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Ensayo · Crisis y narcotráfico · 1974–1990

La toma y retoma del Palacio de Justicia (1985)

El 6 y 7 de noviembre de 1985, el M-19 asaltó el Palacio de Justicia de Bogotá en lo que se convertiría en la mayor masacre judicial de la historia colombiana. Cuarenta años después, la responsabilidad dominante —insurgente, narco o estatal— y la irresolución judicial persistente siguen sin cerrarse.

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La toma y retoma del Palacio de Justicia (1985)
Actualizado 24 de julio de 2026
01

Orientación para entrar

La respuesta en breve

La tesis

El Palacio de Justicia no fue una acción sino la superposición de tres lógicas que compartieron escenario sin coordinación plena: el M-19 ejecutó una operación política mal calculada que confundió notoriedad con poder de coacción; el Cartel de Medellín financió parcialmente la operación sabiendo que sus efectos —expedientes destruidos, magistrados muertos, Corte debilitada— convergían con sus intereses estratégicos, aunque los líderes guerrilleros rechazaron formalmente las condiciones más groseras de Escobar; y el aparato militar convirtió la toma en masacre mediante una doctrina que privilegió la aniquilación sobre el rescate, como evidencian el retiro previo de la vigilancia especial, la negativa presidencial a negociar, el uso de tanques y las desapariciones sistemáticas de sobrevivientes en la Casa del Florero. La irresolución judicial de más de dos décadas no es un déficit técnico sino el síntoma de una imbricación estructural entre actores armados legales e ilegales que el Estado no podía esclarecer sin implicarse.

La tensión

Tres relatos con sostén documental serio han competido sin resolverse. El relato insurgente-político lee el Palacio como el desenlace lógico de la tregua de Corinto rota en junio de 1985, una apuesta desesperada por reabrir el diálogo que el M-19 creyó posible porque subestimó cuánto había cambiado el cálculo represivo del Estado; Navarro Wolf sostuvo siempre que el propósito no fue atacar magistrados sino negociar. El relato del narcoasalto, respaldado por Roberto Escobar, afirma que el M-19 fue pagado para destruir expedientes y eliminar magistrados favorables a la extradición, aunque la evidencia muestra que Fayad y Marino Ospina rechazaron formalmente las condiciones operativas de Escobar aun aceptando los dos millones de dólares, lo que disuelve la tesis del encargo directo sin eliminar la coincidencia estructural de intereses —confirmada cuando la Corte diezmada declaró inexequible la extradición en diciembre de 1986. El relato del aniquilamiento estatal señala que la masacre fue producto de una doctrina militar que ya autorizaba sacrificar rehenes: la vigilancia especial del Palacio fue retirada pese a alertas de inteligencia previas, el llamado de Alfonso Reyes Echandía pidiendo cese al fuego quedó sin respuesta, Betancur rechazó enviar mediador y las desapariciones de la Casa del Florero —incluida Irma Franco Pineda, sacada viva y nunca reaparecida— borran la línea entre omisión y dolo. La tensión central no es cuál relato es verdadero sino por qué la memoria nacional los aisló durante décadas y por qué solo la justicia transicional reciente comenzó a integrarlos.

Temas
M-19 y guerrilla urbana en ColombiaNarcotráfico y Cartel de MedellínDoctrina contrainsurgente y derechos humanosExtradición y política judicial en los años ochentaDesaparición forzada e impunidad estructuralJusticia transicional y memoria histórica en Colombia
02

Ensayo completo

La lectura

¿Por qué el Palacio de Justicia sigue sin cerrarse, cuarenta años después?

El 6 y 7 de noviembre de 1985, treinta y cinco guerrilleros del M-19 y un centenar de rehenes murieron dentro del Palacio de Justicia de Bogotá, sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado, sobre el costado norte de la Plaza de Bolívar y frente al Palacio de Nariño. Entre los muertos había once magistrados de la Corte Suprema, incluido su presidente Alfonso Reyes Echandía; entre los desaparecidos, al menos once personas sacadas con vida del edificio y llevadas a la vecina Casa del Florero, varias de las cuales nunca reaparecieron. El operativo, bautizado por el M-19 Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre, había sido diseñado para forzar un juicio político al presidente Belisario Betancur por el incumplimiento de los acuerdos de paz; terminó como la mayor masacre judicial de la historia colombiana y como el episodio que, cuarenta años después, sigue produciendo condenas, absoluciones y reaperturas. La pregunta no es qué ocurrió —eso está establecido en lo fundamental—, sino por qué ocurrió con esa forma y por qué no cierra.

Qué se juega en preguntarlo

La versión más difundida durante décadas fue lineal y tranquilizadora: una guerrilla urbana asaltó el máximo tribunal de la República, el Ejército recuperó el edificio cumpliendo su deber constitucional, murieron rehenes en el fuego cruzado, el país lamentó una tragedia. Esa versión sobrevivió mientras cada una de las tres agencias implicadas —M-19, Cartel de Medellín y aparato militar— fue leída por separado, como si sus lógicas no se hubieran cruzado.

