Economía de guerra republicana: préstamos forzosos, papel moneda y expropiación (1813-1819)
Entre 1813 y 1819, los ejércitos y gobiernos republicanos de Venezuela y Nueva Granada financiaron la guerra de independencia mediante contribuciones forzosas, confiscación de bienes enemigos, préstamos coactivos a la Iglesia y comerciantes, emisión de papel moneda devaluado y adulteración monetaria. Estas prácticas no fueron improvisación bélica sino el laboratorio del Estado extractivo que heredaría la República.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 1813-1819
- Dónde
- Nueva Granada, Caracas, Tunja, Casanare, Mompox, Popayán, Socorro, Cúcuta, Zipaquirá, Venezuela, Cartagena de Indias, Nemocón
- Protagonistas
- Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, José Acevedo y Gómez, Pablo Morillo, Narciso Coll y Prat (arzobispo), Juan de Sámano (virrey), Gobierno general de las Provincias Unidas de Nueva Granada, Ejército Libertador, Juntas de Secuestros (régimen de Morillo), Consejo de Purificación (régimen de Morillo)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Escasez estructural de numerario circulante en la economía colonial tardía de Nueva Granada y Venezuela, que dejó a los gobiernos republicanos sin base monetaria suficiente para financiar una guerra prolongada por medios ordinarios.
- Ausencia de banca, mercado de deuda organizado y crédito público: sin instrumentos financieros modernos, la coerción directa sobre personas, bienes e instituciones fue la única fuente de liquidez inmediata disponible.
- Supresión de rentas coloniales odiadas —tributo de indios, mazamorreros, monopolios de aguardiente, quintos de oro— por los gobiernos patriotas, que abrió huecos fiscales sin construir un sistema tributario moderno equivalente.
- Pánico económico generado por la guerra misma: la venta apresurada de ganados, esclavos y semovientes ante el avance de columnas armadas desorganizó el abasto y obligó a las autoridades a intervenir coactivamente para sostener los ejércitos.
- Aprendizaje simétrico entre bandos: el régimen de Morillo institucionalizó las Juntas de Secuestros y el Consejo de Purificación como fuentes presupuestales, y los patriotas adoptaron lógicas equivalentes de confiscación administrada desde al menos 1814.
- Experiencia negativa con el papel moneda de la Primera República venezolana (1812), que llevó a los gobiernos posteriores a evitar emisiones fiduciarias y a recurrir en cambio a exacciones directas y empréstitos forzados.
Consecuencias
- Institucionalización del empréstito forzado y la contribución coactiva como instrumentos ordinarios del fisco republicano, heredados por los gobiernos de la Gran Colombia y Colombia en el siglo XIX.
- Generación de un 'complejo' institucional de rechazo al papel moneda y a las emisiones fiduciarias, transmitido a los gobiernos posteriores y que privó a la República de un instrumento de liquidez en momentos críticos.
- Perturbación monetaria duradera: debasements en Santa Marta y Popayán, circulación de moneda adulterada, fluctuaciones de tasas de cambio de entre 4.000% y 20.000% en un solo día en Medellín, que contribuyeron al fracaso de los primeros proyectos de inversión industrial.
- Destrucción y desorganización de haciendas, unidades de producción agropecuaria y circuitos comerciales regionales, con efectos de largo plazo sobre la producción y el abasto de los pueblos.
- Formación de una memoria rural de hostilidad hacia el poder central republicano, encubierta por el relato épico de la independencia pero persistente como sustrato político en las décadas siguientes.
- Consolidación de un Estado republicano de arcas exiguas que heredó el andamiaje fiscal colonial —alcabalas, estancos, quinto minero— y le añadió el hábito del empréstito forzado, configurando la fragilidad fiscal secular del Estado colombiano.
La clave interpretativa
Por qué importa
La economía de guerra republicana de 1813-1819 no fue una anomalía bélica sino la matriz constitutiva del Estado extractivo colombiano: las prácticas coactivas ensayadas en campaña —contribuciones forzosas, confiscaciones administradas, empréstitos cuasi-impuestos— se institucionalizaron y definieron la relación entre el poder central y la sociedad rural durante todo el siglo XIX. Entender este período como laboratorio fiscal, y no solo como epopeya militar, explica tanto la fragilidad crónica de las finanzas públicas colombianas como el resentimiento campesino hacia el Estado que el relato fundacional de la independencia sistemáticamente ocultó.
