La invención cartográfica y literaria de Colombia como 'país de regiones'
Entre 1850 y 1859, la Comisión Corográfica y el costumbrismo de El Mosaico no describieron un país fragmentado: lo produjeron, naturalizando una jerarquía andina-civilizada frente a unas periferias bárbaras y borrando redes prehispánicas y pueblos que desbordaban ese esquema.
La invención cartográfica y literaria de Colombia como "país de regiones"
Entre 1850 y 1876, en el intervalo que separa la abolición de la esclavitud del auge del radicalismo liberal, la Nueva Granada se dio a sí misma dos espejos simultáneos. Uno era técnico: la Comisión Corográfica dirigida por el coronel italiano Agustín Codazzi, empresa estatal encargada de levantar el mapa general de la República y describir sus provincias una a una. El otro era literario: los cuadros de costumbres publicados en El Neogranadino, en la Peregrinación de Alpha de Manuel Ancízar y, desde diciembre de 1858, en El Mosaico de José María Vergara y Vergara. Ambos aparatos —el cartográfico y el costumbrista— produjeron, más que describieron, la imagen de un país partido en regiones jerárquicas sobre un supuesto vasto vacío por civilizar. ¿Cuándo, cómo y para quién esa multiplicidad geográfica se convirtió en el sentido común de un país fragmentado, con un centro andino civilizado y unas periferias bárbaras invisibles al proyecto nacional? Colombia es un país de regiones —lo es, geomorfológicamente hablando, de manera espectacular—, pero esa obviedad no explica su cristalización discursiva. La respuesta obliga a leer juntos los mapas de Codazzi y las viñetas de El Mosaico, y a rastrear el costo político de esa operación hasta 1903.
Está en juego el estatuto de una obviedad. Que Colombia es Andes, Caribe, Pacífico, Orinoquia y Amazonía; que Antioquia es blanca y laboriosa, el Cauca negro y decadente, Boyacá indígena y silenciosa, los Llanos vacíos y bárbaros: todas estas nociones circulan hoy como si emanaran del relieve y del clima. Preguntar si son construcciones discursivas de mediados del siglo XIX no es un ejercicio deconstructivo por deporte; es interrogar el mapa mental sobre el que se han tomado, durante siglo y medio, decisiones de inversión pública, trazado de vías, distribución fiscal, política agraria y hasta reconocimiento étnico.
El asunto pesa además por una razón geopolítica concreta. Colombia perdió, entre 1830 y 1922, extensiones enormes de territorio: la Costa de Mosquitos, vastas franjas amazónicas ratificadas en el tratado Lozano-Salomón del 24 de marzo de 1922, y —el trauma matriz— Panamá en 1903. Intelectuales de finales del XIX y comienzos del XX, entre ellos el propio José Jerónimo Triana, describieron el Caquetá y el Putumayo como regiones que pertenecían a Colombia solo en el nombre. Si el mapa mental del país fue producido de tal modo que las periferias resultaron cognitivamente prescindibles, entonces el discurso corográfico-costumbrista tiene una responsabilidad rastreable en esas pérdidas. Se trata de una arqueología de por qué al Estado colombiano le costó, y le sigue costando, imaginarse íntegro.
Hay dos maneras adultas de responder a esta pregunta, y ambas conviven en el archivo. La primera lee la Comisión Corográfica como culminación tardía de la ciencia ilustrada: heredera de la Expedición Botánica de Mutis, del Semanario de Caldas en 1809, de los mapas de Joaquín Acosta publicados en París en 1847 y —sobre todo— de la idea humboldtiana de una unidad dentro de la multiplicidad de paisajes interrelacionados. Bajo esta lectura, Codazzi, Ancízar, Manuel María Paz y Triana habrían hecho lo que hacía un naturalista serio a mediados del siglo XIX: registrar con las herramientas disponibles —astronomía, botánica, dibujo del natural, estadística— un país que existía antes que ellos. Sus tipos regionales serían síntesis empírica, no fabricación; sus jerarquías, observación de diferencias reales de clima, altitud y densidad poblacional.
