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Una historia del territorio

Altillanura

La Altillanura es uno de los territorios más complejos y menos comprendidos de Colombia: una planicie de suelos ácidos y sabanas no inundables que durante siglos fue leída como vacío geográfico para justificar su apropiación sucesiva.

18 min de lectura40 fuentes

La Altillanura

Al oriente del río Manacacías, entre el Meta que corre hacia el norte y el Vichada que baja hacia el Orinoco, se extiende una planicie de casi diez millones de hectáreas que la geografía colombiana llama Altillanura. No es la sabana inundable de Arauca y Casanare ni el piedemonte que trepa hacia la cordillera: es una mesa alta, plana y disectada, de suelos ácidos y horizontes rojizos, que durante siglos fue territorio indígena y ganadería extensiva, y que en las dos últimas décadas se convirtió en el laboratorio agroindustrial más ambicioso —y más disputado— de Colombia. Palma, soya, caucho y caña se plantan hoy sobre tierras que fueron primero sabana de achaguas y sikuanis, luego hato de vaqueros llaneros, después zona de colonización campesina, después corredor paramilitar, y finalmente activo de fondos de inversión con sede en Minneapolis y de petroleras registradas en Toronto. La Altillanura no se abrió: se reescribió por capas, cada una sobre la anterior, sin que ninguna borrara del todo a la precedente.

Un territorio con nombre técnico

La Altillanura tiene una definición geográfica precisa que conviene fijar antes de cualquier otra cosa. Es la franja de la Orinoquía colombiana comprendida entre los ríos Meta y Vichada, con topografía plana o levemente ondulada, temperatura media anual uniforme y régimen de lluvias que concentra en un período seco de dos a cinco meses la sequía que define la vegetación. A diferencia de las sabanas del norte del Meta —las de Arauca y Casanare, que se inundan masivamente entre abril y septiembre y dejan afuera del agua solo los bancos altos, muchos de ellos médanos depositados en los períodos glaciales secos del Pleistoceno—, las sabanas al sur del río Meta no sufren esas grandes inundaciones estacionales. Esa condición de tierras altas, sabaneras y no anegadizas dio origen al nombre y, con el tiempo, definió el destino económico de la región.

El corredor administrativo que hoy se identifica con la Altillanura comprende siete municipios: Puerto Gaitán, Puerto López y Mapiripán en el Meta, y Puerto Carreño, La Primavera, Santa Rosalía y Cumaribo en el Vichada. El río Meta, con sus 1.000 kilómetros de recorrido, es navegable desde Puerto López y funciona como el principal eje fluvial de los Llanos Orientales. El Vichada nace en el mismo llano, corre unos 700 kilómetros —más de la mitad navegables— y desemboca en el Orinoco. Más al sur, el Guaviare, de unos 1.200 kilómetros, fue considerado desde tiempos coloniales una posible fuente del Orinoco. Entre esos ríos, la sabana se extiende con una monotonía visual engañosa: la vegetación herbácea es zonal —determinada por la humedad—, pero cada tipo de sabana responde a factores edáficos, hidrológicos e ígneos distintos, y la polémica clásica sobre si las sabanas de la Orinoquía son naturales o resultado de tala y quema antigua se resuelve, sin resolverse, admitiendo que hay muchas sabanas y que cada una tiene su propia historia.

Ese matiz importa porque durante décadas la Altillanura se describió como un ecosistema uniforme y pobre —"tierras marginales", "sabanas ácidas"— para justificar su reconversión industrial. La realidad es más compleja: son suelos oxisoles ácidos, saturados de aluminio y con baja fertilidad natural, pero son también un mosaico de bancos, bajos, morichales y bosques de galería donde cada tipo de suelo sostiene una comunidad vegetal distinta y una economía indígena distinta. Reducirla a "tierra que hay que corregir" fue, y sigue siendo, un gesto político.

Antes del hato: los pueblos de la sabana

Cuando los primeros españoles descendieron desde Tunja hacia los Llanos en el siglo XVI, la Altillanura y sus alrededores estaban habitados por una constelación de pueblos indígenas que hoy sobrevive, diezmada y reagrupada, en ochenta resguardos. Achaguas, sálibas, guahibos, sikuanis, piaroas, piapocos, kurripakos, masiguares y otros grupos coexistían entre los ríos Meta y Vichada con economías que combinaban horticultura, cacería, pesca y recolección. Los achaguas y los sálibas —agricultores más sedentarios, con religiones que reconocían dioses del monte, del agua y de la sabana— fueron los primeros disputados por los conquistadores. Los guahibos y los cuibas, más móviles, resistieron con el nomadismo hasta muy tarde: los cuibas mantuvieron esa forma de vida hasta hace pocas generaciones.

