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Salomón Kalmanovitz

Salomón Kalmanovitz Krauter (Barranquilla, 1943) es uno de los historiadores económicos más influyentes de Colombia en el último medio siglo, autor de obras fundamentales sobre historia agraria y economía nacional, y codirector del Banco de la República entre los gobiernos de César Gaviria y Álvaro Uribe Vélez.

Alejandro Gutiérrez · 02 de agosto de 2026 · 3.153 palabras · 27 fuentes
Salomón Kalmanovitz
Tipo
Persona
Vida
1943, Barranquilla, Colombia
Roles
Historiador económicoEconomistaCodirector del Banco de la República de ColombiaDocente universitarioColumnista e intelectual públicoDecano universitario
Hitos
  1. 1978Publicación de 'El desarrollo de la agricultura en Colombia'Su primer libro mayor, publicado por Editorial La Carreta en Bogotá, organizó el análisis de la estructura agraria colombiana en torno a las formas de trabajo, la tenencia de la tierra y los efectos de la violencia. Se convirtió en referencia obligada sobre la modernización agraria tardía, incompleta y violenta del país. Tuvo una segunda edición en 1982 con Carlos Valencia Editores.
  2. 1985Primera edición de 'Economía y Nación: una breve historia de Colombia'Publicada por Tercer Mundo Editores en Bogotá, la obra recorre el largo plazo desde el régimen colonial y despliega su interpretación del 'desarrollo salvaje' colombiano. Alcanzó cuatro ediciones (1985, 1988, 1994) y varias reimpresiones, convirtiéndose en el libro de historia económica de mayor lectorado en Colombia durante la época.
  3. 1990Artículo sobre la economía del narcotráficoEn marzo de 1990 publicó en la revista Economía Colombiana el artículo 'La economía del narcotráfico en Colombia', aportando una lectura estructural que integraba lavado, acumulación y efectos sobre el aparato productivo, en un momento en que la academia colombiana comenzaba a analizar el narcotráfico como fenómeno económico.
  4. 1993Nombramiento como codirector del Banco de la RepúblicaEl presidente César Gaviria lo designó codirector del Banco de la República, cargo que ejerció durante los años decisivos de consolidación de la independencia otorgada al banco por la Constitución de 1991. Desde allí articuló una defensa vigorosa de la autonomía del banco central frente a presiones gubernamentales y del sector privado.
  5. 1998Publicación de 'Philosophie de la République' en ParísLa editorial Plon publicó en París esta obra de reflexión sobre las condiciones institucionales de la vida republicana y filosofía política, de escasa circulación en América Latina, que ensanchó el marco de su pensamiento más allá del ámbito hispanoamericano.
  6. 2006Publicación de 'La agricultura colombiana en el siglo XX'Coautor junto a Enrique López Enciso, el libro fue publicado en coedición del Fondo de Cultura Económica y el Banco de la República en Bogotá. Retomó y actualizó tres décadas de investigaciones propias sobre historia agraria colombiana.
  7. 2012Artículo 'La economía de Santafé de Bogotá en 1810'Publicado en coautoría con Edwin López Rivera en la Revista de Historia Económica (vol. 30, n.º 2, pp. 191-224), el artículo reconstruyó cuantitativamente la economía colonial en vísperas de la Independencia, midiendo la herencia efectiva con la que Colombia inició su vida republicana.
  8. 2017Edición estatal de la 'Breve historia económica de Colombia'El Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia publicaron esta obra dentro de la colección Biblioteca Básica de Cultura Colombiana (ISBN 978-958-5419-63-6), con presentación de Adolfo Meisel Roca. La distribución masiva por parte del Estado constituyó un reconocimiento del lugar central de su obra en la memoria económica del país.
Relaciones
Jesús Antonio Bejarano — contemporáneo y par intelectual; sus trabajos sobre agricultura colombiana son catalogados al mismo nivel que los de Kalmanovitz en la historiografía económica del siglo XXCésar Gaviria — presidente que lo nombró codirector del Banco de la República en 1993, en el marco del pluralismo tecnocrático de la primera junta del banco autónomoÁlvaro Uribe Vélez — presidente durante cuyo gobierno Kalmanovitz completó su período como codirector del Banco de la RepúblicaEnrique López Enciso — coautor del libro 'La agricultura colombiana en el siglo XX' (2006), publicado por el Fondo de Cultura Económica y el Banco de la RepúblicaEdwin López Rivera — coautor del artículo 'La economía de Santafé de Bogotá en 1810', publicado en la Revista de Historia Económica en 2012Adolfo Meisel Roca — colega historiador y también exmiembro de la junta del Banco de la República, autor de la presentación de la edición de 2017 de la 'Breve historia económica de Colombia'Universidad Nacional de Colombia — institución donde se formó en el ambiente marxista de los años sesenta, determinante en su orientación intelectualBanco de la República — institución en cuya junta directiva ejerció como codirector, escenario donde trasladó su análisis histórico-institucional al diseño de política monetariaHistoria económica cuantitativa — campo disciplinar que cultivó con especial énfasis en series estadísticas sobre agricultura, demografía rural y economía colonialReforma agraria — tema central de su obra temprana, analizado a través de las tensiones sobre acceso a la tierra, movimientos campesinos e indígenas y efectos de la violencia
Semblanza
Kalmanovitz representa el caso singular del intelectual colombiano que recorrió sin ruptura aparente el trayecto del marxismo universitario de los años sesenta a la tecnocracia monetaria de los noventa, sosteniendo en ambos extremos una misma tesis de fondo: que Colombia arrastra una herencia colonial adversa al desarrollo, expresada primero en la estructura agraria y después en la debilidad fiscal e institucional del Estado. Su afán cuantitativo —series sobre población vacuna, degüello, tasas de interés reales durante la Gran Depresión, reconstrucción de la economía bogotana en 1810— lo distinguió desde temprano de una izquierda académica más inclinada a la cita que a la cifra, y le permitió sostener sus síntesis de largo plazo sobre bases empíricas sólidas. La noción de 'desarrollo salvaje' que acuñó en 'Economía y Nación' —capitalismo real, desigual y brutal, no ausente— fue a la vez una revisión del dogma izquierdista del agotamiento capitalista periférico y el punto de partida de una lectura institucionalista que maduraría en sus años en el Banco de la República. Su defensa de la independencia del banco central, apoyada en la literatura sobre inconsistencia temporal de Kydland y Prescott, fue también historia aplicada: el Estado que presiona al emisor es el mismo Estado débil fiscalmente por razones que se remontan a la colonia. Que el Ministerio de Cultura colombiano distribuyera masivamente su 'Breve historia económica' en 2017 es la medida más elocuente del lugar que ocupa en la memoria intelectual del país.