La segunda lectura, más incómoda, invierte el signo. Sostiene que la Corográfica fue un dispositivo performativo: no describió una nación, la produjo. Y que lo hizo articulando —en el mismo gesto— variación climática, composición racial y actividades productivas en una gramática jerárquica cuyo núcleo era una tesis de origen caldiano: la geografía andina como espacio de civilización y progreso, las tierras calientes (costas, llanos, selvas) como geografías de barbarie y atraso. El Mosaico, iniciado el 24 de diciembre de 1858 y animado por Vergara y Vergara, habría hecho el trabajo literario complementario: traducir esa jerarquía técnica al registro sensible del cuadro de costumbres, donde el paisaje del Quindío se describe con lirismo y el negro chocoano aparece como problema social poscolonial en los Apuntes de viaje de Santiago Pérez, publicados en 1853 tras el recorrido por el Chocó, Buenaventura, Túquerres y Pasto.
Entre estas dos lecturas hay un tercer polo, más prosaico y decisivo. Sostiene que la fragmentación regional era una condición estructural que ni Codazzi ni Vergara podían haber inventado ni podían haber deshecho: cordilleras que corren en tres brazos, valles profundos entre ellas, selvas densas que aíslan al Pacífico y a la Amazonía, un río Magdalena que fue durante siglos la única arteria practicable entre el interior y el Caribe, densidades de población concentradas en altiplanos donde se escapaba del calor y de las enfermedades tropicales, lealtades provinciales que precedían a la República. La inestabilidad de la división territorial —los cambios continuos de provincias, distritos y departamentos a lo largo de la historia republicana— respondía a conveniencias políticas, tributarias y electorales, no a diseños discursivos. Bajo esta óptica, la Comisión y El Mosaico codificaron una fragmentación que ya estaba ahí; no la fabricaron.
Cómo se articulan estos tres polos es la pregunta seria. Y la respuesta que el material sostiene con más fuerza es que el discurso corográfico-costumbrista no creó la fragmentación —eso hubiera sido imposible— pero sí la naturalizó: la convirtió de contingencia histórica en dato geográfico, cristalizando una jerarquía que legitimó su reproducción durante más de un siglo.
La Comisión Corográfica fue creada por la Ley n.º 29 de 1849, durante la administración de José Hilario López, e inició labores en 1850 bajo la dirección de Codazzi. Operó hasta 1859, año en que el coronel murió de fiebre amarilla en la población de Espíritu Santo, después rebautizada Codazzi en su homenaje. A su alrededor trabajaron Ancízar como secretario durante tres años, Paz como dibujante, Triana como botánico y Pérez como cronista de la expedición al suroccidente. El mandato era doble: levantar el mapa científico de la República y estudiar sus provincias región por región. Fue el primer intento científico institucional de alcance global que asumió el Estado colombiano, con financiamiento y garantía de permanencia sostenidos por gobiernos de signo distinto durante casi una década.
Ese respaldo transpartidario es significativo: liberales y conservadores coincidieron en la necesidad del inventario. Pero coincidieron también en sus silencios. El contrato de Codazzi contenía un anexo que estipulaba que en la zona del Caquetá —equivalente en extensión a casi el resto de la República, correspondiente hoy a Amazonas, Vaupés, Guainía, Vichada, Putumayo, Arauca y parte del actual Caquetá— la Comisión solo penetraría hasta los puntos donde hubiera autoridad granadina. La mitad oriental del país fue excluida por escrito, desde el inicio, del inventario nacional. El vacío del mapa no fue un descubrimiento de la Comisión; fue una decisión previa a su primer viaje. Esa decisión fija el problema con precisión quirúrgica: el Estado bogotano encargó una cartografía que reproducía en su método el mismo desinterés estructural que había caracterizado a la administración colonial hacia esas periferias. Codazzi no habría podido ver lo que su contrato le prohibía mirar.
