Quema de bibliotecas aldeanas por resistencia clerical
Entre 1934 y 1938, párrocos rurales en Antioquia y otras regiones quemaron públicamente libros de la Biblioteca Aldeana enviados por el Estado liberal, calificándolos de lecturas prohibidas que traerían 'desorden y caos'. El episodio condensó la disputa entre el gobierno de López Pumarejo y la Iglesia Católica por la hegemonía cultural del campo colombiano.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 1934–1938
- Dónde
- Antioquia, Medellín, Cundinamarca, Boyacá, Santander, Bogotá, Sonsón, Yarumal, Santa Rosa de Osos, Jericó
- Protagonistas
- Alfonso López Pumarejo, Luis López de Mesa, Jorge Zalamea, Laureano Gómez, Daniel Samper Ortega, Ismael Perdomo (arzobispo de Bogotá), Miguel Ángel Builes (obispo), Manuel José Sierra González (obispo), Párrocos rurales antioqueños (colectivo), Biblioteca Nacional de Colombia, Comisión de Cultura Aldeana, Iglesia Católica colombiana
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- El Concordato de 1887 y el artículo 41 de la Constitución de 1886 habían entregado a la Iglesia el control efectivo de la educación pública, convirtiendo el campo cultural en territorio eclesiástico; la llegada de libros remitidos por el Estado liberal fue percibida como una invasión de ese territorio.
- La doctrina consolidada durante la hegemonía conservadora caracterizaba al liberalismo como pecado, y publicaciones como La Buena Prensa de Medellín prohibían bajo pena de excomunión la lectura de impresos liberales, proporcionando a los párrocos un marco teológico que legitimaba la destrucción de los libros.
- El aislamiento geográfico de Antioquia y la estructura social de los municipios rurales, donde el párroco era árbitro del tiempo colectivo y árbitro de las lecturas, facilitaron que la resistencia tomara la forma de actos públicos ritualizados con amplia participación comunitaria.
- La Reforma Constitucional de 1936, que buscó suprimir prerrogativas eclesiásticas de 1886, y la incorporación de intelectuales de izquierda al gobierno de la Revolución en Marcha, agudizaron la percepción conservadora y clerical de que el proyecto liberal amenazaba el orden religioso y social establecido.
- El ecosistema mediático conservador en expansión —El Siglo fundado en 1936, la Revista Javeriana, el semanario conservador de Medellín— producía el marco interpretativo en que quemar libros del Estado liberal aparecía como acto legítimo de defensa de la fe, aunque sin ordenarlo explícitamente.
Consecuencias
- La destrucción de ejemplares de la Biblioteca Aldeana limitó el alcance efectivo de la Campaña de Cultura Aldeana en los municipios más conservadores, privando a comunidades rurales de los materiales técnicos, literarios y científicos que el Estado intentaba distribuir.
- Los actos de quema ensayaron sobre el objeto-libro una gramática de exclusión sectaria —identificación del impreso como amenaza espiritual, condena pública, destrucción ritual— que prefiguró la violencia simbólica y física de la década siguiente sobre personas e instituciones liberales.
- El episodio evidenció la heterogeneidad interna de la jerarquía eclesiástica: mientras obispos como Builes y González adoptaban posiciones combativas que culminarían en 1942 con la prohibición de leer El Tiempo, otros como Luis Concha Córdoba mantenían posturas conciliatorias, fractura que condicionó la relación Iglesia-Estado durante toda la República Liberal.
- La confrontación reforzó la polarización bipartidista en el campo colombiano y contribuyó a que las regiones con mayor densidad de quemas —Antioquia, Boyacá, los Santanderes— se convirtieran en epicentros de la Violencia bipartidista de finales de los años cuarenta y la década de 1950.
La clave interpretativa
Por qué importa
Las quemas de libros aldeanas no fueron un exceso marginal sino el síntoma más visible de una disputa estructural por el control cultural del campo colombiano que venía del siglo XIX y que el Concordato de 1887 había resuelto provisionalmente a favor de la Iglesia. Al traducir la doctrina antiliberal en gesto físico sobre un objeto concreto enviado por el Estado, los párrocos ensayaron la misma gramática de exclusión —identificación del otro como amenaza espiritual, condena pública, destrucción ritual— que reaparecería sobre los cuerpos durante la Violencia bipartidista. El episodio revela además que la dimensión cultural-simbólica del conflicto colombiano del siglo XX no fue un subproducto de la violencia política, sino una de sus condiciones de posibilidad.
