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Biografía

Georgina Fletcher

República Liberal

18 min de lectura18 documentos
NacimientoSin fecha registrada
FallecimientoSin fecha registrada
RolesFeminista y activista por los derechos civiles de la mujer · Gestora ante el ejecutivo colombiano en favor de reformas legislativas
Lugar principalColombia
Período históricoRepública Liberal1930–1946
03

La biografía

Georgina Fletcher fue una feminista de origen peruano-español radicada en Bogotá que, entre finales de los años veinte y comienzos de los treinta del siglo XX, operó como una de las figuras articuladoras del feminismo liberal temprano en Colombia. Su intervención más documentada —la gestión personal ante el presidente Enrique Olaya Herrera para transformar la legislación sobre el derecho de la mujer casada a administrar sus bienes— se sitúa en el umbral de la Primera República Liberal y precede en meses a la presentación formal, por Ofelia Uribe de Acosta en diciembre de 1930, de la ley conocida como Régimen de Capitulaciones Matrimoniales, antecedente directo de la reforma al Código Civil de 1932. Que una mujer sin arraigo político nacional pudiera acceder al despacho presidencial para pedir una reforma sustantiva —y que esa gestión coincidiera con el giro liberal del país— describe con precisión la coyuntura y el perfil de Fletcher: extranjera con capital social internacional, tacto diplomático y una idea clara de dónde estaba el punto de palanca.

02

Línea de vida

  1. 1920

    Presencia en Bogotá y primeras actividades feministas

    Leer contexto

    Hacia finales de los años veinte, Fletcher residía en Bogotá y participaba de la red de mujeres que comenzó a cuestionar públicamente el estatuto civil femenino. Su nombre circulaba junto al de Ofelia Uribe de Acosta como impulsora de causas liberales en torno a los derechos de las mujeres.

  2. 1930

    Gestión ante el presidente Olaya Herrera

    Leer contexto

    Entre agosto y diciembre de 1930, semanas después de la posesión de Enrique Olaya Herrera, Fletcher se presentó personalmente ante el presidente para solicitar la transformación de la legislación colombiana relativa al derecho de la mujer casada a administrar sus bienes, apuntando al corazón del régimen de sujeción civil consagrado en el Código Civil vigente.

  3. 1930

    Convergencia con el proyecto de Capitulaciones Matrimoniales y el IV Congreso Internacional Femenino

    Leer contexto

    En diciembre de 1930, su gestión ejecutiva confluyó con la presentación formal por Ofelia Uribe de Acosta del proyecto denominado Régimen de Capitulaciones Matrimoniales, y con la realización del IV Congreso Internacional Femenino en el Teatro Colón de Bogotá, situando la campaña en el marco del feminismo transnacional latinoamericano.

  4. 1932

    Reforma al Código Civil — Ley 28 de 1932

    Leer contexto

    La campaña en la que Fletcher participó como gestora ante el ejecutivo desembocó en la Ley 28 de 1932, que eliminó la virtual minoría de edad civil que pesaba sobre la mujer casada en la disposición de sus bienes inmuebles y las restricciones que limitaban su ejercicio profesional, constituyendo el primer resquicio legal serio en la arquitectura patriarcal blindada por la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887.

Una extranjera en el vestíbulo del poder

Fletcher no encaja en el molde clásico de la líder feminista colombiana de su generación. No fue tribuna de plaza como María Cano, ni animadora de la radio provinciana como Ofelia Uribe, ni fundadora de revista como las editoras de Letras y encajes o de Cyrano. Su figura pública se sostiene en un gesto de mediación: cruzar la puerta del Palacio de la Carrera con un memorial en la mano y salir con la promesa —o al menos con la escucha— del presidente recién posesionado. Ese gesto, aparentemente menor frente a la algarabía de las giras obreras o los congresos internacionales, define la naturaleza de su intervención. Fletcher trabajó donde otras no podían: en el estrecho pasillo que conecta el activismo civil con el ejecutivo, protegida de la sospecha nacionalista y del anatema clerical por una condición que era, a la vez, limitación y ventaja: la de no pertenecer del todo al campo político colombiano.

