Vicente Arbeláez
Estados Unidos de Colombia
1822–1884
La biografía
Vicente Arbeláez Gómez (Rionegro, 1822 – Bogotá, 1884) fue arzobispo de Bogotá desde mediados de la década de 1860 hasta su muerte, el prelado que gobernó la Iglesia colombiana durante los años más duros del liberalismo radical: los Estados Unidos de Colombia. Antioqueño de nacimiento, formado en la tradición ultramontana que se consolidaba en la Iglesia latinoamericana bajo Pío IX, presidió la institución cuando el Estado le confiscó sus bienes, le disputó el nombramiento de sus curas, le exigió juramentos de obediencia a la Constitución y expulsó a sus comunidades religiosas. Sobrevivió a todo eso —cosa que no habían logrado sus antecesores— y llegó vivo, con la jerarquía intacta y con capital político suficiente, al umbral de la Regeneración. Cuando en 1886 y 1887 el orden se dio vuelta y la Iglesia recuperó por Concordato lo que le habían arrebatado por decreto, Arbeláez ya había muerto; pero el interlocutor eclesiástico que los regeneradores necesitaban existía porque él lo había mantenido en pie. Su figura pesa menos por gestos heroicos que por una operación paciente y difícil: sostener una institución acosada sin llevarla al martirio ni a la claudicación.
Línea de vida
- 1822
Nacimiento en Rionegro, Antioquia
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Nació en Rionegro, villa de la vertiente oriental antioqueña, en una región de cultura religiosa densa y economía de pequeños propietarios. El mismo topónimo daría nombre, cuarenta años después, a la Constitución federal radical que él tendría que enfrentar como arzobispo.
- 1863
Asume el arzobispado de Bogotá en el contexto de la Constitución de Rionegro
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Heredó una sede marcada por el exilio de Manuel José Mosquera (desterrado en 1851) y el confinamiento de Antonio Herrán (por Tomás Cipriano de Mosquera en 1861). Recibió una arquidiócesis desmembrada económicamente, con comunidades religiosas expulsadas y el decreto de desamortización de bienes de manos muertas ya vigente desde el 9 de septiembre de 1861.
- 1869
Publicación del Concilio Primero Provincial Neogranadino con el Syllabus de Pío IX
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Presidió el Concilio Primero Provincial Neogranadino, cuyos documentos se publicaron en 1869 incluyendo como apéndice el Syllabus de Pío IX (1864). El acto fue una declaración pública de alineamiento con el ultramontanismo romano y un rechazo doctrinal al liberalismo radical, cerrando la puerta a cualquier acomodo de principio con la tuición, la desamortización y la elección popular de curas.
- 1877
Acusaciones de la prensa liberal tras la guerra civil de 1876-1877
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Tras la guerra civil en la que los conservadores se alzaron contra el gobierno de Aquileo Parra para frenar la reforma educativa laica, el periódico liberal El 5 de Abril acusó a los obispos de huir y servir de piedra de escándalo, reclamando someterlos por la fuerza a la obediencia de la ley. Arbeláez quedó en el centro de esas acusaciones como cabeza de la jerarquía.
- 1884
Muerte en Bogotá antes de la Regeneración
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Murió en Bogotá en 1884, dos años antes de que la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887 restituyeran a la Iglesia colombiana las prerrogativas que le habían sido arrebatadas por decreto durante el período federal radical. Había mantenido la jerarquía eclesiástica en pie durante dos décadas de acoso, dejando al interlocutor institucional que los regeneradores necesitarían para negociar el Concordato.
Un antioqueño en la silla de Bogotá
Arbeláez nació en Rionegro en 1822, en plena aurora de la república. Rionegro era entonces una villa de la vertiente oriental antioqueña, arraigada en una cultura religiosa densa y en una economía de pequeños propietarios y comerciantes que definiría el temple regional. La coincidencia no es solo simbólica: cuarenta años después, la Constitución de Rionegro de 1863 haría de ese mismo pueblo el nombre del orden federal radical que él tendría que enfrentar como arzobispo. Nació, en cierto sentido, en la geografía del adversario.
Antioquia lo formó doblemente. Le dio la matriz de piedad que atravesaba a todos los grupos sociales de la región —religiosidad transversal, poco conflictiva entre clases— y le dio también la red familiar y clerical que lo acompañaría de por vida. Cuando llegó a Bogotá y a la silla arzobispal, no llegó como forastero: llegó apoyado en un tejido antioqueño de párrocos, obispos y notables que, durante todo el período radical, funcionaría como su base de resistencia más segura. Que la retórica antiliberal más incendiaria del país saliera de Medellín y su entorno no fue solo cuestión de mentalidad regional: fue también consecuencia de tener allí un episcopado protegido por un gobierno departamental conservador y por una feligresía compacta.
Su ascenso eclesiástico se produjo en el momento en que la Iglesia colombiana pasaba de la vieja querella con el patronato republicano a la confrontación abierta con el liberalismo doctrinario. Cuando fue elevado al arzobispado de Bogotá, ya habían caído sus dos predecesores inmediatos bajo el peso de esa querella: Manuel José Mosquera, desterrado por José Hilario López tras negarse a aplicar la ley de elección popular de curas párrocos de 1851, y Antonio Herrán, confinado por Tomás Cipriano de Mosquera durante la ofensiva anticlerical de 1861. Arbeláez heredó una sede marcada por el exilio y el confinamiento de sus titulares. Su primera decisión de fondo —tácita, práctica, sostenida a lo largo de dos décadas— fue no correr esa suerte.