Preguntar hoy por el Palacio es negarse a esa separación. Es examinar si la toma fue una acción política del M-19 que desbordó su cálculo, un narcoasalto encargado por Pablo Escobar Gaviria para quemar los expedientes de extradición, o el desenlace de una doctrina militar que privilegió la aniquilación sobre la vida de los rehenes; y examinar, sobre todo, por qué el sistema judicial colombiano no pudo o no quiso decidir entre esas hipótesis durante más de dos décadas. Lo que se juega no es la reconstrucción de dos días de noviembre: es la porosidad del Estado colombiano en los años ochenta, los límites de la política armada como espectáculo y la capacidad del país para producir verdad sobre su propia violencia.

Los términos del debate

Tres relatos han competido por explicar el Palacio, y cada uno tiene sostén documental serio.

El relato insurgente-político describe la toma como el desenlace lógico de una tregua rota. En marzo de 1984, las FARC habían firmado con el gobierno de Betancur los Acuerdos de La Uribe; en agosto del mismo año, el M-19 firmó los Acuerdos de Corinto, en Cauca. Ninguno implicó desarme. El del M-19 contemplaba un diálogo nacional que el grupo entendía como su ingreso a la política institucional sin renunciar a las armas. Cuando en febrero de 1985 el gobierno prohibió el congreso convocado por el M-19 en Los Robles, el movimiento leyó la señal: los enemigos de la paz habían ganado una batalla más. La tregua se rompió formalmente en junio, y el 28 de ese mes un comando tomó una localidad del Eje Cafetero, la primera de una serie de acciones que culminarían cinco meses después en la Plaza de Bolívar. Bajo esta lectura, el Palacio fue un intento —desmesurado, mal calculado— de forzar la reapertura del proceso mediante un juicio público al presidente. Andrés Almarales y Luis Otero Cifuentes, comandantes operativos, dirigían la Compañía Iván Marino Ospina; el nombre honraba al fundador del M-19 muerto meses antes. Antonio Navarro Wolff, que sobrevivió al episodio y ejerció más tarde la copresidencia de la Asamblea Constituyente, sostuvo siempre que el propósito no fue atacar a los magistrados sino negociar con el gobierno.

El relato del narcoasalto proviene de una fuente incómoda: Roberto Escobar, hermano del capo. Afirmó que el M-19 recibió pago del Cartel de Medellín para asaltar la Corte, eliminar magistrados y destruir los expedientes de Los Extraditables, ese grupo de narcotraficantes que enfrentaban la extradición a Estados Unidos y que preferían, según su propia consigna, una tumba en Colombia a una celda en Estados Unidos. Escobar habría condicionado el financiamiento —dos millones de dólares aceptados por Iván Marino Ospina— a que dos de sus hombres acompañaran al comando para incendiar los archivos y ejecutar a los magistrados favorables al tratado. La cronología política respalda la plausibilidad del interés narco: el 30 de abril de 1984, Escobar había ordenado el asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla como represalia por su denuncia pública del narcotráfico; los Extraditables se habían organizado para bloquear el tratado de 1979, ratificado por la Ley 27 de 1980; y en diciembre de 1981, más de doscientos narcotraficantes habían fundado en Medellín el grupo paramilitar MAS (Muerte a Secuestradores) tras el secuestro de Marta Nieves Ochoa por el M-19, episodio que había forzado una tregua incómoda entre guerrilla y cartel en Antioquia.

El relato del aniquilamiento estatal desplaza el eje de la responsabilidad. Sostiene que, cualquiera fuese la motivación del comando, la matanza de magistrados y civiles fue producto de una decisión política del presidente Betancur y de una doctrina militar que privilegió la recuperación del edificio a cualquier costo. La evidencia es sustantiva: la vigilancia especial del Palacio había sido retirada en los días previos pese a que la inteligencia militar tenía información sobre una operación urbana en preparación; Alfonso Reyes Echandía llamó desde adentro pidiendo que cesara el fuego, sin ser escuchado; el M-19 pidió a Betancur que enviara a su hermano Jaime como mediador y la solicitud fue rechazada; y la Comisión de la Verdad presidida por Nilson Pinilla concluyó en 2010 que la muerte de los magistrados se debió en buena medida al abandono del Ejército y la Policía de su deber de protegerlos.

La evidencia que tensiona cada relato

Cada uno de los tres relatos explica una parte y deja otra fuera. Integrarlos exige seguir el material con precisión.

El vínculo del M-19 con el Cartel existió, pero no en los términos absolutos del narcoasalto. Álvaro Fayad e Iván Marino Ospina —comandantes del movimiento— rechazaron formalmente la condición de Escobar de que hombres del cartel se sumaran al comando para quemar archivos y matar magistrados. Los testigos presenciales de las reuniones no escucharon a los guerrilleros comprometerse a esas tareas específicas. Marino Ospina aceptó, sí, los dos millones de dólares, pero el destino exacto de esos fondos no está establecido, y el M-19 sostuvo motivaciones políticas propias para la operación: la ruptura de Corinto, el bloqueo del diálogo nacional, la percepción de que el gobierno había cedido ante las Fuerzas Armadas y el descontento del general Fernando Landazábal Reyes, ministro de Defensa opositor de la política de paz. Escobar no compró la toma: la financió parcialmente sabiendo que sus efectos —expedientes destruidos, magistrados muertos— coincidirían con sus intereses, con o sin compromiso explícito de los guerrilleros.

