Carlos Gaviria Díaz
Transversal
1937–2015
La biografía
Carlos Gaviria Díaz (Sopetrán, 1937 – Bogotá, 2015) fue jurista, magistrado, senador y candidato presidencial. Su vida encaja en una fórmula que él mismo habría desconfiado por demasiado limpia, pero que describe con exactitud lo que hizo: tradujo el humanismo laico al lenguaje del derecho constitucional colombiano, y luego intentó traducir ese mismo humanismo al lenguaje de la política electoral. Lo primero lo consiguió con una jurisprudencia que reconfiguró la manera en que el Estado piensa los derechos, la autonomía de las minorías y la relación entre norma y persona. Lo segundo lo consiguió a medias: en 2006 fue candidato del Polo Democrático Alternativo, obtuvo un resultado que desplazó al bipartidismo tradicional al tercer lugar histórico y convirtió a la izquierda en la segunda fuerza política del país, pero el proyecto colectivo que encarnó no logró sobrevivir a las tensiones internas que su propia figura, paradójicamente, contribuía a contener. La biografía de Gaviria es la de un hombre que operó desde adentro de las instituciones sin dejar de impugnarlas, y cuya autoridad —en la Corte y en la plaza— se sostuvo menos en un aparato que en un capital ético estrictamente personal.
Línea de vida
- 1964
Termina estudios curriculares en la Universidad de Antioquia
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Concluyó los estudios curriculares en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, institución marcada por la tensión entre el positivismo formalista y las corrientes humanísticas abiertas por la reforma universitaria de 1935.
- 1968
Obtiene el título de abogado
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Completó los requisitos de grado —exámenes preparatorios y tesis— en agosto de 1968. Su tesis abordó un tema inusual en una facultad de temática estrictamente jurídica, inscribiéndose en la tradición de Fernando González, Víctor Mallarino y Gilberto Alzate Avendaño.
- 1971
Docente durante la clausura de la Universidad de Antioquia
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Se desempeñaba como profesor cuando las facultades de Derecho y Economía de la Universidad de Antioquia fueron clausuradas el 24 de octubre tras una intervención militar que reprimió protestas estudiantiles, con un saldo de ochocientos detenidos solo en Medellín.
- 1993
Ingresa a la primera Corte Constitucional
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Fue designado magistrado de la Corte Constitucional creada por la Constitución de 1991, integrando la generación fundadora junto a Ciro Angarita Barón, Eduardo Cifuentes Muñoz, José Gregorio Hernández Galindo y Alejandro Martínez Caballero.
- 1996
Preside la Corte Constitucional
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Ejerció la presidencia de la Corte Constitucional, tribunal cuyas sentencias durante la década de los noventa desarrollaron nuevas visiones de los derechos sociales y transformaron la concepción del Estado colombiano.
- 2002
Llega al Senado de la República
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Elegido senador como parte de la naciente izquierda democrática que se reorganizaba alrededor de figuras como Luis Eduardo Garzón, Antonio Navarro Wolff, Gustavo Petro y Jorge Enrique Robledo, proceso que desembocaría en el Polo Democrático Alternativo.
- 2006
Candidato presidencial del Polo Democrático Alternativo
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Proclamado presidente del Polo Democrático Alternativo y candidato presidencial, obtuvo el segundo lugar en las elecciones de 2006 frente a Álvaro Uribe Vélez, desplazando al bipartidismo tradicional al tercer lugar histórico y convirtiendo a la izquierda en la segunda fuerza política del país.
El sopetranero de la Universidad de Antioquia
Nació en Sopetrán, en el occidente antioqueño, en 1937, y su formación intelectual se consumó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, donde terminó los estudios curriculares en 1964. Era una facultad que él mismo, años después, llamaría "centenaria" —el adjetivo dice más de la reverencia con que la miraba desde la distancia que del uso corriente en sus años de estudiante— y una facultad marcada por la tensión que atravesaba entonces a toda la enseñanza del derecho en Colombia: entre un positivismo formalista que las críticas de la época describían como "pseudo-tecnicismo", desligado del proceso histórico de la nacionalidad y de la función social del lenguaje jurídico, y una promesa de apertura que la reforma universitaria de 1935 había abierto hacia el marxismo, el psicoanálisis, el derecho público francés, la filosofía del derecho alemana y las corrientes fenomenológica y existencial que antes estaban vedadas por conservadurismo y rutina.
