Guillermo Valencia
Poeta parnasiano y político conservador payanés (1873-1943), Guillermo Valencia Castillo fue durante cuatro décadas una de las figuras más reconocidas del sistema letrado colombiano: candidato presidencial derrotado en 1918 y 1930, su trayectoria condensa la paradoja del letrado que se legitimaba por el verso latino y la cita griega sin llegar jamás a gobernar.
- 1873Nacimiento en Popayán — Nació en Popayán, capital del Cauca, en el seno de una familia acomodada heredera de la élite terrateniente y señorial que había dominado la región desde el siglo XVIII. Se formó en la atmósfera erudita que la ciudad prodigaba a sus hijos ilustres, con acceso al latín eclesiástico, la retórica forense y la cultura literaria europea.
- 1896Inserción en el modernismo hispanoamericano — Su generación literaria se asomó al modernismo en el momento en que Rubén Darío reordenaba la sensibilidad poética del continente y José Asunción Silva moría dejando su obra inconclusa. Valencia se inscribió en la corriente por su vertiente parnasiana, cultivando el verso pulido, la referencia clásica y la traducción de simbolistas franceses como Baudelaire y Verlaine.
- 1918Primera candidatura presidencial derrotada — Fue el candidato opositor a Marco Fidel Suárez, quien resultó elegido para el período 1918-1922. Recibió el apoyo de los liberales Benjamín Herrera y Alfonso López Pumarejo, los republicanos Eduardo Santos y Luis Eduardo Nieto Caballero, y un sector conservador denominado 'históricos', conformando una coalición transpartidista que no logró vencer a la maquinaria eclesiástico-conservadora.
- 1922Ausencia de la contienda presidencial — En las elecciones de 1922, el general Alfredo Vásquez Cobo renunció a su precandidatura para adherirse a la de Pedro Nel Ospina, que enfrentaría a Benjamín Herrera. Valencia no fue el elegido esa vez y su nombre permaneció como reserva del sector histórico del conservatismo.
- 1930Segunda candidatura presidencial y quiebre de la Hegemonía Conservadora — La contienda conservadora se dividió entre el nacionalista Alfredo Vásquez Cobo y el histórico Valencia, partiendo al partido y a la jerarquía eclesiástica. El arzobispo primado Perdomo lo excluyó inicialmente por acusaciones de masonería y terminó favoreciendo a Vásquez Cobo. Enrique Olaya Herrera aprovechó la fractura y puso fin a casi cuarenta y cuatro años de hegemonía conservadora. Laureano Gómez afirmaría que esa división 'determinó la caída del Partido Conservador'.
- 1943Muerte en Popayán — Falleció en 1943 sin haber alcanzado la presidencia. Su huella se prolongó en la figura de su hijo Guillermo León Valencia, quien gobernaría Colombia entre 1962 y 1966, cuando el estilo forense y florido heredado del padre empezaba a chocar con la Colombia de los tecnócratas.
Guillermo Valencia
Poeta y político payanés, Guillermo Valencia Castillo (1873-1943) fue durante cuatro décadas una de las figuras más nítidas del sistema letrado colombiano: parnasiano tardío que tradujo a los simbolistas, orador de resonancia clásica, senador conservador y candidato presidencial derrotado dos veces —en 1918 frente a Marco Fidel Suárez y en 1930 frente a Enrique Olaya Herrera—. Su carrera condensa una paradoja del país entre siglos: la de un letrado cuya autoridad literaria le abrió las puertas del poder político sin dejarlo entrar del todo. Nunca gobernó, pero encarnó al hombre público colombiano que se legitimaba por el verso latino y la cita griega; y su huella se prolongó, ya en clave crepuscular, en la presidencia de su hijo Guillermo León Valencia entre 1962 y 1966, cuando ese mismo estilo forense y florido empezaba a chocar con la Colombia de los tecnócratas.
