La Violencia (1946–1957)
Guerra civil no declarada que atravesó Colombia entre el retorno conservador al poder en 1946 y la caída de Rojas Pinilla en 1957, dejando más de 200.000 muertos, cerca de 393.648 parcelas despojadas y más de dos millones de desplazados. El conflicto se libró en nombre del bipartidismo pero se ejecutó sobre cuerpos campesinos y tierras que, terminada la matanza, cambiaron de dueño.
- 1946Victoria de Ospina Pérez y división liberal — El liberalismo se presentó dividido entre Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán; Ospina Pérez ganó la presidencia replicando el mecanismo inverso al que en 1930 había sacado al conservatismo del poder.
- 1947Gaitán, jefe único del liberalismo — Tras las elecciones parlamentarias de marzo, Gaitán fue ungido jefe único del Partido Liberal, desplazando a la dirección tradicional del partido y consolidando su base popular.
- 1948Asesinato de Gaitán y el Bogotazo — El 9 de abril, Juan Roa Sierra disparó contra Gaitán en la carrera séptima con calle 13 de Bogotá; la revuelta urbana destruyó amplias zonas del centro capitalino y se replicó en otras ciudades, sin dirección política que la convirtiera en toma del poder.
- 1949Generalización de la violencia rural y cierre del Congreso — Los chulavitas llegaron a Nunchía y Támara en mayo para impedir el voto liberal; el 9 de noviembre se cerró el Congreso y el liberalismo se abstuvo en las presidenciales, siendo elegido Laureano Gómez sin competencia.
- 1951División en El Davis: Limpios y Comunes — El campamento guerrillero del sur del Tolima se fracturó entre los 'Limpios' liberales de La Ocasión y los 'Comunes' comunistas mandados por Isauro Yosa, el Mayor Lister y Luis Alfonso Castañeda alias Richard.
- 1952I Conferencia Nacional Guerrillera y bombardeo de Yacopí — El 15 de agosto, la Conferencia Boyacá reunió delegados de guerrillas del Llano, Santander, Antioquia y Sumapaz; el 2 de diciembre, la Fuerza Aérea bombardeó Yacopí destruyendo dieciséis manzanas del centro poblado.
- 1953Golpe de Rojas Pinilla y amnistía guerrillera — El 13 de junio, Rojas Pinilla derrocó a Gómez; entre agosto y octubre se desmovilizaron 3.220 combatientes de las guerrillas liberales llaneras, incluida una contraguerrilla conservadora, mientras los comunistas del Sumapaz no entregaron las armas.
- 1956Pacto de Benidorm — En julio, Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez —exiliado en España— firmaron el acuerdo que selló la alianza bipartidista para desplazar a Rojas y diseñar el Frente Nacional.
- 1957Caída de Rojas y plebiscito del Frente Nacional — El 10 de mayo cayó Rojas tras el paro general convocado por Lleras; el 20 de julio se formalizó el esquema del Frente Nacional en Sitges; el 1 de diciembre el plebiscito lo aprobó con cerca del 82% del censo cedulado, con participación femenina.
La Violencia (1946–1957)
La Violencia fue el proceso de guerra civil no declarada que atravesó Colombia entre el retorno del conservatismo al poder en 1946 y la caída del general Gustavo Rojas Pinilla en 1957. En esos once años se calculan más de 200.000 muertos —algunas estimaciones llegan a 300.000—, cerca de 393.648 parcelas perdidas por despojo o venta forzada, y un desplazamiento que, según los cómputos más amplios, afectó a más de dos millones de personas. Fue un ciclo largo en el que el lenguaje partidista sirvió de vehículo a disputas por la tierra, el café y el control de los poderes locales, y en el que el Estado —o los aparatos coercitivos que se disputaban su nombre— actuó las más de las veces como parte y no como árbitro. Sus fronteras temporales suelen fijarse entre el ascenso de Mariano Ospina Pérez en agosto de 1946 y la instauración del Frente Nacional en 1958, con el 9 de abril de 1948 como bisagra y la ofensiva sobre Marquetalia de 1964 como eco tardío.
