Hernando Téllez
La Violencia
1908–1966
La biografía
Hernando Téllez Hernández (Bogotá, 1908 – 1966) es el ensayista y crítico literario que, más que ningún otro de su generación, intentó pensar La Violencia colombiana desde adentro del régimen que la administraba. Liberal de filiación firme, cronista de oficio antes que teórico de escuela, cabeza visible de una crítica que en Colombia había sido siempre más gusto que sistema, Téllez ocupa un lugar incómodo y por eso mismo iluminador: fue el intelectual del establecimiento que se atrevió a diagnosticar la enfermedad del establecimiento, con la lucidez —y los puntos ciegos— que esa doble condición imponía. Su cuento Espuma y nada más, sobre un barbero que se contiene ante la garganta de su enemigo, ha sido durante décadas la puerta de entrada extranjera a la literatura colombiana de La Violencia; su obra ensayística, en cambio, es la que explica por qué esa contención —moral, política, prosística— fue la marca de una época y de un hombre.
Línea de vida
- 1908
Nacimiento en Bogotá
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Nace en Bogotá en el seno de una ciudad todavía provinciana y letrada, en el momento en que el relevo generacional entre los Centenaristas y Los Nuevos comenzaba a gestarse en el campo intelectual colombiano.
- 1949
Publicación de 'Bagatelas' y 'Colombianas'
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Publica obras ensayísticas que la historiografía identifica como expresiones plenas de su liberalismo político. 'Colombianas' (1949) aparece al año siguiente del asesinato de Gaitán y del Bogotazo, en el momento en que la palabra pública liberal se replegaba bajo el gobierno conservador de Ospina Pérez.
- 1951
Reconocimiento como referente intelectual por Marta Traba
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La historiadora del arte Marta Traba cita a Téllez como voz autorizada en su análisis del contexto cultural colombiano, evidenciando que su influencia desbordaba el gremio literario y alcanzaba campos disciplinares distintos.
- 1952
Incendio de los edificios de 'El Tiempo' y 'El Espectador'
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En septiembre de 1952, militantes conservadores y policías de civil asaltaron y quemaron los edificios de los principales diarios liberales en Bogotá, golpeando el sistema entero de circulación de la palabra liberal en el que Téllez había construido su oficio periodístico.
- 1960
Publicación de 'Historia privada de los colombianos'
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Publica este ensayo al cierre del ciclo de La Violencia, dos años después del pacto del Frente Nacional. El título desplaza el foco del acontecimiento oficial a la textura íntima de una sociedad desgarrada, y es caracterizado como expresión de su liberalismo político con simpatías socialistas ancladas en un paternalismo heredado de la tradición encomendera.
- 1966
Muerte en Bogotá
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Fallece en Bogotá, dejando una obra ensayística y cronística recopilada parcialmente por Carlos Martínez en un volumen publicado en Bogotá, referencia citada en trabajos historiográficos sobre Colombia.
Un crítico donde no había crítica
En Colombia se ha repetido, casi como fórmula, que ha habido críticos pero no crítica, y que el único verdadero ensayista producido por el país fue Baldomero Sanín Cano. La afirmación es injusta y reveladora a la vez: describe un campo intelectual en el que el ensayo no llegó a constituir tradición, sino un archipiélago de textos excepcionales sostenidos por autodidactas. En ese mapa, Téllez aparece como la figura que hereda de Sanín Cano el oficio del crítico cosmopolita —el hombre que lee en varias lenguas, que sigue con atención lo que ocurre en París y en Buenos Aires, que juzga la literatura colombiana con la vara de la europea— y lo prolonga en la primera mitad del siglo XX.
La historiografía literaria los nombra juntos: Sanín Cano y Téllez, los dos críticos que introdujeron en Colombia el gusto por una literatura de mayor calidad. La fórmula es generosa y limitante a la vez. Reconoce a Téllez el papel de educador del gusto, de árbitro discreto, de puente entre la cultura letrada colombiana y las corrientes europeas contemporáneas; pero al mismo tiempo lo encierra en la categoría del crítico, función menor en el escalafón de una república literaria que reserva el prestigio a novelistas y poetas. Su propia obra crítica, calificada por sus estudiosos como desigual y a veces contradictoria, producto de miradas cambiantes propias de un autodidacta, refuerza esa lectura: no construyó sistema, construyó juicios.
Y sin embargo, su influencia desbordó el gremio literario. Cuando la historiadora del arte Marta Traba, en 1951, buscaba una voz autorizada para analizar el contexto cultural colombiano, citó a Téllez. Cuando décadas más tarde el historiador social Mauricio Archila trabajó sobre las clases populares y el movimiento obrero, también acudió a él. Que un mismo escritor sea consultado como referente por la crítica de arte y por la historia social del trabajo dice algo que las bibliografías literarias tienden a olvidar: Téllez fue leído como pensador del país, no solo como comentarista de libros.
Los orígenes: entre Los Nuevos y la sombra de Sanín Cano
Téllez nace en 1908, en una Bogotá que todavía es la capital provinciana de un país rural y letrado. Su formación intelectual coincide con el momento de mayor turbulencia generacional del siglo XX colombiano: el paso del dominio de los Centenaristas —el grupo que había irrumpido hacia 1910, con motivo del primer centenario de la independencia, y que ocupaba los principales periódicos, revistas y cátedras del país— al ascenso de Los Nuevos, la generación irreverente que hacia finales de los años diez comenzó a reclamar el relevo.
El Grupo de los Nuevos reunió a Germán Arciniegas, Luis Tejada, Alberto Lleras Camargo, Jorge Zalamea, Jorge Eliécer Gaitán y una nómina de figuras que en pocas décadas iban a copar el liberalismo colombiano en su fase reformista. Su acción está vinculada a la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo, y también al breve florecimiento del Partido Socialista en Colombia. Sanín Cano, aunque perteneciente a una promoción anterior, se cita en el mismo horizonte como referente crítico y ético. Téllez, más joven que los primeros Nuevos y demasiado tarde para ser Centenarista, se forma respirando ese aire: el del liberalismo que se piensa a sí mismo como fuerza modernizadora, laica, reformista, y que confía en la letra impresa como instrumento de transformación política.
