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Biografía

Miguel Ángel Builes

La Violencia

1888–1971

17 min de lectura22 documentos
Nacimiento1888, Don Matías, Antioquia
Fallecimiento1971
RolesObispo de Santa Rosa de Osos (1924–1971) · Fundador de congregaciones misioneras
Lugar principalColombia
Período históricoLa Violencia1946–1957
03

La biografía

Miguel Ángel Builes Gómez (Don Matías, Antioquia, 1888 – 1971) fue obispo de Santa Rosa de Osos durante más de medio siglo y la voz eclesiástica más militantemente antiliberal de la Colombia del siglo XX. Fundador de tres congregaciones misioneras que todavía existen, autor de un corpus voluminoso de cartas pastorales publicado por Editorial Bedout, hombre de púlpito antes que de escritorio teológico, Builes encarnó como ningún otro prelado la fusión entre catolicismo antioqueño, conservatismo doctrinario y anticomunismo cerrado que caracterizó a un sector amplio de la Iglesia colombiana entre los años veinte y los cincuenta. Su nombre resulta ineludible en cualquier discusión honesta sobre la responsabilidad eclesial en La Violencia: no porque él la iniciara ni porque puedan cargársele sus muertos, sino porque desde una diócesis del norte antioqueño ofreció durante décadas la gramática moral que permitió a muchos católicos entender el conflicto bipartidista como cruzada.

02

Línea de vida

  1. 1924

    Nombramiento como obispo de Santa Rosa de Osos

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    Asume la sede episcopal de Santa Rosa de Osos, diócesis situada a unos setenta kilómetros al norte de Medellín, cargo que ejercerá durante casi cincuenta años atravesando la República Liberal, La Violencia, la dictadura de Rojas Pinilla y el Frente Nacional.

  2. 1927

    Carta pastoral sobre la vestimenta femenina

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    Emite una carta pastoral en la que advierte que las mujeres que se vistan de manera provocativa o indecorosa tendrán un fin infernal, y condena especialmente a quienes se visten como hombres o montan a caballo a horcajadas, calificándolo como pecado contra la costumbre, la naturaleza y Dios. La pastoral lo instala como el prelado que dice en voz alta lo que otros prefieren callar.

  3. 1930

    Resistencia al nuevo clima político tras la caída de la hegemonía conservadora

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    Mientras sectores episcopales más pragmáticos moderan el discurso antiliberal ante la llegada de la República Liberal, Builes mantiene el tono de combate y rechaza la tesis de que 'el liberalismo ya no es pecado', consolidando su posición como el ala más intransigente del episcopado colombiano.

  4. 1948

    La Violencia: sacralización del conflicto y denuncia de los guardianes del orden

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    Tras el Bogotazo y el desencadenamiento de la violencia bipartidista, Builes contribuye con su retórica antiliberal a sacralizar el conflicto. Sin embargo, en sus cartas pastorales también denuncia masacres y asesinatos en los Santanderes, Boyacá y Antioquia, señalando que muchas muertes fueron causadas por 'las armas que llevaban en sus manos los guardianes del orden', quienes debían defender las fronteras patrias y no asesinar ciudadanos.

  5. 1958

    Publicación del Tomo I de sus Cartas Pastorales

    Leer contexto

    El primer tomo de sus cartas pastorales es publicado en Medellín por Editorial Bedout, consolidando su corpus doctrinal como manual de referencia para el clero simpatizante y testimonio duradero de su combate ideológico contra el liberalismo y el comunismo.

  6. 1971

    Muerte y legado institucional

    Leer contexto

    Fallece dejando tres congregaciones misioneras vivas —los Misioneros Javerianos de Yarumal, las Hermanas Misioneras de Santa Teresita y las Hermanas Contemplativas Misioneras— y un Instituto Misionero de Antropología que lleva su nombre, el cual décadas después formaría a agentes pastorales vinculados a procesos de titulación colectiva de comunidades negras del Pacífico bajo la Ley 70 de 1993.

Un obispo del norte antioqueño

Builes fue obispo de Santa Rosa de Osos entre 1924 y 1971, casi cinco décadas al frente de una diócesis situada a unos setenta kilómetros al norte de Medellín, en la geografía áspera del altiplano frío antioqueño. La sede era modesta en tamaño y población, pero disponía de un capital eclesiástico desproporcionado: Antioquia, y su capital Medellín, contaban con un número de sacerdotes, religiosos y religiosas alto para los estándares colombianos, aunque no tanto en comparación internacional, y de esa densidad clerical Santa Rosa era uno de los nodos más productivos. De allí saldrían, gracias al empuje del propio Builes, misioneros para Urabá, para el Chocó, para el Vaupés y para tierras más lejanas.

