Ofelia Uribe de Acosta
República Liberal
1900–1988
La biografía
En un país que tardó hasta 1954 en reconocer a las mujeres como ciudadanas, Ofelia Uribe de Acosta fue la voz que, durante cuatro décadas, se negó a que ese reconocimiento se demorara sin que alguien lo cobrara en voz alta. Nacida en Oiba, Santander, en 1900, y muerta en 1988, fue la primera mujer que en Colombia redactó y presentó una propuesta legal para que las casadas administraran sus propios bienes, la primera que instaló un programa radial explícitamente feminista, y una de las plumas más constantes de la prensa política escrita por mujeres. Su trayectoria enlazó lo que otras figuras de su tiempo trataron por separado: los derechos civiles del régimen matrimonial, los derechos políticos del sufragio y el derecho —menos codificado pero decisivo— a hablar en público sin permiso. Si el feminismo colombiano del siglo XX tuviera que escogerse una articuladora persistente, radical y programáticamente integral, ese lugar le correspondería a ella. Que la memoria oficial la haya recordado menos que a las delegadas bipartidistas de 1954 no es un accidente: es la marca de cuánto incomodó, y de cuánto siguió incomodando después.
Línea de vida
- 1927
Contexto intelectual: Sanín Cano y el feminismo laico
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Baldomero Sanín Cano dictó en la Universidad una conferencia en la que sostuvo que la cultura de un pueblo se mide por la participación de la mujer en sus destinos, atribuyendo a la tradición judeocristiana la base de la inferioridad civil y política femenina. Este pronunciamiento coincidió con la formación intelectual de Uribe y con el ambiente en que ella y Georgina Fletcher comenzaron a impulsar las voces de más mujeres en torno a sus derechos.
- 1930
Propuesta sobre el Régimen de Capitulaciones Matrimoniales
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En diciembre de 1930, con el gobierno de Enrique Olaya Herrera recién inaugurado, Uribe de Acosta presentó una propuesta de ley sobre el Régimen de Capitulaciones Matrimoniales, fórmula constitucional destinada a que la mujer casada pudiera administrar sus propios bienes en lugar de que lo hiciera su marido por derecho automático, desafiando así la arquitectura patrimonial del código civil decimonónico.
- 1930
Alianza con Georgina Fletcher en la lucha por los derechos civiles
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En paralelo a su propuesta legislativa, Uribe de Acosta actuó junto a Georgina Fletcher, española residente en Bogotá, quien se presentó ante el presidente Olaya Herrera para solicitar la transformación de la legislación colombiana sobre el derecho de la mujer a administrar sus bienes. Ambas fueron identificadas como figuras centrales del feminismo colombiano desde los años veinte.
- 1935
La Hora Feminista: primer programa radial feminista en Colombia
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Desde Tunja, Uribe de Acosta transmitió el programa radial 'La Hora Feminista', usando la radio —el medio de mayor penetración del país— para sensibilizar sobre los derechos políticos de las mujeres. La reacción fue inmediata: sus opositoras crearon 'La Hora Azul', programa de signo conservador destinado a contrarrestar los efectos feministas de su emisión, evidenciando las fracturas internas del movimiento de mujeres colombiano.
- 1940
Periódico Verdad: feminismo y crítica al bipartidismo
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Uribe de Acosta estuvo vinculada al periódico Verdad, desde el cual se articularon planteamientos políticos y feministas que rehuían el encuadre bipartidista. Desde sus páginas se proclamó la urgencia de que la mujer penetrara en la vida nacional como representante del hogar, postulando que la política colombiana, agotada por el odio partidista, necesitaba una voz femenina distinta.
- 1954
Acto Legislativo 3 de 1954: el sufragio femenino conquistado
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La Asamblea Nacional Constituyente, bajo el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, aprobó el Acto Legislativo 3 de 1954, que extendió la plenitud de los derechos ciudadanos a la mujer colombiana. Esmeralda Arboleda (Liberal) y Josefina Valencia de Hubach (Conservadora) condujeron el proyecto formal. La conquista llegó apropiada por actores del establecimiento, mientras el sustrato ideológico construido durante cuatro décadas por Uribe de Acosta quedó en un segundo plano de la memoria oficial.
