Hechos · Hecho
Hecho · Frente Nacional · 1958–1974

Operación Marquetalia y el nacimiento de las guerrillas (FARC, ELN, EPL)

En mayo de 1964, el Ejército colombiano atacó Marquetalia, enclave campesino armado en el sur del Tolima, desencadenando la transformación de las autodefensas comunistas en guerrilla móvil. Entre 1964 y 1966, ese proceso culminó en la fundación formal de las FARC, mientras surgían el ELN en Santander y quedaba gestado el EPL, inaugurando medio siglo de insurgencia armada en Colombia.

Alejandro Gutiérrez · 17 de julio de 2026 · 4.047 palabras · 106 fuentes
Operación Marquetalia y el nacimiento de las guerrillas (FARC, ELN, EPL)
Fecha
Mayo de 1964 – 1966
Lugares
Marquetalia (Tolima)Riochiquito (Cauca)El Pato (Caquetá)Guayabero (Meta)Sumapaz (Cundinamarca)Planadas (Tolima)SantanderCórdobaColombia
Protagonistas
Manuel Marulanda Vélez (Tirofijo)Jacobo Arenas (Luis Alberto Morantes Jaimes)Ciro TrujilloGuillermo León Valencia (presidente de Colombia, 1962–1966)Álvaro Gómez Hurtado (congresista conservador)General William P. Yarborough (misión militar estadounidense)Partido Comunista Colombiano (PCC)Ejército de ColombiaFuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)Ejército de Liberación Nacional (ELN)Ejército Popular de Liberación (EPL)
Causas
  • El Frente Nacional (1958–1974) cerró el sistema político al bipartidismo, excluyendo explícitamente a otras fuerzas —incluidas las guerrillas comunistas— del reparto del poder y de cualquier vía legal de oposición real.
  • La cuestión agraria no resuelta: campesinos desplazados por La Violencia habían colonizado zonas de frontera agrícola donde el Estado nunca había tenido presencia, y las élites bipartidistas bloquearon sistemáticamente la reforma agraria.
  • Los discursos de Álvaro Gómez Hurtado en el Congreso (desde octubre de 1961) sobre las 'repúblicas independientes' tradujeron al lenguaje de la Guerra Fría una tensión agraria y regional, creando el clima político que precedió la operación militar.
  • La doctrina contrainsurgente impulsada por Estados Unidos: la misión Yarborough (febrero de 1962) y el Plan Lazo (1962) diseñaron una estrategia para aislar y destruir los enclaves campesinos armados, con asesoría y financiamiento estadounidenses.
  • La herencia de La Violencia (1948–1958): más de doscientos mil muertos y dos millones de desplazados dejaron núcleos armados comunistas que no se desmovilizaron con el pacto del Frente Nacional, a diferencia de la mayoría de las guerrillas liberales.
  • El contexto internacional de la Guerra Fría y la Revolución Cubana (1959) radicalizaron la percepción de amenaza del Estado colombiano y de Washington frente a cualquier organización campesina de orientación comunista.
Consecuencias
  • Los combatientes de Marquetalia rompieron el cerco militar y migraron hacia las selvas del suroriente, transformando las autodefensas campesinas territoriales en guerrilla móvil de alcance nacional.
  • En 1966, en la II Conferencia Guerrillera celebrada en El Pato, el Bloque Sur adoptó formalmente el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y declaró el objetivo estratégico de la toma del poder mediante guerra prolongada.
  • Entre 1964 y 1966 surgieron también el Ejército de Liberación Nacional (ELN) en Santander y quedó gestado el Ejército Popular de Liberación (EPL) en el noroccidente, configurando el mapa insurgente que dominaría las décadas siguientes.
  • El ataque a Marquetalia se convirtió en el mito fundacional de las FARC, invocado durante décadas para legitimar la lucha armada y movilizar combatientes y simpatizantes.
  • El ciclo abierto en 1964 se prolongó por más de cincuenta años, convirtiendo a Colombia en el país con el conflicto armado interno más largo de América Latina y generando cientos de miles de víctimas adicionales.
  • La estigmatización de comunidades colonas de zonas de frontera agrícola, iniciada con los discursos sobre las 'repúblicas independientes', sentó un precedente de criminalización del campesinado que se reprodujo en décadas posteriores.
Por qué importa
La Operación Marquetalia es el momento bisagra en que la violencia heredada de La Violencia bipartidista se reconvirtió en insurgencia revolucionaria organizada: sin ese ataque, las autodefensas campesinas habrían podido permanecer como fenómeno local y defensivo. El episodio revela además la lógica del Frente Nacional en toda su contradicción: el pacto que estabilizó al Estado lo hizo cerrando la política, y ese cierre empujó hacia las armas a quienes no tenían otra puerta. Entender Marquetalia es entender por qué Colombia tardó medio siglo en encontrar una salida negociada a un conflicto que, en su origen, fue tanto una respuesta a la exclusión política como una consecuencia de la cuestión agraria nunca resuelta.