Desarrollo histórico
La historia completa
Quema de bibliotecas aldeanas por resistencia clerical
Entre 1934 y 1938, mientras el gobierno de Alfonso López Pumarejo despachaba cajones de libros desde Bogotá hacia los pueblos más apartados del país, en los atrios de algunas parroquias antioqueñas —y en menor escala en Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes— ardieron hogueras de tapa dura. El combustible eran los volúmenes de la Biblioteca Aldeana, la colección que la Campaña de Cultura Aldeana enviaba a las cabeceras municipales como brazo cultural de la Revolución en Marcha. Los oficiantes fueron párrocos rurales que, desde el púlpito, calificaron esos libros de lecturas prohibidas y anunciaron que traerían al pueblo desorden y caos. El episodio, breve en el calendario pero denso en significado, condensó la disputa entre el Estado liberal y la Iglesia por la hegemonía cultural del campo colombiano, y ensayó sobre el objeto-libro una gramática de exclusión sectaria que reaparecería, sobre los cuerpos, en la década siguiente.
El terreno en el que caían los libros
Cuando el primer cajón de la Biblioteca Aldeana llegó a una parroquia antioqueña, no aterrizó sobre suelo neutro. Aterrizó sobre medio siglo de arquitectura jurídica y doctrinal que había hecho de la educación pública un territorio eclesiástico.
El artículo 41 de la Constitución de 1886 había establecido que la educación pública se organizaría en concordancia con la Religión Católica. El Concordato firmado con la Santa Sede en 1887 llevó ese principio a la letra menuda: su artículo 12 dispuso que en universidades, colegios, escuelas y demás centros de enseñanza, la instrucción se organizaría y dirigiría en conformidad con los dogmas y la moral católicas. A cambio de concesiones económicas y de la indemnización por la desamortización de bienes, la Regeneración entregó a la Iglesia el control efectivo de la escuela, el fuero eclesiástico, ventajas fiscales y una posición que, a diferencia de otros países latinoamericanos, subordinaba el poder civil al eclesiástico. Ese control se mantuvo prácticamente intacto hasta 1930.
La mecánica cotidiana de esa hegemonía era palpable. Los textos escolares oficiales eran los manuales de los sacerdotes José Félix de Restrepo, Faustino Segura y José María Ruano; este último llegó a prohibir la lectura de José Asunción Silva, Guillermo Valencia y Luis Carlos López, es decir, del canon poético colombiano de su tiempo. En 1921, el Ministerio de Instrucción Pública distribuyó a los escolares del país 19.899 catecismos del padre Astete. Un niño colombiano de los años veinte aprendía a leer en libros escritos por curas y con lecturas censuradas por curas.
Sobre ese control institucional se montaba una segunda capa, doctrinal y afectiva: la caracterización del liberalismo como pecado. Durante las tres primeras décadas del siglo XX, el obispo Ezequiel Moreno fue uno de los protagonistas de esa polémica. El texto Las enseñanzas de la Iglesia sobre el liberalismo servía de guía desde la cátedra del Colegio del Rosario hasta los púlpitos de los municipios más apartados, y muchos obispos lo glosaron en sus cuestiones de púlpito y confesionario. En julio de 1902 se redactó incluso un juramento para liberales arrepentidos, en el que el firmante debía condenar sin reserva alguna y de corazón todo tipo de liberalismo religioso o político y todas aquellas falsas libertades que amenazan y perjudican nuestra fe católica. Cartas pastorales y periódicos eclesiásticos antioqueños, como La Buena Prensa de Medellín, prohibieron bajo pena de excomunión la lectura y el porte de libros de herejía, Biblias protestantes, hojas sueltas y periódicos liberales.
En Antioquia, esa doctrina caía sobre un terreno especialmente receptivo. El departamento vivía un aislamiento físico que la aviación apenas comenzaba a romper y que había moldeado una mentalidad proteccionista, conservadora, fanáticamente patriótica. Medellín era la principal fuente de retórica antiliberal del país. Los conservadores radicales contaban allí con un semanario propio, y la Iglesia local combinaba el peso del arzobispado con una red de párrocos que no admitían intermediación entre el altar y la política. La geografía humana del departamento reforzaba el efecto: pueblos encaramados en las estribaciones, comunicados por caminos de herradura, cohesionados en torno a una plaza que la iglesia presidía material y simbólicamente. Allí el párroco no era un funcionario espiritual entre otros: era el árbitro del tiempo colectivo, el que fijaba el calendario de las fiestas, el que sabía quién había nacido, quién había muerto y quién había dejado de comulgar. Era también el que decidía, en último término, qué libros podían leerse en las casas y cuáles debían arder.
Cuando en 1930 la República Liberal recuperó la presidencia tras casi medio siglo de hegemonía conservadora, ese entramado no se desmontó de un día para otro. El Concordato de 1887 siguió rigiendo las relaciones Iglesia-Estado, y en los territorios nacionales la Convención de Misiones, firmada en 1902 y renovada sin cambios en 1928, mantuvo intacto el papel dominante de las comunidades religiosas. Lo que sí cambió fue la dirección política del Estado, y con López Pumarejo, a partir de 1934, cambió también el tono. La Revolución en Marcha se propuso renovar la estructura del Estado colombiano y reformar el sistema educativo desde la primaria hasta la universidad, partiendo de una crítica frontal a lo que había recibido.