Una santandereana en Boyacá
Ofelia Uribe nació con el siglo, en un pueblo del oriente santandereano donde el catolicismo político y la herencia ideológica de la Regeneración pesaban sobre la vida cotidiana con la misma naturalidad con la que pesa el clima. Colombia estaba entonces recomponiéndose de la Guerra de los Mil Días, y las estructuras educativas del país —relegadas al molde decimonónico— no daban señales de querer moverse. Las élites, herederas del proyecto regenerador, no mostraban interés en modificar los principios rectores de la enseñanza pública, y el resultado era, para cualquier niña de provincia, un horizonte estrecho: formación religiosa, labores domésticas, algunos rudimentos que la prepararan para el matrimonio. El panorama educativo colombiano de esos años ya era de por sí adverso; en el caso femenino, se hacía doblemente duro: a las mujeres se las relegaba a formas educativas consideradas menores y marginales, y allí terminaba la conversación.
Ofelia se casó con Guillermo Acosta y se trasladó a Boyacá, donde viviría buena parte de su vida activa. El apellido de casada —Uribe de Acosta— la acompañaría siempre en la firma, en un gesto irónico: la mujer que dedicaría sus mejores años a impugnar el régimen jurídico que subordinaba a las esposas a sus maridos aparecería en cada portada con el "de" que ese mismo régimen imponía. En Tunja, y luego en Bogotá, fue construyendo la biblioteca, el temperamento y las relaciones que la convertirían, hacia finales de los años veinte, en una interlocutora incómoda de los debates jurídicos y políticos del país.
Su formación intelectual coincidió con una coyuntura afortunada. En 1927, Baldomero Sanín Cano dictó en la Universidad una conferencia que se recordaría después como uno de los primeros pronunciamientos públicos, laicos y explícitamente feministas del pensamiento colombiano: sostuvo allí que la cultura de un pueblo se medía por la participación de la mujer en sus destinos, y atribuyó a la tradición judeocristiana la base histórica de la inferioridad civil y política femenina. Frases así circulaban todavía como excepciones. Pero circulaban. Y a ellas se sumaba un cambio material de fondo: en las primeras décadas del siglo XX, con el desarrollo de una economía más compleja, un número creciente de mujeres —muchas con estudios técnicos— comenzó a emplearse en el comercio y la industria, ampliando su universo social más allá del hogar. La cuestión femenina, que había sido asunto de moralistas, empezaba a ser también asunto de legisladores.
La propuesta de 1930
El primer acto público que ancla a Ofelia Uribe de Acosta en la historia jurídica de Colombia ocurrió en diciembre de 1930. Con el gobierno de Enrique Olaya Herrera recién inaugurado y la República Liberal apenas abriendo sus expectativas, Uribe presentó una propuesta sobre el Régimen de Capitulaciones Matrimoniales: una fórmula constitucional destinada a que la mujer casada pudiera administrar sus propios bienes en lugar de que lo hiciera su marido por derecho automático.
Conviene medir el alcance de esa propuesta. Bajo el régimen entonces vigente, heredado del código civil decimonónico, la mujer casada era jurídicamente incapaz para gran parte de los actos patrimoniales: no vendía, no compraba, no administraba, no contrataba sin la autorización marital. Era, ante el derecho, una menor perpetua cuyo tutor cambiaba del padre al esposo el día de la boda. Impugnar ese régimen no era una reforma técnica: era desmontar la arquitectura patrimonial de la familia patriarcal colombiana. Y esa impugnación, en 1930, la firmaba una mujer de Boyacá que apenas tenía treinta años.