Su figura importa por tres razones que se refuerzan entre sí. Primero, por la duración: gobernó su diócesis casi cincuenta años, atravesando la República Liberal, La Violencia, la dictadura de Rojas Pinilla, el Frente Nacional y los primeros años del Concilio Vaticano II. Segundo, por la palabra: sus cartas pastorales, difundidas más allá de su jurisdicción, se convirtieron en pieza obligada del combate ideológico contra el liberalismo y el comunismo, y llegaron a la imprenta en varios tomos —el primero apareció en Medellín, bajo el sello de Bedout, en 1958— que circularon como manual doctrinal para el clero simpatizante. Tercero, por la institución: dejó tres congregaciones misioneras vivas —los Misioneros Javerianos de Yarumal, las Hermanas Misioneras de Santa Teresita y las Hermanas Contemplativas Misioneras—, además de un Instituto Misionero de Antropología que lleva su nombre y que, décadas después de su muerte, formaría a agentes pastorales vinculados incluso a los procesos de titulación colectiva de comunidades negras del Pacífico bajo la Ley 70 de 1993. Builes es al mismo tiempo símbolo del clericalismo beligerante del país conservador y matriz institucional de una acción misionera que sobrevive con contenidos muy distintos.

Esa doble condición explica por qué su figura ha resistido tan mal el examen crítico. La biografía canónica, El obispo Builes de Jaime Sanín Echeverri, es más hagiografía que biografía: útil por los datos fácticos, casi inservible como interpretación, y participa del mismo patrón acrítico aplicado a otros prelados colombianos como Perdomo, Luque, Concha o Muñoz Duque. Del otro lado, la investigación crítica de largo aliento sobre Builes es escasa. El resultado es una figura muy visible en la memoria del conflicto colombiano y, a la vez, sorprendentemente subestudiada.

Origen antioqueño y ascenso episcopal

Builes nació en Don Matías en 1888, un municipio del norte de Antioquia, una zona de vocaciones tempranas y economía de arriería y minería menor donde la parroquia era el centro real de la vida pública. Se formó dentro de un clero regional cuya visión del mundo estaba forjada por el aislamiento físico —anterior a la aviación comercial— y por una mentalidad proteccionista, conservadora y fanáticamente patriótica que dificultaba la penetración de ideas externas. Los seminarios antioqueños de fines del siglo XIX y comienzos del XX formaban a sus alumnos en latín, filosofía tomista y teología moral defensiva, con un catálogo de errores modernos que había que combatir y una identificación casi automática entre la fidelidad al credo y la fidelidad al Partido Conservador. Ese contexto no es decorado: la retórica antiliberal más intensa de Colombia provino en gran parte de Antioquia, y muy especialmente de Medellín y su periferia clerical, donde el conservatismo religioso y el conservatismo político se sostenían mutuamente sin fisuras aparentes.

La industrialización antioqueña, que en otras latitudes habría podido erosionar la ortodoxia, aquí operó al revés: consolidó una moral pública decimonónica y produjo obispos que, en lugar de negociar con la modernidad, se erigieron en defensores del orden y de la moralidad frente al liberalismo, el materialismo y, cuando el vocabulario internacional lo hizo disponible, frente al comunismo. Las fábricas textiles de Bello y Medellín, los talleres, las primeras urbanizaciones obreras: todo eso llegó envuelto en una pastoral que mezclaba disciplina laboral, familia patriarcal, devociones marianas y desconfianza cerrada hacia cualquier ideología que pretendiera pensar la sociedad al margen de la Iglesia. Builes fue producto puro de ese ecosistema. Cuando llegó a la sede de Santa Rosa de Osos en 1924, con treinta y seis años, no traía consigo una teología excéntrica: traía en versión concentrada las convicciones medias del clero antioqueño de su tiempo, y las expresaría con una franqueza y una perseverancia que otros preferían modular.

El primer episodio que lo instaló en la conversación nacional fue una carta pastoral de 1927 sobre la vestimenta femenina. En ella advertía a las mujeres que se vistieran de manera provocativa o indecorosa que su destino sería el infierno, y condenaba con particular dureza a quienes se vestían como hombres o montaban a caballo a horcajadas, práctica que calificaba como pecado contra la costumbre, contra la naturaleza y contra Dios. La pastoral se anticipaba en tres años a la directiva vaticana de 1930 sobre la modestia femenina —dirigida a todos los obispos del mundo— y colocó a Builes, desde temprano, en el papel que cultivaría el resto de su vida: el del prelado que dice en voz alta lo que otros piensan y prefieren callar. La reacción a esa pastoral, mezcla de escándalo urbano y adhesión ferviente en el campo, le enseñó pronto que la exageración pública tenía réditos: fijaba una identidad, distinguía a los propios de los ajenos y convertía la diócesis del norte antioqueño en una voz que Bogotá tenía que oír aunque no quisiera.