Salomón Kalmanovitz

Salomón Kalmanovitz Krauter (Barranquilla, 1943) es uno de los historiadores económicos más influyentes de Colombia en el último medio siglo y, quizás, el que con mayor persistencia trasladó la disciplina desde la academia hacia el diseño de política pública y el debate ciudadano. Formado en el ambiente marxista de la Universidad Nacional de los años sesenta, autor de una obra que va del análisis de la estructura agraria a la historia monetaria colonial, codirector del Banco de la República entre los gobiernos de César Gaviria y Álvaro Uribe, columnista y decano universitario, encarna un tipo peculiar de intelectual público: el que hace de la historia económica cuantitativa un argumento sobre cómo debe gobernarse el país. Su tesis de fondo —que Colombia arrastra una herencia colonial adversa al desarrollo, expresada primero en la estructura agraria y después en las reglas fiscales y monetarias— atraviesa cuatro décadas de escritura y sirve de hilo entre libros que pertenecen a mundos intelectuales aparentemente distintos.

Un economista de la generación crítica

La singularidad de Kalmanovitz se entiende mejor si se lo sitúa en la promoción de economistas e historiadores que, entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, renovó los estudios sobre Colombia. Con Jesús Antonio Bejarano, Álvaro Tirado Mejía, Medófilo Medina, José Antonio Ocampo, Marco Palacios y Absalón Machado, pertenece a esa cohorte que combinó el método marxista con la historia social francesa —los Annales— y con la teoría de la dependencia latinoamericana para producir la primera historia económica moderna del país. Los balances historiográficos posteriores lo colocan al mismo nivel que Ocampo en comercio exterior o que Bejarano en la agricultura, y catalogan sus trabajos como aportes decisivos a la historiografía marxista colombiana.

