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Biografía

Sergio Arboleda Pombo

Nueva Granada

1822–1888

16 min de lectura29 documentos
Nacimiento1822, Popayán
Fallecimiento1888
RolesPublicista y periodista conservador · Ideólogo del conservatismo colombiano
Lugar principalColombia
Período históricoNueva Granada1831–1862
03

La biografía

Sergio Arboleda Pombo (Popayán, 1822 – 1888) fue el más letrado de los hombres públicos de la aristocracia esclavista del Cauca y uno de los cuatro o cinco arquitectos ideológicos del conservatismo colombiano del siglo XIX. Publicista, jurista aficionado, historiador de ocasión, hacendado por herencia y polemista por vocación, encarnó como pocos la transición de una clase —los patriarcas payaneses del oro, la tierra y el esclavo— desde el poder económico directo hacia la hegemonía cultural. Cuando murió, en el año en que se ratificaba el Concordato con la Santa Sede, la Colombia que había defendido con la pluma y con las armas parecía haber vencido: la Constitución de 1886, el catolicismo como religión oficial, la educación pública atada a los preceptos de la Iglesia. Que ese triunfo llegara después de dos derrotas militares —1851 y 1860— y a costa de la ruina económica de su región es la paradoja que ordena su vida.

02

Línea de vida

  1. 1822

    Nacimiento en Popayán

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    Nació en el seno de la familia Arboleda, una de las casas más poderosas de la aristocracia esclavista payanesa, propietaria de minas, haciendas y cuadrillas de esclavos en el Cauca, Caloto y el Chocó, con influencia política acumulada desde el siglo XVIII.

  2. 1851

    Rebelión conservadora del Cauca

    Leer contexto

    Participó en el levantamiento conservador del 1 de julio de 1851 encabezado por su pariente Julio Arboleda contra el gobierno liberal de José Hilario López, motivado por las medidas eclesiásticas y la abolición de la esclavitud. La rebelión fue derrotada en pocos meses, consolidando en Arboleda la convicción de que la doctrina debía acompañar a la fuerza.

  3. 1860

    Guerra civil de 1860-1862 y ruina del Cauca conservador

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    Vivió la devastación económica de la guerra civil desatada por Tomás Cipriano de Mosquera contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez. La contienda provocó la fuga de capitales del Cauca al Ecuador y de la costa del Pacífico al Perú, destrucción de bienes y disrupción de las relaciones económicas internas, sellando el declive de la aristocracia caucana.

  4. 1880

    Publicación en el Repertorio Colombiano

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    Publicó en el Repertorio Colombiano (Bogotá, julio de 1880) un balance de los efectos económicos de la guerra de 1860, estimando que los capitales emigrados del Cauca al Ecuador excedieron los 700.000 pesos. El texto convirtió la derrota militar en argumento doctrinal contra el liberalismo radical.

  5. 1884

    Dirección de La Voz Nacional

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    Estuvo asociado entre 1884 y 1885 al periódico La Voz Nacional, referido en la época como su publicación. La prensa fue el principal vehículo de formación política conservadora en el siglo XIX colombiano, y este periódico se inscribió en la genealogía de La Civilización, El Tradicionista y La Luz de Núñez.

  6. 1888

    Muerte en el año del Concordato

    Leer contexto

    Murió en 1888, el mismo año en que se ratificaba el Concordato con la Santa Sede, coronando el proyecto político-cultural que había defendido toda su vida: la Constitución de 1886, el catolicismo como religión oficial y la educación pública vinculada a los preceptos de la Iglesia, triunfo paradójico alcanzado tras dos derrotas militares y la ruina económica de su región.

La casa de los Arboleda

Para entender a Sergio Arboleda hay que empezar dos siglos antes de su nacimiento, en el linaje que lo produjo. Bolívar, con la crudeza que le permitía la correspondencia privada, llamaba a esta gente "los patriarcas esclavistas": una aristocracia sin título, sin más blasón que el oro extraído por manos esclavas en el Pacífico, en la que los apellidos Arboleda, Mosquera, Arroyo y sus parientes se cruzaban una y otra vez para no diluir el patrimonio. El Libertador los detestaba con la lucidez de quien había necesitado su dinero y su gente para hacer la Independencia.