La semblanza: el letrado señorial
Valencia fue, ante todo, un producto de Popayán, y esa procedencia es indisociable de su figura pública. La ciudad conservaba en el siglo XIX una primacía cultural heredada del régimen colonial: allí se había asentado, desde el XVIII, una élite terrateniente, minera y esclavista que, amparada en su condición de capital de gobernación, había estrechado alianzas matrimoniales con la administración metropolitana y sostenido su boato con la producción minera y el trabajo esclavo de las haciendas. Los sectores pudientes levantaban casas de uno y dos pisos con portadas de piedra y arcadas, aparentando un lujo señorial que no alcanzaba —la fortuna caucana era más modesta que la de México o Lima— pero que bastaba para dar tono a la ciudad. Ese señorío austero enmarcó la infancia y la biblioteca del poeta.
Sobre esa base material se levantaba una tradición humanista tejida en el Seminario Conciliar, del que salieron Camilo Torres, Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Ulloa y Joaquín Mosquera, y prolongada en la Universidad del Cauca, fundada por Francisco de Paula Santander en los albores de la República y considerada, con razón, la principal razón de ser cultural de Popayán. Valencia salió de ese circuito. La imagen del poeta que declamaba en latín, citaba a Homero y traducía a Baudelaire estaba inscrita en la ciudad antes que en el hombre.
Aquella reputación admite matices. El conocimiento humanístico que Valencia exhibía podía adquirirse —lo notaron sus críticos— con crestomatías latinas de seminario y manuales de mitología e historia antiguas: una erudición de segunda mano, filológicamente precaria, más ornamental que renovadora. La equiparación entre humanismo y conservatismo, que en Colombia se dio con particular fuerza y provenía del conflicto hispano entre ciencia moderna y universidad medievalizante, encontró en Valencia una encarnación conveniente. Fue humanista en el sentido en que la Regeneración necesitaba humanistas: como escudo cultural contra la Ilustración, no como continuador crítico de la tradición grecolatina.
Los orígenes: Popayán, la formación y el modernismo
Nacido en Popayán en 1873, Valencia se formó en la atmósfera erudita que la ciudad prodigaba a sus hijos ilustres. Popayán mantenía su primacía frente a otras urbes del sur —Pasto era, por comparación, un centro de frontera— y ofrecía a un joven de familia acomodada acceso simultáneo al latín eclesiástico, a la retórica forense y a la cultura literaria europea que llegaba con retraso pero llegaba. Esa combinación fue el punto de partida.
Su generación se asomó a la literatura en el momento del modernismo hispanoamericano, cuando Rubén Darío había reordenado la sensibilidad poética del continente y José Asunción Silva, muerto por su propia mano en mayo de 1896 a los treinta años, dejaba sobre su escritorio el manuscrito de De sobremesa, esa novela que se leyó como una nota de suicidio extendida, con su protagonista decadente entregado al diario íntimo y a la búsqueda de sensaciones europeas. El país tenía además una tradición previa que preparaba el terreno: Diego Fallon había cantado a la luna en estrofas que oscilaban entre un romanticismo tardío y un naciente parnasianismo, con esa perfección de cuartetos que anunciaba la búsqueda formal.
Valencia se inscribió en la corriente por su vertiente parnasiana: cultivó el verso pulido, la referencia clásica, el objeto poético trabajado como una gema. Practicó también el simbolismo por vía de la traducción, y trasladó al castellano a autores del linaje que en Colombia continuaría Eduardo Castillo, otro traductor de Poe, Baudelaire y Verlaine, cuya obra osciló toda la vida entre la nostalgia del paraíso perdido y la tentación diabólica. El modernismo colombiano dio frutos tardíos: El árbol que canta, de Castillo, y el propio Valencia, prolongaron el movimiento hasta bien entrado el siglo, cuando en 1940 la publicación de Balance y liquidación del novecientos, de Luis Alberto Sánchez, terminaría por certificar el cierre del modernismo latinoamericano y sus últimos estertores decadentes.
Valencia fue así una figura doblemente anacrónica: modernista en un país que llegaba tarde al modernismo, y humanista en un momento en que el humanismo había dejado de ser vanguardia para convertirse en trinchera. Ambas cosas, sin embargo, sumaban capital simbólico. En una república donde el prestigio literario todavía se traducía en autoridad pública, esos dos anacronismos hicieron de él una figura utilizable.