La retórica antiliberal y el clima de los años treinta

La caída de la hegemonía conservadora en 1930 y la instalación de la República Liberal cambiaron el terreno bajo los pies de la Iglesia. Los sectores episcopales más pragmáticos empezaron a modular el discurso, a buscar convivencia y a aceptar en la práctica que ya no era políticamente sostenible seguir declarando desde el púlpito que ser liberal era pecado mortal. Builes representó exactamente la posición contraria. Suyas —o del entorno pastoral en el que se movía— son las palabras que reconocen con desagrado que "se viene diciendo que el liberalismo ya no es pecado y los prelados han callado al respecto", frase que registra con claridad la conciencia del nuevo clima y el rechazo a plegarse a él.

En sus cartas pastorales de los años treinta y cuarenta, Builes convirtió el púlpito en tribuna sostenida contra el liberalismo, contra el comunismo, contra la escuela laica, contra el matrimonio civil, contra el divorcio, contra la libertad de cultos y contra la separación de la Iglesia y el Estado —el conjunto de "errores modernos" que la Iglesia colombiana, todavía en 1955, seguiría considerando incompatibles con la fe católica. Esa lista no era invención suya: era el catálogo antiliberal decimonónico heredado del Syllabus de Pío IX, actualizado con el anticomunismo entreguerras. Pero Builes lo repitió, lo desarrolló y lo aplicó al caso colombiano con una constancia que pocos igualaron.

Precisemos el punto. La alianza entre Iglesia y Partido Conservador no era invención de Builes ni novedad de los años treinta: era estructura pública del país desde la Constitución de 1886 y estaba tan asentada que en las elecciones de octubre de 1921 en Bogotá el clero votó 165 sufragios por los conservadores y ninguno por los liberales. La candidatura presidencial conservadora de 1930 requirió, incluso, la aprobación del arzobispo de Bogotá. Builes actuaba dentro de esa alianza; no la fundó, la profundizó. Su originalidad consistió en negarse a suavizarla cuando el resto del episcopado empezó a hacerlo, y en mantener durante los años treinta y cuarenta un tono de combate que preparaba el ánimo católico para lo que vino después.

La Violencia: sacralización y denuncia

El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948 y el desencadenamiento sistemático de la violencia bipartidista encontraron a la Iglesia colombiana en una posición ya definida. Sectores importantes del episcopado apoyaron la persecución contra los liberales y vieron con buenos ojos el ascenso y la acción de Laureano Gómez. Algunos sacerdotes y obispos convirtieron el púlpito en tribuna contra el liberalismo y el comunismo y contribuyeron a la siembra del odio en los años previos y durante la propia Violencia. Builes fue el más visible entre ellos.

La lógica del conflicto —que combinaba un nivel partidista, con masacres en distritos de empate o mayoría liberal, y un nivel clasista, con represión de organizaciones populares y sindicales— encajaba sin costuras en la retórica que Builes había cultivado durante veinte años. Laureano Gómez, desde una circular fechada el 6 de julio de 1942, ya había equiparado liberalismo con comunismo y había acusado al gobierno liberal y a la masonería de manipular a la jerarquía eclesiástica; la "reconquista" total del poder que propuso incluía entre sus enemigos no solo al liberalismo político, sino a los movimientos campesinos y sindicales surgidos en los años treinta. En el Valle del Cauca, la violencia conservadora —con participación de la Policía y de los pájaros— buscaba aterrorizar no solo a los liberales, sino a todo lo que los dirigentes conservadores consideraban contrario al orden, las instituciones, la nación y la Iglesia. Ese "todo lo contrario a la Iglesia" tenía en las pastorales de Builes uno de sus definidores más autorizados.

El peso del departamento donde Builes ejercía se mide en cifras crudas: las estadísticas oficiales del período registran en Antioquia entre 22.210 y 25.125 muertes totales anuales, con las clasificadas como homicidios y muertes violentas creciendo de manera acentuada entre 1948 y 1951. Sobre ese fondo de sangre trabajaba la diócesis de Santa Rosa de Osos, y la sombra política del norte antioqueño se proyectaba con fuerza sobre la vida pública del país.