Herencia envenenada: lo que recibía la sede en 1863
Para entender qué recibía Arbeláez al asumir el gobierno de la arquidiócesis hay que reconstruir el estado del pleito Iglesia-Estado en el país. Desde la independencia, la institución había ido perdiendo, pieza por pieza, las prerrogativas que le daba el antiguo régimen. El patronato colonial había puesto en manos de la Corona la autorización de templos mayores, la presentación de candidatos a obispados y beneficios, la intervención en tribunales eclesiásticos, la recolección de diezmos y el control administrativo del clero. Al independizarse, la Gran Colombia intentó heredar en bloque esas prerrogativas mediante una ley de patronato republicano, cosa que el Vaticano nunca aceptó del todo. Bolívar consiguió, en gestiones ante la Santa Sede, que León XII nombrara los primeros obispos a partir de listas americanas, pero el reconocimiento pontificio pleno tardó y las tensiones diplomáticas se hicieron crónicas.
Sobre ese fondo, las reformas liberales de mediados de siglo profundizaron el enfrentamiento. La ley del 27 de mayo de 1851 sobre elección popular de curas párrocos —piedra angular del programa liberal— buscaba disolver el poder eclesiástico donde más lo tenía: en la parroquia. La resistencia le costó a Manuel José Mosquera el destierro, y también lo sufrieron los obispos de Cartagena y Pamplona. La Constitución de 1853 estableció libertad religiosa y eliminó la personería jurídica de la Iglesia Católica, aunque el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez la revirtió en 1858. Todo se agravó en 1861, cuando Tomás Cipriano de Mosquera —el general caucano, tío del arzobispo desterrado, ahora líder liberal— tomó el poder por las armas.
El régimen que Mosquera instaló entre 1861 y 1863 fue el más duro que la Iglesia colombiana había conocido en toda la república. Se estableció la tuición de cultos: el Estado inspeccionaba a la Iglesia, restablecía el patronato prescindiendo de Roma e imponía al clero un juramento de obediencia a la Constitución como condición para ejercer, bajo pena de destierro sin proceso judicial. El 9 de septiembre de 1861 se expidió el Decreto de Desamortización de Bienes de Manos Muertas, que declaró que la falta de circulación de las propiedades raíces de corporaciones, congregaciones y sociedades anónimas justificaba su remate y conversión en renta pública. La motivación era doble —fiscal, para aliviar una deuda pública agobiada por las guerras civiles, y doctrinaria, para romper la base económica del poder eclesiástico— y sus efectos serían perdurables. Poco después se cerraron conventos y se expulsó a las comunidades religiosas: los frailes tomaron el camino de Ecuador, Perú, Venezuela o de los llanos del Casanare, donde buscaron refugio en la selva y en la lejanía. La Constitución de Rionegro de 1863, que consagró los Estados Unidos de Colombia y llevó el federalismo a extremos que pocos países del continente conocieron, mantuvo vigentes todas estas leyes anticlericales.
Eso —una arquidiócesis desmembrada económicamente, un clero disperso, comunidades religiosas en el exilio, el juramento pendiendo sobre cada párroco— fue lo que Arbeláez recibió.
Una estrategia sin nombre: pragmatismo con línea
Arbeláez no publicó una doctrina ni firmó un manifiesto que resumiera cómo pensaba enfrentar el orden federal radical. Su estrategia se lee en los hechos: donde Manuel José Mosquera y Antonio Herrán habían chocado frontalmente y habían pagado ese choque con destierro y confinamiento, él ensayó una combinación menos vistosa y más eficaz. Sostuvo el rechazo doctrinario a las leyes de tuición, desamortización y juramento —los mismos rechazos de sus predecesores— pero evitó los gestos que ofrecían al gobierno la ocasión de expulsarlo. Al mismo tiempo, cuando fue necesario, resistió abiertamente y movilizó al clero bajo su jurisdicción, sobre todo en Antioquia, donde el gobierno conservador del estado le garantizaba un margen que Bogotá no tenía.
Esa doble mano —negociación institucional en el centro, resistencia dura en la periferia protegida— explica por qué el propio Tomás Cipriano de Mosquera lo denunció ante Roma. En una carta al papa Pío IX, el presidente acusó a Arbeláez de ordenar la desobediencia a la autoridad pública civil y de dividir a los católicos colombianos, y pidió al pontífice que instara a los prelados a permanecer en sus diócesis y acatar al Estado. Mosquera reconocía en la misma carta que, como jefe del ejecutivo, debía respetar la independencia de la Iglesia, pero acusaba al arzobispo de sobrepasarse. La denuncia dice más que muchos elogios: para el presidente que había desterrado a un arzobispo, confinado a otro y desamortizado los bienes de la Iglesia, Arbeláez era un adversario suficientemente activo como para llevar el pleito al Vaticano. No era un negociador dócil.
Del lado opuesto, la prensa liberal más radical tampoco lo trataba como aliado. En 1877, tras la guerra civil, el periódico El 5 de Abril acusaba a los obispos de huir y de servir de piedra de escándalo, y reclamaba someterlos por la fuerza a la obediencia de la ley. El Syllabus de Pío IX, publicado en Bogotá en 1869 como apéndice al Concilio Primero Provincial Neogranadino, era para esa prensa la constitución alternativa con la que el clero pretendía imponer una teocracia. Arbeláez, como presidente de ese Concilio, quedaba en el centro de la acusación.