Del voto dividido al pacto entre élites
El período abre con una anomalía electoral y se cierra con un pacto entre élites. En 1946, el liberalismo perdió la Presidencia después de dieciséis años en el poder no porque el conservatismo hubiera crecido, sino porque se presentó dividido: Gabriel Turbay por el aparato oficial del partido y la CTC, Jorge Eliécer Gaitán como candidato alternativo con base popular. Ospina Pérez ganó por la puerta que le abrió esa fractura, replicando en espejo el mecanismo que en 1930 había sacado al conservatismo del poder. Once años después, en 1957, otro acuerdo entre dos hombres —Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, reunidos primero en Benidorm y luego en Sitges— cerró el ciclo devolviendo el gobierno a los civiles bajo la fórmula de un bipartidismo pactado por dieciséis años.
Entre esos dos extremos se despliega una guerra sin frentes ni ejércitos regulares, hecha de policías reclutados en veredas ajenas, guardias cívicas financiadas por hacendados, asesinos volantes contratados por directorios locales, guerrillas liberales en los Llanos y autodefensas comunistas en el Sumapaz. Su tensión central es que el conflicto se libró en nombre de dos partidos que compartían élite y clase, pero se ejecutó sobre cuerpos campesinos y sobre tierras que, terminada la matanza, cambiaron de dueño. Lo característico del ciclo no es la escala de la violencia —Colombia había tenido guerras civiles más ruidosas en el siglo XIX— sino su textura: se libró en veredas y no en batallas, la dirigieron sargentos, alcaldes y curas antes que generales, y sus víctimas cayeron en emboscadas nocturnas, retenes de camino y asaltos a fincas. Fue una guerra que se hacía casa por casa, con el machete, en la noche y contra vecinos.
Las fuerzas en juego
La estructura agraria del país en los años cuarenta seguía siendo predominantemente rural, con el café como eje exportador y una frontera activa que empujaba la colonización hacia el piedemonte llanero, la Amazonia occidental y el Putumayo. Las regiones donde la violencia se ensañó —Valle del Cauca, Tolima, Antiguo Caldas, Cundinamarca, Santander y Norte de Santander— coinciden casi exactamente con el mapa cafetero y con las zonas de mayor densidad de mediana y pequeña propiedad. La intensidad de los ataques crecía en las épocas de cosecha, y las tácticas —quema de ranchos, robo de cosechas y ganado, ventas forzadas a precios ínfimos— apuntaban con precisión a expulsar al propietario, no solo a castigarlo. Detrás del vocabulario de banderas azules y rojas había una operación patrimonial cuyo objetivo era la escritura de venta firmada bajo coacción.
La segunda fuerza es política. El conservatismo llegó al poder en 1946 después de dieciséis años de gobierno liberal que habían intentado reformas agrarias y laborales bajo Alfonso López Pumarejo. Recuperar el Estado significó también recuperar sus aparatos: la policía, sobre todo, fue reorganizada mediante el reclutamiento de contingentes en municipios de mayoría conservadora —la vereda de Chulavita en Boavita, Boyacá, dio el mote genérico a esas fuerzas— y su envío a regiones de mayoría liberal. La conquista del Estado no fue metafórica: fue el envío de patrullas armadas a registrar casas, amenazar familias y ocupar el territorio del adversario. Un policía chulavita destinado en el Tolima o en el Valle no compartía apellido, dialecto ni parentela con los pueblos que patrullaba; era un extraño armado en un territorio hostil, y esa extranjería facilitaba la crueldad.
La tercera fuerza es ideológica. La Iglesia Católica, aliada del Partido Conservador desde la Constitución de 1886, había reorientado su acción social a partir de 1930 creando organismos como FANAL (1946) en el sector agrario y la UTC en el laboral, con el propósito explícito de frenar el avance del comunismo. Algunos púlpitos se convirtieron en tribunas de agitación: el obispo antioqueño Miguel Ángel Builes emitió pastorales de intransigencia frente al liberalismo, y esa siembra desde arriba —replicada por Laureano Gómez en la prensa conservadora— proporcionó el vocabulario moral en el que después se justificarían las masacres. Un peón liberal era, en esa gramática, un enemigo de Dios y de la nación. La distancia entre esa retórica y el machete que descabezaba en la vereda era menor de la que quisieron reconocer, después, quienes la habían pronunciado desde el altar y desde el editorial.
