Manuela Sanz de Santamaría
Pre-independencia
1741–1816
La biografía
En la Santafé de las últimas décadas del siglo XVIII, cuando el virreinato se llenaba de expediciones botánicas, imprentas clandestinas y jóvenes letrados que discutían a Rousseau en voz baja, la casa de Manuela Sanz de Santamaría y Prieto (Santafé, c. 1741 – 1816) funcionó como uno de los pocos espacios de sociabilidad ilustrada de la ciudad. Anfitriona de una tertulia frecuentada por José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas y Francisco Antonio Zea, entre otros nombres capitales de la ciencia y la política criolla, Manuela pertenece a esa generación cuya formación fue posible gracias al impulso ilustrado borbónico y cuyas redes, tejidas en salones y correspondencias, terminarían dando forma al movimiento del 20 de julio de 1810. Que su nombre haya sobrevivido apenas como una nota al pie en los relatos de la Independencia dice menos sobre su relevancia efectiva que sobre los criterios con que se construyó, décadas después, el panteón nacional.
Línea de vida
- 1741
Nacimiento en el seno de la élite criolla santafereña
Leer contexto
Nació hacia 1741 en Santafé de Bogotá, en el estrato de la llamada 'república blanca': descendientes de conquistadores y primeros pobladores con acceso privilegiado a cargos, colegios y alianzas matrimoniales dentro del patriciado colonial.
- 1783
Apertura del salón en el contexto de la Expedición Botánica
Leer contexto
Con la instalación de la Real Expedición Botánica bajo dirección de José Celestino Mutis (1783), la casa de Manuela en el barrio de La Catedral comenzó a funcionar como espacio de sociabilidad intelectual donde Mutis y sus discípulos —Caldas, Zea, Matís— se reunían con regularidad.
- 1791
Convergencia con la red del Papel Periódico de Santafé
Leer contexto
Durante los años de publicación del Papel Periódico de Santafé (1791–1797), los mismos colaboradores —Mutis, Zea, Caldas, Ulloa— frecuentaban el salón, que operaba en paralelo a la Tertulia del Buen Gusto y la Tertulia Eutropélica como espacio informal de circulación de ideas ilustradas.
- 1801
Recepción de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland
Leer contexto
Durante el paso de Humboldt y Bonpland por Santafé (1801–1803), Manuela los recibió en su casa en el marco de una hospitalidad culta que buscaba mostrar al viajero prusiano lo mejor de la sociedad ilustrada del virreinato; Humboldt registró su nombre en sus notas.
- 1810
La red del salón protagoniza el 20 de julio
Leer contexto
Los contertulios habituales de su casa —Torres, Nariño, Zea, Lozano, Caldas— conformaron la Junta Suprema, escribieron el Memorial de Agravios y presidieron la Primera República. La continuidad es de personas: quienes se reunían en el salón fueron quienes firmaron el Acta de Independencia.
- 1816
Muerte durante la Reconquista española
Leer contexto
Falleció en 1816, en el período de la Reconquista dirigida por Pablo Morillo, cuando muchos de los hombres de su red fueron ejecutados o exiliados y el proyecto ilustrado criollo que había albergado su salón fue violentamente interrumpido.
Una hija de la república blanca
Manuela nació hacia 1741 en el corazón mismo de la élite criolla santafereña, en el segmento social que la propia sociedad colonial llamaba con orgullo república blanca: el estrato de descendientes de conquistadores, primeros pobladores y funcionarios peninsulares que concentraba el estatus, la riqueza y el acceso a los cargos. Pertenecer a esa república no era un dato menor. Definía qué colegios se podían frecuentar, con quién estaba permitido casarse, en qué órdenes religiosas podían profesar los hijos y, sobre todo, en qué círculos era legítimo hablar y ser escuchado.
La república blanca no era un bloque uniforme. Dentro de ella convivían dos linajes distinguibles: los blancos de origen rural, descendientes de encomenderos empobrecidos de raigambre seiscentista, y los blancos de origen urbano, familias llegadas a lo largo del siglo XVIII desde Cartagena, Popayán o Tunja, junto a los peninsulares recién arribados con cargo administrativo o capital mercantil. La preeminencia social plena, ese reconocimiento que separaba al patriciado de los simples "blancos con dinero", solo se cristalizaba tras varias generaciones de injertos matrimoniales en troncos familiares reconocidos. Los Sanz de Santamaría y los Prieto pertenecían a ese tipo de troncos: nombres con historia santafereña, propiedades urbanas, vínculos con la Audiencia, sobrinos en las órdenes religiosas, hijas casadas dentro del mismo perímetro social.
Los mecanismos de esa consolidación estaban perfectamente aceitados. La alianza matrimonial servía para reconocer y "premiar" al recién llegado que traía capital fresco —usualmente un comerciante peninsular—; la venalidad de oficios, introducida a fines del siglo XVI, permitía convertir dinero en autoridad; la Iglesia absorbía a los hijos e hijas que no encontraban acomodo conyugal y devolvía prestigio simbólico e influencia intelectual. Las leyes de segregación por origen, que cerraban el sacerdocio y los conventos a indígenas, negros y mestizos, hacían que las órdenes religiosas fueran cada vez más criollas y más aristocráticas. Manuela creció en ese engranaje. Los conventos santafereños estaban poblados por sus parientes; los cargos de la Audiencia y del Cabildo, ocupados por primos, cuñados, padrinos.