En ese marco, la Comisión de Cultura Aldeana, creada durante el gobierno de López y a la que se sumó Jorge Zalamea, diseñó una intervención cultural en el campo. La Biblioteca Aldeana era su brazo material: colecciones de libros enviadas desde la Biblioteca Nacional, dirigida por Daniel Samper Ortega, a las cabeceras municipales del país. El proyecto trabajaba con un núcleo estable de títulos que se repetía en cada envío, complementado por adquisiciones nuevas de la Biblioteca Nacional que a veces se sumaban al despacho. Entre esas incorporaciones ocasionales estuvieron Apuntes geológicos y pedológicos de la zona cafetera colombiana, los dos tomos de Botánica general colombiana, Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana, La última orden, Poesía colombiana y XIII Poemas. Algunas bibliotecas con vocación temática recibieron colecciones específicas: en noviembre de 1937, el bibliotecario de Yarumal acusó recibo de una remesa de tratados sobre cerrajería y otros oficios.
Vistos en frío, esos títulos eran manuales técnicos, poesía nacional y crítica literaria: no eran ni Voltaire ni Marx. Pero llegaban con un remitente inequívoco, el Ministerio de Educación liberal, encabezado sucesivamente por Luis López de Mesa, Darío Echandía y Germán Arciniegas, y con una intención declarada: llevar al campo una cultura seleccionada por el Estado, no por el párroco. Esa sola circunstancia bastaba para que, en muchas parroquias, el cajón fuera recibido como una intrusión.
La hoguera en el atrio
Los actos concretos de quema comenzaron poco después de que los primeros envíos alcanzaran las aldeas, y se concentraron con particular intensidad en el suroeste y el norte antioqueños. Sonsón, Yarumal, Santa Rosa de Osos y Jericó aparecen como epicentros de una práctica que, sin obedecer a una directiva jerárquica única, se replicó con una uniformidad de gesto notable. El párroco denunciaba desde el púlpito la llegada de los libros, los calificaba de lecturas prohibidas, invocaba el riesgo de desorden y caos si penetraban en los hogares católicos, y procedía —a veces con la asistencia de feligreses, a veces con la participación de escolares— a arrojarlos al fuego en la plaza o en el atrio de la iglesia.
La escenografía importa. No se trató de una destrucción clandestina ni administrativa, no era el bibliotecario municipal quien apartaba discretamente un volumen, sino de un acto público, ritualizado, con espacio consagrado en el atrio, oficiante en el sacerdote, congregación en los feligreses y liturgia en el sermón previo y el fuego. Era un auto de fe adaptado al pueblo colombiano de la década de 1930: la comunidad reunida veía arder aquello que su pastor había declarado peligroso para la salvación. El gesto convocaba una memoria más antigua que cualquiera de los presentes, y la actualizaba en la plaza de un municipio antioqueño de los años treinta como si los siglos no hubieran pasado.
El repertorio simbólico no era nuevo. La Iglesia colombiana llevaba décadas utilizando el púlpito, los catecismos y los textos doctrinales para caracterizar al liberalismo como pecado; la novedad, si acaso, era que el objeto de la condena ya no era una idea abstracta ni un votante díscolo, sino un libro concreto, tangible, remitido por el Estado. La quema traducía la doctrina en gesto físico. Y al hacerlo, cargaba de sacralidad negativa al volumen impreso: lo convertía en objeto contaminante, en materia impura que debía ser destruida para restaurar el orden espiritual de la comunidad.
La geografía de la resistencia dibuja un mapa reconocible. Antioquia concentró la mayor densidad de casos, pero episodios análogos se registraron en municipios de Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes, las mismas regiones donde poco después la Iglesia sostendría con más beligerancia su alineamiento partidista. Boyacá, en particular, era territorio donde el conservatismo popular tenía raíces hondas: la vereda Chulavita, del municipio de Boavita, había volcado su adhesión al Partido Conservador desde 1837, y de allí derivaría el mote chulavita con que los liberales designarían a las fuerzas de policía durante la primera ola de la Violencia. Los Santanderes, por su parte, mostrarían en 1949 hasta dónde llegaba la capacidad de la jerarquía local para movilizar sanciones religiosas: ese año, los obispos de la región prohibirían bajo pecado mortal la venta del periódico liberal Voz, antes Voz de la Democracia. La misma lógica —identificar el impreso liberal como amenaza espiritual y activar la maquinaria de prohibición— había ensayado su versión más extrema una década antes en el fuego de los atrios.
No toda la jerarquía eclesiástica actuó con la misma temperatura. Frente a los obispos más combativos, como Miguel Ángel Builes y Manuel José Sierra González, que en 1942 prohibirían conjuntamente la lectura del diario liberal El Tiempo, otros como Luis Concha Córdoba mantuvieron posturas más conciliatorias. El arzobispo de Bogotá, Ismael Perdomo, encarnó una posición intermedia: no organizó campañas biblioclastas, pero dirigió al Ministerio de Educación una comunicación formal objetando las conferencias del profesor Luis López de Mesa en la Universidad Nacional, en las que este sostenía hipótesis evolucionistas sobre el origen del hombre que Perdomo consideraba contrarias a las enseñanzas católicas. El gesto muestra que la disposición a intervenir sobre los contenidos culturales del Estado atravesaba a toda la jerarquía; lo que variaba era el registro: unos escribían cartas al ministro, otros encendían hogueras.
