José Eusebio Caro
Nueva Granada
1817–1853
La biografía
En apenas treinta y seis años, entre 1817 y 1853, José Eusebio Caro alcanzó a ser cuatro cosas a la vez: poeta romántico, periodista de combate, parlamentario y, sobre todo, el hombre que —junto con Mariano Ospina Rodríguez— escribió el Partido Conservador colombiano antes de que existiera como organización. Su papel en la historia de la Nueva Granada no se mide por cargos ni por batallas, sino por textos: el Programa Conservador publicado en La Civilización el 4 de octubre de 1848, los artículos que fijaron el nombre y la doctrina del partido en 1849, la crítica al utilitarismo benthamiano que lo enfrentó a Ezequiel Rojas. De esa primacía de la letra sobre la organización nació una tradición política que sería siempre más doctrinal que programática, y que encontraría en el hijo, Miguel Antonio, su intérprete más consecuente durante la Regeneración. Pero la figura del padre no cabe en el molde regeneracionista que la reclamaría décadas después: el fundador del conservatismo colombiano fue también, en su juventud, un admirador de los Estados Unidos, un lector de Saint-Simon, un defensor del librecambio y un romántico que llegó a proyectar la demostración de la inutilidad de los gobiernos. La coherencia doctrinal que se le atribuye es, en buena medida, una construcción póstuma.
Línea de vida
- 1817
Nacimiento en Ocaña
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Nació en Ocaña, en el actual Norte de Santander, en el mismo año en que la campaña libertadora giraba de Angostura hacia la Nueva Granada. Su padre, Antonio José Caro, le transmitió una formación humanística y las tribulaciones económicas de las familias criollas que habían apostado por la Independencia.
- 1840
Fundación de El Granadino
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Fundó en Bogotá el periódico El Granadino, donde ejerció como redactor activo hasta aproximadamente 1845. Su actividad coincidió con el arco de la Guerra de los Supremos (1839-1842), conflicto que prefiguró las alianzas que darían origen al futuro Partido Conservador. Marco Fidel Suárez elogiaría décadas después esta etapa como aquella donde más lució su talento y su patriotismo.
- 1848
Fundación de La Civilización y publicación del Programa Conservador
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El 4 de octubre de 1848 fundó y comenzó a dirigir La Civilización junto a Mariano Ospina Rodríguez. En ese mismo primer número publicaron el texto coescrito conocido como el Programa Conservador de 1849, reconocido hoy como el primer documento fundacional del Partido Conservador colombiano, que enunciaba ocho principios entre los que destacaban el orden constitucional contra la dictadura, la primacía de la ley, la moralidad cristiana frente al materialismo y el ateísmo, y la libertad racional contra el despotismo.
- 1849
Artículos doctrinales en La Civilización y consolidación del bipartidismo
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En 1849 publicó en La Civilización el artículo 'La libertad y el partido Conservador' y, en el número 17 del 29 de noviembre, un texto sobre la importancia del nombre del partido conservador, argumentando que el partido liberal había triunfado más por sus nombres atractivos que por sus actos. Ese año, la elección de José Hilario López como presidente consolidó a los partidos Liberal y Conservador como fuerzas políticas diferenciadas.
- 1853
Muerte a los 36 años
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Murió en 1853, a los 36 años, dejando una obra intelectual y periodística que sería reclamada como fundamento doctrinal del conservatismo colombiano. Su hijo Miguel Antonio Caro sería décadas después el intérprete más consecuente de esa tradición durante la Regeneración.
La semblanza: un romántico en la política granadina
Caro pertenece a la primera generación estrictamente colombiana de escritores, la que Eduardo Camacho Guizado sitúa hacia 1830 como inicio propio de la literatura del país. Su biografía condensa un patrón que se repetiría con insistencia en América Latina durante todo el siglo XIX: el letrado que combina aspiración literaria y ambición política sin separar los dos oficios, escribiendo versos por la mañana, editoriales por la tarde y proyectos de ley cuando las circunstancias lo permiten. Ese modelo aparece en Caro con nitidez temprana y sin las mediaciones institucionales que después lo suavizarían: no había en la Nueva Granada de los años cuarenta ni universidades modernas, ni prensa masiva, ni burocracia partidista que separara los papeles. El poeta era el periodista, el periodista era el ideólogo, el ideólogo era el parlamentario.
