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Biografía

Jesús Armando Arias Cabrales

Crisis y narcotráfico

17 min de lectura24 documentos
NacimientoSin fecha registrada
FallecimientoSin fecha registrada
RolesCadete y oficial del Ejército Nacional de Colombia (1951–1989) · Mando central de la operación de retoma del Palacio de Justicia (noviembre de 1985)
Lugar principalColombia
Período históricoCrisis y narcotráfico1974–1990
03

La biografía

General del Ejército colombiano, comandante de la operación militar de retoma del Palacio de Justicia el 6 y 7 de noviembre de 1985, y último ocupante de la comandancia del Ejército bajo la presidencia de Virgilio Barco. Su nombre es hoy inseparable del episodio más grave de violencia institucional del siglo XX colombiano: jefe del operativo que aplastó la toma del M-19 y oficial condenado en 2011 a 35 años de prisión por la desaparición forzada de cinco personas que salieron con vida de aquel edificio. Cuarenta años de uniforme —desde el ingreso a la Escuela Militar de Cadetes en 1951 hasta el retiro en 1989— lo colocaron en el centro del cruce entre doctrina contrainsurgente, autonomía castrense y control civil sobre las armas, un cruce que Colombia todavía no ha terminado de dirimir. Recluido en el Cantón Norte, la misma guarnición donde décadas antes se decidieron operaciones que marcaron el conflicto, Arias Cabrales encarna la excepción judicial dentro de un patrón de impunidad, y el prisma más nítido para leer cómo la doctrina de seguridad nacional se instaló en el corazón operativo del Ejército colombiano.

02

Línea de vida

  1. 1951

    Ingreso a la Escuela Militar de Cadetes

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    Arias Cabrales ingresó a la Escuela Militar de Cadetes en 1951, motivado por una tradición familiar de vocación castrense. Su formación coincidió con la transición doctrinal del Ejército colombiano hacia el paradigma contrainsurgente norteamericano, que sustituía la influencia prusiana y centraba la preparación en la identificación y combate del enemigo interno.

  2. 1985

    Mando central en la retoma del Palacio de Justicia

    Leer contexto

    El 6 de noviembre de 1985, Arias Cabrales dirigió como mando central el operativo de retoma del Palacio de Justicia en Bogotá, estableciendo su cuartel en el Museo de la Casa del Florero. Desde allí coordinó con el coronel Edilberto Sánchez Rubiano (jefe de Inteligencia Militar B-1) y el coronel Alfonso Plazas Vega el manejo de listas de sospechosos entre los sobrevivientes. Se le atribuyen frases como 'estamos jugando contra el tiempo' y 'por favor, apurar y acabar con todo'. La Comisión de la Verdad concluyó que el propósito del operativo fue el exterminio del comando del M-19 a cualquier costo.

  3. 1985

    Desaparición forzada de sobrevivientes tras la retoma

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    Tras el cese de los combates, sobrevivientes evacuados del Palacio —entre ellos trabajadores de la cafetería— fueron trasladados a la Casa del Florero, sometidos a interrogatorios de inteligencia militar y posteriormente detenidos bajo custodia de la fuerza pública. Varios fueron trasladados a instalaciones militares como el Cantón Norte, donde fueron torturados; algunos fueron desaparecidos y otros ejecutados extrajudicialmente. La Comisión de la Verdad estableció la responsabilidad del Estado colombiano por estos hechos.

  4. 1989

    Retiro como Comandante del Ejército

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    Arias Cabrales culminó su carrera militar en 1989 con el grado de General y el cargo de Comandante del Ejército Nacional, bajo la presidencia de Virgilio Barco. Completó aproximadamente cuarenta años de servicio activo desde su ingreso en 1951.

  5. 1991

    Asesor ante la Junta Interamericana de Defensa

    Leer contexto

    Entre agosto de 1989 y agosto de 1991, según documentos citados por organizaciones no gubernamentales europeas en el informe 'El Terrorismo de Estado en Colombia', Arias Cabrales ocupó el cargo de Asesor principal de delegación ante la Junta Interamericana de Defensa.

  6. 2011

    Condena a 35 años de prisión por desaparición forzada

    Leer contexto

    La justicia colombiana condenó a Arias Cabrales a 35 años de cárcel por las desapariciones forzadas ocurridas en el marco de la retoma del Palacio de Justicia. La condena lo convirtió en una excepción judicial dentro de un patrón histórico de impunidad para crímenes cometidos por agentes del Estado durante el conflicto armado colombiano.

  7. 2021

    Cumplimiento de condena en el Cantón Norte

    Leer contexto

    Al momento de una entrevista recogida en documentos de 2021, Arias Cabrales cumplía su condena en el Cantón Norte, la misma guarnición militar donde décadas antes se habían coordinado operaciones del conflicto armado, incluidas las relacionadas con los hechos por los que fue condenado.