Su relevancia se juega en un doble plano. Primero, en el resultado material: la reforma al Código Civil aprobada en 1932 —la Ley 28 de ese año— eliminó la virtual minoría de edad que pesaba sobre la mujer casada en la disposición de sus bienes inmuebles y las restricciones que limitaban su ejercicio profesional. Fue el primer resquicio legal serio en una arquitectura patriarcal blindada por la Constitución de 1886, el Concordato de 1887 y una jurisprudencia que ataba a la esposa a la administración marital. Segundo, en el plano simbólico: la campaña que desembocó en esa reforma introdujo en el debate público colombiano un vocabulario nuevo —capacidad civil, ciudadanía económica de las mujeres— que preparó, aunque con dos décadas de retraso, el terreno del sufragio femenino de 1954.

Entre la agitación cultural del feminismo de entreguerras y la maquinaria legislativa que empezaba a rendirle terreno, Fletcher ocupa una posición intermedia mal cartografiada. Ni militante de masas ni funcionaria, se movió en la franja donde el activismo se convierte en decreto y donde una gestión bien calculada podía ahorrar años de campaña pública. Esa franja tiene pocos actores documentados en la Colombia de 1930, y Fletcher es uno de los mejor perfilados. La reconstrucción de su itinerario obliga, por lo mismo, a leer un archivo hecho de expedientes ministeriales, actas legislativas y correspondencia diplomática más que de manifiestos o discursos de tribuna: su huella está en los márgenes de los papeles oficiales, no en los titulares.

Orígenes y llegada a Colombia

Nacida hacia finales del siglo XIX en un entorno hispano-peruano, con formación probablemente autodidacta y un apellido británico que sugiere ascendencia migrante europea, Fletcher pertenece a esa capa de mujeres letradas del feminismo latinoamericano de entreguerras cuyas biografías rara vez fueron reconstruidas con el detalle que se dedicó a sus contemporáneos varones. Se la identifica unas veces como española residente en Bogotá; otras, se la vincula al circuito peruano. Ambas trayectorias son compatibles: la circulación transnacional de las feministas latinoamericanas de esos años pasaba con frecuencia por Lima, Buenos Aires, Madrid y Ciudad de México antes de asentarse en una capital.

Hacia finales de los años veinte, Fletcher residía en Bogotá y participaba de la red de mujeres que en esa década comenzó a cuestionar públicamente el estatuto civil femenino. La ciudad no llegaba entonces a los 250.000 habitantes y su vida pública estaba dominada por una élite letrada donde una recién llegada con oficio y contactos internacionales podía abrirse camino con rapidez. Fletcher lo hizo. Para 1930 su nombre ya circulaba junto al de Ofelia Uribe de Acosta como impulsora de causas liberales en torno a los derechos de las mujeres, y su gestión ante Olaya Herrera indica que, en algún momento previo, había construido las relaciones necesarias para acceder al máximo nivel del poder ejecutivo. Cómo tejió esa red —a través de veladas literarias, de correspondencia con feministas del Cono Sur, de contactos consulares— es una pregunta que el archivo bogotano deja abierta.

La opacidad biográfica que la envuelve —y que se profundiza en el silencio posterior a 1932— es coherente con el patrón de invisibilización que ha marcado a las mujeres activas en la primera mitad del siglo XX. Como ocurrió con las numerosas artistas plásticas de la segunda mitad del XIX y primeras décadas del XX, borradas por la crítica hegemónica masculina, Fletcher fue integrándose a un archivo delgado del que hoy se rescatan trazos. Su figura tiene contornos móviles, definida menos por lo que se sabe de ella que por los efectos que produjo en los expedientes que atravesó: un memorial ante el presidente, una convergencia con Uribe de Acosta, una reforma en el Código Civil.

Ese perfil migrante y letrado ilumina también el tipo de red en el que Fletcher se movía. El feminismo latinoamericano de entreguerras funcionaba como una constelación de escritoras, maestras, médicas y traductoras que se leían entre sí a través de revistas, se recibían en giras de conferencias y se citaban en congresos. Bogotá, capital tardía y provinciana en comparación con Buenos Aires o Lima, se incorporó a esa constelación en los años veinte gracias precisamente a figuras como Fletcher, que traían consigo referencias, contactos y un léxico ya probado en otras latitudes. Su presencia en la ciudad ayudó a acercar a la capital debates que allí apenas empezaban a formularse: la capacidad civil, la coeducación, la ciudadanía política de las mujeres, la crítica del régimen conyugal católico.

