San José de Apartadó
“San José de Apartadó ocupa un lugar singular en la historia del conflicto colombiano: es al mismo tiempo un caserío de colonización campesina levantado en la ladera de la Serranía de Abibe y el escenario de uno de los experimentos de resistencia…”
San José de Apartadó es un corregimiento del municipio de Apartadó, en el eje bananero del Urabá antioqueño, encajado entre la llanura de las plantaciones y el declive occidental de la Serranía de Abibe. Su nombre, hoy inseparable de la Comunidad de Paz declarada en marzo de 1997, remite a dos historias entrelazadas: la de un caserío de colonización campesina levantado a mediados del siglo XX en una zona de frontera agraria, y la de un experimento político sin precedentes en Colombia, cuando alrededor de mil cuatrocientos habitantes decidieron declararse neutrales frente a todos los actores armados —guerrillas, paramilitares y fuerza pública— para sobrevivir a la crisis humanitaria que arrasó el eje bananero en los años noventa. En ese cruce entre autogestión campesina y violencia estructural, San José se ha convertido en uno de los lugares donde mejor se lee, en escala humana, la geografía del conflicto colombiano.
Un corregimiento de la frontera
El Urabá al que pertenece San José es una subregión que la geografía histórica colombiana caracterizó, durante siglos, más por su condición de frontera que por su integración. La zona centro —el eje bananero conformado por Turbo, Apartadó, Carepa, Chigorodó y Mutatá— concentró desde la segunda mitad del siglo XX el dinamismo económico de la subregión, mientras el sur o Atrato Medio y el norte de Urabá quedaron como perímetros de menor densidad institucional. Sobre esa zona centro se proyectaron, además, iniciativas de infraestructura de gran escala: la vía panamericana y un puente interoceánico que conectaría el litoral Pacífico con el mar Caribe, proyectos que subrayan su valor estratégico continental.
El río Atrato, que desciende por un valle aluvial húmedo y cálido antes de desembocar en el golfo de Urabá tras formar un extenso pantano en su tramo final, marca la lógica larga del territorio. Desde el siglo XVII ese eje fluvial funcionó como corredor de contrabando —oro colombiano vendido a los británicos—, aprovechando la posición periférica de la región y sus vínculos con dos polos económicos externos: Cartagena en el Caribe y Antioquia con su centro en Medellín. Urabá permaneció como zona sin integración efectiva a la unidad administrativa de la Nueva Granada, moldeada desde afuera por esos dos polos y por una economía de tránsito antes que de asentamiento. La analogía histórica es directa: el mismo corredor que sirvió al oro de contrabando sirvió después a la cocaína hacia el extranjero. La geografía manda.
Sobre ese sustrato de frontera se desplegó, ya en el siglo XX, un modelo de agricultura de enclave —el banano concentrado en la zona centro— que entró en tensión con la apertura de la frontera agrícola por parte de campesinos que buscaban economía de subsistencia. El Estado no pudo, o no quiso, regular esa tensión. San José de Apartadó nació en ese pliegue: en la ladera de la Serranía de Abibe, arriba de las plantaciones, donde llegaban los colonos que no cabían abajo.
Colonización, cooperativa y liderazgo campesino
El poblamiento del corregimiento sigue el patrón de la colonización campesina colombiana, marcada por dinámicas de expulsión más que de proyecto. Desde mediados del siglo XIX y comienzos del XX, campesinos sin tierra escaparon de las haciendas hacia zonas periféricas; una segunda oleada, en el ciclo de La Violencia, movilizó a familias que huían de la persecución estatal y conservadora desde El Pato, Riochiquito y Marquetalia hacia Guaviare, Caquetá, Norte de Santander y otras zonas de refugio. El ritmo con que estos frentes se integraban al sistema capitalista global —y las relaciones de clase que se decantaban allí— determinó los niveles de conflicto interno: los primeros colonos trabajaban con mano de obra familiar, pero el crecimiento demográfico y la llegada de nuevos pobladores agotaban las tierras disponibles, forzando a los recién llegados a aceptar lotes menores y menos productivos o a vincularse como agregados. De esa aritmética salió, en Urabá como en tantas otras periferias, una población pobre sin tierra o con parcelas insuficientes.