Y sin embargo hay una arista que ningún retrato honesto puede eludir. Builes también denunció, desde sus propias cartas pastorales, las masacres y los asesinatos cometidos en los Santanderes, en Boyacá, en Antioquia y en toda la república. No se limitó a lamentarlos en general: escribió con nombre propio que muchas muertes habían sido causadas por "las armas que llevaban en sus manos los guardianes del orden", quienes —dijo— debían defender las fronteras patrias y no asesinar ciudadanos. La frase, en la pluma de un obispo declaradamente antiliberal, señalaba a la Policía y a las fuerzas del Estado conservador como responsables directos de crímenes contra la población. No era una autocrítica del proyecto anticomunista, ni una revisión de su antiliberalismo; era la voz de un pastor incómodo con los métodos, no con la causa. Era, también, una denuncia que muchos de sus colegas no se atrevieron a formular con esa claridad.

Durante décadas había preparado el ánimo católico para leer el conflicto como enfrentamiento entre la fe y sus enemigos. Cuando vio la carnicería concreta, señaló con el dedo a los guardianes conservadores del orden y les recordó que su tarea no era matar. No es una redención: es una tensión interna. El proyecto de sacralización de la política tenía, incluso en sus arquitectos más comprometidos, un límite pastoral que la propia violencia terminaba desbordando.

La coexistencia, durante La Violencia, de iconoclastia y profanación de templos con una religiosidad popular intensa —combatientes que portaban medallas y escapularios, que pedían la presencia de sacerdotes en el frente— es el mejor recordatorio de que la gramática católica del conflicto no era propiedad exclusiva de nadie. Builes contribuyó a instalarla; no la controlaba.

Builes frente a Rojas Pinilla

El golpe militar de junio de 1953, que llevó a Gustavo Rojas Pinilla al poder, fue organizado por el ospinismo cafetero y apoyado inicialmente por el liberalismo, que veía en el general un mal menor frente al gobierno de Laureano Gómez. Para la Iglesia colombiana —y para Builes en particular— la aritmética política era complicada. Rojas invocó desde el comienzo la doctrina social y religiosa católica para inspirar unidad nacional, y buscó legitimarse a través del vocabulario del cristianismo social. Pero el laureanismo, el sector con el que Builes mantenía las afinidades más profundas, fue desde el primer momento la única fracción conservadora en oposición al régimen.

El divorcio entre Rojas y los partidos tradicionales se fue ampliando con rapidez. En 1955 los alzatistas se separaron del gobierno; a mediados de 1956 los ospinistas empezaron a pasar a la oposición; para fines de ese año Rojas ya no tenía apoyo de las jerarquías liberal ni conservadora, aunque seguía gobernando con un equipo conservador y un puñado de liberales gaitanistas. El 24 de julio de 1956, en Benidorm, Alberto Lleras Camargo —director del liberalismo y opositor central del régimen desde su regreso a Bogotá a fines de 1954— y Laureano Gómez firmaron el acuerdo que planteaba el regreso a la normalidad jurídica y sentaba las bases de la salida negociada del militar.

Builes se ubicó en esa oposición eclesiástica al régimen. La razón de fondo no era una discrepancia doctrinal —Rojas hablaba el idioma del catolicismo social—, sino la incompatibilidad estructural entre el proyecto populista del general y la matriz política del obispo. Cuando Rojas intentó afirmarse en un proyecto populista de corto alcance, inclinado hacia la derecha, y buscó vincular los intereses laborales y militares contra las fuerzas políticas tradicionales, chocó frontalmente con la alianza histórica entre Iglesia y Partido Conservador que Builes representaba en estado puro. La maniobra de reorganizar la Asamblea Constituyente para hacerse reelegir hasta 1962 terminó de aislarlo. Para 1957, la oposición al régimen abarcaba a gremios empresariales, periodistas, intelectuales y a los jefes de los dos partidos tradicionales.

La posición de Builes frente a Rojas ilumina algo esencial de su figura. No era un simple apéndice del Estado conservador: era un actor con criterios propios dentro de un campo político determinado. Podía apoyar la persecución a los liberales bajo Gómez y podía retirarle el sustento moral a un militar que, invocando también a la Iglesia, amenazaba la arquitectura política que él consideraba natural. Su lealtad no era al gobierno de turno, sino al orden bipartidista con hegemonía conservadora y con la Iglesia como pilar reconocido. Todo lo que amenazara ese orden —el liberalismo doctrinario, el comunismo, el populismo militar— caía bajo su fuego.

