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Biografía

Jorge Artel

República Liberal

1909–1994

17 min de lectura27 documentos
Nacimiento1909
Fallecimiento1994
RolesPoeta · Abogado
Lugar principalColombia
Período históricoRepública Liberal1930–1946
03

La biografía

Jorge Artel —nombre literario de Agapito de Arcos— nació en Cartagena de Indias en 1909 y murió en la misma ciudad en 1994. Fue el primer poeta colombiano que hizo del hecho de ser negro no una anécdota de color local sino un centro de gravedad de su escritura. Con Tambores en la noche, publicado en 1940, inscribió la voz afrocaribeña en el debate cultural del país durante la República Liberal, cuando el proyecto reformista de Alfonso López Pumarejo había ensanchado brevemente el espacio de lo decible en la nación mestiza. Poeta, abogado, periodista, diplomático intermitente y exiliado durante décadas, Artel encarna una tensión que la historia colombiana no ha terminado de resolver: la de una voz negra que reclama lugar propio dentro de un proyecto nacional que sabe incorporarla como enriquecimiento cultural sin alterar las jerarquías que la subordinan. Su centralidad y su posterior deslizamiento hacia los márgenes del canon no son hechos separados: son las dos caras de una misma operación.

02

Línea de vida

  1. 1909

    Nacimiento en Cartagena de Indias

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    Nació como Agapito de Arcos en Cartagena de Indias, en el seno de una familia de ascendencia mestiza —europea, africana e indígena— en la ciudad donde la memoria del puerto negrero y de San Basilio de Palenque convivía con una élite letrada y una vida popular afrodescendiente en el barrio de Getsemaní.

  2. 1940

    Publicación de *Tambores en la noche*

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    Publicó su obra poética fundamental en el corazón de la República Liberal, cuando el proyecto reformista de Alfonso López Pumarejo había ensanchado el espacio de lo decible en la nación mestiza. El libro asumió la percusión afrocaribeña como matriz rítmica, la geografía costeña como paisaje y la memoria de la esclavitud como capa histórica, rechazando tanto el pintoresquismo negrista como el purismo académico.

  3. 1943

    Contexto del primer movimiento intelectual afrocolombiano organizado

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    Mientras Artel era ya el poeta afrocolombiano visible del país, un grupo encabezado por Natanael Díaz —con Manuel Zapata Olivella, Delia Zapata Olivella y otros— formuló la primera plataforma intelectual afrocolombiana organizada del siglo XX, reclamando estudios sobre el negro en Colombia. La relación de Artel con ese grupo no aparece con nitidez, revelando que su intervención pública se ejerció desde la literatura y el periodismo antes que desde la construcción de un movimiento.

  4. 1946

    Fractura liberal y inicio del desplazamiento

    Leer contexto

    La derrota liberal en las elecciones presidenciales de 1946 —facilitada por la división entre las candidaturas de Gaitán y Turbay, que permitió el triunfo de Mariano Ospina Pérez— marcó el fin del ciclo reformista en que Artel había encontrado su espacio cultural. El reflujo político inauguró un período de persecuciones, exilio y deslizamiento hacia los márgenes del canon literario colombiano.

  5. 1994

    Muerte en Cartagena de Indias

    Leer contexto

    Murió en Cartagena de Indias, la misma ciudad donde había nacido, después de décadas de exilio intermitente en países como Cuba, México, Guatemala, Panamá y Estados Unidos, y de una trayectoria que combinó la poesía, el periodismo, la abogacía y cargos consulares al servicio del Estado colombiano.

Cartagena, Getsemaní y la costa que se piensa a sí misma

Artel se formó en un ecosistema cultural específico que conviene no confundir con "el Caribe" en abstracto. Cartagena de Indias en las primeras décadas del siglo XX era una ciudad amurallada donde la memoria del puerto negrero y de San Basilio de Palenquecimarronaje hecho pueblo a pocas leguas— convivía con una élite letrada que se reconocía en Luis Carlos López, en Gregorio Espinosa, en las tertulias que años después acogerían a Héctor Rojas Herazo y a Clemente Manuel Zabala. Getsemaní, extramuros y popular, funcionaba como reserva de una vida afrodescendiente que la ciudad turística ya empezaba a folclorizar.