Lo distintivo de Caro dentro de ese patrón es la heterogeneidad de sus influencias. En su formación intelectual confluían el romanticismo europeo, el sansimonismo tecnocrático francés, la admiración por el modelo republicano y comercial de los Estados Unidos y una vocación de comerciante que nunca abandonó del todo. Esa mezcla debilitó en él el apego a la tradición española que después reclamaría como propia el conservadurismo hispanista. La ironía es evidente: el hombre a quien la posteridad convertiría en padre del catolicismo político colombiano fue, en sus años formativos, más deudor de Saint-Simon y de Nueva York que de Sevilla o Toledo.
Los orígenes: Ocaña, Bogotá y la primera formación
Caro nació en Ocaña, en el actual Norte de Santander, en 1817, el mismo año en que la campaña libertadora empezaba a girar de Angostura hacia la Nueva Granada. Su padre, Antonio José Caro, le transmitió una formación humanística y las tribulaciones económicas propias de las familias criollas que habían apostado por la Independencia sin cosechar sus dividendos materiales. La educación de José Eusebio se completó en Bogotá, donde la vida intelectual de las décadas de 1830 y 1840 giraba en torno a un puñado de tertulias, imprentas y colegios que reunían a los futuros protagonistas de las dos generaciones políticas del siglo.
En esa Bogotá aún pequeña, marcada por la sombra del atentado del 25 de septiembre de 1828 contra Bolívar y por la fractura entre santanderistas y bolivarianos, Caro se formó como escritor y como polemista antes de tener una posición política definida. Su primera etapa intelectual sorprende hoy por su radicalismo filosófico: proyectaba demostrar la inutilidad de los gobiernos, defendía el ideal del no-gobierno y la libre asociación, y confiaba en que la ciencia, la imprenta y el progreso conducirían a la humanidad hacia una paz universal sin necesidad de coacción estatal. Eran ideas que hoy pueden leerse como una forma de anarquismo filosófico o de individualismo utópico, y que se explican por la lectura simultánea del romanticismo libertario, del sansimonismo confiado en la administración científica y de la experiencia norteamericana leída como triunfo de la sociedad civil sobre el Estado.
De esas convicciones juveniles algo quedaría hasta el final: la desconfianza hacia el poder centralizado, la limitación del gobierno como fundamento de la civilización política, la preferencia por la ley sobre la acción directa. Lo que cambió fue el marco moral en que esas convicciones se inscribían. El Caro maduro conservó la arquitectura liberal —limitación del Estado, primacía de la ley, libertad económica— pero la ancló en un fundamento cristiano que en su juventud no aparecía. Esa es la trayectoria intelectual completa: no una conversión del liberalismo al conservadurismo, sino la búsqueda de un cimiento religioso para principios liberales que él nunca abandonó del todo.
La trayectoria: del Granadino al Programa de 1849
En 1840 Caro fundó en Bogotá el periódico El Granadino, que circularía hasta 1845 y donde ejerció como redactor activo, no solo como impulsor nominal. Esos cinco años corresponden exactamente al arco de la Guerra de los Supremos y sus secuelas: el conflicto que estalló en 1839 contra el gobierno de José Ignacio de Márquez y que se prolongó hasta 1842 fue el hito que empujó a los liberales moderados y a los antiguos bolivarianos a estrechar la alianza que prefiguraría el futuro Partido Conservador. En ese proceso, la prensa cumplió una función constitutiva, no secundaria: los partidos no existían aún como estructuras, pero sus contornos se dibujaban semana a semana en los editoriales.
