Yolanda Becerra Vega
Constitución de 1991
La biografía
Yolanda Becerra Vega es la dirigente que durante más de cuatro décadas ha encarnado la Organización Femenina Popular de Barrancabermeja, la OFP, la mayor organización de mujeres de base del Magdalena Medio y una de las más antiguas de Colombia. Su nombre pesa en la historia reciente del país por una razón precisa: entre 1996 y 2002, cuando el paramilitarismo tomó por asalto el puerto petrolero y disputó a sangre y fuego los barrios que la guerrilla había controlado durante dos décadas, Becerra sostuvo desde la OFP el único dispositivo civil que denunciaba en radio y en prensa a todos los actores armados, acompañaba a familias desplazadas fuera de la ciudad y buscaba río abajo a los desaparecidos. Esa función —de reemplazo práctico de un Estado ausente o cómplice— la convirtió en objetivo, y la persecución que sufrió terminó de perfilarla como referente nacional del movimiento de mujeres y de la defensa de los derechos humanos. Su trayectoria dibuja una figura-bisagra entre el feminismo popular de matriz eclesial que se organizó en los años setenta al calor de la Teología de la Liberación y el lenguaje de derechos que abrió la Constitución de 1991, un lenguaje que en el Magdalena Medio, durante el fin de siglo, prácticamente solo la OFP se ocupó de traducir a práctica cotidiana.
Línea de vida
- 1972
Ingreso a la OFP como secretaria parroquial
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A los 20 años, recién terminado el bachillerato, Becerra se incorporó como secretaria a la parroquia del Señor de los Milagros de Barrancabermeja, vinculándose desde ese momento al proceso organizativo de la OFP, fundada ese mismo año bajo el impulso de la Diócesis de Barrancabermeja y la influencia de la Teología de la Liberación.
- 1991
La Constitución como marco y como desafío territorial
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La expedición de la Constitución de 1991, que consagró el Estado social de derecho, la democracia participativa y el derecho a la igualdad, legitimó en clave jurídica el trabajo que la OFP realizaba desde hacía dos décadas en los barrios nororientales de Barrancabermeja. Becerra y la organización asumieron la tarea de traducir ese lenguaje de derechos a práctica cotidiana en un territorio donde el Estado era ausente o cómplice de la violencia.
- 1998
Denuncia pública de la masacre del 16 de mayo en Barrancabermeja
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Tras la incursión de aproximadamente 50 paramilitares de las AUSAC que asesinaron a 11 personas y desaparecieron a 25 en el sector suroriental de Barrancabermeja, Becerra salió a denunciar públicamente ante la prensa nacional, nombrando a los responsables y describiendo el modus operandi. En el paro cívico y el entierro colectivo que siguieron, la OFP adoptó las batas negras como símbolo de resistencia, y Becerra pasó de ser dirigente local a referente nacional.
- 2001
Asedio paramilitar a las Casas de la Mujer de la OFP
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Durante el periodo de hostigamiento paramilitar más intenso, paramilitares saquearon la Casa de la Mujer de la OFP el 11 de noviembre de 2001, exigieron en otro momento la entrega de las llaves del local en nombre del 'Comandante Freddy', y en una acción previa arrasaron con un camión otra sede de tabla de la organización. El 27 de enero de 2001, la Policía detuvo a un integrante paramilitar que amenazaba a una coordinadora de la OFP. La organización erigió después un monumento de las llaves para rememorar y rechazar el saqueo.
- 2002
Consolidación como referente nacional bajo persecución documentada por la CIDH
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La Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó que los actores armados percibían el liderazgo de organizaciones como la OFP como obstáculo para su control territorial, y que sus integrantes eran víctimas de intimidación y violencia. El caso de Becerra y la OFP en Barrancabermeja fue uno de los más graves y documentados del periodo, consolidando su figura como defensora de derechos humanos de proyección nacional e internacional.
La joven secretaria de la parroquia del Señor de los Milagros
Becerra llegó a la OFP a los veinte años, recién terminado el bachillerato, como secretaria de una parroquia. Ese detalle biográfico —modesto, casi burocrático— condensa la puerta por la que entraron a la vida pública muchas mujeres populares de Barrancabermeja en los años setenta y ochenta: la Iglesia local, específicamente la Diócesis de Barrancabermeja, fue la matriz institucional donde se cocinó el liderazgo femenino que después ocuparía el espacio del movimiento social.