La trayectoria: entre el verso y las urnas
La biografía política de Valencia se organiza alrededor de dos derrotas presidenciales y una larga presencia parlamentaria que las conectó. Antes de esas candidaturas ya circulaba como una de las voces poéticas más reconocidas del país: junto a Julio Flórez y, más tarde, a Porfirio Barba-Jacob, acaparó la atención del público lector durante buena parte de la primera mitad del siglo XX. El poeta precedió al político, y el político nunca se despojó del poeta.
En 1918, Valencia fue el candidato opositor a Marco Fidel Suárez, quien resultó elegido para el período 1918-1922. La composición de su respaldo revela lo que estaba en juego: lo apoyaron los liberales —con figuras como Benjamín Herrera y Alfonso López Pumarejo— y los republicanos —Eduardo Santos y Luis Eduardo Nieto Caballero—, además de un sector del conservatismo denominado históricos. Era, en rigor, una coalición transpartidista contra el candidato oficialista, cuyo gobierno sus opositores tildarían pronto de teocrático y ultramontano por el apoyo irrestricto que recibía de la Iglesia.
El grupo republicano que se sumó a Valencia tenía antecedentes precisos: se remontaba al núcleo bipartidista formado entre 1906 y 1909 en rechazo al autoritarismo de Rafael Reyes y a los privilegios de sus allegados, integrado por conservadores y liberales que buscaban una vía institucional intermedia. Que Valencia atrajera a esa gente —y a liberales de la talla de Herrera y López Pumarejo— indicaba que su conservatismo era percibido como menos ultramontano que el de Suárez: una alternativa civilizada dentro del campo hegemónico. La derrota de 1918 mostró, con todo, que el capital literario no bastaba para vencer a la maquinaria eclesiástico-conservadora en plena forma.
Suárez no terminó su mandato. Su gobierno naufragó entre controversias, en particular las relativas a las relaciones con Estados Unidos y al tratado de indemnización por la pérdida de Panamá, y hubo de dejar el poder antes de tiempo. En 1922, cuando se abrió una nueva contienda, el general Alfredo Vásquez Cobo renunció a su precandidatura para adherirse a la de Pedro Nel Ospina, que enfrentaría a Benjamín Herrera. Valencia no fue el elegido esa vez, y su nombre permaneció como reserva del sector histórico del conservatismo.
La segunda oportunidad llegó en 1929-1930, en circunstancias que resultarían catastróficas para su partido. La contienda conservadora se dividió entre el nacionalista Alfredo Vásquez Cobo y el histórico Guillermo Valencia. Esa división no fue simplemente electoral: partió al conservatismo en dos y, al hacerlo, partió también a la Iglesia. El arzobispo de Medellín y monseñor Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa, se pronunciaron por Valencia; el obispo de Ibagué y el de Cali, por Vásquez Cobo. El arzobispo primado de Bogotá, monseñor Ismael Perdomo, transitó una ambigüedad significativa: había excluido inicialmente a Valencia de la lista de candidatos apoyados porque se decía que era masón, y terminó favoreciendo a Vásquez Cobo, sin que esa inclinación bastara para unificar a la jerarquía.
El resultado fue Olaya Herrera. El liberal aprovechó la fractura conservadora al frente de una coalición bipartidista y puso fin a casi medio siglo de hegemonía conservadora —cuarenta y cuatro años desde 1886—. La derrota se leyó desde adentro: Laureano Gómez afirmaría que la división entre Valencia y Vásquez Cobo determinó la caída del Partido Conservador, y fundaría más tarde El Siglo, decía, porque el país atravesaba un tiempo de violencia y era necesario un periódico para defender las vidas y propiedades de los miembros del partido. La lectura tradicional cargó las tintas sobre la torpeza del liderazgo conservador y la confusión de la jerarquía eclesiástica; la historiografía posterior añadiría a esa cuenta el desgaste del régimen, la crisis social, el fracaso en controlar el movimiento obrero y las dificultades para asegurar la inversión extranjera. Todos esos factores concurrían; el detonante inmediato fue la división, y Valencia estaba en el centro de ella.
Entre las dos candidaturas —y después de la segunda—, Valencia mantuvo una presencia parlamentaria constante que hizo de él una figura permanente del sistema, aunque no una figura de gobierno. Fue, más que un aspirante frustrado, un símbolo estable: el hombre al que se recurría cuando el conservatismo necesitaba una cara letrada, y al que se rechazaba cuando ese mismo conservatismo necesitaba un ejecutor.