De su infancia y educación queda poco documentado, pero el marco es reconstruible. El acceso a los colegios-universidades de Santafé estaba reservado a los varones de la república blanca. Para las mujeres de su condición, la formación transcurría en casa, con capellanes y preceptores privados, y a veces mediante estancias en monasterios donde se aprendía a leer, escribir, contar y rezar, junto con música, algo de latín y las llamadas labores. Que Manuela desarrollara una curiosidad intelectual que la llevaría a conversar con Mutis o Humboldt es, en ese contexto, un rasgo excepcional pero no imposible: dependió de tener libros en casa, de una biblioteca familiar surtida y de la voluntad paterna de permitirle acceso al mundo letrado que solo se legitimaba plenamente en los hombres.
La ciudad ilustrada y sus salones
Para entender qué fue el salón de Manuela hay que reconstruir primero el tejido de sociabilidad intelectual de la Santafé tardocolonial, porque sin ese tejido su casa habría sido un dato doméstico y no un nodo de historia política.
Entre 1760 y 1800, la capital del virreinato vivió una transformación silenciosa pero decisiva. La intelligentsia criolla neogranadina, formada en los colegios mayores y en la Real Expedición Botánica que Mutis dirigía desde 1783, compartía con la España ilustrada del reinado de Carlos III un mismo repertorio: rechazo a la filosofía escolástica, entusiasmo por la ciencia moderna, confianza en el conocimiento como remedio para los males del imperio. La corona borbónica había impulsado, sin proponérselo del todo, la formación de una élite letrada capaz de pensarse a sí misma. Las obras de los enciclopedistas franceses circulaban lentamente, a menudo de contrabando, y su influencia decisiva solo se sentiría en la generación siguiente, la que efectivamente hizo la Independencia. En la de Manuela y sus contertulios primaba todavía la ciencia útil, la historia natural, la economía política, el examen del clima y las plantas del reino.
Esa formación no ocurría solo en las aulas. Ocurría en tres tipos de espacios que operaban en paralelo. Estaban, primero, las tertulias propiamente dichas. La Tertulia del Buen Gusto reunía a jóvenes patricios en torno a la diversión literaria: se componían discursos, se improvisaban versos, se comentaban libros llegados de Francia, y también se abordaban cuestiones científicas y de historia. Por allí pasaron Camilo Torres Tenorio y Francisco Ulloa, entre muchos otros. La Tertulia Eutropélica, animada por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez, tuvo un carácter más letrado y produjo buena parte del material que se publicó en el Papel Periódico de Santafé (1791-1797), semanario que en sus 270 números difundió ensayos sobre botánica, física, medicina, filosofía y literatura firmados por Mutis, Zea, Francisco Javier Matís, Caldas, Ulloa y otros.
Estaba, en segundo lugar, la Expedición Botánica, con su cuartel en la Quinta de Mutis, donde durante décadas se dibujó, clasificó y describió la flora del virreinato: un laboratorio real, con dibujantes, herbolarios, corresponsales en toda la Nueva Granada, y una biblioteca que era, sin exagerar, la mejor colección científica del país. Y estaba, en tercer lugar y ya hacia los años noventa, la Imprenta Patriótica de Antonio Nariño, instalada en la Plazuela de la Iglesia de San Carlos, de donde el 13 de diciembre de 1793 saldría la traducción impresa de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, tomada por Nariño de una hoja suelta contenida en un tomo de la Historia de la Asamblea Constituyente de Galart de Montjoie que el propio virrey Ezpeleta le había facilitado.
Los mismos nombres aparecen en todos estos espacios. Los mismos hombres jóvenes recorrían de la Quinta de Mutis a la casa de Nariño, del Papel Periódico al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, del laboratorio a la tertulia. Sus estudios universitarios los habían reunido; su correspondencia posterior, cruzada entre Popayán, Quito, Cartagena y Santafé, iría afianzando una red intelectual que empezaría a percibirse a sí misma como una comunidad. Esa comunidad era, entre otras cosas, el sujeto histórico que el 20 de julio de 1810 tomaría la palabra.
La casa de Manuela Sanz de Santamaría, en el barrio de La Catedral, se insertaba en ese circuito. Mutis la frecuentaba con familiaridad. Caldas y Zea participaron de sus reuniones. Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, durante su paso por Santafé entre 1801 y 1803, fueron recibidos allí en el marco de una hospitalidad culta que buscaba mostrar al viajero prusiano lo mejor de la sociedad ilustrada del virreinato. Que un salón santafereño pudiera ofrecer a Humboldt conversación digna sobre historia natural y política del reino no era trivial: significaba que en la ciudad existía una capa letrada capaz de sostener ese diálogo, y de que existían los espacios domésticos donde ese diálogo se producía.
El salón como infraestructura
Un salón como el de Manuela no era un espacio de decisiones políticas formales. Esas se tomaban en el Cabildo, en la Audiencia, en el palacio virreinal. Tampoco era una academia con reglas, actas o admisiones: no había protocolos, no había publicaciones firmadas por sus miembros, no había disertaciones ceremoniales. Su carácter era el de la sociabilidad informal, y en eso radicaba su eficacia. Allí se conocía la gente, se ensayaban ideas en un registro más libre que el del Papel Periódico, se leían pasajes de libros que no podían imprimirse, se acordaban lealtades, se pactaban matrimonios y padrinazgos, se sostenían amistades intelectuales que después se prolongaban en cartas cruzando la cordillera.