La OFP había nacido en 1972 en la parroquia del Señor de los Milagros, en los barrios nororientales de la ciudad, bajo el impulso de una Diócesis fuertemente permeada por la Teología de la Liberación. El sector era entonces un territorio marcado por la prostitución en los alrededores portuarios y por la precariedad habitacional de una población migrante llegada al calor de la industria petrolera. El párroco no se limitaba al acompañamiento espiritual: promovía asambleas de formación, convocaba clubes de amas de casa, hablaba de derechos y gestionaba cosas tan materiales como la obtención de tierras para familias sin vivienda. En una oficina pequeña dentro de la parroquia, una joven llamada Irene Villamizar —una de las fundadoras del proceso— redactaba las cartas y las actas de las reuniones con mujeres. Esa oficina era, a la vez, sede administrativa, escuela política y refugio.
Becerra se incorporó a esa estructura como empleada parroquial. La distancia entre el escritorio de la secretaria y la vocería nacional del movimiento de mujeres se recorrería a lo largo de dos décadas, pero el punto de partida importa: su formación no vino de la universidad ni de la militancia partidaria, sino de las asambleas parroquiales de los barrios nororientales, del contacto diario con mujeres que aprendían a hablar en público en los clubes de amas de casa, de la lectura del evangelio en clave de opción por los pobres. Cuando la Diócesis, a través de la llamada Unidad Dinamizadora del Programa, organizó las asambleas parroquiales que dieron cuerpo a la OFP, Becerra estaba ya adentro. Y la organización que nació en 1972 fue, además, una rareza: uno de los pocos grupos sociales de aquella Barrancabermeja de los años setenta que sobrevivió, con trabajo consolidado, hasta la actualidad. Esa continuidad —cuatro décadas de existencia ininterrumpida en la ciudad más violenta del país durante largos tramos— es el zócalo sobre el que se construyó su liderazgo.
Barrancabermeja como escenario: petróleo, tradición sindical y guerra
Para entender por qué la OFP importó tanto y por qué su dirigente terminó convertida en objetivo, hay que situar el puerto. Barrancabermeja, refinería principal del país y epicentro del sindicalismo petrolero desde los años veinte, había sido durante buena parte del siglo XX el laboratorio de una tradición de lucha social sostenida. Sobre ese sustrato se instaló, desde finales de los años setenta, una densa presencia guerrillera: el ELN, nacido precisamente en el Magdalena Medio, ejercía control sobre los barrios nororientales y surorientales de la ciudad, junto con el Bloque del Magdalena Medio de las FARC-EP, el Frente Ramón Gilberto Barbosa del EPL y, ya en los noventa, el Frente Urbano Resistencia Yariguíes y el Frente Capitán Parmenio del propio ELN.
Ese control no era abstracto: se traducía en conferencias públicas en las comunas, mítines, tribunales paralelos, reclutamiento y —cada vez más— extorsiones, amenazas y confrontación abierta con la fuerza pública. La OFP hacía su trabajo en medio de todo eso, y la relación con las guerrillas fue siempre tensa: donde había control armado, la organización popular autónoma era percibida como estorbo. En los años ochenta y comienzos de los noventa, además, la violencia antiguerrillera en la ciudad se ejercía mediante operaciones encubiertas de miembros del Ejército y la Armada Nacional, en un patrón que dejaba a la población civil atrapada entre dos fuegos que a veces se confundían.
Ese es el territorio donde Becerra fue haciéndose líder: no un puerto tranquilo con una tradición cívica saludable, sino una ciudad donde el Estado llegaba tarde o llegaba armado, donde las guerrillas administraban vidas y donde las mujeres de los barrios populares aprendían, en las asambleas parroquiales, a hablar de derechos en un idioma que ninguno de los actores armados quería escuchar.
1991: la Constitución como promesa y como cerrojo
La Asamblea Nacional Constituyente convocada por César Gaviria en 1991 —con Antonio Navarro Wolff, exintegrante del M-19, entre sus copresidentes— produjo un texto que las organizaciones de mujeres colombianas siguieron de cerca. La estrategia fue de cabildeo: organizaciones femeninas de todo el país coordinaron propuestas y presionaron a los constituyentes. Perdieron, según sus propias palabras, el primer round: varias de sus propuestas más ambiciosas —particularmente en materia de derechos reproductivos— no lograron consagrarse en la carta. Pero de aquella coordinación nació la Red Nacional de Mujeres, una plataforma que articularía al movimiento en las décadas siguientes.