Bartolo Cataño llegó a la zona de San José hacia 1970. Construyó su casa, trabajó su tierra y con el tiempo se convirtió en uno de los líderes comunitarios más destacados del corregimiento. La historia de su liderazgo se cuenta bien en un episodio: la construcción del camino que comunicaría al caserío con Apartadó, en el llano. Cataño y otros dirigentes organizaron trabajo colectivo movilizando a mujeres, niños, agricultores y pequeños comerciantes, compartiendo alimentos y jornadas. Cuando el alcalde militar de Apartadó incumplió la promesa de proveer los camiones que la obra requería, los líderes recurrieron a un defensor local, el dirigente del Partido Comunista Bernardo Jaramillo, que presionó a la alcaldía hasta hacerla cumplir. Jaramillo llegaría años después a ser líder nacional de la izquierda colombiana; fue asesinado en 1990 mientras hacía campaña a la presidencia. La escena condensa el mundo político en que crecía San José: gestión estatal errática, mediación partidista de izquierda y una capacidad campesina de organización que no dependía de ninguna de las dos.
En 1985 se fundó en el corregimiento la cooperativa Balsamar, productora y consumidora, liderada por Cataño. Llegó a articular veintidós asentamientos distintos de la región. Balsamar no es un dato menor: es la evidencia de que, doce años antes de la declaración de la Comunidad de Paz, el tejido social de San José ya funcionaba en clave de autogestión, con liderazgos consolidados, obra pública comunitaria y economía solidaria. Cuando en 1997 el corregimiento se declaró neutral, no lo hizo desde el vacío: lo hizo desde una tradición organizativa de al menos un cuarto de siglo.
El colapso humanitario del eje bananero
La violencia que se descargó sobre San José a mediados de los años noventa no fue un rayo en cielo despejado, sino el resultado de una reconfiguración armada que había estado incubándose desde comienzos de la década. La desmovilización del Ejército Popular de Liberación (EPL), lejos de significar el fin de la violencia en el eje bananero, abrió un vacío que otros actores llenaron con rapidez. Un grupo de desmovilizados se rearmó y entró en disputa con las FARC-EP; los paramilitares aprovecharon esa fractura para avanzar. En los tres primeros años de la década de 1990, la región de Urabá-Darién estuvo bajo control predominantemente guerrillero; después, tras un pacto directo con la fuerza pública, ese control fue ganado por los grupos paramilitares.
Las primeras grandes masacres de la región —en las fincas Honduras, La Negra y Punta Coquitos— quedaron inscritas como hitos tempranos de la violencia paramilitar en Urabá. Sobre ese piso se levantó el Bloque Bananero de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), con base en la zona y con una campaña de expansión que se desplazó hacia el sur a través de pueblos y aldeas dispersos entre las plantaciones, a lo largo de la orilla oriental del golfo de Urabá. Carlos Castaño, jefe de las ACCU, puso al Bloque Bananero bajo la dirección de un empresario del sector, articulando así el aparato armado con los intereses económicos de la zona.
La crisis humanitaria fue sin precedentes en la subregión. Masacres y retaliaciones se sucedieron con la participación de paramilitares, FARC-EP y disidencias del EPL, en un mapa de violencia cruzada donde la población civil quedó atrapada entre los tres frentes. El 18 de mayo de 1995, el Concejo municipal de San José de Apartadó pidió una tregua a las ACCU. Castaño respondió que no detendría su campaña mientras las FARC siguieran secuestrando, extorsionando y atacando a ciudadanos indefensos. Una semana después, los alcaldes de las principales poblaciones de Urabá se reunieron con el presidente Ernesto Samper para pedirle ayuda. Fue en vano. En julio de ese año, el ministro de Gobierno Horacio Serpa declaró que el Ejecutivo no autorizaría conversaciones entre la guerrilla y las ACCU. La salida negociada —en el sentido más elemental de reconocer al conjunto de actores armados en la región— quedó cerrada desde el nivel central.
Ese fue el escenario en que la desaparición previa de la Unión Patriótica cobró su significado más duro: instaló en el imaginario político de Urabá la percepción de que los movimientos y partidos políticos alternativos ya no eran viables, generando un clima de inseguridad que desincentivaba cualquier participación autónoma. La política, en el sentido convencional, había sido evacuada del territorio.