Desarrollo histórico
La historia completa
Economía de guerra republicana: préstamos forzosos, papel moneda y expropiación (1813-1819)
Entre la Campaña Admirable de 1813 y la Batalla de Boyacá de 1819, los gobiernos y ejércitos que se reclamaban independientes en Venezuela y Nueva Granada sostuvieron la guerra con un repertorio coactivo: contribuciones forzosas, confiscación de bienes de enemigos, préstamos exigidos a la Iglesia, emisiones de papel moneda y adulteración monetaria. No fue expediente puntual ni improvisación de campamento. Se ensayó provincia por provincia, dejó papelería —decretos, comisionados, registros, listas de repartos— y produjo, junto con la contracción productiva que el propio esfuerzo bélico causó, un doble legado. Por un lado, un Estado republicano de arcas exiguas que heredó buena parte del andamiaje fiscal colonial —alcabalas, estancos, quinto minero— y le añadió el hábito del empréstito forzado. Por otro, un recelo rural hacia el poder central que el relato de la gesta libertadora ocultó bajo la abstracción de un pueblo unánime. Leer esos seis años como laboratorio fiscal, y no solo como epopeya militar, permite ver la máquina que estaba naciendo detrás de las banderas.
El mundo del que brota la coerción: fiscalidad colonial tardía y colapso de la Primera República
La república en armas no partió de una tabla rasa. Heredó un edificio fiscal colonial cuyas piezas mayores habían llegado al final del siglo XVIII cargando el peso de una economía extractiva: las alcabalas mayor y menor, el diezmo, el quinto minero sobre la producción de metales preciosos, los estancos de tabaco y aguardiente. Los estancos por sí solos representaban en torno al 32% de los ingresos de la Corona en la última década colonial, cifra que explica una paradoja que atravesará todo el período republicano temprano: la retórica liberal detestaba los monopolios y las rentas estancadas, pero ningún gobierno con guerra encima podía darse el lujo de suprimirlos.
La Primera República había ensayado, entre 1810 y 1815, una limpieza selectiva. Varias juntas de gobierno eliminaron las rentas más odiadas —el tributo de indios, el impuesto a los mazamorreros que gravaba la minería popular y, en algunas provincias, el monopolio del aguardiente—; en el mismo espíritu, provincias neogranadinas suprimieron los quintos de oro en Antioquia, Bogotá y Mariquita, los aguardientes en Popayán y la contribución del trabajo personal subsidiario. La motivación era doble, ideológica y política: mostrar que la nueva soberanía no reproducía las cargas del amo. Pero cada supresión abría un hueco fiscal que había que llenar por otros medios, y esos medios no fueron ni contribuciones directas modernas ni tarifas racionales, sino la exacción de guerra.
Cuando en 1815 la expedición de Pablo Morillo desembarcó en la costa neogranadina y en pocos meses reconquistó las provincias interiores —completó la campaña en los primeros días de octubre de 1816—, el régimen realista instaló su propia arquitectura extractiva: consejos de guerra, un Consejo de Purificación para juzgar a los desleales al rey y, sobre todo, las Juntas de Secuestros, que incautaban bienes a los acusados de traición. La tesorería del ejército expedicionario centralizó los ingresos del Consejo de Purificación y de las Juntas de Secuestros, convirtiendo la represión política en línea presupuestal. El terror morilliano, que inicialmente contó con algún apoyo popular tras el desprestigio de la Patria Boba, se disipó pronto y radicalizó a la población. Cuando los patriotas volvieron a organizar ejércitos desde Casanare y los Llanos, encontraron un país que ya había aprendido, en carne propia, que la guerra civil se financia sobre los cuerpos y las haciendas de los vecinos.
Cómo se armó la máquina extractiva, 1813-1819
1813: la Campaña Admirable y el estreno de la exacción sistemática
La campaña que llevó a Bolívar de Cartagena a Caracas en el verano de 1813 fue militarmente fulgurante y fiscalmente reveladora. Los ejércitos avanzaban por territorios cuyo abasto no podía asegurar ninguna hacienda pública centralizada, y donde la línea entre requisa legítima y saqueo dependía menos del decreto que del oficial que firmaba. En Venezuela, la Segunda República instalada por Bolívar en Caracas se encontró de inmediato con el mismo dilema que había hundido a la Primera: sin numerario, sin crédito exterior, sin aparato recaudatorio confiable, no había ejército posible.
La solución venezolana combinó tres frentes. El primero, la presión sobre la Iglesia. Al cabildo catedralicio se le exigieron contribuciones que el arzobispo Narciso Coll y Prat denunció después ante el rey como despóticas y abominables, ejercidas con ilibertad y violencia. Rechazó de plano que la contribución pudiera llamarse voluntaria —calificativo que el gobierno patriota había usado para blindar la medida— y describió con detalle la escena: el canónigo Silvestre Méndez, debilitado por los años y los males habituales, aterrorizado por los furores de la guerra, había sido conminado a consentir. La textura de la coerción se ve ahí mejor que en cualquier decreto: no una expropiación general dictada desde arriba, sino un procedimiento de presión personalizada sobre cuerpos frágiles con firma canónica.