Un oficial de vocación heredada

Arias Cabrales entró a la Escuela Militar de Cadetes en 1951, con dieciséis o diecisiete años, en una decisión que él mismo describe como una prolongación natural del ambiente familiar: en su casa siempre se habló de la milicia, y esa conversación cotidiana marcó su rumbo. El detalle importa, porque su generación fue la primera de oficiales colombianos formada íntegramente bajo el nuevo paradigma que sustituía la vieja influencia prusiana por la doctrina norteamericana. Los cadetes que ingresaron a comienzos de los cincuenta se entrenaron bajo un modelo cuyo centro de gravedad no era ya la guerra convencional entre Estados, sino la contrainsurgencia: la identificación de un enemigo interno, la guerra irregular, la inteligencia militar como herramienta de combate político.

Ese giro doctrinal —lo que los historiadores del Ejército llaman su norteamericanización— coincidió con el ascenso de la Guerra Fría a la agenda hemisférica. La Escuela de las Américas, con sede entonces en Panamá, formó a oficiales latinoamericanos en una gramática común: teoría económica marxista, estructura y reclutamiento de partidos comunistas, técnicas de interrogatorio, estrategia contrainsurgente. Aprendían al enemigo desde adentro para desarticularlo. En Colombia, esa formación se ancló en una tradición institucional que definía la identidad del cuerpo militar en torno al anticomunismo, y que en las décadas siguientes marcaría carreras enteras.

Arias Cabrales ascendió en ese sistema. Los detalles menores de su hoja de vida —destinaciones intermedias, comandos regionales— aparecen difuminados por la magnitud del episodio que lo consagraría; entre julio de 1985 y julio de 1986 ocupó un cargo dentro del país cuya centralidad quedaría demostrada en noviembre de ese año. En el momento decisivo, era el oficial que dirigía en el terreno la operación de retoma. Cuarenta años de uniforme resumidos en dos días.

El 6 de noviembre y la Casa del Florero

El 6 de noviembre de 1985, cuarenta y un guerrilleros del M-19 al mando de Andrés Almarales y Luis Otero Cifuentes tomaron por asalto el Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Retuvieron a magistrados de la Corte Suprema, del Consejo de Estado, empleados, visitantes y trabajadores de la cafetería: más de trescientas personas quedaron en manos del comando. La operación guerrillera —según reconstruiría décadas después Gustavo Petro, entonces militante del grupo— estaba pensada como un acto de presión para forzar la negociación con el presidente Belisario Betancur y llevar a juicio público al Gobierno por el incumplimiento de los acuerdos de paz. El cálculo del M-19 partía del supuesto de que habría diálogo. Fue un cálculo errado.

La respuesta militar fue inmediata y desproporcionada. Tanques Cascabel del Ejército irrumpieron por las puertas del edificio pocas horas después. El operativo lo dirigía y coordinaba el Ejército Nacional, con la participación de otras fuerzas del orden. Arias Cabrales, con su rango de general y su papel de mando central, estableció su cuartel a menos de cien metros del Palacio en llamas: en el Museo de la Casa del Florero, la casa colonial donde, según la tradición, comenzó la independencia de Colombia el 20 de julio de 1810. Desde allí se dictaron las órdenes que sellaron el desenlace.

En ese cuartel improvisado convergieron los mandos que decidieron la operación en el terreno. Junto a Arias Cabrales operaba el coronel Edilberto Sánchez Rubiano, jefe de Inteligencia Militar del B-1, y el coronel Alfonso Plazas Vega, comandante de la Escuela de Caballería de Usaquén, cuya frase televisada —"aquí, defendiendo la democracia, maestro"— quedó como imagen icónica del operativo. Los tres, entre otros oficiales, manejaban desde la Casa del Florero una lista de personas sospechosas de colaborar con el M-19 o de intentar escapar entre los rescatados. La Inteligencia Militar hacía allí un trabajo específico: identificar entre los sobrevivientes a posibles guerrilleros disfrazados de civiles y a colaboradores que hubieran facilitado la toma desde adentro.

Los trabajadores de la cafetería del Palacio fueron colocados en esa lista. Se sospechó que alimentos y bebidas habían servido de cobertura para introducir armas en las semanas previas. La sospecha, nunca probada judicialmente contra las víctimas, sirvió como fundamento operativo para lo que vino después.

"Apurar y acabar con todo"

Dos frases atribuidas a Arias Cabrales durante aquellas horas son hoy parte del expediente histórico: "estamos jugando contra el tiempo" y "por favor, apurar y acabar con todo". La Comisión de la Verdad, décadas después, concluyó que el propósito de la operación militar de retoma fue el exterminio del comando guerrillero del M-19 a cualquier costo. No es una lectura marginal ni un cargo panfletario: es el resultado de años de investigación sobre las comunicaciones, las decisiones y los efectos del operativo.

