Fracaso de la izquierda autónoma colombiana, 1930-1948
Entre la fundación del PCC en 1930 y el Bogotazo de 1948, la izquierda marxista colombiana perdió tres veces la oportunidad de convertirse en fuerza política autónoma. La pregunta es si la causa decisiva fue la flexibilidad cooptadora del liberalismo o la bolchevización cominterniana que amputó al comunismo de su patrimonio nacional-popular.
Por qué fracasó la izquierda autónoma colombiana, 1930-1948
Entre la fundación del Partido Comunista de Colombia en julio de 1930 y el 9 de abril de 1948, la izquierda marxista colombiana perdió tres veces la oportunidad de convertirse en fuerza política autónoma: perdió el patrimonio nacional-popular acumulado por el Partido Socialista Revolucionario en los años veinte, perdió la iniciativa frente al reformismo lopista entre 1934 y 1938, y perdió el movimiento gaitanista entre 1944 y 1948. Al final del período, mientras el Frente Popular chileno gobernaba con tres ministros comunistas y el APRA peruano condicionaba la vida política de su país, el PCC colombiano era una fuerza pequeña, dividida entre Gilberto Vieira y Augusto Durán, expulsada del centro urbano hacia enclaves cafeteros y de colonización en Viotá, Sumapaz y el sur del Tolima. Pero en esa expulsión reside la paradoja colombiana: derrotado en la disputa por el proletariado urbano y por la conducción del movimiento popular, el comunismo colombiano se ruralizó como ninguno en el continente, y esa territorialización agraria —fracaso desde el paradigma marxista clásico, singularidad desde cualquier otro— es la que aún hoy explica por qué de aquellas ligas campesinas nacieron, tres décadas después, las FARC.
¿Por qué no hubo izquierda autónoma en Colombia?
La pregunta no es retórica. En 1930, América Latina ensayaba dos vías simultáneas para procesar el descontento popular producido por la crisis capitalista: partidos marxistas de masas y populismos nacional-reformistas. Chile construyó lo primero. Pese a la casi destrucción de su izquierda bajo Ibáñez en 1928, en apenas una década levantó dos partidos marxistas capaces de ganar el gobierno en el Frente Popular de 1938 con Pedro Aguirre Cerda, con continuidad bajo Juan Antonio Ríos y Alfredo Duhalde hasta el primer año de Gabriel González Videla en 1947. Perú levantó una fuerza híbrida —el APRA de Haya de la Torre— y produjo, en José Carlos Mariátegui, al pensador que intentó articular marxismo con la cuestión indígena y con una revolución latinoamericana entendida como anticapitalista, no como meramente democrático-burguesa. Brasil bordeó el varguismo. México ya tenía su revolución. Colombia no hizo ninguna de las dos cosas: ni construyó un partido marxista de masas ni produjo un populismo autónomo, porque cuando Gaitán intentó lo segundo con la Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria en 1932, terminó reabsorbido por el liberalismo lopista en 1935.
Responder por qué ocurrió esto importa por tres razones. Primera: el vacío dejado por la ausencia de una izquierda autónoma no se llenó con estabilidad democrática sino con violencia bipartidista; el descontento popular, sin cauce institucional propio, se canalizó por el liberalismo hasta que el asesinato de Gaitán abrió la compuerta. Segunda: la ruralización forzada del PCC configuró la geografía política de la violencia posterior; Viotá, Sumapaz, Chaparral y el sur del Tolima no son casualidades de la guerra colombiana, sino sedimentos de aquella derrota organizativa. Tercera: entender el fracaso obliga a decidir entre dos explicaciones que llevan setenta años en tensión —la cooptación liberal desde afuera, la bolchevización cominterniana desde adentro— y esa decisión determina cómo se lee el conjunto del siglo XX colombiano.
Los términos del debate
Dos grandes lecturas se disputan el fenómeno, y ambas tienen fuerza suficiente para no ser descartadas de un plumazo.