El Granadino fue una de esas plataformas. Allí Caro afinó una escritura polémica que Marco Fidel Suárez elogiaría en noviembre de 1884 como la faceta donde más lució su talento y su patriotismo: una prosa que hacía de la verdad, el derecho y el deber la norma de sus razonamientos, y que no temía las iras del poder ni los abusos de la fuerza, ni siquiera cuando obligaba a hablar sin embozo a sus propios amigos políticos. El elogio de Suárez, formulado más de tres décadas después de la muerte de Caro, es interesado —Suárez militaba en la tradición conservadora que reclamaba a Caro como fundador—, pero apunta a un rasgo verificable: la disposición polémica del periodista, su capacidad para argumentar contra corriente incluso dentro de su bando.
El segundo periódico de Caro es el que fija su lugar en la historia. La Civilización apareció el 4 de octubre de 1848 y fue fundada y dirigida en asocio con Mariano Ospina Rodríguez, el antioqueño que sería presidente entre 1857 y 1861 y con quien Caro compartiría la paternidad textual del conservatismo. Desde el primer número, La Civilización se asumió como órgano periodístico del partido conservador, y en sus páginas se publicaron los textos programáticos que fundaron doctrinalmente esa tradición.
El más importante de esos textos apareció precisamente el 4 de octubre de 1848, coescrito por Ospina Rodríguez y Caro, y sería conocido con el tiempo como el Programa Conservador de 1849 —una discordancia entre la fecha de publicación y el nombre con que la posteridad lo bautizó, atribuible a que su circulación efectiva y su papel electoral se dieron durante 1849, año de la elección de José Hilario López—. El Programa enunciaba ocho principios que guiarían al partido, de los cuales cuatro han quedado plenamente documentados: el orden constitucional contra la dictadura, la primacía de la ley sobre la acción directa, la moralidad del cristianismo y sus doctrinas civilizadoras contra el materialismo y el ateísmo, y la libertad racional contra el despotismo. Los otros cuatro completaban una arquitectura que oponía, punto por punto, un principio conservador a un supuesto vicio del bando contrario.
La secuencia importa: el Programa se publicó menos de tres meses después de acontecimientos políticos que aceleraron la necesidad de una identidad conservadora definida, y precedió por cinco meses a la tormentosa sesión del 7 de marzo de 1849, cuando el Congreso, bajo la presión de un pueblo vociferante y posiblemente armado, eligió presidente a José Hilario López al no haber obtenido este mayoría absoluta en las urnas. El texto fundacional del conservatismo colombiano nació, entonces, como respuesta a una coyuntura electoral en la que los candidatos conservadores estaban a punto de ser derrotados por un liberalismo unificado. La doctrina no antecedió al partido: ambos fueron construidos simultáneamente por la urgencia de nombrar al adversario.
Esa función performativa de la escritura reaparece con claridad en el número 17 de La Civilización, del 29 de noviembre de 1849, donde apareció el artículo sobre la importancia del nombre del partido conservador. El texto argumentaba que el partido liberal había triunfado más por sus nombres atractivos que por sus actos, y sostenía que la identidad partidista dependía tanto de la doctrina como del rótulo bajo el cual se enarbolaba. Difícil imaginar una confesión más nítida de la primacía textual sobre la organizativa: el conservatismo se construía como acto de nominación antes que como maquinaria política. En el mismo año, Caro publicó también en La Civilización el artículo La libertad y el partido Conservador, que reforzaba la operación de anclar al nuevo partido en un vocabulario liberal —la libertad, la ley, el orden constitucional— desactivando así la lectura, cara al bando contrario, según la cual el conservatismo era simplemente heredero del autoritarismo bolivariano.
Su red: Ospina, Arboleda y las coordenadas del bipartidismo
Caro no operó solo. Junto con Mariano Ospina Rodríguez y Julio Arboleda formó el triángulo que la tradición conservadora reconocería como sus padres fundadores. Los tres compartían una paradoja que atravesaría al partido desde su origen: habían defendido con entusiasmo el librecambio en materia económica y, sin embargo, elaboraron una doctrina social y política que reivindicaba el orden jerárquico de tradición hispánica y el fundamento católico de la vida pública. Esa combinación —liberalismo económico y conservadurismo cultural— no era, en la Nueva Granada de mediados de siglo, una contradicción evidente: los tres consideraban que la soberanía del mercado y la sociedad jerárquica podían y debían coexistir, y que el error del liberalismo radical era pretender aplicar la lógica de la libertad económica también al terreno moral y religioso.