El segundo frente fue el monetario. El propio gobierno patriota conocía el precedente ruinoso de 1812, cuando la Primera República había recurrido a moneda fiduciaria con resultados que se consideraron un error que contribuyó a su colapso. La Segunda República intentó, entonces, orientarse hacia la acuñación metálica y evitar repetir la experiencia; pero la escasez de plata y oro haría que en distintos frentes —Cartagena, Popayán, Santa Marta— la promesa de sanidad monetaria se rompiera antes de terminar la década.
El tercer frente fue el más visible y el menos regulado: la extracción directa de ganados, esclavos, alimentos y semovientes por tropas en marcha. Los testimonios sobre estas prácticas son numerosos y no permiten atribuirlas exclusivamente al bando patriota ni calificarlas de sistema formal; son, más bien, el rasgo compartido de toda guerra que se libra sin logística ni tesoro. Su efecto acumulado sobre el campo fue devastador y quedó grabado en la memoria de los propietarios y campesinos que vieron pasar ejércitos de un color y de otro.
1814: la intendencia militar y el nacimiento del "buen recaudo"
El año 1814 marca en Nueva Granada un salto conceptual: la extracción deja de ser expediente y empieza a pensarse como administración. La guerra generó lo que las propias autoridades describieron como pánico económico, con propietarios vendiendo apresuradamente ganados, esclavos y semovientes antes de que la irrupción de una columna les arrebatara todo. En ese ambiente, los comisionados políticos del Gobierno general de las Provincias Unidas nombraron al coronel José Acevedo y Gómez —el mismo del 20 de julio de 1810— subpresidente y jefe superior político de la villa de Zipaquirá y Nemocón, con el encargo triple de regular el abasto de los pueblos, mantener el orden político y económico, y asegurar que los bienes de los enemigos estuvieran a "buen recaudo".
La expresión no es menor. "Buen recaudo" implica que las haciendas de los realistas o sospechosos ya no serían simplemente saqueadas por la tropa que pasara, sino administradas centralmente para que su producción sirviera al ejército. La lógica es explícita: una buena administración de las haciendas y unidades de producción confiscadas aseguraba el sustento de las tropas en campaña y servía de base a la intendencia militar. Es, en pequeño, la misma idea que Morillo institucionalizará al otro lado de la línea con sus Juntas de Secuestros: la confiscación deja de ser efecto colateral de la guerra y se convierte en fuente presupuestal con papelería. La simetría entre ambos bandos es una de las claves del período: cada uno aprendió del otro y ambos ensayaron variantes del mismo repertorio.
1815-1817: dispersión provincial y guerra de recursos
Cuando la Reconquista rompe el orden republicano en Nueva Granada, el eje de la resistencia patriota se traslada a los Llanos y a Casanare, mientras Venezuela vive su propia fragmentación entre focos militares y llaneros. En este período, más difuso pero decisivo, se consolida un rasgo estructural del sistema fiscal patriota: no hubo tesoro único ni gramática única. Cada provincia recaudaba y disponía según su comandante, su gobernador y su cercanía al frente.
La zona neogranadina que quedaría bajo control patriota o disputado —Casanare, los reductos del oriente— vio operar contribuciones forzosas cuya lógica de reparto se documenta con más claridad para el año inmediatamente posterior a Boyacá. Entre 1815 y 1817, las prácticas coactivas —requisas de ganado en los llanos, expropiación de haciendas de españoles o adictos al rey, préstamos exigidos a comerciantes de Angostura y Cúcuta cuando esas plazas cambiaban de mano— se ejecutaron sin estandarización. Fueron años de columnas de tropas mal pagadas que vivían de la tierra, con oficiales que firmaban recibos que nadie sabía si algún día se convertirían en pago.
Fue también en este período cuando las alteraciones monetarias regionales alcanzaron su punto más agudo. Las autoridades de Santa Marta —en manos realistas, pero el fenómeno se replicó en varios frentes— recurrieron al debasement modificando la fineza, el número y la cantidad de las piezas acuñadas. En Popayán se emitieron monedas de cobre como recurso monetario, y monedas adulteradas circularon en la región según la evaluación cualitativa que dejó, en 1816, un exfuncionario de la casa de moneda. La ley de Gresham hizo el resto: la moneda mala expulsó a la buena, la macuquina desplazó al cordoncillo, los costos de transacción se dispararon y la falsificación proliferó. Sobre este suelo monetario ya erosionado por décadas de escasez de numerario colonial, la guerra depositó una nueva capa de desconfianza en cualquier signo que llevara sello oficial.
