Conspiración Septembrina de 1828
En la noche del 25 de septiembre de 1828, oficiales, estudiantes y civiles santanderistas asaltaron el Palacio de San Carlos en Bogotá con el propósito de asesinar a Simón Bolívar; el Libertador escapó saltando por una ventana gracias a la intervención de Manuela Sáenz. La represión posterior, que incluyó ejecuciones sumarias y el destierro de Santander sin prueba de participación directa, cristalizó la primera polarización moderna irreconciliable entre legalismo civil y autoritarismo militar en la historia colombiana.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- 25 de septiembre de 1828
- Protagonistas
- Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Manuela Sáenz, José Padilla, Vicente Azuero, Florentino González, Mariano Ospina Rodríguez, Rafael Urdaneta, José María Obando, Pedro Carujo, Ramón Guerra, Luis Vargas Tejada
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- El fracaso de la Convención de Ocaña (1828) y la retirada de los delegados bolivarianos impidieron reformar la Constitución de 1821, dejando un vacío institucional que Bolívar llenó mediante el Decreto Orgánico del 27 de agosto de 1828, con el que suprimió la vicepresidencia y concentró amplias facultades ejecutivas, instaurando de facto una dictadura.
- La ruptura personal y política entre Bolívar y Santander, formalizada en la carta del 19 de marzo de 1827 en que Bolívar le retiró la amistad, agudizada por la indulgencia de Bolívar hacia el rebelde Páez y por la promoción del modelo presidencialista vitalicio inspirado en la Constitución boliviana de 1826.
- La convicción de los conjurados —jóvenes oficiales y civiles liberales reunidos en la Sociedad Filológica— de que la anulación de la Constitución por parte de Bolívar hacía legítimo el tiranicidio, invocando el precedente clásico de Julio César.
- La intensa polarización política y periodística entre bolivarianos y santanderistas, expresada en injurias, asaltos a imprentas y atentados personales, que convirtió el debate constitucional en un conflicto de cuerpos y símbolos.
Consecuencias
- Represión inmediata: cuarenta y seis personas condenadas a muerte, catorce fusiladas; el almirante José Prudencio Padilla —que no había participado en el atentado— fue el primero en ser ejecutado, víctima probable de prejuicios raciales contra los pardos.
- Santander fue condenado a muerte sin prueba de participación directa; la pena le fue conmutada por destierro a instancias del Consejo de Ministros y aceptada a regañadientes por Bolívar, lo que Santander interpretó como una arbitrariedad que lo consagró como mártir del legalismo civil.
- Consolidación y legitimación de la dictadura bolivariana, que se extendió hasta enero de 1830, bajo el marco del Decreto Orgánico ya expedido en agosto de 1828.
- El episodio fundó una tradición simbólica de martirio cívico frente a la tiranía militar: el destierro de Santander, lejos de anularlo políticamente, lo convirtió en figura tutelar del liberalismo, y su retorno tras la muerte de Bolívar en 1830 lo llevó a la presidencia de la Nueva Granada en 1832.
- La pugna entre bolivarianismo y santanderismo, dramatizada por el atentado y sus secuelas, se convirtió en uno de los antecedentes directos de la división política que daría origen a los partidos Liberal y Conservador colombianos en las décadas siguientes.
La clave interpretativa
Por qué importa
La Conspiración Septembrina es el momento en que la fractura entre el proyecto autoritario bolivariano y el legalismo civil santanderista dejó de ser un debate constitucional para volverse un asunto de vidas, ejecuciones y exilios. El destierro de Santander sin prueba suficiente de culpabilidad estableció el patrón de una polarización irreconciliable —caudillismo militar frente a república de leyes— que la memoria política colombiana heredó y proyectó sobre la genealogía del bipartidismo. El caso del almirante Padilla, ejecutado sin haber participado en el atentado, añade una dimensión racial que revela que la represión no fue solo política sino también un acto de disciplinamiento social contra la disidencia afrodescendiente.
Desarrollo histórico
La historia completa
La Conspiración Septembrina de 1828
En la noche del 25 de septiembre de 1828, un grupo de oficiales del ejército, estudiantes y civiles santanderistas asaltó el Palacio de San Carlos, en Bogotá, con la intención de asesinar a Simón Bolívar. El Libertador escapó saltando por una ventana mientras Manuela Sáenz entretenía a los conjurados en la antesala. Al amanecer, catorce de los asaltantes estaban capturados o en fuga, Bolívar recorría las calles con una escolta improvisada y la ciudad despertaba bajo estado de excepción. En los días siguientes, cuarenta y seis personas serían condenadas a muerte, el almirante José Prudencio Padilla —que no había participado en el atentado— sería el primero en ser fusilado, y Francisco de Paula Santander, el hombre que había gobernado Colombia como vicepresidente durante los años de las campañas del sur, sería sentenciado a muerte, indultado a regañadientes y desterrado. El episodio, conocido después como la Conspiración Septembrina o la Noche Septembrina, fue el momento en que la fractura política entre el proyecto autoritario bolivariano y el legalismo civil santanderista dejó de ser un debate constitucional para volverse un asunto de cuerpos, sangre y símbolos: la matriz sobre la que la memoria política colombiana construiría, décadas más tarde, la genealogía del bipartidismo.
