Mario Uribe Escobar
Seguridad Democrática
La biografía
En la geografía política del uribismo, pocos nombres condensan tanta densidad institucional como el de Mario Uribe Escobar. Senador antioqueño durante más de una década, presidente del Congreso de la República en el bienio 2000–2001, fundador del movimiento Primero Colombia con el que su primo Álvaro Uribe Vélez llegó al poder en 2002, y arquitecto del partido Colombia Democrática, terminó condenado por la Corte Suprema de Justicia a siete años y medio de prisión por sus nexos con las Autodefensas Unidas de Colombia. Su carrera no fue la de un satélite del uribismo sino la de uno de sus ingenieros: el operador que hizo pasar por el sistema electoral la candidatura disidente que se convertiría en dos mandatos presidenciales, y el político regional que la justicia identificaría, años después, como pieza del entramado paramilitar que capturó al Congreso durante esa misma década. Su expediente resume, mejor que casi ningún otro, la tesis incómoda de que la Seguridad Democrática y la parapolítica no fueron procesos paralelos sino líneas trenzadas del mismo tejido de poder.
Línea de vida
- 2000
Presidencia del Congreso de la República
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Mario Uribe Escobar ejerció como presidente del Congreso de la República durante el bienio 2000–2001, consolidando su posición como uno de los parlamentarios de mayor peso dentro del liberalismo antioqueño y del sistema político nacional.
- 2002
Fundación de Primero Colombia y triunfo presidencial de Álvaro Uribe
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Ante el cierre del Partido Liberal a la candidatura de su primo Álvaro Uribe Vélez, Mario Uribe fundó el movimiento Primero Colombia, plataforma con la que el candidato disidente ganó las elecciones presidenciales en primera vuelta con el 54% de los votos, quebrando el centenario sistema bipartidista liberal-conservador.
- 2002
Creación de Colombia Democrática
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Mario Uribe organizó el partido Colombia Democrática, colectividad que la justicia identificaría posteriormente como uno de los vehículos electorales utilizados por las AUC para trasladar poder territorial armado a poder legislativo formal, junto con movimientos como Colombia Viva, Convergencia Ciudadana y Cambio Radical.
- 2006
Estallido de la parapolítica y apertura de investigaciones
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Los debates parlamentarios en torno a la Ley de Justicia y Paz y las investigaciones electorales de 2006 pusieron el foco sobre los nexos entre congresistas y paramilitares. El testimonio de Jairo Castillo Peralta, alias Pitirri, ante la Corte Suprema de Justicia acusó a Mario Uribe de colaborar con grupos paramilitares desde 1998, incluyendo el forzamiento de personas a abandonar sus tierras para facilitar el despojo.
- 2008
Intento de asilo en la embajada de Costa Rica y captura
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Tras la acumulación de acusaciones de Pitirri y versiones libres de jefes paramilitares, la Fiscalía ordenó la captura de Mario Uribe. El exsenador se refugió en la embajada de Costa Rica en Bogotá para invocar asilo político; la solicitud fue negada y fue capturado por las autoridades colombianas.
- 2011
Condena de la Corte Suprema de Justicia
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La Corte Suprema de Justicia condenó a Mario Uribe Escobar a siete años y medio de prisión por sus nexos con las Autodefensas Unidas de Colombia, convirtiéndolo en el rostro más visible de la parapolítica dentro de la familia del presidente Álvaro Uribe Vélez.
La semblanza
Mario Uribe Escobar pertenece a la generación de políticos antioqueños que hizo carrera en el ocaso del bipartidismo y encontró, al arrancar el siglo XXI, la oportunidad de rehacer el mapa. Abogado de formación, militante liberal durante la mayor parte de su trayectoria, senador por Antioquia, primo del presidente Álvaro Uribe Vélez: cada uno de esos atributos, por sí solo, lo habría situado en la primera línea de la política colombiana. Reunidos, lo convirtieron en algo más singular. Fue el pariente que puso la infraestructura partidista al servicio de la ambición presidencial de su primo cuando el Partido Liberal cerró filas contra ella; fue el senador que presidió el Congreso justo antes de que ese Congreso fuera reconfigurado por la ola uribista; y fue, finalmente, el político que cayó bajo el peso del testimonio de un lugarteniente paramilitar desmovilizado, refugiándose infructuosamente en una embajada extranjera antes de aceptar el rigor de la justicia colombiana.