La costa Caribe se pensaba a sí misma —así lo repetían sus habitantes a quienes venían a preguntar desde el interior— como un pueblo pacífico y folclórico, tolerante en materia religiosa, liberal por inclinación, dado a la burla y a la fiesta como escudo frente a la adversidad. Esa autopercepción, más que un dato verificable de sociología histórica, era ella misma un hecho cultural: fijaba una identidad de contraste con el fanatismo del altiplano andino y explicaba —para los propios costeños— por qué su región había estado relativamente al margen de las grandes guerras civiles del siglo XIX. Barranquilla, apenas al norte, se veía a sí misma como puerta abierta al mundo, extrovertida, líder en la difusión tecnológica y cultural de la primera mitad del siglo, aunque su comercio sufriera las perturbaciones recurrentes de las revoluciones colombianas.

En ese clima —de mestizaje asumido, de tolerancia relativa, de literatura ya existente en José Félix Fuenmayor y en la sombra fundadora de Candelario Obeso— el joven Agapito de Arcos empezó a leer, a escribir y a firmar Jorge Artel. La ciudad le daba dos cosas contradictorias: un aire cultural que permitía imaginar la escritura como oficio, y una jerarquía racial que le recordaba, en cada esquina de la Cartagena colonial, que la piel importaba.

Los orígenes: nombre, familia, herencia

Poco de la infancia de Artel puede reconstruirse con precisión, pero sus propios testimonios y los de escritores caribeños de su generación permiten trazar el contorno. Provenía de una familia mestiza en el sentido pleno con que la palabra se usa en el Caribe colombiano: cruce de ascendencias europeas, africanas e indígenas reconocido como tal, no borrado por el eufemismo. Esa herencia doble —racial y cultural— sería después el núcleo temático de su obra: la reivindicación del componente africano no como exotismo sino como raíz.

La adopción del seudónimo Jorge Artel obedece a la lógica gremial de una generación en la que rebautizarse era parte del ingreso a la república de las letras, tal como Miguel Ángel Osorio se había hecho Porfirio Barba-Jacob una generación antes. Pero en el caso de Artel el gesto tiene un matiz adicional: bajo el nombre nuevo cabe una voz que reivindica lo que el apellido paterno —Arcos— no pronunciaba en voz alta.

Su formación universitaria lo llevó a Cartagena y luego a Bogotá, donde estudió derecho. La abogacía sería su medio de vida durante largos períodos, aunque la literatura y el periodismo terminaron ocupando el centro de su energía intelectual. Ese doble oficio —jurista y poeta— era común en la Colombia de la primera mitad del siglo XX y explica, en parte, la porosidad entre política, letras y diplomacia que caracterizó a los intelectuales de la República Liberal.

La tradición que hereda: de Candelario Obeso a la disputa por lo negro

Artel no fundó nada solo. Escribió con el peso —a veces cómodo, a veces incómodo— de una tradición previa. Candelario Obeso, momposino, había publicado Cantos populares de mi tierra como hito temprano de una poesía de temática negra en Colombia. La obra de Obeso, junto a Lectura para ti, Lucha de la vida, la comedia Secundino el zapatero y traducciones al español, fijaba un antecedente: era posible escribir desde los bogas del río Magdalena, en un castellano intervenido por el habla popular, sin pedir permiso al parnaso capitalino.

Entre Obeso y Artel se abre, sin embargo, la sospecha de una distinción que la crítica latinoamericana ha ido decantando con dificultad: la que separa la poesía negra —escrita por autores negros con voz propia— de la poesía negrista, ejercicio en el que autores blancos o de la élite usaban lo negro como recurso artístico. La poesía negrista se apoyaba en efectos fonéticos, onomatopéyicos, en jitanjáforas e invención de palabras, y aunque enriqueció formalmente la vanguardia hispanoamericana, contribuyó a fijar una imagen estereotipada del negro apta para el entretenimiento de las élites blancas, sin cuestionamiento de su condición social.

Artel escribió sabiendo esa diferencia. Su poesía usa la percusión —el tambor está en el título de su libro— y trabaja con el habla costeña, pero rechaza el pintoresquismo. Cuando Nicolás Guillén publicaba en La Habana Motivos de son (1930) y Sóngoro cosongo (1931), lo hacía en una Cuba donde la afirmación afro se articulaba con una vanguardia poderosa y con un antiimperialismo militante. Artel leyó a Guillén, coincidió con él en escenarios internacionales años después y compartió el gesto de reclamar dignidad para la raíz africana; pero escribía desde una Colombia donde ese gesto no tenía todavía el mismo respaldo institucional ni el mismo público lector.