Gaviria se formó en ese cruce. Para obtener el título de abogado había que cumplir con exámenes preparatorios y sustentar una tesis; él completó los requisitos de grado en agosto de 1968. La tesis abordó un tema inusual: en un ambiente donde la temática obligada era estrictamente jurídica, salirse de ese molde tenía una tradición local que se recordaba con orgullo —la de Fernando González con El derecho a no obedecer, la de Víctor Mallarino con El derecho en Fuente Ovejuna, la de Gilberto Alzate Avendaño sobre Los gremios en la Edad Media—. Inscribirse en esa genealogía era, en la Universidad de Antioquia de los sesenta, una declaración de método antes que de tema: el derecho pensado desde la historia, la literatura, la filosofía; no el derecho encerrado en su propia gramática.
Ese ambiente universitario no era plácido. En octubre de 1971, las facultades de Derecho y Economía de la Universidad de Antioquia fueron clausuradas tras una intervención militar que reprimió las protestas estudiantiles, con un saldo, solo en Medellín, de ochocientos detenidos. Gaviria se movía ya entonces como profesor. La universidad pública antioqueña de esos años —crítica, politizada, atravesada por el conflicto entre autoridades civiles y militares y por la efervescencia de la izquierda estudiantil— fue el laboratorio donde se templó una generación entera de juristas colombianos que llegarían más tarde a la Corte Constitucional, a los ministerios y a las cátedras. Gaviria fue de esa camada.
Del aula a la Corte
A la enseñanza le dedicó décadas. Fue profesor y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, y su producción intelectual —artículos, cursos, textos sobre teoría del derecho, filosofía política, ética pública— fue creando una figura reconocible: la del jurista que se resistía a la caricatura del abogado tecnicista y que insistía, contra el pseudo-tecnicismo denunciado por la crítica de los años treinta, en devolverle al derecho su función social y su densidad histórica. Fue esa reputación —discreta pero sólida, construida desde Medellín, sin las plataformas mediáticas de Bogotá— la que lo llevó, ya bajo la Constitución de 1991, a la primera Corte Constitucional del país.
Conviene detenerse en el escenario. La Asamblea Nacional Constituyente había sido convocada en 1990, tras una propuesta desarrollada bajo el gobierno de Virgilio Barco y ejecutada bajo el de César Gaviria, en medio de un clima de violencia y corrupción que había movilizado a ciudadanos de todas las tendencias políticas. La Asamblea reunió a liberales, conservadores y al M-19 recién convertido en partido; tres de sus representantes —Horacio Serpa por el liberalismo, Álvaro Gómez Hurtado por el conservatismo, Antonio Navarro Wolff por el M-19— la copresidieron. La Constitución que promulgó en julio de 1991 reemplazó a la de 1886, una carta centenaria que funcionaba en buena parte mediante la suspensión de su propia vigencia a través del estado de sitio permanente, y que se había vuelto obstáculo a la democracia más que su marco. La nueva constitución hizo tres cosas decisivas para lo que vendría: incorporó los derechos sociales como obligaciones exigibles al Estado, eliminó las restricciones institucionales a la competencia política heredadas del Frente Nacional, y creó dos innovaciones que la definirían: la acción de tutela y la Corte Constitucional.
Fue a esa Corte, encargada de guardar la supremacía normativa de la nueva carta, adonde llegó Gaviria en 1993. Compartió sala con Ciro Angarita Barón, Eduardo Cifuentes Muñoz, José Gregorio Hernández Galindo y Alejandro Martínez Caballero: la generación fundadora, la que tuvo que decidir en los primeros años qué clase de tribunal iba a ser aquel. Presidió la Corte en 1996. Durante toda la década de los noventa —el período de mayor protagonismo del tribunal— sus sentencias, junto con las de sus colegas, desarrollaron nuevas visiones de los derechos sociales incorporados a la ley y transformaron a fondo la concepción del Estado.
La jurisprudencia como obra
Tres líneas de su magistratura conviene destacar, porque en ellas se juega la parte más duradera de su legado.
La primera es el pluralismo jurídico y la autonomía indígena. En los casos donde la Corte tuvo que decidir hasta dónde llegaba la jurisdicción especial de los pueblos indígenas reconocida por la Constitución, Gaviria sostuvo una tesis exigente: "solo un alto grado de autonomía garantizaría la supervivencia cultural" de esos pueblos. La frase, escueta, contenía toda una teoría del derecho. Frente a la tentación de someter las prácticas indígenas al rasero universal del derecho estatal —la tentación cómoda del funcionario que confunde su cultura con la humanidad—, Gaviria proponía leer cada práctica en su intención, no en su forma externa. El caso emblemático fue el del fuete entre los Nasa: interrogadas las autoridades tradicionales sobre el sentido de la pena, la Corte determinó que el fuete no equivalía a tortura porque su propósito era la purificación ritual del infractor y su reintegración a la comunidad. Se juzgaba la finalidad, no el gesto. Era una manera de tomarse en serio el pluralismo que la Constitución había proclamado y que, sin esa lectura, se habría quedado en decorado.