La Constitución que salió del Capitolio en julio de 1991 fue, en cualquier caso, un texto ambicioso: declaraba a Colombia Estado social de derecho desde su artículo primero, establecía la democracia participativa y pluralista como principio, consagraba en el artículo 13 el derecho a la igualdad y a la no discriminación, y eliminaba las restricciones a la competencia política que habían quedado del Frente Nacional. Un paso inmenso hacia la modernización y democratización del país, aunque para algunos excesivamente garantista y demasiado largo.
Para la OFP y para Becerra, ese marco fue simultáneamente promesa y cerrojo. Promesa, porque el lenguaje del Estado social de derecho, la participación ciudadana y el reconocimiento de la diferencia legitimaba en clave jurídica lo que ellas hacían desde hacía dos décadas en las parroquias de los barrios nororientales. Cerrojo, porque la propia expedición de la Constitución acotó las negociaciones de paz con las guerrillas que aún quedaban en armas: al asumir el Estado colombiano una agenda de reformas institucionales tan amplia, se restaba legitimidad a la insurgencia como vocera de demandas ciudadanas y las mesas de conversación quedaban reducidas a temas de desarme y reintegración. La guerra, en el Magdalena Medio, no iba a terminarse por vía política; iba a agudizarse.
Los años noventa fueron la década en la que las organizaciones feministas y de mujeres tomaron mayor fuerza en Colombia, incorporando entre sus propósitos acciones contra distintos tipos de violencia. La OFP, con veinte años de rodaje territorial, encajaba en ese movimiento nacional pero con una particularidad: no era una organización de mujeres profesionales en Bogotá que traducía la Constitución al lenguaje del cabildeo. Era una organización popular en el puerto petrolero más disputado del país. La traducción, en su caso, ocurriría en carne viva.
La arremetida paramilitar: 1996-2002
Hacia mediados de los noventa, las Autodefensas Unidas de Santander y Sur del Cesar —las AUSAC, comandadas por Guillermo Cristancho Acosta, alias Camilo Morantes— y, más tarde, el Bloque Central Bolívar, comenzaron a ejecutar una estrategia de expansión hacia Barrancabermeja que los propios paramilitares llamaron Operación Tenaza o cierre de candado. La lógica era simple: consolidados en la ruralidad del Magdalena Medio desde los años ochenta al amparo de alianzas con ganaderos, esmeralderos y sectores de la Fuerza Pública, los paramilitares se proponían ahora tomar el casco urbano de la ciudad que había sido, durante veinte años, feudo del ELN.
La disputa se aceleró porque la propia guerrilla venía erosionando su base social. Reclutamientos forzados, extorsiones cada vez más sistemáticas, amenazas, robos, ajusticiamientos internos y peleas entre grupos guerrilleros habían gastado el capital político del ELN y las FARC en los barrios populares. Los paramilitares aprovecharon ese desgaste y ese vacío. Entre 1998 y 2002, Barrancabermeja se convirtió en una de las ciudades más violentas de Colombia.
El hito visible fue la noche del 16 de mayo de 1998. Unos cincuenta paramilitares de las AUSAC ingresaron al sector suroriental de la ciudad —barrios controlados por el ELN— y ejecutaron una incursión nocturna en la que asesinaron a once personas y se llevaron a veinticinco, acusándolas de ser simpatizantes de la guerrilla. Los veinticinco nunca aparecieron. Las organizaciones sociales y sindicales de Barrancabermeja convocaron un paro cívico de cinco días que culminó con el entierro colectivo de las víctimas.
Fue en ese entierro y en ese paro donde la OFP adoptó las batas negras como símbolo de resistencia contra la guerra y contra la muerte. La imagen —mujeres de negro, en fila, tapando su ropa cotidiana con una prenda que evocaba luto y a la vez impersonalizaba a quien la portaba, protegiéndola en la protesta— se volvería marca registrada de la organización durante los años siguientes. Becerra fue una de las voces que salió a explicar la masacre a la prensa nacional, a nombrar a las AUSAC, a describir el modus operandi de aproximadamente cincuenta hombres armados entrando de noche a un barrio urbano bajo la mirada indiferente o cómplice de la Fuerza Pública acantonada a pocas cuadras.
Ese acto público —la denuncia con nombres propios— es probablemente el momento en que pasó de ser una dirigente local a convertirse en referente nacional. Y también el momento en que ella y la OFP quedaron marcadas.