Su figura pesa por tres razones concurrentes. La primera es institucional: fundó, con Primero Colombia, el vehículo electoral que rompió el centenario sistema bipartidista liberal-conservador y llevó a la Casa de Nariño a un candidato disidente. La segunda es familiar: el lazo de primos con Álvaro Uribe lo situó en el círculo íntimo del poder presidencial durante ocho años, en un país donde los vínculos de sangre siguen operando como estructura política. La tercera es penal: la sentencia de la Corte Suprema lo convirtió en el rostro más visible de la parapolítica dentro de la familia gobernante, y el intento de asilo en la embajada de Costa Rica dejó una imagen que ninguna estrategia de comunicación logró después borrar.
Su itinerario personal ilumina, además, un rasgo estructural de la política colombiana: la persistencia del parentesco como principio organizador, capaz de sobrevivir a todas las reformas constitucionales, todos los ciclos de moralización pública y todos los intentos de tecnificar la representación. En Antioquia, esa persistencia adquiere una densidad particular, porque el departamento fue laboratorio simultáneo del capitalismo industrial colombiano, del gremialismo empresarial más disciplinado del país y de la política liberal-conservadora tradicional. Mario Uribe se movió con soltura en ese cruce.
Los orígenes de un operador antioqueño
Nacido a mediados del siglo XX en Antioquia, Mario Uribe se formó como abogado y entró en la política por la puerta clásica del liberalismo regional. Antioquia, en las décadas de los ochenta y noventa, era un laboratorio de reconfiguración política: el bipartidismo sobrevivía en las estructuras electorales pero perdía consistencia ideológica; las élites regionales se acomodaban a la Constitución de 1991 y a sus nuevas reglas de competencia; y, en las zonas rurales, el paramilitarismo iniciaba una expansión que primero fue reactiva contra las guerrillas y después se volvió proyecto de dominación territorial autónomo. Mario Uribe hizo carrera como un político liberal ortodoxo con anclaje departamental, hasta que la coyuntura le abrió una ventana mayor.
Su llegada al Senado lo situó en el vértice donde se cruzan la representación regional y la conversación nacional. En 2000–2001 alcanzó la presidencia del Congreso, una dignidad que en el sistema colombiano rota entre las bancadas mayoritarias y confirma el peso de un parlamentario dentro de su partido. En ese momento todavía militaba en el liberalismo. Fue precisamente esa doble posición —senador de peso, primo de un aspirante presidencial— la que lo convertiría, muy poco después, en el pivote de una operación política que redefinió al país.
Cuando en 2001 y 2002 el Partido Liberal decidió tramitar su candidatura presidencial mediante una consulta interna cuyas reglas favorecían a Horacio Serpa, Álvaro Uribe Vélez, entonces exgobernador de Antioquia y precandidato liberal, optó por la disidencia. Fue Mario Uribe quien fundó el movimiento Primero Colombia, la plataforma con la que su primo se presentaría por fuera del partido. La decisión tuvo consecuencias históricas: Álvaro Uribe ganó en primera vuelta con el 54% de los votos, un resultado inédito bajo el sistema de doble vuelta introducido por la Constitución de 1991, y su triunfo aceleró un realineamiento que, en la práctica, cerró el ciclo del bipartidismo liberal-conservador. Que Primero Colombia haya sido descrito luego como un movimiento efímero no le resta trascendencia: fue el vehículo mediante el cual se consumó la ruptura.
Conviene detenerse en la mecánica de aquella fundación, porque revela la clase de operador que era Mario Uribe. No se trataba de improvisar una candidatura desde la nada. Se trataba de acoplar una maquinaria capaz de recoger firmas, obtener personería jurídica provisional, articular avales regionales y sostener una campaña presidencial fuera del andamiaje de un partido tradicional. Ese ensamblaje exigía conocimiento fino del régimen electoral, contactos operativos en cada departamento y una lectura precisa de dónde estaban los descontentos con el liberalismo oficial. Mario Uribe reunía las tres cosas. La candidatura disidente de su primo no se sostuvo por su propio impulso: se sostuvo porque hubo alguien que fabricó, tuerca a tuerca, la plataforma que la hizo viable.