Operación Marquetalia y el nacimiento de las guerrillas contemporáneas

En mayo de 1964, en un rincón montañoso del sur del Tolima llamado Marquetalia, el Ejército colombiano lanzó una operación militar contra un puñado de familias campesinas armadas —herederas de la última década de guerra bipartidista— con el propósito declarado de recuperar la soberanía sobre un territorio que un sector del Congreso había bautizado como "república independiente". El operativo no destruyó a los cercados: cuarenta y ocho combatientes rompieron el sitio y huyeron hacia las selvas del suroriente. Dos años más tarde, en 1966, ese grupo se constituyó formalmente en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Entre 1964 y 1966, en un arco corto pero decisivo, apareció además el Ejército de Liberación Nacional en Santander y quedó gestado el Ejército Popular de Liberación en el noroccidente. Marquetalia no inauguró la insurgencia colombiana —cuyas raíces vienen de más atrás—, pero clausuró el ciclo de las autodefensas campesinas y abrió el de una guerra revolucionaria que dominaría los siguientes cincuenta años. Este artículo reconstruye ese tránsito.

El país que salía de La Violencia

La operación militar de 1964 solo se entiende sobre el fondo de una guerra civil no declarada. Entre 1948 y 1958, la confrontación entre liberales y conservadores dejó más de doscientos mil muertos y desplazó a cerca de dos millones de colombianos. La violencia bipartidista había empezado en 1947, se agravó tras la ley marcial que intentó imponer el presidente Mariano Ospina Pérez a fines de 1949 —cuando el Partido Comunista ordenó a sus miembros armarse en defensa y varios líderes liberales hicieron lo propio— y se hizo salvaje con los chulavitas, la policía política conservadora que persiguió a liberales y librepensadores tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948.

El golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla, en junio de 1953, había sido concebido por las élites como una tregua militar: pacificar el país y devolver el poder. Rojas, sin embargo, insinuó pretensiones populistas de perpetuación, y las dos cabezas del bipartidismo, Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, se reunieron en España para conjurarlo. El 26 de julio de 1956 firmaron la Declaración de Benidorm, principio de cooperación entre ambos partidos. En 1957, el Pacto de Sitges precisó la fórmula: alternación presidencial cada cuatro años y reparto milimétrico del poder entre liberales y conservadores durante las siguientes cuatro elecciones. El 10 de mayo de 1957, los altos mandos pidieron a Rojas abandonar el país; una junta militar de transición gobernó hasta el 7 de agosto de 1958. En diciembre de 1957, un plebiscito —que estrenó el voto femenino— aprobó por avalancha el retorno a la democracia bajo los términos del Frente Nacional. El 7 de agosto de 1958, Alberto Lleras Camargo asumió como primer presidente del pacto.

El Frente Nacional cumplió su promesa de fondo: bajó las cifras de la violencia bipartidista y estabilizó al Estado. Pero cerró la política en el mismo movimiento. Durante veinte años, entre 1958 y 1974, ningún partido distinto al Liberal o al Conservador podía competir por el poder en igualdad de condiciones. La paridad se extendió a todos los cuerpos legislativos y a la burocracia, con lo que la reproducción electoral del sistema pasó a depender del reparto de cargos antes que de la disputa de ideas. Alfonso López Michelsen, desde el interior mismo del liberalismo, lo llamó una especie de régimen de partido único donde era impensable cualquier propuesta sin consenso previo de las élites. Las disidencias internas —el Movimiento Revolucionario Liberal del propio López, el Unionismo de Mariano Ospina Pérez y Gilberto Alzate Avendaño— presionaron desde dentro, pero el diseño no admitía terceros. Las guerrillas comunistas, cuyos jefes habían quedado explícitamente por fuera del acuerdo, no se desmovilizaron como sí lo hicieron la mayoría de las liberales.