Tambores en la noche y la República Liberal

La publicación de Tambores en la noche en 1940 no es una fecha suelta. Ocurre en el corazón de la República Liberal (1930-1946), el ciclo político que había comenzado con Enrique Olaya Herrera y que tuvo en el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) su momento más ambicioso. La llamada Revolución en Marcha impulsó una reforma constitucional en 1936 que consagró la función social del Estado y sentó las bases de un Estado interventor y planificador; una reforma agraria de alcance limitado pero simbólicamente disruptiva; una reforma educativa que amplió el acceso, abrió la Universidad Nacional a las mujeres y proyectó la Ciudad Universitaria de Bogotá; y una política laboral que rompió con la tradición represiva anterior al mediar en los conflictos obrero-patronales en lugar de aplastarlos.

Ese giro laboral tuvo consecuencias medibles: durante el período, el Partido Liberal cooptó los movimientos populares mediante asesorías legales a sindicatos y campesinos, mediante la reglamentación sindical que venía desde 1931 y mediante un impulso estatal a la sindicalización. Jorge Eliécer Gaitán, aún dentro del liberalismo aunque cada vez más incómodo en él, fue una figura destacada en esa vinculación entre partido y bases populares.

Para un intelectual afrocaribeño de treinta años, este era un clima cultural sin precedentes en la historia colombiana. La reforma educativa multiplicaba lectores. La apertura al sindicalismo hacía audibles las demandas de sectores hasta entonces mudos. Y el discurso oficial —modernizador, laicista, contrario al fanatismo— dejaba espacio para debates sobre identidad nacional que en la República Conservadora habrían sido impensables. Apenas dos décadas antes, en 1918-1920, Miguel Jiménez López y Luis López de Mesa habían encabezado un debate público en el que sostenían la degeneración racial producida por la mezcla de "españoles aventureros inmorales e indígenas ya degenerados" y proponían regenerar la sangre colombiana con inmigración del norte de Europa. Ese era el suelo del que venía el país. La República Liberal no derogó el racismo estructural, pero abrió resquicios.

En esos resquicios se instaló Tambores en la noche. El libro no es un manifiesto: es un ejercicio poético que asume la percusión afrocaribeña como matriz rítmica, la geografía costeña como paisaje y la memoria de la esclavitud como capa histórica que aflora sin didactismo. Artel escribe en un castellano tenso, culto y sonoro a la vez, que evita tanto el habla estilizada de cierto negrismo como el purismo académico. La voz del poema reclama pertenencia sin pedirla: es la de quien ya está en la nación y afirma que la nación es, también, lo que él trae.

La oposición al proyecto liberal —el diario El Siglo, los sectores conservadores, los latifundistas, los temerosos del comunismo— atacaba a López Pumarejo con acusaciones que la historiografía posterior ha calificado de procaces, y no es difícil imaginar que en ese clima de polarización una poesía como la de Artel tuviera más receptividad en las páginas liberales que en las conservadoras. La costa Caribe, con sus preferencias liberales autopercibidas, era terreno amable. Bogotá, capital del país al que Artel se dirigía, era terreno disputado.

El intelectual afrocolombiano en la coyuntura de los cuarenta

En 1943, tres años después de Tambores en la noche, un grupo de intelectuales encabezado por Natanael Díaz —caucano, abogado, poeta— formuló una exigencia colectiva que la historiografía posterior identificaría como un hito: reclamaban que se adelantaran estudios sobre el negro en Colombia de manera similar a como se venía haciendo con el indio. En ese grupo figuraban Manuel Zapata Olivella, Delia Zapata Olivella, Arcesio Viveros, Carlos Calderón Mosquera y Adolfo Mina Balanta. Era, en pequeño, la primera plataforma intelectual afrocolombiana organizada del siglo XX.

La relación de Artel con ese grupo no aparece con nitidez, y esa opacidad importa. Artel era ya, hacia 1943, el poeta afrocolombiano visible del país; sin embargo, la iniciativa organizativa provino de Cali y del Cauca, no de Cartagena, y de una generación ligeramente más joven en la que la figura central sería Zapata Olivella. Es una de las claves para entender la trayectoria de Artel: fue poeta antes que activista, y su intervención pública se ejerció desde la literatura y el periodismo, no desde la construcción de un movimiento. En un país donde los afrocolombianos, cuando participaban en luchas políticas, lo hacían frecuentemente en torno a clase o región antes que como negros, la movilización étnico-racial explícita era un horizonte todavía por construir. Los primeros grupos de discusión de estudiantes e intelectuales negros organizados como tales aparecerían solo en la década de 1970, y el Centro de Estudios Afrocolombianos, cuyo origen se remonta al grupo de 1943, no se formalizaría jurídicamente hasta 1975 —cuando Natanael Díaz ya había muerto.