La contraparte literaria operó con la misma economía selectiva pero con mayor densidad afectiva. La Peregrinación de Alpha, publicada por entregas en El Neogranadino desde el 11 de enero de 1850 bajo el seudónimo Alpha, no fue solo diario de la Comisión: fue el género fundacional que enseñó a los lectores neogranadinos a mirar su propio territorio. Ancízar mezcló el inventario de recursos naturales con una sensibilidad poética del paisaje: los ríos, los cerros, las salinas, las poblaciones aparecen simultáneamente como potencial económico y como experiencia estética. Esa doble codificación —el país como bodega y como cuadro— es el hallazgo formal del texto y su herencia más duradera. Sus artículos sobre la importancia de retratar paisaje y costumbres locales despertaron entre los jóvenes escritores el interés por el costumbrismo, un género que ya circulaba en Hispanoamérica desde publicaciones como El Argos en 1837 pero que en la Nueva Granada encontró en El Neogranadino primero, y luego en El Mosaico, su vehículo de mayor alcance.
El Mosaico nació de una escena que se ha vuelto emblemática. En diciembre de 1858, Eugenio Díaz Castro, hacendado cundinamarqués, visitó la tertulia de Vergara y Vergara llevando el manuscrito inédito de Manuela. De ese encuentro salió la publicación, subtitulada Miscelánea de literatura, ciencias, música. Vergara y Vergara, después fundador de la Academia Colombiana y autor de la Historia de la literatura en Nueva Granada, describió el paisaje del Quindío en un registro que combinaba observación detallada y lirismo romántico. El costumbrismo que allí se consolidó fue útil por igual a liberales —que lo emplearon para desdeñar el pasado colonial— y a conservadores —que lo usaron para criticar las reformas modernas—, pero unos y otros coincidieron en contraponer lo nacional a la influencia francesa e inglesa y en atraer inmigrantes al país. Ramón Torres Méndez, maestro del costumbrismo pictórico, produjo desde 1848 dibujos a lápiz y acuarelas de pequeño formato durante repetidos viajes por Antioquia, que se grabaron en la prensa nacional y extranjera y fijaron la imagen visual del país que las clases letradas exportaron a Europa.
Aquí es donde la convergencia entre cartografía y costumbrismo se vuelve verificable. Los tipos humanos que la Comisión dibujó —el boga del Magdalena, el indio boyacense, el llanero, el minero antioqueño, el negro del Chocó— fueron articulados en una gramática que ligaba clima, raza y actividad productiva. En la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX circulaba, con fuerza de sentido común científico, la convicción de que el trópico envilecía el cuerpo y ablandaba el carácter de quienes lo habitaban. Sobre ese lecho conceptual —anclado en la oposición caldiana entre altiplano civilizado y tierra caliente bárbara— la Comisión distribuyó las regiones. Y El Mosaico, sin necesidad de proponérselo explícitamente, poblaba esa distribución con figuras, tonos y anécdotas que la hacían legible como paisaje humano natural. Pérez, en sus Apuntes de viaje de 1853, describió a los negros libres del Chocó, Buenaventura, Túquerres y Pasto —recién liberados por la abolición de 1851, que coincidió cronológicamente con el inicio de la Comisión— señalando su pobreza y falta de educación como rasgos observables. La coincidencia entre la abolición y el inventario no es menor: la Comisión describió a las poblaciones negras en el mismo momento en que la República debía integrarlas, y las describió como problema y no como sujeto pleno del proyecto nacional.
La eficacia de un dispositivo de nombrar se mide por lo que deja fuera. Y lo que Codazzi y Vergara dejaron fuera no era vacío: era memoria. La Comisión y El Mosaico omitieron dos capas del territorio que la evidencia arqueológica y económica hoy permite reconstruir. La primera es la red prehispánica de intercambio de larga distancia. Los muiscas del altiplano cundiboyacense —cuya economía del siglo XV combinaba agricultura, producción de mantas, explotación de esmeraldas, carbón, sal y cobre— intercambiaban textiles de algodón y sal de las minas de Zipaquirá con comunidades de la hoya del Magdalena, recibiendo a cambio oro y conchas de mar. La presencia de oro en la orfebrería muisca, obtenido en zonas muy lejanas, indica un amplio intercambio interregional; las mantas funcionaban como el bien más generalizado, aunque su heterogeneidad impidió que constituyeran un patrón monetario propio. El sitio arqueológico de El Venado, en los Andes orientales, muestra un crecimiento sostenido desde el periodo Herrera hasta el muisca tardío, cuando alcanzó 14,4 hectáreas distribuidas en nueve zonas de agrupación de casas. Esas cifras no describen sociedades aisladas en un altiplano cerrado, sino nodos de una red que conectaba Sabana, Magdalena, Caribe y probablemente Llanos.