En 1818, el virrey Juan de Sámano dictó en Nueva Granada una orden que capturó perfectamente la lógica bélica de la moneda: las piezas emitidas por las fuerzas españolas y leales debían recibirse a valor nominal; las emitidas por los revolucionarios, como meros metales. Convertir en peso muerto la moneda del enemigo era una forma más de guerra fiscal, pero también, a juicio del mismo exfuncionario colonial, parte de una serie de errores monetarios que contribuirían al colapso del régimen colonial en 1819. La moneda enemiga se podía degradar por decreto; la desconfianza acumulada contra toda moneda oficial, no.
1818-1819: Angostura, el papel moneda de Cartagena y el camino a Boyacá
El período que se abre con el Congreso de Angostura en febrero de 1819 y culmina con la Batalla de Boyacá el 7 de agosto es al mismo tiempo el más glorioso militarmente y el más precario fiscalmente. Los ejércitos que Bolívar y Francisco de Paula Santander conducirán a través del páramo de Pisba se sostuvieron con requisas llaneras, con préstamos ingleses gestionados desde el Caribe, con expropiaciones puntuales y con la promesa —siempre pospuesta— de recompensar los servicios con tierras confiscadas al enemigo.
La emisión de papel moneda en Cartagena durante las guerras de independencia había dado resultados sumamente perjudiciales para la causa patriota; la propia experiencia ilustraba la lección que los venezolanos ya conocían desde 1812. El desprestigio del papel fue tal que se transmitió como reflejo institucional a los gobiernos posteriores, generando un complejo duradero de rechazo a las emisiones fiduciarias. Es una de las herencias menos visibles y más determinantes del período: la República nació con una aversión visceral a un instrumento que, bien manejado, habría podido darle liquidez en momentos críticos del siglo XIX; y esa aversión provino de la experiencia bélica, no de doctrina económica.
Fue también en estos meses cuando se consolidó como ordinaria una figura que definiría el crédito público colombiano por décadas: el empréstito interno forzado o cuasi-forzado. Los ejércitos necesitaban plata inmediata, los comerciantes de Cartagena, Mompox, Cúcuta o Cali disponían de capitales líquidos, y la solución fue exigirles préstamos con promesa de devolución que rara vez se cumplió en los términos pactados. Estos empréstitos, contraídos en el país, oscilaron entre lo francamente forzado y lo que tenía más de exacción que de operación financiera normal. La distinción entre impuesto extraordinario y préstamo fue con frecuencia cosmética.
Por qué la coerción, y no otra cosa
Las causas de este régimen extractivo son a la vez estructurales, ideológicas y coyunturales, y conviene desagregarlas para no reducir el fenómeno a la voluntad de un caudillo. En el plano estructural, la economía colonial tardía de la Nueva Granada y Venezuela era pobre en numerario circulante y dependía crónicamente de la producción minera y de una fiscalidad indirecta administrada por estancos. La escasez de moneda —que en el período colonial tardío había inspirado a pensadores reformistas propuestas nunca implementadas para resolverla— dejó a los gobiernos republicanos sin base monetaria suficiente para financiar una guerra prolongada por medios ordinarios. A eso se sumó la debilidad congénita del crédito público: no había banca, no había mercado de deuda organizado, la asociación de capitales se orientaba preferentemente hacia minería y comercio, y el sistema monetario era inelástico. En esas condiciones, la coerción no fue una opción entre muchas: fue la única a mano.
En el plano ideológico, la misma retórica liberal que había motivado la supresión de tributos coloniales odiados —tributo de indios, mazamorreros, monopolios provinciales de aguardiente— cegó a los dirigentes republicanos frente a la necesidad de construir un sistema fiscal moderno equivalente. El resultado fue paradójico: los gobiernos patriotas se creían más liberales que sus antecesores coloniales mientras exigían contribuciones forzosas, secuestraban haciendas y presionaban a canónigos ancianos para que consintieran préstamos. Los crecientes requerimientos fiscales terminaron cubiertos con deuda y con el mantenimiento de rentas estancadas e impuestos al comercio exterior, en contra de las doctrinas que decían profesar.
En el plano coyuntural, la Campaña Admirable de 1813, la guerra de exterminio de José Tomás Boves en 1814, la Reconquista de Morillo en 1815-1816, la reorganización llanera de 1817-1818 y la campaña libertadora de 1819 impusieron cada una un pico de gasto que la fiscalidad ordinaria no podía absorber. Cada pico justificó, a ojos de los gobiernos patriotas, una vuelta de tuerca coactiva. Y cada vuelta de tuerca dejó un precedente institucional.
La simetría con el aparato realista de Morillo no es accidental. Cuando el régimen realista instaló su Consejo de Purificación y sus Juntas de Secuestros para financiar la reconquista, no innovaba: reciclaba con orden burocrático lo que los patriotas habían ensayado desde 1814 con Acevedo y Gómez en Zipaquirá. Y cuando los patriotas retomaron el poder desde 1819, aplicaron a los realistas medidas que se parecían mucho a las que Morillo había aplicado sobre ellos. Cada bando aprendió del otro, y la distinción entre fiscalidad legítima y exacción quedó, como ocurre siempre en las guerras civiles, en manos del vencedor que escribió la historia.