Esa coincidencia estructural se confirmó en los meses siguientes. En diciembre de 1986, con la Corte Suprema diezmada y asediada por las amenazas de los Extraditables, el tribunal declaró inexequible la Ley 27 de 1980 alegando un vicio de forma: la ley había sido ratificada no por el presidente Julio César Turbay sino por el ministro de Gobierno Germán Zea, encargado de las funciones presidenciales. El argumento era jurídicamente discutible y ampliamente leído como pretexto: la Corte sobreviviente actuaba bajo el peso de sus muertos. El presidente Virgilio Barco sancionó de inmediato la Ley 68 de diciembre de 1986, con texto idéntico a la declarada inexequible, para preservar la extradición. Que el desenlace del Palacio produjera, trece meses después, exactamente el resultado que Los Extraditables buscaban no prueba conspiración, pero clausura la posibilidad de leer el episodio como una confrontación bilateral entre M-19 y Estado.

El comportamiento del aparato militar es el punto donde la evidencia se vuelve más densa y más incómoda. La vigilancia especial del Palacio había sido reforzada semanas antes por amenazas explícitas contra la Corte y luego retirada, sin explicación pública satisfactoria, en los días previos al 6 de noviembre. La visita del presidente francés François Mitterrand había sido custodiada con hipótesis de amenaza del M-19; una vez cumplida sin incidentes, la alerta pareció desmontarse. Cuando el comando entró por el sótano hacia las once y media de la mañana, encontró un edificio prácticamente indefenso.

La retoma, dirigida por el general Jesús Armando Arias Cabrales al mando de la Décimo Tercera Brigada y ejecutada operativamente por el coronel Luis Alfonso Plazas Vega al frente de la Escuela de Caballería, siguió una lógica de recuperación militar y no de rescate humanitario. Los tanques Cascabel entraron por la fachada. El incendio del cuarto piso, donde se concentraban los expedientes de la Sala Penal —incluidos los de la extradición—, consumió los archivos que hubieran permitido decisiones ulteriores. Betancur nunca envió mediador; el llamado del propio Alfonso Reyes Echandía pidiendo que cesara el fuego fue transmitido por radio y quedó sin respuesta institucional. La decisión presidencial de no dar la impresión de negociar con terroristas se convirtió, en la práctica, en la decisión de no proteger a los rehenes.

El capítulo de la Casa del Florero, sobre la esquina noreste de la Plaza, cierra la evidencia de la operación militar. Allí, en el Salón de Signatarios del Acta de Independencia habilitado como centro de identificación e interrogatorio, fueron llevados los sobrevivientes rescatados del edificio. Los empleados de la cafetería —Carlos Augusto Rodríguez Vera, Cristina del Pilar Guarín, Bernardo Beltrán Hernández y otros— fueron señalados como presuntos auxiliadores del M-19, acusados de haber ingresado armas y víveres los días previos. Un vigilante auxiliar declaró ante el juez haber visto a cuatro personas detenidas en el corredor y a otras en la Sala de Nariño, siempre de cara al muro. Irma Franco Pineda, estudiante de Derecho vinculada al M-19, fue sacada con vida del Palacio y trasladada a la Casa del Florero; en la noche del jueves 7 fue retirada del lugar y desde entonces no volvió a ser vista. Entre los desaparecidos figura Ana Rosa Castiblanco, empleada de la cafetería, embarazada de siete meses. La distancia entre haber sido rescatada viva y no aparecer nunca más no es negligencia: es la marca de una doctrina.

La respuesta que la evidencia sostiene

El Palacio de Justicia no fue una acción, sino la superposición de tres acciones que compartieron un mismo escenario y un mismo resultado sin haber sido coordinadas.

El M-19 planeó y ejecutó una operación política mal calculada. Buscaba forzar la reapertura del diálogo mediante un juicio público al presidente por incumplir Corinto, apostando a la capacidad disuasiva del espectáculo: una guerrilla que se había hecho célebre por acciones como el robo de la espada de Bolívar en 1974 o la toma de la Embajada de la República Dominicana en 1980 confiaba en que la desmesura del gesto obligaría a negociar. Esa confianza expresaba el agotamiento de un modelo. Desde comienzos de 1983, el M-19 estaba de vuelta en la guerra; su imagen romántica se había desgastado en operaciones fallidas; la tregua de Corinto le había dado visibilidad sin darle poder político real; hostigado militarmente en las ciudades y replegado hacia el suroccidente, el grupo necesitaba un golpe capaz de invertir la relación de fuerzas. Confundió notoriedad con capacidad de coacción. Sobreestimó el costo político que Betancur estaría dispuesto a pagar por no negociar; subestimó cuánto había cambiado el cálculo del Estado desde 1980, y cuánto pesaba, en ese cambio, la presión del alto mando militar por castigar sin concesiones.

El Cartel de Medellín aportó financiamiento a una operación cuyas motivaciones políticas eran ajenas pero cuyos efectos previsibles —expedientes destruidos, magistrados muertos, Corte debilitada— convergían con sus intereses estratégicos. No compró la toma en el sentido literal de dictar sus objetivos; participó en su condición de posibilidad económica, aceptando que los guerrilleros rechazaran formalmente sus condiciones más groseras a cambio de que el resultado material siguiera sirviéndole. Que esa apuesta funcionara —la Corte declaró inexequible la extradición en diciembre de 1986— confirma que la coincidencia de intereses no exige coordinación explícita para producir efectos estructurales.