De Ocaña al Decreto Orgánico: el terreno del atentado
El atentado no cayó sobre una república en calma. Venía precedido por dos años de deterioro institucional acelerado. En 1826, mientras Bolívar operaba en el sur culminando la independencia de Perú y organizando Bolivia, el general José Antonio Páez se había alzado en Venezuela en un movimiento —la Cosiata— que Santander, como vicepresidente encargado del ejecutivo en Bogotá, quiso someter por vía legal o por la fuerza. Bolívar decidió lo contrario: viajó a Venezuela en 1827, se reconcilió con Páez y evitó cualquier condena formal. Para Santander, formado en el culto a la Constitución de Cúcuta de 1821, aquella indulgencia del Libertador hacia un subordinado rebelde equivalía a socavar la legalidad que él mismo había construido durante años de administración civil. La ruptura personal fue explícita: el 19 de marzo de 1827, Bolívar escribió a Santander una carta en la que le retiraba la amistad y le pedía abstenerse de escribirle. Santander respondió el 29 de abril con pesar, aunque sin sorpresa. La correspondencia entre los dos hombres, que había sido durante casi una década el hilo administrativo de Colombia, se cortó.
Sobre ese fondo se preparó la Convención de Ocaña, convocada para reformar la Constitución de 1821 y decidir el rumbo institucional de la república. Los delegados se reunieron entre abril y junio de 1828. Bolívar quería un régimen presidencialista fuerte, inspirado en la Constitución boliviana que él mismo había redactado en 1826: un presidente vitalicio con derecho a designar sucesor, un ejecutivo de dimensiones casi monárquicas. Santander y sus partidarios defendían la letra de Cúcuta y se oponían al proyecto vitalicio. La convención fracasó cuando los delegados bolivarianos se retiraron; los santanderistas quedaron declarándose sujetos a la Constitución de 1821, sin poder aprobar reforma alguna.
El vacío institucional lo llenó Bolívar por decreto. El 27 de agosto de 1828, mediante el llamado Decreto Orgánico, asumió poderes extraordinarios, suprimió la vicepresidencia —el cargo que Santander había ocupado— y concentró en su persona amplias facultades ejecutivas. La república nacida de Cúcuta quedaba, en la práctica, suspendida. Es a partir de ese momento —o, con más precisión, desde junio de 1828— cuando puede hablarse propiamente de la dictadura de Bolívar, que se extendería hasta enero de 1830.
Para el sector que veía en Santander al garante de la legalidad republicana, el Decreto Orgánico no era una medida excepcional: era la anulación de la Constitución. Y la anulación de la Constitución tenía, en la cultura política del momento, una consecuencia lógica que algunos jóvenes oficiales y estudiantes de Bogotá extrajeron con crudeza: si el gobernante ha roto el pacto, el uso de la fuerza contra él vuelve a ser lícito. La sombra de Julio César y del tiranicidio clásico, familiar a cualquier lector de los liceos neogranadinos, empezó a proyectarse sobre el Palacio de San Carlos.
Los conjurados: la Sociedad Filológica y el mundo de la joven república
Los hombres que planearon el asalto no eran veteranos de las campañas de independencia ni representantes de una facción política articulada con líneas de mando claras. Eran, en su mayoría, jóvenes para quienes 1810 era ya historia pasada y Bolívar un hombre que —a sus ojos— no había sabido evolucionar del caudillo militar al gobernante republicano. Se reunían en una tertulia llamada la Sociedad Filológica, donde civiles y militares discutían literatura, política y filosofía en el mismo aliento, y donde el vocabulario del liberalismo europeo circulaba con la naturalidad de una moda intelectual reciente.
El líder era Pedro Carujo, oficial venezolano del estado mayor, de veintiséis años, con aspiraciones literarias y un temperamento resuelto. A su lado, Ramón Guerra, jefe del estado mayor en Bogotá, aportaba peso militar interno: era él quien podía, en principio, coordinar el movimiento de tropas dentro de la guarnición. En el ala civil figuraban el poeta y político Luis Vargas Tejada, el jurista Vicente Azuero, Florentino González y el joven Mariano Ospina Rodríguez —futuro presidente conservador, ironía que el episodio deposita sin comentario en la historia colombiana—. La mayoría se autodefinía como liberal y compartía la convicción de que la dictadura de agosto había roto el pacto republicano.
Los conjurados sondearon a Santander. La conversación —o las conversaciones, pues la secuencia es imprecisa— tuvo un resultado ambiguo que marcaría para siempre la figura del general: Santander coincidió en calificar de criminal la conducta de Bolívar, pero se negó a participar en la violencia y expresó su desaprobación cuando fue sondeado directamente. No descartó, sin embargo, una futura colaboración en un movimiento pacífico. Es decir: supo, no participó, no denunció. Esa triple condición —el conocimiento sin adhesión, la crítica sin acción, el silencio sin delación— sería después el eje de su condena y, retrospectivamente, la piedra sobre la que se construiría su martirologio cívico.