En paralelo, Georgina Fletcher —española residente en Bogotá, una de las mujeres más políticamente lúcidas del país en esos años— se presentaba ante el presidente Olaya Herrera para solicitar directamente la transformación de la legislación colombiana en materia de administración de bienes por parte de las mujeres. Las dos trayectorias se entrelazaron. Desde los años veinte, Fletcher y Uribe de Acosta habían sido identificadas como figuras centrales que, en el marco de causas más liberales, impulsaban las voces de otras mujeres en torno a sus derechos. La propuesta jurídica de 1930 fue el punto en que ese impulso se volvió texto legal.
El resultado tardaría años en llegar, y llegaría incompleto. Durante la República Liberal, la emancipación jurídica de las mujeres avanzó en tres frentes: acceso a la universidad, eliminación de algunas cláusulas discriminatorias en las relaciones conyugales, y —más lentamente— reconocimiento de la capacidad civil de la casada. Pero los estatutos siguieron discriminando a la mujer en materia moral, sexual y familiar mucho después de que la ley admitiera que podía firmar un contrato. La reforma que Uribe había propuesto en 1930 abrió una discusión que otros terminarían de escribir; ella no reclamaría después la autoría exclusiva, pero tampoco cedería el terreno.
La radio y la prensa: hablar sin permiso
Si el proyecto de 1930 la colocó en el mapa de la legislación, lo que la volvió una figura pública en sentido pleno fue su decisión de usar los medios masivos. En Tunja, Ofelia Uribe de Acosta comenzó a transmitir un programa radial llamado La Hora Feminista. La radio era, en esos años, el medio de mayor penetración en el país; llegaba a lugares donde el periódico no llegaba, y hablaba a mujeres que no siempre sabían leer. Que una mujer casada, provinciana, dedicara media hora del dial a explicar por qué las colombianas debían tener derechos políticos era, en el contexto boyacense, un pequeño escándalo semanal.
La reacción fue simétrica y reveladora. Sus opositoras crearon un programa rival llamado La Hora Azul, cuyo nombre no dejaba dudas: el azul era el color del Partido Conservador, y el propósito explícito era contrarrestar los efectos feministas del programa de Uribe. La escena vale detenerse: en la Tunja de los años treinta y cuarenta, dos programas de radio hechos por mujeres se enfrentaban en el dial por el sentido mismo de lo que significaba ser mujer en Colombia. La una defendía derechos políticos; la otra, un ideal doméstico y confesional. La existencia de La Hora Azul deja claro algo que la mitología unitaria del feminismo suele olvidar: el movimiento de mujeres colombiano no fue un campo homogéneo articulado desde arriba, sino un espacio fracturado por diferencias de clase, partido y religión, donde el radicalismo liberal de Uribe fue una corriente minoritaria que coexistió con feminismos conservadores y católicos igualmente activos.
Además de la radio, Uribe estuvo vinculada al periódico Verdad, un órgano de expresión donde se articularon planteamientos políticos y feministas en un tono que rehuía el encuadre bipartidista tradicional. Desde sus páginas se afirmó que las banderas azul y roja —conservadora y liberal— "se han enarbolado últimamente como estandartes de odio y empapadas en lágrimas y sangre", y se proclamó la urgencia de que la mujer penetrara en la vida nacional como representante del hogar, aportando "algo nuevo que depure y tonifique con su limpia presencia". La frase suena hoy conservadora en su invocación del hogar; leída en contexto, era subversiva: postulaba que la política colombiana, agotada por el odio partidista, necesitaba una voz distinta, y que esa voz sería femenina o no sería.
Radio, prensa y giras: el repertorio propagandístico de las sufragistas colombianas se movió por esos tres carriles, y Uribe los usó todos. El efecto acumulado, sin embargo, no fue el que ella habría deseado. Lejos de reducir la oposición, las campañas de sensibilización despertaron suspicacias, resistencias y rechazo general. Los opositores al voto femenino publicaron columnas que hoy leen como parodia: uno calificó la campaña como inútil, aseguró que "el sarampión sufragista pasará pronto" y sostuvo que solo una "ínfima minoría" se había contagiado del sufragismo en Colombia. Otros recurrieron a la biología: recordaron que "ninguna hembra ha igualado al macho en las manifestaciones del atletismo" y citaron, como prueba definitiva, que solo una yegua había ganado el Gran Derby, en 1915, gracias al handicap. Se argumentó también que el voto femenino destruiría la institución familiar, que "ser marido o novio de una ministra o de una líder parlamentaria no resulta ni cómodo ni grato", y —con menos ingenio pero más eficacia política— se tildó a las líderes feministas de izquierdistas.