De Sanín Cano hereda tres cosas: el modelo del crítico autodidacta —que no viene de la universidad sino de la lectura obstinada—, la mirada cosmopolita que rehúsa el provincianismo, y el género breve como forma propia. De Los Nuevos toma la filiación liberal, la fe en la reforma y la convicción de que la vida intelectual y la vida política no son departamentos separados. Esas herencias combinadas explican el perfil del Téllez adulto: escritor de ensayos y crónicas antes que de tratados, columnista antes que catedrático, diplomático antes que militante.
Crónica, ensayo y cargo público
La obra publicada de Téllez se distribuye entre la crónica periodística, el ensayo literario y político, y una narrativa breve que llegó tarde y en poca cantidad, pero que fijó su nombre fuera de Colombia. Inquietud del mundo y otros títulos ensayísticos anteceden a los dos libros que la historiografía identifica como expresiones plenas de su liberalismo político: Bagatelas, en 1949, e Historia privada de los colombianos, en 1960. Los dos títulos son significativos. El primero apareció al año siguiente del asesinato de Gaitán y del Bogotazo, en el momento exacto en que la palabra pública liberal se replegaba bajo el gobierno de Mariano Ospina Pérez y la ruptura de la Unión Nacional. El segundo salió al cierre del ciclo, dos años después del pacto del Frente Nacional que buscaba clausurar la etapa de sangre.
Que un liberal escribiera en esos dos umbrales —el de la caída y el de la reconstrucción pactada— no es dato menor. Téllez publica cuando la mayoría de sus correligionarios está silenciada, exiliada o dedicada a la defensa panfletaria. Su prosa ensayística no es una defensa del liberalismo como marca partidista, sino una indagación sobre el modo colombiano de vivir la política, la moral, la vida privada. El título mismo —Historia privada de los colombianos— desplaza el foco del acontecimiento oficial a la textura íntima de una sociedad que se está desgarrando.
La caracterización de sus tesis por los estudiosos posteriores es reveladora: mostraban simpatía por el socialismo, pero no en la línea de José Carlos Mariátegui en el Perú —es decir, no en la línea marxista latinoamericanista que buscaba articular pensamiento indígena y crítica del capital—, sino ancladas en un viejo paternalismo político heredado de la tradición encomendera. La sentencia es dura y precisa. Téllez piensa la desigualdad colombiana como un problema moral que la clase dirigente ilustrada debe asumir con responsabilidad, no como una relación estructural de explotación que exija transformación radical. Es el socialismo del gentilhombre liberal, el reformismo desde arriba, y en él caben tanto la denuncia genuina de la miseria como la incapacidad para pensar la agencia política de los desposeídos.
A la escritura Téllez sumó cargos: el servicio diplomático colombiano, la representación en Francia, el trabajo en el aparato cultural del liberalismo en el poder. Esa doble condición —escritor y funcionario— es central para entender su obra. No fue el intelectual de la disidencia ni el francotirador desde la periferia; fue el hombre que escribía desde adentro del establecimiento liberal, con acceso a sus jerarcas y a sus decisiones, y cuya crítica —cuando la hubo— fue por eso mismo interior, matizada, contenida.
La red: El Tiempo, Semana y el ecosistema liberal
Su producción periodística transcurrió por el sistema de medios que el liberalismo había construido en las tres primeras décadas del siglo XX y que constituía, en la práctica, el aparato ideológico del partido. En el centro estaba El Tiempo, dirigido por Eduardo Santos, que ejercía una influencia enorme sobre la opinión pública y que Santos utilizó para controvertir con el Partido Conservador e impulsar la campaña de Enrique Olaya Herrera, la que abrió, en 1930, la hegemonía liberal. En sus páginas escribía Calibán, con su célebre columna Danza de las Horas, y allí colaboraban las figuras del liberalismo intelectual, entre ellas Juan Lozano y Lozano, considerado por sus contemporáneos como una de las voces preferentes del periodismo colombiano junto a Alejandro Vallejo.
Lozano y Lozano dirigió La Razón en 1936, fue codirector de Política y Algo Más y de Semana, y colaborador estable de El Tiempo. Vallejo se movía entre El Sol, Jornada, Cromos y Estampa. En ese circuito de publicaciones —cotidianas, semanales, quincenales— circulaba también Téllez, con crónicas y columnas que años después Carlos Martínez recopiló en un volumen publicado en Bogotá, referencia obligada para quienes quieran seguir el pulso periodístico del autor.
Semana merece mención aparte. Nacida al calor de la posguerra y del final de la hegemonía liberal, fue una de las plataformas donde se ensayó el modelo del semanario político-cultural moderno en Colombia, y en ella coincidieron plumas del establecimiento y jóvenes que empezaban a asomarse. Ese ecosistema —diarios, semanarios, revistas culturales— es el hábitat natural de Téllez. No escribe en la marginalidad ni en la clandestinidad: escribe en los órganos que definen la agenda pública del liberalismo, y esa posición lo obliga a un ejercicio permanente de la contención. No puede decir lo que le convenga; tiene que decir lo que pueda decirse en El Tiempo o en Semana sin quebrar las lealtades de casa.
Cuando en septiembre de 1952 militantes conservadores y policías de civil asaltaron y quemaron los edificios de El Tiempo y El Espectador en Bogotá, junto con las casas de los dirigentes liberales Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López, ese ataque no golpeó solamente unas oficinas: golpeó el sistema entero de circulación de la palabra liberal, el mundo en el que Téllez había construido su oficio. La represión sobre la prensa liberal se prolongaría bajo el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, con censura sostenida sobre El Tiempo, El Espectador y también El Siglo. Escribir en ese contexto —bajo estado de sitio mantenido desde 1949 durante toda la presidencia de Laureano Gómez, con las libertades civiles restringidas— era en sí mismo una operación política, aun cuando el texto tratara de literatura francesa o de crítica de arte.
