16
29El Bloque Mineros de las AUC. Violencia contrainsurgente, economías criminales y depredación sexualJuan Esteban Jaramillo Giraldo, José Manuel Hernández, Dairo Correa Gutiérrez · 2022 · p. 3351 cita
[40]un continuum entre el orden patriarcal y el impuesto por el actor armado. Una consideración generalizada para estos casos es que el orden armado fue un catalizador de las violencias contra las mujeres, en especial las sexuales, toda vez que de no haber mediado la amenaza de las armas, no hubiera existido un escenario…p. 335
30Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · p. 3551 cita
[41]de este trabajo y en varias versiones del documento. 354 Guerra y violencias en Colombia Tanto la violencia de género como la violencia sexual se pueden mani- festar en todas las sociedades y esferas sociales. No obstante, en contextos de conflicto violento y armado, estas violencias pueden intensificarse y ser más…p. 355
31Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 2651 cita
[42]suficientes, no alcanzan a reflejar la alarmante situación, dado que hay una gran mayoría de casos donde las mujeres no denuncian. En Colombia la violencia contra la mujer ha sido usada como un mecanismo de domina- ción y poder, en las modalidades de violencia de género sobresalen la violencia doméstica, la violencia…p. 265
32Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 5571 cita
[43]de colaborar con las insurgencias o las sospechosas de ser guerrilleras. La Comisión pudo constatar que los hechos más recurrentes se dieron hacia las mujeres detenidas en el marco del Estatuto de Seguridad, en contextos de tortura. Aunque como un fenómeno menos evidente, la Comisión también conoció casos de hombres…p. 557