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Biografía

Betsabé Espinosa

Regeneración

N. 1895

18 min de lectura26 documentos
Nacimientohacia 1895, probablemente en la zona rural aledaña a Bello o en un municipio del norte antioqueño
FallecimientoSin fecha registrada
RolesObrera textil · Líder huelguística
Lugar principalBello, Antioquia
Período históricoRegeneración1886–1929
03

La biografía

Betsabé Espinosa fue una obrera antioqueña que, en la Fábrica de Tejidos de Bello, encabezó entre el 12 de febrero y el 4 de marzo de 1920 el primer paro obrero exitoso protagonizado por mujeres en Colombia. Tenía poco más de veinte años, era católica, provenía del universo rural del norte del Valle de Aburrá y trabajaba en la planta textil más importante del país después de la Fábrica Obregón de Barranquilla. Bajo su liderazgo y el de otras cinco compañeras, cerca de cuatrocientas obreras se plantaron durante tres semanas frente a la compañía, ganaron aumento salarial, reducción de la jornada y la remoción de capataces abusivos, y obligaron al Estado conservador —que hasta ese momento entendía el conflicto laboral como asunto de policía— a admitir, siquiera provisionalmente, que las trabajadoras podían negociar. La huelga de Bello es la piedra angular del sindicalismo obrero femenino colombiano; su protagonista, sin embargo, se apagó en el archivo casi tan rápido como había irrumpido en la calle. Ese contraste —entre la magnitud del gesto y la delgadez de su rastro— es el problema mismo que su figura plantea a la historia de la Hegemonía Conservadora.

02

Línea de vida

  1. 1904

    Fundación de la Compañía Antioqueña de Tejidos

    Leer contexto

    Se funda en Bello la primera industria textil antioqueña, conocida como 'la fábrica de Bello', con Carlos E. Restrepo como primer gerente. Hacia 1910 empleaba más de 500 obreros y era el segundo mayor establecimiento textil del país tras la fábrica Obregón de Barranquilla.

  2. 1916

    Perfil sociológico de la fuerza de trabajo femenina

    Leer contexto

    En la Fábrica de Tejidos de Bello laboraban 110 hombres y 400 mujeres. El 87% de las obreras antioqueñas eran solteras, el 71% menores de 24 años y el 40% procedían de lugares distintos a Medellín. Las obreras ganaban aproximadamente la mitad del salario masculino, con jornadas de entre 9 y 13 horas diarias.

  3. 1920

    Huelga de la Fábrica de Tejidos de Bello

    Leer contexto

    El 14 de febrero de 1920, Betsabé Espinosa se apostó en la puerta de la fábrica junto a Adelina González, Teresa Tamayo, Carmen Agudelo, Teresa Piedrahíta y Matilde Montoya para impedir la entrada de los obreros. Las mujeres acataron el llamado; los hombres no. Un sacerdote intentó sin éxito convencerlas de regresar al trabajo. Tras casi tres semanas de paro, la compañía accedió a un aumento salarial cercano al 40%, reducción de jornada, destitución de capataces señalados y el derecho a trabajar calzadas.

  4. 1920

    Cobertura nacional y debate público

    Leer contexto

    El conflicto fue cubierto por El Espectador, El Tiempo y El Socialista. En Medellín, ingenieros de la Escuela de Minas debatieron sus implicaciones y algunos propusieron hacer accionistas a los obreros para prevenir futuras huelgas, reconociendo el carácter estructural del fenómeno.

  5. 1920

    Inscripción en el ciclo huelguístico nacional

    Leer contexto

    La huelga de Bello se inscribió en un año excepcional: se registraron 32 huelgas en Colombia, incluyendo paros en las minas de Segovia, el ferrocarril de La Dorada y el ferrocarril del Pacífico. Ante esta ola, el gobierno reconoció jurídicamente asociaciones de trabajadores, aunque las leyes laborales de 1919-1920 tuvieron escaso efecto práctico.

La obrera que aparece en la puerta

Del rostro y la biografía íntima de Betsabé Espinosa se sabe poco. Nació hacia mediados de la década de 1890, probablemente en la zona rural aledaña a Bello o en un municipio del Norte antioqueño, y llegó a la fábrica en algún momento de la segunda década del siglo XX, cuando la planta ya empleaba a más de quinientos obreros y era el segundo mayor establecimiento textil del país. Encaja con exactitud en el perfil sociológico de las obreras antioqueñas de 1916: soltera —lo era el 87 por ciento de sus compañeras—, menor de veinticuatro años —el 71 por ciento lo era— y presumiblemente foránea a Medellín, como el 40 por ciento de las trabajadoras del sector. Betsabé no era, pues, una figura excepcional dentro de la fábrica: era, en muchos sentidos, la trabajadora textil promedio del Valle de Aburrá en su momento. Lo excepcional fue lo que hizo con esa condición.