La declaración de neutralidad: marzo de 1997
En marzo de 1997, los habitantes de San José de Apartadó declararon la conformación de la Comunidad de Paz. Eran aproximadamente mil cuatrocientos miembros. La declaración establecía unos principios que, en el contexto de Urabá, tenían el peso de una refundación: ningún actor armado podría estar presente en la zona —ni las FARC ni el ejército—; ningún miembro podría portar armas; la actividad económica y los servicios públicos se organizarían de manera comunal; y la comunidad rechazaba explícitamente cualquier colaboración o convivencia con cualquier actor armado, incluyendo la fuerza pública.
La formulación no era ingenua. Recogía una figura política que se estaba decantando en Colombia durante esa década. Las comunidades de paz surgieron en los años noventa como mecanismos de autoprotección de la vida, la libertad y la integridad de las personas frente a las agresiones de los actores armados. Organizaciones sociales y religiosas nacionales, que acompañaban a comunidades campesinas amenazadas, sugirieron la conformación de zonas neutrales basándose en el principio de distinción del Derecho Internacional Humanitario y en el artículo 22 de la Constitución, que establece que la paz es un derecho. Monseñor Isaías Duarte, figura clave detrás del experimento Cuartas Consenso, fue una fuente de inspiración para la Comunidad de Paz de San José. En el Chocó, a partir de 1997, comunidades desplazadas que regresaban a sus territorios se organizaron declarándose neutrales frente a todos los actores del conflicto. San José se inscribía en esa corriente y, a la vez, la radicalizaba: por su tamaño, por la explicitud de sus reglas y por la naturaleza extrema de la violencia contra la que se levantaba.
Reducir la Comunidad de Paz a una estrategia de evasión sería empobrecerla. Su creación fue, ante todo, un acto político de autodeterminación, en el que los habitantes se reconocieron como sujetos sociales y políticos dispuestos a reclamar la soberanía de su territorio. La neutralidad activa —no apoyar ni colaborar con ningún actor armado, incluidas las fuerzas militares del Estado— no era un repliegue: era un reclamo. La comunidad se propuso además reconstruir el tejido social mediante iniciativas de solidaridad, cooperación y bien compartido, prolongando la tradición cooperativa que Balsamar había cimentado doce años antes.
Desde su fundación, San José contó con el respaldo de organizaciones de no violencia colombianas e internacionales y de numerosas organizaciones religiosas. Ese acompañamiento sería, en los años siguientes, no solo un soporte moral sino una capa concreta de protección: presencia observadora, documentación de agresiones, interlocución con instancias internacionales.
La hostilidad del Estado
El experimento chocó, casi desde su inicio, con la hostilidad de sectores decisivos del Estado. El general Harold Bedoya, entonces una de las voces más audibles del pensamiento castrense colombiano, sostuvo públicamente que la neutralidad civil no era posible frente a los guerrilleros. En entrevista con El Tiempo declaró que "con los delincuentes, nadie puede ser neutral" y que la población civil debía ser aliada de las autoridades. En esa lógica, quienes se negaban o dudaban quedaban asimilados a la guerrilla: la neutralidad equivalía a complicidad. Bedoya presentaba el Magdalena Medio —donde la cooperación cívico-militar era estrecha— como modelo ideal, dejando así, en negativo, una valoración adversa de las comunidades que rehusaban cooperar.
Álvaro Uribe Vélez, como gobernador de Antioquia y después como presidente, mantuvo una posición hostil hacia la Comunidad de Paz de San José. La tensión de fondo era estructural: un Estado que se define por el monopolio legítimo de la fuerza no acepta con facilidad que un colectivo civil le niegue la entrada a su territorio en nombre de una neutralidad que iguala a las fuerzas armadas con los actores irregulares. Para la Comunidad, aceptar la presencia militar era aceptar el ciclo de retaliaciones que ya conocía; para el Estado, aceptar la exclusión era admitir una excepción difícil de gobernar.