La segunda línea es la exigibilidad de los derechos sociales. Aquí Gaviria y sus colegas hicieron algo que la tradición constitucional colombiana no conocía: convirtieron promesas programáticas en obligaciones jurídicas. La sentencia T-595 de 2002 —posterior a su retiro de la Corte, pero fiel a la línea que él ayudó a construir— fijó el criterio con claridad: las políticas públicas debían estar sustentadas en un proceso decisorio racional, ser serias y susceptibles de implementación, de modo que los compromisos democráticamente adquiridos no fueran meras promesas; cuando se plasmaran en leyes como medidas indispensables para el goce efectivo de derechos fundamentales, los interesados podrían exigir judicialmente su cumplimiento. Combinada con la acción de tutela, esta jurisprudencia produjo un efecto que ninguna reforma administrativa había logrado: convenció a los colombianos de que tenían derechos, protegió a las minorías y a los débiles, y obligó a la burocracia —singularmente a la del sector salud— a atenderlos. El costo fiscal y la disputa política que esto generaría después no borran el hecho: la relación entre Estado y ciudadano cambió porque la Corte decidió que cambiara.
La tercera línea, más difusa pero igualmente central, es la lectura laica y liberal de los derechos fundamentales. Gaviria escribió y votó sobre libertad de conciencia, autonomía personal, dosis mínima, eutanasia y objeción de conciencia con una consistencia que le ganó adversarios en todos los frentes conservadores del país. Su humanismo no era una declaración de simpatías: era un método. Partía de que la persona era anterior al Estado, que la moral privada no era asunto del derecho penal, y que la neutralidad religiosa del Estado no era una concesión sino una condición del pluralismo. Todo esto —dicho en las páginas ariscas de una sentencia, no en el púlpito de una columna— se volvió doctrina.
Vale la pena leer esa obra a la luz de las críticas con las que se había formado. Las facultades de derecho colombianas producían, según los reformadores de los años treinta, profesionales desconectados de la función social del derecho, atrapados en un pseudo-tecnicismo estéril. La respuesta de Gaviria, cuarenta años después, fue una jurisprudencia donde el lenguaje jurídico volvía a estar cargado de historia, de filosofía moral y de sensibilidad social. La distancia con el positivismo formalista era estructural. Y ese modo de hacer derecho no se explicaba solo por el texto de 1991: era también la Universidad de Antioquia hablando por sus antiguos alumnos.
El paso al Senado y el Polo
Gaviria dejó la Corte al terminar su período. Podría haber vuelto a la academia, y en buena medida lo hizo: escribió, dictó conferencias, sostuvo espacios de opinión. Pero eligió también un camino que sorprendió a algunos: la política electoral. En 2002 llegó al Senado como parte de la naciente izquierda democrática que se estaba reorganizando alrededor de figuras como Luis Eduardo Garzón —el sindicalista que había roto con la vieja izquierda—, Antonio Navarro Wolff, Gustavo Petro y Jorge Enrique Robledo. Ese proceso desembocaría en el Polo Democrático Alternativo, formación que unía a antiguos miembros del M-19 desmovilizado, sectores del liberalismo de izquierda, disidencias sindicales, corrientes académicas y trayectorias personales muy distintas.
Gaviria llevaba a ese proyecto un capital singular. No era un político profesional; no había construido su reputación en el clientelismo ni en la maquinaria; venía del derecho y de la cátedra, y en el país donde las cortes se habían enfrentado con el poder ejecutivo, ser exmagistrado de la Corte Constitucional en 1993-1996 significaba haber estado del lado correcto de una historia que empezaba a escribirse. Su llegada al Polo le dio al partido lo que le hacía falta: una figura de integridad indiscutible, capaz de hablarle a electorados que la izquierda tradicional colombiana nunca había alcanzado —clases medias urbanas, votantes liberales desencantados, académicos, profesionales.
Su ascenso interno fue rápido. Fue proclamado presidente del Polo Democrático Alternativo por el congreso del partido, en una jornada donde Orlando Fals Borda —el sociólogo, el patriarca moral de una parte de la izquierda intelectual— aplaudió la proclamación y expresó públicamente su esperanza de que Gaviria fuera también el candidato presidencial. "Representa lo mejor de Colombia", dijo Fals Borda, y añadió que no veía ninguna otra figura que se le acercara. Instó a "cuidar y querer" a Gaviria, una frase que hoy suena precavida y entonces sonaba profética: Fals Borda intuía que ese capital era escaso y frágil.