La cuarta fuerza es social. Gaitán había mostrado, entre 1944 y 1948, que existía un país popular urbano y rural dispuesto a movilizarse en torno a un discurso que rompía las lealtades bipartidistas por debajo: "el pueblo no tiene dos partidos, sino que ha sido partido en dos". Su asesinato eliminó al único líder capaz de canalizar esa energía en un programa nacional, y dejó a esa masa a merced de su propia furia y de las estructuras partidistas que Gaitán había desafiado. La fractura, cuando llegó, ya no fue entre azules y rojos: fue entre los que tenían nombre en los directorios y los que solo aparecían en los censos de muertos.
La cronología vivida
Las elecciones presidenciales de mayo de 1946 fueron el pórtico. Turbay y Gaitán se repartieron el voto liberal —Gaitán superó a Turbay en las grandes ciudades obreras, con la excepción de Medellín, mientras la maquinaria tradicional entregaba a Turbay los bastiones rurales— y Ospina Pérez ganó con una candidatura que se presentaba como superación de los gobiernos de partido, retomando una idea que López Pumarejo había esbozado años antes. La CTC, central sindical de orientación liberal-comunista, había respaldado a Turbay contra el sentir mayoritario de sus afiliados, acusando a Gaitán de "fascista" y "divisionista". Las negociaciones entre los dos candidatos para unificar la candidatura fracasaron por la arrogancia de Turbay y por el temor de Gaitán a perder su base si cedía.
En marzo de 1947, las elecciones parlamentarias confirmaron el desplazamiento interno del liberalismo: Gaitán fue ungido jefe único del partido y desplazó a la dirección tradicional. Durante 1947 y comienzos de 1948, la violencia rural comenzó a escalar en Boyacá, en el norte del Valle, en Santander. Los Pájaros —cofradía de asesinos por encargo, mercenarios volantes que se desplazaban entre municipios para "trabajitos"— empezaron a operar en el norte del Valle del Cauca, el noroccidente de Risaralda y el Antiguo Caldas bajo el mando de León María Lozano, alias el Cóndor. Las guardias cívicas conservadoras, financiadas por gremios y hacendados, ejercían funciones represivas que competían al Estado.
El 9 de abril de 1948, a la una de la tarde, Juan Roa Sierra disparó contra Gaitán en la carrera séptima con calle 13 de Bogotá, cerca de su oficina. Gaitán murió en cuestión de minutos. Roa Sierra fue linchado por la multitud. En las horas siguientes, el centro de Bogotá ardió: se saquearon almacenes, se quemaron iglesias y archivos eclesiásticos, se destruyó el sistema de tranvías, hubo francotiradores y cientos de muertos. La revuelta se replicó en otras ciudades. La IX Conferencia Panamericana estaba sesionando en Bogotá con el secretario de Estado George Marshall presente. Lo que pudo haber sido una revolución fue una explosión invertebrada de furia: no hubo dirección política, no hubo programa, no hubo cuadros capaces de convertir el estallido en toma del poder. Ospina Pérez se mantuvo en la Casa de Nariño y, en los días siguientes, reconstituyó un gobierno de Unión Nacional con participación de dirigentes liberales que duró algo más de un año.
Entre 1948 y 1949, la violencia rural se generalizó. En mayo de 1949, los chulavitas llegaron a Nunchía y Támara en el Casanare siguiendo instrucciones del Directorio Conservador para impedir el voto liberal en las elecciones congresionales del 5 de junio. El 9 de noviembre de 1949 se cerró el Congreso, poniendo fin al entendimiento mínimo entre los partidos. El liberalismo se abstuvo en las presidenciales, y Laureano Gómez fue elegido sin competencia para el período 1950-1954.
El gobierno de Gómez profundizó todo. Impulsó una reforma constitucional de corte corporativista, preparada por la Comisión de Estudios Constitucionales, que aspiraba a instaurar un régimen corporativo. La represión rural se intensificó: el 2 de diciembre de 1952, la Fuerza Aérea bombardeó la población liberal de Yacopí, en Cundinamarca, destruyendo dieciséis manzanas del centro poblado para acabar con el apoyo a la guerrilla gaitanista de Saúl Fajardo. En el Tolima y el Sumapaz, los chulavitas convirtieron varios puntos en fosas comunes; los cuerpos eran arrojados desde el puente natural de Pandi al río Sumapaz, en los precipicios de Profundos entre Villarrica y Cunday, y en el alto de Buenavista de la vía Miraflores-Páez. Los topónimos entraron al mapa por una vía nueva: la de la geografía funeraria.