El asedio: llaves, saqueos, amenazas
La consigna paramilitar hacia la OFP, según reconstruyeron después las propias integrantes, era simple: que callaran. La organización se sabía —y así se describía— como la única voz en el Magdalena Medio que denunciaba públicamente, en radio y en prensa, a los actores armados sin distinguir bando. Pero denunciar no era todo. La OFP ayudaba a familias amenazadas a salir de Barrancabermeja cuando les daban las órdenes de desplazamiento, procurando hacerlo sin que los armados lo notaran. Y salía en lanchas río abajo, por el Magdalena, a buscar los cuerpos de los hijos de mujeres desaparecidas. Era la denuncia más la logística de la supervivencia, y las dos cosas eran, para el proyecto paramilitar de control social y territorial, insoportables.
El hostigamiento se materializó de varias maneras. En una de las comunidades donde la OFP tenía sede, un grupo armado llegó en un camión grande, cortó la luz del sector, arrasó la casa de tabla que servía de Casa de la Mujer, se llevó todo su contenido y dejó solo el piso descubierto. La fecha exacta y la unidad responsable no quedaron nunca judicialmente esclarecidas, pero el mensaje sí: la infraestructura de la organización era desechable.
El 11 de noviembre de 2001, la Casa de la Mujer de la OFP en Barrancabermeja fue saqueada por paramilitares. La organización, en un gesto que se volvería característico de su repertorio simbólico, construyó después en la ciudad un monumento de las llaves para rememorar y rechazar ese saqueo. En algún momento de ese mismo periodo, dos hombres identificados como miembros de las Autodefensas llegaron a la Casa de la Mujer en la calle 42 número 61-66, del Barrio Prado Campestre, y exigieron que les entregaran las llaves porque las necesitaban. Dejaron razón de que las coordinadoras fueran a hablar con el Comandante Freddy antes de las cuatro de la tarde. No fueron. El 27 de enero de 2001, la Policía Nacional detuvo a Luis Eduardo Pérez Bernal, integrante de un grupo paramilitar que estaba intimidando y amenazando a una integrante del equipo coordinador de la organización.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó en esos años que los actores armados percibían el liderazgo de organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres como un obstáculo para su control social y territorial, y que integrantes de la OFP, de ANMUCIC, de la Liga de Mujeres Desplazadas y de la Casa de la Mujer eran víctimas de intimidación y otras formas de violencia. La OFP en Barrancabermeja fue, en ese universo, uno de los casos más graves y más documentados. Becerra, como su vocera, cargó con la parte más visible del riesgo.
La traducción territorial de la Constitución
Aquí la figura-bisagra se hace nítida. La Constitución de 1991 había prometido un Estado social de derecho, democracia participativa, protección de la diferencia, igualdad real y efectiva. En Barrancabermeja, entre 1996 y 2002, ese Estado no llegaba —o llegaba armado y del lado equivocado—, las guerrillas habían perdido la legitimidad social que alguna vez tuvieron, y los paramilitares imponían un régimen de terror urbano. En ese vacío, la OFP hizo cosas concretas que se parecían mucho a lo que el texto constitucional prescribía: acompañó a víctimas, protegió a desplazados, buscó desaparecidos, denunció públicamente, ejerció ciudadanía pluralista y participativa en un territorio donde ejercerla era jugarse la vida.
Sería exagerado sostener que Becerra y la OFP estaban articulando, de manera premeditada, una ingeniería política de traducción constitucional. Lo que ocurrió es más bien una convergencia estructural: una organización con veinte años de raíces parroquiales, con capilaridad territorial, con legitimidad comunitaria construida asamblea a asamblea, se encontró siendo la única infraestructura civil disponible en un momento en que el marco legal nacional había cambiado y proveía —al menos en el papel— un lenguaje de derechos que respaldaba lo que la organización venía haciendo. Ese encuentro fue el que dio a la OFP y a su dirigente su peso nacional.
Conviene decirlo con matiz: la continuidad de la OFP desde 1972 no es un logro personal de Becerra. Es antes un logro de la matriz eclesial-popular que fundó la organización. La Teología de la Liberación proveyó el marco doctrinal, la red parroquial de la Diócesis de Barrancabermeja proveyó la infraestructura física, la legitimidad comunitaria del clero progresista proveyó el paraguas simbólico. El giro hacia el lenguaje de derechos humanos posterior a 1991 fue, en buena medida, la recodificación de una práctica que ya existía, no una invención. Lo que Becerra aportó fue el sostenimiento —la decisión de no irse, de no callar, de mantener abierta la Casa de la Mujer aunque se la saquearan— en la peor década de la ciudad.