La campaña de 2006
Los estatutos siguieron su curso y Gaviria fue candidato presidencial del Polo en las elecciones de 2006. Enfrentaba a Álvaro Uribe Vélez en plena reelección, tras la reforma constitucional que le había permitido buscar un segundo período consecutivo. La campaña fue notoriamente pacífica en términos generales: un estudio de la Fundación Seguridad y Democracia registró que los asesinatos durante la temporada electoral cayeron más del 75% respecto al período 2001-2002. En parte era el fruto de la política de seguridad democrática; en parte, del hecho de que la izquierda desarmada había ganado suficiente terreno como para no ser vista como un enemigo militar.
El cierre de campaña, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, dejó una imagen que sus partidarios recordarían durante años: la plaza llena, las camisetas amarillas del Polo, el coro de "El pueblo unido jamás será vencido". No era un acto revolucionario ni una amenaza: era la aparición pública, en el corazón simbólico del país, de un electorado que hasta entonces había existido de manera dispersa. Gaviria daba forma a ese electorado sin tener que impostar un liderazgo que no tenía; su estilo era sobrio, doctoral, con ráfagas de la ironía antioqueña que sus colegas de la Corte le reconocían.
Uribe fue reelegido de manera contundente. Pero el segundo lugar de Gaviria produjo un hecho que trascendía la elección: la izquierda se convirtió en la segunda fuerza política del país, desplazando al bipartidismo tradicional. La Constitución de 1991 había eliminado las restricciones institucionales heredadas del Frente Nacional; quince años después, esa apertura del sistema producía su primera consecuencia visible en las urnas. Que fuera un exmagistrado sopetranero, sin partido de aparato, quien encarnara el desplazamiento, era ya de por sí un dato de época.
Conviene no exagerar. Ni el Polo ni Gaviria mencionaron en sus documentos programáticos el Plan Colombia; el conflicto armado seguía siendo terreno minado para la izquierda. Y la coalición uribista mantenía una posición hegemónica que el resultado electoral no alteraba en lo inmediato. Pero el mapa del país había cambiado.
La fractura
Los años siguientes fueron ambivalentes. El Polo se consolidó como el principal actor de la izquierda parlamentaria en la denuncia de la parapolítica —los vínculos entre paramilitares y políticos que estallaron desde 2006—, con Gustavo Petro como su figura más mediática; Petro había llegado al Senado ese año e inició una investigación sobre el paramilitarismo en Antioquia con el propósito declarado de explorar posibles nexos con el presidente Uribe. Los conflictos entre el ejecutivo y la rama judicial tuvieron múltiples fuentes —la aplicación de la Ley de Justicia y Paz, la parapolítica misma, las interceptaciones telefónicas, las personalidades en juego, acusaciones cruzadas sobre dineros del narcotráfico en el poder judicial— y el Polo se ubicó, con Gaviria como referente ético, en el lado del pulso institucional.
El momento decisivo llegó cuando la Corte Constitucional bloqueó el intento de segunda reelección de Uribe, en 2010. Juan Manuel Santos escribiría después en sus memorias que la Corte "salvó a Colombia de caer en el contagio regional del caudillismo" —una valoración de parte, pero que registra la magnitud del episodio para quienes lo vivieron desde adentro—. La institución que Gaviria había ayudado a fundar en 1993 seguía cumpliendo, dos décadas después, la función para la que había sido creada: guardar la supremacía de la Constitución contra los intentos de reformarla en beneficio de una persona.
Pero mientras la Corte defendía el diseño constitucional, el Polo se descomponía por dentro. Luis Eduardo Garzón había sido alcalde de Bogotá (2004-2007) sin asumir una izquierda radical, con capacidad de moverse hacia el centro cuando fue necesario, dando continuidad a políticas de sus antecesores en finanzas y movilidad, y salió del cargo con los más altos índices de favorabilidad entre líderes de izquierda. Le sucedió, también por el Polo, Samuel Moreno Rojas, cuya administración terminaría envuelta en escándalos de corrupción que golpearían al partido entero. Y de cara a la elección presidencial de 2010, tanto Garzón como el propio Gaviria mostraron interés en ser candidatos. Ante el sector gavirista, Garzón renunció a la disputa: en 2009 se retiró del Polo y se sumó al Partido Verde junto con Antanas Mockus y Enrique Peñalosa. El Polo perdió, sin batalla, a su alcalde más exitoso.
