La prensa y la Gran Colombia
Entre 1811 y 1831, la prensa política grancolombiana —La Bagatela, el Correo del Orinoco, la Gaceta de Colombia y decenas de hojas provinciales— fabricó el vocabulario del pueblo soberano, personalizó la enemistad Santander-Bolívar y prefiguró discursivamente la disolución de la república antes de que ocurriera de hecho. El debate historiográfico gira en torno a si esa tipografía fue dispositivo constitutivo del Estado-nación o mero accesorio de la guerra y la política.
¿Creó la prensa a la Gran Colombia, o solo la nombró antes de que existiera?
Entre la aparición de La Bagatela de Antonio Nariño en 1811 y el cierre de la Gaceta de Colombia a finales de 1831, la Nueva Granada, Venezuela y Quito produjeron un fenómeno singular: una república que existió en tipografía antes que en instituciones, y que se disolvió también en columnas antes que en campamentos. La prensa política del ciclo grancolombiano —hojas insurgentes, gacetas oficiales, panfletos de facción y periódicos provinciales— no fue accesorio bélico ni ornamento republicano, sino el taller donde se fabricaron a la vez el vocabulario del pueblo soberano, la enemistad entre Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, y las identidades provinciales que acabaron rompiendo la unión. Ese taller operó, sin embargo, sobre un país cuya geografía —distancias, costos, retrasos de semanas o meses— limitó estructuralmente el alcance de sus impresos: una tirada de 800 ejemplares por número no sostiene por sí sola el poder que a veces se atribuye a la imprenta de la época.
¿El Estado creó su opinión pública, o la opinión pública creó al Estado? En la Gran Colombia la pregunta toma una forma peculiar. La república se proclamó por Ley Fundamental el 17 de diciembre de 1819 en Angostura, cuando aún no controlaba militarmente ni la mitad de su territorio nominal, cuando su capital administrativa fluctuaba entre Angostura, Cúcuta y Bogotá, y cuando gran parte de sus habitantes ignoraban que ahora eran ciudadanos de un nuevo país. La república existió primero como enunciado impreso —en el Correo del Orinoco, en decretos difundidos por hojas provinciales, en las cartas de Bolívar reproducidas por sus corresponsales— y solo después, con retraso variable según la distancia a Bogotá, como realidad administrativa.
De la respuesta depende cómo se lee la disolución de 1830. Si la prensa fue mero accesorio, la ruptura obedeció a fuerzas materiales —élites regionales, geografía, economías divergentes— y las columnas de Las Reformas o de los periódicos bogotanos contra el Código Bolivariano fueron síntomas tardíos. Si la prensa fue constitutiva, la Gran Colombia se fracturó primero en la esfera del discurso impreso, y la separación de Venezuela liderada por José Antonio Páez, la secesión ecuatoriana y la caída de Bolívar fueron ejecuciones materiales de rupturas ya consumadas en tinta.
Los términos del debate
Hay varias lecturas posibles, y conviene ordenarlas por su ambición antes que enumerarlas.
La más modesta sostiene que el republicanismo bolivariano se apoyó tanto en bayonetas como en tipografías, y que la imprenta de Angostura, sede del Correo del Orinoco desde 1818, prefigura una modernidad política latinoamericana en la que ningún jefe de guerra puede prescindir del taller impresor. Una tesis más fuerte afirma que esa prensa bélica construyó al pueblo republicano —lo interpeló, le dio nombre, lo dotó de un enemigo (el despotismo español), le enseñó un vocabulario de patria, ciudadano, libertad y ley— antes de que ninguna institución estatal tuviera capacidad de hacerlo. Una tercera desplaza el foco al conflicto interno: la enemistad Santander-Bolívar habría sido producto e insumo de una guerra de tinta entre publicistas que necesitaban dos polos personales sobre los cuales construir sus argumentos y sus clientelas. La cuarta cierra el arco: los publicistas provinciales, en Caracas, Quito, Guayaquil y aun en Bogotá, prefiguraron discursivamente la disolución de Colombia antes de que Páez la formalizara con el Acta de Separación de Caracas.