La obra misional: fundaciones que sobrevivieron al fundador

Al margen —y en paralelo— del combate político, Builes dedicó buena parte de su energía episcopal a construir una infraestructura misionera. La fundación en 1927 de la Congregación de Misioneros Javerianos de Yarumal, dedicada a las misiones entre poblaciones indígenas y afrodescendientes del territorio colombiano, fue su proyecto institucional más duradero. A ella siguieron las Hermanas Misioneras de Santa Teresita y las Hermanas Contemplativas Misioneras, en un esfuerzo por dotar a la Iglesia colombiana de brazos propios para llegar a los territorios donde el clero secular no penetraba: Urabá, el Chocó, el Vaupés, las selvas del sur.

Este Builes misionero convive con el Builes pastoralista político de una manera que no siempre se ha entendido bien. No hay contradicción entre ambos: el proyecto misional era también una operación de expansión de la cristiandad concebida en los mismos términos militantes que las cartas pastorales. Se trataba de ganar territorios y almas para una determinada forma de catolicismo. Pero el aparato institucional que dejó ese proyecto tenía una lógica propia que sobreviviría al fundador y, con el tiempo, produciría resultados que Builes probablemente no habría reconocido.

El Instituto Misionero de Antropología que lleva su nombre es el caso más notable de esa deriva. Nacido dentro del ecosistema formativo de las congregaciones builistas, terminó formando en las últimas décadas del siglo XX a agentes pastorales con herramientas antropológicas serias, algunos de los cuales se vincularon a los procesos de titulación colectiva de comunidades negras del Pacífico colombiano tras la Ley 70 de 1993. Que una institución nacida del universo builista participara en la etnización de las comunidades negras, junto a otras tendencias pastorales y a corrientes académicas más laicas, es una de las paradojas más elocuentes del legado. Builes construyó los canales; el agua que corrió por ellos, décadas después, tuvo otro sabor.

La red: Antioquia, el laureanismo, la jerarquía nacional

La figura de Builes no se explica sin el mapa de sus vínculos. Su Antioquia natal —conservadora, fanáticamente patriótica, aislada, densamente clerical— le dio el sustrato ideológico y humano. Medellín, capital del departamento y de esa mentalidad, funcionaba como el gran altavoz de la retórica antiliberal, y Santa Rosa de Osos, aunque sede modesta, estaba dentro de esa órbita. Sus fieles, sus seminaristas, sus misioneros venían de un ecosistema donde catolicismo y conservatismo se confundían casi sin resto. La red parroquial del norte antioqueño alimentaba de vocaciones a los seminarios, y los seminarios devolvían a las parroquias sacerdotes formados en el mismo temple. Ese circuito cerrado, sostenido durante generaciones, es lo que hizo posible que una diócesis de tamaño medio pudiera producir un flujo constante de misioneros y sostener al mismo tiempo una publicación pastoral de alcance nacional.

En el plano nacional, Builes se movió en el mismo campo que Laureano Gómez, aunque no como su instrumento. La equivalencia gomista entre liberalismo y comunismo, la circular de julio de 1942 contra la manipulación masónica de la jerarquía, la idea de la "reconquista" total del poder conservador: todo eso resonaba con el vocabulario que el obispo venía usando desde antes. Pero Builes tenía autoridad propia y territorio propio, y cuando denunció desde sus pastorales las armas de los guardianes del orden, estaba señalando implícitamente al aparato represivo que respondía, en última instancia, al proyecto laureanista. La afinidad no era subordinación; era coincidencia estratégica entre dos figuras que compartían diagnóstico y se necesitaban mutuamente sin depender la una de la otra.

Con el resto de la jerarquía nacional, la relación de Builes fue de tensión más que de subordinación. Cardenales y arzobispos que buscaban modular el tono frente al liberalismo durante la República Liberal encontraban en él una voz que se resistía al ajuste. Ya en los años sesenta, la aparición de La Violencia en Colombia —la investigación pionera de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, publicada en dos tomos entre 1962 y 1964— provocó una reacción convergente de El Siglo y del cardenal arzobispo de Bogotá, que cuestionaron tanto su contenido como su falta de autorización eclesiástica, prueba de que las tensiones sobre cómo debía leerse el papel de la Iglesia en La Violencia seguían vivas.

En el plano de las ideas, Builes se inscribe en una genealogía larga: el antiliberalismo católico de Pío IX, la doctrina social de León XIII leída en clave defensiva, el anticomunismo entreguerras de Pío XI, todo filtrado por la lectura antioqueña que hacía del liberalismo colombiano una amenaza existencial. Todavía en 1955, la Iglesia colombiana en pleno consideraba que el liberalismo estaba condenado por defender la libertad absoluta de enseñanza, la escuela laica, el matrimonio civil, el divorcio, la libertad de cultos y la separación de Iglesia y Estado. Builes no era un excéntrico en esa lista de rechazos: era el que los enunciaba con menos rodeos.