Ese tipo de infraestructura era indispensable para la formación de la élite criolla que a comienzos del siglo XIX iba a encontrarse frente a una crisis imperial sin precedentes. La red que rodeaba a Manuela —Mutis y sus discípulos, Torres, Nariño, Zea, Lozano, Sinforoso Mutis, Matís— era la misma que en 1810 conformaría la Junta Suprema, escribiría el Memorial de Agravios, discutiría formas de gobierno republicano y presidiría la Primera República. La continuidad no es metafórica. Es de personas: los que se juntaban en el salón fueron los que después firmaron el Acta.
Que la anfitriona haya sido una mujer no era menor, pero tampoco era subversivo. En el salón europeo del siglo XVIII, particularmente el francés, la anfitriona era una figura reconocida —una salonnière— con capacidad para convocar, arbitrar la conversación, presentar a unos con otros y modular el tono de las reuniones. Manuela heredaba, en versión provinciana y católica, ese modelo. Su posición era la de nodo en el sentido más literal: en su casa se cruzaban personas que sin ella no se habrían encontrado con la misma frecuencia; su lugar dentro de la república blanca, su capacidad de recibir, su instrucción y su interés por las materias que se discutían la convertían en la coordinadora silenciosa de un espacio que, sin coordinación, no existía.
Su voz apenas asoma. No se conservan cartas suyas discutiendo botánica con Caldas, ni actas de tertulia donde figuren sus intervenciones. Estuvo, recibió, Humboldt anotó su nombre. Qué opinaba exactamente sobre las ideas que allí se ventilaban, qué pensaba de la Revolución francesa cuyos ecos entraban por los libros de Nariño, qué esperaba del futuro político del virreinato: eso se nos escapa. Lo que queda es la función estructural. Alguien tenía que mantener abierta esa casa, alguien tenía que asegurar que Mutis y los jóvenes se sintieran cómodos, alguien tenía que sostener durante décadas una hospitalidad de este tipo, y esa persona fue ella.
Vida cotidiana de una anfitriona criolla
El mundo doméstico en que se desplegaba esa sociabilidad tenía sus ritmos precisos. En la Santafé colonial, las familias criollas de élite seguían una rutina vespertina reconocible: paseos por la Alameda o el Aserrío al caer la tarde, regreso a casa al anochecer, dulce y chocolate en ese orden, rezo del rosario, y a continuación el tiempo largo de las visitas —que se recibían o se devolvían— hasta las nueve o diez de la noche, hora en que se servía una cena abundante y la familia se retiraba a dormir. Los domingos duplicaban esa sociabilidad y la diferenciaban por género: el padre de familia visitaba y era visitado por sus pares varones, mientras la madre se adornaba para ir a saludar a las esposas de los altos empleados peninsulares, consideradas la aristocracia local.
Ese marco cotidiano ilumina lo que un salón como el de Manuela suponía en la práctica. No era un evento excepcional sino la extensión y la calificación intelectual de la visita ordinaria. Las horas eran las mismas, los códigos de urbanidad eran los mismos, la casa era la misma —con sus servidores indígenas y mestizos, y probablemente esclavizados negros, encargados del abastecimiento de agua, del fuego de las cocinas, del servicio del chocolate y del cuidado material del recibo—. Lo que cambiaba era la conversación y los concurrentes. Donde la vida social de una señora criolla podía consistir en devolver cortesías a la mujer del oidor, la de Manuela consistió, además, en abrir la casa a los sabios de la ciudad y a sus discípulos. En la penumbra de la sala, iluminada por velas de sebo, mientras se servía el chocolate en jícaras de plata, un discípulo de Mutis podía leer en voz alta la descripción de una nueva especie recién catalogada en la sierra.
Esa apertura no venía sin precio. Una mujer de la república blanca que se destacaba por sus intereses letrados corría el riesgo de excederse del papel esperado. Los parámetros con que se juzgaba la educación femenina eran muy estrechos, y lo siguieron siendo durante mucho tiempo: incluso a mediados del siglo XIX, cuando un colegio bogotano se anunciaba como el más completo por incluir aritmética, geografía, idiomas y música junto a las labores de mano y la economía doméstica, el hecho de que la prensa liberal lo destacara indica cuán excepcional era. Un siglo antes, en el mundo en que Manuela vivió y actuó, el régimen era todavía más restrictivo. El propio proyecto ilustrado criollo, con sus tertulias, sus periódicos y sus expediciones, era estructuralmente masculino: los colegios eran de hombres, la Expedición Botánica empleaba a hombres, los redactores del Papel Periódico eran hombres, los sabios que allí publicaban eran hombres. Cualquier mujer con inquietud intelectual quedaba, por diseño del propio proyecto, en el margen del registro.
El salón fue, entonces, no solo la aportación de Manuela a esa Ilustración sino también el único formato compatible con su condición. No podía inscribirse en el Colegio del Rosario ni firmar en el Papel Periódico. Podía, en cambio, recibir en su casa, y en esa recepción participar de la conversación con derecho pleno. La informalidad del salón la habilitaba tanto como después la borraría de las actas.