Ese es el contorno del país en 1958: una guerra apenas suspendida, un pacto que devolvía la calma al costo de blindar a las élites, un puñado de núcleos comunistas todavía armados en zonas de colonización y una cuestión agraria que ninguno de los firmantes se propuso resolver.

Las repúblicas independientes: geografía de una obsesión

En los años inmediatamente posteriores a 1958, el Partido Comunista Colombiano continuó una política que venía practicando desde 1949: alternar entre autodefensa y guerrilla móvil según las oleadas de violencia estatal. Entre 1958 y 1964, en un contexto que ya no era el de la guerra bipartidista pero tampoco el de la paz, algunas comunidades campesinas en zonas de colonización —Marquetalia y Gaitania en el sur del Tolima; Riochiquito, en el norte del Cauca, bajo Ciro Trujillo; El Pato en Caquetá; Guayabero en Meta; Sumapaz en Cundinamarca; Planadas en el Tolima— fueron más allá de la autodefensa estricta y empezaron a ensayar formas de organización social y control territorial. En Riochiquito, sin ir más lejos, la autodefensa dirigida por Trujillo construyó escuelas, montó programas educativos y promovió el intercambio cultural entre campesinos mestizos e indígenas antes de que llegara el Ejército.

Estos enclaves eran, en buena parte, geografías que el Estado nunca había ocupado. Campesinos desplazados por La Violencia se habían internado en la frontera agrícola y allí levantaron sus veredas al margen de una administración que jamás había puesto pie en esas montañas. Para el Partido Comunista eran zonas de trabajo político; para los latifundistas de las regiones vecinas, tierras colonizadas por otros que ellos habrían querido para sí; para el clero conservador, focos de contaminación ideológica; y para un sector del Congreso, algo mucho más inquietante.

El 25 de octubre de 1961 —el mismo día en que El Tiempo comparaba el Sumapaz con Cuba—, el representante conservador Álvaro Gómez Hurtado pronunció en el Congreso un discurso que fijaría el vocabulario del problema. Denunció la existencia de zonas del territorio nacional que no reconocían la soberanía del Estado y las llamó "repúblicas independientes". La lista, que fue variando en sus intervenciones posteriores, incluyó a Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero, Sumapaz y Planadas. Gómez las caracterizó como un atentado permanente a la soberanía y un desafío a las Fuerzas Armadas. La denuncia era eficaz por lo que decía y por lo que callaba: presentaba como usurpación de territorio nacional lo que en buena parte era simple presencia campesina donde nunca había habido presencia estatal, y trasladaba al lenguaje de la Guerra Fría —cinco meses después de Playa Girón, un año después de la radicalización cubana— una tensión que era ante todo agraria y regional.

El discurso encontró eco inmediato en la prensa y en los funcionarios estadounidenses que empezaban a ver a Colombia con la lente cubana. En ese clima, la palabra "república" no describía: acusaba.

Plan Lazo: la doctrina que llegó del norte

La Revolución Cubana había cambiado el mapa. En 1959, Fidel Castro entró en La Habana; a fines de 1961, tras proclamar su adhesión al marxismo-leninismo, Colombia rompió con Cuba —el 9 de diciembre—, con el argumento presidencial de Lleras Camargo de que la isla intentaba subvertir el orden político colombiano. Líderes del Movimiento Revolucionario Liberal habían viajado a Cuba y sido recibidos por Castro; el temor se traducía en política.

Washington empezó entonces a diseñar para Colombia una estrategia contrainsurgente pensada explícitamente para defender el pacto del Frente Nacional, pacificando tanto a los alzados en armas como las presiones populares por reforma agraria y cambio social. La cooperación se enmarcó en la Alianza para el Progreso, lanzada por la administración Kennedy. Colombia fue el primer país latinoamericano en recibir voluntarios del Cuerpo de Paz: sesenta y uno llegaron en septiembre de 1961, y hacia fines de la década había cerca de setecientos en el país. La ayuda militar estadounidense fue de seis millones de dólares en 1962 y creció a 8,4 millones en 1963.

En febrero de 1962, una misión militar estadounidense encabezada por el general William P. Yarborough recorrió Colombia y produjo un informe con recomendaciones contrainsurgentes. El documento tenía un anexo secreto en el que Yarborough proponía crear una estructura civil y militar para ejecutar actividades paramilitares, de sabotaje y de terrorismo contra comunistas, respaldada por Estados Unidos. Recomendaba también un programa intensivo de registro civil con huellas digitales y fotografías, y técnicas de interrogatorio que incluían pentotal sódico y polígrafos. Era, en toda regla, la instalación de una doctrina de seguridad nacional que ampliaba el concepto de amenaza mucho más allá del enemigo armado convencional.