La primera ciudad española en los Llanos fue Santiago de las Atalayas, fundada en el siglo XVI por el capitán Pedro Daza tras descender desde Tunja. Detrás de los conquistadores llegaron los misioneros —agustinos y jesuitas, sobre todo en el Casanare— y los ganaderos, que arreaban ganado cimarrón hacia la cordillera para venderlo en las ciudades andinas. La disputa entre misioneros y colonos por el control de los pueblos achagua, sáliba y guahibo definió buena parte del período colonial: los primeros buscaban reducirlos en pueblos de misión y convertirlos al catolicismo; los segundos, incorporarlos como mano de obra al sistema de hato. En 1767, la expulsión de los jesuitas por las reformas borbónicas desmontó el brazo misional más organizado del llano y dejó el terreno a los ganaderos.

La violencia de esa colonización no fue solamente material. La religión sáliba, con su cosmovisión de dioses vinculados a los ecosistemas del llano, fue desplazada por la imposición del catolicismo, primero misional y después estatal. Los achaguas, hacia el siglo XIX, ya estaban diezmados: fueron absorbidos por la población mestiza llanera y por la propia guahiba, y sufrieron además agresiones directas de los guahibos, quienes en la segunda mitad de ese siglo expandieron su presencia hacia los bordes del río Meta y adoptaron una estrategia semisedentaria. En 1781, cuando estalló el movimiento comunero, un grupo de unos 1.500 indígenas montados a caballo —cuya identidad étnica como guahibos es incierta— engrosó las filas rebeldes en Támara, Pore, Morcote, Paya y Pisba al grito de "¡Viva el rey inca y muera el rey de España!". Es una de las pocas escenas en que las sabanas irrumpen, armadas y a caballo, en la historia política del país.

El hato y la invención del llanero

De ese cruce entre ganado cimarrón, mano de obra indígena y misión católica salió la institución que estructuró socialmente la Altillanura durante casi tres siglos: el hato. La fundación de San Martín y San Juan de los Llanos en el siglo XVI, y la apertura por parte de los jesuitas del camino sanjuanero que conectó esas poblaciones con lo que hoy es Villavicencio, impulsaron la ocupación ganadera de las sabanas naturales del Meta. El hato no era una hacienda cerrada al estilo andino: era una empresa extensiva, con ganado semisalvaje, escasa infraestructura y una división del trabajo característica compuesta por vegueros, vaqueros, caballiceros, mayordomos, caporales y sirvientes concertados.

Cada uno de esos cargos tenía un peso social propio. El vaquero era propietario de su caballo, su silla, su soga y sus implementos: los instrumentos de producción le pertenecían al trabajador, y eso le confería un estatus reconocido en la sociedad llanera. El caballicero, casi siempre un adolescente, se levantaba a las dos de la mañana para atender los caballos del hato y cumplía además la función de correo de la pampa. El caporal organizaba los rodeos, la marcación y la matanza del ganado. El mayordomo administraba el hato, vivía en él con su familia y cobraba salario mensual, aunque los demás miembros de su familia trabajaban gratis para el amo. En el fondo de la escala estaban los concertados, sujetos a formas de trabajo servil que la historiografía tarda en llamar por su nombre.

De esa estructura salió el llanero como figura mítica y como categoría laboral. La élite criolla y luego republicana lo construyó discursivamente como un tipo humano específico —hombre de a caballo, aguerrido, ligado a la sabana— valorado para el trabajo ganadero pero también asociado a la conflictividad y la guerra. Esa dualidad tenía una función práctica: la "llanerización" fue el mecanismo por el cual las élites locales sujetaron a los indígenas al sistema de hato, incorporándolos como mano de obra bajo una identidad supuestamente compartida que en realidad los subordinaba. El llanero era útil en la guerra —lo probaron las campañas de independencia— y útil en el trabajo, pero siempre marginal en la política. La fama que le dio La vorágine de José Eustasio Rivera, y antes las gestas de los ejércitos de Páez y Bolívar, no se tradujo nunca en poder territorial real para los propios llaneros.

Baldíos, bonos y comerciantes bogotanos

La república heredó del período colonial una idea peligrosa: la de que los Llanos, y en particular la Altillanura, eran territorios "vacíos" susceptibles de adjudicación. Esa ficción jurídica —que ignoraba a los pueblos indígenas y a los propios llaneros— fue el instrumento con que las élites urbanas del siglo XIX se apropiaron de enormes extensiones de sabana sin poner un pie en ellas.

Entre 1865 y 1899, diez comerciantes bogotanos —siete de los cuales figuraban entre los cuarenta propietarios de finca raíz más ricos de la capital— adquirieron cerca de 200.000 hectáreas de baldíos en Pandi, los llanos de San Martín y el Tolima Grande. El instrumento fue financiero, no colonizador: usaron bonos territoriales de deuda pública que se cotizaban a treinta centavos por hectárea, y vales de la Independencia que en Londres se compraban a 12 o 14 peniques por hectárea. Tierra barata, papel devaluado, escrituras inatacables. Hacia 1890, el Estado adjudicó en el sur del Meta, entre los ríos Ariari y Caguán, baldíos a la Hacienda Colombia —sucesora de la firma Montoya, Uribe y Lorenzana— a cambio de la construcción de una trocha. Esa fue la lógica del siglo XIX: el Estado no colonizaba, entregaba, y entregaba a quienes ya tenían capital.