El plan tenía dos objetivos simultáneos: tomar el cuartel de artillería y asaltar el Palacio de San Carlos, residencia y sede del ejecutivo, donde Bolívar dormía. La fecha elegida fue la noche del 25 de septiembre de 1828.
La noche del 25 de septiembre
Poco antes de la medianoche, un grupo de conjurados —oficiales, algunos estudiantes armados, un puñado de soldados ganados para la causa— convergió sobre el Palacio de San Carlos. Los asaltantes irrumpieron y comenzaron a subir hacia las habitaciones de Bolívar. Manuela Sáenz, su compañera, salió a enfrentarlos en la antesala. Con una mezcla de audacia y presencia de ánimo, los entretuvo el tiempo suficiente para que el Libertador, alertado, abriera una ventana y saltara a la calle. El detalle exacto —cómo despertó, quién lo ayudó a vestirse, si saltó descalzo— pertenece más a la leyenda posterior que a la crónica verificable; lo que queda firme es que Bolívar escapó por una ventana y que Manuela Sáenz fue determinante en su supervivencia.
Mientras tanto, Carujo y sus hombres recorrían las estancias del palacio y descubrían la fuga. Hubo choques con los guardias leales, disparos, un herido grave —el coronel Ferguson, edecán del Libertador, cayó muerto— y una confusión que se prolongó hasta el amanecer. La operación paralela contra el cuartel de artillería no prosperó: la guarnición no se sumó y los oficiales leales, entre ellos Rafael Urdaneta, recuperaron rápidamente el control de la ciudad. Al alba, Bolívar reaparecía en las calles de Bogotá, escoltado, físicamente ileso, y con la certeza inmediata de que la respuesta debía ser ejemplar.
La imagen del Libertador saltando por una ventana en camisa de dormir, salvado por su amante quiteña, y la del atentado nocturno que no llega a consumar el magnicidio se han convertido en uno de los cuadros más reproducidos de la iconografía nacional. Manuela Sáenz recibiría por ello, décadas después de su muerte, el título póstumo de libertadora del Libertador. En el instante mismo, sin embargo, lo que se abría era otra cosa: una represión.
La represión: sesenta detenidos, cuarenta y seis condenas, el caso Padilla
Rafael Urdaneta, hombre de confianza militar de Bolívar, asumió la conducción del proceso. En los días siguientes al atentado ordenó la detención de alrededor de sesenta personas vinculadas o sospechosas de vinculación con la conspiración. Los tribunales trabajaron con celeridad y sin las garantías que la Constitución de 1821 habría exigido: el decreto de conspiradores, aplicado con energía, equivalía en la práctica a una jurisdicción sumaria. Carujo, que había huido a los alrededores de Bogotá, fue capturado por una batida de campesinos y confesó los hechos con detalle. Su testimonio sirvió para trazar la red completa de implicados.
El tribunal condenó a muerte a cuarenta y seis personas. Bolívar conmutó la mayoría de las sentencias, pero autorizó ejecuciones ejemplares. Catorce conjurados fueron fusilados. Otros, entre ellos Mariano Ospina Rodríguez, lograron escapar. Vargas Tejada huyó hacia los Llanos, donde moriría poco después en circunstancias oscuras, ahogado en un río durante la fuga.
El primer ejecutado, sin embargo, no fue un conjurado. Fue el almirante José Prudencio Padilla, héroe de la batalla naval del Lago de Maracaibo, hombre pardo, cartagenero, prisionero en Bogotá desde antes del atentado. Padilla no había participado en la conspiración del 25 de septiembre; no supo lo que ocurría hasta que su celda fue invadida y se le hizo comparecer. Estaba encarcelado por otro asunto: los sucesos de Cartagena de marzo de 1828, en los que había llevado la voz cantante en disputas políticas locales contra la influencia del ejército bolivariano y en torno a las elecciones. Aquellos disturbios —imprudencias y simples conatos, según la crítica historiográfica más aguda— habían sido interpretados por el general Mariano Montilla, comandante en Cartagena, como el inicio de un levantamiento racial de pardos contra blancos. Montilla había cultivado durante años esa imagen amenazante, y Bolívar, cuyas cartas privadas revelan un miedo persistente a la acción política de los afrodescendientes, había ordenado juzgar a Padilla conforme al decreto de conspiradores incluso antes de septiembre.
El atentado contra el Libertador ofreció el pretexto para acelerar el desenlace. Padilla fue procesado sumariamente en el marco de la represión septembrina, condenado y fusilado como primer ejecutado del episodio, aunque su vinculación con los conjurados de Bogotá fuera inexistente. Su ejecución operó como acto de disciplinamiento racial: un mensaje de que la disidencia política de los pardos, mezclada en el imaginario oficial con la amenaza de una guerra de razas, sería castigada con especial dureza. En el tejido de la Conspiración Septembrina, el caso Padilla constituye una anomalía reveladora: la represión no fue solo una operación contra los enemigos políticos del régimen, sino también una operación de miedo social, dirigida contra un tipo de sujeto —el militar afrodescendiente con capital político propio— cuya sola existencia inquietaba al proyecto bolivariano.