La red: nombres, lugares, alianzas
Becerra no operó sola. La OFP tejió a lo largo de las décadas una red densa dentro y fuera de Barrancabermeja. Dentro, compañeras dirigentes como Esperanza Amaris fueron parte del núcleo coordinador; el Centro de Documentación María Cano, con sede en la ciudad, sirvió de memoria escrita del proceso. La organización acompañó a mujeres víctimas en círculos de bordado y de artesanía, espacios donde se hablaba de lo que estaba sucediendo mientras las manos hacían otra cosa —un dispositivo terapéutico y político a la vez que la OFP perfeccionó como pocas organizaciones colombianas. Más adelante impulsaría la construcción del Museo Casa de la Memoria en Barrancabermeja, como parte de su labor de resistencia simbólica y de memoria histórica.
Fuera de la ciudad, la OFP se articuló con la Red Nacional de Mujeres —nacida del cabildeo constitucional del 91—, con la Casa de la Mujer en Bogotá, con la Liga de Mujeres Desplazadas en la costa Caribe, con ANMUCIC en los territorios campesinos. La figura de Francisco de Roux, jesuita entonces director del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio desde comienzos de los años noventa, formó parte del ecosistema institucional de apoyo a organizaciones sociales de la región, aunque las trayectorias del PDPMM y de la OFP siguieron siendo distintas.
La cartografía de la OFP es geográficamente precisa. Barrancabermeja como epicentro, y luego una constelación de municipios ribereños donde la organización tuvo presencia: Yondó, aguas arriba en Antioquia; Puerto Wilches, aguas abajo en Santander; San Pablo, ya en el sur de Bolívar. El Magdalena, río abajo, era literalmente el trayecto que la organización recorría para buscar a los desaparecidos, y también el eje que unía sus Casas de la Mujer en una geografía de resistencia fluvial.
Frente a esa red de mujeres, la contraparte armada tenía nombres igual de precisos. Camilo Morantes al mando de las AUSAC. Carlos Castaño como jefe nacional de las AUC, cuya autoridad simbólica pesaba sobre las estructuras que operaban en Barrancabermeja. Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, comandante de bloques paramilitares en el norte del país cuyo modelo de control social se replicó en el Magdalena Medio. Y, desde 2002, Álvaro Uribe Vélez en la Presidencia de la República, con una política de seguridad democrática que cerraba las posibilidades de salida negociada al conflicto y a la que las organizaciones de mujeres respondieron robusteciendo estrategias de resistencia pacífica y apropiándose del discurso de la paz.
Los debates
Nombrar a Becerra como referente no impide señalar las tensiones que su trayectoria y la de la OFP han suscitado. Una parte de la crítica académica ha subrayado que la organización, al posicionarse como voz que denunciaba a todos los actores armados por igual, ocupó un lugar de aparente equidistancia que en el terreno resultaba difícil de sostener: en un territorio donde el ELN había controlado barrios durante décadas y donde los paramilitares llegaban de fuera con violencia genocida, denunciar simétricamente podía leerse como negar la asimetría estructural de la guerra. La OFP defendió siempre su posición como una elección política deliberada: no legitimar a ningún armado, señalar a cualquiera que atacara a la población civil.
Otra tensión, más interna al movimiento de mujeres, ha girado en torno a la matriz eclesial de la OFP. La organización nació de la Iglesia y nunca rompió del todo con esa cuna, lo que en algunos debates del feminismo colombiano —particularmente en los años posteriores a la Constitución de 1991, cuando el movimiento discutió con fuerza los derechos reproductivos— la situó en una posición incómoda respecto de las agendas más laicas y más urbanas del feminismo nacional. La OFP fue siempre feminismo popular, comunitario, territorial, muy distinto del feminismo académico bogotano. Esa diferencia ha sido leída, según quién mire, como riqueza pluralista del movimiento o como límite doctrinal de la organización.
Finalmente, hay quien ha sostenido que el peso simbólico que Becerra terminó adquiriendo —vocera única, cara visible, imagen internacional de la OFP— reprodujo dentro de la organización dinámicas de personalización del liderazgo que el propio proyecto de asambleas parroquiales había buscado evitar. La respuesta de la OFP a esa crítica ha sido señalar el contexto: en una ciudad donde denunciar costaba la vida, la concentración del riesgo en una vocería era también una forma de proteger al resto.