La Ley 55 de 1905 formalizó el despojo de comunidades indígenas al adjudicar como "baldíos" territorios de posesión ancestral a terceros. Décadas después, la Ley Segunda de 1959 declaró vastas extensiones baldías como zonas de reserva forestal, medida que en teoría protegía los ecosistemas pero que en la práctica dejó a comunidades enteras en una situación jurídica precaria: seguían allí, pero sin título posible. La política de tierras colombiana estimulaba al mismo tiempo la inversión capitalista y la colonización campesina, y esa contradicción —dos programas superpuestos, uno para los ricos y otro para los pobres, sobre el mismo territorio— generó tensiones que estallaron con violencia a lo largo del siglo XX.

Colonización, Violencia y frontera

La Violencia de los años cincuenta desplazó cientos de miles de personas desde el interior andino hacia las fronteras del país. Muchas de esas familias, empujadas por la estrechez territorial y el miedo, bajaron por el piedemonte hacia los Llanos y de allí siguieron internándose en la Orinoquía y la Amazonía. La colonización campesina de la Altillanura no fue un movimiento planeado sino una acumulación de oleadas: guerrilleros liberales replegados, familias huyendo de la guerra bipartidista, colonos atraídos por la promesa —casi siempre falsa— de baldíos disponibles.

En esa frontera, los colonos chocaron con los indígenas que ya la habitaban. En octubre de 1978 hubo negociaciones en Cumaribo, en el Vichada, con mediación del ejército, para intentar resolver conflictos entre colonos y comunidades indígenas por el uso de la tierra. El dato es revelador: casi un siglo después de la primera oleada de adjudicaciones, la Altillanura seguía siendo un territorio en disputa activa, donde ni el Estado había impuesto un orden claro, ni los colonos habían logrado consolidar propiedad estable, ni los indígenas habían dejado de resistir.

La legislación sobre baldíos y adjudicaciones, casuística y oscura, contribuyó a esa indeterminación. La documentación acumulada entre 1830 y 1930 en la Correspondencia de Baldíos muestra un patrón: cada gobierno inventaba una modalidad nueva de adjudicación, cada modalidad generaba fraudes, cada fraude quedaba consolidado por el gobierno siguiente. La concentración de la tierra y la pobreza rural de la Altillanura contemporánea tienen sus raíces en esa acumulación de decisiones administrativas más que en un plan explícito.

El Bloque Centauros y la bisagra violenta

Si el siglo XIX legalizó el despojo con bonos, el final del siglo XX lo ejecutó con fusiles. Entre las décadas de 1990 y 2000, la Altillanura fue escenario de una de las expansiones paramilitares más sistemáticas del país. El Bloque Centauros de las AUC —comandado en su fase final por Miguel Arroyave— desplazó a miles de campesinos, tomó predios, ejecutó opositores y consolidó un modelo de despojo que la Comisión de la Verdad describió después como sofisticado: no bastaba con desalojar a los ocupantes, había que legalizar el desalojo. Testaferros, abogados, funcionarios corruptos del INCODER, jueces, registradores y notarios integraron una cadena institucional que convertía las hectáreas usurpadas en propiedad legal, lista para ser explotada.

El predio El Brasil, en la vereda La Cristalina de Puerto Gaitán, fue base de los grupos de Víctor Carranza y sirvió como lugar de tortura y asesinato; hacia 1999 los paramilitares forzaron el abandono de los campesinos de la zona. Las tierras despojadas se valorizaron después con la explotación petrolera y la llegada de la agroindustria de biocombustibles: palma aceitera, caña. Ese fue el negocio de fondo. Las AUC no despojaron por despojar: despojaron para acumular activos que, una vez legalizados, entrarían al mercado formal de tierras y podrían ser vendidos a inversionistas legítimos que no habían estado presentes en la violencia original pero se beneficiaron de ella.

El Bloque Centauros no fue, sin embargo, una máquina monolítica. Tras el asesinato de Arroyave en septiembre de 2004, se fracturó en tres facciones: los Leales a Arroyave —el Bloque Centauros formal, que desmovilizó 1.135 integrantes el 3 de septiembre de 2005 en Yopal—, el Frente Héroes del Llano y el Frente Héroes de Guaviare, que desmovilizaron 1.765 miembros el 11 de abril de 2006 en Puerto Lleras. Los actores endógenos y exógenos que conformaron el Bloque nunca llegaron a constituir un grupo consolidado: la desconfianza entre urabeños y criollos se extendió desde las comandancias hasta la tropa, y esa fractura interna, más que la presión estatal, precipitó su reconfiguración.

La desmovilización no cerró el ciclo. El ERPAC —Ejército Revolucionario Popular Antisubversivo de Colombia—, heredero directo del despliegue paramilitar en la región, mantuvo hacia 2010 un control territorial significativo en los Llanos, en defensa del statu quo del despojo. Alias Cuchillo, mando desmovilizado que rechazó reincorporarse plenamente, fue una de sus figuras centrales. La lección era incómoda: la paz negociada de 2005-2006 no había desmontado la estructura económica que sostenía el paramilitarismo, y esa estructura —tierras despojadas, cadenas de testaferros, capital acumulado— seguía operando bajo nombres nuevos.