Que esa red haya sido invisible para la Corográfica no es un accidente de época: es coherente con la manera en que el territorio republicano leyó su propia base física. El Macizo Colombiano, el nudo de Almaguer donde nacen simultáneamente los ríos Magdalena, Cauca, Patía y Caquetá, es la evidencia geomorfológica de esa conectividad: un solo punto del territorio drena hacia el Atlántico, el Pacífico y el Amazonas. Los análisis geográficos que trazan límites teóricos entre regiones naturales separan esquemáticamente lo que el Macizo une. Corredores y áreas de contacto —cambiantes en el tiempo— fueron la regla, no la excepción, del poblamiento prehispánico. La imagen de un país fragmentado en cinco grandes bloques es proyección tardía sobre un territorio que las sociedades anteriores a la Conquista habían habitado como continuum modulado.
La segunda capa es la propia fábrica del territorio republicano. Las cordilleras han dominado la topografía desde antes de la Conquista, con la variación altitudinal produciendo cambios de aproximadamente 1 °C por cada 200 metros de ascenso y con ello pisos térmicos que diferenciaron formaciones vegetales y agriculturas. Pero esa base física fue leída, a partir de 1850, con una gramática que oponía altiplano a tierra caliente en clave civilizatoria, no meramente ecológica. La ocupación de las vertientes andinas por la expansión cafetera entre 1870 y 1930 —que unificó el espacio y creó un mercado nacional incipiente— demostraría, décadas después, que la fragmentación no era destino sino inversión: donde el capital fue, el territorio se integró. Al finalizar el siglo XIX, sin embargo, gran parte de los centros de población del interior dependían del transporte a lomo de mula o a pie, y la ausencia de red efectiva de transporte fue un obstáculo sustancial para la cohesión estatal.
La Comisión y el costumbrismo de El Mosaico funcionaron entonces como un dispositivo conjunto de producción de nación. No inventaron la fragmentación —era condición estructural anterior— pero la codificaron en una gramática que la naturalizó, la jerarquizó y la volvió sentido común geográfico. Esa codificación tuvo tres consecuencias verificables.
La primera: fijó un centro andino civilizatorio y unas periferias bárbaras, herencia caldiana que la Comisión consolidó y El Mosaico difundió, y que sirvió por igual al proyecto liberal centralista de mediados de siglo y al conservador de la Regeneración posterior. La aparente neutralidad científica de los mapas y la aparente inocencia lírica de los cuadros de costumbres reforzaron mutuamente su efecto: lo que el mapa distinguía por altitud y clima, la prosa lo poblaba con tipos humanos; lo que la prosa describía como carácter regional, el mapa lo fijaba con coordenadas. La reforma universitaria de mediados del XIX, que creó el Instituto de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas con el Observatorio Astronómico, el Jardín Botánico, el Laboratorio Químico y el Museo de Historia Natural de Bogotá bajo su cuidado, dio a esa producción de saber territorial una infraestructura institucional que perduraría.
La segunda: legitimó una economía de la atención estatal. La exclusión de la Amazonía y de los Llanos del propio contrato de Codazzi es la prueba dura de que el discurso corográfico no fue causa primera de la desatención bogotana hacia esas regiones, sino su racionalización. Cuando Triana, décadas después, describió al Caquetá y al Putumayo como colombianos solo en el nombre, no denunciaba un olvido reciente: nombraba una omisión inscrita en el mandato fundacional de la primera empresa científica de la República. Las pérdidas territoriales del siglo XIX y comienzos del XX no se explican solo por debilidad militar; se explican también porque en el mapa mental que las élites bogotanas manejaban, esos territorios ocupaban un lugar cognitivamente periférico que hacía menos urgente defenderlos.