La primera atribuye el fracaso a la flexibilidad estructural del Partido Liberal. A diferencia de sus homólogos del Cono Sur, el liberalismo colombiano no era una fuerza doctrinariamente rígida sino una máquina clientelar de geometría variable, capaz de apropiarse del lenguaje socializante, incorporar intelectuales de izquierda a la administración pública y competir directamente por la base sindical y campesina. La evidencia es contundente. La Ley 83 de 1931, aprobada bajo Olaya Herrera, reconoció el derecho de sindicalización y estableció multas contra quienes lo impidieran, pero mantuvo el derecho de las empresas a contratar durante huelgas: el sindicalismo quedó reconocido y contenido a la vez. El crecimiento sindical posterior no se explica solo por la legislación, sino por la protección activa de un gobierno liberal que fomentó deliberadamente un movimiento obrero vigoroso como base política propia y como mecanismo de negociación obrero-patronal.
López Pumarejo, entre 1934 y 1938, llevó la operación a su forma más refinada. Incorporó jóvenes intelectuales pidiéndoles expresamente no abandonar el lenguaje socializante, produjo la reforma constitucional de 1936 —apropiándose de puntos programáticos de la izquierda— y expidió la Ley 200 del mismo año, que no fue reforma agraria redistributiva sino estímulo a la productividad rural. El acta de nacimiento del Frente Popular colombiano, el 1.° de mayo de 1936, fue una manifestación en la que hablaron desde el Palacio Presidencial el propio López, el liberal Roberto Botero Saldarriaga y el joven dirigente comunista Gilberto Vieira: la imagen resume el problema. La izquierda no marchaba contra el poder; marchaba con él.
La segunda lectura invierte la mirada y sitúa la causa en la disciplina cominterniana. Entre el 5 y el 17 de julio de 1930, en sesión del 13 de julio, el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Socialista Revolucionario —fundado en 1926, con Tomás Uribe Márquez como secretario general— cambió su nombre a Partido Comunista de Colombia y eligió como secretario general a Guillermo Hernández Rodríguez, "Guillén", formado en la ortodoxia de Moscú. La operación se hizo bajo el mandato de "bolchevizar o purificar" al partido, dictado por una Internacional Comunista ya estalinizada que imponía líneas rígidas desconociendo las diferencias entre países latinoamericanos. El precio interno fue la expulsión de Raúl Eduardo Mahecha y Erasmo Valencia, y la marginación de María Cano, electa suplente en el Comité Central Ejecutivo pero que pidió que retiraran su nombre. Con ellos se fue el patrimonio organizativo heterogéneo que el PSR había construido: la tradición artesanal, la vinculación con los conflictos bananeros —Mahecha había estado presente en la huelga de 1928 y en la represión subsiguiente—, la red de giras de propaganda, el vínculo con la Confederación Obrera Nacional que en 1925 se había afiliado a la Internacional Sindical Roja.
En la Conferencia de Buenos Aires, la Internacional Comunista aprobó la tesis de que "el carácter de la revolución en América Latina es el de una revolución democrático-burguesa", contra la propuesta redactada por Mariátegui para los delegados peruanos, que sostenía: "somos antimperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios". Colombia, a diferencia de Perú, no tuvo un teórico que resistiera la tesis moscovita: la aceptó, y con ella aceptó la lógica de alianza subordinada con la burguesía nacional-progresista.
Las dos lecturas no son incompatibles, y la disputa por cuál es la "causa decisiva" desemboca a menudo en un empate. Pero el empate se rompe si se ordena la secuencia.