La construcción del poder familiar había sido paciente y matrimonial. Un primer Francisco de Arboleda ancló la casa entregando dos hijas —una a Francisco de Bonilla Delgado, otra a Martín Prieto de Tovar—, ambos propietarios de minas y cuadrillas de esclavos en Caloto y en el Chocó. Un segundo Francisco mantuvo los bienes en indivisión hasta su muerte en 1745, mecanismo que en las familias mineras del Cauca operaba como muro contra la dispersión: la fortuna no se repartía, se administraba conjuntamente, y quien la administraba mandaba. Ese mismo Francisco casó a su hija Bartolomea con Cristóbal de Mosquera —el quinto de una dinastía paralela— y a María Ana con Juan Tenorio Torrijano, comerciante y minero. A comienzos del siglo XVIII los Arboleda figuraban ya entre los propietarios de esclavos negros con influencia bastante para turnarse el gobierno delegado del Chocó, en años en que el fraude en la explotación minera —oro que no se declaraba, esclavos que no se registraban— alcanzaba proporciones escandalosas.

Popayán era la ciudad natural de esa élite. Capital de gobernación, cercana a las autoridades metropolitanas, con acceso a la frontera minera del Pacífico y a los valles de haciendas ganaderas y azucareras poblados con mano de obra esclava, permitía a sus familias combinar producción, comercio y política sin salir del círculo endogámico. En el siglo XVIII llegó al apogeo: fortunas mineras, casonas urbanas, capillas privadas, alianzas tempranas con españoles avecindados, prácticas señoriales que imitaban las peninsulares. La casa de los Arboleda pertenecía a ese mundo antes de que ese mundo empezara a agrietarse.

Cuando nació Sergio en 1822, la grieta ya estaba abierta. La Independencia había desorganizado la producción minera, la manumisión —parcial en 1821, total en 1851— pendía sobre el sistema, las cuadrillas de esclavos se dispersaban, los precios del oro fluctuaban. La aristocracia caucana entraría, durante la segunda mitad del siglo XIX, en un declive del que sobreviviría solo a costa de las tierras y del trabajo de los indígenas del altiplano y de los antiguos libertos convertidos en aparceros. Sergio Arboleda escribiría, pensaría y combatiría desde ese descenso.

Un letrado en la Nueva Granada

La formación de Sergio Arboleda fue la que correspondía a un hijo de casa payanesa: educación clásica, latín, derecho, teología cotidiana, contacto temprano con la biblioteca familiar y con las tertulias donde se hablaba de política, de tierras y de pleitos eclesiásticos con la misma naturalidad. Su hermano mayor, Julio Arboleda Pombo, poeta y militar, sería el rostro visible de la familia en la primera mitad del siglo; Sergio se movería más despacio, con menos ruido y con más papel.

La Nueva Granada de sus años formativos —la que va de la disolución de la Gran Colombia en 1830 a la Confederación de 1858— fue el escenario donde se templó su pensamiento. Un país en construcción, con capitales dispersos, comunicaciones lentas y un debate permanente sobre qué significaba haber dejado de ser colonia. Las universidades formaban abogados que serían diputados; los periódicos, que apenas duraban meses, eran la verdadera escuela política. En ese ambiente los jóvenes de familia aprendían a escribir con un solo objetivo práctico: intervenir en la disputa pública. Arboleda aprendió temprano.

Hacia la década de 1840 estaba ya inserto en la política caucana, ligado a los intereses de la Hacienda Japio y de las propiedades familiares repartidas entre Popayán, Caloto, Timbiquí y Barbacoas. La Hacienda Japio era más que una unidad productiva: era el símbolo de la continuidad, el lugar donde la casa Arboleda administraba trabajo esclavo, ganado, caña y una red de dependencias personales que se traducía directamente en electores. Un patriarca payanés controlaba votos porque controlaba vidas.

La ruptura de 1851

El punto de fractura fue la presidencia de José Hilario López (1849-1853). Las reformas liberales —supresión del monopolio del tabaco, expulsión de los jesuitas, desamortización parcial y, sobre todo, la abolición de la esclavitud aprobada en 1851 con efecto para 1852— golpearon en el nervio de la aristocracia caucana. No era solo la pérdida patrimonial de las cuadrillas, aunque esa cifra fuera enorme; era la sensación, más profunda y más aterradora, de que el orden social entero se disolvía. En el Valle del Cauca, además, el liberalismo se apoyaba abiertamente en la población afrodescendiente recién liberada, lo que introducía en la política regional un elemento que los hacendados leían como amenaza existencial: la ruptura de la jerarquía racial que había sostenido el mundo señorial.

El 1 de julio de 1851 estalló la rebelión conservadora. Julio Arboleda la encabezó en el Cauca, Eusebio Borrero en Antioquia, Pastor Ospina Rodríguez en Cundinamarca. Contó con apoyo del gobierno ecuatoriano —el Cauca miraba al sur con la misma naturalidad con que Bogotá miraba a Cundinamarca— y fue derrotada en pocos meses. Los motivos declarados fueron dos: las medidas de orden eclesiástico y la abolición de la esclavitud. La derrota selló, para la generación de Sergio Arboleda, una convicción que llevaría hasta el final: contra el liberalismo radical no bastaba el argumento; hacía falta también la fuerza, y cuando la fuerza fallara, la doctrina que la justificara.