El partido, ocupado en dirimir quién usufructuaba el éxito de 2006, no logró conservarlo. La fractura no era ideológica en el sentido clásico —no se trataba de leninistas contra socialdemócratas—; era más bien la incapacidad de una coalición amplia para sostenerse sin un enemigo externo tan concentrado como Uribe y sin una figura tan aglutinadora como Gaviria en el centro. El Polo siguió existiendo, con Robledo como su principal figura parlamentaria, pero la geometría del voto de izquierda se dispersó.
La red
Nombrar a los interlocutores de Gaviria es dibujar un mapa de la Colombia institucional y crítica de las últimas tres décadas. En la Corte trabajó al lado de Ciro Angarita Barón —quien fijó buena parte del sentido inicial de la tutela—, Eduardo Cifuentes Muñoz, José Gregorio Hernández Galindo y Alejandro Martínez Caballero; con ellos y contra ellos, en el juego normal de una sala colegiada, escribió las sentencias que le dieron a la Constitución de 1991 su carne jurisprudencial. Antes, en Medellín, se había formado en el ambiente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia y había hecho estancias en la Universidad Complutense de Madrid y en Harvard, dos escuelas que le proporcionaron el marco comparado —el constitucionalismo alemán y español de posguerra, el constitucionalismo estadounidense— desde el cual leyó la carta colombiana.
En la política tuvo como aliados a Luis Eduardo Garzón, Antonio Navarro Wolff, Gustavo Petro y Jorge Enrique Robledo en la coalición del Polo; como interlocutores intelectuales, a Fals Borda y a una franja amplia de la academia colombiana que veía en él la traducción posible de sus ideas al Estado. Sus adversarios fueron muchos y de peso: Álvaro Uribe Vélez como figura política central de la década en que hizo campaña; los sectores conservadores que se opusieron a su jurisprudencia sobre autonomía personal, dosis mínima o derechos reproductivos; y, dentro de la propia izquierda, quienes preferían un radicalismo que su temperamento sopetranero rechazaba.
Hay que agregar una dimensión menos visible pero real: la del derecho crítico y comprometido, la tradición del litigio gratuito, del ejercicio del derecho orientado a fines políticos y trascendentes más allá del beneficio económico —organizaciones como el Colectivo José Alvear Restrepo, la Comisión Colombiana de Juristas—. Gaviria no perteneció orgánicamente a ese mundo, pero fue una de sus referencias éticas: la prueba viviente de que un jurista podía sostener, dentro del Estado, la misma exigencia que esas organizaciones sostenían desde afuera.
La huella
Murió en Bogotá el 31 de marzo de 2015. Los homenajes cruzaron las líneas políticas con una naturalidad inusual en Colombia: los mismos sectores que habían combatido su jurisprudencia sobre autonomía personal reconocieron su integridad; los mismos que le habían disputado el liderazgo interno del Polo saludaron su figura moral. Esa unanimidad póstuma es engañosa —los debates que él protagonizó siguen abiertos y siguen siendo ásperos—, pero registra un hecho: Gaviria fue de esas figuras que un país puede tener por controversiales en vida y consensuales en la memoria, porque su combate no era personal sino de método.
¿Qué queda, en el balance largo?
Queda, en primer lugar, una jurisprudencia. Las sentencias en las que participó —directamente o en la línea doctrinal que ayudó a fijar— están vivas: cada vez que la tutela obliga a una EPS a autorizar un tratamiento, cada vez que la jurisdicción especial indígena decide un caso conforme a sus usos y costumbres, cada vez que un tribunal invoca la autonomía personal para proteger una decisión íntima frente a la moralidad pública, opera en algún nivel la doctrina que Gaviria y sus colegas construyeron entre 1993 y el fin de siglo. La Corte Constitucional siguió teniendo, después de él, momentos altos —la sentencia sobre la reelección de 2010, la jurisprudencia sobre desplazamiento forzado, la protección de la paz territorial—; pero el molde en el que esos momentos ocurrieron fue el que la primera Corte fijó.
Queda, en segundo lugar, la evidencia de que una izquierda democrática no militarista podía obtener en Colombia resultados electorales significativos. El 2006 fue el primer aviso; los procesos posteriores —la alcaldía de Petro, la consolidación de un voto urbano progresista, la propia elección presidencial de 2022— tienen, entre sus antecedentes, la campaña que un exmagistrado libró desde una plataforma sin maquinaria. Que el Polo específicamente no haya sobrevivido a sus fracturas no borra el hecho: Gaviria fue quien demostró que ese electorado existía y podía movilizarse. Los partidos que vinieron después construyeron sobre esa demostración.