Mito y los jóvenes: un puente que no cruzó del todo
A mediados de los años cincuenta apareció en Bogotá la revista que iba a redefinir el horizonte intelectual colombiano: Mito, fundada por el poeta Jorge Gaitán Durán y el crítico Hernando Valencia Goelkel. Sus contemporáneos la compararon con Sur, la publicación bonaerense asociada a Jorge Luis Borges, y con Orígenes de La Habana. Estaba diseñada para importar y traducir a Colombia las corrientes intelectuales europeas contemporáneas: Bertolt Brecht, Jean-Paul Sartre, Samuel Beckett aparecieron en sus páginas con la convicción de que la cultura, la literatura y el pensamiento modernista eran una fuerza transformadora para un país que salía a rastras de la peor década de su historia reciente.
En Mito publicaron los primeros poemas de Álvaro Mutis, ensayos de Pedro Gómez Valderrama, reflexiones filosóficas escritas desde Friburgo por Rafael Gutiérrez Girardot y Danilo Cruz Vélez, colaboraciones de Carlos Fuentes y Octavio Paz. Allí apareció también obra de Gabriel García Márquez —incluyendo El coronel no tiene quien le escriba— y allí Brecht se convirtió en la figura central de influencia sobre la escena teatral colombiana emergente.
La revista abrió, además, un espacio de debate político-intelectual sobre La Violencia: cuando Mito interrogó a las voces del establecimiento sobre el fenómeno, Juan Lozano y Lozano —dirigente liberal, colaborador de El Tiempo, hombre del mismo entorno de Téllez— respondió distinguiendo entre criminalidad común y rebelión políticamente justificada, distinción que aún hoy sigue vertebrando la discusión colombiana sobre las causas de la guerra. Esa apertura de Mito al diálogo con las figuras del liberalismo criollo muestra que la revista no operaba en ruptura absoluta con la generación anterior: buscaba interlocución.
Téllez pertenece a esa generación anterior. Es contemporáneo de los padres de los jóvenes de Mito, no de los jóvenes mismos. La revista se propuso traer Europa a Colombia, y en ese esfuerzo cumplió una función que Sanín Cano y Téllez habían iniciado en tono menor: educar el gusto, abrir la ventana, importar debates. Pero Mito fue más lejos —programáticamente más lejos— y desde una posición generacional que ya no cargaba las lealtades del liberalismo lopista con el peso que las cargaba Téllez. La Generación sin Nombre, surgida en la década de 1970, continuaría la empresa de Mito apartándose del nadaísmo y recogiendo la influencia de Fernando Charry Lara, Héctor Rojas Herazo y Aurelio Arturo.
Téllez ocupa entre ambos mundos una posición intermedia: reconocido por los jóvenes como precursor, no del todo compañero de viaje, limitado por sus propias filiaciones para completar la ruptura que Mito sí se atrevió a proponer. Su crítica siguió operando dentro de los marcos del liberalismo criollo; la de los jóvenes buscó salirse de ellos.
La Violencia: el marco que lo hace ineludible
Para leer a Téllez con precisión hay que reconstruir el país sobre el que escribió. La Violencia colombiana se despliega entre 1946 y 1958 en dos olas: la primera de 1946 a 1953, durante los gobiernos conservadores de Ospina Pérez y Laureano Gómez; la segunda de 1953 a 1957, durante la dictadura militar de Rojas Pinilla que continuó, con métodos distintos, la lógica de la sangre. Sus cifras son difíciles de fijar y sus efectos estructurales, imposibles de ocultar: más de doscientos mil muertos, el despojo de 393.648 parcelas según el cálculo clásico de Paul Oquist —principalmente en el Valle del Cauca, Cundinamarca, Tolima, Norte de Santander y el Antiguo Caldas—, el desplazamiento del 42,6% de la población del Tolima. La Violencia no fue un episodio: fue la mutación demográfica y política que convirtió a Colombia de un país rural en un país de tugurios urbanos, colonizaciones espontáneas y filas guerrilleras.
Su dimensión bipartidista fue tan honda que las filiaciones partidarias funcionaban en la práctica como identidades étnicas: se nacía liberal o conservador como se nacía en una familia, y la marca decidía a quién se saludaba y a quién se mataba. Los dos partidos tradicionales fomentaron activamente esas identidades sectarias e intolerantes. La literatura de la época respondió al llamado con obras maniqueas en las que cada bando culpaba al otro y ninguno se preguntaba por sus propias responsabilidades.
El origen inmediato de la escalada es conocido. En 1946, dividido internamente entre lopistas, santistas y gaitanistas, el partido liberal presentó una candidatura fracturada que permitió el retorno conservador al poder con la elección de Ospina Pérez. La oposición conservadora venía de atrás: había hecho de la abstención electoral una estrategia sostenida durante la hegemonía liberal, argumentando la ilegitimidad de un gobierno elegido solo con votos liberales, y considerando ajenas a sus intereses las reformas laicas, educativas, tributarias, agrarias y sociales del lopismo. El 9 de abril de 1948, Juan Roa Sierra asesinó a Jorge Eliécer Gaitán en la carrera séptima con calle 13 de Bogotá; se desató el Bogotazo, la insurrección urbana que destruyó buena parte del centro de la capital y tuvo réplicas en Barranquilla, Cartagena, Sincelejo y otras ciudades, al punto de que algunos historiadores prefieren hablar de un colombianazo.