Es en ese momento cuando el pensamiento conservador colombiano se articula como algo más que una defensa reactiva. Mariano Ospina Rodríguez, José Eusebio Caro y Julio Arboleda —los llamados padres del conservatismo— formularon la posición que Sergio Arboleda heredaría y refinaría: las políticas librecambistas, la soberanía del mercado, incluso ciertas modernizaciones, podían y debían ser compatibles con un orden social jerárquico enraizado en la tradición cultural hispánica. Se rechazaban los cambios bruscos, no la modernización; se prefería la evolución pausada a la ruptura; se desconfiaba de las conclusiones especulativas de la teoría frente a los resultados de la experiencia. Modernización sin revolución, progreso sin igualdad, liberalismo económico sin democracia sustantiva. Arboleda encontró allí el vocabulario que le faltaba.

La segunda derrota

La guerra civil de 1860-1862 fue, para el Cauca conservador, aún más devastadora que la de 1851. Tomás Cipriano de Mosquera —paradójicamente miembro de otra rama de la misma aristocracia payanesa— se levantó contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez, avanzó desde el Cauca hacia el interior, tomó Bogotá en 1861 y decretó, entre otras medidas, la desamortización de bienes de manos muertas y la expulsión de los jesuitas. Julio Arboleda participó en la guerra como caudillo del bando conservador; estuvo en Santa Marta el 8 de septiembre de 1860 y fue batido por Juan José Nieto, el caudillo caribeño que se enfrentó sucesivamente a Julio Arboleda, Joaquín Posada Gutiérrez y Emigdio Briceño hasta llegar a proclamarse presidente de la República desde la costa. Julio Arboleda moriría poco después, en 1862, asesinado en Berruecos, en el sur, cuando volvía de una campaña militar.

Sergio Arboleda sobrevivió, y esa supervivencia tuvo consecuencias. En 1880, dos décadas después, publicaría en el Repertorio Colombiano de Bogotá un balance de lo que aquella guerra le había costado al Cauca. Los datos son suyos y son duros: los capitales gruesos y conocidos emigrados del Cauca al Ecuador excedieron los 700.000 pesos; además, capitales de la costa del Pacífico se trasladaron al Perú. Sumada a la destrucción física de bienes y a la disrupción de las relaciones económicas internas, la fuga de capitales completó el ciclo iniciado con la abolición: la aristocracia caucana perdió esclavos en 1851, perdió inversiones en 1860 y perdió, con la manumisión definitiva y las reformas radicales de la década de 1860, la base misma de su hegemonía regional.

Ese texto de 1880 es más que un ejercicio contable. Es un acta de defunción escrita con la fría furia del sobreviviente. Arboleda no lamenta abstractamente: cifra. Y al cifrar convierte la derrota en argumento: si el liberalismo produjo esto, el liberalismo es incompatible con la prosperidad. La segunda derrota militar se transmutó, bajo su pluma, en munición doctrinal.

La república en América española

La obra escrita de Sergio Arboleda —dispersa, publicada en periódicos, en folletos, en el Repertorio Colombiano, y reunida póstumamente en volúmenes— tiene su núcleo en La república en América española, texto donde despliega la tesis que sostendrá durante toda su madurez: la Iglesia católica no es un accidente de la historia hispanoamericana sino su factor ordenador, no solo en política sino también en economía. Los misioneros, escribe, fueron los maestros de la agricultura y de las artes entre las tribus indígenas. El cristianismo, sostiene, produce la prosperidad de las naciones al mismo tiempo que la dicha de los individuos. El orden moral está ligado con el material.

Es una tesis de largo alcance y estratégicamente construida. En un país donde el liberalismo había hecho de la separación entre Iglesia y Estado —y de la crítica al poder económico eclesiástico— uno de sus estandartes, Arboleda invertía el signo: la Iglesia no era freno del progreso sino su condición. Su argumento no era teológico sino, en apariencia, empírico: miren América, miren qué construyeron los misioneros, miren la ruina cuando se los expulsó. La prosperidad del siglo XVIII payanés, sugería sin decirlo del todo, había sido posible por el marco moral e institucional que la Iglesia proveía; la crisis del siglo XIX era el precio de haberlo desmontado.