Frente a esa asimetría, la protección internacional se volvió indispensable. La Corte Interamericana de Derechos Humanos otorgó medidas provisionales a favor de la Comunidad, en un caso que marcó un avance jurídico significativo: siguiendo la línea propuesta por el juez Cançado Trindade, la Corte consolidó la posibilidad de extender medidas provisionales a personas no plenamente individualizadas pero identificables por su vínculo con una comunidad. Se corrigió así la doctrina anterior, que exigía identificar individualmente a cada beneficiario. San José de Apartadó no solo obtuvo protección: contribuyó a ampliar el alcance del derecho interamericano en materia de amparo colectivo.
El acompañamiento del padre Javier Giraldo Moreno, jesuita, director de la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz —organización con sede en Bogotá dedicada a la defensa de derechos humanos—, fue central en la interlocución con instancias nacionales e internacionales. Giraldo trabajó a alto riesgo personal denunciando operaciones paramilitares y sus vínculos con fuerzas de seguridad del Estado, y encabezó la documentación de casos, la presentación de demandas contra el Estado y la proyección internacional de la situación de la comunidad.
El corregimiento como territorio: veredas y economía
La Comunidad de Paz no es un punto en un mapa sino una red de veredas dispersas en la falda de la Serranía de Abibe y en las áreas rurales que rodean el casco del corregimiento. Nombres como Mulatos, La Resbalosa y La Unión —enclaves campesinos ligados históricamente al eje comunitario— forman el tejido territorial concreto sobre el que la declaración de 1997 se sostiene. Cada vereda añade una capa: caminos, fincas familiares, escuelas rurales, sitios de encuentro. El corregimiento no se protege desde un solo lugar; se protege desde una geografía distribuida.
Esa dispersión importa por dos razones. Primero, porque hace visible el arraigo campesino: la Comunidad de Paz no se armó sobre desplazados recién llegados, sino sobre familias con décadas de trabajo agrícola en las mismas parcelas. Segundo, porque explica su vulnerabilidad: la línea entre lo protegido y lo desprotegido no es un muro sino una frontera porosa, cruzada por trochas y quebradas, imposible de vigilar. La violencia contra la comunidad, cuando llegó, se ejerció sobre esa periferia geográfica.
La economía comunitaria se articuló alrededor del legado de Balsamar y de las nuevas prácticas de trabajo compartido. La comunidad apostó por producción agrícola de subsistencia y comercialización colectiva, con énfasis en cultivos como el cacao, en un modelo que buscaba mantener autonomía frente a los circuitos económicos impuestos por los actores armados. Esa apuesta económica no era accesoria: era parte constitutiva del proyecto político. Sin autonomía material, la neutralidad se vuelve retórica.
Liderazgos y pérdidas
Los liderazgos de la Comunidad forman parte de su identidad tanto como sus reglas. Eduar Lanchero, laico comprometido con el acompañamiento espiritual y político del proceso, fue una de las figuras que articuló el discurso de la comunidad hacia afuera y sostuvo la vida interna del grupo en los años más difíciles. Luis Eduardo Guerra, uno de los líderes campesinos más visibles, encarnó la conducción cotidiana de la comunidad. Bertha Tuberquia representó una de las líneas de continuidad organizativa entre generaciones, con presencia sostenida en las veredas.
El acompañamiento externo tuvo también sus rostros. Gloria Cuartas, alcaldesa de Apartadó entre 1995 y 1997 —justo el periodo de la escalada humanitaria—, ejerció un liderazgo que combinó denuncia internacional y respaldo a las comunidades bajo amenaza. Su gestión coincidió con los momentos más críticos del eje bananero y con la formación misma de la Comunidad de Paz, contexto en el que su figura quedó asociada a la defensa civil frente a la violencia paramilitar.
Frente a estos liderazgos, la hostilidad de sectores del Estado tuvo nombres institucionales. La oposición del general Bedoya y del entonces gobernador Uribe no fueron episodios sueltos: fueron expresión de una lectura del país según la cual la neutralidad civil era una anomalía inaceptable en zonas de operación militar. Esa lectura acompañó a la comunidad durante décadas.