Queda, en tercer lugar, algo más difícil de nombrar: una manera de habitar la vida pública. En un país donde la política suele exigir renunciar a la precisión intelectual, y donde la academia suele refugiarse en la irrelevancia, Gaviria intentó las dos cosas a la vez sin degradar ninguna. Fue posible discrepar de sus tesis —muchos lo hicieron, con argumentos serios— sin cuestionar su honestidad; fue posible perder frente a él sin sentirse humillado. Esa combinación, tan rara en Colombia como en cualquier parte, es la que Fals Borda intuía cuando pedía "cuidarlo y quererlo". Sabía que ese capital no se produce en serie.
Hay, por supuesto, límites. El proyecto político que Gaviria encarnó dependió, en buena medida, de su figura personal, y las tensiones internas del Polo se manifestaron con más fuerza precisamente cuando esa figura empezó a envejecer y a retirarse. La lectura del derecho que hizo desde la Corte fue transformadora pero también polémica: sus adversarios sostenían, y siguen sosteniendo, que la Corte Constitucional se había excedido en su función de guarda al invadir competencias del legislador y del ejecutivo, y algunos de esos reproches no eran meramente reaccionarios. El propio Gaviria supo, en sus años finales, que la fase heroica del constitucionalismo colombiano estaba pasando y que la defensa del diseño de 1991 exigiría más pelea, no menos.
Pero la pieza que él aportó al mecanismo quedó puesta. Un magistrado que llegaba de una facultad de provincia con una tesis fuera del molde jurídico habitual; que leía a los constitucionalistas alemanes y a los antropólogos del Cauca con el mismo interés; que escribía sentencias donde el lenguaje del derecho volvía a cargar historia y filosofía moral; que después bajaba a la Plaza de Bolívar a cerrar una campaña donde la izquierda desarmada demostraba que había llegado para quedarse. Esa figura no se repite fácilmente. Y su ausencia, diez años después de su muerte, sigue sintiéndose en los momentos —cada vez más frecuentes— en que la vida pública colombiana pide una voz que combine autoridad intelectual, integridad ética y capacidad de disentir sin destruir. La escuchamos porque él la puso, en una jurisprudencia y en una candidatura, al alcance de un país que no siempre supo qué hacer con ella.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
25 documentos · 29 fragmentos01Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 201 cita
[1]eran novedosos textos en el campo de la historia.¹⁴ IV En 1964, al terminar mis estudios curriculares en la centenaria Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, como era de rigor en esa época para obtener el título de abogado, debía cumplir con los exámenes preparatorios y presentar una tesis de grado,…
p. 20
02La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · Página 3461 cita
[2]desarrollos a esca- la nacional. "País de poetas" se dice por algunos. "País de abo- gados", por otros. De todas maneras, poetas y abogados, sin re- novación, siguiendo una ley de inercia, ausente de una verdade- ra formación humanística. Existe en el país un desequilibrio científico, por el excesivo influjo de la…
p. 346
03Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 3261 cita
[3]pruebas que. posteriormente se han organizado en el sector general universitario, El sistema de pruebas de admisi ó n ha conducido a lo que algunos han llamado la pol í tica elitista practicada por las universidades, colombianas, p ú blicas y privadas. Al historiador de la universidad s ó lo le corresponde registrar…
p. 326
04Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · Página 772 citas
[4]la intervención militar reprimiendo las protestas de los estu- diantiles, dejando sólo en Medellín 800 estudiantes detenidos y numerosos muer- tos, lo que provocará que el día 24 de octubre sean clausuradas las facultades de Derecho y Economía de la Universidad de Antioquia. Durante este mismo año los estudiantes…
p. 77
[5]la intervención militar reprimiendo las protestas de los estu- diantiles, dejando sólo en Medellín 800 estudiantes detenidos y numerosos muer- tos, lo que provocará que el día 24 de octubre sean clausuradas las facultades de Derecho y Economía de la Universidad de Antioquia. Durante este mismo año los estudiantes…
p. 77
05Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 3301 cita
[6]más de medio sig lo transitando esta espiral de cri men-mo vimiento de opinión-represión-crimen. Pero, ya vi- mos, la repr esión no ha funcionado y ello obedece en alguna me- dida a que la población no confia en sus jueces y menos aún en sus po li cías. Si alguna conclusión se deriva de este último medio sig lo, es el…
p. 330
06El orangután con sacoleva: cien años de democracia y represión en Colombia (1910-2010)Francisco Gutiérrez Sanín · 2014 · Página 1121 cita
[7]idea de que solamente así se podría construir un sistema político moderno y le gítimo.96 Fue entonces cuando se acabaron por fin todas las restric ciones institucionales a la competencia política establecidas durante el Frente Nacional (paradójicamente, este era el momento más alto de votación para los partidos…