La lectura del hecho dividió al país. La arquidiócesis de Bogotá y la de Medellín interpretaron los sucesos como una típica explosión comunista e identificaron a comunistas y liberales como responsables de los ataques a iglesias, conventos y edificios públicos. Otros testigos —entre ellos un joven Fidel Castro que estaba en Bogotá esos días— sostuvieron lo contrario: que lo que estuvo ausente el 9 de abril fue precisamente la organización, y que se trató de una explosión espontánea del pueblo. La disputa por el sentido del Bogotazo no era historiográfica: era la disputa por la legitimidad de la represión que vendría.
Tras la sangre, Ospina Pérez aprovechó el vacío dejado por Gaitán para reconstituir un gobierno de Unión Nacional con participación liberal, que duró apenas algo más de un año. Roto ese pacto, la violencia rural y urbana se fundieron en el fenómeno unificado que llamaríamos La Violencia. Vino luego el gobierno de Gómez, con niveles de fanatismo y crueldad que la propia historiografía conservadora ha reconocido, y con autoridades policiales que instigaban directamente al delito. Los métodos de los partidarios de Gómez se hicieron insoportables incluso para el sector ospinista del conservatismo, y el 13 de junio de 1953 el teniente general Gustavo Rojas Pinilla dio un golpe de Estado con lazos fuertes con ese sector. La dictadura militar reprimió la prensa liberal, sostuvo el estado de sitio, ensayó un populismo que incluía la entrega de mercados y la extensión de derechos a las mujeres, y toleró —cuando no fomentó— la segunda ola de venganza, bandidaje y sadismo de los grupos paramilitares formados en la guerra partidista. La purga política alcanzó incluso al aparato educativo: bajo Gómez y Roberto Urdaneta se produjo una purga total de maestros y funcionarios de educación en el gobierno central.
El 9 de abril y sus secuelas dejaron heridas en la propia intelectualidad liberal. Juan Lozano y Lozano criticó públicamente a los dirigentes de su partido por haber llevado al pueblo hasta el extremo de la lucha civil contra Ospina y no asumir después las consecuencias de haberlo comprometido en esa lucha. La observación es de una honestidad rara y de una precisión brutal: los jefes agitaron y luego se retiraron, dejando a las bases campesinas expuestas a la represión que sus discursos habían provocado.
El diagnóstico y sus límites
En medio de ese paisaje escribió Téllez. Y escribió, hay que decirlo, de un modo distinto al del grueso de la literatura de La Violencia. El subgénero conocido como novela de la violencia, producido en su mayoría entre 1948 y 1964, fue partidista en la raíz: la principal motivación de muchos autores era defender a su propio partido y culpar a la oposición, produciendo una imagen maniquea de víctimas y victimarios en la que la sangre era siempre resultado de las acciones del otro bando. Muchos creyeron que el tema, por su dramatismo, les permitiría escribir novela pese a la falta de talento y de oficio, con resultados desastrosos. En 1960, en la revista Eco, García Márquez publicó Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia justamente para deslindarse de ese subgénero: los lectores de esas novelas escritas entre 1948 y 1960, decía, parecían coincidir en su baja calidad literaria.
Téllez, en cambio, no escribió novela de la violencia. Escribió ensayo. Y escribió un puñado de cuentos —entre ellos Espuma y nada más, incluido décadas más tarde en la antología The Flight of the Condor, compilada por Jennifer Gabrielle Edwards y publicada por la University of Wisconsin Press en 2007— que abordan la violencia por sustracción: por la contención, por el gesto que no se cumple, por el silencio que se impone al odio. Esa poética del temple es lo contrario del panfletarismo dominante en la literatura de su tiempo.
Su ensayística, por su parte, se rebeló contra la versión oficial que concebía La Violencia como un fenómeno sociológico ajeno a la responsabilidad de los partidos, del Estado y de la Iglesia. Téllez pertenece a la minoría de voces intelectuales que exigieron examinar las causas políticas e institucionales del fenómeno, y no despacharlo como una explosión de barbarie inexplicable emanada del campo colombiano.
Ahí termina la parte fácil del elogio. Porque ese diagnóstico —lúcido, valiente en el contexto, más agudo que el de la mayoría de sus contemporáneos— tiene un límite estructural que la propia obra de Téllez no logra cruzar. Su liberalismo era el de un partido internamente dividido entre lopistas, santistas y gaitanistas, y que junto al conservatismo había fomentado activamente las identidades sectarias sobre las que la violencia prendió como en pólvora. Diagnosticar el bipartidismo desde adentro del liberalismo suponía una operación de sinceridad que Téllez no completó nunca del todo. Sus tesis siguieron marcadas por el paternalismo político heredado de la tradición encomendera; su socialismo no era el de Mariátegui sino el del reformismo desde arriba; su condición de funcionario del establecimiento liberal lo obligaba a un ejercicio permanente de la contención autocensurada.
El propio Frente Nacional de 1958 —la solución pactada entre liberales y conservadores para poner fin a La Violencia— ilustra el problema. Sus fundadores prorrogaron indefinidamente la reforma del ejército, de la policía y de los aparatos de inteligencia, y guardaron silencio sobre las responsabilidades pasadas, privilegiando la paz partidaria sobre la verdad y la justicia. Cuando Téllez publicó Historia privada de los colombianos en 1960, ese pacto de silencio ya estaba en marcha, y su libro —crítico como fue— no rompió las lealtades que lo sostenían. Reprodujo, en clave ensayística, algo del mismo punto ciego que criticaba en la narrativa: la imposibilidad de mirar de frente la responsabilidad del propio partido.
De ahí la paradoja que define su obra. Téllez vio más y con más precisión que la mayoría de los escritores de su tiempo porque su oficio periodístico —la crónica, la columna, el ensayo breve— le imponía un contacto empírico con los hechos que el ánimo de novela panfletaria desconocía. Pero vio también menos de lo que podía haber visto porque su pertenencia al establecimiento liberal le fijaba fronteras que no atravesó. Es a la vez el testigo lúcido y el hombre atrapado en sus lealtades. Y esa doble condición no es un defecto individual sino la marca de una posición: la del intelectual del régimen que se atreve a diagnosticar el régimen, hasta donde el régimen mismo se lo permite.