El aparato militar convirtió la toma en masacre. La retoma no fue una respuesta improvisada sino la ejecución de una doctrina que ya autorizaba sacrificar rehenes en nombre de la recuperación institucional. El retiro previo de la vigilancia especial, la negativa a negociar, el rechazo del presidente a enviar a su hermano como mediador pese al llamado explícito del propio presidente de la Corte, el uso de tanques y el incendio del cuarto piso, la desaparición sistemática de los sobrevivientes de la cafetería en la Casa del Florero: todo compone una operación cuyo objetivo declarado —el rescate— fue subordinado a otro no declarado —la aniquilación del comando y de cuanto pudiera atarse a él, incluidos los archivos y los testigos.

Aquí la palabra omisión deja de servir. La distinción entre negligencia y dolo se vuelve borrosa cuando la doctrina institucional ya autoriza el resultado que la omisión produce. Retirar la vigilancia no protege por descuido: prepara. No enviar mediadores no aísla por prudencia: decide. No entregar con vida a los sobrevivientes no extravía: elimina. Ninguno de los tres relatos alcanza por sí solo: el M-19 puso el detonante, el Cartel puso el dinero, el Estado puso la doctrina que convirtió el detonante y el dinero en cien muertos y once desaparecidos. Las tres agencias son responsables, pero la agencia decisiva —la que determinó la forma del desenlace— fue la del aparato militar respaldado por la decisión presidencial.

Esa articulación explica por qué la irresolución judicial se prolongó cuatro décadas. Esclarecer plenamente el Palacio implicaba exhibir no la culpa de un actor sino la porosidad de un Estado. Implicaba mostrar que las Fuerzas Armadas habían actuado bajo una doctrina hoy indefendible, que la Presidencia había tomado decisiones que produjeron muertos evitables, que la Corte Suprema había cedido en diciembre de 1986 ante el terror de los narcotraficantes, y que la frontera entre guerrilla, cartel y aparato coercitivo era mucho más permeable de lo que las categorías del derecho ordinario podían procesar. La memoria oficial encontró más económico administrar la ambigüedad.

El itinerario judicial y el desplazamiento reciente

La justicia dijo lo que pudo y calló lo que no supo cómo decir. El general Arias Cabrales fue condenado en firme a 35 años por la desaparición forzada de cinco víctimas del Palacio. Plazas Vega, condenado en primera instancia a 30 años por las desapariciones de Irma Franco y Carlos Rodríguez Vera, pasó ocho años en prisión antes de que la Sala Penal de la Corte Suprema revocara su condena en 2015. La asimetría entre ambas decisiones capturó en pequeño la ambivalencia del sistema: una responsabilidad se sostuvo, la otra se disolvió, y ninguna de las dos alcanzó a nombrar la doctrina que las hizo posibles. Al menos cinco desaparecidos seguían siendo reclamados sin resolución en la década pasada, y varias indemnizaciones familiares permanecían pendientes.

En paralelo, sectores militares construyeron un contrarrelato sostenido: los uniformados que participaron en la retoma habrían actuado bajo órdenes constitucionales, mientras los integrantes del M-19 que planearon la toma fueron amnistiados y algunos accedieron a cargos públicos o aspiraron a la Presidencia. Cierto en su descripción de la asimetría, tramposo en su equivalencia moral, el argumento sirvió durante años para congelar el debate. Ignoraba que la amnistía política pactada en Santo Domingo, Cauca, el 9 de marzo de 1990, cuando aproximadamente 900 guerrilleros del M-19 depusieron las armas bajo el mando de Carlos Pizarro León-Gómez, cubría los actos de rebelión pero no las desapariciones forzadas ni las ejecuciones extrajudiciales; y que la responsabilidad de la Fuerza Pública se juzgaba precisamente por esos actos, no por haber cumplido órdenes de recuperar el edificio.

El desplazamiento significativo llegó con la justicia transicional. El Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición creado tras el Acuerdo Final de 2016 —con la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas y la Jurisdicción Especial para la Paz— abrió por primera vez un marco institucional capaz de procesar la articulación entre agencias sin reducirla a la culpa individual de sus ejecutores. La Comisión de la Verdad sobre el Palacio, integrada por Nilson Pinilla Pinilla, José Roberto Herrera Vergara y Jorge Aníbal Gómez Gallego, había publicado en 2010 un informe que estableció responsabilidades institucionales que la justicia ordinaria no supo o no quiso traducir en condenas. La literatura de investigación —El Palacio sin máscara de Germán Castro Caycedo, El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana de Ana Carrigan, Noches de lobos de Ramón Jimeno, Noches de humo de Olga Behar— había construido un archivo paralelo al judicial, más ambicioso que él.