La red: humanismo, conservatismo y jerarquía
Situar a Valencia sin situar el mapa de relaciones que lo hacía posible es entenderlo a medias. La República conservadora abierta con la Regeneración había sido diseñada intelectualmente por Miguel Antonio Caro, artífice en gran medida de la Constitución de 1886, principal pensador conservador de su época, firme defensor de la Iglesia católica y editor de El Tradicionista. La insistencia de Caro en mantener políticas que implicaban la exclusión de los liberales de puestos de gobierno alimentó el clima que desembocaría en la guerra de los Mil Días (1899-1902) y en la pérdida de Panamá en 1903. Valencia no fue discípulo directo de Caro, pero se movió en el campo que Caro había dibujado: aquel donde humanismo, hispanismo y conservatismo formaban un solo idioma.
En ese campo, el arzobispado de Bogotá funcionó, desde 1886, como un espacio donde la candidatura presidencial conservadora se negociaba: el candidato designado por el obispo podía considerarse, en la práctica, presidente electo. Esa arquitectura implícita explica por qué la posición de Perdomo importaba tanto en 1930 y por qué las fisuras entre obispos abrieron la puerta a la victoria liberal. Valencia había quedado atrapado en esa arquitectura: como candidato letrado necesitaba el aval eclesiástico, pero la acusación de masón que circulaba en sectores devotos le complicaba el trato con la jerarquía. El humanismo grecolatino, en tal contexto, se leía a veces como cercanía sospechosa al paganismo antes que como afirmación cristiana. Que un poeta que traducía a Baudelaire y celebraba mitologías paganas fuera al mismo tiempo el candidato de un partido confesional no era una contradicción menor: era, en rigor, una tensión permanente que sus adversarios sabían explotar y sus valedores debían administrar.
Sus lazos literarios pertenecían a otro orden. La red del modernismo tardío colombiano se nutrió de una atmósfera filosófica que le llegaba, con retraso, de Francia. Jean-Marie Guyau, muerto joven en 1888, había propuesto una moral y una estética sin obligación ni sanción, una vida entendida como expansión y fecundidad que prescindía de fundamentos trascendentes; su suegro y editor, Alfred Fouillée, había sistematizado la doctrina de las idées-forces, según la cual las ideas no son entidades pasivas sino fuerzas que actúan sobre la conducta y el mundo. Aquella combinación —vitalismo suave, idealismo activo, cierta religiosidad sin dogma— ofrecía a los modernistas latinoamericanos un marco cómodo: les permitía sostener una sensibilidad refinada, casi mística, sin comprometerse ni con el positivismo estricto ni con la ortodoxia católica. Esas ideas circularon con particular intensidad en el grupo de escritores que publicaba desde La Crónica y El Nuevo Tiempo, entre los cuales figuraba Eduardo Castillo. Ese grupo prolongó el ambiente modernista e idealista latinoamericano cuando en otras latitudes ya se leían las vanguardias. Valencia fue una figura mayor de esa red, y también de la más amplia que incluía a Rufino José Cuervo, filólogo emblemático del hispanismo colombiano, y al crítico Baldomero Sanín Cano, aunque este último, mucho más atento a la modernidad europea, terminaría representando una sensibilidad distinta a la del poeta payanés.
Del lado privado, Valencia hizo su vida en Popayán y en la hacienda familiar, casado con Josefina Muñoz. De ese matrimonio salieron los hijos que prolongarían su nombre, entre ellos Guillermo León Valencia, futuro presidente. La Colombia letrada era también, y sobre todo, un asunto de familias: los apellidos que se cruzaban en las salas payanesas eran los mismos que se cruzaban en el Senado, en los consulados y en las páginas de las revistas literarias, y esa continuidad —tan natural para sus protagonistas como opaca para quienes venían de otras geografías— formaba parte del capital heredado por el poeta.