Ese mismo año, el Ejército colombiano puso en marcha el Plan Lazo —conocido también como LASO, sigla en inglés de Latin American Security Operation—. Su origen es materia de disputa: hay quienes lo atribuyen directamente al diseño estadounidense y el propio general Alberto Ruiz Novoa, entonces figura clave del alto mando, sostuvo que fue producto de un estudio autónomo de la realidad colombiana. La verdad es intermedia: el plan se nutrió sustancialmente de las recomendaciones de Yarborough, aunque los mandos colombianos lo adaptaron.

Su filosofía central se resumía en una consigna venida del maoísmo aplicado a la contrainsurgencia: "quitarle el agua al pez". Aislar a la guerrilla de su base campesina mediante acción cívico-militar, guerra psicológica e inteligencia. La táctica se organizó en tres fases: primero, ganar apoyo campesino, recoger información y hacer trabajo social a través de programas cívico-militares en los que participaron organismos como Acción Comunal, el Cuerpo de Paz, CARE y Cáritas; luego, imponer un bloqueo económico y militar del territorio hostil; finalmente, agresión punitiva con tropas y armamento moderno. Entre los objetivos declarados figuraban, con nombre y apellido, las repúblicas independientes.

La Operación Marquetalia

El escenario estaba puesto. En abril de 1964 llegó a Marquetalia Luis Alberto Morantes Jaimes —Jacobo Arenas—, cuadro del Partido Comunista destinado a convertirse en el ideólogo del proceso. La zona era un pequeño enclave de campesinos armados bajo el mando de Pedro Antonio Marín, conocido primero como Manuel Marulanda Vélez y luego, universalmente, como Tirofijo, un antiguo combatiente de las guerrillas liberales que había derivado hacia el Partido Comunista.

La ofensiva se lanzó en mayo de 1964, bajo el gobierno del conservador Guillermo León Valencia y en el marco del Plan Lazo, con asesoría estadounidense. Se llamó Operación Soberanía, aunque pasaría a la historia con el nombre del lugar. Cerca de dieciséis mil soldados colombianos fueron desplegados contra las zonas denominadas repúblicas independientes durante el ciclo operacional de aquel año. Frente a esa maquinaria, en Marquetalia había cuarenta y ocho campesinos armados.

El desenlace militar fue paradójico. El Ejército tomó el territorio y desalojó a las familias, pero el núcleo combatiente rompió el cerco. Marulanda contaría después que él y un grupo de sus hombres escaparon por trochas que el Ejército desconocía, dispersándose hacia el Huila, el Cauca y Caldas. El 20 de julio de 1964 —fecha simbólicamente cargada—, los combatientes, ya fuera del territorio original, proclamaron el Programa Agrario de los Guerrilleros, un texto que traducía la resistencia local en un proyecto nacional: reforma agraria radical, redistribución de tierras, defensa del pequeño y mediano productor.

La operación no terminó en Marquetalia. En septiembre de 1965, o en los meses cercanos, el Ejército atacó también Riochiquito, donde Ciro Trujillo comandaba el otro gran núcleo de autodefensa. Y así, uno tras otro, los enclaves señalados por Álvaro Gómez Hurtado fueron cayendo bajo la ofensiva militar. La consecuencia no fue la desaparición de los combatientes sino su transformación: dejaron de ser autodefensas territoriales, pegadas a una vereda, y se hicieron guerrilla móvil, sin geografía fija.

De Bloque Sur a FARC

Tras el escape, un grupo encabezado por Marulanda, Jacobo Arenas y Hernando González se dirigió a Riochiquito con la idea de convocar una conferencia unificadora. La I Conferencia del Bloque Sur se celebró allí, en el Cauca, en 1965. Reunió unos cien combatientes provenientes de los antiguos núcleos de Riochiquito, Natagaima, El Pato, Guayabero y Marquetalia. Fue el momento en que las autodefensas dispersas se reconocieron como una sola fuerza y adoptaron una denominación colectiva: Bloque Sur.