Un episodio ilumina esa lógica con particular crudeza. El doctor Martínez Sáenz, jefe del Socorro Nacional de la Cruz Roja, se presentó en la Casa del Florero con el mandato de ingresar al Palacio para atender a heridos y facilitar la evacuación de rehenes. Fue retenido allí durante más de tres horas, sin que se le permitiera avanzar. Su presencia hubiera interferido con la orden perentoria transmitida a Arias Cabrales. La Cruz Roja —el símbolo mismo del derecho humanitario en la guerra— quedó neutralizada en la antesala del edificio en llamas.

La operación se saldó con la muerte de la mayoría de los guerrilleros, incluidos Almarales y Otero, y con la de once magistrados de la Corte Suprema entre los que estaba su presidente, Alfonso Reyes Echandía —quien alcanzó a pedir por radio, en las primeras horas, un cese al fuego que nunca llegó—, y Manuel Gaona Cruz. Alrededor de cien personas murieron en total. El Palacio ardió, y con él ardieron expedientes judiciales, entre ellos los procesos de extradición de narcotraficantes que la Corte revisaba en ese momento, coincidencia que alimentaría durante décadas la sospecha de una alianza velada entre el M-19 y el Cartel de Medellín para consumar la toma.

Betancur, el Ejército y la zona gris del mando

La pregunta que atraviesa la retoma —y con ella la responsabilidad de Arias Cabrales— es hasta dónde el operativo militar respondió a órdenes del poder civil y hasta dónde fue una operación autónoma del Ejército. La respuesta no es simple.

Por un lado, el entonces ministro de Gobierno Jaime Castro sostuvo que Betancur tomó durante la crisis tres decisiones grandes: enviar al Batallón Guardia Presidencial, no negociar con el M-19 y no hablar directamente con el magistrado Reyes Echandía cuando este pidió por radio detener la operación. En esa versión, el presidente conservó el mando político. Un testimonio posterior recogido por la Comisión de la Verdad matizó ese cuadro: Betancur habría distinguido entre "no negociar" y "sí dialogar", proponiendo condiciones para que el M-19 desocupara el edificio, liberara rehenes y saliera al exterior sin pago de dinero. Un cable de la embajada estadounidense fechado en noviembre de 1985 registra que la llamada del M-19 pidiendo la mediación de Jaime Betancur, hermano del presidente, solo reafirmó la decisión personal y política del mandatario de actuar con fuerza y no dar la impresión de negociar con terroristas.

Por otro lado, análisis posteriores —el del sociólogo Nazih Richani entre ellos— sostienen que no fue el presidente quien ordenó el ataque y el desenlace, y que la retoma se aproximó a un cuasi-golpe de Estado: los militares recuperaron terreno en la definición de la política de defensa y seguridad, y enterraron la iniciativa de paz que Betancur había impulsado desde el inicio de su mandato. La tensión previa entre el presidente y generales como Fernando Landazábal y Miguel Vega Uribe —incómodos con la lógica negociadora del Gobierno y críticos abiertos de la tregua con las guerrillas— daba fondo estructural a esa lectura. Años después, Juan Manuel Santos defendería públicamente a Betancur desde los editoriales de El Tiempo con un argumento revelador: que los militares no le "copiaron" sus instrucciones. La defensa, involuntariamente, admitía la falla del control civil.

La lectura más honesta del episodio no elige entre las dos versiones: las integra. Betancur fijó el objetivo político —no negociar, recuperar el Palacio— y delegó su ejecución en un Ejército formado durante décadas en la doctrina de seguridad nacional, blindado por el fuero militar y acostumbrado a operar bajo estado de sitio con relativa autonomía respecto del poder civil. Los mandos, encabezados por Arias Cabrales, llenaron ese mandato político con métodos de exterminio y desaparición que el presidente no ordenó explícitamente, pero tampoco impidió. La autonomía militar operó en una zona gris de delegación, no en oposición frontal al Estado. Arias Cabrales no fue un oficial rebelde: fue un oficial que actuó dentro del margen que el sistema le entregaba.

Los desaparecidos de la Casa del Florero

El horror del 6 y 7 de noviembre no terminó cuando cesaron los disparos. Comenzó, para varios sobrevivientes, cuando salieron con vida del edificio.

Empleados de la cafetería, visitantes ocasionales, personas que trabajaban en el Palacio fueron evacuados y trasladados a la Casa del Florero. Allí, bajo la coordinación de Sánchez Rubiano y la mirada del cuartel de mando de Arias Cabrales, la Inteligencia Militar procedió a identificarlos. A varios los separaron del resto. El administrador de la cafetería y otros trabajadores fueron detenidos bajo custodia de la fuerza pública. Nunca volvieron a aparecer con vida.