Colapso productivo y monetario
El costo económico del período fue devastador. La minería de oro colombiana cayó aproximadamente un 40% durante las guerras de independencia; se recuperaría con relativa rapidez al terminar los conflictos por su carácter de aluvión de baja tecnología, pero el hueco fiscal no se llenó. Las exportaciones per cápita cayeron un 42% entre 1802 y 1850, y solo a partir de 1850 se superó el nivel bruto de exportaciones obtenido al final de la Colonia; la recuperación por habitante hubo que esperarla hasta 1870. Toda una generación económica se perdió.
En Medellín, el pánico monetario que dejó la guerra se tradujo en un mercado cambiario donde el precio del giro sobre otras plazas podía variar en un solo día en proporciones inéditas: los registros locales consignan oscilaciones de entre 4.000% y 20.000% de una jornada a la siguiente, es decir, un cambio que se multiplicaba por cuarenta o por doscientas veces en el intervalo entre dos operaciones. Ninguna letra, ningún contrato de venta a plazo, ninguna importación podía calcularse en un entorno así. Esa volatilidad contribuyó al fracaso de los primeros proyectos de inversión industrial de envergadura en la ciudad que décadas después sería el corazón manufacturero del país. En el campo, la destrucción y el secuestro de haciendas empujaron a los propietarios a vender apresuradamente ganados, esclavos y semovientes, alterando el abasto de los pueblos y la producción agropecuaria. La aversión al riesgo se instaló como cultura: durante décadas, quien acumulara capital preferiría enviarlo al exterior o esconderlo antes que invertirlo, sabiendo que la próxima guerra —y hubo muchas— traería nuevos empréstitos forzosos y nuevas expropiaciones.
Sobre este colapso productivo se instaló, además, el reflejo antifiduciario. El complejo contra el papel moneda que dejó la experiencia de Cartagena y de la Primera República venezolana llevó a los gobiernos posteriores a evitar sistemáticamente ese instrumento, contribuyendo a la inelasticidad monetaria crónica del siglo XIX. La lección de la guerra fue, en este punto, casi supersticiosa: como el papel moneda había ido de la mano del desastre, cualquier propuesta futura de emisión fiduciaria despertaría resistencias que iban más allá de sus méritos técnicos.
La matriz de un Estado extractivo pobre
La coerción fiscal republicana de 1813-1819 no fue simple improvisación bélica, pero tampoco fue el laboratorio creativo de un nuevo Estado extractivo funcional. Fue una combinación inseparable de herencia colonial y experimentación de guerra que produjo, como resultado neto, un Estado republicano estructuralmente débil cuya incapacidad recaudatoria fue el verdadero legado del período.
Los gobiernos patriotas no inventaron la extracción coactiva: la reencuadraron. Le añadieron registros provinciales —como los que en Antioquia debían llevar el alcalde, el jefe del cantón o, en su defecto, un habitante honorable para fijar la base del impuesto de reparto—, comisionados políticos, confiscaciones administradas, préstamos forzosos a la Iglesia con la fórmula del consentimiento. Pero el andamiaje profundo —alcabalas, estancos de tabaco y aguardiente, quinto minero heredado con tasa reducida, impuestos al comercio exterior— siguió siendo el colonial. El liberalismo doctrinario de los dirigentes no logró desmontarlo; la urgencia bélica lo consolidó.
El resultado fue una república que salió de la guerra con la peor combinación posible: instituciones fiscales impopulares por su origen colonial, hábitos coactivos legitimados por la emergencia patriótica, un mercado financiero desorganizado donde los empréstitos internos tendían a ser forzados o cuasi-forzados, y una base productiva devastada. Los gastos públicos por habitante en los años treinta oscilaban en torno a $1 y tendían a disminuir en la década siguiente: la indigencia fiscal como marca de nacimiento de la sociedad republicana.
La desorganización del mercado financiero durante la Gran Colombia —influida por los empréstitos forzados y la inelasticidad del sistema monetario— fue uno de los factores que contribuyeron a la disolución de la unión bolivariana en 1830. Y cuando se intentó introducir la contribución directa como sustituto moderno de la fiscalidad indirecta colonial, el fracaso recaudatorio fue estruendoso: los ciudadanos ocultaban sus haberes y disminuían las rentas públicas mediante fraude, hábito adquirido bajo el régimen español de eludir impuestos arbitrarios y refrendado por la experiencia patriota de exacciones sin cuenta. La cultura fiscal colombiana del siglo XIX aprendió en estos años que declarar bienes al Estado era exponerlos al secuestro, al reparto, al empréstito forzado.