Frente a estas tesis, dos matizaciones laterales. Una advierte que la prensa cartagenera —El Mensajero de Cartagena de Indias, Década. Miscelánea de Cartagena de Indias, El Observador Colombiano— reproducía sistemáticamente noticias atlánticas llegadas por barco desde Kingston, Willemstad y puertos estadounidenses, lo que la inscribe en un circuito caribe que precede y desborda al Estado colombiano. La otra sugiere que la Gaceta de Colombia inventó un modelo de comunicación estatal —subsidio, distribución gratuita a autoridades, republicación de textos legitimadores— que las tres repúblicas sucesoras heredaron sin ruptura sustancial. Y hay una consideración transversal a todas: la guerra de tinta santanderista-bolivariana movilizó a las élites letradas en repertorios afectivos de lealtad, indignación, sospecha y veneración que excedieron por mucho lo que las tiradas de los periódicos podían inocular en la población general.
Contra todo esto se levanta la objeción del escepticismo estructural. Si la Gaceta imprimía 800 ejemplares y regalaba 330 a empleados y autoridades, ¿cuánto pueblo republicano cabe fabricar con esa aritmética? Si las asambleas primarias entre 1822 y 1827 mostraron continuidad en los perfiles de los electores pese a que hojas como El Defensor de las Libertades Colombianas publicaban listas de candidatos, ¿no indica esto que los votantes seguían vínculos de vecindad y clientela, ajenos al debate impreso? Y si Santa Fe de Bogotá recibía las noticias europeas con al menos un mes de retraso respecto a Cartagena, ¿qué unidad discursiva podía sostener una república en la que la información llegaba desfasada a sus propias capitales?
La evidencia
El linaje empieza antes de la república. El Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, fundado por el cubano Manuel del Socorro Rodríguez el 9 de febrero de 1791 bajo el patronazgo del virrey Ezpeleta, se sostuvo durante seis años y unos 265 números, con al menos 147 suscriptores en su primer año, muchos de ellos funcionarios reales. En sus páginas colaboraron Mutis, Francisco Antonio Zea, Francisco Javier Matiz, Francisco José de Caldas y Pedro Fermín de Vargas. Vinieron después el Correo Curioso, Erudito, Económico y Mercantil de 1801, fundado por Jorge Tadeo Lozano y el presbítero José Luis de Azuola, y el Semanario del Nuevo Reino de Granada de Caldas, entre 1808 y 1810. Detrás de esas cabeceras había una infraestructura material lenta y decisiva: los jesuitas habían traído la primera imprenta a Bogotá en 1738, y hacia 1793 funcionaban la Imprenta Real y la Imprenta Patriótica de Nariño —esa donde el 13 de diciembre de 1793 se imprimieron los Derechos del Hombre y del Ciudadano que le costarían a Nariño, al año siguiente, diez años de cárcel, extrañamiento perpetuo de América y confiscación de bienes.
Esa red de letrados, formada bajo la ilustración virreinal, tomó en 1810 la imprenta como arma. La Bagatela, del propio Nariño, publicó 38 números y suplementos y suele reconocerse como el primer periódico político neogranadino. En provincia proliferaron gacetas oficiales —la Gaceta Ministerial de la República de Antioquia sacada por Juan Bautista del Corral, La Aurora de la Junta Suprema de Popayán, la Gaceta de Tunja— y publicaciones particulares que tomaron partido explícito en el debate centralismo-federalismo. El Argos Americano, en su segunda época tunjana, alcanzó 110 números entre diciembre de 1813 y enero de 1815; El Observador Colombiano de Cartagena, dirigido por Pedro Gual, sumó 16 números desde agosto de 1813, combatiendo el federalismo y abogando por la unión con Venezuela; El Mensajero de José María Salazar inició el 11 de febrero de 1814. Cuando Pablo Morillo emprendió la Reconquista, la difusión atlántica de sus tácticas violentas —encuadradas en los tropos preexistentes de la leyenda negra española— movilizó apoyos monetarios y logísticos desde Gran Bretaña y Estados Unidos: la imprenta patriota había entendido antes que sus adversarios que el destino de la guerra se jugaba también en la opinión anglosajona.