La trayectoria durante la Seguridad Democrática
Con su primo en la Casa de Nariño, Mario Uribe se convirtió en un actor de primer orden del nuevo régimen. Álvaro Uribe llegó al poder con una plataforma de mano dura frente a las guerrillas, en contraste explícito con el desprestigiado proceso de paz del Caguán, y con una trayectoria previa como alcalde de Medellín, senador y gobernador de Antioquia que lo presentaba como político de resultados. Durante sus ocho años de mandato, su índice de favorabilidad osciló entre el 63% y el 85%, un rango que le permitió gobernar con un capital político excepcional y transformar el sistema de partidos.
Mario Uribe emprendió entonces su siguiente movimiento organizativo: la creación de Colombia Democrática, colectividad que se sumó al abanico de plataformas que respaldaban al gobierno. La descripción precisa de ese universo es reveladora. Colombia Democrática fue uno de varios movimientos —entre los que figuraban Colombia Viva, Convergencia Ciudadana, Cambio Radical, Apertura Liberal, Alas o Equipo Colombia, junto a una decena de siglas menores— que canalizaron la influencia de las Autodefensas Unidas de Colombia en el Congreso. La formulación no admite eufemismos: fueron los vehículos electorales que las AUC utilizaron, con distintos grados de organicidad, para trasladar poder territorial armado a poder legislativo formal.
Los nombres que orbitaron Colombia Democrática confirman ese perfil. Miguel Alfonso de la Espriella, cordobés, aspiró al Senado por el movimiento y obtuvo 49.958 votos, actuando como uno de los voceros políticos de la candidatura de Álvaro Uribe en Córdoba. Eleonora Pineda buscó una curul en la Cámara con el eslogan "Luchando por la reconciliación", pero fue retirada de las listas cuando sus vínculos con los paramilitares se hicieron públicamente insostenibles. Ricardo Elcure Chacón llegó al Senado en 2006 con apenas 4.538 votos —cifra insuficiente para curul directa— ocupando una vacante producida por la renuncia de otro senador del mismo partido. Cada uno de esos casos era, por sí solo, un indicio. En conjunto, dibujaban el patrón.
Álvaro Uribe fue reelegido en 2006 tras la reforma constitucional que permitió la reelección presidencial inmediata, y Mario Uribe mantuvo durante ese segundo mandato su condición de senador y de figura clave del entorno familiar. Pero para entonces la ola judicial ya se había puesto en marcha, y su nombre empezó a aparecer en los papeles de la Corte Suprema.
La red: primos, paramilitares y testigos
La comprensión del caso Mario Uribe exige entender la geometría de relaciones que lo rodearon. En el vértice familiar, el vínculo con Álvaro Uribe Vélez no era un dato biográfico ornamental: era el activo político central. En una carrera de más de dos décadas en el Senado, ese parentesco convirtió cada iniciativa de Mario Uribe —desde la fundación de Primero Colombia hasta la organización de Colombia Democrática— en un asunto que trascendía su propio peso legislativo. Era, en la práctica, un operador del poder presidencial dentro del Congreso, con acceso directo al jefe de Estado y al aparato ejecutivo. Esa cercanía le confería una autoridad implícita que no dependía de sus votos ni de sus discursos, sino de la simple presunción de que quien hablaba con él hablaba, en última instancia, con Palacio.
En el vértice paramilitar, el vínculo probatorio clave lo aportó Jairo Castillo Peralta, alias Pitirri, lugarteniente desmovilizado que se convirtió en testigo principal de la Corte Suprema en los procesos de parapolítica. Dentro de las AUC, Pitirri había sido encargado de las finanzas y de una tarea específica: ubicar y negociar a bajo precio tierras para los jefes paramilitares o para sus aliados políticos, labor que lo llevó a Sahagún, en Córdoba. Fue en el ejercicio de esa función donde, según su testimonio, tuvo contacto con Mario Uribe. La acusación central del deponente fue que el senador había colaborado con grupos paramilitares desde 1998, y que esa colaboración incluía haber forzado a personas a abandonar sus tierras, es decir, desplazamiento forzado con fines de despojo. En el mismo bloque de testimonios apareció Otero Bula, ganadero señalado como financiador de los paramilitares y proveedor de fusiles y municiones.