La huella: por qué se le sigue leyendo
Téllez murió en 1966, en pleno Frente Nacional, antes de asistir a la irrupción del nadaísmo maduro, a la explosión del boom latinoamericano —Cien años de soledad aparecería al año siguiente— y a las nuevas violencias que la Colombia pacificada por decreto empezaba ya a incubar. Su obra quedó fijada en el umbral: es la última voz cabal del liberalismo ilustrado colombiano antes de que ese liberalismo dejara de ser el paradigma dominante de la vida intelectual del país.
Se le sigue leyendo por tres razones distintas y superpuestas. La primera es literaria: Espuma y nada más es, sin discusión, uno de los cuentos colombianos más traducidos y antologados del siglo XX, y sostiene su lugar por virtudes que resisten la moda: economía, tensión, ambigüedad moral controlada. La segunda es crítica: su papel como educador del gusto, junto a Sanín Cano, le asegura un lugar en cualquier historia seria del ensayo y la crítica en Colombia, aun cuando esa historia siga siendo un archipiélago más que una cordillera. La tercera es la que más pesa en la relectura contemporánea: Téllez es un documento privilegiado de cómo pensó La Violencia el sector más lúcido del establecimiento que la administró. Leerlo hoy no es honrarlo: es entender los límites del pensamiento liberal colombiano frente a su propio momento de verdad.
Que figuras tan distintas como Marta Traba en la crítica de arte y Mauricio Archila en la historia social del trabajo lo hayan citado como referente confirma que su obra excedió la literatura y se convirtió en material de segunda vida: fuente para pensar el país, no solo sus letras. Que la Generación sin Nombre, en los setenta, buscara continuar la empresa intelectual de Mito y no la de la generación de Téllez indica también los límites de esa herencia: se lo respetó, no se lo prolongó.
Al final, la mejor manera de leer a Hernando Téllez es la que sus propios cuentos sugieren. El barbero de Espuma y nada más sostiene la navaja sobre el cuello del enemigo y no la clava. Ese gesto —la contención de la violencia posible, la elección de no cruzar la línea— es la ética que Téllez habría querido para su país y que él mismo practicó en su prosa: cortar el pelo, no la garganta. La ambigüedad del cuento, sin embargo, no está resuelta: el lector nunca sabe si esa contención es virtud o cobardía, o cuánto de una y cuánto de otra. Esa misma ambigüedad recorre la obra política de su autor. Fue un liberal que no traicionó a su partido pero tampoco se atrevió a juzgarlo del todo, un crítico que abrió ventanas pero no derribó paredes, un ensayista que vio con claridad lo que otros ocultaban y calló, a su vez, lo que su lugar en el mundo le prohibía decir. Es, precisamente por eso, un autor que sigue devolviendo preguntas —sobre el oficio del intelectual, sobre las lealtades del liberalismo, sobre lo que significa pensar el propio país desde adentro— cada vez que se lo abre.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
41 documentos · 50 fragmentos01Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Páginas 115, 3412 citas
[1]ser tan importan- tes en los años sesenta. Pero induda- blemente el más popular sigue siendo Vargas Vila. De los escritores circulan algunas novelas sociales como las de Osorio Lizarazo y las obras de Tomás Carras- quilla. Los críticos Hernando Téllez y Baldomero Sanín Cano introducen el gusto por una literatura de…
p. 341
[50]papel dirigente en la educación, no tenía los medios ni el personal docente necesarios para suplir las deficiencias del Estado. Lucio Pabón Núñez, ministro de Educación de Rafael Urdaneta Arbeláez, habla con el ex presidente Mariano Ospina Pérez. La purga de maestros y funcionarios de la educación fue total en el…
p. 115
02Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · Páginas 225, 2332 citas
[2]glosa e interpreta, hacen que, si- guiendo su libre voz de autodidacta, produzca una obra crítica desigual y matizada —a veces con- tradictoria— por miradas cambiantes. Panorama de ensayos Es común afirmar que en Colombia ha habido críticos, pero no crítica, y que el único verdadero ensayista que ha producido el país…
p. 233
[41]forman parte esencial. La coincidencia entre Nadaísmo y medios es clara: los une el afán de impactar y de ganar votos de la audiencia, sin importar los contenidos. Ello coincide hoy con la retórica textual y visual de la cultura light. Podría pensarse que el Nadaísmo eludió, casi por entero, tres condiciones ligadas…
p. 225
03Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · Página 1191 cita
[3]la burguesía en lugar de dedicarse al paisaje o a los cuadros de costumbres. Entre un paisaje de Porto- carrero pintado el mismo año que el retrato de la señora de Acevedo Bernal, y dicho retrato, no hay ninguna dife- rencia sustancial, sino el cambio adjetivo de tema. Ambos pertenecen de igual manera y con la misma…
p. 119
04Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · Página 4171 cita
[4]No. 4, oct. 1921, p. 371). (9) Entrevista con Juan Pablo Escobar, La Calera, 1988. El vestido típico del pueblo bogotano era descrito así a principios de siglo: "el suaza era el sombrero del pueblo; usábanlo los hombres como complemento de su vestido de manta, su ruana de lana y sus alpargatas" (Rafael Serrano, En…
p. 417
05Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Páginas 226, 2592 citas
[5]colombianas (1949), Historia privada de los colombianos (1960), que son expresiones de su liberalismo político y de sus tesis de simpatía por el socialismo, pero no como las que en Perú labraba Mariátegui, sino todavía ancladas en un viejo paternalismo político heredado de la tradición encomendera. 27 l a violencia…
p. 226
[40]supuesto, quien in- cluyó El coronel y otros dos textos en la revista. Hubo colaboraciones de Carlos Fuentes y también desde el primer número el magisterio tan grave y continuado de Octavio Paz. 15 La lista de colaboradores de la revista Mito, en efecto, ofrece los mejores escritores colombianos de aquellos tiempos.…