La obra: parnaso, traducción y ficción del humanismo
La obra poética de Valencia se distingue por su ambición formal más que por su hallazgo emocional. Buscó la nitidez del verso, la exactitud de la imagen, la referencia culta como principio ordenador. Sus poemas remitían con frecuencia a la mitología griega, a temas orientales, a estampas parnasianas que celebraban el objeto poético trabajado con paciencia de orfebre. Ese ejercicio le ganó lectores en toda la lengua y una posición estable en las antologías escolares durante buena parte del siglo XX.
Su libro decisivo fue Ritos, de 1899, publicado a los veintiséis años y ampliado en ediciones posteriores. Allí aparecían las piezas que fijarían su fama: composiciones de línea plástica, aliento clásico y andamiaje mitológico, en las que el poeta se aplicaba a construir escenas casi escultóricas antes que a confesar estados de ánimo. La distancia era programática. En Valencia la emoción se filtra siempre a través del bajorrelieve; el yo se retira detrás de la figura mitológica o del cuadro oriental, y el resultado tiene la frialdad brillante de la buena orfebrería. Piezas como Los camellos o Anarkos se convirtieron en obligatorias en el repertorio de recitadores y colegiales, y contribuyeron a fijar el molde de lo que en Colombia se llamaría, durante décadas, poesía culta.
Su segunda gran línea fue la traducción. Verter al castellano a los simbolistas franceses —dentro del linaje en que también trabajaría Eduardo Castillo con Poe, Baudelaire y Verlaine— fue tarea coherente con la ambición modernista: si la doctrina simbolista consistía en evocar poéticamente un objeto para mostrar un estado de alma, o inversamente escoger un objeto y desprender de él un estado de alma —doctrina que Verlaine sintetizó en sus célebres estrofas—, entonces traducir era una forma de aclimatar esa sensibilidad al idioma. Valencia hizo esa aclimatación con oficio, aunque sin el trabajo interior del que Castillo, en su híbrido singular de deseo carnal y sentimiento religioso, sí sería capaz. La versión valenciana tiende a lo escultórico donde el original apuntaba a lo musical: gana en dibujo lo que pierde en penumbra. Es un rasgo coherente con toda su obra, y explica que el mismo lector que lo admiraba en la declamación pudiera encontrarlo, en la lectura silenciosa, algo distante.
A ese doble ejercicio —verso propio y traducción— se sumaron los discursos, escritos con la misma minucia que los poemas y concebidos para ser oídos en el Senado, en las academias y en los homenajes cívicos. El discurso valenciano cultivaba el período largo, la cita griega, la evocación histórica; era un género en sí mismo, situado entre la literatura y la política, y constituía probablemente el vehículo en que el poeta-político mejor amalgamaba sus dos vocaciones. En una sociedad todavía profundamente oral, la oratoria era una forma de publicación, y Valencia lo entendió mejor que la mayoría de sus contemporáneos.
El punto débil de su edificio literario fue el mismo humanismo que lo sostenía. La crítica lúcida —la que se hizo entonces y la que se ha hecho después— señaló que aquel conocimiento de las humanidades era filológicamente precario y socialmente ineficaz, comparable al de una crestomatía de seminario. La observación importa: la ficción del humanismo colombiano asociado a Valencia se apoyaba menos en un dominio real de las lenguas antiguas que en una cadena de equivalencias políticas —humanismo igual a conservatismo, conservatismo igual a hispanidad, hispanidad igual a orden— con la que la Regeneración se blindaba contra la ciencia moderna y las suscitaciones ilustradas.
Que esa ficción funcionara durante décadas dice tanto del país como del poeta. Colombia necesitaba un humanista de exhibición y Valencia lo fue con brillo. Que la ficción se agrietara con el tiempo dice también algo del poeta: su verso resistió menos que su prestigio.
La huella: el legado, el hijo y el declive de un tipo
La muerte de Valencia en 1943 no cerró su influencia: la desplazó. Durante los años treinta y hasta bien entrada la década siguiente, seguía figurando en las listas de poetas colombianos que acaparaban la atención del público, en compañía de Flórez y Barba-Jacob. Las políticas oficiales de difusión literaria —la colección Samper Ortega en los años treinta, la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana iniciada por el Ministerio de Educación en 1946— aseguraron la circulación institucional de esa generación. Al mismo tiempo, otras corrientes emergían: en septiembre de 1939 había aparecido el primer cuaderno del movimiento Piedra y Cielo, bajo la dirección de Jorge Rojas, señal de una renovación generacional que crecería bajo la sombra del prestigio valenciano y contra ella.