Lo que lo distingue del resto no es tanto el enfoque —compartido, con matices, por todos ellos— cuanto la voluntad de intervenir. Mientras varios de sus contemporáneos permanecieron dentro del aula o del centro de investigación, Kalmanovitz pasó siete años sentado en la junta directiva del banco central, dictaminando sobre tasas de interés y emisión monetaria en la Colombia de la apertura, la crisis de fin de siglo y la reactivación de la primera década del 2000. Ese cruce —del marxismo académico a la tecnocracia monetaria— es la marca de su trayectoria y la razón por la cual su nombre aparece hoy en bibliografías tan distintas como las de historia agraria, política monetaria e historia institucional colonial.

Formación en una universidad sin Marx

Nació en 1943 en Barranquilla, en el seno de una familia judía de la costa. Su formación económica coincidió con un momento peculiar: entre 1960 y 1965, la Universidad Nacional contaba con apenas tres profesores marxistas, ninguno en la facultad de Economía. La izquierda estudiantil se formaba por su cuenta, al lado de la microeconomía neoclásica y la teoría del desarrollo oficialmente enseñadas, con el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS y los textos llegados de la revolución cubana. Marx mismo era un autor casi desconocido en su forma directa; en el mejor de los casos se leían Paul Baran, Paul Sweezy y Oskar Lange.

De ese ambiente —dominado por la vertiente leninista, con las contradicciones productivas como fundamentales y el proletariado como sujeto histórico— salieron dos rasgos que marcarán a Kalmanovitz. El primero, un afán cuantitativo poco común en la izquierda de la época: la convicción de que las tesis sobre el desarrollo debían sostenerse con series estadísticas, no con citas. El segundo, la disposición a revisar el propio dogma cuando los datos lo contradijeran. Porque el hecho decisivo de esos años fue que, hacia comienzos de los setenta, una generación de relevo con posgrados constató —a la luz de las estadísticas— que el capitalismo sí se estaba desarrollando en Colombia. Esa constatación obligaba a replantear la estrategia revolucionaria de la izquierda, que se apoyaba hasta entonces en la doctrina del agotamiento o imposibilidad del desarrollo capitalista periférico. Kalmanovitz asumió esa revisión como programa intelectual.

El desarrollo salvaje: la agricultura y la estructura agraria

Su primer libro mayor, El desarrollo de la agricultura en Colombia, apareció en 1978 en Editorial La Carreta de Bogotá y tuvo una segunda edición en 1982 con Carlos Valencia Editores. Es la obra que lo instaló en la historiografía. Kalmanovitz organiza el análisis de la evolución de la estructura agraria colombiana en torno a tres ejes: las formas de trabajo, las formas de tenencia de la tierra y los efectos de la violencia sobre esa estructura. Aparecen allí las tensiones sobre el acceso a la tierra —los movimientos campesinos de Huila, Tolima, Sumapaz y el Tequendama, el movimiento indígena de Quintín Lame entre 1920 y 1940— como parte de un ciclo largo de movilización social que anticipa, sin resolverse en él, el estallido de la Violencia bipartidista. El libro se convirtió en referencia obligada para entender por qué la modernización agraria colombiana fue tardía, incompleta y violenta, y aparece hoy citado al mismo nivel que los trabajos de Bejarano sobre economía cafetera y de Machado sobre política agraria.

Poco después vino la obra que le daría lectorado más amplio: Economía y Nación: una breve historia de Colombia, publicada por Tercer Mundo Editores en Bogotá. Su primera edición data de 1985; la tercera, de 1988; la cuarta, de septiembre de 1994, con reimpresiones sucesivas en julio de 1995 y enero de 1997. Que un libro de historia económica alcanzara cuatro ediciones y varias reimpresiones en una década es, para el mercado editorial colombiano, un dato tan revelador como cualquier tesis: Kalmanovitz había encontrado un público más allá de la universidad. La obra recorre el largo plazo, desde el régimen colonial y las formas de economía indígena y agricultura criolla, y despliega la interpretación del país que quedará asociada a su nombre: la del "desarrollo salvaje".