p. 259
06Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Páginas 28, 882 citas
[6]prometedores, pero todavía insuficientes: si en 1935, al frente de la unir, no había logrado superar los 5000 votos, ahora contaba con un poco más de 350.000 electores, unos 60.000 menos que Turbay y unos 200.000 menos que el triunfador. Como en 1930, la división del partido en el poder le abrió las puertas a la…
p. 88
[46]dando en el país suscitaron profundos debates en el campo intelectual de la época. A través de la prensa, de la cátedra, de la política, los intelectuales desempeñaron un papel de primer orden, pues sus intervenciones contribuyeron en muy buena medida a reconfigurar la sociedad colombiana. A finales de los años diez,…
p. 28
07El socialismo raizal y la Gran Colombia bolivarianaOrlando Fals Borda · 2008 · Página 901 cita
[7]Germán Arciniegas, Guillermo Hernández Rodríguez, Baldomero Sanin Cano, Luis Tejada, Alberto Lleras, Jorge Zalamea y Jorge Eliécer Gaitán, del llamado Grupo de los Nuevos que desplazaron a la ante- rior Generación del Centenario. La acción de éstos llevó a la Revolu- ción (liberal) en Marcha, y el Partido Socialista…
p. 90
08Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 3211 cita
[8]su polí- tica internacional de independencia y buena vecindad, su política moderni- zante del sector judicial y de los có- digos, como lo atestiguan la ley 45 de 1936, que contribuyó a limar odiosas 306 Nueva Historia de Colombia. Vol. I Llegada de Alfonso López Pumarejo a Bogotá, donde es recibido triunfalmente como…
p. 321
09Colombia siglo XX: desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro UribeCésar Miguel Torres Del Río · 2015 · Página 971 cita
[9]Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:21:44 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. COLOMBIA SIGLO XX 98 mayoría en el Senado, actuaban con conocimiento de causa: expulsados de las alcaldías municipales durante el gobierno de Olaya Herrera y enfrentados a un…
p. 97
10Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Página 941 cita
[10]po de seguidores de López, a la cabeza de los cuales estaba Alberto Lleras, reanudó la publicación de un periódi- co, El Liberal, que había pertenecido a Rafael Uribe Uribe. Esto se inter- pretó inmediatamente como el deseo de López Pumarejo de comenzar a trabajar por su reelección y de defen- der la gestión de su…
p. 94
11No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Páginas 53, 562 citas
[11]Quindío, Antioquia, entre otros lugares. La Violencia tuvo dos olas: de 1946 a 1953, durante el gobierno y la dictadura conservadora, y de 1953 a 1957, durante la dictadura militar. En ambas hubo episo- dios de crueldad como masacres, descuartizamientos, quema de pueblos, que dejaron sed de venganza, agravios y…
p. 56
[32](1920-1958) 53 Los testimonios recogidos en comunidades por la Comisión de la Verdad permiten afirmar que efectivamente Gaitán y su movimiento, que incluía a sectores campesinos, obreros y pequeños propietarios, fueron objeto de una persecución implacable en varios de los municipios del centro del país. El asesinato…
p. 53
12Una nación desplazada: Informe nacional del desplazamiento forzado en ColombiaCentro Nacional de Memoria Histórica (CNMH); Myriam Hernández Sabogal, Catalina Riveros Gómez, Mónica Johanna Rueda, Yamile Salinas Abdala, Juan Manuel Zarama Santacruz · 2015 · Página 441 cita
[12]años treinta denunciada por parte de los conservadores (Guzmán, Fals Borda y Umaña, 1962). Como consecuencia de lo anterior, la arremetida latifundista tuvo, entre otros efectos, un despojo de tie- rras que el analista Paul Oquist calculó en 393.648 parcelas, princi- palmente en departamentos como Valle del Cauca,…
p. 44
13When Colombia Bled: A History of the Violencia in TolimaJames David Henderson · 1985 · Página 11 cita
[13]Introduction The Violencia and Its Literature On the fourth of June 1949} the registrar of voters of Santa Isabel} Tolima} picked up a pistol and fired a bullet through his brain. The news caused a ripple of interest in the village} and for several days people mused on his untimely passing. A newspaper in the nearby…
p. 1
14Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 2321 cita
[14]a las características regionales asumió sus propias modalidades. Sin em- bargo, al igual que en Bogotá, los movimientos carecieron de una or- ganización y dirección adecuadas; los espontáneos líderes se quedaron esperando la decisión radical de las altas esferas del liberalismo aposen- tadas en Bogotá o las…
p. 232
15Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · Página 451 cita
[15]gadas de protegerlos. Las identidades partidistas estaban tan enraizadas que, con su proclividad sectaria, parecían funcionar como si fuesen identidades étnicas. No en vano el mote “chulativa”, con que los grupos liberales desig- naban las fuerzas de policía durante la primera ola de la Violencia; ese era el nombre de…
p. 45
16¡Basta satisfecho! Colombia: Memorias de guerra y dignidadCentro Nacional de Memoria Histórica (GMH) · 2013 · Página 701 cita
[16]de la Gobernación del Tolima, La Violencia en el Tolima (Ibagué: Gobernación del Tolima, 1959). humano” que dejó La Violencia. En primer lugar, estimaron “16.219 muertos entre 1949 y 1957, sin incluir los muertos habidos con fuer- zas regulares del Ejército, ni en masacres colectivas, que generalmente eran abandonados…
p. 70
17Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 1671 cita
[17]de transformaciones sociales y políticas, preocuparon a las élites, en particular a la DNL, que a toda costa buscaba impedir que sus hombres en armas encaminaran sus luchas más allá del cambio de gobierno conservador y la restitución de su partido en el poder. El inicio de la década de los años cincuenta dejó en…