Ospina Rodríguez, compañero de Caro en la redacción del Programa y en la dirección de La Civilización, formuló con precisión la sensibilidad del grupo: el conservatismo colombiano rechaza los cambios exagerados y violentos, prefiere la evolución pausada a la ruptura brusca, y estima más los resultados de la experiencia que las conclusiones especulativas de la teoría. Es una definición burkeana en espíritu, aunque Ospina no citara a Burke, y establecía la temperatura del nuevo partido: no reacción absoluta contra el liberalismo, sino administración prudente del cambio.
En el terreno económico, la red se ampliaba hacia figuras como Florentino González, antiguo santanderista y ministro de Hacienda de Tomás Cipriano de Mosquera entre 1845 y 1849, quien en 1847 impulsó la reducción de aranceles que abrió la economía neogranadina al comercio internacional. Aunque González militaría después en filas liberales, en el momento decisivo de 1847 aún operaba dentro del bando conservador, y algunas lecturas lo señalan como el padre de la apertura económica colombiana del siglo XIX. La medida generó descontento entre los artesanos bogotanos —el sector social que después se organizaría en las Sociedades Democráticas de apoyo a López— y contribuyó al clima que llevó a la victoria liberal de 1849. La ironía es que el propio Caro, defensor teórico del librecambio, redactaría al año siguiente el Programa que oponía al gobierno liberal entrante una batería de principios morales y políticos, sin cuestionar la orientación económica que su propio bando había impulsado.
El adversario intelectual más relevante de Caro fue Ezequiel Rojas, el filósofo liberal que había hecho del utilitarismo de Jeremy Bentham la piedra angular de la enseñanza pública neogranadina. El debate entre ambos alcanzó notoriedad internacional y llegó incluso a las páginas de la Académie des Sciences Morales et Politiques de París. Rojas sostenía que el utilitarismo era compatible con la religión natural, e incluso con una versión ilustrada del cristianismo; Caro replicaba que la moral utilitaria destruía las raíces católicas que debían fundamentar el proyecto republicano colombiano, y que reducir la virtud al cálculo de placeres y dolores era corromper la misma noción de deber. La polémica no era abstracta: se libraba sobre la enseñanza universitaria, sobre los textos que debían leerse en las cátedras de derecho y filosofía, sobre la formación moral de las élites republicanas. Ya en 1842, durante los gobiernos conservadores de Pedro Alcántara Herrán y sus continuadores, se había intentado restringir el uso de los textos de Bentham en la enseñanza, argumentando que sus principios eran contrarios a la religión, la moralidad y el orden público —una acusación que los defensores del benthamismo, encabezados por Vicente Azuero, atribuían en parte al hecho de que Bentham fuera protestante.
La posición de Caro en esa disputa anticipó el declive de la economía política durante la Regeneración, cuando los conservadores —incluido, décadas después, su propio hijo Miguel Antonio— volverían al poder y consumarían la expulsión del utilitarismo de la enseñanza pública. Conviene subrayar el detalle: Caro fue uno de los críticos más feroces del utilitarismo precisamente después de haber transitado por posiciones filosóficas que no estaban lejos del terreno benthamiano. La ferocidad de su crítica se explica, en parte, por la vehemencia del converso.
En el plano personal, Caro se casó con Blanca Tovar, con quien tuvo varios hijos, entre ellos Miguel Antonio Caro, nacido en 1843, que sería filósofo, gramático, cofundador con Rufino José Cuervo del proyecto que daría el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, vicepresidente en ejercicio de la presidencia entre 1894 y 1898, y el más consecuente heredero doctrinal del conservatismo hispanista. La relación entre padre e hijo es un caso raro de continuidad y ruptura: Miguel Antonio recogió la vocación letrada, el catolicismo militante y la política doctrinal, pero desechó buena parte del liberalismo económico y de la admiración por Estados Unidos que en su padre habían pesado tanto. El hispanismo integral del hijo es una lectura restrictiva del padre, no su prolongación fiel.