El nombre mismo —Betsabé, extraído del segundo libro de Samuel— la sitúa dentro del universo devoto antioqueño de finales del siglo XIX, donde las mujeres eran bautizadas según un santoral bíblico riguroso y crecían en el interior de la parroquia como institución total. No hay indicios de que hubiera pasado por círculos socialistas, ni de que leyera prensa obrera, ni de que tuviera conexión con las corrientes anarcosindicalistas que en Argentina o Uruguay animaban por esos años huelgas semejantes. Su lenguaje, hasta donde puede reconstruirse por la prensa que cubrió el paro, era el de la dignidad ofendida y el agravio moral, no el de la lucha de clases. Y es justamente ese anclaje católico y local el que hace su figura tan reveladora: la primera huelga femenina victoriosa del país no la condujo una militante formada en los círculos radicales, sino una obrera criada en el mismo mundo moral que sus patrones invocaban para disciplinarla.

Los orígenes: una fábrica y una fuerza de trabajo

Para entender a Betsabé Espinosa hay que entender la Compañía Antioqueña de Tejidos, fundada en 1904 en Bello y conocida como la fábrica de Bello. Fue la primera industria textil antioqueña propiamente dicha y tuvo como primer gerente a Carlos E. Restrepo, futuro presidente de la República. Hacia 1910 había duplicado su capacidad, consumía unos trescientos caballos de fuerza eléctrica generada por una cascada cercana —la quebrada La García bajaba con caudal suficiente para mover la planta— y empleaba a más de quinientos obreros. Seis años después, en 1916, la composición de esa fuerza de trabajo era ya inequívoca: 110 hombres y 400 mujeres. La proporción se repetía, con matices, en toda la industria textil antioqueña. Coltejer, fundada en 1907, y las fábricas más pequeñas del Valle de Aburrá contrataban preferentemente mujeres por dos razones que los patronos no ocultaban: eran más dóciles —o eso se creía— y ganaban aproximadamente la mitad del salario masculino. En la fábrica de Rosellón, en Envigado, los hombres recibían un peso diario y las mujeres cuarenta y cinco centavos.

La política del Estado conservador reforzaba esta arquitectura. La fábrica de Bello recibió empréstitos calculados por cada huso y cada telar en funcionamiento, en un dispositivo de fomento industrial que buscaba consolidar la manufactura nacional pero no reglamentaba en nada las condiciones internas. La jornada oscilaba entre nueve y trece horas diarias. La disciplina se imponía mediante multas, campanas que marcaban los tiempos con precisión monástica, capataces que vigilaban de cerca, suspensiones, expulsiones y estímulos en metálico que introducían la competencia entre las obreras. A ese régimen fabril se sumaba una segunda capa de vigilancia: la de las monjas que custodiaban al proletariado textil de Bello dentro y fuera de la fábrica, controlando el vestido, las horas de sueño en los patronatos, el trato con los hombres. El régimen no era abusivo por accidente; estaba diseñado así.

La contradicción que ese diseño producía puede formularse con claridad. La fábrica había concentrado en un mismo edificio, con jornadas idénticas, salarios idénticos y agravios idénticos, a cuatrocientas mujeres jóvenes, solteras, mayoritariamente alfabetizadas y provenientes en buena parte del mismo tejido comunitario del norte antioqueño. Las monjas y los patrones veían en esa concentración un rebaño; las obreras, sin decirlo aún, encontrarían en ella una asamblea.

Los detonantes: entre el capataz y el salario

El detonante inmediato de la huelga fue una combinación de agravios acumulados que la fábrica no supo o no quiso desactivar a tiempo. Los salarios femeninos se habían deteriorado en términos reales durante los años de la Primera Guerra Mundial y su inmediata posguerra: aunque el índice del salario real de las obreras textiles alcanzaría su pico en 1921, en 1920 aún cargaba con el desfase acumulado frente a los precios. La brecha con el jornal masculino se sentía cotidianamente como una injusticia sin justificación técnica —hacían el mismo trabajo—. Los capataces, exclusivamente hombres, ejercían un poder discrecional que incluía acoso sexual, humillaciones y arbitrariedad en la asignación de tareas y multas. Y las obreras trabajaban descalzas, en pisos húmedos y con las jornadas prolongadas hasta el límite de lo que la ley conservadora —que en realidad no legislaba casi nada sobre trabajo femenino— permitía.