Detrás de la tesis había un movimiento intelectual más ambicioso: rescatar la tradición hispanocatólica como legítima y funcional en el mundo moderno, contra la corriente liberal y racionalista de matriz francesa que dominaba buena parte de Hispanoamérica. Colombia mostró, en ese sentido, una trayectoria filosófica diferenciada, con figuras conservadoras —Arboleda entre ellas, junto a los dos Caro, José Eusebio y Miguel Antonio— capaces de sostener, sin folclorismo, que la herencia hispánica podía ser la base de una modernidad propia. Frente al utilitarismo benthamiano que había dominado la enseñanza universitaria del liberalismo, ellos ofrecían una filosofía del deber, del orden y de la trascendencia.

Arboleda vinculaba, además, el amor al trabajo y los hábitos virtuosos con el desarrollo económico. La conexión no era casual ni retórica: en su lectura, una sociedad sin religión producía individuos sin hábitos, y sin hábitos no había producción. Aquí se transparenta el hacendado: una economía de plantación necesita disciplina laboral, y la disciplina laboral —cuando ya no puede imponerse por la esclavitud— tiene que interiorizarse por la moral. La Iglesia como aparato ordenador del trabajo libre era, entre otras cosas, una respuesta al problema práctico de qué hacer con los ex esclavos.

La Voz Nacional y la red conservadora

En 1884-1885, ya cerca del final de su vida, Sergio Arboleda estuvo asociado a La Voz Nacional, periódico referido en la época como suyo. La prensa había sido, a lo largo del siglo XIX colombiano, el principal vehículo de formación política; los dos —prensa y política— eran inconcebibles el uno sin el otro. Cada gran figura tuvo su periódico, y ese periódico funcionaba menos como órgano informativo que como nicho de doctrina y de identidad partidista: José Eusebio Caro y Mariano Ospina habían fundado La Civilización en la década de 1840; Miguel Antonio Caro había dirigido El Tradicionista en 1871-1872; Rafael Núñez había tenido La Luz en 1881-1882. La Voz Nacional de Arboleda pertenece a esa genealogía.

Marco Fidel Suárez lo había dicho en noviembre de 1884 refiriéndose a José Eusebio Caro: era en las labores periodísticas donde más lucía su talento. La observación vale para toda la generación. En el siglo XIX colombiano era imposible concebir un campo literario o cultural autónomo de las redes del poder político. Incluso la prensa literaria era vehículo de opinión partidista. Arboleda escribía, y al escribir formaba cuadros, marcaba posición, alimentaba una red que iba de Popayán a Bogotá pasando por Medellín y Pasto.

Esa red tenía nombres concretos. Miguel Antonio Caro, el gran arquitecto ideológico de la Regeneración, filólogo, traductor de Virgilio, dueño de una prosa como pocas en el castellano colombiano, era el interlocutor natural de Arboleda en el terreno doctrinario. Rufino José Cuervo, aunque más entregado a la lingüística que a la política, pertenecía al mismo mundo. Mariano Ospina Rodríguez, sobreviviente del conservatismo fundacional, era el mayor de la casa. Manuel Pombo, pariente de la rama materna, tejía sus propios hilos en Bogotá. Rafael Núñez, cartagenero y liberal reconvertido, llegaría desde afuera a coronar la operación política que Arboleda y Caro habían preparado desde la doctrina.

Jorge Orlando Melo y Jaime Jaramillo Uribe, cuando después estudiaron el pensamiento colombiano del siglo XIX, identificaron a Sergio Arboleda como una de las figuras clave —junto a Núñez, Caro y José María Samper— en la configuración del aparato ideológico del período. No por la originalidad absoluta de sus tesis, algunas de las cuales circulaban ya en el ambiente hispanocatólico continental, sino por su capacidad de articular en clave colombiana un conjunto de argumentos que la generación siguiente convertiría en política de Estado.

La cosecha de la Regeneración

Cuando Rafael Núñez llegó por segunda vez a la presidencia en 1884, comenzó el proceso que la historiografía llamó Regeneración: reconstruir el orden central, cerrar el ciclo federal, redefinir la relación con la Iglesia. La Constitución de 1886 estableció un nexo formal entre el Estado colombiano y la Iglesia Católica Romana, y ese nexo se mantendría en lo esencial hasta 1991. El Concordato con la Santa Sede se firmó en 1887 y se ratificó en 1888. Fijó al catolicismo como religión oficial, devolvió propiedades eclesiásticas confiscadas durante las reformas liberales, ató la educación pública a los preceptos de la Iglesia, abolió el divorcio y estableció pagos anuales perpetuos como indemnización por la desamortización.