p. 112
07¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 1011 cita
[8]UP, luego de queJaime Pardo Leal también fuera asesinado; y Carlos Pizarro, excomandante de un M-19 que recogía un respetable apoyo popular tras su conversión en partido político. Al tiempo, el narcotráfico, en alianza con grupos políticos y paramilitares, venía de asesinar a los periodistas Guillermo Cano y Jorge…
p. 101
08Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 2741 cita
[9]firmadas y en parte incumplidas. Muchas de sus normas constitu í an una actualizaci ó n indispensable de una constituci ó n formalista, ya centenaria, convertida en obst á culo a la democracia: reemplaz ó a una constituci ó n que exist í a en buena parte en la medida en que su vigencia se suspend í a, de modo que se…
p. 274
09Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · Página 4621 cita
[10]iniciativas con- juntas de los grupos en el poder, o son iniciativas de personajes políticos en particular o de grupos políticos que no representan a intereses de la mayoría 27, por lo que, en la práctica, los gobier- tuita (arts. 13 y 14) la asistencia pública como función del Estado (art. 16); la protec- ción del…
p. 462
10El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 1. Graves violaciones de derechos humanos: luchas sociales y cambios normativos e institucionales 1985-2012Centro Nacional de Memoria Histórica · 2015 · Página 812 citas
[11]la Acción de Tutela La creación de la Corte Constitucional y la previsión de la ac- ción de tutela son dos de las innovaciones institucionales más im- portantes de la Constitución de 1991, marcando de fi nitivamente el acceso a la justicia de las víctimas de violaciones a los derechos humanos en los años siguientes en…
p. 81
[12]la Acción de Tutela La creación de la Corte Constitucional y la previsión de la ac- ción de tutela son dos de las innovaciones institucionales más im- portantes de la Constitución de 1991, marcando de fi nitivamente el acceso a la justicia de las víctimas de violaciones a los derechos humanos en los años siguientes en…
p. 81
11Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · Página 1222 citas
[13]whose major reason for existence was the drug trade. [45.77.104.39] Project MUSE (2025-12-19 03:45 GMT) Universidad de Los Andes 6 The Conflicts of President Uribe with the Judicial Branch In this chapter, I turn to the conflicts of the judicial branch with President Uribe, especially in the cases of the Supreme Court…
p. 122
[14]whose major reason for existence was the drug trade. [45.77.104.39] Project MUSE (2025-12-19 03:45 GMT) Universidad de Los Andes 6 The Conflicts of President Uribe with the Judicial Branch In this chapter, I turn to the conflicts of the judicial branch with President Uribe, especially in the cases of the Supreme Court…
p. 122
12Managing Multiculturalism: Indigeneity and the Struggle for Rights in ColombiaJean E. Jackson · 2019 · Página 1711 cita
[15]asked Nasa authorities to describe the intention be - hind their laws, which led to the finding that whipping was not equivalent to torture because its purpose was to ritually purify the violator, welcome him or her back into the community, and restore harmony. Gaviria maintained that “only a high degree of autonomy…
p. 171
13La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · Página 1421 cita
[16]se arrogue excesivas atribuciones y ponga en peligro el indispensable balance democrático. La Corte Constitucional, por fortuna, salvó a Colombia de caer en el contagio regional del caudillismo. En el año 2014 presenté una reforma constitucional —que fue aprobada en el 2015— para eliminar de nuevo la reelección…
p. 142
14Más allá del desplazamiento: políticas, derechos y superación del desplazamiento forzado en ColombiaCésar Rodríguez Garavito (coord.), Juan Carlos Guataquí, Ana María Ibáñez Londoño, María Mercedes Maldonado Copello, Luis Eduardo Pérez Murcia, Esteban Restrepo Saldarriaga, Héctor Riveros Serrato, Diana Rodríguez Franco, Yamile Salinas Abdala · 2010 · Página 1551 cita
[17]con el cual avanzará en el cumplimiento de tales compromisos. Sin embargo, estas decisiones públicamente adoptadas deben ser serias, por lo cual han de estar sustentadas en un proceso decisorio racional que estructure una política pública susceptible de ser implementada, de tal manera que los compromisos…
p. 155
15Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · Página 1361 cita
[18]de finales de los años setenta que presentan una organización casi similar a las organizaciones de orden religioso. Y ahí vemos organizaciones como el Colectivo Alvear, la Comisión Colombiana de Juristas, la Asociación Minga, así como muchas organizaciones defensoras de derechos que —por supuesto son organizaciones de…