Ni pieza dócil ni mártir: prelado que resiste con cálculo. La fórmula tenía costos —los liberales lo veían como fanático, los conservadores ultramontanos podían leerlo como demasiado prudente— pero tenía un resultado que ninguno de sus antecesores había conseguido: seguir en su sede.
El Concilio de 1868-1869 y el marco ultramontano
Uno de los actos más importantes del arzobispado de Arbeláez fue la convocatoria y realización del Concilio Primero Provincial Neogranadino, que sesionó en Bogotá y cuyos documentos se publicaron en 1869. Fue mucho más que un acto administrativo: la reafirmación pública de que la Iglesia colombiana se alineaba con el ultramontanismo romano en un momento en que el Estado le exigía plegarse al patronato republicano. Publicar el Syllabus como apéndice del concilio no era una decisión editorial; era una declaración de principios.
El Syllabus, promulgado por Pío IX en 1864, condensaba los errores modernos que la Iglesia rechazaba. El numeral XVII condenaba la idea liberal de que el Papa y los ministros de la Iglesia debían quedar excluidos de la administración de las cosas temporales: exactamente lo que el radicalismo colombiano pretendía imponer con la tuición, la desamortización y la elección popular de curas. Al hacer suyo el Syllabus, el episcopado colombiano —presidido por Arbeláez— cerraba la puerta a cualquier acomodo doctrinario con el liberalismo radical. En adelante, el pleito no era sobre esta o aquella ley: era sobre la naturaleza misma del orden político.
Ese marco explica por qué la resistencia de Arbeláez a la tuición no admitía transacción de fondo. Podía negociar formas, ritmos, tolerancias prácticas —y lo hizo—, pero no podía aceptar el principio de que el Estado eligiera a sus curas o le exigiera juramentos al clero como condición para ministrar. La distinción es la que separa al pragmático del claudicante: Arbeláez cedió terreno táctico pero mantuvo la doctrina intocada, y por eso pudo, una vez cambiado el viento, cobrar en 1886 lo que había preservado durante dos décadas.
El Concilio sirvió también como acto de reconstitución interna. Después de la desamortización, la expulsión de comunidades y el destierro de obispos, la Iglesia colombiana necesitaba mostrar que existía como cuerpo articulado. Convocar a los prelados, reunirlos en Bogotá bajo la presidencia del arzobispo, publicar decretos conjuntos, era demostrar que la jerarquía seguía siendo jerarquía. Fue una operación de autoridad tanto hacia adentro —los propios sacerdotes— como hacia afuera —el Estado y los fieles.
Antioquia como retaguardia
Ningún relato del arzobispado de Arbeláez se sostiene sin Antioquia. La región cumplió, durante los Estados Unidos de Colombia, una función que ninguna otra parte del país podía cumplir: la de retaguardia eclesiástica. Varias razones se combinaban. La Iglesia antioqueña había acumulado, durante la colonia, mucha menos riqueza que la de otras regiones —la mayor parte de sus bienes en manos muertas estaba en forma de censos, no de latifundios—, en parte porque la provincia había dependido eclesiásticamente de las diócesis de Popayán y Cartagena, hacia donde fluían los diezmos. Esa relativa pobreza fue paradójicamente una ventaja: cuando llegó la desamortización, había menos que confiscar. Y lo poco que había pudo protegerse mejor.
La aplicación de la desamortización en Antioquia fue extraordinariamente limitada. Los terratenientes locales, temerosos de la desaprobación eclesiástica y de las consecuencias sociales de comprar bienes de la Iglesia, se abstuvieron; solo unos pocos censos fueron redimidos en el tesoro nacional. El hecho de que durante gran parte del período federal Antioquia tuviera gobierno conservador acabó de bloquear la operación. Mientras en otras regiones los bienes de comunidades y cofradías pasaban a manos de comerciantes liberales enriquecidos, en Antioquia el patrimonio eclesiástico quedó sustancialmente intacto.
Ese hecho material tuvo consecuencias políticas de largo aliento. Significó, primero, que la red parroquial antioqueña siguió funcionando con normalidad cuando en otros estados los templos se cerraban o quedaban sin cura. Significó, segundo, que la Iglesia mantenía su presencia entre las masas populares, cuya religiosidad transversal la hacía en esa región un vínculo social irreductible. Y significó, tercero, que la retórica antiliberal más incendiaria del país saliera precisamente de Medellín, donde el clero podía predicarla sin que un jefe civil lo obligara a callar. Cuando la prensa liberal denunciaba al episcopado como piedra de escándalo, pensaba en buena medida en los púlpitos antioqueños.
Arbeláez, antioqueño de origen y arzobispo de Bogotá, funcionó como el puente entre esa base regional y el centro político. En Bogotá negociaba, moderaba, aguantaba; en Antioquia dejaba —o hacía— que la resistencia se articulara. La región funcionaba como reserva estratégica: allí se refugiaba el capital simbólico y humano que en la capital era imposible desplegar sin riesgo de nuevo destierro. La lógica no era conspirativa; era la consecuencia natural de un país federal en el que cada estado tenía competencias amplias y en el que la Constitución de 1863 permitía a las regiones organizar hasta sus propias milicias.