Olaya Herrera y la ventana liberal de 1930

Fletcher llegó al despacho presidencial en el momento oportuno. El 7 de agosto de 1930, Enrique Olaya Herrera asumió la presidencia poniendo fin a cuarenta y cuatro años de hegemonía conservadora. Su elección abrió una ventana de oportunidad para causas que llevaban décadas contenidas por el bloque Iglesia-Partido Conservador: la educación laica, la modernización del régimen civil, la reglamentación laboral, la revisión del vínculo entre el Estado y la Iglesia Católica.

La Constitución de 1886 y el Concordato de 1887 habían establecido un marco que hacía de Colombia una excepción latinoamericana. El catolicismo se declaraba religión oficial. El control eclesiástico sobre la educación pública en todos sus niveles quedaba consagrado en el artículo 41 de la Carta y en el artículo 12 del Concordato. La injerencia clerical se extendía al estado civil. El divorcio estaba abolido, el matrimonio civil sometido a restricciones severas para los bautizados católicos, la mujer casada reducida jurídicamente a la condición de menor. Ese andamiaje había resistido con éxito los embates del liberalismo radical del siglo XIX y llegaba a 1930 casi intacto.

La llegada de Olaya no derribó ese andamiaje, pero desplazó el punto de gravedad. Los gobiernos liberales que se sucedieron entre 1930 y 1946 comenzaron a recuperar prerrogativas del Estado en materia educativa y, más tarde, con la reforma constitucional de 1936 impulsada por Alfonso López Pumarejo bajo el lema de la Revolución en Marcha, consagraron la función social de la propiedad, el derecho de huelga en actividades no esenciales, la protección estatal al trabajo y una intervención más decidida en la economía. Esa reforma —producto de una estrategia de López por atraer al liberalismo sectores externos al bipartidismo tradicional, incorporando parcialmente sus demandas para desactivar el disenso— configuró el marco en que las reformas civiles a favor de las mujeres se hicieron pensables.

Fletcher supo leer la coyuntura. Entre agosto y diciembre de 1930, apenas semanas después de la posesión, se presentó ante Olaya con una solicitud concreta: transformar la legislación relativa al derecho de la mujer para administrar sus bienes. La petición iba al corazón del régimen de sujeción civil consagrado en el Código Civil vigente, según el cual los bienes de la mujer casada eran administrados por su marido. No era una petición marginal ni retórica: apuntaba a la base económica de la desigualdad conyugal. Y la presentaba en el momento exacto en que el presidente necesitaba señales de modernización sin costo político elevado.

La sincronía es reveladora. Olaya asumía la Casa de Nariño con un gabinete de concentración, con la necesidad de mostrar reformismo y con la prudencia de no confrontar de frente a la Iglesia. Una reforma que ampliara la capacidad civil y profesional de las mujeres sin tocar el matrimonio ni el divorcio se ajustaba con exactitud a ese margen estrecho. Fletcher se presentó, al parecer, con esa lectura ya hecha: la suya fue una intervención calibrada, no una petición maximalista. Ese cálculo —pedir lo obtenible en lugar de lo justo— es el rasgo que separa su gestión de las agitaciones simultáneas del feminismo obrerista y explica, en buena medida, por qué la reforma prosperó donde otras iniciativas más ambiciosas quedaron atascadas durante décadas.

La gestión y el vínculo con Ofelia Uribe de Acosta

La gestión de Fletcher y la ley presentada por Ofelia Uribe de Acosta en diciembre de 1930 —el proyecto denominado Régimen de Capitulaciones Matrimoniales— confluyeron sobre el mismo objeto y en la misma temporalidad. Uribe, mujer boyacense con proyección nacional, aportó la formalización legislativa y la persistencia militante; Fletcher aportó la interlocución ejecutiva y la conexión con el circuito internacional que legitimaba el proyecto ante una élite todavía sensible al argumento del prestigio exterior.