Petróleo, palma y capital transnacional

Sobre ese sustrato de tierras "limpias" —limpias en el sentido jurídico de tener títulos, y en el sentido brutal de haber sido vaciadas de sus ocupantes originales— llegó, a partir de la primera década del siglo XXI, el capital transnacional. La Altillanura se convirtió simultáneamente en frontera petrolera y en frontera agroindustrial, y las dos dinámicas se reforzaron mutuamente.

El caso emblemático es el campo Rubiales, en Puerto Gaitán. En 2013, Pacific Rubiales adquirió los activos colombianos de Petrobank después de que los accionistas de esta última obtuvieran 150 millones de dólares en dividendos desde 2002. Las operaciones de Pacific Rubiales en Colombia superaron ese año a las de todas las demás empresas extranjeras, principalmente por sus pozos en el Meta, que produjeron casi la mitad del crudo colombiano en 2012. Puerto Gaitán —un municipio que hasta hacía diez años era conocido sobre todo por la ganadería y por la presencia paramilitar— pasó a ser el centro petrolero más productivo del país. A partir de 2007, el ejército de Estados Unidos concentró esfuerzos en "consolidar" el control estatal en el Meta, especialmente en La Macarena, con gasto significativo de SouthCom y USAID orientado a producir estabilidad y gobernanza. El adjetivo importa: no se trataba de reparar el despojo sino de asegurar el entorno operativo para las inversiones que ya estaban entrando.

En paralelo, la agroindustria empezó a comprar en escala. Cargill, mediante su fondo Black River, creó 40 sociedades por acciones simplificadas —SAS, la figura jurídica más flexible del derecho societario colombiano— y adquirió 43 parcelas de tierra en Vichada que sumaban 61.000 hectáreas. La operación, denunciada después como un mecanismo para eludir los topes legales a la acumulación de baldíos originales, mostraba en su desnudez el modo en que la nueva frontera se levantaba: no con machete y colono, sino con notaría y estructura societaria. La legislación colombiana, al obligar a fomentar oleaginosas como materia prima para biocombustibles diésel, había creado el estímulo; las locomotoras del agro, la minería y la infraestructura anunciadas por el Gobierno nacional —y los ajustes a la Unidad Agrícola Familiar y a las zonas de desarrollo empresarial que las acompañaron— hicieron el resto.

El resultado, hacia mediados de la década de 2010, era paradójico. La Altillanura albergaba simultáneamente doce pueblos indígenas distribuidos en ochenta resguardos, con sus asociaciones de autoridades tradicionales; comunidades campesinas sobrevivientes de sucesivas oleadas de colonización y desplazamiento; empresarios petroleros, palmeros, cañeros y ganaderos; grupos armados posparamilitares como el ERPAC; y fondos de inversión con sede en Norteamérica que compraban tierras a través de arquitecturas jurídicas diseñadas para no dejar rastro. Todos en el mismo territorio. Ninguno reconociéndose plenamente al otro.

Carimagua y el pulso por el modelo

El pulso por definir qué es la Altillanura y para quién es tuvo un episodio revelador en el proyecto Carimagua. Carimagua es una estación experimental agropecuaria en el municipio de Puerto Gaitán, en tierras del Estado. Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, se propuso adjudicar esos terrenos —originalmente destinados a víctimas del desplazamiento— a empresarios agroindustriales, con el argumento de que solo el capital privado podía volver productivas las sabanas ácidas. La propuesta desató una controversia nacional que obligó al gobierno a retroceder, pero el debate dejó al descubierto la lógica de fondo: la Altillanura se concebía desde Bogotá como un activo subutilizado que había que "poner a producir", y los sujetos capaces de esa producción no eran los indígenas, ni los campesinos, ni los llaneros, sino las corporaciones.

Ese modelo tiene una genealogía intelectual que se remonta al gobierno de Alfonso López Michelsen en los años setenta, cuando se empezó a hablar del "Costa Rica colombiano" —una fantasía tropical de desarrollo agroindustrial en las tierras bajas del oriente— y se profundizó en las administraciones sucesivas. Juan Manuel Santos, con las locomotoras y con la promoción de las Zidres —Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social—, articuló un marco jurídico específico para consolidar la agricultura empresarial en la Altillanura. La lógica era clara: donde la tierra es baldía o incierta en su titulación, donde los campesinos y los indígenas no tienen fuerza suficiente para defender sus territorios, y donde el capital sí tiene músculo financiero y respaldo institucional, el Estado facilita la entrada del capital. Jorge Enrique Botero, entre otros periodistas, documentó cómo esa política se articulaba con el legado del paramilitarismo: no era necesario nombrarlo, bastaba con partir del mapa que había dejado.