La derrota como condición de la política

Un último desplazamiento importa. Si el Palacio hubiera terminado en negociación exitosa, el M-19 habría prolongado su modelo de guerrilla mediática. La derrota militar y política del episodio —destruida la imagen romántica del grupo, cerrada la puerta a nuevas tomas espectaculares, hostigado en las ciudades y replegado a Caquetá, Huila y Cauca— fue paradójicamente la condición de posibilidad de la desmovilización cinco años después. En abril de 1988 el M-19 declaró un cese unilateral del fuego bajo el gobierno de Barco; el secuestro del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado entre mayo y julio de ese año, contradictoriamente, abrió las Conversaciones de Usaquén; el 9 de marzo de 1990, en Santo Domingo, el grupo depuso las armas. Carlos Pizarro fue asesinado por un sicario del paramilitarismo en abril de 1990 mientras viajaba como candidato presidencial; la solidaridad popular con su muerte llevó a la Alianza Democrática M-19 a obtener aproximadamente un tercio de la votación en los comicios para la Asamblea Nacional Constituyente de finales de 1990. Antonio Navarro Wolff, sobreviviente del Palacio, terminó copresidiendo esa Asamblea. La Constitución de 1991 fue, entre otras cosas, el destino no previsto del comando que en noviembre de 1985 quiso juzgar al presidente y terminó juzgado por la historia.

Lo que sigue abierto

Quedan flancos que la evidencia disponible no cierra. El monto exacto del financiamiento aportado por Escobar y su distribución interna en el M-19 no están establecidos. El contenido de los expedientes destruidos en el incendio del cuarto piso solo puede reconstruirse indirectamente. La cadena de mando en la operación de la Casa del Florero, especialmente la identificación de quienes decidieron el traslado y la desaparición de Irma Franco y otros sobrevivientes, sigue incompleta pese a los avances de la JEP. La existencia y alcance de vínculos entre oficiales del Ejército y estructuras del Cartel de Medellín en 1985 —la hipótesis más radical, la de una alianza narco-militar amenazada por la justicia y decidida a resolverla por aniquilación— es plausible en términos estructurales pero no ha sido probada en términos operativos.

Estos huecos no son fallas del archivo: son la forma que adoptó la captura estatal de la memoria. Un caso completamente esclarecido habría obligado al Estado colombiano a nombrarse a sí mismo como parte del problema, no como su solución. La JEP no promete cerrar todas las preguntas; promete, más modestamente y más significativamente, cambiar el marco en que se hacen. Ese cambio es la única forma disponible de restituir la deuda con los magistrados asesinados, con los empleados de la cafetería desaparecidos, con la ascensorista sin nombre en las estadísticas, y con un país que durante casi cuatro décadas fue educado en la creencia de que sobre el Palacio ya se sabía todo lo que había que saber.

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Archivo documental

Documentos usados en esta lectura

31 documentos · 45 fragmentos de referencia
01Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 260, 2712 fragmentos
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guerrilla que se presentaba como generosa y abierta y, despu é s de levantar el estado de sitio, logr ó la aprobaci ó n de una ley de am nist í a que permiti ó a unos 1 500 guerrilleros salir de las c á rceles sin que sus grupos entregaran las armas y sin que los beneficiarios tuvieran que renunciar a la guerra. As í,…

p. 260
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a c ó mo ofrecer a los grupos pol í ticos surgidos de la guerrilla condiciones favorables para el ejercicio democr á tico. La negociaci ó n llev ó, a comienzos de 1990, a la fir ma de la paz con el m -19 y otros grupos guerrilleros (el epl, el prt, el ind í gena Movimiento Armado Quint í n Lame), convencidos ya de la…

p. 271
02Testigos olvidados. Periodismo y paz en ColombiaAndrés Felipe De Pablos, Luisa Fernanda Gómez · 2017 · p. 42 fragmentos
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la Comisión de Paz Fuente: El Espectador (31 de mayo de 1983). Al mismo tiempo, las, en constante comunicación con la Comisión de Paz, lograron importantes avances para FARC concretar el cese al fuego y la firma de una tregua. De tal manera que el 28 de marzo de 1984, en La Uribe (Caquetá), se firmó el Acuerdo de Cese…

p. 4
[3]

la Comisión de Paz Fuente: El Espectador (31 de mayo de 1983). Al mismo tiempo, las, en constante comunicación con la Comisión de Paz, lograron importantes avances para FARC concretar el cese al fuego y la firma de una tregua. De tal manera que el 28 de marzo de 1984, en La Uribe (Caquetá), se firmó el Acuerdo de Cese…

p. 4
03La Tragedia del Palacio de JusticiaEnrique Parejo González · 2010 · p. 10, 632 fragmentos
[4]

Belisario Betancur presentó, entre sus propuestas, la de buscar la paz con la guerrilla. Una vez elegido, hizo contacto con las distintas organizaciones subversivas y se reunió, en México y en España, con dirigentes del M-19, con el cual trazó los planes para alcanzar el objetivo indicado. En los años setenta, el M-19…

p. 10
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guerrilla y, luego, por la responsabilidad en que pudieron haber incurrido los miembros de La Tragedia del Palacio de Justicia 69 la Fuerza Pública, al repeler el ataque del M-19. Es evidente que la muerte de los Magistrados, en buena medida, se debió al abandono, por parte del Ejército y la Policía, de su deber…

p. 63
04Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Eje CafeteroComisión de la Verdad · 2022 · p. 811 fragmento
[5]

que nunca nos hicieron. [...] Cuando yo salí de la cárcel mi papá me dijo: “Lo que pasó en ese tiempo no pasó”, y eso fue toda la atención psicosocial que yo recibí. [...] Y efectivamente yo de eso nunca volví a hablar porque mi papá pensaba que hablando de eso me ponía en riesgo» 218. El 24 de agosto de 1984 el M-19…

p. 81
05Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · p. 88, 914 fragmentos
[6]