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16El socialismo raizal y la Gran Colombia bolivarianaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1171 cita
[19]desde la magnífica campaña del año pasado. Por eso aplaudo la proclamación que este Congreso le ha hecho como presidente del Polo, y abrigo la esperanza de que, El socialismo raizal y la Gran Colombia bolivariana /// Orlando Fals Borda 118 una vez cumplamos los procedimientos democráticos de escogencia que establecen…
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17A Gringa in Bogotá: Living Colombia's Invisible WarJune Carolyn Erlick · 2010 · Página 1811 cita
[20]in Carlos Gaviria’s closing campaign rally in the packed Plaza de Bolívar, I had stood amidst a sea of yellow T-shirts, the Polo Party color, and watched as raindrops fell and umbrellas came out and ralliers continued to chant. I had felt the energy of the chants—“El pueblo unido jamás será vencido,” a traditional…
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18Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · Página 1481 cita
[21]se caracterizó por no asumir una izquierda radical sino, al contrario, por tener la capacidad de desplazarse hacia el centro cuando fuera necesario, y de hecho les dio continuidad a varias de las políti- cas de sus antecesores en temas financieros y de movilidad urbana. Garzón salió de la alcaldía registrando los más…
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19Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1101 cita
[22]y el equilibrio de poderes. Para el 2006, aunque Uribe fue reelegido de manera contundente, la izquierda se convirtió en la segunda fuerza política del país. El bipartidismo realmente había desaparecido. Lo que ocurrió entre el 2006 y el 2010 debe leerse como un momento crucial para la democracia en Colombia. Para…
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20Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Páginas 160, 1682 citas
[23]de los políticos, incluidos los de la coalición centro-izquierdista del Polo De mocrático que, en la campaña electoral del 2005-2006 ni mencionó el tema que, claro está, descubrió poco después.39 Contra el Caguán En las elecciones del 26 de mayo de 2002 Alvaro Uribe Vélez ganó la presi dencia de Colombia. Había…
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[24]plataforma de cien puntos, tópicos de campaña electoral de un político profesional: contra la corrupción, el despilfarro del sector público, la ineficiencia administrativa y los rigores sociales que padecen los pobres como efecto de políticas neolibe- rales y por una Colombia sin guerrillas ni paramilitares. La…
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21Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · Página 2241 cita
[25]respecto al estatus penal de los paramilitares, otros elementos complicaron la situación. En efecto, la intervención de la Corte Suprema fue más allá de las condiciones de desmovilización y se centró en las redes que los paramilitares mantenían en el corazón del Estado. En las siguientes páginas exploramos este…
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22Álvaro Uribe: El Caballo de Troya del NeoliberalismoJuan Manuel López Caballero · 2009 · Página 2461 cita
[26]les compete. El primero pasa por un ‘periodo depresivo’ comprensible ante los resultados obtenidos como consecuencia de las decisiones to- madas en el último Congreso (en cuanto a orientación, en cuanto a reorganización directiva y en cuanto a candidatura) y se encuentra a la espera de las decisiones que tomará el…
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23La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 2711 cita
[27]nueva subversión. Pueden ser pocos y parecen inermes; pero tienen el potencial de lo que Arnold Toynbee llamo “minorías creadoras”. Se hallan ya alerta- das y activas en países como Bolivia, Ecuador, Venezuela, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Perú, México, Nicaragua y Paraguay. Hasta en los Estados Unidos ha…
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24Una vida, muchas vidasGustavo Petro Urrego · 2021 · Página 2501 cita
[28]nunca nos perdonó nuestro papel estratégico en la destrucción del proyecto paramilitat. 254 El coraje de la verdad Cuando llegué al Senado, como parte del nuevo partido de izquierda Polo Democrático, en 2006, sentí la necesidad de vol- ver a investigar el paramilitarismo región por región. En espe- cial, me llamaba la…
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25¿Un nuevo ciclo de la guerra en Colombia?Francisco Gutiérrez Sanín · 2020 · Página 1601 cita
[29]la ofensiva uribista de colonización y/o arrinconamiento de los medios y de seguimientos de periodistas y opositores). El uribismo ya no se puede proclamar siquiera como la fuerza mayoritaria en el país, menos como una absolutamente hegemónica, un estatus que sí tenía, digamos, en 2006. Aún así, no va a desaparecer…
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