Artel escribió, entonces, en un momento en que la voz negra estaba ganando presencia literaria pero no aún densidad organizativa. Su obra funcionó como afirmación cultural en un terreno donde el activismo étnico no tenía todavía cuerpo. Esa condición estructural —más que una elección estratégica— explica en buena parte el arco posterior de su recepción.

Periodismo, derecho y palabra pública

Durante los años de la República Liberal, Artel ejerció el periodismo con regularidad. Colaboró en la prensa costeña y capitalina, escribió crónica, reseña y opinión política. El periodismo era, en la Colombia de entonces, la extensión natural del quehacer literario y jurídico; los diarios eran plataformas partidarias donde los liberales publicaban, discutían y se reconocían.

El uso del seudónimo en la prensa era práctica extendida: Manuel Zapata Olivella, años después, firmaría en Cromos del 13 de septiembre de 1947 como Manuel Karabalí —guiño a la etnia africana carabalí, marca deliberada de raíz. Artel, cuyo propio nombre literario era ya una construcción, se movía con soltura en ese juego de identidades públicas. La palabra impresa era, para su generación, un campo de batalla y una carta de presentación.

Como abogado, sirvió al Estado en cargos administrativos y consulares intermitentes. Esa trayectoria funcionarial —común entre los escritores liberales de la época— le dio estabilidad económica, contactos y, más tarde, la ocasión de una vida internacional. Pero también lo situó dentro del aparato estatal del proyecto liberal, no en su exterioridad crítica. La distancia entre estar dentro y ser reconocido plenamente por ese aparato es, quizá, la coordenada más precisa para entender su posición: un poeta afrocaribeño empleado por el Estado que, en cada cargo, seguía siendo antes que nada un poeta afrocaribeño.

1946: la fractura y el desplazamiento

La derrota liberal en las elecciones presidenciales de 1946 marcó el fin del ciclo reformista. Con el liberalismo mayoritario en el electorado colombiano, la división entre las candidaturas de Jorge Eliécer Gaitán y Gabriel Turbay facilitó el triunfo del conservador Mariano Ospina Pérez, lanzado por su partido como candidato moderado precisamente porque los estrategas conservadores sabían que la división del adversario era su única oportunidad real. Ese resultado cambió el país.

Para los intelectuales que se habían formado al amparo de la apertura liberal, el reflujo fue inmediato. El clima cultural se enfrió, las persecuciones políticas contra liberales y comunistas se intensificaron, y el asesinato de Gaitán el 9 de abril de 1948 —en la Bogotá que esos mismos meses hospedaba la IX Conferencia Panamericana y adoptaba la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre— desencadenó el Bogotazo y, con él, La Violencia. Colombia entró en un ciclo de exilios políticos que se inscribe en la larga tradición regional de convenciones sobre asilo extendida hasta 1954.

Artel se marchó. Su itinerario en las décadas siguientes —Panamá, La Habana, México, Guatemala, Nueva York— compone el mapa clásico del exilio latinoamericano de posguerra, el mismo que había obligado a Alejo Carpentier a huir a París por la dictadura de Gerardo Machado poco después de publicar su primera novela en 1933, y que reunía a escritores colombianos como Porfirio Barba-Jacob, León de Greiff y Luis Vidales en lo que la crítica ha llamado una retórica del exilio: el cuestionamiento de la sociedad señorial desde afuera, con el precio del desconocimiento o el reconocimiento tardío.

Fuera de Colombia, Artel siguió escribiendo, publicando y ejerciendo la abogacía y la enseñanza. Su presencia en México y en el circuito caribeño le permitió sostener el diálogo con Guillén y con la efervescencia cultural afroantillana. Pero cada año de distancia era también un año en que su nombre se apagaba en el país que había pretendido nombrarlo.

La red: interlocutores, herederos, coordenadas

La constelación en que Artel se movió permite dimensionar su lugar sin inflarlo. Puede describirse como tres círculos concéntricos, cada uno con su propia gramática.

El círculo inmediato era Cartagena. Allí, el ambiente que rodeó a Artel se solapaba con el que después nutriría a Héctor Rojas Herazo y a Clemente Manuel Zabala, mentor este último —desde las páginas de El Universal— de un joven Gabriel García Márquez. Artel pertenecía a la generación previa, pero era referencia obligada: la prueba de que se podía escribir desde Cartagena y desde lo afrocaribeño sin someterse al canon andino. Rojas Herazo escribiría después una obra atravesada por la memoria de la costa; Zabala mediaría entre generaciones; García Márquez heredaría una atmósfera literaria en cuya formación Artel había participado sin ser reconocido explícitamente como antecedente.