El 12 de febrero de 1920 —fecha que la prensa consignó como inicio del paro, aunque la línea de fuerza mayor se produjo el 14— Betsabé Espinosa se apostó en la puerta de la fábrica junto a Adelina González, Teresa Tamayo, Carmen Agudelo, Teresa Piedrahíta y Matilde Montoya. El gesto era físico y simbólico: impedir la entrada. Las obreras acataron el llamado; los hombres no. Esa asimetría inicial define la naturaleza de la huelga y la sitúa en un lugar muy preciso dentro de la historia laboral colombiana: no fue un paro mixto en el que las mujeres siguieran a los hombres, ni una acción dirigida por una vanguardia externa que llegara a la fábrica con pliego redactado. Fue un movimiento de las obreras, decidido por ellas, sostenido por ellas, y en el que los obreros varones —minoritarios en la planta y protegidos por su salario doble— optaron por marginarse.

La trayectoria de la huelga: veintiún días

El primer episodio revelador ocurrió apenas iniciada la protesta. Un sacerdote de la parroquia local se acercó a las huelguistas con la misión de convencerlas de que regresaran al trabajo y se comportaran como mujeres decentes y sumisas. Era el guion habitual del catolicismo social antioqueño, que había construido patronatos, congregaciones marianas y redes de vigilancia moral precisamente para producir esa figura de obrera obediente. Las huelguistas no cedieron. La escena tiene una densidad que conviene medir. Las obreras no rompieron con la Iglesia —seguían siendo católicas, seguían asistiendo a misa—; rompieron con la equivalencia entre catolicismo y sumisión que sus superiores daban por evidente. Ese matiz distingue la huelga de Bello de las movilizaciones socialistas contemporáneas y explica por qué el discurso de las líderes se movía en el registro de la dignidad y la decencia antes que en el de la lucha de clases.

Durante las semanas siguientes la huelga sostuvo su cohesión gracias a algo que las monjas y los ingenieros no habían previsto: las obreras vivían cerca unas de otras, en el barrio obrero de Bello, se conocían por familia, compartían parroquia y quebrada, y esa red comunitaria —forjada precisamente por el régimen católico-patronal para vigilarlas— funcionó ahora como infraestructura de resistencia. La prensa nacional se ocupó del conflicto: El Espectador, El Tiempo y El Socialista lo cubrieron en Bogotá; en Medellín, los ingenieros de la Escuela de Minas debatieron sus implicaciones y algunos llegaron a proponer que se hiciera accionistas a los obreros como forma de prevenir futuras huelgas, medida que revela hasta qué punto la clase técnica antioqueña comprendió que se estaba ante un fenómeno estructural y no ante un incidente disciplinario.

El gobierno de Marco Fidel Suárez, atrapado en la doctrina conservadora que reducía la función estatal en materia laboral a promulgar pocas leyes y mantener una Oficina del Trabajo orientada a informar al ejecutivo, no tenía instrumentos de mediación propiamente dichos. La Ley 78 de noviembre de 1919, expedida meses antes bajo la presión de la ola huelguística nacional, había reconocido en el papel el derecho de huelga, la negociación colectiva y el arbitraje; la Ley 21 de 1920, complementaria, prohibió las huelgas en servicios públicos. Ambas fueron letra muerta en la práctica. En Bello, el conflicto se resolvió no por vía institucional sino por agotamiento del patrono y presión pública: hacia el 4 de marzo, tras casi tres semanas de paro, la Compañía Antioqueña de Tejidos accedió a un aumento salarial cercano al 40 por ciento, a la reducción de la jornada, a la destitución de varios capataces señalados por las obreras y al derecho de trabajar calzadas. No hubo pliego formal, no hubo sindicato reconocido, no hubo contrato colectivo. Hubo una victoria material innegable y un acuerdo verbal cuyo cumplimiento dependió de la relación de fuerzas que sobreviviera al conflicto.