Los últimos años: exilio, poesía y muerte temprana
La elección de José Hilario López el 7 de marzo de 1849 abrió el ciclo de las reformas liberales que, bajo la coordinación del secretario de Hacienda Manuel Murillo Toro, transformaron entre 1849 y 1853 la estructura económica, social y religiosa de la Nueva Granada: supresión del monopolio estatal del tabaco, descentralización de rentas, disolución de los resguardos indígenas, abolición de la esclavitud, expulsión de los jesuitas y libertad absoluta de imprenta y de enseñanza. Para el conservatismo naciente, ese paquete representó a la vez una derrota y una definición: obligó al partido a fijar su identidad no ya frente a un adversario textual, sino frente a un programa de gobierno en marcha.
Caro vivió esos años como opositor. En 1851 estalló la guerra civil promovida por sectores del Partido Conservador contra las reformas liberales —especialmente contra las medidas en materia religiosa y contra la política agraria hacia los resguardos—, y aunque la insurrección fue derrotada, la represión posterior alcanzó también a los conservadores civiles que, como Caro, no habían tomado las armas. En algún momento entre 1850 y 1853 salió del país hacia Estados Unidos, país al que había admirado durante toda su vida y que ahora conocía como exiliado. Ese exilio cierra su itinerario intelectual con una simetría casi excesiva: el joven que había hecho de los Estados Unidos su horizonte utópico terminaba sus días efectivamente allí, sin poder regresar a la Nueva Granada.
Volvió, finalmente, en 1853, y murió ese mismo año en Santa Marta, con treinta y seis años, víctima de la fiebre amarilla que castigaba periódicamente al puerto. No alcanzó a ver la Constitución de 1853, promulgada bajo la presidencia de José María Obando, ni la fractura interna del liberalismo entre gólgotas y draconianos que reordenaría el mapa político en la segunda mitad de la década. Su muerte temprana lo convirtió en un mito manejable: no dejó una obra política madura que confrontara al Programa de 1849 con las circunstancias posteriores, ni tuvo que administrar las contradicciones de un conservatismo que en la Regeneración renegaría del librecambio que sus fundadores habían defendido.
En paralelo a la política, Caro cultivó una poesía romántica que forma parte del canon fundacional de la literatura colombiana. Su romanticismo —tardío por las coordenadas europeas, temprano por las americanas— combinaba la sensibilidad íntima con el arrebato patriótico y religioso, y hacía del yo lírico un vehículo de convicciones morales que se prolongarían en el ensayo político. La distancia entre el Caro poeta y el Caro periodista es menor de lo que parece: la misma vehemencia que sostiene los versos anima los editoriales, y la misma búsqueda de un fundamento moral atraviesa ambos registros. En la tradición colombiana, Caro es uno de los primeros en encarnar plenamente la figura del letrado-político, aquel que hace de la escritura simultáneamente un ejercicio estético y una intervención pública, sin que los dos planos se estorben.
Su huella: el conservatismo como texto
Lo que Caro dejó no fue una organización política —eso lo construirían otros, sobre todo Ospina Rodríguez en las décadas siguientes— sino una gramática. El conservatismo colombiano heredó de él y de sus compañeros de La Civilización una serie de rasgos que marcarían su historia posterior con una consistencia notable: la primacía de la doctrina sobre el programa, la centralidad de la religión como principio ordenador de la vida pública, la desconfianza hacia las utopías racionalistas, la preferencia por la evolución pausada frente a la ruptura, la reivindicación de la ley y el orden constitucional como valores propios, y una convivencia tensa —a veces oculta, nunca resuelta— entre liberalismo económico y conservadurismo cultural.