Los sobrevivientes seleccionados fueron trasladados a instalaciones militares, entre ellas las del Cantón Norte —la misma guarnición donde décadas después Arias Cabrales cumpliría su condena—. Allí fueron sometidos a torturas. Varios fueron desaparecidos. Otros, ejecutados extrajudicialmente. La Comisión de la Verdad estableció la responsabilidad del Estado colombiano por las desapariciones, torturas y ejecuciones de personas que salieron con vida del Palacio de Justicia, y encontró indicios de un operativo prediseñado, no una serie de decisiones improvisadas por oficiales aislados. La lógica que había ordenado "acabar con todo" durante la retoma continuó operando después, sobre cuerpos ya rendidos.

Algunas versiones acusatorias han señalado que en la Casa del Florero se prepararon canecas con ácido para disolver los cuerpos de quienes no resistieran los interrogatorios, y que la orden de torturar habría venido del ministro de Defensa Rafael Samudio Molina y del coronel Plazas Vega. Estas afirmaciones, de carácter marcadamente acusatorio y no corroboradas de manera independiente, deben leerse con cautela. Lo que sí está fuera de discusión, porque lo estableció la justicia colombiana y lo confirmó la Comisión de la Verdad, es que hubo desapariciones forzadas, y que Arias Cabrales fue uno de los responsables por acción y omisión desde su cuartel a cien metros del Palacio.

Cuarenta años después, cinco de esas desapariciones seguían sin esclarecimiento pleno. Familias de víctimas todavía reclamaban indemnizaciones no pagadas.

Doctrina, no desviación

La tentación fácil ante Arias Cabrales es leerlo como un individuo desviado, un oficial que rompió con el marco institucional. La lectura no resiste el material. Lo que hizo aquellos dos días en Bogotá fue aplicar, con eficiencia técnica y con el vocabulario operativo de su generación, la doctrina en la que se había formado desde 1951.

La doctrina de seguridad nacional —traducida en Colombia primero por el estamento castrense y luego canalizada institucionalmente por instrumentos como el Estatuto de Seguridad del gobierno de Julio César Turbay— definía al enemigo interno como cualquier persona o grupo sospechoso de simpatizar con el comunismo o de no adherirse a las políticas de seguridad del Estado. No era una definición jurídica: era una categoría operativa que ampliaba el blanco militar mucho más allá de los combatientes armados. Sindicalistas, líderes campesinos, estudiantes, sacerdotes, abogados de derechos humanos, empleados de cafetería sospechosos de haber colaborado con guerrilleros: todos podían caer, y de hecho cayeron, bajo la mira de esa categoría.

La doctrina prescribía además una "guerra total" que convertía en frente de combate todos los espacios de la vida nacional: el económico, el sindical, el religioso, el psicológico. La destrucción del enemigo se erigía en fin supremo del Estado, y la proporcionalidad entre medios y fines quedaba subordinada a esa meta. En ese marco mental, "acabar con todo" no era una improvisación brutal: era una expresión operativa coherente con la doctrina aprendida.

Las técnicas asociadas a esa doctrina en América Latina —detenciones indiscriminadas, allanamientos, torturas, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales— fueron sistemáticamente empleadas por regímenes militares y por sectores de los ejércitos en democracias formales. El sociólogo Daniel Feirstein las ha descrito como características de toda la región. En Colombia, donde no hubo dictadura militar prolongada, la doctrina se ejerció a través de un aparato castrense que operaba con relativa autonomía bajo estados de sitio recurrentes y con la protección del fuero militar. La corriente institucional cuya identidad se había construido en torno al anticomunismo identificó a la Unión Patriótica —el partido nacido del acuerdo entre las FARC y el Gobierno en 1985— como enemigo desde su misma fundación. El exterminio de más de tres mil de sus militantes en las dos décadas siguientes fue la traducción sistemática de esa categoría.

Arias Cabrales pertenece a esa generación y a esa institución. Su condena por desaparición forzada no lo separa del cuerpo del que provino: lo revela.

La condena, la excepción y el patrón

En 2011, la justicia ordinaria colombiana condenó a Arias Cabrales a 35 años de prisión por la desaparición forzada de cinco de las víctimas de la retoma. La condena quedó en firme. Al momento de recientes entrevistas —una de ellas realizada por el periodista Martín Nova— el general cumplía la pena en el Cantón Norte, la misma guarnición donde décadas antes se habían decidido operaciones que marcaron el conflicto armado y donde algunos de los sobrevivientes del Palacio habrían sido llevados en noviembre de 1985.

La significación de esa condena solo se aprecia en contraste. El coronel Alfonso Plazas Vega, condenado en 2010 a 30 años por la desaparición forzada de Irma Franco —guerrillera del M-19 sobreviviente del Palacio— y Carlos Rodríguez Vera —administrador de la cafetería—, vio revocada su sentencia por la Corte Suprema de Justicia en 2015. Salió en libertad tras ocho años de prisión. La revocatoria dejó el proceso judicial del Palacio en una asimetría chirriante: el general condenado sigue preso, el coronel absuelto está libre, y la cadena de mando efectiva —incluidos ministros de Defensa y otros oficiales superiores— no fue procesada.