Un segundo círculo, más amplio, cubría el litoral. En Barranquilla, la referencia central era José Félix Fuenmayor, cuya obra —celebrada por el propio García Márquez— tenía una manera única y natural de contar las cosas, un deseo de huir del dogma y la verdad absoluta, y ha sido situada por la crítica en relación con las vanguardias latinoamericanas. Fuenmayor y Artel operaban en registros distintos, pero compartían el gesto de escribir desde la costa sin pedir carta de naturaleza a Bogotá. En clave afrocolombiana propiamente dicha, la interlocución más significativa venía del Pacífico y del Cauca: Rogerio Velásquez —etnólogo y escritor chocoano cuya obra sobre las poblaciones negras del Pacífico complementaba, desde otra región, la afirmación afrocolombiana— y la generación algo más joven de los hermanos Zapata Olivella, cuya obra terminaría siendo más ambiciosa en escala y más sistemática en programa. Manuel Zapata Olivella publicaría en 1983 Changó, el gran putas, texto monumental sobre la diáspora africana y el pensamiento libertario en las Américas, con vocación afrocéntrica y decolonial. Delia Zapata Olivella, presente en el grupo fundacional de 1943 y en la formalización del Centro de Estudios Afrocolombianos en 1975, trabajaría el folclor y la danza como campos de investigación y militancia.

El círculo más externo era antillano. En La Habana, Nicolás Guillén era el interlocutor mayor. La relación entre ambos poetas —basada en afinidades temáticas y en encuentros ocasionales más que en un programa compartido— sirvió para inscribir a Artel en el circuito antillano de la poesía negra, aunque también, paradójicamente, para que la crítica colombiana lo leyera como versión local de un fenómeno cubano, y no como voz propia con genealogía costeña específica que se remonta a Obeso.

El regreso, la vejez, el olvido y el rescate

Artel regresó a Colombia tras décadas de itinerancia. Los últimos años los pasó en Cartagena, la ciudad donde había nacido y donde murió en 1994. Fue un retorno silencioso, con reconocimientos tardíos y una obra que la crítica académica empezaba a redescubrir mientras el gran público la ignoraba. Su muerte a los ochenta y cinco años cerró un arco vital que había atravesado casi todo el siglo XX colombiano: nacido bajo la República Conservadora, formado en la República Liberal, exiliado durante La Violencia y el Frente Nacional, envejecido en la Colombia del narcotráfico y de la Constitución de 1991.

Esa Constitución transformó el marco jurídico de lo afrocolombiano justo cuando Artel entraba en sus últimos años. La Ley 70 de 1993 reconoció derechos territoriales a comunidades negras del Pacífico y dio forma jurídica a una demanda que venía madurando desde los ochenta, cuando el movimiento negro colombiano se desplazó desde reclamos por inclusión y ciudadanía plena hacia reclamos por legitimación de la diferencia étnica —un viraje asociado a las organizaciones campesinas negras del Chocó de mediados de esa década. Artel había anticipado a su manera ese horizonte, pero no lo vivió como militante. El desfase entre su obra y la institucionalidad que finalmente reconoció aquello que ella nombraba es uno de los datos más elocuentes de su biografía.

La marginalización de Artel en el canon literario colombiano ha sido leída de varias formas, y las lecturas se tensionan sin cancelarse. Una sostiene que el proyecto mestizo-liberal podía incorporar la voz negra como enriquecimiento cultural sin alterar la jerarquía racial que la subordinaba, y que Artel fue funcional a esa operación hasta que dejó de serlo. Otra recuerda que los criterios editoriales y críticos de las antologías colombianas del siglo XX han sido variables, oscilando entre la hipérbole y el rigor, y que los poetas periféricos geográficamente —costeños, no bogotanos— tendieron a quedar fuera del canon con independencia de su posición racial: Luis Carlos López, blanco y cartagenero, sufrió una forma paralela de desdibujamiento. Una tercera, más modesta, señala que Artel es sobre todo producto de un ecosistema cultural caribeño específico y que su significado histórico se juega ahí, en la línea que va de Obeso a Fuenmayor a los Zapata Olivella, antes que en una disputa nacional por el lugar de lo negro que él no libró como programa.