La guerra civil de 1876-1877 y la reforma educativa
El punto de inflexión del arzobispado de Arbeláez —y del ciclo radical entero— fue la guerra civil de 1876-1877. Su origen inmediato fue la reforma educativa impulsada por el presidente Eustorgio Salgar en 1870, que estableció la obligatoriedad y gratuidad de la educación primaria, la neutralidad religiosa en la escuela pública y un sistema nacional supervisado desde Bogotá. Para completar el diseño, el gobierno contrató una misión pedagógica de protestantes alemanes destinada a fundar escuelas normales en todos los estados.
La medida atacaba a la Iglesia donde más le importaba: en la formación de las nuevas generaciones. Miguel Antonio Caro y los conservadores denunciaron que el Estado invadía "con escándalo y violencia los derechos de la religión y la ciencia", usurpando el rol de la Iglesia en la formación moral. Del lado liberal, Aníbal Galindo defendió sin pudor la educación partidista: mientras el liberalismo estuviera en el poder debía enseñar el liberalismo, y Balmes y Bentham no podían coexistir en las aulas. El pleito era, en efecto, sobre quién formaba al ciudadano.
En 1876, bajo la presidencia de Aquileo Parra, los conservadores se alzaron en armas. Los clérigos de Palmira, Cartago y Tuluá abanderaron la causa antirreformista; la guerra se libró principalmente en el Cauca y el Tolima y duró once meses. Fue devastadora: se suspendieron clases, se destruyeron libros de texto, las aulas se usaron como cuarteles. El propio Secretario del Tesoro denunció en 1878 que el conflicto había costado el 118% del presupuesto nacional aprobado para ese año. La matrícula escolar, que venía creciendo sostenidamente —de 22.000 niños a mediados de siglo pasó a 79.123 en 1.464 escuelas en 1876—, se detuvo.
La derrota militar de los conservadores tuvo consecuencias inmediatas para la Iglesia. En 1877 los liberales santandereanos promulgaron nueva legislación anticlerical, con destierro del obispo de Pamplona y arresto de párrocos desafectos. La prensa liberal exigió mano dura. En medio de esa ola, Arbeláez tuvo que sostener el equilibrio: reconocer la derrota militar sin firmar la rendición institucional, mantener la protesta doctrinaria sin dar excusas para nuevas represalias. Antioquia, tras la guerra, entró en lo que se describió como un paréntesis de degradación política, y aun así siguió funcionando como base eclesiástica.
La contradicción del momento fue que la victoria liberal, aparentemente aplastante, incubó su propia derrota. La reforma educativa quedó debilitada por la propia guerra que había provocado; el fisco quedó exhausto; el federalismo mostró que no podía sostener el orden público. Sobre esos escombros comenzó a articularse la salida que se llamaría Regeneración. Arbeláez no la vería completada, pero fue una de las piezas que la hicieron posible.
Roma y Bogotá: gestión diplomática en dos frentes
Uno de los rasgos menos vistosos y más importantes del arzobispado de Arbeláez fue la gestión diplomática permanente que mantuvo con la Santa Sede. La denuncia de Tomás Cipriano de Mosquera ante Pío IX no fue un episodio aislado: fue parte de un tira y afloja continuo entre Bogotá y Roma que ya venía del período de Manuel José Mosquera, cuando Pío IX había pedido al presidente la revocatoria de la ley que colocaba a la jurisdicción episcopal en interdicción, sin éxito.
Arbeláez tenía que operar en dos frentes simultáneos. Frente al Estado colombiano, mantener una relación funcional que evitara nuevos destierros y permitiera el ejercicio del ministerio. Frente a Roma, sostener la doctrina ultramontana, aplicar el Syllabus, resistir cualquier concesión al patronato republicano que Bogotá quisiera arrancar. La habilidad —o la necesidad— consistía en que ambas gestiones no chocaran. Cuando Mosquera pidió al Papa que instara a los obispos a acatar la autoridad civil, Roma no se plegó, y la posición del arzobispo quedó respaldada por la jerarquía universal. Que la Santa Sede lo sostuviera fue decisivo: en el sistema ultramontano posterior al Concilio Vaticano I —también obra del pontificado de Pío IX—, la comunión con Roma era la fuente última de legitimidad episcopal.
Esa red vertical, que iba desde el más humilde párroco antioqueño hasta el pontífice, fue el otro gran soporte de Arbeláez. El Estado colombiano podía confiscar bienes y expulsar comunidades, pero no podía tocar la comunión con Roma. Y mientras esa comunión se mantuviera, la jerarquía existía, aunque estuviera despojada. El arzobispo entendió esa aritmética y la administró con paciencia.
Muerte en 1884 y el legado inmediato
Vicente Arbeláez murió en Bogotá en 1884, dos años antes de la Constitución que revertiría el orden radical y tres antes del Concordato que reconstituiría formalmente el pacto Iglesia-Estado. No alcanzó a ver la cosecha. Su sucesor, José Telesforo Paul, desempeñaría el papel simbólico y protocolar de la reconciliación —su entrada a Bogotá fue uno de los actos emblemáticos de la Regeneración—, pero fue Arbeláez quien había preservado el cuerpo eclesiástico durante dos décadas de acoso.
En 1886, con la Constitución impulsada por Rafael Núñez y redactada intelectualmente por Miguel Antonio Caro, Colombia dio el giro completo. El federalismo cedió al centralismo; el catolicismo fue declarado religión de la nación; la educación pública quedó organizada y dirigida en concordancia con la Iglesia. El Concordato firmado en 1887 —aprobado al año siguiente— coronó el arreglo: efectos civiles al matrimonio católico, fuero eclesiástico, ventajas fiscales, obligación del Estado de proteger la religión. Los jesuitas regresaron por tercera vez al país y reconstruyeron sus instituciones. La Iglesia, aliada con el Partido Conservador, retomó su papel en la orientación electoral y en la definición del orden social. Los regeneradores, convencidos de que la presencia eclesiástica era fundamental para el mantenimiento del orden, cerraron con ese pacto el ciclo abierto en 1861.