Esa distribución de tareas —una feminista local frente al Congreso, una extranjera frente al Palacio— no fue casual. Uribe de Acosta pagaría, unos años después, el costo de su exposición pública: cuando llevó su programa a la radio con La Hora Feminista, transmitida desde Tunja, se le respondió con la creación de La Hora Azul, dedicada expresamente a contrarrestar el feminismo, y con divisiones dentro del propio campo femenino. Las líderes que recurrieron a la radio, la prensa y las giras despertaron suspicacias, resistencias y rechazo abierto. Fletcher, en cambio, operó en el registro discreto de la gestión, y su condición de extranjera la protegía del anatema de las tribunas conservadoras que veían en el feminismo una importación foránea. Paradoja: precisamente por ser foránea, podía moverse con menos costo en un terreno en que las locales quedaban expuestas.

Conviene calibrar la asimetría. Uribe trabajaba con la visibilidad de quien busca formar opinión y convencer a un electorado masculino que era también su enemigo natural. Fletcher trabajaba con la invisibilidad de quien negocia detrás de una puerta cerrada. Ambas tácticas eran necesarias, y ninguna de las dos habría bastado por sí sola: sin la presión pública de Uribe, la gestión de Fletcher habría quedado en promesa cortés; sin la mediación de Fletcher, la iniciativa legislativa de Uribe habría carecido de un interlocutor ejecutivo dispuesto a jugarse capital político. La complementariedad no elimina la tensión: Uribe conservó el nombre, Fletcher lo perdió.

El resultado del proceso combinado fue la reforma al Código Civil de 1932. La ley eliminó la virtual minoría de edad de la mujer casada en la disposición de sus bienes inmuebles y las restricciones que limitaban su ejercicio profesional. Pero conservó intacto el principio de la patria potestad exclusiva del padre legítimo sobre los hijos no emancipados, sin consideración del bienestar de estos. Fue una reforma en la esfera patrimonial y profesional, no en la esfera familiar íntima. Los estatutos jurídicos siguieron discriminando a la mujer en materia moral, sexual y familiar.

La convergencia Fletcher-Uribe define un modelo de acción que se repetiría, con variantes, en las siguientes campañas del feminismo colombiano: presión pública combinada con gestión reservada, agitación local respaldada por vínculos internacionales, proyecto de ley formal apoyado por cabildeo directo ante el ejecutivo. Ese modelo, ensayado en 1930-1932, sería el que las sufragistas de los años cincuenta —Esmeralda Arboleda, Josefina Valencia, Bertha Hernández de Ospina— retomarían para llevar el voto femenino a la Constituyente de Rojas Pinilla.

El Congreso Internacional Femenino y el circuito transnacional

El mismo mes en que Uribe de Acosta presentó el proyecto de Capitulaciones Matrimoniales —diciembre de 1930—, el Teatro Colón de Bogotá acogió el IV Congreso Internacional Femenino. La coincidencia temporal sitúa la campaña por la capacidad civil en el marco de un feminismo transnacional que hacía de las capitales latinoamericanas escalas de una circulación de ideas, publicaciones y liderazgos. El Congreso reunió a delegadas de varios países en el escenario más solemne de la capital colombiana, y el hecho de que se realizara en el Colón —espacio reservado a la alta cultura oficial— revela hasta qué punto el feminismo de esos años buscó legitimarse por la vía de la respetabilidad ilustrada.

Fletcher, por su perfil y su momento, es figura natural de ese circuito. El clima cultural que rodeó al evento —con la proliferación de revistas dirigidas a mujeres como La familia cristiana, Antioquia por María, Letras y encajes, Hogar, Hojita de Guadalupe y la más significativa, Cyrano, fundada por María Cano— configuró el ecosistema en el que las reformas civiles se hicieron pensables. Ese feminismo se articuló al calor de las vanguardias artísticas y de una nueva imagen de la mujer difundida por la literatura, el cine y la publicidad, y explica por qué el feminismo colombiano de entreguerras fue, ante todo, un fenómeno de élites letradas urbanas. La reforma de 1932, leída desde este ecosistema, aparece menos como un acto legislativo aislado que como el sedimento jurídico de una década de disputas culturales sobre el lugar de la mujer en la ciudad moderna.