Ese último calificativo tocaba una fibra sensible. Colombia era un país donde el anticomunismo cruzaba desde el púlpito hasta el editorial, y donde un régimen conservador hegemónico había delegado en la Iglesia católica las labores de cuidado de la población y bloqueado sistemáticamente cualquier reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos. Llamar izquierdista a una sufragista no era describirla: era intentar sacarla de la conversación.
La Violencia y el truncamiento
A finales de los años cuarenta, Colombia entró en el ciclo de violencia política que marcaría toda la mitad del siglo. La Violencia, con mayúscula, arrasó territorios, desplazó poblaciones y, en el terreno más restringido pero también real de las iniciativas cívicas, truncó proyectos de organización que hasta entonces habían crecido con dificultad. La red de sensibilización que Uribe y otras habían tejido con radio, periódico y giras se encontró de pronto disputando espacio con la lógica de la sobrevivencia física.
El periódico Verdad, que había sostenido buena parte del discurso feminista y antibipartidista de los años previos, quedó afectado por la nueva espiral de violencia que se profundizaría con el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. La participación política novedosa que las mujeres sufragistas habían empezado a articular fue quedando truncada; no derrotada, pero sí desplazada del centro de la conversación por una agenda de orden público que absorbía todo lo demás.
Uribe siguió escribiendo. La violencia, que a otros silenció, a ella la endureció. Se convirtió en una crítica temprana y sostenida del bipartidismo, y esa crítica no la ganó amigos en ninguno de los dos partidos. Cuando Colombia terminara de salir de La Violencia, con el pacto del Frente Nacional, Uribe seguiría siendo una voz molesta: molesta para los liberales porque no se dejaba encuadrar como militante disciplinada, y molesta para los conservadores por razones que no requieren explicación.
1954: la victoria ambigua
El 3 de agosto de 1954, el general Gustavo Rojas Pinilla fue elegido por la Asamblea Nacional Constituyente para el período presidencial 1954-1958, consolidando el poder que había tomado por golpe el año anterior. Durante su régimen se intensificó la organización de las mujeres y tomó fuerza, más que nunca antes, la campaña sufragista. En la misma Asamblea Constituyente se nombró a Esmeralda Arboleda, del Partido Liberal, y a Josefina Valencia de Hubach, del Partido Conservador, para evaluar y presentar el proyecto de Acto Legislativo sobre la Ciudadanía de las Mujeres. El resultado fue el Acto Legislativo 3 de 1954, que extendió la plenitud de los derechos ciudadanos a la mujer colombiana. Era el paso pendiente desde el Acto Legislativo 1 de 1936, que había abolido las limitaciones económicas al sufragio pero mantenido la exclusión por sexo. Casi dos décadas después, la exclusión caía.
La conquista tiene, sin embargo, una lectura menos épica que la de siempre. Rojas Pinilla utilizó un vocabulario populista que incluía la oferta de derechos a las mujeres junto a la entrega de mercados y a la convocatoria de la ciudadanía para apoyar al ejército: el sufragio femenino ingresó al paquete propagandístico de la dictadura como un gesto de modernización que legitimaba al régimen internacionalmente. Al mismo tiempo, algunos sectores políticos habían empezado a contemplar el voto femenino, tras la Segunda Guerra Mundial, como herramienta para contrarrestar aspiraciones electorales comunistas: la conquista de un derecho llegaba, en parte, envuelta en cálculos que le eran ajenos.