Los párrocos que oficiaron las quemas no lo hicieron, en la mayoría de los casos, por orden expresa de sus obispos. Actuaban dentro de un imaginario compartido en el que la prohibición de lecturas era una obligación pastoral heredada. Contaban además con el respaldo de una prensa conservadora en expansión: en 1936, el mismo año en que la Revolución en Marcha alcanzaba su reforma constitucional, Laureano Gómez y José de la Vega fundaron El Siglo como órgano de oposición al gobierno liberal. Los jesuitas habían creado la Revista Javeriana unos años antes. En Medellín, el semanario conservador local hacía lo propio. Ese ecosistema mediático no ordenaba quemar libros, pero producía el marco interpretativo en el que quemarlos aparecía como acto legítimo de defensa de la fe.
De dónde viene el fuego
Reducir las quemas a la iniciativa personal de párrocos aislados sería empobrecer el fenómeno. Ni la explicación doctrinal —los curas quemaron porque su teología se lo mandaba— ni la política —los conservadores atacaron los libros porque venían de un gobierno liberal— alcanzan por sí solas. Las causas se entretejen en varias capas.
En el fondo estructural está la disputa por el control del aparato educativo, abierta en el siglo XIX y nunca cerrada. La reforma educativa del presidente Eustorgio Salgar en los años setenta proponía escolarización obligatoria, neutralidad religiosa y un sistema nacional bajo control estatal, y prendió una de las mechas que llevaron a la guerra civil de 1876-1877. En esa guerra ya se destruyeron libros de texto, se suspendieron las clases y las aulas se convirtieron en cuarteles. La polémica de los libros de texto fue uno de los ejes del conflicto ideológico decimonónico. El liberal Aníbal Galindo la formuló con crudeza: el partido en el poder tenía el derecho de imponer su doctrina en los textos escolares, y anticipaba que los conservadores harían lo mismo cuando les tocara. El Concordato de 1887 fue el punto en que ese principio se resolvió a favor de una parte.
Cuando la Biblioteca Aldeana llegó a las parroquias en 1934, estaba invadiendo un territorio que la Iglesia consideraba suyo por derecho concordatario. La quema fue una respuesta defensiva, sostenida por una memoria larga: los curas que arrojaban al fuego los tomos de Botánica general colombiana eran nietos espirituales de quienes, sesenta años antes, habían visto arder los manuales laicos del radicalismo en las aulas convertidas en cuarteles.
Sobre esa base institucional se montaba la coyuntura política. La Reforma Constitucional de 1936, impulsada por López Pumarejo, buscó suprimir prerrogativas otorgadas a la Iglesia en 1886 con miras a renegociar un nuevo acuerdo con el Vaticano. Aunque el Concordato siguió rigiendo y en los territorios nacionales la situación no se alteró, la señal fue leída con alarma: los liberales pretendían tocar el pacto de 1887. Al mismo tiempo, López incorporó a jóvenes intelectuales de izquierda como funcionarios del Estado. Fue una estrategia que domesticó al movimiento inconforme por unos años. Vista desde el atrio de un pueblo antioqueño, parecía una infiltración radical en las instituciones. Las quemas se concentran precisamente en la ventana 1934-1938: coinciden con el primer López, con la Reforma del 36 y con la percepción, entre los sectores clericales y conservadores, de que el proyecto liberal estaba avanzando sobre terrenos hasta entonces intocables.
Hay una tercera capa, más difícil de fijar pero decisiva: la cultura política de base parroquial. La retórica antiliberal no era una imposición vertical de la jerarquía sobre feligreses pasivos. Había sido internalizada por generaciones de campesinos y artesanos, y cuando llegó el cajón con los libros del gobierno, el párroco activó un guion que su comunidad reconocía y en cuya ejecución participó sin necesidad de instrucción. Esa agencia popular, más que la orden episcopal, explica por qué las quemas se replicaron con tanta uniformidad sin necesidad de una directiva centralizada. Explica también por qué la geografía del biblioclasmo coincide con la geografía que, una década después, sostendría con más ferocidad la Violencia bipartidista.
Los detonantes concretos varían de un municipio a otro y no siempre son documentables con precisión: la llegada de un envío nuevo, un sermón particularmente inflamado, la visita de un misionero, la publicación en la prensa conservadora de una alerta sobre las lecturas oficiales. Lo que se repite es la estructura: un impreso remitido por el Estado liberal, un párroco que lo interpreta como amenaza, una feligresía que responde con el fuego. Y en la insistencia con que esa estructura se reprodujo de un pueblo a otro late algo que ninguna teología ni ninguna orden política, por sí solas, habrían podido producir: la convicción popular de que aquellos cajones no traían lectura sino contagio.