El salto cualitativo ocurre en Angostura. Bolívar tomó control de la ciudad el 17 de julio de 1817, se declaró Jefe Supremo del Ejército el 24 de julio, abrió el Orinoco a la Legión Británica y montó una operación tipográfica cuya lógica ya no era la del panfleto insurgente sino la de una prensa de Estado avant la lettre. El Correo del Orinoco difundió el anuncio del proceso electoral del 1.º de octubre de 1818, la convocatoria del Congreso instalado el 15 de febrero de 1819 y la Ley Fundamental del 17 de diciembre de 1819. Publicó también textos sobre el derecho a la insurrección —incluida, en 1820, la célebre Gramática de la insurrección del número 92, atribuida erróneamente a Bolívar y probablemente obra de un escritor chileno— y funcionó en tándem con operaciones publicitarias paralelas: el Outline of the Revolution de Manuel Palacio Fajardo, publicado en Nueva York por James Eastburn and Co. en 1817 y reseñado al año siguiente por el American Monthly Magazine and Critical Review, o la misión diplomática de Francisco Antonio Zea en Europa tras diciembre de 1819. La república no existía todavía como aparato administrativo cuando ya existía como flujo impreso trilateral —Angostura, Nueva York, Londres— dirigido a públicos que iban desde el llanero alfabetizado hasta el prestamista londinense.
Con la victoria consolidada empezó la fase ministerial. La Gaceta de Colombia circuló hasta el cierre de 1831 con 566 números distribuidos en todos los departamentos. Se imprimían 800 ejemplares y unos 330 se distribuían gratuitamente a empleados, autoridades y editores de otros periódicos dentro y fuera del país; el gobierno subsidiaba el déficit. Su primer director fue Miguel de Santamaría, diputado por Santa Marta y mexicano de nacimiento, que fijó el contenido mientras el Congreso Constituyente sesionaba en Villa del Rosario de Cúcuta. Cuando el gobierno comenzó a despachar desde Bogotá, el vicepresidente Santander transfirió la dirección permanente a Casimiro Calvo, oficial de la Secretaría del Interior, y trasladó las operaciones a la capital. Bajo la supervisión del ministro del Interior José Manuel Restrepo, la Gaceta republicó textos adaptados de Caldas para persuadir a los lectores de que el centralismo traería prosperidad: la operación no era editorial en sentido moderno sino de ingeniería ideológica de largo alcance, canalizada por el Partido Libertador y funcional a la república centralista con capital en Bogotá.
En paralelo, y muchas veces contra la Gaceta, floreció una prensa particular de facción. Leandro Miranda, hijo del precursor Francisco de Miranda, comenzó a publicar en Bogotá el 27 de mayo de 1824 el semanario El Constitucional, técnicamente la publicación particular de mejor factura del país: cuatro columnas, textos bilingües español-inglés, maquinaria e impresor ingleses, actas legislativas y decretos ejecutivos. Su cosmopolitismo material era ya una toma de posición: Colombia debía leerse como una república moderna con ambición londinense. Juan García del Río, que vivió muchos años en Inglaterra, redactó en asocio con Andrés Bello el Repertorio Americano y admiraba abiertamente las instituciones británicas —monarquía, parlamento, economía—; en 1829 publicó Meditaciones colombianas. Otras hojas cumplían funciones más inmediatas: El Defensor de las Libertades Colombianas publicó en 1827 listas de candidatos para las elecciones de electores del cantón de Bogotá.