Y luego estaba la cuestión de las autoras. Arboleda y Valencia condujeron el proyecto formal; ambas eran figuras de partido, no militantes del feminismo radical que Uribe encarnaba. Esto no las descalifica —hicieron el trabajo institucional necesario, y sin ellas el acto legislativo no habría existido—, pero sitúa una tensión ineludible: el sufragio se ganó en el momento en que la causa fue apropiada por actores del establecimiento, no en los años en que Uribe transmitía La Hora Feminista desde Tunja. La agencia decisiva del momento culminante perteneció al régimen militar y a la representación bipartidista formal; la construcción del sustrato ideológico durante cuatro décadas fue el trabajo de mujeres como Uribe, que quedarían del otro lado de la fotografía.
Ella no lo olvidó. En su escritura posterior, la reivindicación del sufragio se mezcló con la crítica de cómo se había ganado y de quiénes se habían quedado con el crédito. Y esa incomodidad, sostenida durante décadas, es probablemente la razón principal por la que su nombre circuló menos que otros en la memoria oficial.
La red y sus contornos
Uribe de Acosta no trabajó sola, y una semblanza que la aislara traicionaría el sentido de su obra. Georgina Fletcher fue su interlocutora más constante en el frente jurídico durante los años treinta. María Cano, la Flor del Trabajo, encarnaba en paralelo otra vertiente del feminismo latente en Colombia: la que enlazaba emancipación femenina con las luchas obreras y campesinas de finales de los años veinte y comienzos de los treinta, en el ciclo que incluyó la huelga bananera y la primera huelga petrolera en Barrancabermeja. Cano estuvo relacionada con el movimiento campesino colombiano junto a figuras como Ignacio Torres Giraldo, Erasmo Valencia y José Gonzalo Sánchez. Aunque las trayectorias de Cano y Uribe no se articularon programáticamente en un solo movimiento, sus activismos coexistieron y se rozaron: ambas eran, para el establecimiento, prueba de que las mujeres podían pensar y hablar en público sobre cosas que se suponía no les correspondían.
En los años cincuenta, cuando la campaña sufragista tomó fuerza bajo Rojas, Uribe fue una figura entre otras: Lucila Rubio de Laverde, Bertha Hernández de Ospina —esposa del expresidente Mariano Ospina Pérez y activista conservadora de peso—, y las ya mencionadas Esmeralda Arboleda y Josefina Valencia integraron un espectro amplio en el que el feminismo católico y conservador convivió con el feminismo liberal y con posiciones más a la izquierda. Uribe estaba, ideológicamente, en el ala liberal de izquierda; nunca fue comunista, pero su liberalismo era del tipo que incomodaba tanto al bipartidismo dominante como al conservadurismo católico que estructuraba la moral pública.
Su matrimonio con Guillermo Acosta le dio anclaje familiar y un apellido que la acompañó siempre; su vida cotidiana entre Boyacá y Bogotá le dio la doble perspectiva de la provincia y la capital, algo que se lee en la manera en que sus textos hablaban simultáneamente al lector culto de Bogotá y a la maestra rural de un pueblo santandereano. Nunca cortó del todo con la clase social a la que pertenecía por nacimiento, y esa continuidad le permitió acceder a espacios —presidenciales, editoriales, jurídicos— que otras activistas más radicales no habrían pisado. Pero tampoco se acomodó: fue, en cada década, una incómoda para quienes esperaban que se moderara con los años.
La escritura larga
Después de 1954, cuando el asunto del voto quedó jurídicamente resuelto, Uribe hizo lo que pocas de sus contemporáneas hicieron: siguió escribiendo. No consideró que la causa hubiera terminado con el Acto Legislativo 3, y volvió sobre la desigualdad en el matrimonio, en la sexualidad, en la vida moral y familiar, en el trabajo. Su obra escrita —dispersa en prensa durante décadas, y luego recogida en volúmenes— es el registro de una mujer que entendió antes que muchas otras que el sufragio era el comienzo, no el final. Los estatutos jurídicos, como ella misma constató, siguieron discriminando a la mujer en materia moral, sexual y familiar mucho después de que se le reconociera el derecho a votar.