La expresión resume una visión precisa. El desarrollo colombiano, para Kalmanovitz, está marcado por las contradicciones internas de la acumulación capitalista, por un sistema político disfuncional y por las presiones del capitalismo mundial y las grandes potencias. Salvaje no significa ausente: significa desigual, brutal y sostenido en el mismo movimiento. Pero Economía y Nación incorpora también un giro que tensiona la ortodoxia marxista de la que proviene su autor: en el prólogo, Kalmanovitz rechaza explícitamente la visión del pueblo como agente pasivo de la historia y sostiene que el propio desarrollo capitalista incuba en los individuos anhelos libertarios de independencia personal, gremial y política, produciendo desarraigo frente a instituciones caducas. La categoría de sujeto histórico —proletariado en el leninismo clásico— cede espacio a una idea más amplia de agencia popular, sin abandonar el vocabulario de clases dominantes, imperialismo y acumulación.

Al lado de estos dos libros mayores, Kalmanovitz sostuvo una producción constante en historia agraria. Con Enrique López Enciso publicó en 2006, en coedición del Fondo de Cultura Económica y el Banco de la República, La agricultura colombiana en el siglo XX, un balance que retomaba y actualizaba tres décadas de sus propias investigaciones. Sus estadísticas sobre población vacuna y degüello han sido empleadas por otros historiadores como fuente para analizar el consumo de carne en Colombia en la primera mitad del siglo XX, un ejemplo del trabajo cuantitativo minucioso que subyace a sus síntesis de largo plazo.

Del narcotráfico a la codirección del Banco

Hacia finales de los ochenta, Kalmanovitz amplió el radio de sus temas y se instaló como voz reconocible en el debate público. En marzo de 1990 publicó en la revista Economía Colombiana el artículo "La economía del narcotráfico en Colombia", en paralelo con trabajos de Eduardo Sarmiento Palacio y otros. Era el momento en que la academia colombiana comenzaba a producir un análisis serio del narcotráfico como fenómeno económico y no solamente criminal, y Kalmanovitz —desde su tradición estructural— aportó una lectura que integraba lavado, acumulación y efectos sobre el aparato productivo. Ese perfil de analista con oficio historiográfico y voluntad de intervención en la coyuntura le abrió, poco después, la puerta del banco central.

En 1993, el presidente César Gaviria lo nombró codirector del Banco de la República, cargo que ejercería durante los años decisivos de consolidación de la independencia otorgada al banco por la Constitución de 1991. La designación fue notable en varios sentidos. Kalmanovitz llegaba desde la izquierda universitaria a una institución vista como bastión de la ortodoxia; su nombramiento formaba parte del pluralismo tecnocrático que Gaviria y su ministro de Hacienda, Rudolf Hommes, intentaron imprimir a la primera generación de directores del banco autónomo.

Desde allí articuló una defensa vigorosa de la independencia del banco central, entendida en términos precisos: las decisiones del emisor deben responder a los intereses de los ciudadanos y no a los del gobierno de turno, sin perjuicio de la obligación constitucional de coordinar con la política económica gubernamental. Se apoyó en la literatura de Finn Kydland y Edward Prescott sobre inconsistencia temporal. Su argumento era claro: cuando un banco central cede ante el gobierno o el sector privado, valida excesos de demanda que terminan traduciéndose en aumentos generalizados de precios. En un texto de 2003 —citado repetidamente en la literatura posterior sobre banca central— señaló que el financiamiento del gasto público mediante emisión es un recurso particularmente común en países en desarrollo donde la tributación suele ser baja. La observación no era coyuntural: era la extensión monetaria de su vieja tesis sobre la herencia colonial. Un Estado débil fiscalmente por razones históricas termina, siglos después, presionando al banco central para financiar lo que no puede cobrar en impuestos.

La historia como argumento de política monetaria

El paso por el Banco de la República no interrumpió, sino que reencauzó, la obra historiográfica de Kalmanovitz. Sus años como codirector coinciden con una producción que reorienta el interés hacia la historia monetaria y fiscal, y hacia la lectura institucionalista de la formación económica colombiana. Aquí es donde su itinerario cobra su forma más nítida: las mismas preguntas que en los setenta se habían formulado en clave de acumulación y clases dominantes se replantean ahora en clave de reglas del juego, credibilidad y arreglos institucionales.

Un caso paradigmático es su análisis de la política monetaria colombiana durante la Gran Depresión. Kalmanovitz mostró que entre 1929 y 1932 las decisiones del Banco de la República fueron marcadamente procíclicas, con tasas de interés reales de entre 30 y 40%, sostenidas por la defensa del patrón oro. El abandono de ese patrón en 1931 permitió aplicar políticas más expansivas —devaluación del peso, emisión para contrarrestar la contracción monetaria, préstamos al Gobierno— y contribuyó a que la crisis fuera superada con rapidez y a que la economía retomara fuertes crecimientos desde 1933. La lectura es a la vez historiográfica y programática: reglas rígidas mal diseñadas prolongan crisis; instituciones flexibles y bien orientadas las acortan. La memoria del patrón oro se usaba para pensar la política monetaria contemporánea.