Los años de la crisis
Entre 1793 y 1810, el mundo en el que la casa de Manuela había florecido se descompuso a gran velocidad. En 1793 se imprimieron los Derechos del Hombre. Al año siguiente, la represión sobre Nariño y sobre los jóvenes que habían participado en distintos episodios de agitación política —los llamados "pasquines" de 1794, entre otros— desencadenó una ola de procesos, prisiones y exilios que golpeó de lleno a las redes santafereñas. Las autoridades coloniales, alarmadas por la consolidación de la república en Estados Unidos y por los sucesos crecientemente radicales de la Revolución francesa, endurecieron su vigilancia sobre la vida intelectual del virreinato. La sombra reciente de la rebelión de los Comuneros de 1781, que las élites y los funcionarios no habían olvidado, hacía a todos particularmente sensibles al menor signo de organización popular o criolla.
Las tertulias no desaparecieron, pero se volvieron más discretas. La Expedición Botánica continuó su trabajo. El Papel Periódico alcanzó su último número en 1797. Mutis siguió recibiendo discípulos y correspondencia científica hasta su muerte en 1808. Manuela, ya en la sesentena, mantuvo, en la medida en que la vigilancia lo permitía, su casa como espacio de encuentro. Lo que en los años ochenta era una hospitalidad ilustrada relativamente serena se convirtió, en los noventa, en un ejercicio de prudencia: recibir a Zea, a Caldas o al joven Jorge Tadeo Lozano era, por definición, moverse en la periferia del sospechoso.
Y luego llegó 1808: la invasión napoleónica a España, el vacío de poder generado por la abdicación de los Borbones, la circulación en el imperio de la teoría clásica que sostenía que, en ausencia del monarca legítimo, la soberanía retornaba al pueblo. Ese estímulo, sumado a las ideas ilustradas que habían fermentado durante décadas en salones como el de Manuela y a la creciente irritación de los criollos ante la discriminación borbónica, condujo al 20 de julio de 1810. El Cabildo de Santafé se convirtió en el bastión de los criollos adinerados, que rechazaron la designación virreinal de regidores españoles y reaccionaron contra la militarización de la ciudad ordenada por el virrey Antonio Amar y Borbón.
Manuela tenía casi setenta años en 1810. Su papel público en los días de la Junta no se conoce con precisión, pero los hombres que actuaron aquel viernes de julio —Torres, Lozano, Zea, y muchos otros— habían sido, unos años antes, sus contertulios y comensales. Su casa era, en un sentido literal, uno de los lugares donde esos hombres habían aprendido a hablarse. La política de 1810 se hizo en el Cabildo; la comunidad política que la hizo posible se había formado, en parte, en salones como el suyo.
Reconquista y muerte
Los años que siguieron fueron el reverso brutal de las tres décadas anteriores. La Primera República (1810-1815) atravesó guerras internas —el enfrentamiento entre centralistas y federalistas, la campaña de Bolívar contra Cundinamarca, la anarquía provinciana— y desde ya comenzó a experimentar los mecanismos que después la Reconquista llevaría al extremo: los gobiernos patriotas aplicaron secuestros de bienes contra los enemigos de la causa, como el nombramiento de José Acevedo y Gómez en 1814 para asegurar los bienes de los enemigos en Zipaquirá y Nemocón. El clima económico estaba ya envenenado antes de que llegara la flota expedicionaria.
En 1815, Pablo Morillo desembarcó con quince mil hombres. Cartagena cayó tras un sitio de casi un año, el 6 de diciembre de 1815, en estado catastrófico: cadáveres por las calles, más de un tercio de su población perdida, ruina y miseria por todas partes, según describieron testigos como Lino de Pombo y Juan García del Río. Morillo avanzó hacia el interior. En los primeros días de octubre de 1816 completaba la reconquista de la Nueva Granada. El año 1816 sería recordado por muchos como el más negro de la revolución americana.
La represión fue metódica. Morillo, imperioso, frío y cruel por sistema más que por inclinación, ejecutó en Santafé y otras ciudades a los principales cuadros patriotas: ahorcamientos, decapitaciones, fusilamientos que la administración llamaba cínicamente "pacificación". Camilo Torres, el mismo que había frecuentado la Tertulia del Buen Gusto y muy probablemente la casa de Manuela, fue ejecutado. Francisco José de Caldas, el sabio, fue fusilado. Jorge Tadeo Lozano cayó también, Francisco Antonio Zea sobrevivió en el exilio, y así uno tras otro: la red intelectual entera que se había formado en las tertulias de las décadas anteriores fue sistemáticamente desmantelada. Uno a uno, los hombres que habían atravesado el zaguán de la casa de Manuela caían bajo los pelotones o marchaban al destierro.
Al mismo tiempo, Morillo organizó a través del Consejo de Purificación y de procedimientos de secuestro el saqueo económico de las familias insurgentes. Familias enteras de la república blanca santafereña vieron sus casas, tierras y esclavos pasar al fisco realista o venderse en subasta. Algunas, con parientes de ambos bandos —el caso de los Gutiérrez de Piñeres en Mompox es ilustrativo—, lograron negociar protecciones apelando a lazos de sangre y solidaridad de clase. Otras no. El aparato expedicionario dependía en buena medida de esos recursos, y su voracidad era proporcional a su método: en el mundo neogranadino de Manuela, cada casa cerrada por orden realista y cada esclavo rematado en la plaza era un ladrillo del castigo colectivo.