Más elocuente aún es el caso del general Jaime Alfonso Lasprilla Villamizar. Como comandante de la Novena Brigada, sus tropas fueron señaladas como presuntas autoras de al menos setenta y cinco ejecuciones extrajudiciales —los llamados "falsos positivos"—, uno de los niveles más altos de cualquier unidad militar en Colombia. Lasprilla no fue procesado judicialmente por ninguno de esos asesinatos. Ascendió. En febrero de 2014 fue nombrado comandante del Ejército. La brecha entre presunta responsabilidad de mando y procesamiento efectivo se hizo institución.

Ese patrón —fuero militar, jurisdicción penal castrense investigándose a sí misma, impunidad sistémica— tiene una historia jurídica precisa. Hasta 1987, el Tribunal Disciplinario fue el órgano encargado de dirimir los conflictos de competencia entre la jurisdicción militar y la ordinaria cuando se investigaban delitos cometidos por militares. En una sentencia del 20 de mayo de 1983, ese Tribunal interpretó que los militares en servicio activo estaban prestando su servicio permanentemente, y por tanto todo delito que cometieran caía bajo el fuero castrense. La consecuencia fue previsible: militares señalados por la Procuraduría como presuntos responsables de asesinatos y actividades paramilitares terminaron siendo investigados por sus propios pares. La Comisión Andina de Juristas lo documentó en 1990: la jurisdicción penal militar mostró serias limitaciones frente a graves violaciones de derechos humanos. En 1987 la competencia fue trasladada a la Corte Suprema, pero para entonces el daño estructural ya estaba hecho, y el espíritu de cuerpo del estamento castrense siguió operando en la práctica.

La condena de Arias Cabrales es, en ese cuadro, una excepción. No una prueba de que el Estado de Derecho venció a la impunidad, sino la anomalía que confirma la regla. El sistema alcanzó a este oficial por la combinación excepcional de tres factores: la magnitud simbólica del Palacio de Justicia como blanco, la persistencia de las familias de las víctimas durante más de dos décadas, y el papel de organismos internacionales de derechos humanos que documentaron las desapariciones cuando la justicia colombiana aún no las procesaba. Sin esa concurrencia, Arias Cabrales probablemente habría envejecido en la sombra tranquila que rodeó a otros mandos.

Después del uniforme

Arias Cabrales terminó su carrera militar en 1989 como comandante del Ejército, la cúspide institucional. Aquella promoción, cuatro años después del Palacio, es en sí misma un dato: mientras las investigaciones sobre los desaparecidos apenas comenzaban, el oficial que había dirigido la retoma coronó el escalafón. Entre agosto de 1989 y agosto de 1991 ocupó puestos diplomático-militares en el exterior: asesor principal de la delegación colombiana ante la Junta Interamericana de Defensa, agregado militar de la Embajada de Colombia en Estados Unidos y Canadá, y jefe de estudios del Colegio Interamericano de Defensa. La circulación por instituciones hemisféricas de la seguridad —herederas directas del entramado que en las décadas anteriores había formado la doctrina en la que se educó— fue el epílogo natural de una carrera formada en esa misma matriz.

Entre 1991 y la sentencia de 2011, Arias Cabrales fue un oficial retirado como muchos otros: presente en la memoria pública sobre todo por el episodio del Palacio, pero sin la carga judicial que llegaría después. Los procesos por las desapariciones forzadas avanzaron lentamente, sostenidos por las familias de las víctimas, por organizaciones de derechos humanos y por la creciente presión internacional. Cuando la Fiscalía colombiana finalmente lo llevó a juicio, el país había cambiado: la Constitución de 1991, la firma del proceso de paz con las FARC en 2016, la instalación de una Comisión de la Verdad. Arias Cabrales era ya, cuando lo condenaron, un símbolo tanto como un procesado.

En la reclusión, ha ofrecido entrevistas. Habla de su vocación heredada, de los cuarenta años de uniforme, de una carrera que llevó a un adolescente de dieciséis años desde la Escuela Militar de Cadetes hasta el despacho del comandante del Ejército. Sostiene su inocencia. La versión que ofrece de sí mismo es la del soldado que cumplió con su deber en un momento crítico de la Nación. Esa versión choca frontalmente con las conclusiones de la Comisión de la Verdad y con la sentencia judicial en firme.

Un prisma para leer el conflicto

La biografía de Arias Cabrales no cabe en las categorías cómodas. No es un dictador latinoamericano ni un oficial marginal: es un general que hizo carrera dentro de una democracia formal, que sirvió bajo cinco presidentes elegidos, que dirigió una operación militar respaldada por decisión política del jefe de Estado, y que terminó condenado por delitos cometidos durante esa misma operación.