La huella
Becerra sigue viva, y la OFP sigue existiendo. Esa doble supervivencia, tras cuatro décadas de trabajo en Barrancabermeja y más de veinte años bajo asedio directo, es en sí misma la huella principal. Pocas organizaciones sociales colombianas nacidas en los años setenta han llegado con actividad consolidada a la segunda década del siglo XXI; menos aún dirigidas por mujeres populares del puerto petrolero.
Su huella se puede leer en al menos tres registros. En el registro simbólico, las batas negras adoptadas tras la masacre de 1998 y el monumento de las llaves construido tras el saqueo de noviembre de 2001 son ya parte del repertorio iconográfico del movimiento social colombiano: objetos y prendas que la OFP resignificó políticamente y que otras organizaciones han retomado. En el registro institucional, la OFP contribuyó a instalar en el debate público nacional la categoría de violencia contra las mujeres en el conflicto armado, categoría que después la CIDH, la Corte Constitucional en su Auto 092 de 2008 y la Ley 1257 de ese mismo año terminarían por consolidar en el ordenamiento jurídico colombiano. En el registro territorial, el Museo Casa de la Memoria en Barrancabermeja, los círculos de bordado, las Casas de la Mujer sostenidas contra viento y marea en la Comuna Nororiental y en los municipios ribereños son infraestructura civil de larga duración que no existía antes de la organización.
Hay algo más, menos cuantificable pero probablemente más importante: la OFP demostró en la práctica que, en un país donde el Estado social de derecho prometido en 1991 tardó décadas en llegar —o nunca llegó del todo— a los territorios más golpeados por la guerra, la organización popular de mujeres de base podía sostener la promesa constitucional en carne propia. No es un logro pequeño. Yolanda Becerra Vega, la joven secretaria parroquial que entró a la OFP a los veinte años y que a comienzos del siglo XXI ya era una de las voces más amenazadas del movimiento social colombiano, es el nombre con el que esa demostración quedó firmada.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
21 documentos · 26 fragmentos01Una Colombia que nos quedaLinsu Fonseca · 2007 · Páginas 169, 1722 citas
[1]20 años, recién terminado su bachillerato, se empleó como secretaria de la misma parroquia y emprendió su camino en la OFP: “Apenas teníamos una oficina pequeñita que más parecía un cucurucho [una habitación di minuta] donde se hacían las cartas y las actas de las reuniones con las mujeres”. Hablar de ella es hablar…
p. 169
[16]década de 1990 y que intensificaron en 1998. Yolanda Becerra Vega Una Colombia que nos queda 174 “La masacre del 16 de mayo de 1998 fue el aviso de llegada de los paramilitares, después de haberse tomado poco a poco todo el Magda lena Medio. Ese día, un grupo de 50 paramilitares ingresó al sector noroccidental de la…
p. 172
02Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · Páginas 327, 3302 citas
[2]unas tierras al municipio y metió a muchas personas allí Tercera parte. Mujer 327 que no tenían vivienda, para que tuvieran una casa digna. Entonces todas estas luchas con el padre demostraron su interés por la promoción de la mujer —eso lo tengo muy claro en la memoria—. Y yo empecé a ir a esas asambleas que él hacía…
p. 327
[13]a esa comunidad en un camión grande, cortaron la luz y como era una casa de tabla, la arrasaron y cogieron todo y solo dejaron el piso descubierto, sin nada. En general nos hicieron muchas cosas. La consigna de ellos era que la OFP callara, pero las mujeres somos muy tercas y en ese entonces también organizadas.…
p. 330
03En medio del Magdalena MedioAlfredo Molano Bravo · 2009 · Página 651 cita
[3]se llamó Unidad Dinamizadora del Progra- ma. A su sombra se formó la Organización Femenina Popular (OFP), (www.ofp.org.co). Eran tiempos violentos. La guerrilla dominaba el campo y el Ejército no, se atrevía a combatirla frontalmente. En Barranca, la insurgencia dictaba conferencias públicas y hacía mítines en las…
p. 65
04Mujeres e insurrección en Colombia: Reconfiguración de la identidad femenina en la guerrillaMaría Eugenia Ibarra Meló · 2009 · Página 131 cita
[4]Estaba herida en una rodilla, que le quedó destrozada por un tiro de fusil. No quería tomar medicamentos para el dolor porque creía que estaba embara zada y las autoridades penitenciarias se negaban a practicarle los análisis médicos correspondien tes para determinarlo con exactitud. 2 Esta fundación fue creada en…
p. 13
05Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 2771 cita