Bonanzas seriales y ausencia acumulada

La historia económica de la Altillanura es la de una sucesión de bonanzas seriales: quinas, cauchos, pieles, maderas finas, ganado extensivo, petróleo, coca, palma aceitera, caña. Cada una vino con su promesa de desarrollo, cada una dejó tras de sí una capa de infraestructura precaria, población flotante y tejido social fragmentado. Los caseríos de la región crecieron y se despoblaron al ritmo de esas oleadas. Puerto Gaitán, Puerto López, Cumaribo: sus poblaciones oscilaron dramáticamente según la economía dominante en cada década, sin que ninguna bonanza dejara instituciones duraderas.

Esa lógica de enclave —extractiva, intensiva, orientada al mercado externo y desvinculada del desarrollo local— explica una paradoja de la Altillanura contemporánea: es una región con inversiones millonarias, con producción petrolera que sostiene buena parte de la balanza comercial colombiana, con agroindustria de exportación, y a la vez con indicadores sociales que la ubican entre las zonas más rezagadas del país. Los beneficios fluyen hacia afuera —hacia Bogotá, hacia Toronto, hacia Minneapolis— y los costos —ambientales, sociales, culturales— se quedan.

El corredor Meta-Vichada ha sido además utilizado por economías ilícitas: narcotráfico, tráfico de armas, cobro de impuestos a empresarios y transportadores. Esas economías coexisten con las legales en el mismo territorio, sin fronteras nítidas. En ochenta resguardos indígenas y con doce pueblos originarios que han consolidado sus propias formas organizativas —asociaciones de autoridades tradicionales, consejos comunitarios—, la disputa por el sentido y el uso del territorio se libra hoy en varios frentes simultáneos: en las notarías, en los juzgados, en las mesas de consulta previa, en las carreteras que atraviesan la sabana, en los caños donde se caza y se pesca cada vez menos.

Memoria y disputa

Nombrar la Altillanura hoy es entrar en un campo cargado. Para las corporaciones y para buena parte del Estado, es la última frontera agrícola de Colombia, la esperanza de una agricultura moderna capaz de competir en los mercados globales. Para las comunidades indígenas y campesinas, es un territorio ancestral y trabajado que fue sistemáticamente vaciado para ser entregado a otros. Para los historiadores y periodistas, es un caso de estudio del modo en que el capitalismo tardío se articula con la violencia paramilitar y con la debilidad institucional del Estado colombiano.

Las cifras del despojo dan una idea del tamaño del problema. Entre 1997 y 2010 se calcularon 8,5 millones de hectáreas despojadas en Colombia; entre 1980 y 2010, 6,5 millones según cálculos académicos independientes; el Gobierno nacional reconoció 6,65 millones y se comprometió a restituir cerca de 2,5 millones. Una parte significativa de esas hectáreas está en los Llanos Orientales, y una porción concreta en la Altillanura. La restitución, cuando ha avanzado, ha chocado con la estructura jurídica levantada durante los años del paramilitarismo: predios que pasaron por varias manos, sociedades por acciones simplificadas que fragmentaron la propiedad, testaferros que ya no aparecen, funcionarios que firmaron sin ver.

El palimpsesto sigue creciendo. Sobre la sabana de los achaguas se levantó el hato del vaquero, sobre el hato la finca del colono, sobre la finca del colono la base paramilitar, sobre la base paramilitar el pozo petrolero, sobre el pozo la plantación de palma, sobre la plantación la SAS que reporta a un fondo en Minneapolis. Cada capa borró parcialmente a la anterior sin llegar a eliminarla del todo: hay guahibos en resguardos que colindan con cultivos industriales, hay vaqueros que ahora son operarios, hay veredas que fueron desplazadas hace veinte años y cuyos habitantes todavía litigan por volver.

Lo que la Altillanura enseña, más que cualquier tesis general sobre la historia agraria colombiana, es que la frontera nunca se cerró. Sigue abierta, sigue disputada, sigue reproduciendo con instrumentos nuevos las lógicas viejas del despojo. La novedad del siglo XXI no fue la violencia —eso ya estaba— ni la concentración de tierras —eso también—, sino la sofisticación jurídica y financiera con que el capital transnacional se apropió de lo que el paramilitarismo había desalojado. Cargill no necesitó disparar un tiro. Solo necesitó llegar después, con abogados, y firmar donde otros habían firmado antes con sangre.

Esa continuidad es la memoria que la Altillanura obliga a construir. No la del héroe ni la del hito, sino la de un territorio que se ha ido reescribiendo en cada generación sobre las mismas ausencias: la del Estado que nunca llegó del todo, la de los pueblos indígenas que resistieron sin ser oídos, la de los campesinos que colonizaron sin recibir títulos, la de los llaneros que trabajaron sin acumular. Sobre esas ausencias se ha construido, con orden y con cálculo, la última frontera del capital agroindustrial colombiano. Y sobre ella, sin ruido pero sin descanso, se seguirá disputando lo que queda.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

31 documentos · 40 fragmentos
01
Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 170
2 citas
[1]

ríos Meta y Vichada con un área de casi diez millones de hectáreas. Su clima se caracteriza por la uniformidad de la temperatura media anual y una distribución estacional de lluvias con un período seco entre dos y cinco meses (Andrade 2009). Sobre esta estructura física se han establecido diferentes modos de…

p. 170
[2]

drenada está localizada entre los ríos Meta y Vichada con un área de casi diez millones de hectáreas. Su clima se caracteriza por la uniformidad de la temperatura media anual y una distribución estacional de lluvias con un período seco entre dos y cinco meses (Andrade 2009). Sobre esta estructura física se han…

p. 170
02
Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 108, 153
2 citas
[3]