Hay una consecuencia menos visible pero más pesada. En los pueblos que vieron pasar ejércitos patriotas requisando ganado, quemando papeles, exigiendo consentimientos a párrocos ancianos, la relación con el poder republicano naciente se selló en clave de recelo. El siglo XIX construyó el relato de la gesta libertadora sobre la abstracción de un pueblo unánime; los pleitos por indemnización nunca pagada, las reclamaciones de viudas y hacendados, los registros parroquiales muestran un país más complicado, donde muchos vecinos aprendieron a esconder ganado, moneda y voluntades antes que a celebrar la llegada de las tropas —de cualquier bando. Ese recelo campesino alimentó durante el siglo XIX la desconfianza hacia Bogotá que atravesaría las guerras civiles federalistas, la resistencia a la Regeneración en algunas regiones y, en el largo plazo, la sospecha frente a cualquier promesa emanada del poder central.
La Guerra de los Mil Días, entre 1899 y 1902, mostraría hasta qué punto la matriz había sido duradera. Aquel conflicto se financió gravando las exportaciones y obligando a los productores de café a vender al Estado parte de su cosecha, pagadera en papel moneda, mientras las rentas debidas al fisco había que cubrirlas en oro; la destrucción de riqueza pública se calculó en 25 millones de pesos oro. En medio de esa asfixia, un decreto del 8 de enero de 1902 ordenó una contribución de 200 novillos gordos de la provincia de Cartagena para suministrar ración de carne a la fuerza acantonada allí. La escena es exactamente la de 1814: la misma requisa de ganado, la misma cadena de mando extractiva, la misma forma de resolver la logística militar por el atajo del rebaño ajeno, ochenta y ocho años después. El aparato militar colombiano seguiría siendo, incluso en tiempos de paz, un demandador constante de carne de res, y la República seguiría cobrándola con el mismo instrumento aprendido en la guerra de independencia.
Cierre: la República como acreedor armado
Lo que se ensambló entre 1813 y 1819 no fue un modelo fiscal fallido que gobiernos posteriores intentaran corregir, sino la matriz operativa sobre la que se armaron todas las prácticas hacendísticas del siglo. Cada vez que la República necesitó recursos por encima de su capacidad ordinaria —y necesitó muchas veces— volvió al repertorio de 1813: préstamo forzado a comerciantes urbanos, requisa de ganado a hacendados de provincia, gravamen extraordinario sobre exportaciones, promesa de recompensar los servicios con bienes confiscados al enemigo del momento. Las reformas de 1850, de 1886, de 1936 y de 1990 encontraron siempre el mismo muro de evasión porque enfrentaban una desconfianza acumulada durante generaciones: la certeza, aprendida por vía de campamento, de que exponer bienes al fisco era exponerlos al secuestro.
La libertad, en su primera década armada, se financió con préstamos exigidos bajo amenaza, con expropiaciones administradas, con emisiones cuya depreciación se descontaba antes de firmarlas. Que esa fuera la única forma posible de sostener la guerra no cambia el hecho de que las prácticas coactivas de los primeros años quedaran incorporadas al repertorio ordinario del Estado, disponibles para ser reactivadas cada vez que apretara la caja. Y el país que salió de ellas —con sus estancos supervivientes, su aversión al papel, su gasto público por habitante de un peso, su propietario que resolvía la contabilidad del riesgo antes que confiar en un recibo oficial— siguió reproduciendo, hasta bien entrado el siglo XX, la relación entre soberano y súbdito que se selló entre la Campaña Admirable y Boyacá: una República que, cuando la urgencia la ponía a caminar, se comportaba menos como fisco y más como acreedor armado.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 157, 159, 3533 citas
[1]contribución forzosa y se estabilizaría con el tiempo. Según David Bushnell, su intento fracasó, 106 pero existen ejemplos en los archivos de que la contribución fue exigida. En Antioquia, en 1820, el alcalde, el jefe del cantón o, en su defecto, un habitante honorable están encargados de fijar la base del impuesto de…p. 353
[4]de oriente y de occidente y de parte de los de Nueva Granada marca por primera vez la constitución de un ejército desterritorializado en relación con las ciudades. Aunque todavía falta el imaginario nacional, estas tropas de 1814 defienden por primera vez a Venezuela en su conjunto. Se pasa así del ejército miliciano…p. 157
[8]tradicionales del asentimiento fiscal. 132 Los errores de la Primera República explican estas precauciones. El gobierno patriota desea acuñar dinero contante y sonante sin provocar la ruina de la república, como la moneda fiduciaria de 1812. Sin embargo, el arzobispo Coll y Prat no parece considerar 157 «voluntaria»…p. 159
02Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 157, 159, 3533 citas