Las guerrillas liberales crecieron durante esos años en los Llanos Orientales bajo el mando de Guadalupe Salcedo, en el occidente de Antioquia y en la zona cafetera. En el sur del Tolima, el campamento de El Davis se dividió hacia finales de 1951 entre los Limpios, guerrilleros liberales de La Ocasión liderados por "don Gerardo", y los Comunes, comunistas mandados por Isauro Yosa, el Mayor Lister y Luis Alfonso Castañeda, alias Richard. El 15 de agosto de 1952, la Conferencia del Movimiento Popular de Liberación Nacional —conocida como Conferencia Boyacá o I Conferencia Nacional Guerrillera— reunió delegados de las guerrillas del Llano, Santander, Antioquia y Sumapaz, y aprobó un programa que los comunistas del sur del Tolima adoptaron, precipitando la ruptura definitiva con los liberales.
Gómez fue reemplazado temporalmente por Roberto Urdaneta Arbeláez debido a una enfermedad, sin que el ambiente cambiara. Regresó al poder en junio de 1953, pero su retorno fue efímero: el 13 de junio de 1953, el teniente general Gustavo Rojas Pinilla derrocó al gobierno con respaldo de las Fuerzas Militares y de una fracción del propio conservatismo cansada de Gómez.
Rojas ofreció una amnistía hacia julio de 1953 y logró, entre agosto y octubre de ese año, la desmovilización del grueso de las guerrillas liberales llaneras: en seis semanas rindieron las armas 3.220 combatientes, incluida una contraguerrilla conservadora. Salcedo y sus principales lugartenientes se asentaron en Cubarral, San Antonio y San Martín. Cinco días después del golpe, las guerrillas llaneras habían expedido la segunda Ley del Llano —"Ley que organiza la Revolución en los Llanos orientales de Colombia"—, con 224 artículos que regulaban desde la ganadería hasta las contribuciones para la revolución. En el Sumapaz, Juan de la Cruz Varela hizo apenas una entrega simbólica de armas: los comunistas no se desmovilizaron.
Rojas ensayó un populismo militar con vocabulario ciudadano, entrega de mercados y derechos para las mujeres. Influenciado por el peronismo, puso a su hija María Eugenia al frente del SENDAS —agencia de asistencia social comparable a la Fundación Eva Perón— para repartir víveres en barrios populares de las principales ciudades. Pero el 8 y 9 de junio de 1954, la represión de manifestaciones estudiantiles causó la muerte del estudiante Uriel Gutiérrez y doce compañeros más: fueron las primeras protestas urbanas desde el 9 de abril. En agosto de 1955, el régimen clausuró El Tiempo, El Espectador y El Siglo.
Entre 1954 y 1955, una ofensiva militar sobre Villarrica y el Sumapaz desplazó a poblaciones campesinas hacia el Guayabero, el Ariari y El Pato, donde los grupos comunistas fundaron colonizaciones armadas. Ese período funcionó como escuela para la etapa siguiente. Simultáneamente, una segunda ola de violencia —hecha de venganza acumulada, bandidaje autónomo y sadismo de grupos paramilitares formados en la guerra partidista— asoló las zonas cafeteras.
En julio de 1956, Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, este último exiliado en España, firmaron el Pacto de Benidorm: una alianza no muy santa entre el liberalismo, reducido a su centro y su derecha, y el gomismo, para sacar del poder a Rojas. El 20 de julio de 1957, en Sitges, formalizaron el esquema del Frente Nacional. Antes, el 8 de mayo de 1957, Lleras había convocado un paro general; el 10 de mayo, Rojas cayó y una Junta Militar asumió transitoriamente el poder. El plebiscito del 1 de diciembre de 1957 aprobó el nuevo orden con una participación cercana al 82% del censo cedulado y una relación abrumadora de votos por el SÍ frente al NO. Las mujeres colombianas mayores de 21 años participaron. Alberto Lleras Camargo ganó las presidenciales del 4 de mayo de 1958 frente al conservador disidente Jorge Leyva.