Santander ante el tribunal: la farsa y la clemencia
Santander fue detenido y sometido a juicio. Las pruebas de su participación directa en la conspiración no aparecieron: no había planeado el atentado, no había dado órdenes, no había participado en las reuniones operativas de la Sociedad Filológica. Lo que sí se estableció —y él mismo, en privado, nunca lo negó— es que había sido consultado, había conocido los planes y no los había denunciado. Sobre esa base, el tribunal lo condenó a muerte.
El paso siguiente ha quedado en la memoria como el gesto que definió la relación entre Bolívar y Santander hasta el final de sus vidas. Según una versión, fue el propio Bolívar quien decidió conmutar la sentencia por el destierro; según otra, fue el Consejo de Ministros el que insistió en la conmutación y Bolívar la aceptó a regañadientes. Las dos versiones coinciden en lo esencial: Santander no fue fusilado y salió del país rumbo al exilio.
Él nunca aceptó la clemencia como tal. En sus escritos posteriores, en particular en las Memorias sobre el origen, causas y progreso de las desavenencias con Bolívar, calificó todo el episodio de farsa: acusaciones falsas, pruebas inventadas, un proceso amañado y, al final, una muestra melodramática de compasión bolivariana que buscaba humillarlo más que salvarlo. La conmutación, para Santander, no era un acto de generosidad sino la exhibición pública de una arbitrariedad: primero se le condenaba sin pruebas y luego se le indultaba sin justicia, dejando en manos del dictador el reparto de vidas.
Esta lectura marcó su actitud durante el exilio y su retorno. Salió de Colombia convencido de que Bolívar era irredimible, y volvería después —tras la muerte del Libertador en 1830— con una autoridad moral construida precisamente sobre el hecho de haber sobrevivido a la dictadura sin haberse plegado. El destierro, más que castigarlo, lo consagró.
El destierro y el eco inmediato del atentado
Santander partió al exilio por una ruta que no se deja reconstruir con precisión geográfica completa, aunque figuran Hamburgo entre sus destinos europeos y, más tarde, Nueva York, donde el 12 de mayo de 1832 recibiría las comunicaciones oficiales de su elección como presidente de la Nueva Granada. La firma de esas comunicaciones, en las que aparecían nombres como el del general José María Obando y el del vicepresidente José Ignacio de Márquez, cerraba de manera elocuente el arco iniciado en septiembre de 1828: el hombre desterrado como enemigo de la república volvía al poder por elección popular, en una república nueva construida sobre las ruinas del proyecto bolivariano.
La reacción al atentado no se agotó en la represión bogotana. Poco después de las ejecuciones, José María Obando y José Hilario López se alzaron en el sur, en Popayán, en una rebelión que estaba en comunicación con los santanderistas de Bogotá. Bolívar, tal como había hecho dos años antes con Páez en Venezuela, salió personalmente hacia la zona rebelde para imponer el orden. El paralelismo es visible: el mismo Bolívar que había perdonado a Páez para conservar Venezuela intentaba ahora, tras haber ejecutado a catorce conjurados en Bogotá, apaciguar a Obando en el sur mediante la negociación. La dictadura, en la práctica, se veía obligada a alternar la ferocidad y la conciliación según el mapa.
Al mismo tiempo, la Gran Colombia sufría sacudidas en sus fronteras. Perú había invadido Bolivia en la primavera de 1828, obligando a Antonio José de Sucre —presidente de Bolivia en nombre de Bolívar— a dimitir, y los peruanos habían ocupado el puerto de Guayaquil, que consideraban suyo. La tensión desembocaría en una guerra abierta entre Perú y Colombia. Venezuela, mientras tanto, operaba cada vez más como un estado dentro del estado; en 1830 se formalizaría su separación mediante el Acta de Caracas, en la que Páez declararía la independencia venezolana amenazando con la guerra a cualquier impugnador.
Sobre este fondo, el atentado septembrino aparece menos como causa y más como síntoma agudo: la Gran Colombia se desintegraba por presiones estructurales —geográficas, económicas, políticas, militares— que ninguna dictadura podía revertir. Bolívar renunció a la presidencia en 1830. No obtuvo un solo voto en las elecciones que siguieron, fue expulsado de la Nueva Granada y declarado fuera de la ley en Venezuela. Murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, en la costa caribeña, agobiado por la decepción y el fracaso.
Causas: la fractura estructural y sus detonantes
Reducir la Conspiración Septembrina a un ajuste de cuentas entre Bolívar y Santander es empobrecerla. La conspiración fue el punto de condensación de fuerzas que venían acumulándose desde años antes.