La tercera: invisibilizó las redes de larga duración que conectaban Sabana, Magdalena, Llanos y Caribe. La ruta muisca de la sal, del oro y de las mantas —que había operado durante siglos como circuito real de integración interregional— no aparece en el archivo corográfico porque no encajaba en la matriz clima/raza/producción con que la Comisión pensaba el territorio, ni en el repertorio del cuadro de costumbres, que privilegiaba lo pintoresco sincrónico sobre lo estructural histórico. El resultado fue una nación imaginada sin memoria de sus propias conectividades anteriores, condenada a redescubrirlas —cuando lo hace— como novedades arqueológicas y no como sustrato vivo.
Con matices decisivos: la Comisión también dejó huellas de lo que desbordaba su proyecto. Las láminas de Paz, los apuntes de Pérez sobre el Chocó, las descripciones de Ancízar del suroccidente registraron rostros, oficios, paisajes y voces que la gramática dominante quería reducir a tipos pero que, en el detalle del dibujo o la anécdota, exceden la clasificación. El archivo corográfico es hoy fuente indispensable justamente porque contiene más de lo que quiso decir. Y el costumbrismo, en la medida en que fue género transnacional útil a liberales y conservadores para contraponer lo nacional a la influencia extranjera, tuvo una función integradora ambivalente: contribuyó a construir un imaginario compartido de país incluso mientras jerarquizaba a sus habitantes.
Pero ninguna de esas huellas de exceso invalida la operación de conjunto. La eficacia del dispositivo no dependió de que fuera unánime o coherente; dependió de que fijó un marco de inteligibilidad —regiones jerárquicas, centro andino, periferia bárbara, vacío por civilizar— dentro del cual la política nacional siguió pensándose durante más de un siglo. La Confederación Granadina de 1858, que dividió la república en ocho estados federales, y las reconfiguraciones territoriales sucesivas hasta 1886 se debatieron dentro de una imagen del país que la Corográfica había estabilizado.
Quedan flancos abiertos, y conviene nombrarlos con precisión antes que cerrarlos con retórica. El primero es la cronología de la publicación y difusión de los materiales de la Comisión. Codazzi murió con la obra cartográfica incompleta, y la circulación posterior de sus mapas, láminas y descripciones se prolongó durante décadas en un proceso editorial fragmentado que aún no ha sido reconstruido con detalle. La hipótesis —verificable— es que esa demora debilitó la imaginación territorial del Estado precisamente en el momento en que más la habría necesitado: los años previos a la separación de Panamá, cuando el mapa oficial de la República seguía siendo, en buena medida, promesa editorial más que documento circulante. Una arqueología editorial de los materiales corográficos entre 1859 y 1903 permitiría medir esa hipótesis contra el archivo.
El segundo flanco es la relación entre las cartografías virreinales y la corográfica republicana. La política borbónica ilustrada, con Mutis como figura central desde su llegada a la Nueva Granada en 1761, impulsó el conocimiento científico del territorio como instrumento de control. El Semanario de Caldas y los mapas de Acosta median entre esa herencia y la Comisión de 1850. Aquí la pregunta se afila: la novedad de Codazzi no está en las herramientas que hereda casi intactas del proyecto borbónico, sino en el destinatario. Mutis levantaba un inventario para la corona; Codazzi lo levantaba para una república que aún debía convencerse de existir. La continuidad técnica encubre así una ruptura política: el mismo saber-para-gobernar cambia de sujeto, y con el sujeto cambia el efecto. El territorio deja de ser posesión que se describe para volverse nación que se produce mientras se describe.
Y ahí, en ese desplazamiento del sujeto que mira, se juega todo lo demás. Que el "país de regiones" es una gramática histórica —producida en un tiempo, por unos hombres con nombres propios— significa que no es paisaje ni destino. Significa que otras jerarquías del territorio fueron pensables en 1850 y siguen siéndolo. La red muisca antes que el eje andino colonial; las conectividades del Macizo antes que los cinco bloques escolares; una Amazonía dentro del contrato de Codazzi y no excluida por escrito de su primer viaje. El costo de haber tomado el camino que se tomó está inscrito en el mapa del país actual. Qué costaría, ahora, tomar los otros es la pregunta que la Corográfica y El Mosaico dejaron —y siguen dejando— abierta.