Un campo dividido: obreristas, liberales, aliados intelectuales

El feminismo colombiano de los años veinte y treinta no fue un frente unificado. Fletcher y Uribe representaron una vertiente civil-liberal centrada en la reforma legal, mientras la tradición socialista y obrerista encarnada por María Cano seguía una lógica distinta. Las seis giras de Cano por el país agitando ideas socialistas, sus estancias en la cárcel y su colaboración en La Humanidad, dirigido por Ignacio Torres Giraldo, la habían definido como voz pública del socialismo colombiano en los años veinte. En los años treinta —justo cuando Fletcher y Uribe cosechaban la reforma civil— Cano fue marginada del Partido Comunista y confinada a labores de apoyo desde su hogar en Medellín. La coincidencia temporal ilumina una asimetría estructural: el feminismo liberal avanzaba con las reformas civiles del olayismo y del lopismo mientras el feminismo socialista se veía relegado por sus propios partidos, que privilegiaban la construcción de organizaciones de clase y las alianzas antifascistas sobre los problemas de género. Dos feminismos coexistieron en el país sin lograr articularse: uno ganaba terreno jurídico, el otro perdía terreno organizativo.

En el campo intelectual masculino, la causa encontró aliados escasos pero significativos. Baldomero Sanín Cano expresó en una Conversación en la Universidad de 1927 una posición laica, democrática y feminista, atribuyendo a la civilización judeocristiana la idea de que la mujer es el crimen y el pecado, base ideológica de su inferioridad civil y política. Esa formulación ilustra hasta qué punto el debate feminista de esos años se articuló también como debate anticlerical, y por qué la Iglesia percibió el conjunto de reformas liberales —matrimonio civil, divorcio vincular, libertad de cultos, laicidad, capacidad civil de la mujer— como partes de un mismo asalto a su hegemonía.

La Iglesia como muro

Ningún análisis de la actuación de Fletcher puede prescindir del papel de la Iglesia Católica. La institución que Rafael Núñez consagró como columna del orden constitucional en 1886 y que el Concordato de 1887 dotó de prerrogativas sobre educación, estado civil, cementerios y exenciones fiscales, era el principal obstáculo estructural a cualquier reforma del estatuto femenino. Un bloque de dispositivos —abolición del divorcio, restricción del matrimonio civil para los bautizados católicos, control episcopal sobre los textos escolares consagrado en los artículos 12 y 13 del Concordato, doctrina de la sumisión conyugal— había resistido con éxito los embates del liberalismo radical del siglo XIX y sostenía todavía, en 1930, la arquitectura jurídica del sometimiento femenino.

El liberalismo colombiano fue condenado eclesiásticamente por defender, entre otros principios, el matrimonio civil, el divorcio vincular, la libertad de cultos, la laicidad del Estado y la separación entre Iglesia y Estado; esa condena se mantuvo al menos hasta 1955. La reforma de 1932 fue posible precisamente porque no confrontó el núcleo duro del régimen matrimonial católico: no tocó el divorcio, no tocó el matrimonio civil, no tocó la patria potestad. Se limitó a la capacidad patrimonial y profesional de la mujer casada, terreno en el que la doctrina eclesiástica era menos rígida y donde el argumento modernizador —una economía nacional que necesitaba integrar a las mujeres a la vida profesional— podía prevalecer.

La estrategia de Fletcher y Uribe consistió en escoger el flanco menos protegido. Fue operación de tacto político tanto como de convicción: pedir lo posible sin desatar la guerra santa. Ese pragmatismo explica el logro y también los límites. Colombia obtuvo en 1932 una reforma civil parcial que las mujeres colombianas debieron esperar veintidós años más para ver complementada con el sufragio, cuarenta y siete más para tener divorcio vincular efectivo, y más de un siglo —hasta la Constitución de 1991— para desmontar las bases del régimen concordatario.

La huella de la reforma civil se prolongó, con matices, en el Código Penal aprobado en 1936 y puesto en vigencia en 1938, que equiparó formalmente al hombre y a la mujer en cuanto a la responsabilidad penal pero mantuvo diferencias sustantivas en las penas: el adulterio femenino continuó sancionándose con mayor severidad que el masculino, y el concubinato castigaba de forma más drástica a la mujer. Esa asimetría revela la naturaleza del acuerdo político de la Primera República Liberal: la mujer podía administrar sus bienes, acceder a la universidad, ejercer profesiones, ser sujeto responsable ante la ley penal; pero no podía divorciarse, no podía ejercer sobre sus hijos legítimos una patria potestad autónoma, y no podía votar. La ciudadanía femenina fue segmentada: se reconoció la dimensión económica y profesional, se retuvo la política y la familiar. Fletcher trabajó en el segmento que era posible ganar en su momento; el resto quedaría para las generaciones siguientes.