La secuencia de la doble amputación
La bolchevización de 1930 no destruyó a un partido fuerte: destruyó a un partido en crisis. En agosto de ese año, un dirigente describía al PSR con la frase "año y medio de desconexión con las masas", señalando que estas habían sido "secuestradas por la burguesía". El diagnóstico es exacto: entre 1929 y 1930, el Partido Liberal ya estaba operando la absorción del descontento popular mediante la reglamentación sindical, las asesorías legales a los movimientos campesinos y la promesa de retorno tras casi medio siglo de hegemonía conservadora. La bolchevización cominterniana llegó, entonces, sobre un cuerpo herido, y en lugar de curarlo lo amputó. Al expulsar a Mahecha y Valencia, marginar a Cano y desconocer el trabajo de los fundadores, la nueva dirección de Hernández renunció al único capital simbólico-popular con que la izquierda contaba: los nombres que la ligaban a las huelgas bananeras, a las giras oratorias, a las tradiciones obreras concretas del país. La izquierda no perdió esa base porque el liberalismo la robara; la entregó, para poder llamarse comunista con la exactitud que Moscú exigía.
La cooptación liberal ocupó, entonces, un espacio que la propia izquierda había vaciado. Cuando López lanzó la Revolución en Marcha, el PCC no tenía cuadros suficientes para disputarle el sindicalismo, ni prestigio popular para disputarle la calle, ni teoría autónoma para disputarle el lenguaje. Lo que hizo fue subordinarse: apoyó a López presionando reformas cada vez más distantes durante su segundo mandato, se distanció durante el gobierno de Eduardo Santos entre 1938 y 1942, y retomó la línea frente-populista con la candidatura de López para su segunda administración a partir de 1942. En la práctica, y así lo admitiría Vieira antes del V Congreso de Bucaramanga en julio de 1947, el PCC era un apéndice del Partido Liberal y carecía de estrategia propia.
La secuencia importa porque muestra que las dos hojas de la tijera no cortaron al mismo tiempo. Primero cortó Moscú, entre 1929 y 1930, al liquidar el patrimonio del PSR. Después cortó Bogotá, entre 1934 y 1938, al ocupar el espacio vacío con reformismo lopista. Un PSR no bolchevizado —heterogéneo, con Mahecha, Cano y Valencia en la dirección, con vínculos vivos con los sindicatos y las ligas cafeteras— habría enfrentado a López con recursos organizativos propios. La bolchevización lo enfrentó a manos vacías. Ambas explicaciones son necesarias; ninguna, sola, es suficiente.
Gaitán, la UNIR y el patrón de reabsorción
El caso de la UNIR confirma el patrón por otra vía. Fundada por Gaitán en 1932 como proyecto democrático e independiente de los partidos tradicionales, proclamó la abstención electoral tanto en 1934 como en 1935. Ese último año, sin embargo, Gaitán aceptó ser elegido representante a la Cámara por el liberalismo, y con ese gesto disolvió el proyecto: el reformismo lopista funcionaba como imán suficiente para desactivar cualquier alternativa. La UNIR había proclamado su autonomía; murió en los brazos del oficialismo liberal.
En el terreno agrario, uniristas y comunistas coincidieron durante los años treinta en organizar la protesta campesina en las grandes haciendas cafeteras de Cundinamarca, Tolima, Caldas, Valle, Bolívar y Magdalena. Pero sus estrategias eran opuestas. Las ligas uniristas recolectaban cuotas para memoriales, abogados y hojas sueltas, y defendían a los campesinos dentro del sistema legal; el PCC prevenía a sus afiliados contra recurrir a las autoridades nacionales. Ninguna de las dos vías prosperó como fuerza autónoma nacional: los uniristas terminaron absorbidos por el liberalismo junto con su líder, y los comunistas quedaron confinados a los enclaves donde su presencia organizativa era más densa.
1934 fue el año de mayor actividad. El PCC coordinó huelgas de escogedoras en Tolima, Florida, Palmira, Restrepo, Pereira, Chinchiná y Palestina, y desde agosto trazó la orientación de coordinar los movimientos huelguísticos cafeteros con miras a una huelga nacional. La huelga nacional no ocurrió. Hacia 1939, de las 153 agremiaciones campesinas con personería jurídica en el país, 75 se concentraban en Cundinamarca y Tolima: la organización comunista existía, pero geográficamente comprimida.