Bajo asedio, sin desistir
La perdurabilidad de San José de Apartadó no puede entenderse sin el conjunto de agresiones a las que fue sometida, ni sin la red de apoyos que la sostuvo. Desde su fundación hasta bien entrada la primera década del siglo XXI, la comunidad enfrentó una violencia sostenida que combinaba operaciones de actores irregulares y episodios que involucraban a la fuerza pública, denunciados sistemáticamente por Justicia y Paz. La cifra de miembros asesinados a lo largo de los años se cuenta por decenas, y su geografía interior —Mulatos, La Resbalosa, La Unión— quedó marcada por esa memoria.
La comunidad respondió con una combinación de recursos que definen su singularidad: negativa a levantar armas, negativa a colaborar con ningún actor armado, denuncia pública sistemática, interlocución con la Corte Interamericana, presencia permanente de acompañantes internacionales y consolidación de su economía comunitaria. Ninguno de esos recursos por sí solo habría bastado; en conjunto, mantuvieron viva la experiencia.
El caso interpela un fenómeno mayor. Desde 1999, cuando se estableció el Premio Nacional de Paz, han sido postuladas más de ochocientas experiencias de resistencia local frente a los actores armados en Colombia. Ese número —comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes que en cada rincón del país desplegaron formas propias de autoprotección— sitúa a San José no como una excepción exótica sino como la punta más visible de un fenómeno amplio. La Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, la Declaración por la vida y por la paz elaborada en 1999 por pobladores y autoridades civiles de Bojayá tras años de confrontación entre guerrillas y paramilitares en el medio Atrato, las zonas humanitarias del Chocó: todas estas experiencias configuran un paisaje de resistencia civil que las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI depositaron sobre el mapa colombiano. Las resistencias civiles organizadas son una de las transformaciones más novedosas del conflicto armado colombiano en la última década del siglo XX.
Huella y disputa
Leer hoy San José de Apartadó exige sostener a la vez dos afirmaciones que no se cancelan. La primera: la Comunidad de Paz no fue una improvisación reactiva sino la culminación de una tradición organizativa campesina que llevaba décadas construyéndose. Bartolo Cataño y los líderes que abrieron el camino a Apartadó en los años setenta, la cooperativa Balsamar en 1985, la articulación con veintidós asentamientos regionales, la mediación con figuras políticas nacionales: cuando en marzo de 1997 mil cuatrocientos habitantes se declararon neutrales, activaban un capital social acumulado. El experimento fue radical, pero no partió de cero. La segunda afirmación: esa neutralidad fue estructuralmente asediada desde su origen. El general Bedoya la equiparó públicamente a complicidad guerrillera; el gobernador y luego presidente Uribe se opuso a ella; el Ejecutivo nacional cerró toda vía negociada con los actores armados de la región; los paramilitares avanzaron mediante pactos con la fuerza pública; las FARC no renunciaron a su pretensión de control territorial. La comunidad sobrevivió a pesar del Estado, no con él.
De ahí la paradoja irreducible que San José condensa. Una organización campesina con raíces profundas logró convertir la desesperación en proyecto político: la neutralidad activa como reclamo de soberanía civil, no como huida. Pero ese mismo proyecto fue hostigado por el Estado que debía protegerlo y acorralado por actores armados que no admitían terceros. Su perdurabilidad mide, entonces, dos cosas a la vez: la fortaleza del tejido comunitario y la profundidad de la violencia estructural que lo rodea. No es un modelo replicable de paz autónoma; es un testimonio de resistencia bajo asedio permanente. Es exactamente por eso que importa.
En el plano jurídico, el caso dejó un precedente concreto: la Corte Interamericana aceptó medidas provisionales para colectividades no individualizadas, avance que amplió el amparo internacional a comunidades enteras. En el plano político, dejó una gramática: la de la neutralidad activa como forma de soberanía civil, gramática que otras experiencias colombianas retomaron y adaptaron. En el plano moral, dejó una lista de nombres —los asesinados en Mulatos, La Resbalosa, La Unión— que la memoria del país no puede desprender de la palabra Apartadó.