El silencio y los ecos: de 1932 a 1954

Tras la reforma de 1932, el rastro público de Fletcher se adelgaza hasta desvanecerse. No dirigió partido, no fundó periódico duradero, no dejó una obra escrita voluminosa que sostuviera su nombre en el canon. Ofelia Uribe de Acosta continuó su militancia radiofónica y editorial durante las décadas siguientes y llegó a ser referencia obligada de la campaña sufragista de los cincuenta. María Cano fue rescatada por la izquierda como emblema del socialismo temprano. Fletcher quedó en un lugar intermedio: mencionada como coautora del impulso reformista de 1930-1932, pero sin la biografía consolidada, sin el archivo personal, sin la continuidad militante que la habrían fijado en la memoria pública.

La invisibilización tiene explicaciones estructurales. El feminismo colombiano de la segunda mitad del siglo XX, cuando construyó su propio panteón, privilegió a las agentes locales con trayectoria documentada y a las mártires simbólicas —desde Policarpa Salavarrieta, emblema de miles de mujeres anónimas y olvidadas, hasta las sufragistas de los cincuenta. Fletcher, extranjera y sin militancia prolongada, quedó fuera del canon nacional. Su condición de intermediaria, útil en 1930, se volvió inconveniente para una historiografía que buscaba raíces vernáculas del feminismo.

La campaña sufragista que culminó en el reconocimiento del voto femenino durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla —entre 1953 y 1957— retomó, sin nombrarla siempre, la agenda que Fletcher y Uribe habían abierto veinte años antes. En 1954, la Asamblea Nacional Constituyente designó a Esmeralda Arboleda, del Partido Liberal, y a Josefina Valencia, del Partido Conservador, para evaluar y presentar el proyecto de Acto Legislativo sobre la Ciudadanía de las Mujeres. El voto femenino fue aprobado, y sectores políticos lo respaldaron en parte porque veían en él un contrapeso al avance electoral del comunismo tras la Segunda Guerra Mundial. La instrumentalización política acompañó al logro, como había acompañado a la reforma civil de 1932: cada uno de los avances del feminismo colombiano del siglo XX se apoyó, en algún grado, en cálculos partidistas que las feministas debieron aprovechar sin quedar reducidas a ellos.

Un legado en tensión

De Georgina Fletcher queda, en primer lugar, la Ley 28 de 1932 —o su núcleo sustantivo, la reforma al Código Civil que ese año liquidó la minoría civil de la mujer casada en materia patrimonial y profesional. Ese avance, aparentemente técnico, fue el primer resquicio jurídico serio contra el orden concordatario y sostuvo, durante las dos décadas siguientes, la incorporación efectiva de mujeres a la universidad, al ejercicio profesional y a la vida económica autónoma. La generación que en los cincuenta luchó por el voto y en los sesenta y setenta por los derechos reproductivos y el divorcio operó sobre el terreno que la reforma de 1932 había roturado.

Queda, en segundo lugar, un problema historiográfico abierto: el de la relación entre agentes locales y transnacionales en la construcción de los feminismos latinoamericanos de entreguerras. Fletcher ilustra una figura cuya eficacia dependió precisamente de su exterioridad relativa al campo político nacional, y cuya invisibilización posterior refleja los límites de una historiografía escrita en clave nacional. La discusión reciente sobre estas genealogías —incluida la caracterización del feminismo como fenómeno inapropiado en el contexto latinoamericano y su relación con marcos occidentales— apenas empieza a reconstruir biografías como la suya.

Queda, por último, la constatación material: el nombre de Fletcher está borrado de las tribunas, pero la disposición legal que hizo posible que una mujer colombiana firmara una escritura de compraventa sin autorización marital lleva su marca. Esa marca no está en el mármol ni en la placa conmemorativa; está en los expedientes notariales, en las matrículas universitarias, en las nóminas profesionales de la década siguiente. Es un legado escrito en letra pequeña, y por eso mismo difícil de desmontar.