Su caso ilumina —más que ningún otro— la textura específica del conflicto armado colombiano en los años ochenta. Una democracia con elecciones regulares y prensa relativamente libre, pero con Fuerzas Militares que operaban bajo doctrina contrainsurgente heredada de la Guerra Fría, protegidas por fuero castrense, con autonomía operativa amplia bajo estados de sitio recurrentes. Un poder civil que dio la orden política pero cedió el terreno operativo. Un aparato de inteligencia que categorizó a civiles como enemigos internos y los desapareció con métodos aprendidos en la Escuela de las Américas y en los manuales que circulaban entre generaciones de oficiales.

Que un general condenado por desaparición forzada cumpla condena en la misma guarnición donde algunas de sus víctimas fueron torturadas es una figura que ninguna novela habría inventado. Que la mayoría de sus pares en cadenas de mando análogas nunca hayan sido procesados, y que uno de ellos haya ascendido a la comandancia del Ejército mientras cargaba la sospecha de setenta y cinco ejecuciones extrajudiciales, es la medida real del Estado de Derecho colombiano frente al aparato militar. Arias Cabrales es la excepción; Lasprilla es la regla.

El país que reclama, cuarenta años después, cinco desaparecidos del Palacio de Justicia todavía sin esclarecimiento pleno, es el mismo que produjo a Arias Cabrales y que —parcialmente, incompletamente, tardíamente— lo juzgó. Entre esas dos verdades, la de la doctrina que lo formó y la de la sentencia que lo condenó, se escribe todavía la relación no resuelta de Colombia con las armas de su propio Estado.

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Conexiones del archivo

Red histórica

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Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

24 documentos · 30 fragmentos
01Conversaciones de honor: Memorias MilitaresMartín Nova · 2020 · Página 491 cita
[1]

conversación sobre una década que conocí pero que no conocí, porque prácticamente no alcanzo a recordarla. Martín Nova: Está usted ahora acá, en el Cantón Norte, condenado a 35 años de cárcel por las desapariciones de la retoma del Palacio de Justicia. Usted fue general durante toda la década de los ochenta,…

p. 49
02"Falsos positivos" en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010Movimiento de Reconciliación (FOR), Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (CCEEU) · 2014 · Páginas 47, 842 citas
[2]

país (julio/85 a Julio/86), Asesor principal de delegación ante la Junta Interamericana de Defensa (de agosto 1/89 a agosto 31/91; Agregado Militar de la Embajada de Colombia en EEUU y Canadá y Jefe de Estudios del Colegio Interamericano de Defensa de noviembre/89 a agosto de 1991 107. Mientras estuvo al mando de la…

p. 47
[30]

de la Novena Brigada, las tropas bajo su mando fueron los supuestos autores de al menos 75 ejecuciones extrajudiciales, uno de los niveles más altos de Colombia. No es posible tener esa cantidad de ejecuciones extrajudiciales sin un ni- vel de planificación que requiere la responsabilidad del comandante, al menos por…

p. 84
03El Palacio de Justicia: una tragedia colombianaAna Carrigan · 2009 · Páginas 59, 712 citas
[3]

a la autora, así como una transcripción de sus contenidos, por un amigo periodista en Bogotá en mayo de 1986. y han sido utilizados extensamente a lo largo de este libro. 121 Capítulo 4 El contraataque El comandante de Artillería, coronel Alfonso Plazas W/j a, conduce su tanque a través de las puertas de bronce del…

p. 59
[4]

a sus casas a reunirse con sus familias angustiadas. En el Museo de la Casa del Florero, donde el general Arias Cabralcs había estable cido su cuartel, la Inteligencia Militar, bajo el mando del coronel del B-i, Edilberto Sánchez Rubiano, buscaba dos tipos de perso nas: guerrilleros que pudieran tratar de escaparse…

p. 71
04Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · Página 841 cita
[5]

a la fuerza las instalaciones del Palacio de Justicia en donde se encontraban las sedes de la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado. El grupo guerrillero buscaba someter al entonces Presidente de la República, Belisario Betan- cur Cuartas, a un juicio político por el incumplimiento de los compromisos de las…

p. 84
05La Tragedia del Palacio de JusticiaEnrique Parejo González · 2010 · Página 1741 cita
[6]

Martínez Sáenz en la Casa del Florero, y le impidieron, durante más de tres horas, ingresar al Palacio de Justicia, mientras el Ejército consolidaba el objetivo de “acabar con todo”. Se buscaba que la presencia de los miembros del Socorro Nacional no fuera a interferir el cumplimiento de la orden perentoria que se le…

p. 174
06No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 2041 cita
[7]