Derechos Humanos y DIH, 2010). Esta primera incursión va a cambiar las estrategias de autodefensa impulsadas inicialmente por el de ataque y contraataque a posiciones militares guerrilleras, y retaliaciones y masacres so- bre la población civil. En este periodo se aprecia cómo se dan secuestros de con- gresistas y la…

p. 88
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Derechos Humanos y DIH, 2010). Esta primera incursión va a cambiar las estrategias de autodefensa impulsadas inicialmente por el de ataque y contraataque a posiciones militares guerrilleras, y retaliaciones y masacres so- bre la población civil. En este periodo se aprecia cómo se dan secuestros de con- gresistas y la…

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la sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado. Esta estaba dirigida por Luis Otero y Andrés Almarales, miembros y fundadores del M-19 (El Tiempo, 1985c). La toma dejará sin vida 11 magistrados, adicionalmente a los magistrados titulares estaban los auxiliares de la Corte Suprema de Justicia y el…

p. 91
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la sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado. Esta estaba dirigida por Luis Otero y Andrés Almarales, miembros y fundadores del M-19 (El Tiempo, 1985c). La toma dejará sin vida 11 magistrados, adicionalmente a los magistrados titulares estaban los auxiliares de la Corte Suprema de Justicia y el…

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06Los procesos de paz en Colombia, 1982-2014 (documento resumen)Álvaro Villarraga Sarmiento · 2015 · p. 281 fragmento
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la amenaza. Con varios miembros de la Comisión de Paz entre quienes recuerdo al ex ministro de Defensa, general Gerardo Ayerve Cháux, Horacio Serpa, Emilio Urrea y Antonio Duque, viajamos varias veces… 34. El M-19 opinaba que los sectores poderosos habían hecho retroceder al gobierno en su política de paz, por lo cual…

p. 28
07Víctima de la globalización: la historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en ColombiaJames D. Henderson · 2012 · p. 93, 1294 fragmentos
[9]

del Congreso Nacional y a solo dos cuadras del palacio presidencial y, cuando tuvieran el control del edificio, acu- sar al presidente de Colombia de violar el acuerdo de cese al fuego firmado el año anterior. Después de lo que esperaban fuera una exitosa toma del Palacio de Justicia, los rebeldes planeaban,…

p. 129
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del Congreso Nacional y a solo dos cuadras del palacio presidencial y, cuando tuvieran el control del edificio, acu- sar al presidente de Colombia de violar el acuerdo de cese al fuego firmado el año anterior. Después de lo que esperaban fuera una exitosa toma del Palacio de Justicia, los rebeldes planeaban,…

p. 129
[36]

Veinte años más tarde, el sistema judicial colombiano realmente había colapsado; solo el 20 % de los homicidios conducían a un arresto, el 6 % a un juicio, y únicamente el 4 % a una condena. Peor aún: la mayoría de los crímenes ni siquiera eran reportados, y aquellos que se denunciaban se extraviaban en un sistema…

p. 93
[37]

Veinte años más tarde, el sistema judicial colombiano realmente había colapsado; solo el 20 % de los homicidios conducían a un arresto, el 6 % a un juicio, y únicamente el 4 % a una condena. Peor aún: la mayoría de los crímenes ni siquiera eran reportados, y aquellos que se denunciaban se extraviaban en un sistema…

p. 93
08More Terrible Than Death: Drugs, Violence, and America's War in ColombiaRobin Kirk · 2003 · p. 1631 fragmento
[11]

man carried something heavy in his arms. A slender peasant, the man strained under the weight. The children made such a racket that the Mobile Brigade commander turned. The peasant's shirt and pants were splattered with blood. The thing in his arms was tawny and long, and I suddenly realized that it was a mountain…

p. 163
09Pablo Escobar: Colombia's Hero or Villain? History of the Greatest Drug LordJ.D. Rockefeller · 2015 · p. 91 fragmento
[12]

Velasquez also known as “Popeye” discusses the attack, he was once Escobar’s hitman. During the siege, the Colombian Supreme Court had been discussing the Colombian extradition treaty with the United States. In his book, Roberto Escobar stated that the M-19 had been paid to storm the Colombian Supreme Court, eliminate…

p. 9
101989María Elvira Samper · 2019 · p. 731 fragmento
[13]

que va a reforzar sus esquemas de protección. En el editorial del jueves 3, El Espectador recoge el ambiente de zozobra que vive el país, sostiene que la situación demuestra un vacío de gobierno y la ausencia de solidaridad social, y concluye: “La corrupción del narcotráfico ha traspasado las fronteras y estructuras…

p. 73
11Nuestra guerra sin nombre. Transformaciones del conflicto en ColombiaFrancisco Gutiérrez Sanín, María Emma Wills, Gonzalo Sánchez Gómez · 2006 · p. 2461 fragmento
[14]