En este contexto murió Manuela Sanz de Santamaría, en 1816. Es difícil separar su muerte del hundimiento general del mundo que había habitado. Tenía unos setenta y cinco años. Su casa, sus amistades, su ciudad, todo aquello sobre lo que había construido su vida pública, estaba siendo destruido o ejecutado. La coincidencia entre su fallecimiento y el punto más bajo de la Reconquista tiene, por sí sola, un peso que ningún relato heroico posterior podría cargar.
Una invisibilización con causas
Cuando la Independencia fue finalmente conquistada tras la campaña libertadora de 1819, la escritura oficial de esa historia dejó a Manuela fuera del panteón. No fue una omisión aislada. Fue el efecto de una manera de contar el pasado que se organizó alrededor de héroes epónimos —militares, ideólogos, mandatarios— y que quedó atada a las militancias partidistas, de modo que las interpretaciones servían para fundamentar proyectos concretos.
Conservadores y liberales, enfrentados en casi todo, coincidieron en construir galerías de próceres masculinos. Museos, revistas culturales bogotanas afines a los dos partidos, centros y academias regionales edificaron cada uno su altar cívico de científicos, héroes militares y mandatarios. La Regeneración, hacia fines del siglo XIX, cristalizó el modelo, y los manuales escolares que se impondrían durante buena parte del siglo XX fijaron una narrativa lineal, heroica y masculina.
En ese canon no había casillero para una anfitriona. Las mujeres que sí entraron —Policarpa Salavarrieta, sobre todo— lo hicieron por martirio: por haber muerto ejecutadas de manera espectacular, por haberse convertido, en su muerte, en emblema movilizable. La contribución silenciosa, doméstica, cotidiana de mediadoras culturales como Manuela no cabía en la trama.
A eso se sumó una lógica más profunda: la del propio proyecto ilustrado criollo, que ya en su momento había excluido a las mujeres de los registros formales del saber. Manuela no firmó en el Papel Periódico porque no podía. No dictó cátedra en el Rosario porque no podía. Su presencia solo dejó huella en las esquinas de la documentación —una anotación de Humboldt, una mención de Mutis, una noticia familiar—, y a esa huella no la ayudó después una historia que solo sabía ver a quienes habían firmado, dictado o muerto en el patíbulo.
Hubo que esperar mucho tiempo para que ese sesgo empezara a corregirse. La historiografía de género y la historia cultural de las últimas décadas volvieron sobre las mujeres patriotas y realistas del período 1790-1830, y recuperaron figuras hasta entonces marginales del canon. Bajo esa mirada, la casa de Manuela Sanz de Santamaría deja de ser una anécdota de urbanidad santafereña para revelarse como lo que fue: uno de los pocos lugares donde la Ilustración neogranadina, esa red frágil y a la larga trágica, existió como conversación efectiva antes de convertirse en política.
Lo que deja
Manuela Sanz de Santamaría no fue una heroína adelantada a su tiempo, y forzar esa lectura sobre ella traicionaría tanto la realidad histórica como la especificidad de lo que hizo. Fue una mujer de la república blanca santafereña que aprovechó los márgenes de su posición para construir un espacio de sociabilidad ilustrada en una ciudad que necesitaba, sin nombrarlos así, esos espacios. Una educación privada probablemente esmerada, una casa amplia, contactos familiares con los círculos letrados: con esos materiales, y con la paciencia de sostenerlos durante décadas, hizo lo que hizo.
Lo que ese espacio hizo posible es históricamente denso. Contribuyó a mantener en contacto a una generación dispersa entre la Expedición Botánica, el Colegio del Rosario, la Imprenta de Nariño, los cabildos provinciales y las cátedras de otras ciudades del virreinato. Facilitó que las ideas circularan por vías informales cuando las formales se cerraban por vigilancia. Ofreció a viajeros como Humboldt un espejo que le permitía reconocer en Santafé no una periferia oscura sino un vértice del mundo ilustrado americano. Y, tejido a tejido, sostuvo durante décadas una comunidad de saber que fue una de las precondiciones de 1810.