En 1963 publicó Una voz insurgente, el libro que hoy se cita como su testamento intelectual y que reúne buena parte de los argumentos que había elaborado durante tres décadas de activismo. El título no era gratuito: en un país donde el término "feminista" se había vuelto un estigma que oscurecía la riqueza y complejidad del movimiento de mujeres, dificultaba alianzas y disminuía el reconocimiento de su importancia histórica, ella asumió sin pudor el lugar de la insurgencia. No la insurgencia armada de aquellos años, sino la del pensamiento que no cabe en las categorías ofrecidas.
Sus últimos años los vivió con la conciencia de que el feminismo colombiano estaba entrando en una nueva fase. El Primer Congreso Feminista Latinoamericano, celebrado en Bogotá en 1981, marcó justamente esa transición: el énfasis del movimiento en la región pasaba de los derechos de voto, educación y herencia —los derechos por los que ella había peleado— hacia la autonomía corporal, la sexualidad y la reproducción. Uribe alcanzó a ver ese giro. Murió en 1988, tres años antes de que la Constitución de 1991 consagrara en su artículo 43 que "la mujer y el hombre tienen iguales derechos y oportunidades" y que "la mujer no podrá ser sometida a ninguna clase de discriminación", y estableciera en el artículo 40 que las autoridades garantizarían la adecuada y efectiva participación de la mujer en los niveles decisorios de la Administración Pública.
Huella y disputa
La memoria colombiana ha sido con Ofelia Uribe de Acosta más justa en los últimos años de lo que fue durante mucho tiempo. Su nombre circula hoy en programas universitarios, en homenajes institucionales, en calles y aulas. Pero la reparación llegó tarde, y llegó parcial. Durante décadas, el relato canónico del sufragio femenino en Colombia se concentró en 1954 y en los nombres de Arboleda y Valencia, dejando en penumbra el trabajo previo. Que la conquista se hubiera dado bajo Rojas Pinilla facilitó un cierto olvido: la izquierda liberal a la que Uribe pertenecía prefirió no reclamar demasiado una victoria que quedaba mal asociada a un régimen militar, y el conservadurismo prefirió recordarla como gesto de sus propias delegadas antes que como el fruto de un activismo que le había sido hostil.
A esa dinámica se sumó otra, más general: la estigmatización del término "feminista" oscureció la riqueza y complejidad de los movimientos de mujeres en Colombia y dificultó tanto sus alianzas como el reconocimiento de su importancia histórica. Uribe pagó ese costo antes que muchas.
Hay, sin embargo, una lectura más generosa y probablemente más precisa. Uribe de Acosta construyó durante cuatro décadas —desde la propuesta de capitulaciones de 1930 hasta Una voz insurgente en 1963 y sus escritos posteriores— el sustrato ideológico y organizativo sin el cual la demanda sufragista habría carecido de contenido propio. Que la victoria formal de 1954 hubiera sido apropiada por actores institucionales que la vaciaron de su radicalidad no invalida el trabajo previo: lo explica. Un país que reconocía derechos bajo dictadura y por cálculo electoral difícilmente iba a coronar a la mujer que había cuestionado, década tras década, tanto el bipartidismo como el orden patriarcal y el peso de la Iglesia en la vida civil.
La Constitución de 1991, con sus artículos 40 y 43, y las políticas posteriores —incluido el hecho notable de que Colombia fuera en 1984 el primer país en América Latina en aprobar una política específica para la mujer campesina e indígena, mediante el documento CONPES DNP 2109 de 1984, orientado al acceso a recursos productivos, la participación política y la reducción del analfabetismo femenino— pueden leerse como el desarrollo demorado de una agenda que Uribe había esbozado antes de que existiera vocabulario público para nombrarla. No fue la única en esbozarla, pero sí fue, entre las de su generación, la que sostuvo el esbozo con mayor continuidad, mayor radicalidad y menor concesión.