En el plano estructural, el proyecto bolivariano de un ejecutivo vitalicio con poderes casi monárquicos, inspirado en la Constitución boliviana de 1826, chocaba con la cultura política civilista que Santander había construido durante los años de la administración de Cúcuta: una república de leyes, contabilidad ordenada, educación pública, tratados internacionales, congreso deliberante. La Constitución boliviana, con su presidente vitalicio y su facultad de designar sucesor, era, para esa cultura, una monarquía disfrazada. La Gran Colombia, república inmensa y frágil que abarcaba desde el Caribe hasta los Andes bolivianos, no cabía en ningún molde institucional único: las tensiones entre el centro caraqueño, el centro bogotano, el sur quiteño y las regiones periféricas se expresaban a través del debate constitucional pero no se agotaban en él.
En el plano coyuntural, tres detonantes actuaron en cadena. Primero, la rebelión de Páez en 1826 y la reconciliación bolivariana con el rebelde, que rompió la confianza de Santander en el Libertador como garante de la legalidad. Segundo, el fracaso de la Convención de Ocaña en 1828, que cerró la vía institucional para dirimir la pugna. Tercero, el Decreto Orgánico del 27 de agosto de 1828, que suprimió la vicepresidencia, concentró poderes y —a los ojos de los jóvenes reunidos en la Sociedad Filológica— legitimó el recurso al tiranicidio. Sin dictadura no habría habido atentado; sin ruptura Bolívar-Santander no habría habido el clima moral que lo hizo pensable; sin la desintegración estructural de la Gran Colombia, ninguna de las dos cosas habría bastado.
Hay una causa más que el caso Padilla obliga a integrar: el miedo del régimen bolivariano a la movilización política afrodescendiente. La represión septembrina no fue solo el castigo de una conspiración concreta; fue también el momento en que ese miedo encontró una víctima ejemplar. La conspiración de los letrados bogotanos y la disidencia política de los pardos cartageneros fueron cosidas en un mismo proceso, y esa costura reveló que el proyecto bolivariano —al menos en su última fase— reprimía dos tipos de desafío simultáneamente: el desafío constitucional de las élites civilistas y el desafío social de los subalternos racializados.
Consecuencias: del cadalso al mito bipartidista
Las consecuencias inmediatas son verificables y contadas: catorce fusilados tras la ejecución de Padilla; cuarenta y seis condenados a muerte con la mayoría de las penas conmutadas; Santander desterrado; la dictadura bolivariana consolidada como régimen abiertamente extraconstitucional entre septiembre de 1828 y enero de 1830; la rebelión de Obando en el sur; el deterioro acelerado de la Gran Colombia; y la muerte de Bolívar en Santa Marta el 17 de diciembre de 1830.
Las consecuencias de largo plazo son más difíciles de fijar y, por ello mismo, más importantes. En 1832, con Santander electo presidente de la Nueva Granada, la nueva república se dio una Constitución —la de 1832— que en muchos aspectos volvía a la letra de Cúcuta y clausuraba el experimento vitalicio bolivariano. El proyecto de la Gran Colombia había muerto, y con él la posibilidad de una república continental. Lo que quedó fue una república andina de tamaño manejable, gobernada por el hombre que había sobrevivido al atentado sin haberlo cometido.
La consecuencia más duradera fue simbólica. La Conspiración Septembrina y su represión fabricaron dos figuras que la memoria política colombiana necesitaba y que serían recicladas a lo largo del siglo XIX: el mártir civil de la legalidad, Santander, condenado a muerte por un tirano militar y salvado por la clemencia teatral del propio tirano; y el dictador militar, Bolívar, cuya grandeza como Libertador quedaba matizada por el episodio final de un régimen que había fusilado sin garantías y desterrado sin pruebas. La historia oficial santanderista lo consagraría como el Hombre de las Leyes; la historia bolivariana, más incómoda con el episodio, tendería a subrayar la generosidad de la conmutación y la ingratitud de los conjurados.
Ninguna de las dos figuras es exacta. Santander no fue un mártir puro: había conocido la conspiración, no la había denunciado, y su estilo político tras el regreso del destierro sería sectario y altamente partidista, aunque cuidara de no violar los derechos políticos de sus opositores. Bolívar no fue un tirano lineal: había gobernado con formas legales durante años, había vacilado antes de firmar el Decreto Orgánico y había aceptado la conmutación de la pena de Santander, aunque a regañadientes. La conspiración misma no fue el brazo armado de un proyecto santanderista articulado, sino la explosión de agravios dispersos de una generación joven que leía el tiranicidio clásico y encontraba en Bolívar un blanco reconocible.
La memoria política, sin embargo, no opera con matices sino con figuras. La fractura entre legalismo civil y autoritarismo militar, entre república de leyes y república de armas, entre poder ejecutivo controlado y poder personal expansivo, quedó cristalizada en septiembre de 1828 con nombres, sangre y episodios narrables. Esa fractura, más tarde alimentada por debates sobre centralismo, federalismo, papel de la Iglesia y modelos económicos, sería una de las matrices —no la única, ni siquiera directamente traducible— en que se formarían, hacia mediados del siglo XIX, los partidos Liberal y Conservador. La correspondencia entre las facciones de 1828 y los partidos tradicionales no es simple ni directa: Mariano Ospina Rodríguez, conjurado del 25 de septiembre, sería después figura conservadora, y muchos bolivarianos militaristas terminarían en el bando liberal. La herencia opera a otro nivel: la conspiración fijó los términos del duelo político colombiano —Ley contra Espada, Civil contra Militar, Bogotá letrada contra caudillo militar— y los depositó como imágenes disponibles para cualquier disputa posterior.