p. 167
18Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Página 4931 cita
[18]la violencia contra el adversario. La confrontación durante estos años llegó a su climax, las estadísticas sobre muertes violentas, masacres políti- cas y éxodos, así lo permite observar. Ni siquiera el relevo en el mando presidencial de Roberto Urdaneta ante una enfermedad de Gómez, repercute en un cambio de am-…
p. 493
19Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 511 cita
[19]de malhechores sorprendió a la pequeña guarnición y después de haber asesinado a once personas, incendió la población y redujo a cenizas la iglesia y la casa cural. Poco después se trató de reedificar el pueblo, no lejos de las ruinas; pero una nueva incursión de los bandidos lo destruyó completamente 82. El terror y…
p. 51
20Ensayos para la historia de la política de tierras en Colombia. De la colonia a la creación del Frente NacionalAbsalón Machado Cartagena · 2009 · Página 3041 cita
[20]sitio, bajo el cual se restringía una gran cantidad de liber tades civiles, se mantuvo desde 1949 y luego durante toda la presidencia de Laureano Gómez, elegido ante la ausencia liberal en las elecciones. Con la 3 0 2 P o l ít ic a a g r a r ia y c o n f l ic t o s d u r a n t e l a V io l e n c ia posesión de…
p. 304
21Violence in Colombia: The Contemporary Crisis in Historical PerspectiveCharles Bergquist, Ricardo Peñaranda, Gonzalo Sánchez (eds.) · 1992 · Páginas 587, 5942 citas
[21]character that stood in the way of its comprehension. Antecedents Almost simultaneously with the development of the Violence, between 1948 and 1964, a great deal of literature was produced on the topic. In general it consists of disparate works in terms of quality, and the main motivation of many authors was to defend…
p. 594
[22]repress this political imperative, such as by tolerating or supporting the dirty war, can make things only worse. Page 293 14 Conclusion: Surveying theLiterature on the Violence Ricardo Peñaranda As this bibliographical essay makes clear, part of the phenomenon of the Violence is the process of cultural understanding…
p. 587
22Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Páginas 192, 2182 citas
[23]en u11 centenar de poblaciones'. A la búsqueda de la Violencia Al llegar en 1958 el FN, la llamada <cgeneración de mayo)>, sur- gida de las jornadas contra la dictadura militar, era marginal en el personal político, extraído del mismo fondo de jefes, subjefes y lugartenientes que venían actuado desde las décadas…
p. 192
[24]en manos de un conservador. El presidente electo se comprometió a extender el perdón y olvido a todos los militares, individual e institucionalmente. El realismo político y el fantasma de otro cuartelazo (hubo un intento serio el2 de mayo de 1958) llevaron a los fundadores del FN a pro- rrogar sin fecha la reforma del…
p. 218
23La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social - Tomo IIGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 2019 · Página 4701 cita
[25]y se han ejecutado todas las locuras. A la oposición se le silencia con Consacá. Al desastre económico se le muestra el endriago de Consacá. A la disolución de los partidos, se les señala Consacá. A la república lacerada se le abate con los ramalazos de Consacá. Y, a la conciencia civil de Colombia, desfalcada por los…
p. 470
24Global Capitalism, Democracy, and Civil-Military Relations in ColombiaWilliam Avilés · 2006 · Página 401 cita
[26]economic elites that dominated both polit- ical parties (Pearce 1990, 44). His candidacy expressed the frustration of mil- lions of Colombians disappointed with the failed reformist efforts of the López-Pumarejo government. In April 1948 Gaitan was assassinated in the streets of Bogotá. His death set off an incredible…
p. 40
25Breve historia de BogotáMarco Forero · 2016 · Página 1111 cita
[27]Bogotá con numerosas obras de infraestructura, urbanizando la ciudad con la creación de nuevos barrios y generando una amplia oferta de empleos en la ciudad. Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Partido Liberal se dividió entre los dos candidatos liberales Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán. Para las…
p. 111
26Historia concisa de Colombia 1810-2017Michael J. LaRosa, Germán Mejía · 2017 · Página 1491 cita
[28]zonas del centro de Bogotá saqueadas y reducidas a escombros; el sistema de tranvías quedó afectado, varias iglesias y diversos archivos eclesiásticos fueron quemados, y los negocios, en especial los que parecían simpatizar con los conservadores, fueron presa de asaltos. De los principales líderes populistas de…
p. 149
27De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 1111 cita
[29]principal en el 9 de abril no fue exclusividad de la arquidiócesis de Bogotá. La de Medellín también adoptó esta actitud. El libro Historia de la arquidiócesis de Medellin establece. en la sección dedicada al 9 de abril, que «el 9 de abril fue una típica explosión comunista. ¿Quiénes más, ino los comunistas, serían…
p. 111
28More Terrible Than Death: Drugs, Violence, and America's War in ColombiaRobin Kirk · 2003 · Página 491 cita
[30]the Catholic hierarchy was viewed as closely allied with the Conservative cause. Swept up, Castro observed and then embraced what he later called the spontaneous combustion of the pueblo that had loved Gaitan as one of their own. Castro tried to steal some police boots, but they were too small for his feet. He grabbed…
p. 49
29De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 1111 cita
[31]había sido el factor principal en el 9 de abril no fue exclusividad de la arquidiócesis de Bogotá. La de Medellín también adoptó esta actitud. El libro Historia de la arquidiócesis de Medellin establece. en la sección dedicada al 9 de abril, que «el 9 de abril fue una típica explosión comunista. ¿Quiénes más, ino los…