A comienzos de 1966, el Congreso del Partido Comunista Colombiano ratificó su política de "combinación de todas las formas de lucha" —la fórmula que legitimaba simultáneamente el trabajo político legal y el brazo armado— y envió al núcleo guerrillero del sur del Tolima dos comisarios políticos: uno de la Juventud Comunista y otro del partido. Las autodefensas habían sido pensadas por el PCC como su guerrilla; ahora, con la constitución del Bloque Sur y la fusión de sus destacamentos, la relación se institucionalizó, aunque la base combatiente siguió siendo predominantemente campesina y la integración de cuadros urbanos fue gradual.

La II Conferencia Guerrillera se celebró en 1966 en El Pato, entre Meta y Caquetá. Allí, con unos trescientos cincuenta combatientes, el Bloque Sur adoptó formalmente el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y decidió el giro estratégico decisivo: pasar de una postura defensiva-reactiva a otra ofensiva, con el objetivo declarado de la toma del poder a través de una guerra prolongada. Se acordó la creación de seis nuevos núcleos guerrilleros para irradiar la organización más allá del núcleo original. Marulanda quedó al mando; Ciro Trujillo fue su primer lugarteniente; Jacobo Arenas asumió la conducción política e ideológica.

El propio Arenas sostendría después que sin la agresión a Marquetalia probablemente no habrían nacido las FARC. El sociólogo francés Pierre Guilhodes coincidió: la campaña militar fue el detonante de la reactivación de las guerrillas comunistas. La organización siempre ubicó simbólicamente su nacimiento en el ataque del 27 de mayo de 1964, aunque el nombre no apareció hasta 1966. Marquetalia se convirtió en el mito fundacional. Aquellos cuarenta y ocho campesinos serían recordados como los "marquetalianos", y su resistencia se erigió en piedra angular del relato con el que las FARC se contarían a sí mismas durante medio siglo.

El ELN: Cuba, la Universidad y Camilo Torres

Mientras eso ocurría en el sur, en el nororiente colombiano se gestaba una guerrilla de origen distinto. En 1962, un grupo de jóvenes colombianos —entre ellos Fabio Vásquez Castaño, Víctor Medina Morón y Ricardo Lara Parada— viajó a Cuba, donde recibió entrenamiento político y militar. De regreso al país, ese núcleo se instaló en la región de San Vicente de Chucurí, Simacota y Santa Helena del Opón, en Santander, una zona con memoria radical: allí habían operado, durante La Violencia, las guerrillas liberales de Rafael Rangel, y varios de sus antiguos combatientes —figuras como La Mona Mariela— se incorporaron al nuevo proyecto, estableciendo una continuidad discreta pero real entre las guerrillas liberales y la nueva insurgencia.

El Ejército de Liberación Nacional inició formalmente su lucha insurgente en 1964. Su bautizo público fue la toma de Simacota, el 7 de enero de 1965, cuando veintidós guerrilleros ocuparon el casco urbano del municipio santandereano. Su composición era característica: estudiantes universitarios de la Universidad Nacional y de la Universidad de Santander, campesinos de la región y herederos de las guerrillas liberales, muchos de ellos vinculados al Movimiento Revolucionario Liberal disidente del pacto bipartidista.

La inspiración era cubana. El ELN adoptó la teoría del foco guerrillero, según la cual un pequeño núcleo político-militar puede desencadenar la revolución sin necesidad de un partido previo —tesis que lo distanciaba explícitamente de la ortodoxia del Partido Comunista y sus autodefensas. A esa matriz castrista se sumó pronto un segundo componente ideológico: la teología de la liberación. El símbolo de esa fusión fue Camilo Torres Restrepo, sacerdote, sociólogo y capellán de la Universidad Nacional, que a fines de 1965 renunció al sacerdocio ministerial y se incorporó al ELN, tras haber declarado que las vías legales del cambio político y social estaban cerradas en Colombia.

Su ingreso trajo al grupo a sindicalistas, estudiantes y católicos de izquierda que veían en él la síntesis buscada. Duró poco. Camilo Torres murió en combate contra el Ejército en febrero de 1966, en la acción de Patio Cemento, apenas tres o cuatro meses después de haberse alzado. La pérdida fue un golpe demasiado duro para el ELN. El grupo continuó y siguió creciendo, pero cargaría desde el inicio dos rasgos difíciles: un extremo militarismo que trataba las zonas rurales como escenarios de acción armada más que como espacios de construcción política, y una tensión permanente entre sus cuadros universitarios y su base campesina. La generación de estudiantes que ingresó al ELN y a otros grupos armados quedaría, en las evaluaciones posteriores, física o espiritualmente sacrificada.