Esa herencia se hace visible sobre todo en la Regeneración iniciada por Rafael Núñez en 1886, cuando Miguel Antonio Caro asumió como principal redactor de la nueva Constitución y como intérprete filosófico del régimen. La Regeneración volvió sobre los textos del padre y los reactivó como carta doctrinal, aunque los depuró en un sentido más hispanista y más autoritario del que el propio José Eusebio hubiera admitido. El elogio de Marco Fidel Suárez en 1884 —dos años antes de la Constitución regeneracionista— formaba parte de ese proceso de canonización: recuperar al padre fundador como precursor de un proyecto que en muchos puntos lo excedía.
La centralidad histórica de Caro, sin embargo, no depende de esa apropiación posterior. Depende del hecho, estrictamente verificable, de que fue él —junto con Ospina Rodríguez— quien tradujo por primera vez en lengua española americana una serie de posiciones doctrinales en el vocabulario específico de un partido político, con nombre, principios enumerados y órgano periodístico. Antes del 4 de octubre de 1848 había en la Nueva Granada bolivarianos, ministeriales, moderados, ultramontanos, librecambistas; después de esa fecha había, aunque todavía embrionariamente, un Partido Conservador con un texto fundacional al que remitirse. Ese acto de nominación —el gesto por el cual una constelación de posiciones se convierte en identidad partidista— es la contribución específica de Caro a la historia colombiana.
Que ese acto fuera simultáneamente doctrinal y coyuntural —respuesta a la inminente derrota electoral de 1849, escrito en la urgencia de dar nombre al adversario del liberalismo unificado— no lo debilita: lo explica. El conservatismo colombiano no nació de una filosofía consolidada que buscara expresión política, sino de una urgencia política que exigió, sobre la marcha, construir una filosofía. De ahí su vocación doctrinal irrenunciable: como el partido nació escrito, la fidelidad al texto fundacional se convirtió en el modo específico de la militancia. Los conservadores colombianos volverían una y otra vez, durante siglo y medio, a los principios del Programa de 1849, no porque fueran singularmente profundos, sino porque eran, literalmente, el acta de nacimiento del partido.
Miguel Antonio Caro extendería esa lógica hasta sus últimas consecuencias durante la Regeneración, cuando la política colombiana se organizó en torno a la exégesis de textos —la Constitución de 1886, el Concordato de 1887, los ensayos filosóficos y gramaticales del propio Miguel Antonio— más que en torno a programas de gobierno mensurables. La ironía final es que el padre, tan influido por Saint-Simon y por el pragmatismo comercial norteamericano, terminó siendo el fundador involuntario de una tradición política notoriamente antitecnocrática y antipragmática. Pero esa deriva no le pertenece: le pertenece a sus herederos, que reclamaron de él lo que servía a sus proyectos y descartaron lo demás.
Queda la figura entera: un romántico de treinta y seis años, muerto en Santa Marta en 1853, que en poco más de una década de vida pública escribió los periódicos, los versos y los programas que fundaron doctrinalmente un partido, y que hizo del acto de escribir la primera y decisiva forma de hacer política en la Colombia del siglo XIX. Lo que vino después —el bipartidismo, las guerras civiles, la Regeneración, la hegemonía conservadora y sus caídas— tuvo en Caro no una causa, sino una gramática. Y una gramática, en historia política, es a veces más duradera que las causas.