Hay un detalle revelador: el nuevo Estado no revirtió la desamortización. Los bienes eclesiásticos confiscados bajo Mosquera no volvieron a la Iglesia; el Estado mantuvo esa estabilidad financiera. La Regeneración devolvió a la Iglesia el poder político, moral y educativo, pero no el patrimonio material del antiguo régimen. La operación de 1861 quedó, en ese aspecto, consumada. Arbeláez había peleado esa batalla durante veinte años y en lo material no la había ganado; pero había ganado la otra, la que a la larga importaba más: la institución sobrevivió y volvió a ser socia del Estado.
Balance: los límites del pragmatismo
Sería fácil convertir a Arbeláez en un héroe eclesiástico y sería injusto. Manuel José Mosquera y Antonio Herrán habían enfrentado al liberalismo con más frontalidad y habían pagado el precio del exilio y el confinamiento; su heroísmo fue de otro orden. Arbeláez eligió, o le tocó elegir, un camino menos glorioso y más funcional: permanecer. Esa permanencia tiene mérito y tiene costos.
El mérito es evidente. Preservó la jerarquía, sostuvo el Concilio de 1869, publicó el Syllabus, mantuvo la comunión con Roma sin ceder al patronato republicano, protegió la red antioqueña, resistió la reforma educativa. Sin él, la Iglesia colombiana habría llegado a 1886 mucho más desarticulada, y la Regeneración habría tenido menos interlocutor con quien pactar.
El costo, o al menos el matiz que impide la hagiografía, es que su centralidad no fue solo obra suya. La estructura regional antioqueña —el islote conservador, la baja desamortización efectiva, la religiosidad popular transversal— protegió a la Iglesia con independencia de su habilidad personal. La incapacidad del Estado radical para aplicar sus leyes anticlericales de forma uniforme en un país federal, montañoso y comunicado con dificultad, le dio márgenes que un régimen más centralizado no habría concedido. Y la propia derrota del radicalismo —consumida por sus guerras civiles y por su fracaso fiscal— giró el ciclo político por razones que operaban al margen de la voluntad de cualquier arzobispo. Arbeláez supo aprovechar esas condiciones; no las creó.
Los conservadores más ultramontanos podían acusarlo de tibieza —¿por qué no rompió?, ¿por qué no forzó el destierro que habría producido un mártir?— y los liberales lo acusaron siempre de doble juego —predicar obediencia mientras ordenaba resistencia, según Mosquera; huir en la guerra mientras se erigía como pastor, según El 5 de Abril—. Ambas críticas apuntan a lo mismo desde lados opuestos: Arbeláez no era un puro. Era un prelado que administraba una institución acorralada y que sabía que el purismo, en su caso, era el nombre del suicidio.
Lo que dejó fue eso: una Iglesia que llegó viva al momento en que el Estado necesitó reconstruirla como aliada. Ese es su lugar en la historia de Colombia, y no es un lugar menor. En el largo pleito Iglesia-Estado que arrancó con el patronato colonial y solo empezaría a resolverse verdaderamente con las reformas de mediados del siglo XX, Arbeláez ocupa el tramo más oscuro y más difícil: el momento en que la institución fue verdaderamente cercada. Que del cerco saliera fortalecida, y no destruida, es la medida discreta pero decisiva de su gestión. Ni mártir ni claudicante, ni ultramontano puro ni conciliador dócil: el arzobispo de la resistencia paciente, el antioqueño que aprendió a durar en Bogotá cuando durar era el arte más difícil.