El EPL: la disidencia maoísta

La tercera organización del ciclo tuvo otro origen aún. En los primeros años sesenta, la ruptura chino-soviética partió al comunismo internacional. En Colombia, el reflejo interno fue una escisión del Partido Comunista: los sectores que se identificaban con la línea de Pekín rompieron con la dirección prosoviética y fundaron el Partido Comunista Colombiano Marxista-Leninista. El brazo armado de esa disidencia fue el Ejército Popular de Liberación, que adoptó formalmente la doctrina maoísta de la "guerra popular prolongada", diferenciándose así del foquismo castrista del ELN, aunque en la práctica ambas organizaciones ensayaron formas de acción similares.

El EPL escogió como zona de operaciones el noroccidente antioqueño y el sur de Córdoba —la Serranía de San Lucas, el Alto Sinú y San Jorge—, una geografía distinta a la del Tolima comunista y a la Santander castrista. Sus primeras acciones armadas antecedieron a su constitución formal: en 1965 hubo una toma de Uré, y en septiembre de 1968, el asalto al puesto de Policía de El Jardín, en Cáceres. Sus figuras iniciales fueron Pedro Vásquez Rendón y Francisco Caraballo. Como el ELN, reclutaba mayoritariamente entre estudiantes universitarios, aunque con menor visibilidad pública que el grupo santandereano.

Los tres proyectos —FARC, ELN, EPL— competían entre sí y contra el propio Partido Comunista Colombiano por la hegemonía revolucionaria. Los disidentes acuñaron entre 1963 y 1972 el término "mamerto" para acusar al PCC de revisionista y renuente a la lucha armada. Ese campo plural, y en buena medida sectario, se consolidó junto al Movimiento Obrero Estudiantil Campesino, las Fuerzas Armadas de Liberación y otras organizaciones menores, todas herederas de alguna variante del foquismo cubano.

Causas: lo estructural, lo coyuntural, lo decidido

Explicar por qué las guerrillas nacieron en la segunda mitad de los sesenta —y no antes ni después— exige distinguir tres planos.

El plano estructural es la cuestión agraria irresuelta y el diseño del Frente Nacional. El pacto de 1957 estabilizó la política al costo de cerrarla: alternación bipartidista, paridad burocrática, exclusión de terceros, mayorías calificadas que blindaban el consenso de las élites. La reforma agraria promovida por Carlos Lleras Restrepo fue saboteada por sectores de ambos partidos, y el Pacto de Chicoral de 1972 consolidó después ese bloqueo. La homogeneidad económica y social de la clase dirigente, formalizada como paridad, mantuvo el statu quo y limitó el cambio social a lo que no incomodara a los grupos dominantes. Para quienes buscaban una transformación real, el sistema no ofrecía canales.

El plano coyuntural es la Revolución Cubana de 1959. El triunfo de Castro proveyó a una generación de jóvenes latinoamericanos un modelo concreto —el foco guerrillero— y una infraestructura material de entrenamiento y apoyo. Sin La Habana, es dudoso que el ELN y el EPL hubieran adoptado la forma que adoptaron. También detonó la contraofensiva: la Alianza para el Progreso, la ruptura con Cuba en diciembre de 1961, el diseño del Plan Lazo, la misión Yarborough. La Guerra Fría llegó al agro colombiano en 1962.

El plano decidido es Marquetalia. La operación de mayo de 1964 fue una decisión política —del gobierno de Guillermo León Valencia— tomada bajo la presión del discurso de Gómez Hurtado sobre las repúblicas independientes y en el marco de una doctrina contrainsurgente que ampliaba la definición de enemigo hasta incluir a comunidades campesinas armadas de vocación defensiva. Ese ataque transformó autodefensa en guerrilla móvil, veredas en columnas, resistencia local en proyecto nacional.

Hay un debate legítimo sobre la ponderación de estos planos. Atribuir el nacimiento guerrillero al Frente Nacional se ha vuelto un tópico, y el fenómeno respondió a múltiples causas que exceden el diseño institucional. El ELN y el EPL habrían existido con o sin Marquetalia, arrastrados por el foquismo cubano y la ruptura chino-soviética. Pero las FARC no. Su especificidad —la continuidad campesino-comunista de La Violencia, la centralidad de Marulanda, la geografía del sur del Tolima— es incomprensible sin la operación de 1964. Y el conjunto —tres guerrillas simultáneas, un campo insurgente plural— tampoco se entiende sin el cierre político del Frente Nacional que hizo del alzamiento algo distinto de una excentricidad ideológica.