(2020), EJC (2022) y Comisión de la Verdad (2022). Este corredor limita al norte con el río Meta –que se forma a partir de los ríos Upía y Metica– y al sur con los ríos Guaviare y Orinoco, que constituyen la frontera colombo-venezolana en el departamento del Vichada. Se erige alrededor del afluente principal del río…

p. 108
[26]

histórico, logró la constitución y el reconocimiento de resguardos de origen colonial y republicano, principalmente en las regiones Caribe y Andina. Si bien los pueblos indígenas contaban con estos títulos, casi en su totalidad fueron ocupados por hacendados y colonos. Esto también sucedió en territorios que no…

p. 153
03
Violencia paramilitar en la Altillanura: Autodefensas Campesinas de Meta y VichadaÁlvaro Villarraga Sarmiento (Director general); Centro Nacional de Memoria Histórica · p. 38, 45
2 citas
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de Puerto Boyacá a los Llanos Orientales en la conformación de los primeros grupos de autodefensa en la Altillanura. 1.1. Aproximaciones geográficas y caracterización de la población de la Altillanura de los Llanos Orientales Siguiendo la propuesta de Castillo y Salazar (2006), el terri- torio se puede entender como…

p. 38
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en la subregión también dependieron de manera importante de las economías de bo- nanza, tanto legales como ilegales. Por esta razón, una de las características demográficas de la región es la presencia de un porcentaje significativo de población flotante y, en conse- cuencia, un tejido social fragmentado. Sobre el…

p. 45
04
Gran Enciclopedia de Colombia: Geografía 1Alfonso Pérez Preciado (Dirección académica y textos); Eufrasio Bernal Duffo, Melania Kowalewska (Textos complementarios) · 2007 · p. 83, 140
2 citas
[5]

de desarrollo bajo la tierra Las lechuzas sabaneras 0 mochuelos utilizan algunos de los tuneles abandonados por los armadillos para hacer sus nidos, aunque también pueden cavar sus propios hue- cos. Uno de los espectaculos de la sabana lo ofrecen estas lechuzas, que se paran como centinelas en la entrada de sus nidos,…

p. 140
[10]

me- nor radiacién), la lluvia y la contaminacion. En la tabla de la pagina anterior aparecen los minimos y maximos de UV-B medidos por el Ideam entre 1998 y 2001. Estos valores, de todas maneras, no se pueden considerar peligrosos para la salud humana. Vegetacion Manglar, propio de aguas salobres y fangosas en algunas…

p. 83
05
Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 49
1 cita
[6]

bosques aíslan partes de sabana seca (llamadas bancos de sabana) con un muro verde que impide que se pro- pague el fuego cuando se incendia uno de los ban- cos. Los Llanos al norte del río Meta son, en su ma- yor parte, bajos e inundables. Son los llanos de Arauca y Casanare que, junto con los llanos vene- zolanos de…

p. 49
06
Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · p. 183
1 cita
[7]

principales de la cuenca del Orinoco El Arauca, que forma el límite con Venezuela sobre 280 km tiene una extensión de 1. 000 km y es navegable desde la población de su nombre. El Meta tiene sus cabeceras for- madas por los ríos Humea, Guatiquía, Guayuriba y sus afluentes en el páramo de Sumapaz, tiene una longitud de…

p. 183
07
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. OrinoquíaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 36, 174
2 citas
[8]

padecen dinámicas comunes en el contexto del conflicto armado. La superficie de estos cinco departamentos alcanza los 372.942 kilómetros cuadrados, una extensión ligeramente superior a la de la actual Alemania. Sin embargo, para efectos de este informe, se excluyen algunas zonas amazónicas del Caquetá y del Guaviare.…

p. 36
[28]

Autodefensas Campesinas del Meta y Vichada (ACMV). La vereda de La Cristalina se encontró en medio del enfrentamiento entre las FARC y los paramilitares: «Hasta el 97 o 98, La Cristalina seguía siendo de ellos [Las FARC], cuando empeza- ron a entrar los paramilitares; ya entraban en sus carros, ya empezaban los…

p. 174
08
Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 333
1 cita
[9]

más rica, siendo comunes muchas especies que hoy 334 Eíndice Grst nutrientes del suelo) del lugar. Para otros, donde en la ac- tualidad hay sabanas existieron bosques, pero debido a la tala y quema constantes, la vegetación arbórea fue susti- tuida por una herbácea. Creemos que en esta polémica sobre el origen de las…

p. 333
09
Colombia: Territorial Rule and the Llanos FrontierJane M. Rausch · 1999 · p. 384
1 cita
[11]

that extended to the Casanare River and the comisaría of Arauca in the north, and to the Meta River, the intendancy of Meta and the comisaría of Vichada to the south and east. It is difficult to imagine two more contrasting environments joined together in one departmentthe cool, highland valleys of Boyacá and the flat…