Su muerte en 1816, en el año más negro de la Reconquista, cerró simultáneamente su vida y el mundo que su casa había ayudado a construir. La misma violencia realista que fusiló a Torres y a Caldas apagó también a la anfitriona que los había reunido. De aquella sala de La Catedral donde Humboldt había anotado su nombre y donde los jóvenes habían leído en voz baja los papeles prohibidos, no quedó, hacia finales de 1816, más que el silencio: los concurrentes, dispersos entre patíbulos, exilios y tumbas; la dueña, muerta; los libros, seguramente incautados o guardados bajo llave. Ella pertenece, de pleno derecho, al costo humano de la Independencia, aunque ni la academia ni los manuales lo hayan registrado. Que casi nadie lo recuerde no altera el hecho; lo confirma.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
31 documentos · 43 fragmentos01Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Páginas 450, 4632 citas
[1]primeros descubridores y conquistadores. En una palabra, pertenecían y sentían per - tenecer a lo que se llamó la república blanca, situación que sólo tuvo algunos cambios muy a finales del siglo xviii. Ahora bien, los había blancos de origen rural —hijos de encomenderos pobres o arruinados, esto sobre todo en el…
p. 463
[4]política dentro de sus comunidades, puesto que llegaron a ser regido- res de cabildos y se conectaron con la sociedad criolla, lo que les permitió ser nombrados en los gobiernos locales. Al integrarse en las sociedades provincianas por medio del 285 Archivo Central del Cauca, 1763, libro capitular, tomo 23, folios…
p. 450
02Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 4501 cita
[2]o en la familia a la que se pertenecía, definía el lugar o el rango de la preeminencia. Es indudable, sin embargo, que ésta se cristalizaba sólo en el momento en que se verificaban, después de varias generaciones, injertos en un tronco muy conocido. Por eso el privilegio de las alianzas familiares significaba un…
p. 450
03Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · Página 1521 cita
[3]mejoró «... teniendo como tengo satisfacción de haberse aplicado en este ejercicio». El segundo Francisco de Arboleda manejó los bienes familiares que se mantuvieron en indivisión hasta su muerte, en 1745. Pero no sólo este me- canismo de concentración de riqueza daba poder a la familia. También un sistema de alianzas…
p. 152
04Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · Página 61 cita
[5]beneficios que otorgaban, especialmente en cuanto a poder simbólico e intelectual y bienestar económico. 16 Esto fue facilitado también por las leyes de segregación por origen familiar que impedían el acceso a la profesión religiosa —especialmente a partir del siglo — a indígenas, negros y mestizos. Eran los XVII…
p. 6
05Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 279, 2822 citas
[6]a la literatura y a las ciencias naturales. Aunque en esta tertulia se tratan cuestiones científicas y temas de historia, se trata de una reunión de carácter mundano que agrupa a jóvenes patricios y cuyo fin principal es la diversión, pasar «la velada entretenidos en ejercicios literarios». Allí, tras una buena…
p. 282
[8]ilustración neograna- dina: Mutis, Zea, Matiz, Caldas, Ulloa, entre otros, además del mismo Rodríguez. El segundo periódico de importancia y el primero fundado y dirigido por particulares, Jorge Tadeo Lozano y su primo el presbítero José Luis de Azuola, tiene una orientación más específica y recibe sólo colaboraciones…
p. 279
06Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 549, 5552 citas
[7]percusi ó n por el impulso que ella dio al periodismo que por la can tidad o calidad de libros que en ella se imprimieron. El primer peri ó dico bogotano 90 fue de ef í mera duraci ó n pues no lleg ó sino a tres n ú meros; se trata de la Gaceta de Santa] é (1785). El primero de importancia fue el Papel peri ó dico de…
p. 555
[10]franc é s cuyas obras, que penetran lentamente y a menudo de contrabando, influir á n de manera decisiva s ó lo en la generaci ó n siguiente, la que har á la Independencia. En la etapa comprendida entre 1760 y 1800 la intelligentsia criolla se encuentra preocupada por los mismos temas, los mismos problemas y…
p. 549
07¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 481 cita
[9]en las que se representó la flora de la Nueva Granada. Pero, ya se dijo, además de estimular la formación intelectual de los criollos, los monarcas españoles también deseaban forta lecer su autoridad sobre sus reinos en América, de ahí el apodo de "déspotas ilustrados" con el que se conocería posteriormente a estos…
p. 48
08El pensamiento colombiano en el siglo XIXJaime Jaramillo Uribe · 2017 · Páginas 538, 5592 citas
[11]su pensamiento. Sarrailh revalúa el «españolismo» de Jovellanos y otros contempo- ráneos suyos, su amor a España, su sincero catolicismo, y analiza el conflicto intelectual que en ellos se produjo al querer ser fieles a la tradición nacional y al propio tiempo renovar la cultura española en todos sus aspectos desde la…
p. 538
[13]Sema- nario del Nuevo Reino de Granada, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, 1942, vol. ii, pág. 137. 386 Plan, f. 295 r. El subrayado es nuestro. 560 Jíndi Jícídneer Ucnsi Parece que de propósito se ha olvidado la naturaleza, y contentándose con algunas expresiones generales, se fue introduciendo un…
p. 559
09Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Páginas 128, 1362 citas
[12]sentim iento incipiente de id en tid a d n eo g ran ad in a antes de finalizar el periodo colonial. El m u ch as veces citado Imagined Com m unities, de Benedict A nderson, sostiene q u e los periódicos del p eriodo colonial tardío, publicados en la N u e Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de…
p. 136