Gaitán, tras 1935, no desapareció: se transformó. Construyó un movimiento apelando directamente a las bases populares —campesinos, obreros, artesanos, clase media— mediante la dicotomía entre el "país real" y el "país político", desplazando a la dirigencia oligárquica de ambos partidos hasta convertirse en jefe del Partido Liberal. En términos organizativos, esto significó que la base social susceptible de una política popular autónoma —la misma que el PSR heterogéneo había cortejado, la misma que la UNIR había esbozado— fue absorbida por un liderazgo que operaba desde dentro del bipartidismo. El PCC, entretanto, cometió el error decisivo del período: en 1946, siguiendo la línea de Durán, apoyó la candidatura oficial liberal —la de Gabriel Turbay— en lugar de sumarse a la ruptura gaitanista. La derrota liberal por división y el triunfo de Mariano Ospina Pérez fueron el resultado. El PCC quedó del lado equivocado del mayor movimiento popular del siglo colombiano y pagó el precio: un sector importante del movimiento obrero agrupado en la Confederación de Trabajadores de Colombia y varias organizaciones campesinas se opusieron a Gaitán, fracturando la unidad popular en el momento en que era necesaria.
La singularidad vista al lado
La bolchevización del PSR ocurrió sin resistencia teórica: no hubo, entre los cuadros colombianos, quien articulara una crítica marxista de la tesis democrático-burguesa cominterniana. Donde Perú tuvo a Mariátegui, Colombia tuvo a Guillén; donde Chile tuvo a Recabarren, Colombia tuvo la disciplina. En Argentina y Uruguay, los partidos comunistas conservaron peso urbano; en Brasil, Luis Carlos Prestes encabezó un comunismo nacional con base militar. La selección de secretarios generales en el PCC privilegió sistemáticamente la formación soviética y la fidelidad a la línea de Moscú: Durán sucedería a la generación fundadora, e Ignacio Torres Giraldo —uno de los pocos cuadros históricos que sobrevivió a la reorganización— quedaría cada vez más al margen, condenado al aislamiento en Cali hasta su muerte en 1968.
Sobre esa carencia teórica se apoya una condición estructural. Tras la crisis de 1929, los nuevos grupos políticos que buscaron apoyo de masas apelando a las clases trabajadoras se apoyaron, en Chile, Argentina y Perú, en el proletariado industrial, en el crecimiento de las capitales y en las redes sindicales urbanas. En Colombia se concentraron en regiones rurales. Las razones son concretas: el proletariado industrial colombiano era débil, el movimiento laboral urbano quedó particularmente afectado por la depresión, y las persistentes luchas por los baldíos ofrecían un terreno organizativo fértil. Colombia tampoco generó las rebeliones agrarias masivas que caracterizaron a México, Perú y Bolivia, ni evolucionó hacia un orden rural igualitario como el de Costa Rica: quedó en una posición intermedia, con una estructura agraria dual —haciendas cafeteras y frentes de colonización— que ofrecía puntos de apoyo específicos para una política de masas rural. En esa estructura, el PCC encontró —o fue empujado a encontrar— su terreno.
La territorialización agraria como paradoja fecunda
Expulsado por su propia debilidad de la centralidad urbana, el PCC se instaló donde el liberalismo llegaba menos: en las haciendas cafeteras del Tequendama y en las zonas de colonización del sur del Tolima. Viotá se convirtió en los años treinta en el primer municipio de mayoría comunista del país. En 1933, Víctor J. Merchán fue elegido primer concejal comunista del municipio, obligado a enfrentarse a los restantes miembros del cabildo. La base social del PCC allí fueron los peones y arrendatarios que resistían el régimen de trabajo obligatorio en las haciendas cafeteras —a cambio de una parcela de pancoger, debían trabajar parte de su tiempo en los cafetales del hacendado— y la lucha evolucionó hacia reivindicaciones de propiedad sobre la tierra. La estrategia del PCC en el Tequendama era concreta: incitar a los arrendatarios a sembrar café en sus parcelas y negarse a trabajar en los campos del patrón, sin cuestionar la legalidad de los títulos de propiedad de los hacendados.