En la misma línea se inscribe su trabajo con Edwin López Rivera, "La economía de Santafé de Bogotá en 1810", publicado en la Revista de Historia Económica (vol. 30, n.º 2, 2012, pp. 191-224). Reconstruir cuantitativamente la economía colonial en vísperas de la Independencia era mostrar el punto de partida efectivo desde el cual Colombia inició su vida republicana, y por tanto medir la herencia real —no mítica— con la que arrancó el siglo XIX.

Ese proyecto histórico-institucional se prolongó también en registros más ensayísticos y fuera del ámbito hispanoamericano: en 1998, Plon publicó en París su Philosophie de la République, obra de escasa circulación en América Latina que ensancha el marco de la reflexión sobre las condiciones institucionales de la vida republicana hacia una discusión de filosofía política. La divulgación, en cambio, culminó en la Breve historia económica de Colombia, cuya edición de 2017 fue publicada por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia dentro de la colección Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, con presentación de Adolfo Meisel Roca, colega historiador y también antiguo miembro de la junta del Banco de la República. Que el Estado colombiano imprimiera y distribuyera masivamente ese libro constituye un reconocimiento del lugar central de la obra de Kalmanovitz en la memoria económica del país.

Continuidad bajo vocabularios distintos

La lectura convencional describe la trayectoria de Kalmanovitz como una conversión: del marxismo estructuralista de los setenta al institucionalismo de los noventa y dos mil, pasando por la disciplina monetaria del banco central. Pero el propio material de su obra permite una lectura más precisa. Las categorías centrales de Economía y Nación —herencia colonial adversa, acumulación desigual, clases dominantes que capturan la renta pública, un Estado débil— son perfectamente compatibles con el vocabulario institucionalista que domina su producción posterior. Lo que cambió no fue tanto el diagnóstico como el interlocutor y, con él, el registro. Al estudiante universitario de izquierda de los setenta, Kalmanovitz le hablaba de imperialismo y de contradicciones internas de la acumulación; al tecnócrata y al lector de la prensa económica de los dos mil, le habla de reglas fiscales, credibilidad monetaria e independencia institucional. Detrás de ambos discursos late la misma pregunta: por qué Colombia no se desarrolló al ritmo de otras economías comparables, y qué papel jugaron en ese retraso las instituciones heredadas del régimen colonial.

Esa continuidad ayuda a explicar por qué su obra circula con igual naturalidad en bibliografías de historia agraria, de historia monetaria y de historia política e institucional —aparece citado, por ejemplo, en trabajos sobre descentralización política colombiana, un campo lejano de sus intereses originales—. La coherencia interna no se sostiene en una fidelidad doctrinaria a Marx, ni en una adhesión ortodoxa al institucionalismo de Douglass North: se sostiene en una pregunta —la del atraso relativo— y en un método —la historia económica cuantitativa combinada con lectura institucional—.

La red intelectual

La obra de Kalmanovitz no se sostiene en solitario. Está tejida sobre una red de interlocutores que definen la historia económica colombiana contemporánea. Con Bejarano compartió el interés por la agricultura y la crítica al latifundio; los balances historiográficos suelen mencionarlos juntos como los estudios más relevantes sobre la agricultura colombiana en el siglo XX. Con Álvaro Tirado Mejía, Medófilo Medina y Gonzalo Sánchez compartió el ambiente de la historiografía marxista de los setenta y ochenta. Con Marco Palacios, autor de la referencia canónica sobre el café colombiano, mantuvo un diálogo indirecto: Economía y Nación aparece citada en la bibliografía de El café en Colombia, 1850-1970 de Palacios, señal de que ambos leían y usaban el trabajo del otro.