El eje bananero cambió desde entonces. Los grupos armados se reconfiguraron, la economía siguió su curso, las proyecciones de infraestructura continental sobre Urabá volvieron a agitarse. Pero en la falda de la Serranía de Abibe, en el corregimiento arriba de las plantaciones, la Comunidad de Paz siguió en pie. Su historia obliga a leer Urabá de otra manera: no solo como corredor de contrabando y de conflicto, no solo como enclave bananero, no solo como frontera sin Estado. También como territorio donde un grupo de campesinos decidió, un día de marzo de 1997, que la neutralidad podía ser una forma de política y sostuvo esa decisión, contra todos los pronósticos, durante décadas. En un país donde la resistencia civil organizada ha sido tantas veces silenciada, esa persistencia es, por sí sola, una hipótesis sobre el futuro.
El territorio en el archivo
Dónde aparece y con qué se relaciona
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
25 documentos · 29 fragmentos01Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo ILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · 2022 · p. 361 cita
[1]presenta el mayor dinamismo económico y sobre la cual se ha proyectado, desde la segunda mitad del siglo XX, la construcción de infraestructuras portuarias y de comunicación entre el norte y sur del continente, tales como la vía panamericana y el puente interoceánico para la conexión entre el litoral Pacífico y el mar…
p. 36
02Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 1302 citas
[2]y la complejidad relativa de ecosistemas y sociedades. Capítulo V l os sistemas ambientales territoriales 131 C olombia C ompleja 1. e l C aribe rural Entre la ciudad de Cartagena, el golfo de Urabá y las estribaciones de la cordillera se extienden las ciénagas, sabanas y lomeríos del Caribe, surcadas ellas por los…
p. 130
[3]ecosistemas y sociedades. Capítulo V l os sistemas ambientales territoriales 131 C olombia C ompleja 1. e l C aribe rural Entre la ciudad de Cartagena, el golfo de Urabá y las estribaciones de la cordillera se extienden las ciénagas, sabanas y lomeríos del Caribe, surcadas ellas por los ríos Cauca, San Jorge, Sinú y…
p. 130
03Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Antioquia, sur de Córdoba y Bajo Atrato chocoanoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 441 cita
[4]económicas que se dieron desde finales del siglo XIX; la más conocida es la del café, que se concentró en los pueblos del Suroeste antioqueño. En otras subregiones ocurrieron: la explotación del fruto de la palma de tagua, también llamado el «marfil vegetal», que se usaba para la elaboración de botones y artículos…
p. 44
04Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · p. 1231 cita
[5]ya fue destacada (véase el capítulo 1). Desde la época colonial, cuando la región se constituyó como un refugio para esclavos fugitivos y comunidades indígenas, este territorio permaneció como una zona de frontera y jamás fue integrado efectivamente a la unidad administrativa de la Nueva Granada. No obstante, su…
p. 123
05Plan Colombia: U.S. Ally Atrocities and Community ActivismJohn Lindsay-Poland · 2018 · p. 571 cita
[6]in 1970 and constructed a house and worked the land. Cataño and other leaders worked with women, children, farmwork - ers, and small business owners to complete the road to San José, drawing sand from the river, sharing food, and sharing the work. When Apartadó’s military mayor reneged on a promise to provide trucks…
p. 57
06Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 2271 cita
[7]parte de las tierras recibidas, para valorizar las restantes. De este modo, otorgaron facilidades para la conformación de los núcleos iniciales de pobladores, donando usualmente las tierras para la cabecera y vendiendo a bajo precio pequeños lotes agrícolas. En uno y otro caso se generó un sistema de colonización en…
p. 227
07Sistemas de guerra: La economía política del conflicto en ColombiaNazih Richani · 2003 · p. 581 cita
[8]niveles y la magnitud de esta resistencia dependieron, asimismo, del tipo de relaciones de producción que caracterizaban a cada región: relaciones y estructura de clase, contingencia política, ritmo de inte- gración de la región al sistema capitalista global y función de las insti- tuciones del Estado. Colombia…
p. 58
08Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 2662 citas