[20]u e el gobierno real tuviera u n a cara m ás criolla. Esto distaba m u cho del grito de in d ependencia, pero re p resen ta b a un paso hacia u n sentim iento nacionalista. En los años siguientes, ni el p u eblo neogranadino ni sus gober nantes españoles o lv id aro n la rebelión d e los C om uneros. Los sucesos de…
p. 128
10Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Salcedo Martínez · 2022 · Página 11 cita
[14]74 VIDA RELIGIOSA FEMENINA EN EL NUEVO REINO DE GRANADA, SIGLOS XVII Y XVIII Diana Paola Hernández Fernández Introducción El estudio de la vida religiosa femenina en Colombia se ha desarrollado desde múltiples perspectivas que buscan dar cuenta del papel de la mujer en la Colonia y la manera como la Iglesia católica…
p. 1
11Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Páginas 303, 3082 citas
[15]de sus hijas en un país re- volucionario[...] una educación exacta y delicada ha- bría puesto (a las mujeres) en parte a cubierta de los trabajos que las amenazan en todos los estados. Y finalmente de la abyección y abatimiento a que queda- rán reducidas en caso de abrazar el matrimonio, en el que por falta de…
p. 308
[16]que es coser con perfección" 15. En 1849, la señora Sixta Pontón, viuda del general Santander, en compañía de una de sus hijas, abre el Cole- gio del Sagrado Corazón; su programa ofrece moral prác- tica cristiana, idioma patrio, francés e inglés, aritmética práctica, teneduría de libros, geografía, piano, canto, no-…
p. 303
12Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Páginas 40, 2012 citas
[17]el papel de los sexos, «deshaciendo la obra de la Providencia y haciendo desatinos por enmendar a Dios la plana». Durante el período conocido en la historia del país como «la hegemonía conserva- dora» de 1886 a 1930 no se presen- taron cambios en el estatus político de la mujer. Voces de mujeres y en favor de la mujer…
p. 40
[40]progreso, tal como lo exigía el modelo liberal burgués que se quería hacer fructificar. He aquí cómo la época li- beral se forjaba críticamente su propio pasado, que servía a su vez de legiti- mación a sus proyectos revoluciona- rios del presente. La historiografía conservadora apa- rece en el ambiente de crisis y de…
p. 201
13La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1031 cita
[18]que habría de alcanzarse s i guiendo las leyes eternas de la naturaleza y la razón. Es esta concepción integral de la transformación de la sa - ciedad humana, con sus implicaciones revolucionarias, la que anima a pensadores como Rousseau a escribir tratados como el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los…
p. 103
14Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Página 161 cita
[19]dida. El 2 de diciembre del mismo año se reanudó pero ya en el taller denominado: "Imprenta. Patriótica", que funcionaba en la Plazuela de la Iglesia de San Carlos, cuyo 13 propietario era don A n to n io Nariño. A llí se sacaron los últimos seis números del "PAPEL PERIODICO." El impresor de esta tercera tipografía,…
p. 16
15Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 1061 cita
[21]los distintos grupos sociales de la Nueva Granada. En realidad, fue la coyuntura nacida de la inva- sión napoléonica a España la que incitó a los criollos a llenar el vacío de poder dejado por los Borbones, con la teoría en virtud de la cual, cuando faltaba el monarca, la sobe- ranía que éste ejercía a nombre del…
p. 106
16Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Páginas 52, 612 citas
[22]generaron numerosas revueltas que terminaron con el establecimiento en la capital de un regimiento compuesto por centenares de soldados que venían desde Cartagena para proteger su dominio de Santafé de Bogotá. El antagonismo entre las autoridades reales de la capital y los miembros del Cabildo, integrantes de los…
p. 52
[30]conjunto de leyes podemos rescatar algunos de sus artículos que se orientan al mantenimiento de las propiedades secuestradas. Mediante los procedimientos de secuestros, el Virreinato de Nueva Granada y su capital Santafé de Bogotá se convirtieron en la región administrativa de mayor fortaleza para la “pacificación”,…
p. 61
17Cuadros de la vida privada de algunos granadinosJosefa Acevedo de Gómez · 2017 · Página 2511 cita
[23]hacían cerrar cuidadosamente las puertas de sus casas. Por la tarde paseaban por la Alameda o el Ase- rrío, y a la oración se retiraban a sus casas a refrescar dulce y chocolate —orden en que se servía entonces este refresco y que después se ha invertido con escándalo de los amantes de los antiguos usos—. Luego se…
p. 251
18Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · Página 1211 cita
[24]españoles tenían como objetivo principal albergar a la élite dominante, primero a los conquistadores, luego a los sacerdotes y a la burocracia de las monarquías y finalmente a los servidores blancos e indígenas de las tres élites. Su localización en el territorio siguió primero la necesidad de ocupar las bahías más…
p. 121
19Of Beasts and Beauty: Gender, Race, and Identity in ColombiaMichael Edward Stanfield · 2013 · Página 511 cita
[25]time, however, elite women dressed “à la colombiana,” donning their French attire only on special occasions.16 Isaac Farwell Holton, a Yankee botanist and chemist from Middlebury College in Vermont, found similar variety in women’s fashion during his travels in Colombia in the 1850s. Holton’s wonderful descriptions of…
p. 51
20Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 751 cita
[26]za- guanes en La s Nieves o Santa Dárbara, o en las piaras de cerdos que, con los perros callejeros, se alimentaban y retozaban en los ve rtedero s del río San Francisco o en los muladares de Las Cruces. M un do cercano a los sabores y olores, y al poder de los cinco senti- dos evocados en los cuadros de costumbres.…
p. 75