Marquetalia fue acelerador y cristalizador de un ciclo que ya estaba constituyéndose por vías paralelas. No la causa única, sino el momento en que las causas convergieron.

Consecuencias inmediatas y de largo plazo

En lo inmediato, entre 1964 y 1966, Colombia pasó de tener autodefensas campesinas comunistas dispersas y una serie de proyectos foquistas en gestación a contar con tres guerrillas nacionales constituidas. Las FARC empezaron con unos ochenta combatientes; el ELN, con veintidós en Simacota; el EPL, con un núcleo aún más pequeño. Su combinación militar era modesta. Su significación política era grande.

En el mediano plazo, las FARC de aquellos ochenta guerrilleros se transformaron en un ejército que llegó a contar con más de treinta mil hombres en armas, pasando de cinco a más de cuarenta frentes en los años noventa. El programa agrario y de liberación nacional proclamado en julio de 1964 se mantuvo como referencia ideológica durante décadas. El mito fundacional de Marquetalia se invocaría una y otra vez en momentos decisivos de la historia posterior de la organización.

En el largo plazo, la respuesta del Estado al fenómeno guerrillero profundizó la militarización de la vida política. La recomendación de Yarborough sobre estructuras civiles y militares para actividades paramilitares encontró su primera expresión formal en 1965, cuando el presidente Valencia legalizó los grupos de "autodefensa" civil, sembrando la semilla de lo que décadas después sería el paramilitarismo. La doctrina de seguridad nacional se instaló en las Fuerzas Armadas y en el vocabulario público del régimen. El estado de excepción se hizo herramienta habitual, y el Congreso cedió progresivamente facultades extraordinarias al Ejecutivo, debilitando el equilibrio institucional.

También cambió el rostro del comunismo colombiano. El PCC oficial siguió apostando por la combinación de todas las formas de lucha, con las FARC como su brazo armado hasta la ruptura posterior. La disidencia maoísta se consolidó en el PCML y el EPL. El ELN quedó como la fuerza más autónoma, sin partido de retaguardia. La izquierda colombiana entró en un ciclo de sectarismo militante que dificultaría su convergencia política durante décadas.

Y la guerra —una guerra distinta a la de La Violencia, con lenguaje ideológico, dimensión internacional y ambición de toma del poder— pasó a ser un dato permanente de la vida nacional.

Por qué Marquetalia sigue importando

Hay operaciones militares que ganan la batalla y pierden la guerra. La de mayo de 1964 no perdió la batalla —el Ejército tomó Marquetalia—, pero fabricó la guerra que Colombia libraría durante los siguientes cincuenta años. Cuando cuarenta y ocho campesinos rompieron el cerco y proclamaron dos meses después un programa agrario nacional, no estaban solamente escapando: estaban traduciendo una derrota militar en un mito de origen. Ese mito sostuvo a las FARC hasta el acuerdo de paz de 2016.

Marquetalia importa porque muestra, en un solo episodio, cómo se produce el paso de una violencia agraria residual a una guerra revolucionaria organizada; cómo el Estado, presionado por un discurso alarmista y guiado por una doctrina externa, puede convertir a un adversario menor en un adversario mayor; y cómo un pacto de élites bien intencionado en su origen —el Frente Nacional buscó pacificar el país— puede, al cerrar la política, hacer que el alzamiento armado se vuelva, para quienes quedan afuera, la única forma imaginable de disidencia.

Importa también porque revela la compañía silenciosa que acompañó al Ejército colombiano en aquellos años: la misión Yarborough, el anexo secreto sobre estructuras paramilitares, el Plan Lazo, la Alianza para el Progreso, la ruptura con Cuba. La contrainsurgencia colombiana nació con impronta estadounidense, y esa impronta duraría décadas.

Cincuenta años después, en las mesas de negociación del Caguán y de La Habana, las FARC seguirían invocando Marquetalia como su punto cero. La República seguiría discutiendo si aquellos cuarenta y ocho campesinos armados eran una amenaza soberana o una consecuencia previsible de sus propias exclusiones. En esa discusión no zanjada —agraria, política, moral— se juega buena parte de la historia contemporánea de Colombia.