El artículo 41 de la Constitución de 1886 organizaba la educación pública en concordancia con la Religión Católica. En la práctica, y por aproximadamente cincuenta años, esto significó que la Iglesia controlaba la educación pública y vigilaba la privada. El Concordato añadió el derecho de los obispos diocesanos a despedir maestros cuyas opiniones consideraran religiosamente heterodoxas. En 1888, el ministro Jesús Casas, bajo la presidencia en funciones de Miguel Antonio Caro, equiparó el anticatolicismo con la traición y responsabilizó a la educación pública liberal del desorden cívico.

Sergio Arboleda murió en 1888. Alcanzó a ver el Concordato, aunque no las décadas de aplicación que lo consolidaron. En rigor, él no fue el redactor de esos instrumentos: no aparece como autor de la Constitución del 86, cuya paternidad corresponde a Núñez y a Caro, ni como negociador del Concordato. Sería un error inflar su papel institucional directo. Pero sería un error mayor no ver que la operación entera se apoyó en un imaginario que él había contribuido, más que casi cualquier otro publicista, a construir: el imaginario según el cual la nación colombiana era católica por su historia, hispánica por su tradición y jerárquica por su naturaleza; según el cual el orden moral y el orden material estaban ligados; según el cual la Iglesia no era obstáculo sino condición del desarrollo.

Ese imaginario venía de lejos —del conservatismo fundacional de los años cuarenta, de la reacción de 1851, de la doctrina hispanocatólica continental— pero Arboleda lo había pulido y colombianizado. Cuando Núñez y Caro necesitaron un lenguaje para legitimar la Regeneración, ese lenguaje estaba listo. El pensamiento conservador que dominó la operación incorporó autoritarismo, uso del sentimiento religioso como control social y rechazo a la política apoyada en movilizaciones populares, elementos que se acentuaron desbordantemente a partir de finales de 1884. La violencia doctrinaria del ministro Casas en 1888 no fue una desviación: fue la consecuencia lógica de la ecuación que Arboleda había defendido durante cuatro décadas.

Balance de una vida

Sergio Arboleda fue un hombre de derrotas convertidas en victorias, y de una victoria que llegó tarde. Perdió la esclavitud en 1851 y perdió la guerra en 1852; perdió el segundo asalto en 1860-1862, con la ruina económica del Cauca que él mismo cuantificó veinte años después; perdió a su hermano Julio en Berruecos. Perdió, con la generación entera de patriarcas payaneses, la base material de su clase: las minas se agotaron, los esclavos fueron manumitidos, los capitales huyeron al Ecuador y al Perú. La aristocracia caucana de la segunda mitad del siglo XIX sobrevivió a costa de las tierras y del trabajo de los indígenas, no del oro ni de las cuadrillas de esclavos que la habían hecho poderosa.

Y sin embargo, cuando murió, el país adoptaba una constitución que consagraba la religión que él había defendido, la educación que él había querido y el orden jerárquico que él había teorizado. Es tentador leer eso como triunfo póstumo del pensamiento sobre la fuerza, y en cierta medida lo fue. Pero la lectura más precisa es otra: Arboleda proveyó el vocabulario que una operación política mayor —dirigida por Núñez, articulada por Caro, sostenida por condiciones estructurales que iban desde el agotamiento del radicalismo liberal hasta la necesidad de reconstruir un Estado central— necesitaba para legitimarse. Fue bisagra, no arquitecto solitario. Nodo indispensable de una red, no causa suficiente de su desenlace.

Hay otra lectura, más incómoda, que conviene no eludir. El conservatismo payanés se radicalizó no solo por convicción doctrinaria sino por el terror concreto que le produjo la alianza liberal con la población afrocolombiana liberada. La abolición de 1851, el apoyo liberal a los afrodescendientes del Valle del Cauca, la ruptura de la jerarquía racial que había sostenido el mundo señorial: motores tan reales como cualquier lectura doctrinaria. La filosofía hispanocatólica de Arboleda, leída desde esa perspectiva, funciona también como envoltorio elegante de un miedo de clase y de raza. Que su prosa fuera erudita no cambia lo que defendía; que sus argumentos fueran sofisticados no borra el hecho de que la casa desde la que escribía se había construido sobre trabajo esclavo y sobre alianzas matrimoniales pensadas para mantener oro y poder en pocas manos.

Hay, finalmente, una ironía que Arboleda no alcanzó a ver. El control eclesiástico del aparato educativo, garantizado por el Concordato de 1887 y prolongado durante medio siglo, tuvo una consecuencia negativa que solo se hizo evidente en el siglo XX: la Iglesia colombiana, al no verse obligada a competir por las almas ni a desarrollar un aparato propio de evangelización ni una labor intelectual de defensa de la fe, quedó mal preparada para enfrentar el mundo pluralista y secular que llegaría después. Lo que Arboleda concibió como blindaje resultó, con el tiempo, invernadero. La institución que él quiso fuerte se acostumbró a un poder concedido, no ganado.