[9](alias 88 Glenda Martínez, Salvatore, 111. 89 Glenda Martínez, Salvatore, 109-110. 266 James D. Henderson H. H.), comandante del Bloque Bananero de las ACCU con base en Urabá, se trasladaron hacia el sur a través de pueblos y aldeas dispersos en medio de las plantaciones de banano a lo largo de la orilla oriental del…
p. 266
[10](alias 88 Glenda Martínez, Salvatore, 111. 89 Glenda Martínez, Salvatore, 109-110. 266 James D. Henderson H. H.), comandante del Bloque Bananero de las ACCU con base en Urabá, se trasladaron hacia el sur a través de pueblos y aldeas dispersos en medio de las plantaciones de banano a lo largo de la orilla oriental del…
p. 266
09El orangután con sacoleva: cien años de democracia y represión en Colombia (1910-2010)Francisco Gutiérrez Sanín · 2014 · p. 3961 cita
[11]i c i d a e n C o l o m b i a: l a s C o n v i v i r, l o s p a r a m i l i t a r e s y e l s is t e m a p o l í t i c o la experiencia del Magdalena Medio). Pero por entonces tal clase de respuesta provenía de grupos armados pequeños e informales, con el apoyo del Ejército. El cambio vendría con la conformación de…
p. 396
10Paramilitarismo. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera · 2018 · p. 771 cita
[12]luego en las AUC. A comienzos de los años noventa, la desmovilización del EPL, y de los grupos armados del Clan Castaño en el contexto de la Asamblea Nacional Constituyente, parecían representar el princi- pio del viraje hacia el fin de la violencia política en la región. Sin embargo, a pesar de este panorama…
p. 77
11Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 6601 cita
[13]los Comandos Populares, se dio una disputa entre las FARC-EP y las disidencias de esta guerrilla que fue aprovechada por los parami- litares 2178. A medida que se reconfiguraba el mapa de grupos armados en la zona, las 2175 Base consolidada del proyecto conjunto JEP-CEV-HRDAG de integración de datos y estimaciones…
p. 660
12No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 4001 cita
[14]ellas a través de mecanismos ilegales o aparentemente legales. La Comisión de la Verdad ha documentado que las AUC se caracterizaron por un despojo sofisticado al contar con la complicidad de servidores públicos para registrar en notarías las miles de hectáreas usurpadas e impulsar la creación de empresas y la llegada…
p. 400
13Violent Democratization: Social Movements, Elites, and Politics in Colombia's Rural War Zones, 1984-2008Leah Anne Carroll · 2011 · p. 1271 cita
[15]José down to Apartadó was taken over by paramilitary groups, but the FARC continued to be present in the hills. The settlers were truly be- tween a rock and a hard place. Inspired by Monseñor Isaías Duarte (later killed), a major force behind the Cuartas “Consenso” experiment, the San José de Apartadó Peace Community…
p. 127
14Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 2881 cita
[16]participar en la guerra, ni convivir o colaborar con ningún actor armado de ninguna tendencia, constituyéndose en comunidades de paz 866. De sde allí, han apostado por reconstruir el tejido social que la violencia afecta y han desarrollado iniciativas que recurren a lo comunitario, a la solidaridad, a la cooperación y…
p. 288
15Peacebuilding in Colombia: From the Lens of Community and PolicyJoan C. Lopez, Beth Fisher-Yoshida · 2024 · p. 1601 cita
[17]army is involved. Communities are in vulnerable and inescapable positions in the mid - dle of the armed groups, therefore, declaring a position of active neutrality, i.e., claiming that they do not support any of the armed groups including the Colom - bian army, renders their work as an act of peacebuilding.…
p. 160
16Regiones y conflicto armado. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoClara Inés García · 2018 · p. 2151 cita
[18]modelos de explotación y ocupación territorial (específicamente los de la palma aceitera asociados a paras y testaferros). 1997 en ade- lante Comunidad de paz - zonas huma- nitarias A su regreso estas se organizaron en experiencias de resistencia civil conocidas como las Comuni- dades de Paz y las Zonas Humanitarias,…
p. 215
17Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en ColombiaFrancisco Gutiérrez Sanín, María Emma Wills, Gonzalo Sánchez Gómez · 2006 · p. 3161 cita
[19]impidió la reacción de la columna armada, sino que amplificó la reacción de la población ante la intromisión de un grupo armado en una acción de protesta civil. La distancia entre la violencia de las armas y la movilización social quedó claramente registrada. Esta acción, que hoy parece olvidada, dio inicio a la…
p. 316
18El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC)Gonzalo Sánchez Gómez, Mario Aguilera Peña · 2011 · p. 921 cita