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Documentos y fragmentos citados
32 documentos · 48 fragmentos01The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · Páginas 133, 1372 citas
[1]the deep-rooted political and re- ligious conflict that shaped the institutional relations between Church and state in Colombia—from the Independence period through the late nineteenth century. Since the “discovery” of América, altar and throne had governed jointly, as the pa- pacy conceded to the Spanish Crown…
p. 133
[26]metropolitan Church, several virtuous priests have held Catholic Worship in their churches, and the faithful take pride in attending these religious functions; they address God, in Colombia’s capital, giving thanks for the aid they receive, while those of the likes of Bishop Arbeláez order disobedience of public…
p. 137
02Historia de la religión en Colombia, 1510-2021Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco, Juan David Cascavita Mora, Juan Carlos Jurado Jurado, José Eduardo Rueda Enciso, Fabio Hernán Carballo, Fernanda Muñoz, Darío Arturo Zuleta Gómez, Carlos Arboleda Mora, Rafael Tamayo Franco, Juan Felipe Córdoba-Restrepo, Jeiman David López Amaya, María del Rosario Vázquez Piñeros, Andrés Felipe Manosalva Correa, Gabriel Cabrera Becerra, Gina Marcela Reyes Sánchez · 2022 · Página 61 cita
[2]edificar ni erigir iglesias grandes en dichas islas y tierras adquiridas o que en adelante se adquirieren; y concedemos el derecho de Patronato, y de presentar personas idóneas para cualesquiera iglesias catedrales, monasterios, dignidades, colegiatas y otros cualesquiera beneficios eclesiásticos y lugares píos. 14…
p. 6
03Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 2652 citas
[3]par- ticipara en el movimiento de emancipación. Sin embargo, en Roma el papa Pío VII publicó una encíclica (1814) exhortando a los hispanoameri- canos a la obediencia y sumisión al gobierno espa- ñol; diez años más tarde, el papa León XII tuvo una actitud semejante. De todas maneras, estos documentos fueron poco…
p. 265
[4]par- ticipara en el movimiento de emancipación. Sin embargo, en Roma el papa Pío VII publicó una encíclica (1814) exhortando a los hispanoameri- canos a la obediencia y sumisión al gobierno espa- ñol; diez años más tarde, el papa León XII tuvo una actitud semejante. De todas maneras, estos documentos fueron poco…
p. 265
04Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Páginas 219, 2202 citas
[5]y empe- zaron a dar resultados concretos, Si- multineamente el nuncio es Madrid informó que había obtenido el bene- plácito español para que el Vaticano pudiese recibir a los diplomáticos americanos en calidad de agentes pri- vados con ines eclesiásticos, aunque el gobierno español insistió en que la Santa Sede no…
p. 219
[14]colocaba la jurisdicción episcopal en interdicción: de acuerdo con esa ley los arzobispos, o prelados en la Nueva Granada «son responsables por mala conducta em los ejercicios de aquellas funciones ue les son atribuidas por las leyes la República y responden ante los tribunales y juzgados civiles e ede- siásticos, que…
p. 220
05Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · Páginas 38, 622 citas
[6]y patronato estatal sobre la Iglesia lo que generó los primeros conflictos entre ambas potestades. El Estado pretendió seguir controlando a una institución eclesiástica cuya organización, peso social, político y económico, eran enormes, en comparación con la pobreza de sus arcas fiscales. En este escenario, el Estado…
p. 38
[35]vivían en chozas; las casas de teja y tapia eran exclusivas para haciendas y casas de familias pudientes de pueblos y ciudades. Estas familias campesinas 93 Juan Carlos Jurado, “Pobreza y nación en Colombia, siglo XIX”, HIB. Revista de Historia Iberoamericana 2 (2010): 49. 94 Ibídem, 50. 95 Marco Palacios y Frank…
p. 62
06Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Páginas 342, 3682 citas
[7]nuevos estados carecían de una legitimidad plenamente aceptada, sus rentas fiscales eran exiguas, sus deudas externas grandes y su aparato administrativo bastante precario. En cambio, la Iglesia disfrutaba de una sólida situación financiera, de gran aceptación social especialmente entre las masas populares y de clero…
p. 342
[48]conservadora, que más bien le era perjudicial. Monseñor Perdomo, entonces obis- po de Ibagué, escribió un folleto de respuesta titulado Liberalismo colom- biano teórico y práctico: en la parte teórica, insiste en que el liberalismo ensancha considerablemente el con- cepto de «libertad» concibiéndola no sólo como el…
p. 368
07La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · Páginas 118, 1502 citas
[8]los curas (27 de mayo de 1851). Así se traducían al formalismo de la ley, algunas de las ideas motoras de la utopía liberal de la época. La última ley mencionada merece destacarse, no solo por - que pretendió atacar las bases tradicionales del control ecle - siástico, llegando «hasta los grupos ecológicos básicos y…
p. 118
[45]- cordato con la Santa Sede es aprobado en 1888, que concede a la Iglesia pleno control sobre la educación nacional, total autonomía de gobierno, el fuero eclesiástico antes disputado y ventajas fiscales. Dispone también que se indemnice a la Iglesia del perjuicio por la desamortización de sus bienes, mediante pagos…
p. 150
08Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Ensayo introductorioComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 341 cita
[9]gobernaciones y la mayoría de las alcaldías en su contra. Su corto gobierno se caracterizó por su intento de mantener la paz entre los partidos y la aprobación de una nueva constitución. El 21 de mayo de 1853 Obando proclamó la nueva constitución del país, que puso fin a la constitución ministerial de Márquez de 1843.…
p. 34
09Colombia: A Country StudyRex A. Hudson (editor) · 2010 · Página 1221 cita
[10]Liberals changed the name of the country from Granadine Confederation (as in the 1858 constitution) to United States of New Granada (Estados Unidos de Nueva Granada, 1861-63). This action was followed by the adop- tion, in 1863, of another constitution that restored the name Colombia (more specifically Estados Unidos…
p. 122
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 1671 cita