En el vértice regional, la geografía del caso se desplaza de Antioquia —el bastión electoral de Mario Uribe— hacia la costa Caribe, y en particular hacia Córdoba y Sucre, epicentros del proyecto paramilitar de las AUC. En el corregimiento de Santa Fe de Ralito, en Tierralta, Córdoba, jefes paramilitares y más de cincuenta políticos —senadores, congresistas, alcaldes y gobernadores— suscribieron el Pacto de Ralito con el propósito declarado de "refundar el Estado". Investigaciones posteriores establecieron que el acuerdo buscaba construir un proyecto político financiado desde el narcotráfico, que arrancaría en la región Caribe con intención de expandirse al conjunto del Estado colombiano. El pacto contravino los intereses de Carlos Castaño, ya distanciado de los dirigentes del Bloque Norte, y dejó al descubierto el grado de organicidad con que se había planificado la captura del sistema político.
Mario Uribe reconoció haber tenido una reunión con Salvatore Mancuso, jefe máximo de las AUC, pero negó haber alcanzado con él ningún acuerdo. Esa versión, sostenida durante todo el proceso, se estrelló contra la acumulación de testimonios y versiones libres de los propios jefes paramilitares en el marco de la Ley de Justicia y Paz, y contra la deposición central de Pitirri. La distinción entre "reunión sin acuerdo" y "pacto operativo" fue, precisamente, el terreno donde se libró la batalla judicial.
Del Congreso al banquillo
El escándalo de la parapolítica no estalló solo. Los debates parlamentarios en torno a la Ley 975 de 2005 —la Ley de Justicia y Paz que enmarcó la desmovilización de las AUC— se convirtieron en la caja de resonancia inicial del escándalo, y la agenda electoral de 2006 determinó su curso. Investigaciones región por región emprendidas desde el Congreso pusieron el foco sobre Antioquia y sobre los nexos entre el gobierno y el fenómeno paramilitar, forzando al país a mirar lo que la Fiscalía y la Corte terminarían de documentar.
La ola judicial que siguió fue de dimensiones inéditas. Se abrieron procesos contra 107 congresistas por vínculos con el paramilitarismo, de los cuales 21 resultaron condenados, con muchos más en juicio. A ellos se sumaron tres gobernadores condenados y otros dieciséis funcionarios procesados. Los partidos uribistas concentraron 84 de los congresistas salpicados, cifra que por sí sola disolvió cualquier discusión sobre la centralidad política del fenómeno. Era la tercera vez que la justicia colombiana enfrentaba el entramado paramilitar —los intentos anteriores, en los ochenta con el MAS y las Autodefensas del Magdalena Medio, y luego con la contabilidad de las ACCU hallada en el parqueadero Padilla, habían fracasado por la combinación de asesinatos de investigadores e impunidad—, y esta vez las condiciones institucionales permitieron un avance mayor, aunque no completo.
Contra Mario Uribe, la Fiscalía ordenó la captura tras la acumulación de las acusaciones de Pitirri y de las versiones libres de jefes paramilitares. El senador respondió con una jugada que quedaría fijada en la memoria pública: se refugió en la embajada de Costa Rica en Bogotá para invocar la figura del asilo político. La solicitud fue negada. La captura se hizo efectiva, y el proceso avanzó hasta la sentencia de la Corte Suprema de Justicia, que lo condenó a siete años y medio de prisión por sus nexos con las AUC.
La condena tuvo un peso simbólico desproporcionado incluso frente a otras del mismo ciclo. No caía sobre un congresista periférico, ni sobre un cacique regional de segunda línea: caía sobre el fundador del movimiento que había llevado a Álvaro Uribe a la presidencia, sobre el pariente político más visible del entonces mandatario, sobre el expresidente del Congreso. La demostración de que la parapolítica había alcanzado el círculo íntimo del poder ejecutivo era ya, en ese punto, incontestable.