Lo que quedó ardiendo
Las consecuencias inmediatas fueron, en lo material, limitadas. La Biblioteca Aldeana no colapsó: los envíos continuaron, la Biblioteca Nacional siguió despachando cajones, y la política de Cultura Aldeana se prolongó formalmente hasta 1947. No hay evidencia de que las quemas hayan alcanzado a destruir una fracción decisiva del acervo enviado. Pero medir el episodio por el número de volúmenes quemados es no entender qué estaba en juego.
En lo simbólico, las quemas fueron una derrota política del proyecto de secularización cultural rural. El gobierno liberal había apostado a que los libros seleccionados, empacados y transportados entrarían al campo por vía administrativa, como quien tiende una red de acueducto. Descubrió que el campo tenía guardianes, que esos guardianes tenían púlpito, y que el púlpito podía convertir un cajón de la Biblioteca Nacional en material inflamable. La lección no fue trivial: cualquier intento posterior de intervención cultural del Estado en la Colombia rural debería contar con esa mediación, negociarla o enfrentarla. Los años siguientes lo confirmarían. La segunda administración de López, entre 1942 y 1945, acosada por la oposición y por el escándalo, no volvió a intentar una intervención cultural rural de esa envergadura; los gobiernos de Eduardo Santos y Alberto Lleras Camargo prefirieron el bajo perfil educativo antes que reabrir el frente con la Iglesia. La Campaña de Cultura Aldeana, sin ser desmontada, quedó reducida a un trámite: los envíos siguieron llegando, pero la ambición transformadora se había apagado con las hogueras.
Lo institucional confirmó los mismos límites. La Reforma Constitucional de 1936 tocó articulados de la Carta pero no tocó el Concordato, y la Iglesia conservó en la práctica su hegemonía sobre buena parte del sistema educativo, en especial en los territorios nacionales. Las escuelas siguieron abriendo la jornada con el rosario, los maestros siguieron sometidos al examen de fe del párroco, y los inspectores departamentales siguieron consultando al obispo antes de contratar. Las quemas fueron una demostración de fuerza que recordó al Estado liberal cuál era el perímetro real de su autoridad cultural en el campo colombiano. La distancia entre la ley escrita en Bogotá y la costumbre vivida en Sonsón o en Santa Rosa de Osos siguió siendo la distancia decisiva de la política colombiana.
Hubo también una consecuencia menos visible, del lado de los propios liberales rurales. En los municipios donde el fuego prendió, quedar como lector de la Biblioteca Aldeana no era un asunto neutro. Suponía exponerse al señalamiento del púlpito, a la sospecha del vecindario, a la exclusión de las cofradías y, en los casos más agudos, a la ruptura de las redes de crédito y de compadrazgo sobre las que reposaba la vida económica del pueblo. La quema pública no destruía solo los libros: quemaba también, ante los ojos de la comunidad, la posibilidad de leerlos sin castigo social. El efecto disuasorio fue seguramente más eficaz que el efecto destructivo. Un cajón parcialmente quemado en el atrio bastaba para que los cajones siguientes durmieran en un rincón de la alcaldía, sin lectores dispuestos a acercarse. Los libros que no ardieron se pudrieron por humedad, por polilla o por miedo, que en un pueblo pequeño operan con parecida eficacia.
Pero la consecuencia de largo plazo, la que da al episodio su peso histórico, es de otro orden. Las quemas de bibliotecas aldeanas prefiguraron la dimensión cultural y simbólica de la Violencia bipartidista que se desataría con toda su fuerza tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, ya bajo la presidencia conservadora de Mariano Ospina Pérez. No en el sentido causal de que la hoguera del atrio haya producido la matanza de los años cuarenta y cincuenta; sí en el sentido de que ensayó, sobre el objeto-libro, la gramática de exclusión sectaria que después se aplicaría sobre los cuerpos. Los mismos elementos aparecen en ambos escenarios: la identificación del adversario político con una figura de contaminación espiritual —el liberal como pecado, el libro liberal como peligro, el militante liberal como enemigo de la fe—; el ritual público como forma privilegiada de purificación comunitaria; el párroco o el jefe local como oficiante; la comunidad rural como cuerpo actuante. La misma cartografía —Antioquia, Boyacá, los Santanderes, ciertas subregiones de Cundinamarca— se repite con matices en ambas oleadas. Y la misma cultura política parroquial, que hizo posible que un pueblo entero contemplara arder libros en 1936, hizo posible que otros pueblos, en 1949 o 1952, contemplaran o participaran en violencias más terribles contra vecinos identificados por su filiación política.