La frase no era cierta: no deseaban ni tumba ni cárcel, su propósito real era vivir en Colombia libremente, disfrutando de sus ganancias, habiendo sometido al Estado a sus dictados. En diciembre de 1986, la Corte Suprema declaró inexequible la Ley 27 de 1980, por la cual se había ratificado el tratado de extradición…

p. 246
12Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 170, 2002 fragmentos
[15]

uno de ellos —al que tenía la fama de ser el más poderoso y rico de todos— a los sagrados recintos del Congreso nacional. En un gesto que le costaría la vida, Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia, se opuso abiertamente a Escobar, acusándolo en público de ser un narcotraficante y negándole el derecho a ocupar…

p. 170
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M -19 eran, de hecho, guerrillas urbanas comprometidas, no muy diferentes a los Tupamaros, de Uruguay o a los Montoneros, de Argentina. En Año Nuevo de 1979, habiendo construido un túnel secreto debajo de una base militar, se robaron más de cinco mil armas del Ejército colombiano. Un año después, se tomaron la…

p. 200
13Narcotráfico en Colombia: Economía y ViolenciaGustavo Duncan, Ricardo Vargas, Ricardo Rocha, Andrés López · 2005 · p. 1971 fragmento
[16]

las inmensas riquezas genera- das por el narcotráfico estaban produciendo una profunda trans- formación de la sociedad colombiana, la cual aún continúa. Las jerarquías sociales, el destino de las inversiones, el régimen polí- tico, todo esto fue afectado completamente por el narcotráfico. Fue en el terreno político…

p. 197
14Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · p. 555, 9282 fragmentos
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Historia, 2008, p. 324. 623 Ana Carrigan, El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana, Bogotá, Icono Editorial, p. 68. 624 Al respecto, y para ahondar en el tema, son imprescindibles las investigaciones: El Palacio sin máscara de Germán Castro Caycedo; El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana de Ana…

p. 928
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los jueces rescatados entre los primeros del Palacio de Justicia fuera el propio hermano del presidente, Jaime Betancur, que además fue víctima de secuestro por parte de los terroristas dos años atrás. El Ministro de Relaciones Exteriores nos contó el mes pasado que, con frecuencia, el Presidente comparaba el manejo…

p. 555
15El Palacio de Justicia: una tragedia colombianaAna Carrigan · 2009 · p. 59, 1572 fragmentos
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a la autora, así como una transcripción de sus contenidos, por un amigo periodista en Bogotá en mayo de 1986. y han sido utilizados extensamente a lo largo de este libro. 121 Capítulo 4 El contraataque El comandante de Artillería, coronel Alfonso Plazas W/j a, conduce su tanque a través de las puertas de bronce del…

p. 59
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del segundo piso de la Casa del Florero y, según dijo, era ahí adonde se llevaba a los sospecho sos. Los encargados habían establecido su oficina en el Salón de Signatarios del Acta de Independencia e inclusive habían llevado a trabajar a algunas jóvenes, y las señoritas se sentaban en las sillas A na C ambgan…

p. 157
16Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia. Tomo ICentro Nacional de Memoria Histórica; Germán Lozano Villegas; Luz Janeth Forero M. · 2014 · p. 841 fragmento
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a la fuerza las instalaciones del Palacio de Justicia en donde se encontraban las sedes de la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado. El grupo guerrillero buscaba someter al entonces Presidente de la República, Belisario Betan- cur Cuartas, a un juicio político por el incumplimiento de los compromisos de las…

p. 84
17Una vida, muchas vidasGustavo Petro Urrego · 2021 · p. 821 fragmento
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para mí en el recuerdo, pues nunca volví a ser polí- tico allá, a pesar de que más adelante la población apoyó mis campañas electorales. No regresé hasta cuando fui a hacer la paz con el M-19 años más tarde. Las primeras visiones que tuve de La Modelo me atemori- zaron. Vi la realidad del país concentrada en una…

p. 82
18Conversaciones de honor: Memorias MilitaresMartín Nova · 2020 · p. 56, 602 fragmentos
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la situación de que organizan un grupo en Bogotá, unas fuerzas especiales, la gente de mayor experiencia, y le mezclan la capacidad de causar daño desde el punto de vista armado y la participación política. Las Fuerzas Militares tenían alguna información; transcurre la visita del presidente de Francia, no acontece…

p. 56
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los guerrilleros indultados y haciendo política. Mensaje duro para quienes vienen atrás en la tropa y para la juventud. El mensaje que se pudiera concretar en eso es que quienes idearon, planearon, condujeron y dirigieron, algunos sin participar físicamente por razones de ausencia, en el asalto mismo, salen…

p. 60
19Siembra vientos y recogerás tempestades. La historia del M-19, sus protagonistas y sus destinosPatricia Lara S. · 2002 · p. 2471 fragmento
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someterse ajuicio, estando los compañeros armados, ahí adentro. La respuesta a este punto era decir no, de manera que se eliminara esa petición. 5 En la toma del Palacio de Justicia murieron once magistrados de la Corte, tres magistrados auxiliares, doce auxiliares de los magistrados de la Corte, un magistra do…

p. 247
20Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 2791 fragmento
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las n egoc ia ciones de pa z. En su tra yecto ria labe rínti ca se fo rjaban alianzas tem poral es e ntr e al- g uno s frentes guerrilleros y los traficantes, co n base en el cuidado de ca mpo s de cultivo, v ía s de comunicación, aeropuerto s, pro v i- sión de ar ma s. El Caquetá, por eje mpl o, atravesó una de las…