p. 111
30Colombia: las razones de la guerraJorge Orlando Melo González · 2021 · Página 891 cita
[33]al gobierno. De todos modos, los dirigentes liberales intentaron convencer a Ospina Pérez de que cediera el poder, mientras que algunos militares sugirieron que se organizara una junta de gobierno provisional, con militares y dirigentes conservadores, para recuperar el orden. El presidente, acosado por multitudes…
p. 89
31Siembra vientos y recogerás tempestades. La historia del M-19, sus protagonistas y sus destinosPatricia Lara S. · 2002 · Página 291 cita
[34]llegó también la re vuelta. Mientras tanto, varios jefes liberales fueron a Palacio para hablar con el presidente sobre la difícil situa ción. Ospina continuó en el mando. Los liberales aceptaron colabo rar con él. Varios días permaneció la multitud ebria, sin que nadie la dirigiera. Se diluyó la revuelta en las…
p. 29
32Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · Página 5171 cita
[35]282, 284– 85; retirement, 295, 349; Rojas Pinilla enmity, 371; SAC presidency, 245–46; women’s rights extended, 260 —as president: first term (1934–38), 210– 24; second term (1942–45), 276–85; scandals of second term, 278–82, 284, 289–90 López Pumarejo, Eduardo, 230 López Pumarejo, Miguel, 131, 249, 262, 270 Los…
p. 517
33Historia del Periodismo ColombianoAntonio Cacua Prada · 1983 · Página 1671 cita
[36]Calle Juan de Dios Uribe, No. 11. "NOTICIAS", del Padre Campoamor, a partir de 1937 continuó como semanario. Durante 28 años lo dirigió la señorita María Casas Fajardo. En los últimos años se denom inó: "CAMPOAMOR 1 En Armero, Tolima, Alfredo Rodríguez M. y Ernesto Díaz T.,organizaron un sema- Juan Lozano y Lozano y…
p. 167
34La violencia en Colombia: Estudio de un Proceso SocialGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 1962 · Página 371 cita
[37]resistencia civil. La prensa liberal recrimina al gobernador tildándolo de débil e inoperante. El periodista "Ca- libán", de El Tiempo, con cabeza fría escribe en la "Danza de las Horas" que la causa de la violencia "es necesario buscarla también en las campañas de prensa que la estimulan sostenien- do todos los días…
p. 37
35La biblioteca aldeana de Colombia y el ideario de la República Liberal, 1934-1947. Bibliotecas y cultura en AntioquiaHernán Alonso Muñoz Vélez · 2014 · Página 531 cita
[38]Resuelto a colocarse por encima de quienes habían ensangrentado el territorio nacional con una violencia de que estaba harto el país”. 99 Ejercía una enorme influencia a través de su periódico El Tiempo, el cual utilizó para controvertir con el Partido Conservador e impulsar la campaña y posterior victoria de Enrique…
p. 53
36Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2017 · Página 1851 cita
[39]by the poet Jorge Gaitán Durán and literary critic Hernando Valencia Goelkel. Mito would be compared to the journal Sur published in Buenos Aires by Jorge Luis Borges and Orígenes in Havana, directed by Alejo Carpentier. But unlike Argentina and Cuba, Colombia received a relatively low number of European immigrants…
p. 185
37Las ideas en la guerra. Justificación y crítica en la Colombia contemporáneaJorge Giraldo Ramírez · 2015 · Páginas 153, 1542 citas
[42]que “en todos los grupos políticos o ideológicos del país ha sido grande la tendencia a ver como legítima la rebelión, la resistencia armada, cuando se considera que las autoridades no están respetando sus derechos y que no hay una forma eficaz de defenderlos en forma pacífica. Hay un derecho a la desobediencia, un…
p. 153
[43]que “en todos los grupos políticos o ideológicos del país ha sido grande la tendencia a ver como legítima la rebelión, la resistencia armada, cuando se considera que las autoridades no están respetando sus derechos y que no hay una forma eficaz de defenderlos en forma pacífica. Hay un derecho a la desobediencia, un…
p. 154
38Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · Página 751 cita
[44]fundadas en do- cumentación de archivo—, sin por eso Novelistas de la Violencia: José Antonio Osorio Lizarazo, autor de "El día del odio" (1952) y Daniel Caicedo, autor de "Viento seco" (1953). Capítulo 3 75 lograr producir una obra de literatura, ni develar el sentido vital e histórico del drama. A pesar de todos sus…
p. 75
39The Flight of the Condor: Stories of Violence and War from ColombiaJennifer Gabrielle Edwards (ed.) · 2007 · Página 21 cita
[45]The Flight of the Condor Series Editors: ■ Advisory Board: Homero Aridjis Ariel Dorfman Rosario Ferré Jean Franco Alvaro Mutis Mirta Ojito Margaret Sayers Peden Luis J. Rodriguez Bob Shacochis Antonio Skármeta Doug Unger The Flight of the Condor…
p. 2
40Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 3161 cita
[47]partir de 1920 la Revista de Occidente, Suramericana y Losada y un poco despu é s el Fondo de Cultura Econ ó mica surtieron a los libreros, cada vez m á s numerosos, y per mitieron a los letrados formar sus bibliotecas privadas. La creaci ó n de la Biblioteca P ú blica Piloto en Medell í n, en 1954, cre ó un nuevo…
p. 316
41Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · Página 652 citas
[48]despectivo respecto de los grupos armados, denominándolos “guerrillas rodadas”, mientras que utilizaba un vocabulario po- pulista en favor de la ciudadanía (Presidencia, 1954) entregando mercados, ofre- ciendo derechos a las mujeres e instando a la ciudadanía a apoyar al ejército con visión patriótica, de libertad y…
p. 65
[49]despectivo respecto de los grupos armados, denominándolos “guerrillas rodadas”, mientras que utilizaba un vocabulario po- pulista en favor de la ciudadanía (Presidencia, 1954) entregando mercados, ofre- ciendo derechos a las mujeres e instando a la ciudadanía a apoyar al ejército con visión patriótica, de libertad y…
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