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Documentos y fragmentos citados
19 documentos · 24 fragmentos01Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Páginas 177, 1802 citas
[1]mismo sentido, quienes la protagonizan, encarnan en sí mismos los ideales del héroe romántico. Quizás por es- ta razón y por las características ex- huberantes de nuestra geografía, el romanticismo se instaló de manera contundente en la Nueva Granada, generando un inusitado aumento en la producción literaria. Los…
p. 177
[22]la riqueza fónica de su obra. De gran in- 682 fluencia en la producción modernista, su poesía contrasta con el lirismo autobiográfico y la poesía sentimental propia de los románticos, ya que su ex- presión impersonal lo alejó radicalmente de la co- rriente literaria de moda. Autor de un breve con- junto de poemas (un…
p. 180
02Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 2251 cita
[2]Márquez, cinco pueden considerarse representativos de la producción literaria del país desde los inicios de la República, en el siglo XIX: el poeta José Eusebio Caro; la escritora Soledad Acosta de Samper, una de las primeras defensoras de la igualdad de género en Colombia; y el poeta José Asunción Silva; el novelista…
p. 225
03El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Páginas 126, 3012 citas
[3]en el no gobierno, en la libre asociación de todos. Caro se proponía tras estas conclusiones elaborar una casuística de las formas de asociación libre, que según él se- rían «accidentales» y « ad hoc », pero abandonó la idea y apenas dejó proyectada la continuación de su obra. Según los bocetos de sus manuscritos,…
p. 301
[4]político de esa centuria. Sin embargo, es claro que también Núñez y José Eusebio 78 El romanticismo en Europa, especialmente en Alemania, condujo a una admiración muy grande por todos los rasgos característicos del alma española tales como el espíritu caballeresco, el intenso sen- timiento religioso, y en general por…
p. 126
04Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Páginas 59, 622 citas
[5]que las conclusiones especulativas de la teoría y, poco o nada dispuesto a los arranques de entusiasmo". Un colaborador permanente de este semanario es don José Manuel Groot. Sobre don José Eusebto Caro anotó don Marco Fidel Suárez, en noviembre de 1884, lo siguiente: "Peco donde más lució el talento de Caro y donde…
p. 62
[8]'m l l ipáut»»; ptra ao podrá toafeaeda porga ifr- de sMUaona.” ao qin pao#do 40 di»»«ornado· dcidoaMafe-. Por el Ciodtdiaofretidaoia da la Rapábiiaa. i. porqot má toen·i 310 no» baflamo»«a la BSnmiuria. Psradm tmtUiv*. A ^ft MlUfllf «I «ItsUtflifliÍMttA n Facsímiles da "L A BANDERA NACIO NAL", periódico del Genera!…
p. 59
05Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · Página 911 cita
[6]liberty; we will liberate ourselves from a theocratic government, and assure the people that they are secure in their homes and in their property, and that these guarantees are not false promises. 2 Less than three months later, on October 4, 1848, the newspaper La Civi- lización published an article by Mariano Ospina…
p. 91
0630 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 691 cita
[7]la tendencia natural del partido Conservador a la religión, de ahí su odio a las enseñanzas irreligiosas y disolventes”. En el país, hasta nuestros días, todos los gobiernos son liberales o conservadores. EL PARTIDO CONSERVADOR Y SU NOMBRE (La Civilización, número 17, 29 de noviembre de 1849) I. Hemos visto, en…
p. 69
07El café en ColombiaMarco Palacios · 2002 · Página 821 cita
[9]Julio Arboleda, Mariano Ospina Rodrí- guez y José Eusebio Caro, habían defendido con entusiasmo el librecambio 4. Esta dicotomía entre librecambio y democracia se acentuó más profundamente en el pensamiento de la élite conservadora con el advenimiento del romanticismo político radi- cal y plebeyo producto de las…
p. 82
08Civilization and Violence: Regimes of Representation in Nineteenth-Century ColombiaCristina Rojas · 2002 · Páginas 129, 2202 citas
[10]the notes for chapter 2 · 189 law” as a main characteristic of the thinking of mid-nineteenth-century Liberals. He attributes to this belief one of the main failures of liberalism: “Its adherence to the principle that written texts had a magical power, made Liberals believe that a perfect Constitution will ensure…
p. 220
[12]authors of Santander’s plan, reconsid- ered the benevolence of Bentham’s doctrine in the following terms: An examination of the philosophy of educational reform brings me to the conclusion that the origin of the wrong behavior lies in the politi- cal science taught to students by professors without enough judgment to…
p. 129
09Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 1121 cita