La huella

Builes murió en 1971, ya bajo el Frente Nacional y en un país donde el Concilio Vaticano II había empezado a rehacer los términos de la relación entre Iglesia y política. Sobrevivió a Laureano Gómez —muerto en 1965— y alcanzó a ver los inicios de la Iglesia de la liberación en América Latina, corriente con la que su propio universo teológico y político tenía poco en común. Sus tres congregaciones misioneras siguieron activas; sus cartas pastorales aparecieron en volúmenes que Editorial Bedout puso en circulación desde 1958.

En la memoria pública colombiana ocupa un lugar incómodo. Para el catolicismo tradicionalista antioqueño sigue siendo una figura venerable, un pastor firme en tiempos difíciles, fundador de obra misionera duradera. Para la memoria liberal y para la lectura crítica de La Violencia es uno de los rostros más nítidos del clericalismo beligerante que legitimó la persecución. Ambas lecturas capturan algo real. La primera desconoce el papel político del obispo en la preparación del ánimo de guerra; la segunda tiende a olvidar la denuncia pastoral de las masacres cometidas por el Estado conservador.

Situarlo en su lugar exige devolverle su condición de actor dentro de estructuras mayores. Varias condiciones lo hicieron posible: el fanatismo antioqueño y el aislamiento físico previo a la aviación comercial; la densidad clerical del departamento; la alianza pública entre Iglesia y Partido Conservador desde 1886; la equivalencia entre liberalismo y comunismo consolidada por Laureano Gómez; y esa moral pública decimonónica que la industrialización antioqueña, lejos de erosionar, terminó reforzando. Sin ese entramado no habría existido Builes. Pero él no fue solo su resultado pasivo. Eligió durante cinco décadas mantener el tono cuando otros lo modulaban, escribir cuando otros callaban, señalar con el dedo cuando otros preferían generalidades. Esa agencia sostenida, dentro de una estructura que la habilitaba, explica por qué la Iglesia colombiana quedó marcada, medio siglo después del final de La Violencia, como actor beligerante del conflicto.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

22 documentos · 30 fragmentos
01De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Páginas 37, 862 citas
[1]

Eduardo Ospina por Francisco Miranda Ribadencira (Eduardo Ospina S. J.: humanista colombiano, /89/-/965), o la que Jaime Sanín Echeverri escribió sobre mon eñor Miguel Ángel Builes (El obispo Builes), son, en realidad, más hagiografía que biografía, y son útiles apenas en cuanto a datos fácticos. Esto también se…

p. 37
[7]

entre Iglesia y Estado: un Estado liberal, en 1938. El rencor, la hostilidad y la mentalidad de asedio son carac- teríst icas notablemente ausentes en esta carta pastoral. Como tema para ser aborda- do por un arzobispo, la educación era un territorio seguro y no amenazante; la carta tenía, por supuesto, ramificaciones…

p. 86
02De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Páginas 69, 862 citas
[2]

se le permite al clero que participe en esta cia. e de política, sino que es de su estricta obli- gación el hacerlo/? Aquí, pues. vemos el argumento no ólo contra el liberalismo (nada nuevo se ofrece realmente en este año), sino también el argumento para involucrarse en la políti- ca: el arzobispo definió la política…

p. 69
[8]

un Estado liberal, en 1938. El rencor, la hostilidad y la mentalidad de asedio son carac- teríst icas notablemente ausentes en esta carta pastoral. Como tema para ser aborda- do por un arzobispo, la educación era un territorio seguro y no amenazante; la carta tenía, por supuesto, ramificaciones políticas indirectas…

p. 86
03Of Beasts and Beauty: Gender, Race, and Identity in ColombiaMichael Edward Stanfield · 2013 · Página 961 cita
[3]

aPParent MOdernity 83 oversee and direct workers’ free time. Ironically, or predictably, these centers of industry experienced stubborn resistance to modern freedom, reinforcing nineteenth-century morality and religion.21 Catholic bishops became stout defenders of order and morality, not only warning of the evils of…

p. 96
04Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850-1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · Página 851 cita
[4]

Concepcionists  c.  Daughters of Wisdom   Discalced Carmelite Misionary Sisters   Terciarias Dominicas de Santa Catalina de Siena   Congregación de las Hermanas Misioneras de Santa Teresita del Niño Jesús   Mothers of the Sacred Heart of Jesus Society The number of priests, monks, and…

p. 85
05Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850–1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · Página 851 cita
[5]