En Chaparral, hacia 1936, unos 1.800 colonos invadieron tierras sobre el río Combeima aprovechando la falta de claridad en los títulos de una hacienda. Allí, Isauro Yosa —jornalero e indígena, líder de la Liga Campesina local— se convirtió en figura destacada de una organización que funcionaría, dos décadas después, como núcleo de las primeras autodefensas armadas. En Sumapaz, en el oriente del Tolima, en el sur del mismo departamento, el partido tejió una red que no era ya solamente política sino territorial: ligas campesinas, sindicatos agrarios, concejales locales.
El resultado paradójico de esta territorialización fue doble. En términos de conciencia de clase revolucionaria, produjo una contradicción visible ya en su época: bajo el control del Partido Comunista, en Viotá emergió una clase de prósperos granjeros de clase media con sus propias plantaciones cafeteras, que pagaban cuotas al partido pero eran básicamente recuperables por la sociedad tradicional. La lucha de los trabajadores cafeteros por el control de la tierra entre 1930 y 1946 influyó, además, en la propia adopción del reformismo agrario por la burguesía, que lo concedió mientras el movimiento laboral amenazó su posición y lo abandonó una vez controlado ese poder independiente. La reforma se hizo porque los campesinos lucharon; los campesinos que ganaron tierra dejaron de luchar. Es el patrón clásico de desmovilización por concesión parcial.
Pero en términos de capacidad organizativa duradera, esa territorialización produjo la singularidad más pronunciada del comunismo colombiano en el continente. Las ligas campesinas de los años treinta se transformaron, ante la violencia conservadora desatada tras la llegada de Ospina Pérez en 1946 y la conservatización del Estado —incluida la Policía, que López había liberalizado—, en núcleos de autodefensa armada. En el sur del Tolima, el liderazgo de estas autodefensas incluyó a Isauro Yosa y provenía de las mismas Ligas Campesinas de los treinta; a diferencia de las guerrillas liberales, organizadas y comandadas por hacendados que habían colonizado tierra bajo orientación del Partido Liberal de Ibagué, las guerrillas comunistas surgieron de una decisión colectiva campesina apoyada en la organización previa del PCC. Las autodefensas del Sumapaz y el oriente del Tolima mantuvieron su estructura intacta incluso tras la amnistía de Rojas Pinilla; cuando a mediados de 1955 el gobierno declaró Villarrica y otros municipios zonas de operaciones militares y aplicó una política de tierra arrasada con bombardeos, esos grupos se reorganizaron, se desplazaron hacia otras zonas y contribuyeron a nuevos asentamientos de colonización. De aquella base construida entre 1930 y 1948 —cuando el PCC parecía derrotado— surgirían, en la década de 1960, las FARC.
El PCC no se ruralizó por opción teórica; se ruralizó por derrota. Pero al ruralizarse hizo algo que ningún otro partido comunista latinoamericano hizo: tejió una infraestructura política de masas en el campo cafetero-colono que sobreviviría a todas las crisis nacionales y a todas las líneas cambiantes de Moscú. El fracaso urbano fue la condición del arraigo agrario. La derrota del proyecto de partido obrero autónomo fue la condición de la persistencia comunista más larga del continente.