Los actores
Mariano Ospina Pérez venía de una dinastía política antioqueña —su tío Pedro Nel Ospina había sido presidente— y de una vida profesional dedicada al café: fue gerente de la Federación Nacional de Cafeteros y hombre puente entre la caficultura y la banca. Su conservatismo era menos doctrinario que gerencial. Llegó a la Presidencia por la aritmética de la división liberal más que por convicción del país, y su primera fórmula, la Unión Nacional, fue una cohabitación de despacho que se sostenía mientras la sangre no manchara los papeles. Cuando comenzó a mancharlos —cuando los muertos rurales dejaron de ser abstracción y el Directorio Liberal se retiró—, Ospina eligió el partido antes que el pacto. Su gesto característico fue el del gerente que firma sin mirar los albaranes: cerró el Congreso el 9 de noviembre de 1949 con la misma frialdad administrativa con la que hubiera cerrado una sucursal.
Jorge Eliécer Gaitán fue el único líder populista latinoamericano de su generación que murió asesinado: Cárdenas, los Perón, Vargas y Haya de la Torre completaron sus ciclos. Su liderazgo movilizaba a liberales y conservadores pobres por igual, y su tesis del pueblo partido en dos introducía en Colombia un lenguaje de clase que amenazaba a las élites de ambos partidos. Su muerte no solo eliminó al favorito de las presidenciales siguientes: eliminó el programa populista como opción del sistema. La violencia posterior reforzó entre las élites la imagen de los sectores populares como peligrosos, y esa imagen sirvió para justificar el pacto de 1957 como necesidad de orden.
Laureano Gómez fue el ideólogo de la reacción. Desde la prensa había participado en la siembra del odio sectario junto con sacerdotes y obispos; desde la Presidencia, entre 1950 y 1953, intentó darle forma constitucional corporativa. Su exilio en España tras el golpe de Rojas y su reconciliación con Lleras Camargo en Benidorm y Sitges muestran cuán lejos estaba el conflicto de cualquier lógica ideológica pura: cuando el militar amenazó el monopolio civil bipartidista, la ideología corporativa cedió al cálculo de restauración.
Gustavo Rojas Pinilla era un ingeniero militar formado en el Politécnico de Tri-State, en Indiana, con una carrera hecha en cuarteles antes que en política. Su tránsito por el poder puede leerse como una serie de desajustes de tempo. Llegó por consenso de las élites cansadas de Gómez y salió por consenso de las élites cansadas de él; en el medio ensayó, con oído de recién llegado, una tercera vía calcada del peronismo —la hija repartiendo mercados, el vocabulario del "pueblo", el desdén por los directorios— pero sin el arraigo popular que en Argentina lo había sostenido. Su amnistía a los llaneros funcionó porque los guerrilleros del Llano ya querían bajar; su ofensiva sobre Villarrica consolidó a los comunistas porque en el Sumapaz nadie iba a bajar por decreto; la clausura de la gran prensa liberal y conservadora le enajenó a los sectores urbanos que inicialmente lo habían aceptado. Cayó porque las élites bipartidistas encontraron en él una amenaza mayor que la que representaban entre sí: el militar que llegó demasiado tarde para ser reformista y demasiado temprano para ser dictador.
Guadalupe Salcedo fue el comandante llanero que aceptó la amnistía y bajó a la vida civil en el Ariari. Juan de la Cruz Varela fue el líder del Sumapaz que no bajó del todo: mantuvo, en las estribaciones orientales de la cordillera, un núcleo campesino armado bajo influencia comunista. En el sur del Tolima, Isauro Yosa, el Mayor Lister y Richard prolongaron la línea comunista que la Conferencia Boyacá de 1952 había definido. Entre los tres se dibuja un mapa de la desmovilización desigual: el llanero que confió y bajó, el sumapaceño que fingió bajar y siguió armado, y los tolimenses que nunca fingieron. La suerte posterior de Salcedo —asesinado en Bogotá en 1957 en una circunstancia nunca aclarada— confirmaría, para quienes eligieron el monte, que la palabra empeñada en el llano se cobraba después en la ciudad.