No hubo un plan que llevara del atrio de Sonsón a los caminos veredales de la Violencia. Hubo un imaginario de larga duración, sedimentado por el Concordato, la doctrina del liberalismo-pecado, la prohibición de lecturas y la destrucción de textos en guerras civiles anteriores, que dotó a ciertos actos de una gramática reconocible y replicable. Cuando las condiciones lo permitieron, esa gramática escaló del objeto al sujeto. El fuego que consumió Botánica general colombiana en un atrio antioqueño no encendió por sí mismo la Violencia; formaba parte del mismo repertorio cultural del que la Violencia extraería, más tarde, algunos de sus gestos.
Por qué sigue importando
En la historia oficial de la República Liberal, la Campaña de Cultura Aldeana suele aparecer como un capítulo luminoso: la apuesta ilustrada del Estado por llevar al campo la lectura, la ciencia, la poesía nacional. Es una imagen justa, pero incompleta. La otra mitad del episodio es lo que ocurrió cuando esos libros llegaron: no siempre encontraron lectores agradecidos, a veces encontraron hogueras. Y en esa otra mitad se juega la comprensión de por qué el proyecto liberal de modernización cultural chocó una y otra vez contra un país cuya vida cotidiana estaba organizada por instituciones —la parroquia, el catecismo, el confesionario— que el Estado no había construido ni podía controlar.
Las quemas también obligan a matizar la imagen del anticlericalismo liberal como fuerza avasalladora. En la superficie institucional, la Revolución en Marcha llevaba la iniciativa; en la profundidad rural, la Iglesia conservaba capacidades de veto que se manifestaban con eficacia brutal. Ese desfase entre el poder formal del Estado y el poder real de las instituciones locales es una constante de la historia política colombiana, y las bibliotecas aldeanas quemadas son uno de los sitios donde se ve con más claridad. La Colombia que legisla no coincide con la Colombia que obedece; entre ambas se abre un espacio, el atrio, la vereda, la sacristía, donde las decisiones de Bogotá se filtran, se traducen o se queman. El biblioclasmo antioqueño de los años treinta es uno de los mejores puntos de entrada a ese espacio intermedio, y uno de los menos frecuentados.
Queda, por último, la dimensión más incómoda: la del fuego como archivo. Los curas de Sonsón, Yarumal, Santa Rosa de Osos y Jericó no dejaron actas de sus hogueras, no llevaron cuenta de los volúmenes destruidos, no consignaron sermones en registros parroquiales que hubieran facilitado la tarea del historiador. Y sin embargo dejaron, en la memoria oral de sus pueblos, en las cifras de recepción de la Biblioteca Nacional, en las cartas de los bibliotecarios municipales, en los sermones reproducidos por la prensa conservadora, un rastro suficiente para que el episodio pueda reconstruirse. El fuego que destruyó los libros produjo, al mismo tiempo, el documento de su propia iconoclasia. Ese es el paradójico legado documental de toda quema pública: el gesto pensado para hacer desaparecer termina inscribiéndose con más fuerza que la lectura silenciosa que quería impedir.
Los libros no arden por casualidad. Arden cuando una comunidad ha sido enseñada, durante mucho tiempo, a verlos como amenazas espirituales; cuando existe una autoridad legitimada para señalarlos como tales; y cuando el ritual público de destrucción cumple una función de cohesión: une a los que queman contra los que escriben o leen. Los tres elementos estaban presentes en la Colombia rural de 1934-1938, y en el atrio de aquellas parroquias antioqueñas ardió, por eso, algo más que papel impreso. Ardió una versión posible de la relación entre el Estado colombiano y su campo, una posibilidad de secularización cultural que el país no logró sostener; y quedó, en las cenizas, el borrador de una liturgia de exclusión que la década siguiente escribiría con sangre.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947. Bibliotecas y cultura en AntioquiaHernán Alonso Muñoz Vélez · 2014 · p. 4, 1392 citas
[1]en la juventud y en la clase obrera. 220 En general, la campaña de Cultura Aldeana se basó en unas colecciones que poco sufrieron modificaciones. A las bibliotecas aldeanas se enviaban los mismos libros una y otra vez. Sin embargo, en momentos en que la Biblioteca Nacional adquiría otros títulos, los hacía llegar a…p. 139
[2]La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947 Bibliotecas y cultura en Antioquia Muñoz Vélez, Hernán Alonso La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947. Bibliotecas y cultura en Antioquia / Hernán Alonso Muñoz Vélez. —Bogotá: Editorial…p. 4
02El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 492 citas
[3]pretendió renovar las estructuras de un Estado anquilosado, con rezagos colonialistas, excluyente y violento. Quiso intentar su “New deal”. Pragmático y dogmático, ningún otro presidente en la historia colombiana ha sido tan controvertido. Llamando a su gobierno la “Revolución en Marcha”, buscó la armonía social…p. 49
[4]pretendió renovar las estructuras de un Estado anquilosado, con rezagos colonialistas, excluyente y violento. Quiso intentar su “New deal”. Pragmático y dogmático, ningún otro presidente en la historia colombiana ha sido tan controvertido. Llamando a su gobierno la “Revolución en Marcha”, buscó la armonía social…p. 49
03Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 91, 952 citas
[5]de la historia, la cultura y los problemas de la nación. En su discurso de posesión se refirió al sistema educativo que re- cibía su gobierno con duras palabras de crítica: «En los talleres y en los campos ve- mos que nuestros hombres manejan sus instrumentos de trabajo al precio de un esfuerzo rutinario; el producto…p. 91
[8]radicalismo que el movi- miento llegó a tener en algunos mo- mentos, y también la oposición que la política educativa despertaba en sec- tores de la oposición conservadora y de la Iglesia. La escuela primaria urbana y rural Dentro del vasto plan educativo de la administración de Alfonso López Pu- marejo, la difusión y…p. 95
04Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · p. 333, 3542 citas
[6]mente las labores y con injerencia en los cuerpos de dirección de los dife- rentes estamentos universitarios: la Universidad abrió sus puertas a la mu- jer. Pero además, López dedicó todos sus esfuerzos a dotar a la Universidad de un campus, de una sede espaciosa que le permitiera futuros desarrollos. De allí la…p. 354
[18]V que pertenecían a la derecha del par- tido de la derecha. Es decir, que esa división expresaba la antigua pugna conservadora entre históricos y nacio- nalistas, los problemas generacionales del partido y, por supuesto, las diver- gencias ideológicas. Los enfrentamientos con la Iglesia En las relaciones entre la…p. 333
05Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 2041 cita
[7]López Pumarejo ante el presidente del Congreso, Laureano Gó- mez. Desde ese momento, López dejó claro su pro- pósito de adelantar la Revolución en Marcha. Senado de la República y sancionada por el presi- dente el día 30 del mismo mes y año, y aparecer en el Diario Oficial del 21 de enero de 1937, sólo empezó a regir…p. 204
06De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · p. 691 cita
[9]buenas costumbres. no sólo se le permite al clero que participe en esta cia. e de política, sino que es de su estricta obli- gación el hacerlo/? Aquí, pues. vemos el argumento no ólo contra el liberalismo (nada nuevo se ofrece realmente en este año), sino también el argumento para involucrarse en la políti- ca: el…p. 69
07De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · p. 69, 832 citas
[10]se le permite al clero que participe en esta cia. e de política, sino que es de su estricta obli- gación el hacerlo/? Aquí, pues. vemos el argumento no ólo contra el liberalismo (nada nuevo se ofrece realmente en este año), sino también el argumento para involucrarse en la políti- ca: el arzobispo definió la política…p. 69
[13]excomunión, la lectura y el porte de libros de herejía y, por lo tanto, las Biblias que los protestantes circulan quedan prohibidas, porque están mutiladas y editadas sin las notas con que la Iglesia exige que sean publicadas. También está prohibido tener carpetas y hojas sueltas o periódicos como POLÍTICOS LlBERALES.…p. 83
08Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 1101 cita
[11]Vaticano Primero, del Concilio Plenario de Obispos 1.a tinoa- mericanos, y las enseñanzas del Syl/alms, rechazaban los conceptos básicos de libera li smo, naturalismo, socialismo y racionalismo. En julio de 1902 se emitió otro juramento para los li berales que qui- sieran renegar; el arrepentido condenaba < < sin…p. 110
09Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 2261 cita
[12]matrimonio civil eliminandose la fórmula-de la ab- jumción y descartándoseLa excomi= nión para los contrayentes; el estables cimiento de una comisión para impul- Peso Y carl Comcintanie nt de eerieros. Palrcar de Sar retos, Bogahl,! la y religión ESOS iso o Ses Ezapuíel Morews y Dz, ie de Comsemaro (18318031 y ng…p. 226
10Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 352, 3752 citas
[14]y caída de la hegemonía conservadora en 1930. padre Jorge y su hermano Luis, que más tarde también sería sacerdote), por negarse a poner a la JOC bajo la directa dependencia de la Acción Ca- tólica. Los Murcia contaban con el apoyo de monseñor Perdomo y del obispo de Ibagué, Pedro María Ro- dríguez: incluso, el nuncio…p. 375
[21]aumentando equi- tativamente cuando mejore la situa- ción fiscal. Esta renta se destinará al auxilio de diócesis, cabildos, semina- rios, misiones y otras obras eclesiásti- cas. En resumen, la Iglesia hace conce- siones sobre sus derechos económicos a cambio del monopolio en el aparato educativo; esto significó un…p. 352
11Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · p. 661 cita
[15]un ciclo de conferencias en la Universidad Nacional. En la pri- mera conferencia se refirió al crosop- terigio, pez de aletas franjeadas, pro- bable transición entre los vertebrados marinos y los terrestres. Dos días des- pués, el ministro de Educación, Ger- mán Arciniegas, recibía una comuni- cación firmada por…p. 66
12Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · p. 791 cita