[11]la inspección o la tuición de cultos, con lo cual la Iglesia quedó sometida, no sólo a la vigilancia sino AAA SS EE El país en la segunda mitad del siglo XIX El arzobispo Manuel Iglesia y el Estado, el ar- José Mosquera y sacer- zobispo defendió los de- dotes jesuitas. En la pri- rechos eclesiásticos, por mera gran…
p. 167
11Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia IIJavier Ocampo López, Marco Palacios, Germán Arciniegas, Gonzalo Hernández de Alba y otros (obra colectiva) · Páginas 44, 482 citas
[12]jesuitas, comuni- dad militante de la Iglesia Catdlica perseguida por los anticlericales de todo el mundo. La crisis religiosa se difundié en Nueva Granada a través de periddicos, hojas volantes, avisos, pan- fletos y otros medios de comunicacién social. Por su parte, los prelados utilizaron las pastorales para dar a…
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[44]Papel Periddico Illustrado». Durante su mandato se firmé el concordato con el Vaticano, que ponia fin al largo litigio entre la Iglesia y el Estado, A la izquierda, entrada en Bogoté del arzobispo monsenor José Telesforo Patil. El arzobispo desempené un destacado papel en los anos iniciales del Movimiento de la…
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12Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Página 591 cita
[13]'m l l ipáut»»; ptra ao podrá toafeaeda porga ifr- de sMUaona.” ao qin pao#do 40 di»»«ornado· dcidoaMafe-. Por el Ciodtdiaofretidaoia da la Rapábiiaa. i. porqot má toen·i 310 no» baflamo»«a la BSnmiuria. Psradm tmtUiv*. A ^ft MlUfllf «I «ItsUtflifliÍMttA n Facsímiles da "L A BANDERA NACIO NAL", periódico del Genera!…
p. 59
13Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · Páginas 85, 882 citas
[15]poco flexibles. Es decir, los beneficios fueron mayores que los costos en el contexto de la principal motivación económica, que fue de orden fiscal. Desde el punto de vista político y religioso, la desamortiza ción, de alguna manera, pretendía también ponerle coto al origen de los ma yores conflictos en el siglo XIX,…
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[17]la desamortización no fue una medida de persecución religiosa, sino más bien un arbitrio fiscal para aliviar las penurias económicas del fisco, agobiado por las cargas de la deuda pública y los gastos de las continuas guerras civiles (Díaz; Mendoza; Jaramillo y Meisel). Como la medida fue tomada en medio de una guerra…
p. 88
1430 hechos que cambiaron la historia de ColombiaRafael Pardo Rueda · 2022 · Página 941 cita
[16]desde 1863 hasta la expedición de la Constitución de 1886. Fue elegido para el primer periodo, que terminó en abril de 1864. De acuerdo con la Constitución, la presidencia debía durar dos años. Fue elegido por cuarta vez para el periodo 1866 al 1868. Murió en su Hacienda Coconuco. Este es el texto de la ley de manos…
p. 94
15¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · Páginas 65, 682 citas
[18]garantizaría a los ciudadanos la libertad religiosa y de expresión, incluyendo la de imprenta, al tiempo que se mantenía la eliminación de la pena de muerte. Prolongando el conflicto con la Iglesia, se mantendrían las leyes sancionadas en 1 861 por Mosqueta, bajo las cuales se expropiaron las tierras, las casas y los…
p. 65
[32]la aparición de ferrerías e industrias anexas en Pacho, Amagá y Samacá, como también los avances mucho más estables en la producción de alimentos y bebidas, cuyo ejemplo más notable fueron las fábricas de cerveza aparecidas a fmales de siglo. COLOMBIA EN 1886, BAJO LA ILUSIÓN DEL ORDEN Una dura consecuencia del ciclo…
p. 68
16Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Páginas 193, 1972 citas
[19]Los frailes huyeron hacia países vecinos como Ecuador, Perú y Venezuela, y otros se refugiaron en regiones como los llanos del Casanare. Véase José David Cortés, Curas y políticos. Mentalidad religiosa e intransigencia en la diócesis de Tunja (Bogotá: Ministerio de Cultura, 1998), y Arcila Robledo, Apuntes históricos.…
p. 193
[42]organización política federalista a uno centralista. El catolicismo fue declarado como la reli- gión de la nación y la libertad de cultos se mantuvo mientras no fueran contra- rios a la moral cristiana ni a las leyes, además, se dictaminó que la educación pública sería organizada y dirigida en concordancia con la…
p. 197
17Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850–1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · Páginas 51, 722 citas
[20]somewhat surprising, given the religiosity of Antioqueños, that the proceeds of Church property sold off locally seem to have been surprisingly low. No doubt this was partially due to the fact that the local Church had not inherited or accumulated wealth on the same scale as in other parts of the country. To cite an…
p. 51
[36]By then Medellín had become the centre of political, economic, and cultural life of the province—it had already been declared the capital in . Local authorities and citizens began to demand that the see be transferred there too. This was finally achieved in , with a new diocese encompassing both Medellín and…
p. 72
18Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · Página 2691 cita
[21]el período colonial en Antioquia, por ejemplo, como la Iglesia “era dependiente de las diócesis de Popayán y Cartagena, a donde fluían hasta el fin del período colonial los diezmos percibidos en la Provincia se dificultó el florecimiento de los latifundios eclesiásticos”.²²⁷ Desde el momento en que los bienes…
p. 269
19Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Página 1062 citas
[22]la organización de las haciendas liberadas no fueron espectaculares, y que el efecto global sobre la estructura agraria, en relación con las formas de trabajo imperantes en esa época, no ha debido de ser muy grande, ya que se trataba apenas de cerca del 1.5% del área entonces explotada. La dificultad de conseguir…
p. 106
[23]la organización de las haciendas liberadas no fueron espectaculares, y que el efecto global sobre la estructura agraria, en relación con las formas de trabajo imperantes en esa época, no ha debido de ser muy grande, ya que se trataba apenas de cerca del 1.5% del área entonces explotada. La dificultad de conseguir…
p. 106
20Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 1441 cita
[24]de intereses de clase, excepción hecha del clero, un grupo elitista que se halló en abierta oposición a sus semejantes. Por otra parte, la actitud de los terratenien- tes conservadores era heterogénea a causa de su profundo catolicismo. Ahora bien: corno se indicará en el capítulo VI, muy poco se sabe sobre quién…