Concepcionists  c.  Daughters of Wisdom   Discalced Carmelite Misionary Sisters   Terciarias Dominicas de Santa Catalina de Siena   Congregación de las Hermanas Misioneras de Santa Teresita del Niño Jesús   Mothers of the Sacred Heart of Jesus Society The number of priests, monks, and…

p. 85
06Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1181 cita
[6]

educación y la participación política, e incluso censuró y controló su forma d e vestir, entre muchos otros aspectos: «Si por aquella época monseñor Builes lanzó una pastoral contra la moda, condenando el uso de pantalones para la mujer [...], también es cierto que, en plena República Liberal, en Medellín, las…

p. 118
07No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 491 cita
[9]

ideología de ultraderecha tenía audiencia y el anticomunismo, arraigo. Si bien en Bogotá los partidos mantenían las formas, en medio de una gran polarización política, en las regiones los episodios de violencia pasaron de ser esporádicos a reiterados. Probablemente uno de los episodios que marcaron el regreso de la…

p. 49
08La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · Página 1501 cita
[10]

y catolicismo integral en Colombia. La reforma religiosa de López Pumarejo” en Historia crítica. N. 19, enero-junio 2000. pp- 68-106. http://www.lablaa.org/blaa- virtual/letra-r/rhcritica/arias2.htm#_ftn14 235 Conferencias Episcopales de Colombia, t. I (1908-1953), Bogotá, Secretariado Permanente del Epis- copado,…

p. 150
09La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social - Tomo IIGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 2019 · Página 5611 cita
[11]

porque saben que no serán vengados los delitos, antes bien se premiará casi siempre a los delincuentes. Allí están las montañas de cadáveres de los Santanderes, Boyacá, Antioquia y de toda la república que cayeron asesinados por las armas que llevaban en sus manos los guardianes del orden y que debían servir para…

p. 561
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2351 cita
[12]

Las autori- dades civiles y policiales se hallaban parcializadas, la Iglesia apoyaba la persecución contra los libera- les y veía con buenos ojos el accionar de Laurea- no Gómez. Actitudes intransigentes que sirvieron para que los miembros del partido liberal se alia- ran en torno a Gaitán para fortalecer a la…

p. 235
11Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 921 cita
[13]

que se manifestaban en sus simpatías por el Partido Liberal, el cual, en ocasiones, había mostrado cierto interés por la libertad religiosa. En medio del fragor de la Violencia, del Estado, Bogotá, Cinep, 2003, pp. 17-46. Varios trabajos del sociólogo Alfredo Molano abordan el tema de la Violencia a partir de los…

p. 92
12Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Antioquia, sur de Córdoba y Bajo Atrato chocoanoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 471 cita
[14]

veces asumió la violencia, justificada en «la necesidad de moralidad y control» 67. Uno de los epicentros de la Violencia bipartidista en Antioquia fue el municipio de Urrao, ubicado entre el Suroeste y el Occidente antioqueños y en límites con el Chocó. Allí se conformaron las guerrillas de Pabón, comandadas por el…

p. 47
13La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · Página 2731 cita
[15]

neo- presbítero. Jaime Castillo, destrozado en San Juan de Urabá el 30 de julio de 1950; y al anciano padre Teodoro Sánchez en la Tolda, municipio de Roncesvalles, Tolima. En algunos sitios esas mismas gentes salvaron las imágenes, pero en otros, profanaron templos y capillas y aun cometieron sacrilegios como el de…

p. 273
14Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Páginas 353, 3964 citas
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dominantes. En verdad, el golpe militar de junio de 1953 fue organizado por el ospinis- mo cafetero y apoyado por el liberalismo. La autonomía del ré- gimen militar fue relativa en sus comienzos, cuando las decisio- nes económicas y sociales estuvieron en manos de los políticos y ejecutivos de la burguesía…

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dominantes. En verdad, el golpe militar de junio de 1953 fue organizado por el ospinis- mo cafetero y apoyado por el liberalismo. La autonomía del ré- gimen militar fue relativa en sus comienzos, cuando las decisio- nes económicas y sociales estuvieron en manos de los políticos y ejecutivos de la burguesía…

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México, Siglo Vein- tiuno Editores, 1980, pp. 216 y ss. 360 ECONOMÍA Y NACIÓN ción en la cúpula del poder, Laureano Gómez rechaza con más fuerza todavía la corrupción electoral, por la cual se explica la mayoría liberal en el país. Al confundir al liberalismo y al co- munismo, Laureano Gómez busca el camino para la…