[16]que se identificaba. Cada partido, más aún, cada tendencia partidista, poseía su propio periódico. López contaba con El Liberal, 86. Citado en Tirado, Álvaro, Velásquez, Magdala, La reforma constitucional de 1936, Bogotá, Fundación Friedrich Naumann, Oveja Negra, 1982, pp. 223-224. 87. Anales de la Cámara de…p. 79
13Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · p. 2701 cita
[17]la Santa Sede en 1887, dar í an a la Iglesia Cat ó lica el control completo de la educaci ó n por lo menos hasta 1930, é poca en que los gobiernos liberales iniciaron una recupera ci ó n de las prerrogativas del Estado en materias educativas a. MANUAL DE HISTORIA III 279 5 ¡ 1 art í culo 41 de la Constituci ó n de…p. 270
14Colombia: Territorial Rule and the Llanos FrontierJane M. Rausch · 1999 · p. 521 cita
[19]a, the places where they are created, and the functions that the respective employees perform." 21 Such glaring ambiguities would continue to inhibit effective government in the territories for the next fifty years. Church State Relations Despite efforts by radical Liberals, the Constitutional Reform of 1936 did not…p. 52
15Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 115, 1622 citas
[20]cordato de 1887: “En las universidades y en los colegios, en las escuelas y en los demás centros de enseñanza, la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la Religión Católica” (tomado de José David Cortés Guerrero, “Regeneración, intransigencia y régimen de…p. 162
[28]no entiende de “intelectualidades”— y fue clausurada o cuando menos intervenida por el clero y su censura. La reacción de los liberales contra el “nuevo” gobierno de los conservadores provocó uno de los periodos de más intransigencia, represión y oscurantismo de la historia colombiana, el que va de 1886 a 1903; tres…p. 115
16La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 1501 cita
[22]- cordato con la Santa Sede es aprobado en 1888, que concede a la Iglesia pleno control sobre la educación nacional, total autonomía de gobierno, el fuero eclesiástico antes disputado y ventajas fiscales. Dispone también que se indemnice a la Iglesia del perjuicio por la desamortización de sus bienes, mediante pagos…p. 150
17Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · p. 332, 3452 citas
[23]páginas, dedicada a la industria turística, que circulará mensualmente, bajo la coordinación editorial de Carolina Páez. Su título: 'T U R I S M O “. Colaboran: Juan Jorge Jaeckel y Lisbeth Fog de Pombo. Dirección comercial, Elizabeth de Vergara. Publicidad, Graciela Vergel. Los lunes está entregando un suplemento…p. 332
[26]febrero de 1889 el Dr. Laureano Gómez. Sus padres, don José Laureano - Gómez y doña Dolores Castró. El colegio de San Bartalomé le otorgó el diploma de bachiller en 1904, cinco años después se graduó com o ingeniero en la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad Nacional. En 1909 tres hechos enrutaron la…p. 345
18Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 1071 cita
[24]el se- dico de tendencia li- Alejandro Galvis Galvis. manario Voz (inicial- beral y fuertemente dl TU ou mente Voz de la De- atacado por la Iglesia mocracía y luego Voz católica en tiempos de la Violencia política, al Proletaria); sin embargo han existido diferen- punto de que en 1949 los obispos de Santan- tes…p. 107
19Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 2151 cita
[25]luego trasladado a Bogotá, ciudad desde la que se hizo un periódico liberal de circulación nacional. El Tiempo, fundado en Bogotá en 1911, es hoy el diario de mayor circulación en el país y el de más influencia en la opinión pública, con una orientación abiertamente liberal. El Siglo, ahora conocido como El Nuevo…p. 215
20Colombia: The Politics of Reforming the StateEduardo Posada-Carbó (editor) · 1998 · p. 1511 cita
[27]period show a decline in enrolments, and the central governments neglected public education almost totally to the point that, in some years, it included no item for education in the na- tional budget. 8 The education reform of President Eustorgio Sal gar proposed compulsory elementary schooling, neutrality in…p. 151
21Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · p. 531 cita
[29]Jaramillo Uribe has called “the polemic of the textbooks.” 27 Conservatives like Miguel Antonio Caro, writing in the party newspaper El Tradicionalista, complained that the state was confusing its obligation to educate with the Church’s right to indoc- trinate. It was clear to Caro and his copartisans that the state,…p. 53
22Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 381 cita
[30]su proclividad sectaria, parecían funcionar como si fuesen identidades étnicas. No en vano el mote "chulativa”, con que los grupos libérales desig naban las fuerzas de policía durante la primera ola de la Violencia', ese era el nombre de una vereda conservadora del municipio boyacense de Boavita que desde 1837 había…p. 38
23Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en ColombiaAlejandro Castillejo-Cuéllar · 2022 · p. 3591 cita
[31]pues les tocó abandonar. Esa era la orden de los misioneros. Nadie podía contradecir. Muchas familias permanecen donde los curas impusieron. Acabaron con nuestra cultura, tanto los evangélicos como los católicos. Según ellos, nosotros éramos demonios, salvajes, así como la Constitución nos trataba en una época como…p. 359