p. 384
10
Pueblos arrasados. Memorias del desplazamiento forzado en El Castillo (Meta)Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Francisco Hernando Vanegas Toro, Julián Augusto Vivas García, Pablo Andrés Convers Hilarión · 2015 · p. 43
1 cita
[12]

arawak, huitoto y piapoco, articulados a la nación achagua, sáliva y a otros pueblos caribes, como los guahi- bos o los guayupe. Durante la República, el control territorial del Estado sobre esta porción del país fue bajo y su administración se trasladó varias veces entre provincias. Diferentes políticas le otorgaron…

p. 43
11
Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 148
1 cita
[13]

los riachuelos. Ahora bien: en este estado de cosas, surge el interro- gante de si eran guahibos los indígenas que según Liévano Aguirre en número de mil quinientos, debidamente mon- tados a caballo, conformaron el grupo rebelde de los Llanos que en 1781 engrosó el movimiento de los comuneros en Támara, Pore,…

p. 148
12
¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 16
1 cita
[14]

los Montes de María y la Serranía de Chiribiquete en el Guaviare técnicas muy parecidas de arte ru pestre practicado durante milenios, pero que a la vez expresan respuestas estéticas a sistemas de creencias radicalmente distin tos entre sí. Todos estos pueblos desarrollaron un respetable grado de intercambios…

p. 16
13
Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo I. De la violencia a las resistencias ante el Bloque Centauros de las AUCCentro Nacional de Memoria Histórica · 2021 · p. 560
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También cultivan caña para la preparación del guarapo. La ganadería forma parte de su economía y tam- bién algunos cultivos menores de frutales como mango, piña, patilla, pa- paya, limón y mamey. Las mujeres elaboran en cerámica tinajas, budares y calderos con fines domésticos y comerciales. Los hombres trabajan…

p. 560
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Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 130
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rosario a lo largo del piedemonte andino, 128 están integradas a través de las localidades de mediana importancia como Guanare, Araure y Acarigua o también San Garlos y San Sebastián de los Reyes «a las regiones más pobladas políticamente dominantes y económicamente importantes, centradas en torno a ciudades como…

p. 130
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Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 130
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rosario a lo largo del piedemonte andino, 128 están integradas a través de las localidades de mediana importancia como Guanare, Araure y Acarigua o también San Garlos y San Sebastián de los Reyes «a las regiones más pobladas políticamente dominantes y económicamente importantes, centradas en torno a ciudades como…

p. 130
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Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 190
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organización social que, por más que trataban de ser controladas, terminaban por escaparse 2. Las misiones indígenas durante el siglo XIX en Colombia Cuando se hace referencia a las misiones indígenas en Colombia, generalmente se piensa en la época colonial y se asocian principalmente con la obra de los jesuitas en…

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Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 25
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para hacerlos más dependientes de la vida de hato y sujetarlos a sus relaciones laborales (Cf. Rausch 1999). De esta manera, lo llanero se convirtió en un patrón que, aunque no ideal, era trazado para la incorporación de los indios, quienes en el siglo XIX conformaban una buena parte de la población regional. La…

p. 25
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La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · p. 130
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el Llano el magnate no siembra. La labor agrícola está encomendada al veguero, dueño de algunas reses y una casa ubicada en la ribera de los ríos dentro de los grandes fundos. El señor del hato le paga los víveres (plátano y yuca) con vacas HISTORIA Y GEOGRAFIA DE LA VIOLENCIA 129 viejas para "carnear". En el Llano…

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Territorial Rule in Colombia and the Transformation of the Llanos OrientalesJane M. Rausch · 2013 · p. 4
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[21]

of the hato owner, the veguero might also own some cattle. On the hato itself, the vaqueros were in charge of work- ing with the cattle. They owned their own horses and riding equipment neces- sary for their job and received a salary. Caballiceros took charge of caring for the horses on the estate. The hato also…

p. 4
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El café en ColombiaMarco Palacios · 2002 · p. 276
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colombianos. Para dar un ejemplo: diez co- merciantes bogotanos, de los cuales siete figuran en la lista de los 40 propietarios de finca raíz más ricos de la capital, adquirieron entre 1865 y 1899 unas 200.000 mil hectáreas de baldíos en Pandi, los llanos de San Martín y el Tolima Grande. Baste recordar que, según…

p. 276
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Colonización y protesta campesina en Colombia (1850-1950)Catherine LeGrand · 2016 · p. 63, 89
2 citas
[23]

distintas en años recientes y en nuevas regiones fronterizas. Contribuyó, por ejemplo, a La Violencia, esa guerra civil anárquica que costó 200 000 vidas en los años cincuenta, y dio pábulo a los movimientos guerrilleros que actúan hoy en las zonas fronterizas de Colombia. La interpretación del desarrollo de la…

p. 63
[24]