La disputa se personalizó pronto. Frente a la Constitución boliviana —con presidente vitalicio que nombra sucesor y poderes casi monárquicos— y frente al proyecto de Nariño en Cúcuta, resumible como "centralismo primero, federalismo después", la prensa comenzó a producir dos figuras arquetípicas: el Libertador tentado por el cesarismo y el vicepresidente guardián de la legalidad de 1821. El cónsul británico en Caracas anotó el 14 de diciembre de 1826 que los periódicos llegados de Bogotá estaban llenos de ataques a Bolívar, criticando el Código Bolivariano y comparándolo con Napoleón e Iturbide. La comparación no era casual: era el repertorio afectivo que los publicistas santanderistas necesitaban para convertir una disputa constitucional en un drama moral con dos protagonistas nombrables. La Gaceta ministerial no era neutral en este pulso; el propio Santander la usó para defenderse de los ataques de la prensa opositora, y esa doble condición —órgano oficial y arma personal— agrió la percepción de su función pública.
Las hojas bolivaristas replicaron. Las Reformas, entre agosto y octubre, y La Luna, entre octubre y noviembre, funcionaron como propaganda partidaria; en marzo de 1828 el coronel Richard Crofton publicó un panfleto prometiendo "dedicación absoluta a sostener y defender a Colombia" y a su presidente, lo que le valió reputación de bolivariano acérrimo entre sus partidarios y de matón violento entre sus enemigos. La Convención de Ocaña, entre abril y junio de 1828, se disolvió sin resultado —los bolivarianos se retiraron, los santanderistas se declararon adheridos a la Constitución de 1821—, y en agosto Bolívar expidió el decreto orgánico de la dictadura, suprimiendo la vicepresidencia que había ocupado Santander. La ruptura constitucional fue precedida y acompañada por meses de escritura combativa: la polarización institucional ratificó una polarización tipográfica anterior.
En las provincias, el mapa impreso muestra que la unidad grancolombiana era, cuando mucho, una superposición precaria. En Quito, El Colombiano del Ecuador circuló entre el 2 de noviembre de 1825 y el 17 de diciembre de 1826, redactado por José Félix Valdivieso y el español Tamariz, impreso en la Imprenta de los cuatro amigos del país por F. A. Córdova. En Guayaquil, El Colombiano de Guayas circuló entre el 20 de octubre de 1827 y el 6 de mayo de 1830, con 40 números, en la imprenta de Manuel Ignacio Mariño, y continuó como El Colombiano en la imprenta de J. F. Puga hasta el 13 de septiembre de 1832, alcanzando el número 160: su continuidad después de la disolución es reveladora, porque muestra que la comunidad de lectores guayaquileños existía como público autónomo y no como delegación bogotana. En Caracas, El Colibrí de Rafael Domínguez apareció entre el 9 de junio de 1827 y el 15 de febrero de 1830, sumando 24 números; y allí mismo, o desde allí en circulación, se ventilaban desde 1826 las críticas al Libertador que el cónsul británico consignaba en su diario.
Cartagena, entretanto, seguía siendo puerto atlántico antes que ciudad grancolombiana. El Mensajero de Cartagena de Indias, desde febrero de 1814, y Década. Miscelánea de Cartagena de Indias, activo al menos en octubre de 1814, reproducían noticias de la prensa jamaicana —The Royal Gazette, The Chronicle, The Current— y estadounidense llegadas en barco. El retraso variaba: en ocasiones días, en otras semanas o meses. La inscripción caribe de la prensa cartagenera no fue accidente logístico sino estructura. Bogotá dependía de Cartagena para saber qué ocurría en Europa, y Cartagena dependía de Kingston. La comunidad de lectores que se formó en el puerto tenía un horizonte distinto al del altiplano, y esa asimetría —informativa, comercial, cultural— se sostuvo a lo largo de todo el ciclo republicano.