Las tres lecturas son parcialmente ciertas, y juntas describen mejor el caso de Artel que cualquiera por separado. Su obra fue instrumento de disputa simbólica en un momento en que la infraestructura organizativa de la movilización étnico-racial afrocolombiana aún no existía; su marginalización posterior se explica tanto por el reflujo político de 1946 y el exilio, como por los sesgos geográficos del canon, como por el hecho de que su afirmación afro no estuvo articulada a un movimiento social que la sostuviera después de él.

La huella

Tambores en la noche sigue siendo la referencia inevitable de la poesía afrocolombiana del siglo XX. La rehabilitación crítica de Artel, iniciada tímidamente en las últimas décadas del siglo pasado y acelerada tras la Constitución de 1991, lo ha instalado en un lugar más firme del que tuvo en vida. Las universidades del país —incluidas las del interior— han incorporado su obra a los estudios de literatura colombiana y de estudios afrocolombianos. Cartagena ha reivindicado su memoria con actos públicos, calles y homenajes. La reedición de sus libros y la inclusión sistemática en antologías han corregido, en parte, un olvido que fue largo.

Queda, sin embargo, la pregunta que su trayectoria formula sin responder: si la nación colombiana puede reconocer a un poeta afrocaribeño como parte constitutiva del canon sin al mismo tiempo transformar las jerarquías materiales que subordinan a las poblaciones afrodescendientes que él nombraba. Artel escribió en el momento breve en que la República Liberal parecía prometer que sí. La historia posterior mostró que la respuesta era más complicada. Su obra, precisamente por haber apostado a esa promesa, es un documento imprescindible para entender no solo la poesía colombiana del siglo XX, sino la manera en que el país ha administrado —incorporándola, folclorizándola, silenciándola, redescubriéndola— la voz de sus poetas negros. Entre el reconocimiento simbólico y la transformación material queda un margen que Artel supo nombrar sin poder cerrar, y que la lectura de sus poemas —hoy, ochenta años después de Tambores en la noche— sigue devolviéndole al lector colombiano como una tarea pendiente.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

27 documentos · 30 fragmentos
01Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · Página 661 cita
[1]

Allí no se presentó el fanatismo por las creencias religiosas o políticas que se observó en el interior del país. Por el contrario, la actitud festiva y burlesca ante las situaciones difíciles hizo que la costa estuviera relativamente al margen durante las grandes guerras civiles del pasado. Los mismos entrevistados…

p. 66
02Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · Páginas 72, 762 citas
[2]

Lorica: Colegio de la Fraternidad. That is, this name was a principle of every civility, of every community, and it meant that we lived in a world of fraternity, that we had to prepare ourselves as students, as relatives, to live in a fraternal world. To understand fraternity as a concept conceived by my father…

p. 76
[21]

theater, chronicle, novel, folk tales, poetry, and even scripts for radio and television, in addition to a beautiful autobiographical text called Levántate mulato (1990). His distinguished work is Changó... el gran putas (1983), a monumental and fundamental work about the African diaspora literature and libertarian…

p. 72
03Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 2051 cita
[3]

afuera” dice que ese doctorcito andaba “como un sábado por la tardecita”. 99 Difícil de concebir esto, pero en esta dificultad radicaba su importancia. Fuenmayor astillaba la punta de las definiciones, esgrimiendo cuantos extremos se ofrecen a la mente. Y en el fondo lo que vemos es un deseo por huir del dogma, de la…

p. 205
04Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Página 461 cita
[4]

y negrista, Puerto Rico, Editorial Universitaria, 1976, pág. 19. 56. Arozarena citado por J. L. Morales, op. cit., pág. 241. 57. Luis Palés Matos citado por Ann Venture Young, "Black women in Hispanic American poetry: glorification, deification and humanization", Afro-Hispanic Review, VOL. I, N° 1 (Washington, ene- ro…

p. 46
05Civilization and Violence: Regimes of Representation in Nineteenth-Century ColombiaCristina Rojas · 2002 · Página 2281 cita
[5]

(Bogotá: Librería Americana, 1905), 470 – 71. 27. Ibid., 467. 28. Ibid., 470 – 71. 29. José M. Restrepo, “De la Poesía Popular en Colombia” (1911) reprint- ed in José M. Restrepo, El Cancionero de Antioquia (Barcelona, Editorial Lux, 1929), 50 – 51. 30. Jesús Martín Barbero, De los Medios a las Mediaciones (México:…

p. 228
06Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Páginas 36, 392 citas
[6]

como acostumbraba a subtitularlos, de su producción poética. En 1945, en Buenos Aires, Germán Arciniegas (1900) ve editada su Biografía del Ca- ribe. ¿Qué ha pasado entre estas dos fechas en la literatura, latinoamericana en general y en la colombiana en par- ticular? Un cambio que hoy nos re- sulta evidente pero que…

p. 36
[7]