Sergio Arboleda es, por todo esto, un personaje al que la historiografía no puede simplemente celebrar ni simplemente condenar. Fue un intelectual serio en un país donde no sobraban; fue un hacendado esclavista que teorizó el orden que le convenía; fue un derrotado militar que ganó la larga guerra cultural; fue un provinciano que pensó su provincia hasta convertirla en argumento nacional. La república en América española que él imaginó —católica, jerárquica, ordenada por la Iglesia, próspera por el trabajo virtuoso— fue durante décadas la Colombia oficial. Que esa Colombia excluyera a la mayoría de sus habitantes, que descansara sobre la fuga de capitales que él mismo había documentado, y que preparara mal a sus instituciones para el siglo que venía, son datos que su prosa erudita no logra ocultar. Ni pretendía ocultarlos: para Arboleda, esa era la única Colombia posible, y esa fue la que dejó armada cuando cerró los ojos en 1888.

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Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

29 documentos · 33 fragmentos
01Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 982 citas
[1]

los patriarcas esclavistas, la aristocracia sin título de 'los Mosquera, Arboleda, Arroyo y sus parientes", opuestos al "partido de la canalla" que "abu- san de la libertad de prensa" colocando amigos en influencias en el gobierno. Las citas son de la correspondencia de Bolívar. (Halperín Donghi, op. cit., p. 64 a…

p. 98
[2]

los patriarcas esclavistas, la aristocracia sin título de 'los Mosquera, Arboleda, Arroyo y sus parientes", opuestos al "partido de la canalla" que "abu- san de la libertad de prensa" colocando amigos en influencias en el gobierno. Las citas son de la correspondencia de Bolívar. (Halperín Donghi, op. cit., p. 64 a…

p. 98
02Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · Página 1521 cita
[3]

mejoró «... teniendo como tengo satisfacción de haberse aplicado en este ejercicio». El segundo Francisco de Arboleda manejó los bienes familiares que se mantuvieron en indivisión hasta su muerte, en 1745. Pero no sólo este me- canismo de concentración de riqueza daba poder a la familia. También un sistema de alianzas…

p. 152
03Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 3561 cita
[4]

las riquezas aluviales de la provincia, aunque ya se había comenzado su explotación. A comienzos del siglo XVin se encuen tran allí algunos personajes muy conocidos en Popayán. Entre ellos, los hermanos Mosquera, Francisco de Arboleda, Bernardo Alfonso de Saa, Miguel Gómez de la Asperilla y Agustín de Valencia,…

p. 356
04Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Página 1811 cita
[5]

como una élite terrateniente, minera 181 Capítulo 7. El localismo de las élites caucanas en el siglo xix y comerciante, que se consolidaría hacia el siglo xviii, tal y como lo expusiera Colmenares (1975). La situación de las élites de Popayán fue diferente. Al contar con un importante número de comunidades indígenas,…

p. 181
05Guerra propia, guerra ajena. Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos. El Movimiento Armado Quintín LameDaniel Ricardo Peñaranda Supelano · 2015 · Páginas 106, 1152 citas
[6]

La evolución de esta enorme y poderosa región hasta finales del siglo XIX estuvo determinada por los ciclos de la producción minera en sus zonas de influencia y por el desa- rrollo de las haciendas, basado en el trabajo de la mano de obra esclava. El poder y la riqueza que alcanzó a acumular hicieron de Popayán y de…

p. 106
[7]

más importante durante la Colonia y la primera parte de la República, marcó el curso de los pueblos indígenas. Es- tos debieron soportar en buena medida el peso del hundimiento 172 Cieza de León, Pedro. Crónica del Perú, Primera parte, p. 173. 173 González, Margarita (1979). El resguardo en el Nuevo Reino de Granada.…

p. 115
06Making the Green Revolution: Agriculture and Conflict in ColombiaTimothy W. Lorek · 2023 · Página 301 cita
[8]

Cauca political region harbored a diverse population at that time. Tallies from the 1850s, unreliable as they are on their own, suggest a populace comprised of roughly 20 percent white (scattered in the principal towns), less than 10 percent Indigenous (or “civilized Americans,” mainly in the southern highlands),…

p. 30
07Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 1471 cita
[9]