El legado más peculiar, sin embargo, fue político y familiar. Guillermo León Valencia, hijo del poeta, fue presidente de Colombia entre 1962 y 1966, en el marco del Frente Nacional. Su perfil llevaba encima el mundo paterno: oriundo de la señorial Popayán, hijo de poeta, político de estilo anticuado y florido. Las élites urbanas colombianas de esos años, que aspiraban a un liderazgo técnico y económico afín a las expectativas de desarrollo, mostraron reservas ante ese estilo. La condición de hijo del poeta, que en otro tiempo hubiera sido credencial suficiente, se leía ya como signo de pertenencia a un país que se estaba quedando atrás.
Durante su presidencia, Guillermo León se enfrentó al problema de los enclaves campesinos armados heredados de la Violencia, y en 1964 ordenó la ofensiva militar contra Marquetalia, una de las llamadas repúblicas independientes del sur del Tolima. La operación, de dimensiones desproporcionadas para el tamaño del enclave, no logró liquidar la insurgencia: los pocos combatientes que sobrevivieron al despliegue se dispersaron, se rearmaron y darían pie, en los años siguientes, al surgimiento de las guerrillas de inspiración izquierdista que reemplazarían al bandolerismo residual del ciclo anterior. Con su gobierno se cerró la primera etapa del Frente Nacional, y quedó atrás el problema del bandolerismo clásico; lo que apareció en su lugar, insurgencia política y armada, resultaría un problema mayor y de otra naturaleza.
La trayectoria del hijo ilumina la del padre por contraste. Guillermo Valencia había construido, entre 1873 y 1943, una figura pública en la que el prestigio literario garantizaba la audibilidad política, aunque no la victoria electoral. Guillermo León heredó la audibilidad, ganó la elección y descubrió que el país había cambiado de idioma. El declive del político de tipo forense y retórico —del cual el hijo era ejemplo por su estilo y su condición— y el ascenso de tecnócratas y hombres de negocios reflejaron las nuevas aspiraciones de los sectores urbanos en los años sesenta. El arco padre-hijo traza así el ascenso y el ocaso de una manera de estar en la política colombiana.
La autoridad literaria de Valencia le dio, en efecto, capital político: lo hizo candidato dos veces, orador consultado, senador estable, referencia obligada del conservatismo histórico. Pero ese mismo capital era insuficiente para conquistar la presidencia porque el campo conservador que lo necesitaba como emblema cultural lo bloqueaba, a la vez, por razones doctrinales —la sombra de la masonería, la desconfianza de sectores clericales— y faccionales —la pugna interminable entre históricos y nacionalistas—. Valencia fue demasiado valioso como símbolo para ser descartado y demasiado incómodo como figura para ser ungido.
Su influencia se prolongó por vías indirectas: la estética que sobrevivió en las antologías escolares, el estilo florido que su hijo llevó al palacio, la marca de Popayán como cuna de un tipo de político que la nueva Colombia empezaría a mirar con reserva. En la larga duración, Valencia es la figura que permite ver de un solo golpe la potencia y los límites del letrado colombiano en el paso del siglo XIX al XX: un país donde el verso latino podía sentar a un hombre en el Senado pero rara vez en el Palacio; donde el humanismo funcionaba como credencial política antes que como práctica intelectual; y donde la Iglesia, el partido y la biblioteca formaban un solo aparato de reconocimiento del que Valencia fue, durante décadas, uno de los ornamentos mayores.
Su nombre quedó en los manuales, en las calles de Popayán, en la memoria intermitente de los lectores que todavía frecuentan el modernismo hispanoamericano. La derrota de 1930 fue, en un sentido preciso, el momento en que la Colombia hegemónica dejó de creer del todo en su propio letrado. La presidencia de su hijo, treinta años después, fue el epílogo. Entre uno y otro cabe un tipo colombiano —el poeta-político, el letrado señorial— que Valencia representó con más brillo y también con más límites que ningún otro contemporáneo.