[11]de Bonald, Politicamente el conservatisme es pos- terior a la ideología liberal. surgió ra contradecitla. La execración de a revolución francesa, violadora del comen natural al cual debe retornarse, contiene una reacción antiliberal, El conservatismo ex canela ante el progresismo y el reformismo, lo emeperan los…
p. 112
10A History of Colombian Economic Thought: The Economic Ideas that Built Modern ColombiaAndrés Álvarez, Jimena Hurtado · 2024 · Página 261 cita
[13]faith. As the educational process aims to educate rational individuals, it should be free from the influence of religion, and in no way should it impose or weaken the private individual’s faith. The debate con - ltinued throughout the 19th century, alternating between the official endorse - ment of the books and their…
p. 26
11Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 1191 cita
[14]of his term, Santander gave evidence of his legalistic bent by accepting the defeat of his chosen candidate and turning the presidency over to Jose Ignacio de Marquez Barreto (president, 1837^11), a former col- laborator whom he now opposed. Most of their differences were minor, but Santander objected to Marquez 's…
p. 119
12Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 130, 1332 citas
[15]í a llevado al poder, pero pon í an el acento en el cambio y' el progreso m á s que en el mantenimiento del orden y la tradici ó n. El cambio m á s brusco de este gobierno fue la adopci ó n ines perada del liberalismo econ ó mico internacional. Aunque é ste hab í a sido un deseo de casi todos los dirigentes, rebajar…
p. 130
[16]N DEL MEDIO SIGLO Para 1849 los candidatos presidenciales eran, en el conservatismo gobernante, el vicepresidente Rufino Cuervo, un maestro boya- cense, civilista y antiguo secretario de Hacienda, que representaba el esp í ritu de transacci ó n con el liberalismo que ahora encarna 1 38 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA ba…
p. 133
13Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 671 cita
[17]que provocó la revuelta conservadora. Como ya se señaló, en ambos partidos había grupos que rechazaban la violencia, por considerarla un método inadecuado. Por ejemplo, la revuelta de 1839 tuvo la oposición de Santander y contó con la “abstención” visible de José Hilario López, quien trató de ser un mediador. Los…
p. 67
14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 1471 cita
[18]] general José Hilario López (1798-1869) fue elegido presidente de la Nueva Gra- nada, tras una tormentosa sesión del Congreso el 7 de marzo de 1849, para el período 1848- 1853. Durante su mandato, y bajo la coordinación del secretario de Hacienda, Manuel Murillo Toro (1816-1880), se concretaron bue- na parte de las…
p. 147
15Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 211 cita
[19]tidos conservador y liberal, y unos afos de agitadas controversias politicas, econdémicas y religiosas, pues se consideraba necesario luchar con denuedo para acabar de manera definitiva con el orden co- lonial. Pero también favorecié la cultura, con la or- ganizacion de la Comisién Corografica, dirigida por el coronel…
p. 21
16Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · Página 211 cita
[20]así como, por muchos años, se consideró que el centralismo era conservador y el federalismo era liberal, pero no hay que olvidar que fue una Constituyente de estirpe conservadora, en 1858, la que promovió por primera vez el federalismo en Colombia. Y, tratándose del tema económico, la apertura, tan condenada hoy día…
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17Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Página 141 cita
[21]necesitaba, y acaso sigue necesitando, el país inconforme, pero fue la búsqueda de una solución aceptable para los partidos y para la nación..." (Óleo de Ricardo Gómez Campuzano, ca. 1938, Biblioteca Nacional). 14 Nueva Historia de Colombia. Vol. VI Portada de "María" (México, Viuda de Ch. Bourel, 1928 - Fondo…
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18Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 2961 cita
[23]á rroco de la iglesia de La Tercera, quien en sus sermones domffiV cales y sus art í culos publicados en el Gallo de San Pedro adelant ó una violenta campa ñ a contra el benthamismo y contra su activo defensor, Vicente Azuero 26. El gobierno de Santander.ccoj sider ó excesiva y peligrosa la campa ñ a y solicit ó la…
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19Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · Página 2731 cita
[24]by authors like Bentham and the others, whose works contain not only enlightening ideas but also many that are hostile to religion and morality and public order’. These courses should be replaced by, among others, the study of Latin, Roman and Canon Law, and the Roman Catholic religion and its history. 80 The…
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