Los chulavitas, los Pájaros y las guardias cívicas fueron los ejecutores. Los primeros, policía politizada reclutada en zonas conservadoras y enviada a zonas liberales, actuaron bajo mando estatal aunque con excesos que ningún mando desautorizó. Los Pájaros, cofradía urbana de asesinos por encargo bajo el Cóndor, fueron patrocinados por directorios políticos conservadores y financiados por gremios y hacendados: ejercían presión partidista, electoral e ideológica mediante el terror, no solo contra liberales sino contra todo lo que a los ojos de los dirigentes conservadores estuviera contra el orden, las instituciones, la nación y la Iglesia. Las guardias cívicas, creadas con fondos de ganaderos y hacendados, pasaron a respaldar la actividad de los Pájaros.
La Iglesia fue actor y no espectador. Su alianza con el conservatismo, formalizada en 1886, se expresó en pastorales, sermones y programas sociales orientados a bloquear al liberalismo y al comunismo. FANAL, fundada en 1946, y la UTC en el frente laboral, fueron los instrumentos institucionales; los púlpitos, los ideológicos. Miguel Ángel Builes fue la figura más visible de esa intransigencia.
Las transformaciones
Lo primero que cambió fue la geografía de la propiedad. El despojo se concentró en las mismas regiones que registraron más muertes —la zona cafetera y los departamentos limítrofes— y se ejecutó mediante quemas, robo de ganado, destrucción de cultivos y ventas forzadas muy por debajo del precio corriente. La intensificación de los ataques coincidía con las cosechas de café: era método, no casualidad. Al final del ciclo, esas tierras habían cambiado de manos y la estructura agraria del eje cafetero se había reconfigurado en beneficio de quienes controlaban las redes locales de poder conservador.
Lo segundo fue la geografía humana. Bogotá pasó de menos de medio millón de habitantes a comienzos de los cuarenta a más de un millón en 1960, empujada en buena parte por el desplazamiento. La Oficina Nacional de Rehabilitación y Socorro auxilió a decenas de miles de exiliados y logró el retorno de una fracción menor bajo amparo militar. La segunda ruta fue la colonización más allá de la frontera agrícola: el piedemonte oriental, la Amazonia occidental y el Putumayo recibieron migraciones campesinas cuyo peso reconfiguró la ocupación del territorio en el resto del siglo.
Lo tercero fue la aparición de formas alternativas de gobierno en las zonas de guerrilla y autodefensa. Las Leyes del Llano reglamentaron la vida civil y económica en los territorios controlados por las guerrillas liberales. Las juntas de autodefensa comunistas en el Sumapaz y en las zonas de colonización armada asignaban tierras, resolvían conflictos, dictaban disciplina para combatientes y regulaban las relaciones con la población civil. No eran contraestados en pleno funcionamiento, pero desbordaban lo que un Estado ausente había dejado de hacer, y ese desbordamiento constituyó una experiencia política que no se olvidó.
Lo cuarto fue el desplazamiento del centro de gravedad político. La reducción del liberalismo a su centro y su derecha, tras la muerte de Gaitán y la deriva armada de su base, dejó al país sin un ala progresista fuerte dentro del sistema. El Frente Nacional consolidó esa situación: al establecer paridad y alternancia entre los dos partidos tradicionales durante dieciséis años, cerró la puerta a cualquier fuerza que no cupiera en el duopolio. La violencia había eliminado al líder que podía haberla evitado; el pacto que la cerró institucionalizó su condición previa.
Lo quinto fue la militarización del conflicto agrario, y este es el cambio menos reversible. Hasta 1946, cuando en el norte del Valle o en el sur del Tolima se disputaba un lindero, una aparcería o el precio de un jornal, el repertorio disponible incluía el pleito ante el juez, la huelga con apoyo sindical, la gestión ante el inspector de policía y, en el peor de los casos, la pelea entre vecinos con desenlace localizado. Diez años después, ese repertorio había sido reemplazado por otro: el chulavita destacado en el corregimiento, el Pájaro contratado desde Cartago, la guardia cívica del hacendado, la guerrilla en el monte y la autodefensa en el páramo. El conflicto agrario había aprendido a resolverse con fusil, y las generaciones que crecieron entre 1948 y 1957 nunca conocieron una gramática distinta. El Frente Nacional podía cerrar la contabilidad de la guerra bipartidista, pero no podía desandar esa pedagogía: los hijos de los desplazados de Villarrica no se preguntarían, veinte años después, si la vía armada era una opción, sino cuál de las opciones armadas les correspondía.