p. 144
21Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Páginas 443, 4672 citas
[25]grandes cambios del periodo anterior —liquidación de la esclavitud y de los resguardos, con sus repercusiones políticas y sociales, acceso de ciertos grupos a la influencia política…— no se presentaron cam- bios sociales de magnitud similar. La política en el tiempo que vamos viendo fue en forma muy completa «política…
p. 443
[34]t aeócouurpí oí Cólóvxrs 1810-1930 Antioquia fue durante mucha parte del periodo un islote conservador. Las ideas y las acciones de los hom- bres políticos —liberales y conservadores— de Antioquia estaban condicionadas y limitadas por esa circunstancia. La consecuencia desastrosa de la guerra del 76 abrió un…
p. 467
22La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · Páginas 143, 1472 citas
[27]busca imponer la teocracia. Otro periódico, El 5 de Abril, decía en noviembre de 1877: Colombia deplorará los sacrificios perdidos y tanta sangre generosa derramada inútilmente en los campos de batalla; y cuando el clero levante la cabeza y avasalle a los pueblos y los gobierne con el Syllabus por constitución,…
p. 147
[28]síntesis de las posiciones teológico políticas sostenidas por la Iglesia católica contra las ideas liberales y modernas sobre el Estado que se habían desarrollado durante el siglo XIX. Eran principios políticos irreconcilia- bles. De acuerdo con los principios liberales, el Papa y los ministros de la Iglesia se debían…
p. 143
23De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 691 cita
[29]se le permite al clero que participe en esta cia. e de política, sino que es de su estricta obli- gación el hacerlo/? Aquí, pues. vemos el argumento no ólo contra el liberalismo (nada nuevo se ofrece realmente en este año), sino también el argumento para involucrarse en la políti- ca: el arzobispo definió la política…
p. 69
24Civilization and Violence: Regimes of Representation in Nineteenth-Century ColombiaCristina Rojas · 2002 · Página 671 cita
[30]they saw only differences; but as perceived from the outside, each was the double of the other: p. Sir, if politics does not encompass morality, and if morality can’t take roots without religious instruction; if politics were not con- cerned with happiness or unhappiness of men, then the priest should abstain from…
p. 67
25Colombia: The Politics of Reforming the StateEduardo Posada-Carbó (editor) · 1998 · Página 1511 cita
[31]period show a decline in enrolments, and the central governments neglected public education almost totally to the point that, in some years, it included no item for education in the na- tional budget. 8 The education reform of President Eustorgio Sal gar proposed compulsory elementary schooling, neutrality in…
p. 151
26Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Páginas 53, 652 citas
[33]ito disciplinado y, según se qu e jara el Secretario del Tesoro en 1 878, la operación costó el 1 18 % del presupuesto na- c i ona l apro bado para aquel año. El con fli cto duró 1 1 m eses y se libró principalmente en el Ca uca y cll o lima. Los clérigos de Palmira, Ca rta go y Tuluá abanderaron la causa…
p. 53
[46]de la nu eva soc iedad industri a l. Pero Co- lombia distaba de ser una sociedad industrial. Las ten siones socia- les, especia lm ente en las regione s rura les, seguían mediadas por el ga monali smo, el paternali s mo, el secta rismo partidista. De la paz ci mtífi ca a los desast,·es de la guerra La Reg en er ación…
p. 65
27Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850-1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · Página 721 cita
[37]By then Medellín had become the centre of political, economic, and cultural life of the province—it had already been declared the capital in . Local authorities and citizens began to demand that the see be transferred there too. This was finally achieved in , with a new diocese encompassing both Medellín and…
p. 72
28Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Páginas 62, 642 citas
[38]se correspondió en ma- yor medida con el plano de las reali- zaciones prácticas. Frente a una po- blación que de manera reducida pero estable no dejó de crecer a lo largo del siglo, el sistema escolar se mostró siempre incapaz para ofrecer a los re- cién estrenados ciudadanos la dosis mínima de escolaridad que supone…
p. 62
[39]sus padres, re- ciban dicha instrucción de los párrocos o ministros», aunque no resultó esto en garantía suficiente para los sectores más tradicionalistas. Esta enérgica política instruccionis- ta que planteaba la reforma se reflejó no sólo en un amplio debate educativo sino, también, en un rápido y soste- nido…
p. 64
29Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 921 cita
[40]this, however, there was no agree- ment among contenders who sought to control Colombian education. Like most disagreements in Colombia from the mid-nineteenth century to the late twentieth century, educational disputes merged with political party faction- 76 Chapter Four alism. The civil war of 1876 is an example of…
p. 92
30Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · Página 531 cita
[41]Jaramillo Uribe has called “the polemic of the textbooks.” 27 Conservatives like Miguel Antonio Caro, writing in the party newspaper El Tradicionalista, complained that the state was confusing its obligation to educate with the Church’s right to indoc- trinate. It was clear to Caro and his copartisans that the state,…
p. 53
31Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 441 cita
[43]dación de un régimen confesional. Las disposiciones constitucionales y concordatarias hicieron del catolicismo una pieza fundamental del andamiaje del Estado colombiano, lo que se vio reflejado de inme- diato en los planos educativo, moral, social y cultural. Además de su influencia en la sociedad y en el individuo,…
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32Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · Página 2891 cita
[47]on the role of the Catholic Church should play in Spanish American Republics repudiating radical Liberal excess. By the 1880s that new order returned the Catholic Church to a position of authority by building on the national pub- lic education system developed under the Radical Olympus, yet the new state nevertheless…
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