El trámite procesal, sin embargo, no fue lineal. En una primera instancia, en 2011, Mario Uribe fue absuelto por una Sala de la Corte Suprema, en un fallo que produjo perplejidad pública y que rápidamente fue objeto de revisión. La condena definitiva llegó en febrero de 2013, cuando la Sala Penal, con nueva composición, revocó la absolución y le impuso los siete años y medio de prisión por concierto para delinquir agravado. Ese zigzag —absolución primero, condena después— formó parte del paisaje procesal de la parapolítica y alimentó tanto a quienes veían en la Corte un tribunal politizado como a quienes veían en las estrategias de defensa de los condenados una capacidad de dilación y desgaste sostenida en el tiempo.
La mecánica del proceso merece detalle. Por su condición de aforado, el caso correspondía a la Sala Penal de la Corte Suprema en única instancia, sin apelación posible en el diseño vigente al momento de los hechos, un rasgo del sistema colombiano que concentraba el destino judicial de los congresistas en un único tribunal. La instrucción combinó las versiones libres rendidas por los jefes paramilitares en el marco de Justicia y Paz —piezas procesales de un régimen transicional que obligaba a los desmovilizados a confesar bajo pena de perder los beneficios penales— con las declaraciones de testigos protegidos como Pitirri, con documentación electoral y con cruces patrimoniales sobre tierras de la costa Caribe. La defensa se apoyó en la retractación parcial de testimonios, en la impugnación de la credibilidad de los deponentes desmovilizados y en la insistencia sobre la ausencia de un acuerdo formal con Mancuso. La Sala Penal, en 2013, consideró probado que los contactos habían excedido la mera coincidencia política y que el aporte de Mario Uribe al entramado justificaba la calificación agravada del concierto para delinquir.
La disputa sobre el sentido
El caso Mario Uribe admite al menos dos lecturas, y ambas resultan útiles para ubicar su lugar exacto en la historia política reciente. La primera, más severa, lo presenta como pieza consciente de un proyecto de captura estatal: el operador que fundó Primero Colombia y Colombia Democrática con conocimiento de que ambos vehículos servirían para trasladar poder paramilitar al centro del Estado. Esa lectura se apoya en la coincidencia entre el pacto de refundación firmado en Ralito, la proliferación de movimientos electorales que amplificaron la influencia de las AUC en el Congreso, y la trayectoria personal de Uribe como articulador de dos de esas plataformas.
La segunda lectura, más cauta, subraya que el vínculo entre políticos y paramilitares no respondió a una única lógica de subordinación orgánica. Existían modalidades diversas: desde el político orgánico plenamente insertado en la estructura armada hasta el operador clientelar que convergía funcionalmente con los paramilitares para asegurar votos o control territorial, sin ser propiamente su agente. En esa clave, Mario Uribe habría sido un exponente típico —no excepcional— de la clase política regional que negoció con las AUC porque el sistema electoral colombiano, en amplias zonas del país, no dejaba espacio para hacer política sin transar con quien controlara el territorio.
Ambas lecturas conviven en el expediente. La trayectoria de Mario Uribe encarna el punto donde clientelismo antioqueño, red familiar del poder presidencial y proyecto paramilitar se volvieron indistinguibles en la práctica, aunque sus orígenes fueran heterogéneos. La sentencia de la Corte no lo condenó por ser el ideólogo de un proyecto refundacional; lo condenó por facilitar despojo de tierras a partir de 1998, un delito muy concreto que se inscribía, sin embargo, en un entramado mucho más amplio.
La huella
La huella de Mario Uribe se mide en tres registros. En el electoral, dejó dos organizaciones —Primero Colombia y Colombia Democrática— cuya trascendencia rebasa la de sus propios afiliados: la primera rompió el bipartidismo; la segunda fue una de las plataformas donde la representación paramilitar encontró acomodo formal. Con posterioridad, la reorganización del uribismo desembocaría en el Partido de la U, creado como coalición de disidentes de los partidos tradicionales para respaldar al gobierno, y cuya lógica de funcionamiento estuvo orientada más a garantizar la continuidad de la relación con la chequera presidencial que a articular un proyecto ideológico propio. Esa dinámica —partidos como andamios de una relación con el poder ejecutivo, no como comunidades programáticas— es una de las herencias duraderas de la ingeniería política de la que Mario Uribe fue precursor.