04

Conexiones del archivo

Red histórica

05

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

18 documentos · 21 fragmentos
01Presencia de las mujeres en la violencia del Tolima 1948 - 1964. Casos en los municipios de Chaparral, Planadas y RoviraMyriam Moreno Patiño · 2019 · Páginas 64, 1422 citas
[1]

sus derechos, opina y expresa su inconformismo frente a las leyes tan injustas para ellas. Además, toma posición y pide a sus compañeros no tomen parte de la política local dando el voto, ya que lo consideran solo maquinaria para que algunos lleguen al poder. Los mismos que los tienen marginados de sus derechos.…

p. 142
[6]

de la Segunda Guerra Mundial al considerar que con éste podrían contrarrestar las aspiraciones electorales de los comunistas. De estas oposiciones, estereotipos y hasta instrumentalización, se opusieron las mujeres quienes, para conseguir la sensibilización sobre sus derechos políticos, recurrieron a la radio, a la…

p. 64
02Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · Página 1611 cita
[2]

la Iglesia católica, a la que le entregó las labores de cuidado de la población e impidió al - gún atisbo de reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos. 161 Capítulo 6. Representación política de las mujeres en Colombia Es para los años veinte del siglo xx que causas más liberales cues - tionan los derechos…

p. 161
03Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 1561 cita
[3]

urbano había dado lugar desde la década de 1920 a una modesta legislación de guarderías y protección social. Una reforma del Código Civil eliminó en 1932 la virtual minoría de edad que pesaba sobre la mujer casada en la disposición de sus bienes inmuebles y que le limitaba el ejercicio profesional, aunque mantuvo el…

p. 156
04Historia contemporánea de Colombia (1920-2010)José Ricardo Arias Trujillo · 2011 · Página 751 cita
[4]

ejemplo, de quienes se identificaban con el “feminismo”. Si, por una parte, la emancipa- ción de las mujeres se vio recompensada con el derecho que se les otorgó para ingresar a la universidad, así como con la eliminación de algunas cláusulas discriminatorias en las relaciones conyugales, los estatutos jurídicos…

p. 75
05Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Página 1651 cita
[5]

Cómo aprendió a escribir García Márquez, Editorial Lealon, Medellín, 1995. 13 En diciembre de 1930 se realizó el iv Congreso Internacional Femenino en el Teatro Colón de Bogotá. Fue la época en que más revistas se escribieron para mujeres: La familia cristiana, Antioquia por María, Letras y encajes, Hogar, Hojita de…

p. 165
06Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · Página 91 cita
[7]

encaminadas a fortalecer meca- nismos y un nuevo derecho interamericano. En la reforma constitucional de 1936 se con- sagraron, entre otras materias, la funcién social de Ja propiedad, se abrid el camino de la intervencién del Estado «en la explotacién de industrias o em- presas publicas y privadas, con el fin de…

p. 9
07El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · Página 492 citas
[8]

pretendió renovar las estructuras de un Estado anquilosado, con rezagos colonialistas, excluyente y violento. Quiso intentar su “New deal”. Pragmático y dogmático, ningún otro presidente en la historia colombiana ha sido tan controvertido. Llamando a su gobierno la “Revolución en Marcha”, buscó la armonía social…

p. 49
[9]

pretendió renovar las estructuras de un Estado anquilosado, con rezagos colonialistas, excluyente y violento. Quiso intentar su “New deal”. Pragmático y dogmático, ningún otro presidente en la historia colombiana ha sido tan controvertido. Llamando a su gobierno la “Revolución en Marcha”, buscó la armonía social…

p. 49
08Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Páginas 42, 462 citas
[10]

preparación intelectual que la capacitara para ser independiente en la vida y dotarla de un techo propio que la protegiera en las eventualida- des de la vida matrimonial. Su charla oscilaba entre la melosidad descriptiva de los atributos de la feminidad y la confrontación que el mundo moderno hacía de ese ideal.…

p. 46
[11]

las clases medias y al- tas. A través de eventos que les hacían Capítulo 1 43 posible entrar como reinas a espacios para ellas vedados, como el mundo del trabajo remunerado y el mundo uni- versitario, se las nombraba «Flor del Trabajo» o «Reina de los Estudian- tes», para recaudar fondos de ayuda para las casas del…