El legado
El Frente Nacional que entró en vigencia en 1958 fue el cierre pactado del conflicto entre las élites bipartidistas, no de sus causas. La mayor parte de las guerrillas liberales y comunistas que operaban desde 1947 se desmovilizaron con su llegada, pero las guerrillas comunistas cuyos dirigentes habían quedado fuera del reparto de poder permanecieron armadas. El Partido Comunista había desarrollado entre 1949 y 1964 una política cíclica de alternancia entre autodefensa y guerrilla móvil, según la situación política nacional: autodefensa en tiempos de amnistía, guerrilla móvil en tiempos de agresión.
De ahí salió, seis años después del inicio del Frente Nacional, la insurgencia moderna. La Operación Marquetalia de 1964, ejecutada por el Ejército y la Fuerza Aérea contra el reducto comunista del sur del Tolima, precipitó la transformación de las autodefensas campesinas en guerrillas revolucionarias, y de ese proceso emergieron las FARC. Los campesinos gaitanistas que habían sufrido la violencia habían encontrado en el PCC las bases organizativas para las colonizaciones de marcha, para las primeras guerrillas y, una década después, para la nueva organización armada. Las zonas de colonización del Guayabero, el Ariari y El Pato, pobladas por los desplazamientos de Villarrica en 1954-55, fueron el sustrato territorial de esa continuidad.
El bandidaje que asoló las zonas cafeteras durante los años finales del período —figuras como Efraín González en Santander— fue la otra herencia: la violencia partidista se había independizado de sus mandantes originales y sobrevivía como economía criminal en los territorios que había desestructurado. Rojas Pinilla la había llamado la segunda ola: venganza, bandidaje y sadismo de grupos paramilitares formados en la guerra partidista, avivados por el laureanismo y el comunismo.
Un campesino desplazado de Villarrica en el invierno de 1955, caminando con su familia hacia el Ariari por trochas de barro, arrastraba tres pérdidas: la parcela cafetera que pronto llevaría otro nombre en la escritura, el pueblo de origen cuyo templo y cementerio ya no organizarían su semana, y el país político en el que su voto liberal había significado algo. Al llegar al monte encontraría una junta comunista que le asignaría un lote, un juez que dictaría sentencia sobre su pleito de linderos y una milicia que le enseñaría a montar guardia. La República, hasta entonces una geografía distante de gobernadores y curas, fue por primera vez una experiencia inmediata de gobierno, aunque el gobierno fuera armado y no llevara sus colores. Ahí se resumen las tres capas que La Violencia legó a Colombia: una demográfica, que hizo de Bogotá una metrópoli y llenó las ciudades intermedias de campesinos sin retorno; una agraria, que concentró la tierra cafetera y armó la frontera; y una política, que expulsó del sistema a los que no cabían en el bipartidismo y les enseñó, en el mismo movimiento, que había otras formas de ordenar la vida colectiva. El niño que caminaba junto a ese campesino tendría edad de fusil en 1964.
La pregunta de si el asesinato de Gaitán causó La Violencia o si solo aceleró un proceso que ya estaba en marcha desde 1946 se contesta por dos vías que no se anulan. La estructura estaba ahí: el conservatismo había recuperado el Estado con una minoría electoral y necesitaba imponerse por otros medios; la Iglesia había construido durante décadas un vocabulario de guerra santa; las zonas cafeteras concentraban una disputa por la tierra que el bipartidismo no podía tramitar. Sin el 9 de abril, esa estructura habría producido violencia igualmente. Pero el magnicidio y su Bogotazo —esa explosión invertebrada de furia que fue lo que pudo haber sido una revolución— eliminaron al único líder capaz de dar forma política a la energía popular, y dejaron a esa energía disponible para ser masacrada en el campo durante la década siguiente.
El pacto de 1957 cerró la competencia armada entre las élites y devolvió a los civiles la administración del Estado. No desmontó las condiciones agrarias que habían alimentado la guerra, ni reparó a los desplazados, ni juzgó a los ejecutores. La Violencia, en el sentido estricto de guerra bipartidista, terminó. En el sentido amplio de conflicto armado incubado en las zonas de despojo y colonización, apenas cambiaba de fase.