Por qué el 25 de septiembre sigue importando
La Conspiración Septembrina interesa por tres razones que sobreviven al episodio. La primera es que fija la primera derrota política de la vía violenta contra el poder en la historia republicana colombiana: los conjurados fallaron en su objetivo inmediato y provocaron, en cambio, el endurecimiento del régimen que querían derribar. La lección —el tiranicidio como recurso que empeora aquello que pretende curar— quedaría archivada en la memoria política del país como una advertencia recurrente, aunque ni siempre atendida ni siempre lúcida.
La segunda es que revela la ambigüedad estructural del santanderismo como cultura política. Santander supo del atentado y no lo denunció; fue condenado sin pruebas y desterrado; volvió como presidente electo por la vía constitucional. Su figura encarna, en un mismo trayecto, el legalismo estricto y el compromiso con la conspiración por omisión. Esa ambigüedad —el republicano que respeta las formas pero conoce, calla y espera— es una de las claves de la tradición civilista colombiana, y explica por qué el país ha podido construir instituciones legales elaboradas mientras convivía con violencias políticas persistentes.
La tercera razón es el caso Padilla. La ejecución del almirante afrodescendiente como primer fusilado de una conspiración en la que no había participado revela una capa del episodio que la narrativa bipartidista posterior tendió a eclipsar: la represión septembrina fue también, y de modo constitutivo, un acto de disciplinamiento racial. Recuperar esa dimensión permite ver que la fractura política de 1828 no operaba solo entre dos élites letradas —bolivarianos y santanderistas—, sino también, y quizás sobre todo, entre esas élites y los sujetos subalternos cuya movilización política ambas facciones, en distintos momentos y con distinta intensidad, aprendieron a temer.
La noche del 25 de septiembre de 1828 en el Palacio de San Carlos, con Bolívar saltando por una ventana y Manuela Sáenz enfrentando a los conjurados en la antesala, tiene por eso la textura de una escena fundacional: no porque haya fundado sola nada —la Gran Colombia se disolvía por causas mayores— sino porque en ella se depositaron, con eficacia simbólica duradera, los personajes, los gestos y las líneas de fractura con que Colombia aprendería a narrar su propia política.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1421 cita
[1]bolivarianos La Constitución de Cúcuta, de 1821, que incluía a Venezuela y Quito, instauró un régimen centra- Camilo Torres, líder fede- ralista. Centralismo y fe- deralismo fueron el origen de los partidos políticos. lista que, sin embargo, no encontró mayor oposición ni generó bandos definidos hasta 1826, cuando el…p. 142
02Los López en la historia de ColombiaÓscar Alarcón Núñez · 2022 · p. 211 cita
[2]así como, por muchos años, se consideró que el centralismo era conservador y el federalismo era liberal, pero no hay que olvidar que fue una Constituyente de estirpe conservadora, en 1858, la que promovió por primera vez el federalismo en Colombia. Y, tratándose del tema económico, la apertura, tan condenada hoy día…p. 21
03Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2141 cita
[3]1857 José Joaquín Ortiz publicó una compilación de sus traba- jos bajo el título Poesías de Caro i Var- gas Tejada. Cultivó también el drama ESA AAA Biografías Luis Vargas Tejada, poeta y drama- turgo de los albores de la República, vivió una vida intensa y legendaria. RENATA neoclásico y los temas indigenistas. Su…p. 214
04Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 121, 124, 1273 citas
[4]rita de los pol í ticos, incluso para romper las reglas acordadas por los representantes del “ pueblo ”. En 1811, Antonio Nari ñ o dio el primer golpe de Estado, al derribar, a nombre del bien com ú n, con el apoyo de los militares, el gobierno de Jorge Tadeo Lozano. Entre 1811 y 1815 los dirigentes criollos,…p. 127
[9]a responder a Bogot á. Aun que Santander trat ó de convencerlo de que deb í a dar ejemplo de cumplimiento y de asegurarle que todo saldr í a bien, P á ez se neg ó a obedecer e hizo un “ pronunciamiento ” declar á ndose en rebeld í a y considerando injusta la investigaci ó n a la que se le quer í a some ter. Como se…p. 121
[18]el Pala cio de San Carlos, sede de la presidencia. Bol í var se escap ó gracias a Manuelita S á enz, su pareja, que entretuvo a los conjurados mientras Bol í var saltaba por una ventana. Varios de los participantes fueron juzgados y condenados a muerte, aunque algunos, como Mariano Ospina Rodr í guez, lograron…p. 124
05Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 941 cita
[5]más terrible de los gobiernos papula- res. Siendo la herencia la que perpe: Reyimenes políticos - Simivo Maltzar: Méstefuczo de José María Expéecir Pricin Mareo all Sighs AUX: Fogoti toa el régimen monárquico y lo hace cas) general en el mundo, ¡Cuánto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión:…p. 94
06Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · p. 267, 3542 citas