La respuesta
La izquierda autónoma colombiana fracasó entre 1930 y 1948 por la operación combinada y sucesiva de dos mecanismos que se refuerzan sin confundirse. Primero, la bolchevización cominterniana de 1930 amputó al PSR de su patrimonio nacional-popular heterogéneo —artesanal, indígena, cafetero, bananero— al expulsar a Mahecha y Valencia y marginar a Cano, entregando la dirección a cuadros formados en Moscú incapaces de resistir teóricamente la tesis democrático-burguesa que subordinaba la revolución latinoamericana a alianzas con la burguesía progresista. Segundo, el reformismo lopista de la Revolución en Marcha ocupó entre 1934 y 1938 el espacio popular que la izquierda había dejado vacante, absorbiendo intelectuales, protegiendo un sindicalismo tutelado, apropiándose del lenguaje socializante y desactivando —con la reabsorción de Gaitán en 1935— cualquier proyecto alternativo. Cuando el PCC, ya bolchevizado, decidió apoyar a López como táctica frente-populista, no lo hizo por debilidad ocasional sino por consecuencia estratégica de la propia tesis cominterniana: si la revolución era democrático-burguesa, el lugar del partido era subordinado.
Entre estas dos causas hay jerarquía. La cooptación liberal habría enfrentado, incluso a un PSR no bolchevizado, con enorme fuerza institucional. Pero un PSR con Mahecha en las zonas bananeras, con Cano en las giras, con Valencia en la organización sindical y con una teoría propia sobre la especificidad colombiana habría negociado esa fuerza desde una posición de autonomía, como el APRA negoció al liberalismo peruano o el Partido Comunista chileno a los radicales. La bolchevización no fue causa suficiente, pero fue causa aceleradora indispensable: destruyó las condiciones internas de resistencia frente a una cooptación externa que era estructural. La flexibilidad del liberalismo cortó; la disciplina cominterniana entregó la garganta.
El PCC se ruralizó, entonces, no por lectura estratégica de la economía dual —aunque esa lectura, hecha retrospectivamente, tiene mérito— sino por expulsión estructural del centro urbano donde el liberalismo dominaba. Que esa expulsión produjera Viotá, Sumapaz y el sur del Tolima —y con ellos, en su despliegue de dos décadas, las autodefensas y las FARC— es la ironía profunda del período: la derrota organizativa del comunismo colombiano fue simultáneamente la fundación de su forma más duradera. Ningún otro partido comunista latinoamericano transformó su fracaso urbano en territorialización agraria persistente. Ese es el rasgo colombiano.
Lo que queda abierto
Queda una pregunta contrafáctica que el 9 de abril de 1948 impone: si esa fecha marca el estallido violento de un descontento que la izquierda autónoma no supo canalizar, ¿habría evitado esa violencia una izquierda autónoma victoriosa, o simplemente le habría dado otra forma? La comparación con Chile —donde el Frente Popular gobernó pero no evitó la polarización posterior— sugiere que la respuesta no es la esperable, y que la ausencia colombiana de un cauce marxista autónomo pesó menos como causa de la violencia que como forma de esa violencia: no la habría evitado, la habría fabricado distinta. Las otras dos preguntas son secundarias respecto a esta, pero se le encadenan. Por qué Colombia no produjo un Mariátegui admite tres hipótesis plausibles —azar generacional, debilidad universitaria del período, o efecto del propio bipartidismo, que absorbía a los intelectuales antes de que maduraran teóricamente—, y ninguna excluye a las otras. Y el papel de Vieira permanece ambiguo: su ascenso en el V Congreso de Bucaramanga de julio de 1947 frente a la fracción de Durán tanto puede leerse como excepción al patrón de secretarios formados en Moscú —su reconocimiento tardío de que el PCC había sido apéndice del liberalismo apunta en esa dirección— como continuación con retórica renovada, si se atiende a la decisión práctica de apoyar a Turbay contra Gaitán en 1946. Colombia perdió una posibilidad entre 1930 y 1948; el país que vino después es, en buena parte, el negativo fotográfico de esa pérdida.