21Historia de Colombia. La Independencia II. Tomo 8Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); Ricardo Martín (dir. de la obra); German Arciniegas y otros colaboradores · 1988 · Páginas 28, 1152 citas
[27]dia a los nativos lares. Como es de suponer, cuando finalmente el ge- neral Morillo y sus tropas penetraron en la ciudad, 859 lo que encontraron fue el mas macabro de los es- pectaculos: cadaveres, ruina, miseria, muerte por todas partes. Don Lino de Pombo, testigo presencial del asedio, y otros coeténeos, como el…
p. 28
[31]Hhhong (ss * i presidente de las Provincias Unidas de Nueva Gra- “ ti: nada, Camilo Torres. Morillo volvid a Venezuela de- jando al pais en aparente sumision. La represion fernandina estuvo en el origen de un cambio profundo en la contienda civil, pues forz6 a los americanos a unificar sus esfuerzos, hasta entonces…
p. 115
22La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · Página 831 cita
[28]regiones más extensas e importantes, el Caribe colombiano y el Cauca grande, en manos de los españoles y vastos territorios, más de dos tercios, en manos de nadie. Uno puede imaginarse el rostro con el que Cartagena recibió al triunfante Morillo y su ejército de reconquista el 6 de diciembre de 1815, luego de todo un…
p. 83
23Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · Página 1101 cita
[29]hanging, decapitation and shooting, cynically described as ‘pacification’, while peasants were herded into labour gangs to turn the colony into a supply base for Morillo’s army. The year 1816 was the blackest year of the American revolution, the year of the gallows in New Granada and of reaction and retribution…
p. 110
24Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2341 cita
[32]toma Carta- A o. od ele del terror. 1816 Los patriotas de Cartagena son pasados por las armas. Cuatro expediciones realistas reconquis- tan Nueva Granada. Nariño vuelve prisionero a Cádiz. El presidente Torres es reemplazado por José Fernández Madrid. El español Warleta toma Medellín y Miguel de la Torre, Santafé.…
p. 234
25Crónicas de BogotáPedro María Ibáñez · 2014 · Página 1031 cita
[33]102 En lo moral era un hombre imperioso y frío, cruel por sistema más que por inclinación, con arranques espontáneos de franqueza y aun de generosidad in- termitente, pero desconfiado y sujeto a accesos de ira que lo ponían fuera de sí 36. El chileno Diego Barros Arana refiere que es- tando Morillo en Mompós, a…
p. 103
26The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 3531 cita
[34]will be sufficient to oblige us to violate our offer, however extraordinary and extreme the occasion you may give to provoke our wrath. Spaniards and Canary Islanders, you will die, though you be neutral, un- less you actively espouse the cause of America’s liberation. Americans, you will live, even if you have…
p. 353
27Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · Página 1591 cita
[35]de importantes haciendas y empresas económicas, fue lo que obligó a los comisionados políticos del Gobierno general de las provincias unidas a nombrar, en 1814, al coronel José Acevedo y Gómez como subpresidente y jefe superior político de la Villa de Zipaquirá y Nemocón para que regulara el abasto de los pueblos y…
p. 159
28Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Página 2811 cita
[36]ahora reñía 16 años de edad, y la pidió formalmente en matrimonio. Y Tomasa, otra hija, se casó con el distinguido cartagenero Lázaro María de Herrera, de impecable proceder durante la revolución. ¿Cómo podían permitir estos caballeros ningún mal a su suegra? Algo parecido le esraba ocurriendo también a los Gutiérrez…
p. 281
29Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia, 1795–1831Marixa Lasso · 2007 · Página 1191 cita
[37]of the patriot movement, he had occupied positions of responsibility. During the First Republic, he had served as an elector, a prefect ofthe convention, and a senator. Following the Spanish reconqlrest, he had suffered exile inJamaica but continued to support the patriot cause, helping other patriot exiles,…
p. 119
30Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Páginas 1, 8, 133 citas
[38]27 Capítulo I Instaurar una tradición: las porfías de la historia nacional En el siglo aparecieron las primeras obras que utilizaron la noción de pasado para consagrar los XIX orígenes de la República. Las condiciones posteriores a la Independencia permitieron que los hombres de letras que elaboraron ejercicios de…
p. 1
[39]hija, á nuestra patria. 35 Los relatos escolares mantuvieron un criterio de linealidad allí donde los héroes eran la parte fundamental de la trama histórica y establecieron una diacronía cuyos cortes temporales se mantuvieron durante todo el siglo. XX 36 Las características de los manuales de historia patria y los…
p. 13
[41]regional buscaron levantar la autoestima de cada región a partir de la redención y justificación de pasados abolengos. Cada una de las regiones colombianas debía tener su prócer o sus héroes, o a lo menos un grupo de “patricios” prestantes que demostraban su contribución a la formación de la República, lo que…
p. 8
31Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Páginas 52, 1712 citas
[42]estaba conformada por publicistas de la élite bogotana, afines a los nacientes partidos liberal y conservador, y tuvo como uno de sus objetivos prin- cipales las discusiones literarias y la conformación de una biblioteca nacional en la que se publicaran tanto las obras de los autores contemporáneos como las que habían…
p. 52
[43]los hechos en los cuales habían participado, sino las virtudes que caracterizaron su actuación. NOSOTROS Y LOS OTROS 172 De científicos como José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Zea y Jerónimo Triana se rescataba su cultura, erudición, mérito, labo- riosidad y dedicación; de héroes…
p. 171