[6]306–9. 45. Blanco and Azpurúa, Documentos para la historia de la vida pública del Libertador, XII, 705–20. 46. Mosquera, Memoria sobre la vida del General Simón Bolívar, 567. 47. Campbell to Dudley, Bogotá, 14 June 1828, National Archives, PRO, FO 18/53. 48. See Chapter 9. 49. Organic Decree, 27 August 1828, Decretos…p. 354
[15]a mass revolt, but a projected coup designed to overthrow Bolívar, whom the conspir- ators identified as the supreme enemy of freedom. They consulted Santander, who agreed on the criminality of Bolívar but declined to participate in violence; when specifically sounded he expressed his disapproval, though he did not…p. 267
07Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 473, 4832 citas
[7]sur y en algunos del norte desde 1826, así como en el Istmo y en Cartagena. Se necesitó el fracaso de la gran Convención Constituyente para que se generalizara esta demanda en los departamentos del centro de Colombia. 160 El 24 de junio de 1828 entró 159 David Bushnell consideró que solo desde el mes de junio de 1828,…p. 473
[20]de las elecciones, y en contra de la influencia política del general Bolívar y del ejército, en las que llevaba la voz cantante el general José Padilla. Según la versión 174 Estanislao Vergara, miembro del Consejo de Estado, informó al Libertador que la conmutación de la pena había sido como echar “un dado [a la…p. 483
08Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · p. 1151 cita
[8]blame to Vice President San- tander, a man who had dropped out of law study to fight for indepen- dence but as chief executive surrounded himself with ardent young lawyers as helpers and advisers. What the country needed, in Boli- var's view, was a stronger executive, a less assertive legislature, and a partial…p. 115
09Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · p. 50, 522 citas
[10]en la cual la con- ducta legalista del segundo no fue bien aceptada por el Libertador. O como el rechazo que San- tander hizo de la rebeldía de Páez en 1826, al desconocer la autoridad granadina, conducta que no fue condenada por Bolívar, lo que desa- gradó profundamente al mandatario cucuteño. O como la simpatía que…p. 52
[22]las leyes preexistentes. El veredicto fue dramático e im- placable: cuarenta y seis conspiradores condena- dos a muerte. Sin embargo, el presidente cambió la senten- cia, por lo cual apenas diecisiete murieron fusi- lados en la mañana del 16 de octubre delante de la sarcástica presencia del mandatario. Die- cinueve…p. 50
10El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · p. 4231 cita
[11]donde se le nombró protector vitalicio del Perú, así como las muchas lisonjas y testimonios de aplauso, y el ilimitado poder que ejerció durante cinco años. Sólo tras largos ti- tubeos logró evadirse de aquella seducción. Partió enton- ces a Bogotá, donde se hicieron magníficos preparativos para tributarle un digno…p. 423
11Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · p. 421 cita
[12]de Teseo, que la irritaban cuantos remedios se le ponían. Esta Haga cubre.a toda la república." 37 La promulgación de la Constitución Boliviana, ardorosamente defendida por unos y acervamente criticada por otros, dió origen a una intensa y generalizada batalla perio dística, donde predominaron la injuria y el insulto.…p. 42
12Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · p. 571 cita
[13]se apresuré a despachar con caracter urgente a su edecan Daniel Florencio O'Leary con instrucciones precisas, a fin de que calmara al general Paez mientras él mismo se dirigia a Caracas. Cabe senalar en este punto que el general José Antonio Paez ya habia propuesto al Libertador que imitara a Napoleon y estableciera…p. 57
13Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 2121 cita
[14]que las anuló. Su oposición a la política que —como con- secuencia secundaria— causó el cambio de rumbo en lo fiscal tenía poco que ver con lo que toca estrictamente a este aspecto; ni siquiera lo mienta en sus Memorias sobre el origen de las desavenencias con Bolívar 227. Pero en forma general sí se puede afirmar de…p. 212
14El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 172 citas
[16]Sin contar a gobernadores y alcaldes presos “uribistas”. No cabe duda que apenas comienza el forcejeo. ¿Quién sabe si las importantes revelaciones hechas en este libro por Hernando Calvo Ospina, sobre los mecanismos del terrorismo de Estado en Colombia, no serán a corto o mediano plazo confirmadas por los propios…p. 17
[17]Sin contar a gobernadores y alcaldes presos “uribistas”. No cabe duda que apenas comienza el forcejeo. ¿Quién sabe si las importantes revelaciones hechas en este libro por Hernando Calvo Ospina, sobre los mecanismos del terrorismo de Estado en Colombia, no serán a corto o mediano plazo confirmadas por los propios…p. 17
15La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · p. 245, 2602 citas
[19]España, de quienes sospechaba que aplicaban una táctica taimada: apostaban a que el régimen de Santander degenerara en un caos total, para que España pudiera adue - ñarse otra vez de Colombia sin esfuerzo. En la madrugada del 26 de septiembre se produjeron varias detencio - nes, pues los principales conspiradores eran…p. 245