] general José Hilario López (1798-1869) fue elegido presidente de la Nueva Gra- nada, tras una tormentosa sesión del Congreso el 7 de marzo de 1849, para el período 1848- 1853. Durante su mandato, y bajo la coordinación del secretario de Hacienda, Manuel Murillo Toro (1816-1880), se concretaron bue- na parte de las…

p. 147
08Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · Página 791 cita
[10]

que tanto bien hizo a la nación bajo la orienta- ción del italiano Agustín Codazzi; se firmó el contrato definitivo para la construcción del fe- rrocarril de Panamá. Como se indicó en otro lugar, el partido conservador, teniendo de fondo el disgusto por la autoderrota del 7 de marzo, decidió iniciar un movimiento…

p. 79
09Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Página 211 cita
[11]

tidos conservador y liberal, y unos afos de agitadas controversias politicas, econdémicas y religiosas, pues se consideraba necesario luchar con denuedo para acabar de manera definitiva con el orden co- lonial. Pero también favorecié la cultura, con la or- ganizacion de la Comisién Corografica, dirigida por el coronel…

p. 21
10El café en ColombiaMarco Palacios · 2002 · Página 821 cita
[12]

Julio Arboleda, Mariano Ospina Rodrí- guez y José Eusebio Caro, habían defendido con entusiasmo el librecambio 4. Esta dicotomía entre librecambio y democracia se acentuó más profundamente en el pensamiento de la élite conservadora con el advenimiento del romanticismo político radi- cal y plebeyo producto de las…

p. 82
11Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 1121 cita
[13]

de Bonald, Politicamente el conservatisme es pos- terior a la ideología liberal. surgió ra contradecitla. La execración de a revolución francesa, violadora del comen natural al cual debe retornarse, contiene una reacción antiliberal, El conservatismo ex canela ante el progresismo y el reformismo, lo emeperan los…

p. 112
12Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · Página 1081 cita
[14]

Hilario Lopez. Por su parte, los tradi- cionalistas ya habian fundado, en 1838, las Socie- dades Catodlicas; y un grupo de jévenes intelectuales de izquierdas fund6 la llamada Escuela Republi- cana, simpatizante del socialismo utdopico y del ra- dicalismo. 1305 1306 A la izquierda, el filésofo espanol Jaime Balmes en…

p. 108
13El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Páginas 14, 4162 citas
[15]

la economía el efecto inmediato del amor al trabajo y de los hábitos virtuosos» 278. Y luego agrega, para resumir sus puntos de 277 Incluido en La república en América española, ed. cit., pág. 314 y ss. 278 Ob cit., pág. 350. 417 Eí ndicersdita óaíarfseia di dí csoía psp vista sobre las relaciones entre la acción de…

p. 416
[19]

Nariño con La Bagatela (1811), pasando por Sergio Arboleda y su periódico La Voz Nacional (1884 - 1885), Rafael Núñez y su periódico La Luz (1881 - 1882), Miguel Antonio Caro con El Tradicionista (1871 - 1872), o José María Samper desde El Tiempo (1855 - 1872), cada uno de ellos, por nom- brar algunas de las figuras…

p. 14
14Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 1191 cita
[16]

política del gobierno en cuatro áreas cruciales durante el periodo 1845-1885. Las oligarquías pudieron implementar las decisio- nes del gobierno en provecho propio y en perjuicio de otros; y, ya que controlaban las decisiones políticas, pudieron afectar la dirección del cambio económico y la distribución del ingreso.…

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15Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Página 8221 cita
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entre nosotros. Y sólo en pocos momentos, en lo que va de 1821 a 1923, fueron las ratas del interés del dinero de tal clase que no fuera el recurrir a préstamos un expe- diente arriesgadísimo. Por lo demás, y esto no debe perderse de vista al hacer una comparación entre la producción para la exportación 974 Que no…

p. 822
16Idola ForiCarlos Arturo Torres · 2016 · Página 1751 cita
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toda la filosofía, todo el pensamiento hispanoamericano se orienta hacia la política y son las influencias francesas las que predomi- nan: liberalismo de Benjamin Constant, doctrinarismo de 176 Cíndic Anerni Tinnsc Guizot, por dondequiera luchan y se imponen; en libros y folletos coméntanse estas doctrinas que los…

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17Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Página 621 cita
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que las conclusiones especulativas de la teoría y, poco o nada dispuesto a los arranques de entusiasmo". Un colaborador permanente de este semanario es don José Manuel Groot. Sobre don José Eusebto Caro anotó don Marco Fidel Suárez, en noviembre de 1884, lo siguiente: "Peco donde más lució el talento de Caro y donde…