En la historia larga del país, Ofelia Uribe de Acosta ocupa un lugar peculiar: el de las figuras que no se acomodan a ninguna de las mitologías disponibles. No fue mártir; no fue funcionaria; no fue caudilla. Fue una santandereana casada con un boyacense que se puso frente a un micrófono en Tunja para explicar cosas que en su tiempo casi nadie quería oír, y que siguió haciéndolo hasta que las oyeron. Eso, en Colombia, es más de lo que suele reconocerse.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
14 documentos · 19 fragmentos01Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Página 1611 cita
[1]la Iglesia católica, a la que le entregó las labores de cuidado de la población e impidió al - gún atisbo de reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos. 161 Capítulo 6. Representación política de las mujeres en Colombia Es para los años veinte del siglo xx que causas más liberales cues - tionan los derechos…
p. 161
02Presencia de las mujeres en la violencia del Tolima 1948 - 1964. Casos en los municipios de Chaparral, Planadas y RoviraMyriam Moreno Patiño · 2019 · Páginas 64, 1422 citas
[2]de la Segunda Guerra Mundial al considerar que con éste podrían contrarrestar las aspiraciones electorales de los comunistas. De estas oposiciones, estereotipos y hasta instrumentalización, se opusieron las mujeres quienes, para conseguir la sensibilización sobre sus derechos políticos, recurrieron a la radio, a la…
p. 64
[4]sus derechos, opina y expresa su inconformismo frente a las leyes tan injustas para ellas. Además, toma posición y pide a sus compañeros no tomen parte de la política local dando el voto, ya que lo consideran solo maquinaria para que algunos lleguen al poder. Los mismos que los tienen marginados de sus derechos.…
p. 142
03Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 1701 cita
[3]legitimados para intervenir por el reconocimiento de su ciudadanía [...]. Desde su periódico Verdad, planteaba n: que las banderas partidistas azul (conservadores) y roja (liberales) « se han enarbolado últimamente como estandartes de odio y empapadas en lágrimas y sangre », hay necesidad de « algo nuevo que nos…
p. 170
04Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Páginas 48, 752 citas
[5]ejemplo, de quienes se identificaban con el “feminismo”. Si, por una parte, la emancipa- ción de las mujeres se vio recompensada con el derecho que se les otorgó para ingresar a la universidad, así como con la eliminación de algunas cláusulas discriminatorias en las relaciones conyugales, los estatutos jurídicos…
p. 75
[6]costura y la docencia en las escuelas eran las principales alternativas que tenían. En las primeras décadas del siglo xx, con el desarrollo de una economía más compleja, un número creciente de mujeres, un poco mejor preparadas gracias a los estudios técnicos, fue empleán- dose en el comercio y en la industria. Su vida…
p. 48
05Narradoras en ColombiaCarmiña Navia Velasco · 2021 · Página 571 cita
[7]mantuvo en alerta frente a la discriminación luchando por conseguir siempre ser escuchadas y ser reconocidas en pie de igualdad con los varones. Uno de los campos en los que la lucha fue más ardua fue en todo lo relacionado con la educación. La herencia del período de La Regeneración; herencia que, como vemos en el…
p. 57
06Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Páginas 46, 522 citas
[8]preparación intelectual que la capacitara para ser independiente en la vida y dotarla de un techo propio que la protegiera en las eventualida- des de la vida matrimonial. Su charla oscilaba entre la melosidad descriptiva de los atributos de la feminidad y la confrontación que el mundo moderno hacía de ese ideal.…
p. 46
[11]inicial en la transforma- ción funesta de nuestras costumbres y de la pugna entre los sexos». Califi- caba en sus escritos a la campaña por los derechos políticos como inútil: «del sufragismo no se ha dejado con- tagiar en Colombia sino una ínfima minoría. El sarampión sufragista pa- sará pronto. Ojalá sin dejar…
p. 52
07La tierra en ColombiaEstanislao Zuleta, Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) · 1973 · Página 841 cita