[28]poco después del atentado a Bolívar, se produjo una revuelta en el sudeste. Lideraba el movimiento el coronel 267 Sytze van der Veen José María Obando, que estaba en comunicación con los santanderistas en Bogotá. Hacia finales de año, Bolívar partió rumbo a la zona rebelde para imponer el orden. No solo Obando…p. 260
16Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 3701 cita
[21]Santander consideró todo el episodio como una farsa: las acusaciones eran falsas y las pruebas inventadas, un juicio amañado seguido de una melodramática muestra de compasión. ¿Qué tipo de hombre impone una sentencia de muerte antes del mediodía para revocarla al final de la tarde? Solo alguien envenenado por la…p. 370
17La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · p. 164, 168, 1753 citas
[23]un hecho que hoy nadie duda que, en el atentado de la noche del 25 de septiembre, no solo no tuvo parte (Padilla), sino que no supo lo que pasaba ni la causa, hasta que su prisión fue invadida”. Y en relación con los sucesos de Cartagena, es también muy claro en decir que en los acontecimientos de marzo en Cartagena,…p. 175
[24]allá a todo rigor para salvarnos de estos malvados”. 293 Y cinco días más tarde, lo escribió con mayor claridad: “… con motivo del inicuo atentando que acaba de cometer allí el general Padilla en contra de la autoridad; y aunque me escribe ahora de Ocaña excusándose, yo lo he mandado juzgar conforme al decreto de…p. 168
[26]Bolívar, de no precipitarse el último de sus conflictos con Montilla, cuyo comienzo estuvo en la trifulca del bar Matosi. El terrible problema, en el que quizá no puso mientes Padilla, fue el de que, en medio de las gravísimas circunstancias por las que atravesaba Bolívar –el desmoronamiento de sus ambiciones, su…p. 164
18Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia, 1795–1831Marixa Lasso · 2007 · p. 132, 1892 citas
[25]culture of the times. Regardless of the witnesses' veracity, they had to build on the available political imaginary. Both pardos and whites used the language of race war to express social and political tensions. One witness reported having overheard someone in a grotrp of five to six persons, "whose clothes reveal…p. 132
[27]desenlace de tales sucesos no puede haber sido mds feliz, y nos ha evitado que Padilla se pusiera al frente de los pardos porque 6l es un negro (Jos6 Manuel Re. strepo, Diarto polittco y militar, r: 375); Sim6n Bolivar to General Pedro Bricefro M6ndez, Sativi, Mar. 24, rBzB, in O'Leary, Munortas, z9: rB9. rrz. Sim6n…p. 189
19Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 471 cita
[29]í var’s return to the capital city in January 1830, Congress had already met once more to approve a new constitution, and the Venezuelans had voted in favor of separation from Cun- dinamarca; the Ecuadorians were similarly inclined. Colombia had simply ceased to exist. This is how Bol í var understood the succession…p. 47
20Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 861 cita
[30]tanto la ausencia de dichos distritos, que pronto se convertirían en repúblicas, como la renuncia a la presidencia que Simón Bolívar presentó a la Convención causaron que esta nueva carta política naciera muerta. La secesión y la guerra civil que ella produjo permitieron que en las provincias de la Nueva Granada…p. 86
21Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · p. 211 cita
[31]Nueva Granada, le entregaron en Nueva York el 12 de mayo de 1832 las respec- tivas comunicaciones. De la del obispo José Maria Esteves, presidente de la Convencion, es pertinente copiar el siguiente parrafo: «Vuestro patriotismo, vuestros padecimientos por la libertad y el empeno que habéis tomado en sostenerla, aun…p. 21
22Uniting States: Voluntary Union in World PoliticsJoseph M. Parent · 2011 · p. 61 cita
[32]happen, and he tried the same tired remedies, expecting better outcomes. Four years before, he was the adored liberator of South America—now Bolívar’s charisma was spent; everything he touched turned hostile or futile. Another of his former ocers, José María Córdova, took up arms against him; Bolívar earned not a…p. 6
23Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · p. 651 cita
[33]the acts of repression inflicted on him and his followers by Bolívar's dictator- Page 23 ship, and his political style was clearly what came to be known in Colombia as "sectarian," or highly partisan behavior. Faithful to his own legalistic bent, Santander was careful not to violate directly the political rights of…p. 65
24Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 2671 cita
[34]48 años. En su testamento consignó: “Ojalá hubiera querido a Dios tanto como quise a mi patria”.Y en efecto, fue el gran organizador, ejecutor y administrador de la nueva Nación; compuso la economía, manejó con transparencia el erario público y le dio prioridad al desarrollo de la educación. Impulsó la industria y la…p. 267
25Historia y nación. Tentativas de la escritura de la historia en ColombiaAlexander Betancourt Mendieta · 2020 · p. 31 cita
[35]la formalización de los dos partidos políticos predominantes en el espectro político colombiano se dio a mediados del siglo. Esta situación se consolidó en torno a las discusiones XIX sobre temas como los modelos administrativos y económicos que debía aplicar la República naciente, la caracterización de las fuerzas…p. 3