Castro, ministro de Gobierno en ese entonces, dijo que Betancur tomó tres grandes decisiones: «dio la orden de enviar al Batallón Guardia Presidencial, no negoció con el M-19 y no habló directamente con Reyes Echandía» 602. La decisión de no negociar con el M-19 en todo caso mantenía la puerta abierta para un diálogo.…

p. 204
07Una conversación pendienteJuan Manuel Santos, Ingrid Betancourt, Juan Carlos Torres · 2021 · Página 551 cita
[8]

y decenas de víctimas mortales, incluyendo once magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Eso fue un golpe mortal en el ánimo del país. Recuerdo que los líderes liberales Virgilio Barco y César Gaviria, que luego serían presidentes, criticaron agriamente la forma en que Belisario manejó el tema, en particular, la…

p. 55
08Sistemas de guerra: La economía política del conflicto en ColombiaNazih Richani · 2003 · Página 401 cita
[9]

fuentes, no fue el presidente quien ordenó el ataque y el desenlace de semejante aconte- cimiento -que causó la 1nuerte de prácticamente todos l<¡:>s ocupantes del edificio incluido los jueces y guerrilleros-, el cual prácticamente conllevó un cuasigolpe de Estado. Los militares recuperaron el terreno en la definición…

p. 40
09Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 5551 cita
[10]

los jueces rescatados entre los primeros del Palacio de Justicia fuera el propio hermano del presidente, Jaime Betancur, que además fue víctima de secuestro por parte de los terroristas dos años atrás. El Ministro de Relaciones Exteriores nos contó el mes pasado que, con frecuencia, el Presidente comparaba el manejo…

p. 555
109 de marzo de 1990Rafael Pardo Rueda · 2020 · Página 1541 cita
[11]

Pero eso era allá, porque aquí ya habíamos tenido fracasos muy complicados, como las incursiones que tuvimos en Choco y Nariño… Pero volviendo a la conferencia, la paradoja es que nos tocó enfrentar una situación política muy fuerte porque con Belisario empezamos a perder la iniciativa política que nos había…

p. 154
11Una vida, muchas vidasGustavo Petro Urrego · 2021 · Página 821 cita
[12]

para mí en el recuerdo, pues nunca volví a ser polí- tico allá, a pesar de que más adelante la población apoyó mis campañas electorales. No regresé hasta cuando fui a hacer la paz con el M-19 años más tarde. Las primeras visiones que tuve de La Modelo me atemori- zaron. Vi la realidad del país concentrada en una…

p. 82
12Entre la incertidumbre y el dolor: Impactos psicosociales de la desaparición forzada. Tomo IIICentro Nacional de Memoria Histórica; Liz Arévalo Naranjo (relatora); Carlos Miguel Ortiz (coordinador) · 2014 · Página 1931 cita
[13]

la cafetería eran integrantes y/o auxiliadores del M-19 y que habían colaborado para entrar armamento, alimentación y pertrechos los días previos a la toma. En virtud de ello, tras ser rescatados de la edi fi cación, junto con Detención, desaparición forzada y posterior ejecución de 19 comerciantes Castigo por el no…

p. 193
13Álvaro Uribe Vélez: El Narcotraficante Nº 82Sergio Camargo V. · 2008 · Página 1811 cita
[14]

de Justicia por el ejército, emitiendo en su lugar un partido de futbol; también se dio la orden de silenciar las diferentes radios, para acallar el clamor del presidente de la Corte Suprema, quien suplicaba al presidente de la República, un cese al fuego inmediato por parte del ejercito. La masacre fue sin piedad. Y…

p. 181
14Alvaro Uribe Velez El Narcotraficante # 82Sergio Camargo V. · 2008 · Página 1811 cita
[15]

de Justicia por el ejército, emitiendo en su lugar un partido de futbol; también se dio la orden de silenciar las diferentes radios, para acallar el clamor del presidente de la Corte Suprema, quien suplicaba al presidente de la República, un cese al fuego inmediato por parte del ejercito. La masacre fue sin piedad. Y…

p. 181
15Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Páginas 385, 4582 citas
[16]

en los hechos. Está comprobado que este último salió con vida del Palacio de Justicia, custodiado la impunidad como factor de persistencia del conflicto armado 459 por miembros de la fuerza pública y luego apareció asesinado 915. Dos miembros del M-19 también salieron con vida: uno reapareció muerto en el Palacio y la…

p. 458
[27]

los estados de excepción y los territorios, especialmente rurales; cuarto, el modelo de inteligencia y su impacto en violaciones de los derechos humanos; quinto, la limitada independencia de la justicia en el conflicto armado; sexto, la aceptación de la injerencia de Estados Unidos; y séptimo, el uso de civiles en las…