[9]los arrendatarios y jornaleros de las grandes fincas de la región. Al comenzar la década del treinta el'movimiento campesino había adquirido una gran importancia po lítica; de su seno habían surgido un gran número de revolucionarios y todos los grandes luchadores de la época.tuvieron alguna relación con él movimeinto…
p. 84
08Pa que se acabe la vainaWilliam Ospina · 2013 · Página 1301 cita
[10]trabajo en las trilladoras, la lucha por la tierra de los campesinos de Viotá, hizo valer sus derechos como mujer y como ciudadana, siguió con interés lo que ocurría entonces en todo el mundo y celebró con energía la caída del nazismo. Pero uno de los momentos más duros de su carrera fue la prisión que afrontó por…
p. 130
09Elementos para una genealogía del paramilitarismo en Colombia. Historia y contexto de la ruptura y continuidad del fenómeno (I)Alfonso Insuasty Rodríguez, José Fernando Valencia Grajales, Janeth Restrepo Marín · 2016 · Página 652 citas
[12]despectivo respecto de los grupos armados, denominándolos “guerrillas rodadas”, mientras que utilizaba un vocabulario po- pulista en favor de la ciudadanía (Presidencia, 1954) entregando mercados, ofre- ciendo derechos a las mujeres e instando a la ciudadanía a apoyar al ejército con visión patriótica, de libertad y…
p. 65
[13]despectivo respecto de los grupos armados, denominándolos “guerrillas rodadas”, mientras que utilizaba un vocabulario po- pulista en favor de la ciudadanía (Presidencia, 1954) entregando mercados, ofre- ciendo derechos a las mujeres e instando a la ciudadanía a apoyar al ejército con visión patriótica, de libertad y…
p. 65
10Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · Página 2841 cita
[14]propietarios, los varones, los letra dos. La sucesiva remoción de impedi- mentos legales por razón de sexú, creencias. políticas o religiosas, raza, edad, condición cultural, social o 200 nómica, hariniversalizado contempo- rineamente él derecho de sufragio, de tal manera que comesponde hoy auna extensión Je la…
p. 284
11Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · Página 2622 citas
[15]mujer y creó el Consejo de Integración de la Mujer al Desarrollo. En 1984, Colombia se constituyó en el primer 250 país en América Latina en aprobar una «Política para la mujer campesina e indígena» (Documento CONPES, DNP 2109 de 1984), la cual buscaba garantizar el acceso de las mujeres a los recursos productivos,…
p. 262
[16]mujer y creó el Consejo de Integración de la Mujer al Desarrollo. En 1984, Colombia se constituyó en el primer 250 país en América Latina en aprobar una «Política para la mujer campesina e indígena» (Documento CONPES, DNP 2109 de 1984), la cual buscaba garantizar el acceso de las mujeres a los recursos productivos,…
p. 262
12Born of War in Colombia: Reproductive Violence and Memories of AbsenceTatiana Sanchez Parra · 2024 · Página 561 cita
[17]disabilities and Indigenous women 66 It also increased the urgency of demands to legalize abortion, which were unrelated to repro - ductive autonomy, targeting specific groups of women whose reproduction was treated as problematic for the development of the dominant, class- structured, white and mestizo order. The…
p. 56
13Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · Página 2791 cita
[18]Esto ha oscurecido la riqueza y complejidad de nuestros movimientos, disminuyendo su importancia, sin brin- dar atención a los puntos en común, creando divisiones, dificul- tando alianzas y estigmatizando el término "feminista". Por otra parte, hay que tener en cuenta que en los movimien- tos existen transformaciones…
p. 279
14Women's Writing in Colombia: An Alternative HistoryCherilyn Elston · 2016 · Página 2431 cita
[19]violence, 27, 144 fascism, 78, 92, 122, 124 Felski, Rita, 5, 6, 78, 97, 98. See also nonsynchronicity feminine symbolic order, 32, 187, 193, 194, 215 236 INDEX feminism Chicana, 10, 228 and conflict, 24–30 French, 217n4, 224, 226 genealogies of, 13, 34n15, 92, 226 history in Colombia, 1, 230 inappropriate in Latin…
p. 243