ésa y en casi todas las épocas. ¿No aspiró tam- bién acaso José Vasconcelos a ser pre- sidente de México, siendo derrotado en 1930? ¿No publicó en 1933 Alejo Carpentier su primera novela, de tema afro-cubano: ¡ Ecué-Yamba-O!, tenien- do que exiliarse, en París, al poco tiem- po, por culpa del dictador cubano de turno?…

p. 39
07Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Página 2271 cita
[8]

mostrarse por encima de sus colegas, pero nunca alcanzan la meta de los grandes artistas; en algunos se ha debilitado el tra- bajo riguroso con la palabra, contrariando, así, la tradición colombiana; otras individualidades de esta generación, en parte, la surgida en la década de 1990, pone a funcionar más la imprenta…

p. 227
08¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Página 821 cita
[9]

y la cultura. La reforma constitucional de 1 936 al ' consagrar la función social del Estado, fue la expresión más notable de todo este proceso. 161 ¿Otra historia de Colombia? Si bien al comienzo de s u gobierno Olaya Herrera ofre ció participación conservadora, las difer e ncias estallaron muy pronto por e l control…

p. 82
09Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 3541 cita
[10]

mente las labores y con injerencia en los cuerpos de dirección de los dife- rentes estamentos universitarios: la Universidad abrió sus puertas a la mu- jer. Pero además, López dedicó todos sus esfuerzos a dotar a la Universidad de un campus, de una sede espaciosa que le permitiera futuros desarrollos. De allí la…

p. 354
10La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 1821 cita
[11]

de la su b versión socialista en el contexto del partido liberal de g o bierno. Con la hegemonía, se reforma un poco más la Con s titución «clerical y goda» que habían expedido Núñez y Caro en 1886. El reformador del momento es el doctor Darío Echandía, quien encuentra bases para su tarea en la Consti - tución de la…

p. 182
11No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 451 cita
[12]

las tierras improductivas, sus alcances estaban diri- gidos a estimular la productividad y la modernización rural, pero no a «adelantar una reforma agraria redistributiva» 50, lo que permitió con el tiempo perpetuar el modelo de acumulación de tierra. La aplicación de esta Ley 200, como ocurrió a lo largo del siglo…

p. 45
12Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · Página 1741 cita
[13]

generaciones de ideología revolucionaria, sino en las ma nos de la élite burguesa de la Generación del Centenario” (García, 1983: 221). Algunos dirigentes buscaban un cambio revolucionario, pero ni el partido uni- rista ni el comunista estuvieron a la altura de la coyuntura, para impulsar una ideología liberal…

p. 174
13La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947. Bibliotecas y cultura en AntioquiaHernán Alonso Muñoz Vélez · 2014 · Página 251 cita
[14]

la mayor parte de la población el acceso a los servicios educativos ofrecidos por el Estado. En esta campaña alfabetizadora, se buscaría la igualdad de condiciones para hombres y mujeres, garantizándole a estas últimas el acceso a todos los niveles de la educación. De igual manera, el Estado utilizaría la escuela y la…

p. 25
14Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 3452 citas
[15]

momentos por la intervención del Estado para sentar a las partes en la mesa de negociaciones. Aunque lo anterior debe ser la regla y no la excepción en el Estado ideal democrático-burgués, aquí fue por primera y única vez que la policía y el ejército no inter- vinieron contra las organizaciones populares cuando…

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momentos por la intervención del Estado para sentar a las partes en la mesa de negociaciones. Aunque lo anterior debe ser la regla y no la excepción en el Estado ideal democrático-burgués, aquí fue por primera y única vez que la policía y el ejército no inter- vinieron contra las organizaciones populares cuando…

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15Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · Página 1321 cita
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on the vulnerability of the Colombian labor movement to ruling-class initiatives during the resurgence and reorganization of world capitalism in the wake of the Second World War. The fourth reflects on the relationship of this whole social process to the phenomenon of the Violence. The Advent of the Liberal Republic…

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16Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · Página 181 cita
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las dificultades que tuvieron para actuar en el ámbito político colombiano; aunque, participaron de la “crisis del sistema conservador”, como lo demostró la creciente actividad huelguística en los años veinte y treinta. 50 El incipiente peso de los movimientos políticos de izquierda permitió que estos se replegaran al…