Consecuentemente, estos eran los rasgos propios de la Colombia de esa época: fronteras altamente esparcidas, una economía exportadora que se desa- rrollaba en las vertientes de las montañas y en las tierras bajas, y una política de tierras que estimulaba tanto la inversión capitalista como la colonización campesina en…

p. 89
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Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 372
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y de sus intereses particulares. Comenzaban a articularse las bases de un mercado nacional a la par con el proceso de uni- ficación política y cultural. Este pro- ceso, sin embargo, ha ocupado el siglo entero sin agotarse y ha sido desigual, espontáneo, discontinuo y con carac- terísticas diferenciales. Distintas…

p. 372
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Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · p. 113
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le presentaron al gobierno esas cuatro dificiles situaciones: a) Lareestructuraci6n del resguardo indigena catio de Cristiania, en el municipio antioqueno de Jar- din, proceso que culminé con la devolucién a los indigenas de sus territorios y con la penosa desaparicién de su dirigente, el abogado catio Anibal Tascon.…

p. 113
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Desmovilización y reintegración paramilitar. Panorama posacuerdos con las AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento · 2015 · p. 499, 534
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7.5.6 Los Llanos, tierra usurpada a campesinos desplazados Como lo establecieron los procesos judiciales, las tierras de los campesinos y campesinas desplazadas y despojadas por los paramilitares en los Llanos, fueron legalizadas con apoyo de testaferros, abogados, funcionarios corruptos del INCODER, jueces,…

p. 534
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7.5.6 Los Llanos, tierra usurpada a campesinos desplazados Como lo establecieron los procesos judiciales, las tierras de los campesinos y campesinas desplazadas y despojadas por los paramilitares en los Llanos, fueron legalizadas con apoyo de testaferros, abogados, funcionarios corruptos del INCODER, jueces,…

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loco - motoras –entre ellas las del agro, la minería y la infraestruc - tura– que demandan grandes extensiones de tierra para su desarrollo. Por esta razón, los baldíos –titulados o no– y las zonas de reserva forestal han adquirido especial relevancia, como también las serias modificaciones a la Unidad Agrícola…

p. 499
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loco - motoras –entre ellas las del agro, la minería y la infraestruc - tura– que demandan grandes extensiones de tierra para su desarrollo. Por esta razón, los baldíos –titulados o no– y las zonas de reserva forestal han adquirido especial relevancia, como también las serias modificaciones a la Unidad Agrícola…

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No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 400
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ellas a través de mecanismos ilegales o aparentemente legales. La Comisión de la Verdad ha documentado que las AUC se caracterizaron por un despojo sofisticado al contar con la complicidad de servidores públicos para registrar en notarías las miles de hectáreas usurpadas e impulsar la creación de empresas y la llegada…

p. 400
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Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · p. 97
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interno). Pero las pugnas internas del Bloque Centauros generaron descontento por el actuar de Miguel Arroyabe, quien fue asesinado -presun - tamente por Cuchillo y Jorge Pirata- en septiembre de 2004 (Re - vista Semana, 2009, septiembre 24). Así, el Bloque Centauros se fracturó en tres facciones: los Lea - les a…

p. 97
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Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 376
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desacuerdos que tenían los actores endógenos, en cabeza de Pirata, Cuchillo, Chatarro y otros comandantes, con Miguel Arroyave. Es- tas tensiones desembocaron en la ruptura de lo que se conoció como el Bloque Centauros, y generó su reconfiguración en Los Leales y los Héroes del Llano y Guaviare. Esta reconfiguración…

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Plan Colombia: U.S. Ally Atrocities and Community ActivismJohn Lindsay-Poland · 2018 · p. 115
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one of the largest land owners in the country. 63 Pacific Rubiales purchased the com pany’s Colombia assets in 2013, after Petrobank’s share - holders had made $150 million in dividends since 2002. 64 Pacific Rubiales’s operations in Colombia outstripped all other foreign companies by 2012, mostly because of its wells…

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Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 641
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cualquiera de las localidades de la región. La lógica de la inversión del Estado en infraestructura logra crear un efecto de “inaccesibilidad” para sus habitantes que se percibe, paradójicamente, como ausencia del Estado. Extracción y explotación El aprovechamiento de las legendarias riquezas de estas regiones ha…

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La miseria en ColombiaJames A. Robinson · 2016 · p. 45
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este sistema. Cargill, la corporación multinacional con base en Estados Unidos, mediante el fondo de inversión Black River, creó 40 SAS y compró 43 parcelas de tierra en Vichada, que representan 61.000 hectáreas. El Estado extractivo de la periferia colombiana une los intereses de las élites de alta sociedad con los…

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La economía de los paramilitares: Redes de corrupción, negocios y políticaMauricio Romero Vidal (coordinador y editor), Ariel Fernando Ávila Martínez, Vilma Liliana Franco R., Ángela Olaya, Hernán Pedraza Saravia, Bernardo Pérez Salazar, Juan Diego Restrepo E., Diana Torres · 2011 · p. 246
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se establece la obligación de fomentar la producción de oleaginosas que se requieran como ma- teria prima para la obtención de biocombustibles para uso en motores diesel. Esto posibilitó el incremento sustancial de los cultivos de pal- ma africana en amplias regiones del país. 64 Es preciso aclarar que muchas tierras…

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