En el registro judicial, su condena forma parte del acervo más completo de sentencias contra el paramilitarismo político en la historia del país, un acervo que sin embargo revela con la misma claridad el techo de la justicia colombiana. De los 107 congresistas procesados, apenas 21 fueron condenados; la mayoría de las investigaciones permaneció en etapa preliminar; los avances en materia de reparación a víctimas fueron mínimos; y los procesos no lograron esclarecer suficientemente la participación de excongresistas y exgobernadores en crímenes de lesa humanidad cometidos por lo que la propia jurisprudencia denominó la "empresa paramilitar" —la caracterización de las AUC como estructura criminal organizada que operaba con división del trabajo, cuadros de mando y aparato financiero, y que trasladaba a políticos aliados una porción del poder territorial conquistado por las armas—, especialmente en aquellos casos donde los servidores públicos actuaban como voceros de partidos legalmente reconocidos y hacían parte del directorio de mando que diseñaba y planificaba las acciones criminales. La condena de Mario Uribe fue, en ese cuadro, una excepción efectiva antes que la punta de un desmantelamiento sistémico: el sistema que la produjo sobrevivió a la sentencia.
En el registro institucional, el caso dejó una constatación que sigue pesando sobre la democracia colombiana. Durante el mismo gobierno en que se libraba la parapolítica, agencias del Estado —incluido el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS— realizaban seguimientos ilegales a magistrados de las Altas Cortes, periodistas, políticos de oposición, académicos e intelectuales, con la finalidad de calumniarlos e intimidarlos. En paralelo, los paramilitares habían utilizado bases de datos electorales del registro civil para planear y ejecutar fraude masivo en 2002. También habían accedido al DAS para borrar antecedentes penales de narcotraficantes y paramilitares y para elaborar listas de ciudadanos señalados como aliados de la guerrilla. La captura del Estado no era una metáfora: era una operación técnica y verificable, con documentos y funcionarios concretos. La condena a Mario Uribe cerró un capítulo judicial, pero no desmontó la maquinaria.
Queda un cuarto plano, el estrictamente personal, que la biografía política tiende a soslayar. Mario Uribe cumplió parte de la pena en detención domiciliaria y libertad condicional, y regresó a un espacio público disminuido pero no clausurado: siguió apareciendo en debates internos del uribismo, en tertulias regionales antioqueñas y en pronunciamientos ocasionales sobre coyunturas judiciales que afectaban a su primo, en particular el proceso penal contra Álvaro Uribe Vélez por manipulación de testigos y fraude procesal. El regreso se hizo en clave menor: entrevistas contadas, columnas ocasionales, presencia en actos partidistas del uribismo antioqueño, defensa pública del legado de la Seguridad Democrática y crítica sostenida a la Corte Suprema que lo había condenado. Nunca reconoció plenamente los hechos por los que fue sentenciado; su versión pública osciló entre la denuncia de una persecución política y el reclamo de un debido proceso vulnerado por los cambios de composición de la Sala Penal. Ese retorno atenuado forma parte del guion colombiano: la condena rara vez implica extinción biográfica, y el condenado por parapolítica que ha pagado su pena conserva casi siempre un lugar de opinión en el circuito que lo produjo. La sentencia no clausura ese circuito, y esa continuidad es también parte del legado.