[5]proceso la participación ciudadana, por fuera de los cauces establecidos por la Constitución, alcanzó su máxima e presión y su producto fue la nueva Constitución Política de Colombia La Carta de 1991 establece un sis- tema al que podríamos denominar de- moracia participativa, descubriendo horizontes para un nuevo…
p. 277
06El orangután con sacoleva: cien años de democracia y represión en Colombia (1910-2010)Francisco Gutiérrez Sanín · 2014 · Página 1121 cita
[6]idea de que solamente así se podría construir un sistema político moderno y le gítimo.96 Fue entonces cuando se acabaron por fin todas las restric ciones institucionales a la competencia política establecidas durante el Frente Nacional (paradójicamente, este era el momento más alto de votación para los partidos…
p. 112
07Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 1731 cita
[7]en los derechos políticos, sino que tenía que apoyarse también en el reconocimiento de los derechos sociales de los sectores populares. Acorde con esa interpretación de la democracia, López Pumarejo quiso poner en marcha el Estado social de derecho. La Constitución de 1991 profundizó aún más el signifi- cado de la…
p. 173
08El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 1. Graves violaciones de derechos humanos: luchas sociales y cambios normativos e institucionales 1985-2012Centro Nacional de Memoria Histórica · 2015 · Página 642 citas
[8]de recursos naturales” (Bouley y Rueda, s.f.). 65 La renovación constitucional, la lucha por la justicia y los mecanismos para la búsqueda de la satisfacción del derecho a la justicia (1991-2004) desmilitarizar sus territorios, también se organizaron en zonas humanitarias (Comisión Colombiana de Juristas, 2006).…
p. 64
[9]de recursos naturales” (Bouley y Rueda, s.f.). 65 La renovación constitucional, la lucha por la justicia y los mecanismos para la búsqueda de la satisfacción del derecho a la justicia (1991-2004) desmilitarizar sus territorios, también se organizaron en zonas humanitarias (Comisión Colombiana de Juristas, 2006).…
p. 64
09Mujeres y guerra. Víctimas y resistentes en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · Página 3171 cita
[10]F ARC estaría compuesto de mujeres. Sin embargo, son pocas las que logran escalar posiciones dentro de las estructuras militares, y cuando lo hacen, consideran, por lo general, que los feminismos son ideologías burguesas o por lo menos secundarias respecto a la confrontación de clases. Excepcionalmente, la Corriente…
p. 317
10Una conversación pendienteJuan Manuel Santos, Ingrid Betancourt, Juan Carlos Torres · 2021 · Página 851 cita
[11]Era esperanzador ver a los tres copresidentes de la Asamblea, tan distintos, dándose la mano y liderando el proceso con convicción y convivencia. Nada menos que Álvaro Gómez, hijo del gran caudillo conservador Laureano Gómez, sentado al lado de Antonio Navarro, exguerrillero del M-19, la misma organización armada que…
p. 85
11Los procesos de paz en Colombia, 1982-2014 (documento resumen)Álvaro Villarraga Sarmiento · 2015 · Página 941 cita
[12]la Comisión Asesora de Orden Público, con participación de dirigentes de los diversos partidos, para desarrollar una función consultiva. Entre tanto, se desarrollaron los trabajos de la ANC, que avanzó en la definición de la Constitución Política de 1991, sentando las premisas para la reforma política e institucional…
p. 94
12Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte · 2009 · Páginas 448, 5062 citas
[14]final de la toma del Magdalena Medio por parte de los paramilitares, quienes por medio de las Autodefensas Unidas de Santander y Sur del Cesar (ausac) y del Bloque Central Bolívar (bcb), “ya habían consolidado su poderío en gran parte del Magdalena Medio y realizaban incursiones esporádicas en la ciudad, prepa- rando…
p. 448
[25]y la expansión de la ganadería extensiva. Históricamente, el Magdalena Medio ha sido una frontera de colonización interna y se ha mantenido como una región periférica, con débil y precaria presencia del Estado, tanto física como en términos de servicios sociales y públicos (Rudqvist y Van Sluys, 2005: 15). La…
p. 506
13Entre la incertidumbre y el dolor: Impactos psicosociales de la desaparición forzada. Tomo IIICentro Nacional de Memoria Histórica; Liz Arévalo Naranjo (relatora); Carlos Miguel Ortiz (coordinador) · 2014 · Página 2691 cita
[15]en La Dorada 3. Alias “Cobra”, segundo comandante en La Dorada 4. Alias “Blanco”, comandante en La Dorada 5. Alias “Raúl”, comandante en La Dorada 6. Antonio Santamaría Londoño, alias “Pipa” 7. Humberto Sarria Palomares, r General Rito Alejo del Río r Brigada XVII r Jefe de inteligencia Jorge Eliécer Plazas r…