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18Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · Página 2161 cita
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los momentos críticos cuando la política se volvía demasiado apasionada y los desacuerdos se tornaban manifiestos. En dichos momentos críticos, cuando con más claridad se evidencia el valor estratégico de la prensa para ganar adeptos, hasta la prensa literaria se convierte en un nicho desde el cual se puede formar…

p. 216
19Historia doble de la Costa. Tomo 2: El Presidente NietoOrlando Fals Borda · 2002 · Página 2931 cita
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u e r t o ' ', me dije- ron algunos. TEORÍA DEL CAUDILLISMO 150B Que Nieto llegó a set un auténtico caudillo y no un caudillejo provincial ni un simple gamonal o cacique, a pesar de su someti- miento a los procedimientos legales y al ' 'veredicto popular'', lo demuestran sus campañas militares, y el control que tuvo…

p. 293
20The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for CitizenshipJason McGraw · 2014 · Páginas 262, 2812 citas
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del Ejército del Atlántico, 5–10. 32. Corrales, Efemérides y anales, 4:313, 284–97. 33. Uribe de Hincapié and López Lopera, La guerra por las soberanías, 129; Cu- ervo, Cómo se evapora un ejército, 19–20. 34. Gibson, The Constitutions of Colombia, 249–59; Uribe de Hincapié and López Lopera, La guerra por las…

p. 262
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me access to her research notes and for inspiring this line of analysis. Any errors are my own. 90. Juan Pablo Restrepo, La iglesia y el estado en Colombia, 522, quoted from 521; quoted from Vallet y Piquer, Ensayo sobre el matrimonio cristiano y el matrimonio civil, 74. 91. Safford, “Commerce and Enterprise in…

p. 281
21Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 521 cita
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estaba conformada por publicistas de la élite bogotana, afines a los nacientes partidos liberal y conservador, y tuvo como uno de sus objetivos prin- cipales las discusiones literarias y la conformación de una biblioteca nacional en la que se publicaran tanto las obras de los autores contemporáneos como las que habían…

p. 52
22De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 411 cita
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tuvo constante. ULTRAINTOLERANCIA CAPÍTULO 1 42 Este capítulo comienza con la llegada de Rafael Núñez por segunda vez a la presidencia (1884) y la elaboración de una Constitución conservadora en 1886. Esa Constitución, que se mantuvo, en esencia, hasta la redacción de la Constitución de 1991, fue notable por el nexo…

p. 41
23De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 411 cita
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papel político se man- tuvo constante. ULTRAINTOLERANCIA CAPÍTULO 1 42 Este capítulo comienza con la llegada de Rafael Núñez por segunda vez a la presidencia (1884) y la elaboración de una Constitución conservadora en 1886. Esa Constitución, que se mantuvo, en esencia, hasta la redacción de la Constitución de 1991,…

p. 41
24Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 601 cita
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era irrevocablemente liberal. Los acontecimientos de fines de ese año no sólo lo entregaron, ob- jetivamente, en manos de los conser- vadores, sino que lo convencieron de que el radicalismo no debía volver a levantar cabeza. Y los elementos del pensamiento conservador, el autori- tarismo, la utilización del…

p. 60
25Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 1241 cita
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ejemplo de lo que llegó a generar estos desacuerdos fue la guerra civil de 1876: se gestó, entre otras razones, por el desacuerdo manifiesto del Partido Conservador y la Iglesia católica con las reformas educativas introducidas desde 1870 por el liberalismo radical en el poder, que impuso la enseñanza laica, la…

p. 124
26Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Página 3521 cita
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aumentando equi- tativamente cuando mejore la situa- ción fiscal. Esta renta se destinará al auxilio de diócesis, cabildos, semina- rios, misiones y otras obras eclesiásti- cas. En resumen, la Iglesia hace conce- siones sobre sus derechos económicos a cambio del monopolio en el aparato educativo; esto significó un…

p. 352
27La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1501 cita
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- cordato con la Santa Sede es aprobado en 1888, que concede a la Iglesia pleno control sobre la educación nacional, total autonomía de gobierno, el fuero eclesiástico antes disputado y ventajas fiscales. Dispone también que se indemnice a la Iglesia del perjuicio por la desamortización de sus bienes, mediante pagos…

p. 150
28Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · Página 561 cita
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just four years, and which concluded that no Liberal could be a good Catholic. 39 Not to be outdone, Bishop Nicolás Casas of Pasto, writing at the height of the Liberal civil war of 1899–1902, published in quick succession two volumes instructing his followers on the evil political philo- sophy. Their tenor can be…

p. 56
29Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 441 cita
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dación de un régimen confesional. Las disposiciones constitucionales y concordatarias hicieron del catolicismo una pieza fundamental del andamiaje del Estado colombiano, lo que se vio reflejado de inme- diato en los planos educativo, moral, social y cultural. Además de su influencia en la sociedad y en el individuo,…

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