Su nombre, en cualquier caso, quedó fijado en el expediente central de la relación entre el gobierno de Álvaro Uribe y el fenómeno paramilitar. No como un caso lateral que hubiera podido separarse de la narrativa del régimen, sino como el punto donde esa narrativa quedó atada al banquillo. Cuando la discusión sobre la Seguridad Democrática se libra en términos de balance —los golpes a las FARC, la recuperación territorial, la reducción de secuestros—, el caso Mario Uribe funciona como recordatorio de que el balance tiene otra columna, escrita con sentencias en firme y con nombres propios, que ninguna reconstrucción posterior ha conseguido borrar.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
18 documentos · 21 fragmentos01No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Páginas 429, 5082 citas
[1]dijo que uno de los obstáculos para haber llegado a un acuerdo era que Pastrana no tenía el poder. Eso cambió radicalmente con la llegada de Álvaro Uribe a la Presidencia (2002-2006). Uribe ganó con 54 % de los votos en primera vuelta y mantuvo un alto índice de favorabilidad que osciló entre el 63 % y el 85 % durante…
p. 429
[16]decenas de políticos, empresarios, militares, especialmente de la región Caribe, relacionados con pagos, apoyos electorales y contratos. El contenido se conoció parcialmente a través de la Revista Semana en septiembre de ese año y se convirtió en un escándalo político nacional. Esta era la tercera vez que la justicia…
p. 508
02Desafíos de la gobernabilidad democrática. Reformas político-institucionales y movimientos sociales en la región andinaMartín Tanaka, Francine Jácome · 2010 · Página 621 cita
[2]del aparente fracaso de la reforma pro- puesta por Andrés Pastrana. Uribe era uno de los precandidatos del Partido Liberal, enfrentándose principalmente a Horacio Serpa Uribe, quien había per- dido en la contienda electoral de 1998, representando el ala más tradicional del partido. Cuando el partido decidió utilizar…
p. 62
03Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2681 cita
[3]Ca- cica», forzó al presidente Pastrana a suspender el proceso y a ordenar la recuperación de la zona de despeje por parte del ejército en febrero de 2002, tres meses antes de la celebración de las eleccio- nes presidenciales. 12 veia” pi ro de 2003, ocasionó treinta y nueve muertos y cerca de ciento setenta heridos.…
p. 268
04La tierra en disputa. Memorias de despojo y resistencia campesina en la costa Caribe (1960-2010)Absalón Machado, Donny Meertens · 2010 · Página 891 cita
[4]una gran bancada en el Congreso que les permitiera ventilar sus intereses en los órganos de decisión de la Nación. Para tal efecto, les fue útil la proliferación de partidos políticos promovida por la Constitución de 1991. De hecho, para el momento en que las AUC estaban unificadas, ya existían varios movimientos…
p. 89
05Herederos del mal. Clanes, mafias y mermelada. Congreso 2014-2018León Valencia, Ariel Ávila Martínez · 2014 · Página 1481 cita
[5]'Pacta de Ralito' (un acuerdo en el que los paramilitares y varios dirigentes politicos pactaron una serie de beneficios y compromisos). Pese a que el politico Montes sostuvo en varios momentos del proceso que su presencia ante los jefes de la AUC se dio par presiones y amenazas, este argumento no tuvo validez ante el…
p. 148
06A las puertas de El UbérrimoIván Cepeda, Jorge Rojas · 2008 · Páginas 119, 1472 citas
[6]nora Pineda y Miguel Alfonso de la Espriella, acompañaron al presiden- te-candidato y fueron los voceros políticos de las tesis de su candidatura ante la sociedad cordobesa. Eleonora Pineda salió a las plazas pública~ como aspirante a la Cámara por el movimiento Colombia Democrática con el eslogan publicitario…
p. 119
[10]Jairo Castillo Peralta, alias 'Pitirri', lugarteniente paramilitar desmovilizado y luego exiliado, y uno de los principales testigos de la Corte Suprema de Jus- ticia en los procesos de la parapolítica. A partir de esta acusación, y de otras que aparecieron en versiones libres de los jefes paramilitares, la Fis- calía…
p. 147
07Breve historia del conflicto armado en ColombiaJerónimo Ríos Sierra · 2017 · Página 1441 cita
[7]significativos de las AUC junto con más de 50 políticos entre senadores, congresistas, alcaldes y gobernadores cuyo último propósito no era otro que el refundar el Estado. El nombre viene del corregimiento de Santa Fe de Ralito, en Tierralta, Córdoba, y donde toman especial relevancia muchos nombres de la política…
p. 144
08Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · Página 1552 citas
[8]the self- defense groups in the Córdoba Department and had suggested to them that they create a Capital Bloc. 29 Santos, who was editor of El Tiempo at the time, acknowledged that he met twice with Castaño and once with Mancuso. He said the purpose was to ask them to address reporters from his newspaper about the…