La respuesta
La prensa grancolombiana operó como dispositivo constitutivo dentro de límites materiales estrictos. Hizo lo que el aparato administrativo no podía: nombró la república, difundió sus leyes fundamentales, ofreció un vocabulario común de ciudadanía, patria y ley, y volvió visibles a sus protagonistas ante un habitante que ninguna oficina estatal alcanzaba, en una parroquia andina o un caserío del Orinoco. El Correo del Orinoco fabricó la existencia de la Gran Colombia antes de que la Gran Colombia tuviera cómo hacerse presente en sus propios territorios. La Gaceta de Colombia inauguró un modelo de comunicación estatal —periódico oficial subsidiado, distribución obligatoria a autoridades, republicación estratégica de textos legitimadores— que Nueva Granada, Venezuela y Ecuador heredaron sin ruptura significativa; la Gaceta de la Nueva Granada, creada por la Convención Granadina de 1832, fue sucesora directa antes que refundación. Y la enemistad entre Santander y Bolívar, aunque tenía raíces en desacuerdos reales sobre la Constitución de 1821, el proyecto boliviano y el decreto de dictadura de agosto de 1828, adquirió su forma pública —cesarismo contra legalidad, Libertador contra Hombre de las Leyes— en la producción sostenida de los publicistas de ambos bandos, que necesitaban dos polos personales para articular sus argumentos, sus lectores y sus intereses.
El techo material, sin embargo, era bajo. Una tirada de 800 ejemplares, la distribución gratuita a las autoridades como principal vía de circulación, los meses de retraso entre Cartagena y Bogotá, la continuidad de los perfiles electorales entre 1822 y 1827 pese a las listas publicadas por hojas como El Defensor de las Libertades Colombianas: la prensa operó sobre un país en el que las redes clientelares, la vecindad y la desigualdad geográfica pesaban más que las columnas impresas en la mayoría de las decisiones cotidianas. La opinión republicana que la prensa fabricó fue una opinión de las élites letradas —Nariño, Restrepo, Santander, García del Río, Miranda, Valdivieso, Domínguez, los redactores anónimos de Las Reformas y La Luna—, que se hablaba entre sí, se leía entre sí, se destruía entre sí, y que solo indirectamente movilizaba a poblaciones más amplias.
Por eso las provincias pudieron prefigurar la disolución antes de que ocurriera. Cuando desde Caracas se comparaba a Bolívar con Napoleón e Iturbide en diciembre de 1826, cuando El Colombiano del Ecuador daba a Quito una voz propia en 1825-1826, cuando El Colombiano de Guayas sostenía en Guayaquil una comunidad de lectores autónoma que sobrevivió a la unión misma, lo que se imprimía era el reconocimiento discursivo de identidades regionales cuyos sustratos materiales —élites, economías, geografías, redes eclesiásticas— existían desde antes. La imprenta no las creó: las nombró, y en ese acto de nombramiento aceleró su cristalización política. Cuando Páez oficializó la separación con el Acta de Separación de Caracas, cuando Ecuador se constituyó como república propia, cuando la Convención Granadina de 1832 decretó que las provincias del centro formaban un Estado llamado Nueva Granada, esas rupturas eran ejecuciones materiales de rupturas ya redactadas.
La prensa fue, entonces, mucho más que accesorio bélico y algo menos que motor autónomo. Forjó vocabulario, personalizó polos y articuló identidades provinciales, pero sobre un sustrato de distancias insalvables, clientelas preexistentes y élites regionales cuya autonomía la tipografía podía visibilizar mas no fabricar. La ruptura de 1830 se ensayó en columnas antes que en campamentos, pero esas columnas encendieron un combustible que la geografía, la economía y la política colonial habían dispuesto durante siglos. Aquella república nació en tipografía antes que en instituciones, y en tipografía —caraqueña, quiteña, guayaquileña, bogotana— ensayó también su despedida: los publicistas que aprendieron a personalizar disputas y a nombrar identidades regionales estaban escribiendo ya el manual de las tres repúblicas que la sucedieron.