[2]contribución forzosa y se estabilizaría con el tiempo. Según David Bushnell, su intento fracasó, 106 pero existen ejemplos en los archivos de que la contribución fue exigida. En Antioquia, en 1820, el alcalde, el jefe del cantón o, en su defecto, un habitante honorable están encargados de fijar la base del impuesto de…p. 353
[5]de oriente y de occidente y de parte de los de Nueva Granada marca por primera vez la constitución de un ejército desterritorializado en relación con las ciudades. Aunque todavía falta el imaginario nacional, estas tropas de 1814 defienden por primera vez a Venezuela en su conjunto. Se pasa así del ejército miliciano…p. 157
[9]tradicionales del asentimiento fiscal. 132 Los errores de la Primera República explican estas precauciones. El gobierno patriota desea acuñar dinero contante y sonante sin provocar la ruina de la república, como la moneda fiduciaria de 1812. Sin embargo, el arzobispo Coll y Prat no parece considerar 157 «voluntaria»…p. 159
03Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 159, 1982 citas
[3]de importantes haciendas y empresas económicas, fue lo que obligó a los comisionados políticos del Gobierno general de las provincias unidas a nombrar, en 1814, al coronel José Acevedo y Gómez como subpresidente y jefe superior político de la Villa de Zipaquirá y Nemocón para que regulara el abasto de los pueblos y…p. 159
[18]en nuevo capital, en un permanente círculo vicioso. Es importante anotar que, pese a que la contabilidad mostró superávit en algunos años, este no era más que un espejismo, que ocultaba la postergación de los pagos de la deuda pública y los gastos irrisorios en nuevos proyectos de desarrollo económico. Teniendo en…p. 198
04El poder de la carne. Historias de ganaderías en la primera mitad del siglo XX en ColombiaAlberto G. Flórez-Malagón (ed.), Luis Guillermo Baptiste, Ingrid Johanna Bolívar, Stefania Gallini, Shawn Van Ausdal · 2008 · p. 1621 cita
[6]posibles, para poder hacer frente a los urgentes gastos que impone al gobierno el actual estado de guerra"'. Y aún en tiempos de paz, el aparato militar fue un constante demandador de carne de res. Así, en un decreto de 8 de enero de 1902, se impuso "una contribución de ganado a los desafueros de una provincia. [Por…p. 162
05El café en Colombia, 1850-1970: una historia económica, social y políticaMarco Palacios · 2009 · p. 3801 cita
[7]surgía en el horizonte político algún síntoma de paz negocia- da, los comerciantes enfrentaban súbitamente el problema de hallarle so- lución a la devaluación: ¿de qué manera se arreglarían las relaciones entre deudores y acreedores? ¿Se volvería al patrón oro? ¿Cómo se redimirán los billetes devaluados? ¿A qué tasa…p. 380
06Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 381 cita
[10]y patronato estatal sobre la Iglesia lo que generó los primeros conflictos entre ambas potestades. El Estado pretendió seguir controlando a una institución eclesiástica cuya organización, peso social, político y económico, eran enormes, en comparación con la pobreza de sus arcas fiscales. En este escenario, el Estado…p. 38
07Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 188, 2622 citas
[11]fiduciaria, como el autorizado por el Decreto de 14 de julio, 1821 —emisión de vales pagaderos en sal en la salina de Zipaquirá— y otros, que encon- traron poca atmósfera, y no tuvieron consecuencias importantes. Véase carta de Briceño Méndez —por orden del Libertador— al ministro de Relaciones Exteriores y Hacienda,…p. 188
[22]no se lo permitieron sino en forma muy limitada 283. Los empréstitos contraídos en el país eran en veces francamente forzados, y en otras tenían más de tales que de operaciones financieras completamente normales 284 La inelasticidad del sistema monetario era un factor en la desorganización económica 285, e influyó…p. 262
08A History of Colombian Economic Thought: The Economic Ideas that Built Modern ColombiaAndrés Álvarez, Jimena Hurtado · 2024 · p. 43, 49, 643 citas
[12]warfare during these years, see Pinto and Torres (2016, pp. 180 – 182). 20 For a broad overview of the fiscal transformation, see Pinto (2018, pp. 158 – 169). 21 Santa Marta authorities debased coinage through changes in both F and N in Equation (2.1) and changes in Q in Equation (2.2). 22 On the Popayán’s copper…p. 64
[13]Press. DOI: 10.4324/9781003289241-3 2.1 Introduction On September 21, 1819, a series of thorough, yet little explored reports explain - ing the rapid collapse of colonial rule in New Granada (present-day Colombia and Ecuador) flooded the office of the authorities in Madrid. The previous month, a small battle in a town…p. 43
[14]bad coins (macuquinas) drove the good ones (cordoncillo) out or drove them to a premium (Torres, 2021, pp. 128–132). The fluctuation of premiums and the variety of coins shaped the Revolutionaries, Conservatives, and Reformists 31 microeconomic operation of merchants, royal treasurers, and businessmen, increasing…p. 49
09Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · p. 611 cita