p. 385
16Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · Página 4401 cita
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una condena en firme, en contra del general retirado Jesús Armando Arias Cabrales, por la desaparición forzada de 5 de las 12 víctimas, imponiéndose una pena de 35 años de cárcel; mientras la condena en contra del coronel Luis Alfonso Plazas Vega, por la desaparición forzada de Irma Franco y Carlos Rodríguez Vera, de…

p. 440
17Trujillo: Una tragedia que no cesaGrupo de Memoria Histórica; Álvaro Camacho Guizado (relator); Gonzalo Sánchez G. (coordinador) · 2008 · Página 1841 cita
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in- ternacional, mucho menos cuando las guerrillas comunistas aún continúan en guerra en Colombia y no se avizoraban perspectivas de paz en el corto plazo. La esencia de la doctrina de seguridad era combatir al enemigo interno para contener la expansión del comunismo internacional, sin que se cuestionara necesariamen-…

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18El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC)Gonzalo Sánchez Gómez, Mario Aguilera Peña · 2011 · Página 491 cita
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partido conservador. Colombia Nunca Más. Cimitarra. www.dere- chos.org/nizkor/colombia. 178 Voz. Marzo 16 de 1978. 179 Vanguardia Liberal Agosto 28 de 1981. 96 Capítulo 2 97 El orden desarmado La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC) tuvo efectos bastante negativos para la…

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19Walking Ghosts: Murder and Guerrilla Politics in ColombiaSteven Dudley · 2004 · Página 451 cita
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countries, got U.S. training in Panama, Georgia, Texas, and North Carolina, where they learned everything about communism anyone would want to know: its economic theory, party structure, organization, recruitment, and strategy. Controlling the communist threat at the time involved what was known then as the National…

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20Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · Página 322 citas
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Estatuto) facilitó “el deslinde entre las acciones militares legítimas y las violatorias de los derechos humanos” (Leal, 2002,p. 27), acorde con los principios doctrinarios clásicos, sobreviniendo en el país las estra- tegias contrainsurgentes que fueron descritas por Daniel Feirstein (2009) como características en…

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Estatuto) facilitó “el deslinde entre las acciones militares legítimas y las violatorias de los derechos humanos” (Leal, 2002,p. 27), acorde con los principios doctrinarios clásicos, sobreviniendo en el país las estra- tegias contrainsurgentes que fueron descritas por Daniel Feirstein (2009) como características en…

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21El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · Página 1092 citas
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del cuerpo social”. Enemigos no son solo “aquellos que explícitamente se identifican con el cambio social, así como las organizaciones que lo preconizan, sino cualquiera que 6 Noam Chomsky: “Double jeu américain en Colombie”. Le Monde Diplo- matique, París, agosto de 1996. 109 Capítulo V no se adhiera a las políticas…

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del cuerpo social”. Enemigos no son solo “aquellos que explícitamente se identifican con el cambio social, así como las organizaciones que lo preconizan, sino cualquiera que 6 Noam Chomsky: “Double jeu américain en Colombie”. Le Monde Diplo- matique, París, agosto de 1996. 109 Capítulo V no se adhiera a las políticas…

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22Post-conflict Colombia and the Global Circulation of Military ExpertiseManuela Trindade Viana · 2022 · Página 1991 cita
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was displaced by the U.S. as the main reference for the professionalization of the Colombian military. 5.2 (The Imperative of) Winning Hearts, Minds, and Populations in the Never-Ending Colombian War Discussions about the professionalization of the Colombian military often evoke its close ties with the U.S. in the…

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23Todo pasó frente a nuestros ojos. El genocidio de la Unión Patriótica 1984-2002Vladimir Melo Moreno (Relator); Andrés Fernando Suárez, Carmen Andrea Becerra (Correlatores); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2018 · Página 1951 cita
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militar alineada con la política militar nortea- mericana y iii) la reapropiación de la Doctrina de Seguridad Na- cional suramericana (Leal, 2006, páginas 55-61). De esta forma, se dio una reconfiguración de un modelo de fuerza para la Defensa Nacional a uno de Seguridad Nacional (Rueda, 1997), que derivó en la…

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24El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 1. Graves violaciones de derechos humanos: luchas sociales y cambios normativos e institucionales 1985-2012Centro Nacional de Memoria Histórica · 2015 · Página 402 citas
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de los jueces castrenses y del fuerte espíritu de cuerpo de las Fuerzas Militares 21. El Tribunal Discipli- nario, que hasta 1987 fue el encargado de dirimir los con fl ictos de competencia entre la jurisdicción militar y la ordinaria, favoreció, además, una amplia competencia de los Tribunales Militares al…

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de los jueces castrenses y del fuerte espíritu de cuerpo de las Fuerzas Militares 21. El Tribunal Discipli- nario, que hasta 1987 fue el encargado de dirimir los con fl ictos de competencia entre la jurisdicción militar y la ordinaria, favoreció, además, una amplia competencia de los Tribunales Militares al…

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