p. 155
[9]the self- defense groups in the Córdoba Department and had suggested to them that they create a Capital Bloc. 29 Santos, who was editor of El Tiempo at the time, acknowledged that he met twice with Castaño and once with Mancuso. He said the purpose was to ask them to address reporters from his newspaper about the…
p. 155
09Gobernar en medio de la violencia. Estado y paramilitarismo en ColombiaJacobo Grajales · 2017 · Página 2241 cita
[11]respecto al estatus penal de los paramilitares, otros elementos complicaron la situación. En efecto, la intervención de la Corte Suprema fue más allá de las condiciones de desmovilización y se centró en las redes que los paramilitares mantenían en el corazón del Estado. En las siguientes páginas exploramos este…
p. 224
10Una vida, muchas vidasGustavo Petro Urrego · 2021 · Página 2501 cita
[12]nunca nos perdonó nuestro papel estratégico en la destrucción del proyecto paramilitat. 254 El coraje de la verdad Cuando llegué al Senado, como parte del nuevo partido de izquierda Polo Democrático, en 2006, sentí la necesidad de vol- ver a investigar el paramilitarismo región por región. En espe- cial, me llamaba la…
p. 250
11The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 4451 cita
[13]agency], provided confirmation that paramilitaries used voter databases from the civil status registry to plan and execute a massive amount of electoral fraud in the 2002 elections. García’s testimony and other evidence demonstrated that paramilitaries committed this breach through the DAS to erase the criminal…
p. 445
12Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 1891 cita
[14]que los anteriores ejemplos, hasta dónde estaba dispuesto a ir el Gobierno en su afán por satisfacer sus propios intereses: magistrados de las Altas Cortes, periodistas y políticos de la oposición, académicos, intelec- tuales, fueron objeto de seguimientos ilegales por parte de agencias estatales para calumniarlos e…
p. 189
13Democracia feroz. ¿Por qué la sociedad en Colombia no es capaz de controlar a su clase política?Gustavo Duncan · 2018 · Página 2081 cita
[15]una situación crítica para el partido. Es, por el contrario, parte misma de la lógica de cómo funciona el partido dentro del sistema político actual. La U se creó como un partido que aglutinaba una coalición de políticos disidentes de los dos partidos tradicionales, principalmente liberales, con el propósito de…
p. 208
14Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · Página 3561 cita
[17]de las regiones de influencia de los investigados (Gaitán, 2014), ni fueron parte de ellos los elaborados en los procesos de justicia y paz 380 y/o en los casos de connotación de la Fiscalía, entre otras fuentes estatales y particulares. Así las cosas, no se avanzó en esclarecer la participación y el gra- do de…
p. 356
15Estrategias de guerra y trasfondos del paramilitarismo en el Urabá antioqueño, sur de Córdoba, bajo Atrato y Darién. Tomo IILaura Milena Ballén Velásquez, Ronald Edward Villamil Carvajal, Luisa Fernanda Hernández Mercado · Página 4191 cita
[18]septiembre). “Corte Suprema condena a Rubén Darío Quintero por parapolítica”. https://verdadabierta.com/corte-su- prema-condena-a-ruben-dario-quintero-por-parapol/. VerdadAbierta.com, (2010b, 18 de agosto). “Corte Suprema condena a Humberto Builes por ‘parapolítica’”. https://verdadabierta.com/corte-su-…
p. 419
16Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · Página 3141 cita
[19]de Sucre y Alcalde del municipio de Sucre; el ex Senador y ex Representan- te a la Cámara José María Conde Romero; la ex Representante a la Cámara Muriel de Jesús Benitorrevollo Balseiro; el ex Senador Jairo Enrique Merlano Fernández; y el Diputado de la Asamblea departamental de Sucre Nelson Stamp Berrío, entre…
p. 314
17Paramilitarismo. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoTeófilo Vásquez Delgado, Víctor Barrera · 2018 · Página 1601 cita
[20]y ejes explicativos sobre el paramilitarismo en los informes del CNMH y en la producción académica fue un fenómeno exclusivamente “costeño” o “paisa”. También figuran departamentos como Tolima, Caldas, Norte de Santander y Boyacá. 4. Si bien las acciones judiciales emprendidas por la Corte Su- prema de Justicia, en…
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18Justicia. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoFrancisco Barbosa Delgado · 2018 · Página 111 cita
[21]distintos enfoques ideo- lógicos y políticos. Por otra parte, las formas violentas del deno- tado paramilitarismo surgieron y se consolidaron a lo largo del territorio colombiano a mediados de los ochenta y durante todo el final del siglo XX. 12 Justicia Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento histórico…
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