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México, Siglo Vein- tiuno Editores, 1980, pp. 216 y ss. 360 ECONOMÍA Y NACIÓN ción en la cúpula del poder, Laureano Gómez rechaza con más fuerza todavía la corrupción electoral, por la cual se explica la mayoría liberal en el país. Al confundir al liberalismo y al co- munismo, Laureano Gómez busca el camino para la…

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15Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 1811 cita
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decisión de Rojas de conformar y consolidar una alternativa a los partidos tradicionales lo acompañaría hasta la tumba. A tres años de iniciado su gobierno, el divorcio con las jerarquías liberal y conservadora era total. C AÍDA DE R OJAS, F RENTE N ACIONAL, VIOLENCIA Y BANDOLERISMO Al frente de la oposición al…

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16Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Páginas 227, 2302 citas
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la resistencia al gobierno militar, con el apoyo del Partido Liberal. En el conservatis- mo, el laureanismo hab í a sido el ú nico grupo de oposici ó n inicial. Para 1955 muchos alzatistas se hab í an separado del gobierno y a mediados de 1956 los ospinistas comenzaron a pasar a la oposici ó n, de modo que para fines…

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n. La anac, en la que hab í a una minor í a opositora fuerte, se reu ni ó en marzo de 1957 y busc ó dar todo el poder al rojismo. Para ello decret ó su disoluci ó n y su reemplazo por una nueva Asamblea Constituyente, de 90 miembros, la tercera parte de ellos nombrados por el presidente y los otros 60 por juntas…

p. 230
17Colombia and the United States: The Making of an Inter-American Alliance, 1939–1960Bradley Lynn Coleman · 2008 · Páginas 173, 2582 citas
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Rojas invoked Catholic religious and social doctrine to inspire unity. Honoring the legacy of Simón Bolívar, the military government also extolled the ideas of “loyalty, honesty, modesty, strength, and moderation.”31 Together, these virtues would help Colombia move beyond la Violencia, toward some higher, albeit…

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sum, the rigid hierarchy of the Catholic Church supported the political and social stratification of the state. For treatment of the Church in Colombia, see Levine, Reli- gion and Politics in Latin America. notes to pages 64–67 235 118. “Persecution in Colombia,” 29 Nov. 1949, 821.00/11–2049, Box 5243, Department of…

p. 258
18Etnización de la negridad: La invención de las 'comunidades negras' como grupo étnico en ColombiaEduardo Restrepo · 2013 · Páginas 131, 1392 citas
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información necesaria para las propuestas de titulación dada su formación antropológica en el Instituto Misionero de Antropología Miguel Ángel Builes: “Cuando salió la Ley 70, monseñor como sabía que a mí me gustaba mucho la carreta, me consiguió la propuesta de ley. Y ya cuando vine, yo llegué a aquí a El Charco, me…

p. 139
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los pobladores negros del Pacífico. No obstante, cómo se articulaba lo cultural desde las perspectivas folcloristas y la pastoral es bien diferente a como se lo hace desde el proceso de etnización que se viene en los años noventa. 130 E t n i z a c i ó n d e l a n e g r i d a d En términos analíticos y políticos no se…

p. 131
19Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · Página 1101 cita
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y el Estado siguieron colaborando estrechamente. Esta relación fue ilustrada en forma inmejorable por la campaña presidencial de 1930, cuando la candidatura del Partido Conservador dependió de la aprobación del arzobispo de Bogotá. La unidad entre la Iglesia católica y el Partido Conservador siem- pre se hizo pública…

p. 110
20Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Página 3781 cita
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una perse- cución política al estilo decimonónico: esto les permitiría usar otra vez la ban- dera religiosa como instrumento polí- tico. Las dificultades entre Gómez y Per- domo se hicieron aún más visibles a propósito del traslado de monseñor González Arbeláez a Popayán prime- ro y luego a España, de lo cual se trató…

p. 378
21Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Valle y norte del CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 511 cita
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par- tidista, electoral e ideológica, buscando, sobre todo, ejercer presión mediante el terror, no sólo contra liberales, sino contra todo aquello que a los ojos de los dirigentes conservadores, estaba en contra del orden, las instituciones, la nación y la Iglesia». Betancourt y García, Matones y Cuadrilleros. Origen…

p. 51
22Forgotten Peace: Reform, Violence, and the Making of Contemporary ColombiaRobert A. Karl · 2017 · Página 2841 cita
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Guzmán. Following on González’s insider recognition that Monsignor Guzmán had not obtained ecclesiastical permission to publish the book (a matter distinct from his authorized transfer from Tolima to Bogotá), El Siglo ventured that La violencia en Colombia ’s positive coverage of a “child bandit” (fi gure 2) and…

p. 284