[15]conjunto de leyes podemos rescatar algunos de sus artículos que se orientan al mantenimiento de las propiedades secuestradas. Mediante los procedimientos de secuestros, el Virreinato de Nueva Granada y su capital Santafé de Bogotá se convirtieron en la región administrativa de mayor fortaleza para la “pacificación”,…p. 61
10Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · p. 2911 cita
[16]Constitución de Cúcuta de 1821 se consagraron principios como el de legalidad, la presunción de inocencia, la prohibición de detención sin proceso judicial previo, y la prohibición de tes - tificar contra uno mismo o sus parientes 32. No obstante, en medio de la guerra y con el propósito de con - jurar situaciones de…p. 291
11Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · p. 701 cita
[17]no se establecié una economia nacional de tipo in- dustrial y porque el Estado carecié durante todo el siglo pasado de un registro de las propiedades pri- vadas. Al lado de esta innovacién en materia fiscal con- tinuaron las tradicionales contribuciones indirectas coloniales, las cuales gravaban los sectores eco-…p. 70
12Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 65, 79, 1073 citas
[19]0,72 1,21 2,74 2,5 Impuesto/pib 2,9 % 4,7 % 10,4 % 8,4 % Fuentes: para los promedios de los quinquenios entre 1761 y 1800 en Meisel (2004); para 1810, Jaramillo, (1987) —cuenta fiscal que está posiblemente incompleta—. Los ingresos de la Corona en la última década de su dominación alcanzaron en promedio la suma de 2,…p. 65
[20]texto: «[estas] se unen y confederan a perpetui- dad consultando su seguridad exterior y recíproco auxilio y forman una Nación libre, soberana e independiente, bajo el nombre de Estados Unidos de Colombia». En los poco más de cincuenta años que transcurrieron entre la conformación de la junta de Gobierno de 1810 y la…p. 107
[24]en la población total (Ocampo, 1984). El comercio de exportación sufrió una contracción considerable al perder el monopolio centrado en Sevilla y en los consulados locales y al deteriorarse la producción de 80 Sfiíndic Kfiídficnerst oro, mientras que tampoco se ampliaban los mercados inter- nacionales de materias…p. 79
13Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · p. 1971 cita
[21]provincias de Azuero, Bogotá, Chocó, Fábrega, Ocaña, Mariquita, Neiva, Panamá, Riohacha, Santa Marta, Socorro, Valledupar y Veraguas; suprimida la contribución del trabajo perso- nal subsidiario y la de hipotecas y registro en la provincia de Bogotá; la de quintos de oro en Antioquia, Bogotá y Mariquita; suprimida la…p. 197
14Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 4091 cita
[23]hace a sí mismo la imposición, porque él mismo declara sus capitales, la naturaleza de ellos, y sus ganancias”. Huérfana de compulsiones estatales, la obediencia a este régi - men fiscal requería de un avanzado proceso de construcción de la ciudadanía moderna. El redactor del periódico Iris de Venezuela señaló en 1822…p. 409
15Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · p. 491 cita
[25]en el extranjero representaron fuertes salidas de capital tanto en la Colonia como a comienzos de la República. De esta manera, este capítulo intenta describir el mecanismo por medio del 26 HISTORIA ECO:\O~ICA DE COLO~BIA, 1845-1930 cual el régimen colonial extraía el excedente generado en la colonia y lo transfería…p. 49
16Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · p. 1251 cita
[26]indigenous people and the Church against royal authorities and ended with a violent suppression of indigenous cultural expression. The long, difficult, and disruptive Latin American wars of independence (1810–1826) dramatically set back the Latin American economies, especially in Mexico and Peru, where silver mining…p. 125
17Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · p. 141 cita
[27]tan rico como Co lombia da la medida de los males terribles que caus ó esta guerra que dur ó m á s de tres a ñ os. La destrucci ó n de la riqueza p ú blica mien tras dur ó este flagelo, se calculaba en 25 millones de pesos oro ” 1. Adem á s dedas p é rdidas materiales y de la visible decadencia de la actividad econ ó…p. 14
18Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1201 cita
[28]parte de la América del Sur. Tales métodos, si al principio rindieron los resultados esperados, muy pronto lanzaron a la población a la resistencia, obligando a algunos a organizarse en guerrillas, a conspirar o, por lo menos, a desear vivamente la caída del régimen. A pesar de que durante la Primera República vastos…p. 120
19Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · p. 2221 cita
[29]poco probable que MacGregor aceptase la autoridad de su gobierno, pero le pidió a Zea que lo invitase a cooperar con él, pidiéndole que atacase la costa en los alrededores de Santa Marta; Bolívar le recalcó a Zea que debía enviar este mensaje en una chalupa que tuviese como único objetivo esa misión. Poco después,…p. 222