p. 269
14¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · Página 1161 cita
[17]AUC hacia el Meta estuvo acompañado por una ofensiva sobre la zona norte del Magdalena medio: el 25 de mayo de 1998, un comando de los paramilitares incursionó en varios barrios de las comu- nas nororiental y suroriental de Barrancabermeja, donde asesinó a siete pobladores y se llevó vivos a otros 25. Esta acción…
p. 116
15Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander. Tomo II. Bloque Central Bolívar: violencia pública y resistencias no violentasAlberto Santos Peñuela (coordinador del informe y correlator), Luis Miguel Buitrago Roa, Juan Guillermo Jaramillo Acuña, Nicolás Otero González, Rodrigo Torrejano Jiménez · 2021 · Página 961 cita
[18]dos hombres que se identificaron como miembros de las “Autodefensas” llegaron a la Casa de la Mujer de la Orga- nización Femenina Popular ubicada en la calle 42 No. 61-66 Barrio Prado Campestre exigiendo a las mujeres que atendían el comedor Popular, en- tregarles las llaves de la casa porque las necesitaban. Ante la…
p. 96
16Memoria de la infamia. Desaparición forzada en el Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Liz Yasmit Arévalo Naranjo, Andrés Prieto Ruiz · 2017 · Página 2981 cita
[19]las comunidades y las distintas formas de asociación, que quedaban totalmente atemo- rizadas y subyugadas. 299 5 La solidaridad y apoyo como contracara de la barbarie perpetrada La comisión sistemática y generalizada de homicidios y des- apariciones forzadas impuso la muerte como instrumento para el sometimiento y la…
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17Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Magdalena MedioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1121 cita
[20]desaparecidas; la gene- ración de espacios donde las mujeres víctimas se juntaban para realizar actividades artísticas, artesanales (como círculos de bordado) o hablar de lo que estaba sucediendo; el impulso a una cooperativa de ahorro y crédito (Coopmujer) y una comercializadora de mercados populares (Comercoofp) o…
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18Violencia Sexual, Conflicto Armado y Justicia en ColombiaClaudia Cecilia Ramírez Cardona (coord.); Andrea González Rojas; Constanza Clavijo Velasco; Carmen Alicia Mestizo Castillo; Belén Pérez González · 2007 · Página 641 cita
[21]Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes del 10 de diciembre de 1984 aprobada como legislación interna por la Ley 76 de 1986 y en la Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la Tortura adoptada en Cartagena de Indias el 9 de diciembre de…
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19No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 3851 cita
[22]víctimas. Las FARC-EP reconocieron su res- ponsabilidad por esta masacre casi dos décadas después, en el marco de la Comisión de la Verdad, aunque no han aceptado explícitamente la crueldad de los hechos. 1116 Comisión de la Verdad, «“Colombia necesita la verdad de los militares de una manera inmensa”». 386 fifl…
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20Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretacionesJorge A. Restrepo, David Aponte (Editores) · 2009 · Páginas 440, 4462 citas
[23]plenamente en la confron - tación, cuando las primeras unidades armadas insurgentes se establecieron en la ciudad 13 (credhos y cinep, 2004: 93). En ese año el eln forma el Frente Urbano Resistencia Yariguíes (fury) y empieza su actividad armada en el puerto petrolero. Desde entonces, y hasta 1998, fue el eln el que…
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[24]- da del noventa que resulta en una defección hacia el actor rival cuando se ejerce por parte de los insurgentes en una zona 4. Barrancabermeja presenta niveles bajos de selectividad durante 1996 (gráfico 6) 18, coincidiendo con las primeras masacres con responsabilidad guerrillera en 1995 y 1996 y con una producción…
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21Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1771 cita
[26]el país, han estado en diversos lugares marcados por el horror, para enviar un mensaje claro: «El conflicto golpea a todo el mundo, pero lo hace de manera distinta con las mujeres y las niñas». Tras el fracaso de ese proceso de paz, en 2003, mientras en el país se iniciaba la Política de Seguridad Democrática con la…
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