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17Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 2101 cita
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rez puede ser el candidato conserva LA REP Ú BLICA LIBERAL: 1930-1946 211 dor ”. En efecto, el 24 de marzo, mes y medio antes de las elecciones, los conservadores lanzaron su candidatura, con el apoyo de Laurea no G ó mez, que sab í a que la suya habr í a producido la uni ó n liberal. Su campa ñ a trat ó de presentar…

p. 210
18Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · Página 4471 cita
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Cromos (septiembre 13, 1947) -donde escribía con el seudónimo de Manuel Karabalí- “creyó llegado el momento de rectificar la conducta de historiadores, científicos y literatos ante sus bisabuelos”. Hacían hincapié en “la necesidad de adelantar estudios sobre el negro en la misma forma que se venía haciendo con el…

p. 447
19The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Página 3071 cita
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this position if there is any opposition to the defense of truth and justice, as well as cheating and judicial fraud against the Indigenous Race, which has been persecuted and murdered by nonindigenous civilization since October 12, 1492. It is in this manner that we present our protest. Mr. Judge and Mr. Lawyer, the…

p. 307
20Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · Página 2431 cita
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nuevos actores políticos, entre los que han sido no- torios los movimientos locales por servicios o atención estatal, movimientos por los derechos humanos, movimientos por la res- tauración democrática, movimientos de mujeres, movimientos barriales de solidaridad en la crisis, movimientos cristianos de base,…

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21Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 6471 cita
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Luis Tejada como a uno de los m á s sobresalientes continuadores te ó ricos del marxismo-leni- I nismo en Colombia, aunque en ninguno de sus escritos se puedan I percibir las huellas de sus “ lecturas marxistas ” hechas “ concien- j zudamente ”, como asegura Luis Vidales 60. Mientras llega esa i é poca, queda la…

p. 647
22Exilio colombiano. Huellas del conflicto armado más allá de las fronterasCentro Nacional de Memoria Histórica, Juan Manuel Zarama Santacruz, Randolf Laverde Tamayo, Juan Pablo Luque · 2018 · Página 771 cita
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de la región protegieron a decenas de miles de exiliados europeos –principalmente de orígenes judío, alemán e italiano–, que emigraron de manera masiva a raíz de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Tres años después de que se declarara el fin de la guerra en Eu- ropa, Colombia jugaría un papel determinante en la…

p. 77
23Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · Página 1801 cita
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fue el Teatro Municipal de Bogotá, entre mayo y octubre de 1920, con la “famosa discusión de las razas”. Desde 1918, Miguel Jiménez López, médico conservador de Boyacá, abrió la polémica en el Tercer Congreso Nacional de Médicos con la tesis “Nuestras razas decaen”. Decadencia sustentada en “la inferioridad…

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24Becoming Black Political Subjects: Movements and Ethno-Racial Rights in Colombia and BrazilTianna S. Paschel · 2016 · Página 771 cita
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black youth (Smith 2013). the articulation oF Black movements in colomBia The articulation of Colombia’s black movement in recent decades hap- pened under historical and political conditions very distinct from those in Brazil. Despite the fact that some forms of black resistance in Colombia can be traced back to the…

p. 77
25Gente negra en Colombia. Dinámicas sociopolíticas en Cali y el PacíficoOlivier Barbary, Fernando Urrea · 2004 · Página 2461 cita
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sobresalientes), dio lugar a una producción científica caracterizada, hasta hace muy poco, por el indigenismo, el ruralismo y un cierto culturalismo, de la cual se aprecia, con el tiempo, toda la influencia que ejerció en las decisiones del legislador, pero que se revela insufi- ciente para entender la totalidad de…

p. 246
26El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · Página 551 cita
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que se mueven por las calles bajo el sol tropical. Por la noche se les deja en libertad y vagan de un lado para otro; dada su sobriedad, se contentan con hallar un poco de alimento. Las visitas a nuestros compatriotas acabaron por po- nernos en situación de conocer más en detalle sus res- pectivos negocios. En…

p. 55
27Rites, Rights & Rhythms: A Genealogy of Musical Meaning in Colombia's Black PacificMichael Birenbaum Quintero · 2019 · Página 2051 cita
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Guapi, where a small merchant elite, including the Martán and González families, was fairly well integrated with the black inhabitants of the town and nearby villages. The Martáns, with paternal roots in France and Popayán, owned a number of important local industries. Helcías Martán’s mother, Enriqueta, a light-…

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