p. 42
09Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · Página 3921 cita
[12]

trabajadora, y las presiones por legislación en su favor, desaparece la preocupación por los problemas de género como tal. No se encuentran, por ejemplo, secciones o columnas en los periódicos obreros dedicadas a ese tema, e incluso no hay muchas mujeres escribiendo artículos. Por la urgencia de la construcción de…

p. 392
10De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 411 cita
[13]

tuvo constante. ULTRAINTOLERANCIA CAPÍTULO 1 42 Este capítulo comienza con la llegada de Rafael Núñez por segunda vez a la presidencia (1884) y la elaboración de una Constitución conservadora en 1886. Esa Constitución, que se mantuvo, en esencia, hasta la redacción de la Constitución de 1991, fue notable por el nexo…

p. 41
11De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 411 cita
[14]

papel político se man- tuvo constante. ULTRAINTOLERANCIA CAPÍTULO 1 42 Este capítulo comienza con la llegada de Rafael Núñez por segunda vez a la presidencia (1884) y la elaboración de una Constitución conservadora en 1886. Esa Constitución, que se mantuvo, en esencia, hasta la redacción de la Constitución de 1991,…

p. 41
12Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 3331 cita
[15]

V que pertenecían a la derecha del par- tido de la derecha. Es decir, que esa división expresaba la antigua pugna conservadora entre históricos y nacio- nalistas, los problemas generacionales del partido y, por supuesto, las diver- gencias ideológicas. Los enfrentamientos con la Iglesia En las relaciones entre la…

p. 333
13Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · Página 2701 cita
[16]

la Santa Sede en 1887, dar í an a la Iglesia Cat ó lica el control completo de la educaci ó n por lo menos hasta 1930, é poca en que los gobiernos liberales iniciaron una recupera ci ó n de las prerrogativas del Estado en materias educativas a. MANUAL DE HISTORIA III 279 5 ¡ 1 art í culo 41 de la Constituci ó n de…

p. 270
14La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · Página 1501 cita
[17]

y catolicismo integral en Colombia. La reforma religiosa de López Pumarejo” en Historia crítica. N. 19, enero-junio 2000. pp- 68-106. http://www.lablaa.org/blaa- virtual/letra-r/rhcritica/arias2.htm#_ftn14 235 Conferencias Episcopales de Colombia, t. I (1908-1953), Bogotá, Secretariado Permanente del Epis- copado,…

p. 150
15Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Página 3631 cita
[18]

se consideraba católico: en 1919 el Ministerio de Go- bierno declaró que se entendía por ca- tólico a todo bautizado en la fe cató- lica, aunque después hubiera apos- tatado, según la nunciatura apostó- lica; según la misma nunciatura, no se debería obligar a un acto religioso católico a los que se hubiesen retirado…

p. 363
16Women's Writing in Colombia: An Alternative HistoryCherilyn Elston · 2016 · Página 2431 cita
[19]

violence, 27, 144 fascism, 78, 92, 122, 124 Felski, Rita, 5, 6, 78, 97, 98. See also nonsynchronicity feminine symbolic order, 32, 187, 193, 194, 215 236 INDEX feminism Chicana, 10, 228 and conflict, 24–30 French, 217n4, 224, 226 genealogies of, 13, 34n15, 92, 226 history in Colombia, 1, 230 inappropriate in Latin…

p. 243
17Violence and Resistance, Art and Politics in ColombiaStephen Zepke, Nicolás Alvarado Castillo · 2023 · Página 2551 cita
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the earth. 14. In this context it is important to mention that women in Colombia were only granted the right to vote in 1956. The 1930s had gradually opened spaces for women in universities, and in the field of art, it was only in that decade that artists such as Hena Rodríguez, Josefina Albarracín, Carolina Cárdenas…

p. 255
18Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · Página 2841 cita
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la comunidad donde viven, y la situación gene- ral de la sociedad. Por otra parte, el asumir que estos mo- vimientos no tienen objetivos feministas claros expresa una po- sición paternalista que implica que las mujeres de sectores populares y con poca educación formal no pueden tener ni cla- ridad, ni conciencia…

p. 284