[20]de los proceso de resistencia civil organizada de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare y la Comunidad de Paz de San José de Apartadó. Tesis de grado Universidad Nacional de Colombia, Departamen- to de Sociología, 2005. p. 57. 380 Sistema de Alertas Tempranas (SAT). Informe de Riesgo 023 de octubre 24 de…
p. 92
19Trujillo: Una tragedia que no cesaGrupo de Memoria Histórica; Álvaro Camacho Guizado (relator); Gonzalo Sánchez G. (coordinador) · 2008 · p. 2051 cita
[21]de izquierda y de defensa de los derechos humanos, terminan involuntariamente convergien- do hasta invisibilizar las voces femeninas en esta historia. 1.1. Las iniciativas de memoria, trayectorias y mediadores 1.1.1. Los orígenes de las mediaciones: Justicia y Paz (1990-1995) Son varios los actores y las…
p. 205
20Counting the Dead: The Culture and Politics of Human Rights Activism in ColombiaWinifred Tate · 2007 · p. 1341 cita
[22]international mechanisms in relation to Colombia,” Gustavo told me. Our specific objective was to contribute to the improvement of the human rights situation in Colombia. That was not the same as what other groups were trying to do, other groups had other objectives, which were very valid and important, they were just…
p. 134
21America's Other War: Terrorizing ColombiaDoug Stokes · 2005 · p. 82 citas
[23]International Relations JCET Joint Command Exchange Training Los PEPES People Persecuted by Pablo Escobar (Perseguidos por Pablo Escobar) MAS Muerte a Secuestradores (Death to Kidnappers) MTT Mobile Training Teams NAFTA North American Free Trade Agreement OPEC Organization of Petroleum Exporting Countries SOA School…
p. 8
[24]International Relations JCET Joint Command Exchange Training Los PEPES People Persecuted by Pablo Escobar (Perseguidos por Pablo Escobar) MAS Muerte a Secuestradores (Death to Kidnappers) MTT Mobile Training Teams NAFTA North American Free Trade Agreement OPEC Organization of Petroleum Exporting Countries SOA School…
p. 8
22La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)Germán Rey, Camilo Vallejo Giraldo, María Angélica Nieto Uribe, Álvaro Fernando Núñez Zúñiga, Andrea Torres · 2015 · p. 2811 cita
[25](…) Es posible proteger a los miembros individualizados de una comunidad” (Corte IDH, Resolución 18 / 08 / 2000). Siguiendo lo anterior se concluye que un sujeto colectivo puede ser reconocido por las medidas cautelares como posible víctima de una situación de vulneración, siempre que se pueda identi fi car a la…
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23More Terrible Than Death: Drugs, Violence, and America's War in ColombiaRobin Kirk · 2003 · p. 2291 cita
[26]PATAQUIVA'S LAMENT 193 state support. Those who refused it or even hesitated were no better, in his view, than the guerrillas themselves. In fact, they were guerrillas, since their passivity was what would allow a guerrilla victory. "Con- cerning the delinquents, no one can be neutral," he once said in an in- terview…
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24Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo IILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · p. 2471 cita
[27]tam- bién empieza como a perder ese… ese rol propio de defender libremente al trabajador. Entonces se presentaron muchos vacíos. (CNMH-DAV, exmili- tante de Esperanza, Paz y Libertad, Apartadó, 2017, 3 de diciembre) Otro daño político derivado de la desaparición de la UP fue la instalación en el imaginario y en el…
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25Doble discurso, múltiples crímenes. Análisis temático de las ACMM y las ACPBCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández (coordinador) · 2021 · p. 5332 citas
[28]de que ese era el odio contra el hombre; y para nosotros, para la comunidad, pues una tristeza, fue una tristeza. (CNMH, CV, hombre afrodescendiente víctima, Cimita- rra, 2017, 27 de marzo) El asesinato de los líderes de la ATCC pretendió destruir una organización que desafiaba la imposición de un orden social afín al…
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[29]de que ese era el odio contra el hombre; y para nosotros, para la comunidad, pues una tristeza, fue una tristeza. (CNMH, CV, hombre afrodescendiente víctima, Cimita- rra, 2017, 27 de marzo) El asesinato de los líderes de la ATCC pretendió destruir una organización que desafiaba la imposición de un orden social afín al…
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