En el volumen colectivo Colombia hoy —una de las obras de referencia sobre el país entre los setenta y los noventa—, Kalmanovitz figura como coautor junto a Mario Arrubla, Bejarano, J. G. Cobo Borda, Jaime Jaramillo Uribe, Jorge Orlando Melo y Tirado Mejía. Esa nómina define con nitidez la generación intelectual a la que perteneció: la que reescribió la historia colombiana desde la crítica y la que, a diferencia de la historiografía académica anglosajona coetánea, mantuvo una vocación de intervención pública. En el Banco de la República compartió junta con figuras como Miguel Urrutia, gerente durante buena parte del período; con Meisel Roca, otro historiador económico llegado a la tecnocracia; y con la generación de economistas formados en la Reserva Federal de Nueva York y en las universidades norteamericanas que dominaba entonces la política monetaria colombiana.

Ese cruce entre historiadores, economistas y funcionarios es característico de la producción intelectual colombiana de las últimas décadas y explica por qué la historia económica del país ha tenido una influencia inusualmente directa sobre el diseño de política pública. Kalmanovitz operó en ese cruce con más constancia que casi cualquier otro de sus contemporáneos.

Debates, adversarios y sombras

El temperamento polémico de Kalmanovitz es parte de su huella. Como codirector del Banco defendió posiciones que le enfrentaron con sectores del gobierno y con los gremios cuando la política monetaria contradecía sus intereses. Como historiador escribió contra visiones consoladoras del pasado colombiano: rechazó las lecturas nostálgicas de la Colonia, criticó los relatos hagiográficos sobre las élites republicanas y no ahorró tinta contra la persistencia de rentas improductivas y de un Estado capturado. Su tesis sobre el "desarrollo salvaje" ha sido discutida por historiadores más optimistas sobre el desempeño colombiano en el largo plazo, y su institucionalismo tardío le ha valido, desde algunos sectores de la izquierda, la acusación de haber abandonado el análisis de clase por un discurso técnico compatible con el consenso neoliberal.

El propio Kalmanovitz ofrece elementos para relativizar esa segunda crítica. Sus intervenciones sobre la desigualdad de la carga tributaria colombiana, sobre la debilidad fiscal como fenómeno de larga duración y sobre la captura del Estado por las élites se mantienen dentro de una tradición crítica reconocible aunque el vocabulario haya cambiado. Pero es cierto que el Kalmanovitz del banco central habla un idioma distinto del que hablaba en 1978: menos combativo, más técnico, más dispuesto al diálogo con el establecimiento económico. Esa transformación es parte de una historia más amplia de la izquierda intelectual colombiana en las últimas cuatro décadas, y hace de él uno de sus casos más significativos.

Huella

Su huella opera en tres registros. En la historiografía, sus libros son referencia obligada para cualquier estudio serio sobre la agricultura, la economía colonial o la historia monetaria colombiana. Sus estadísticas se siguen usando y sus interpretaciones se siguen discutiendo; sus obras aparecen en programas universitarios y en bibliografías internacionales sobre historia económica latinoamericana. La Breve historia económica de Colombia incorporada a la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana en 2017 asegura que varias generaciones seguirán leyéndolo, dentro y fuera del aula.

En la política pública, su paso por el Banco de la República dejó una defensa articulada de la independencia del banco central que sigue citada en la literatura académica y en los debates sobre reforma institucional. Sus argumentos sobre la relación entre debilidad fiscal, financiamiento monetario del gasto público e inflación son parte del acervo compartido de la tecnocracia colombiana y latinoamericana.

En el debate ciudadano, Kalmanovitz ha sido durante décadas una de las voces reconocibles de la opinión económica en columnas y prensa, con un estilo que combina rigor cuantitativo, argumento histórico y toma explícita de posición. Ese tercer registro —el del intelectual público— quizás sea el más difícil de medir pero el más característico: ha contribuido a que la historia económica no sea, en Colombia, un asunto exclusivo de especialistas, y a que categorías como "herencia colonial", "captura del Estado" o "credibilidad monetaria" circulen en el debate político como piezas de uso corriente.

Lo suyo es, al final, la biografía de un método antes que la de una doctrina: medir el atraso, fecharlo, discutirlo y ponerlo en el centro de la conversación pública. Que ese método haya cabido bajo el vocabulario del marxismo estructuralista y bajo el del institucionalismo económico, sin quebrarse en la mudanza, es lo que explica la singular posición de Kalmanovitz en la historia intelectual colombiana —y lo que asegura que sus libros seguirán leyéndose cuando ambos vocabularios hayan sido reemplazados por otros.