p. 279
21Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · p. 3661 fragmento
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a España Se termina la autopista Bogotá- Medellín 1984 Huelga civil nacional Éxodo capitalino crea crisis Colombia, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles Año Política Sociedad y economía Cultura y ciencia Comisión de Paz y FARC firman acuerdo en La Uribe, Meta Se implementa impuesto al valor agregado (IVA) Primer…

p. 366
22Entre la incertidumbre y el dolor: Impactos psicosociales de la desaparición forzada. Tomo IIICentro Nacional de Memoria Histórica; Liz Arévalo Naranjo (relatora); Carlos Miguel Ortiz (coordinador) · 2014 · p. 1931 fragmento
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la cafetería eran integrantes y/o auxiliadores del M-19 y que habían colaborado para entrar armamento, alimentación y pertrechos los días previos a la toma. En virtud de ello, tras ser rescatados de la edi fi cación, junto con Detención, desaparición forzada y posterior ejecución de 19 comerciantes Castigo por el no…

p. 193
23Hasta encontrarlos. El drama de la desaparición forzada en ColombiaMartha Nubia Bello Albarracín, Andrés Fernando Suárez, Mónica Márquez Ramírez · 2016 · p. 851 fragmento
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reconoci- da en Colombia en septiembre de 1977), Ana Rosa Castiblanco con siete meses (víctima del Palacio de Justicia) y María Cristina Cobo Mahecha con tres meses (19 de abril de 2003), entre otras. 10 de los 12 casos documentados se registraron en el periodo 1996 - 2005. La ocupación es una de las variables con…

p. 85
24Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 149, 4402 fragmentos
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una condena en firme, en contra del general retirado Jesús Armando Arias Cabrales, por la desaparición forzada de 5 de las 12 víctimas, imponiéndose una pena de 35 años de cárcel; mientras la condena en contra del coronel Luis Alfonso Plazas Vega, por la desaparición forzada de Irma Franco y Carlos Rodríguez Vera, de…

p. 440
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Introducción y conocimientos previos: La docente presentará a los estudiantes el video ¿Qué dice el punto sobre Víctimas del Acuerdo de Paz? de la Oficina del alto Comisionado para la Paz (28:44 min). Actividades Los estudiantes se organizarán en grupos para responder las siguientes preguntas en sus bitácoras: ¿Qué es…

p. 149
25¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · p. 1661 fragmento
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Fiscalía inició un proceso por prevaricato al juez mayor (r) Cujar, por su insistencia en avocar competencia sobre el caso. 90 en estos casos siempre resulta necesario que el funcionario en posición de garante tenga el deber concreto de evitar los resultados de vulneración a los derechos fundamentales. 90. “Acusan a…

p. 166
26Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 4551 fragmento
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Corte Suprema de Justicia. 911 Entrevista 429-VI-00011. Exfuncionario judicial, víctima, en el exilio. 456 fiflffffflhalz g osrlescmflrnlcsz Muchos funcionarios han ofrendado sus vidas y dedicado sus carreras a investigar los hechos para tratar de dar una respuesta a las víctimas y hacer rendir cuentas a los…

p. 455
27Breve historia del conflicto armado en ColombiaJerónimo Ríos Sierra · 2017 · p. 471 fragmento
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personas en la Embajada de la República Dominicana en Colombia (1980) y, sobre todo, la toma del Palacio de Justicia el 6 de noviembre de 1985. Un grupo guerrillero que, por todo lo anterior, va a ser severamente hostigado en los núcleos urbanos y obligado a retirarse a los emplazamientos del suroccidente colombiano,…

p. 47
28Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 1471 fragmento
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los car- teles en el Guaviare y Caquetá y la guerra a muerte que, como se mencionó, estos decretaron contra la UP. Barco y la transición a Gaviria, agosto de 1988-junio de 1994 De mayo a julio de 1988 el M -19 mantuvo en cautiverio al dirigente conserva- dor Álvaro Gómez Hurtado, secuestro que, inesperadamente, puso…

p. 147
29Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 531 fragmento
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de casi 17 años de lucha, el viernes 9 de marzo de 1990 en Santo Domingo, Cauca, los guerrilleros del M-19, y su comandante Carlos Pizarro León-Gómez, (hijo del almirante Juan Antonio Pizarro), depusieron las armas; él envolvió su pistola en una bandera de Colombia. Nadie mejor que Antonio Navarro Wolf, el único…

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30La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · p. 451 fragmento
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los antiguos combatientes regresaron a la vida civil y política, y jugaron de inmediato un papel esencial y constructivo. Su comandante, Carlos Pizarro, fue candidato a la alcaldía de Bogotá el mismo mes de su desmovilización y obtuvo la tercera votación. Luego lanzó su candidatura presidencial, que fue truncada por…

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31Colombia, así en la guerra como en la pazJorge Giraldo Ramírez · 2018 · p. 341 fragmento
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a hacer una oposición seria. Replanteó toda la política de paz, en las que ofrecía garantías para la desmovilización a quien quisiera aceptarla y creó un programa especial destinado a superar las inequidades sociales en las zonas rurales, bajo la esquiva enseña de la rehabilitación. En la periferia colombiana no había…

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