La red: mujeres, curas y prensa

Alrededor de Betsabé Espinosa se puede reconstruir una constelación de figuras y espacios que precisan su significado histórico. Las cinco líderes que compartieron con ella la puerta de la fábrica —Adelina González, Teresa Tamayo, Carmen Agudelo, Teresa Piedrahíta y Matilde Montoya— no son satélites de una heroína individual sino un colectivo genuino. La huelga fue dirigida por seis mujeres, no por una; el registro periodístico y la memoria posterior privilegiaron el nombre de Espinosa por razones que probablemente combinan su capacidad oratoria, su presencia física en los momentos de mayor tensión y esa lógica de simplificación con la que la prensa siempre reduce las acciones colectivas a un rostro. La composición del liderazgo importa: seis mujeres jóvenes, católicas, sin marco ideológico externo, operando por consenso.

El sacerdote que intentó frenar el paro y el arzobispo de Medellín que habría mediado en las conversaciones posteriores encarnan las dos caras del catolicismo antioqueño en 1920. La Iglesia había impulsado desde comienzos de siglo proyectos de bienestar para la clase obrera naciente bajo la bandera del catolicismo social, con el objetivo explícito de neutralizar el atractivo del socialismo marxista. En Antioquia y los Santanderes, la Compañía de Jesús había exigido incluso la aplicación de la legislación indiana ante los abusos de empresarios mineros y comerciales, y las costumbres de remuneración y jornada forjadas en la región habrían de servir después de base a los primeros intentos de codificación laboral. Pero ese catolicismo social era, ante todo, disciplinario. El Patronato de Obreras que años después administrarían las Hermanas de la Presentación en Fabricato, la congregación de las Hijas de María que exigía a sus miembros ser solteras, obedientes y modestas, la carta pastoral que en 1927 el obispo de Santa Rosa de Osos dirigiría contra las mujeres que se vistieran de modo provocativo o montaran a horcajadas, la directiva vaticana de 1930 sobre la moda femenina: todo ese aparato revela el segundo movimiento del catolicismo antioqueño, mucho más presente en la vida cotidiana de Betsabé Espinosa que sus veleidades sociales.

Las conexiones con la naciente izquierda obrera colombiana son finas. Ignacio Torres Giraldo, dirigente comunista que en las décadas siguientes escribiría Los Inconformes, registró la huelga como episodio fundacional; María Cano, la flor del trabajo que desde noviembre de 1923 comenzó a introducir temática social en sus publicaciones y en enero de 1924 llamó a las mujeres antioqueñas a protestar contra la educación militar, encarnaría un tipo de liderazgo femenino explícitamente político que la generación de Betsabé Espinosa no había ejercido. En la costa atlántica, Juana Julia Guzmán organizaría a las mujeres de Montería en la Sociedad de Obreras Redención de la Mujer hacia 1919-1920, en clave más artesanal y ligada al partido socialista revolucionario. Espinosa no fue precursora de ninguna de las dos ni discípula de ninguna de las dos: fue una figura de otra naturaleza, más cercana al mundo devoto y menos legible en la gramática del sindicalismo posterior. Ese desajuste es en parte responsable de su desdibujamiento.

Bello dentro de una ola: 1919-1920 en Colombia y en América Latina

La huelga textil de Bello no fue un fenómeno aislado. En 1920 se registraron 32 huelgas en Colombia —cifra excepcional para un país con niveles muy bajos de organización obrera— y ese año articuló, junto con las minas de Segovia, el ferrocarril de La Dorada y el ferrocarril del Pacífico en el Valle del Cauca, el primer ciclo de conflictividad laboral moderna de la República. El detonante estructural venía de más atrás. 1919 había sido, quizá, el año más movido de la historia social colombiana hasta entonces: huelgas de ferroviarios, telegrafistas, mineros, panaderos y artesanos, y una represión ejemplar en marzo, cuando el general Pedro Sicard Briceño hizo dispersar con ametralladora una manifestación de artesanos —sastres y zapateros, sobre todo— que protestaba en Bogotá contra la importación de uniformes militares. Murieron unas veinte personas. Sicard Briceño fue juzgado y absuelto.

Ese ciclo se inscribía a su vez en lo que el marxista peruano José Carlos Mariátegui llamó la recia marejada posbélica, compuesta —según su fórmula— de esperanzas mesiánicas, sentimientos revolucionarios, pasiones místicas. Entre 1918 y 1929, Argentina, Uruguay, el sur de Brasil y Colombia experimentaron una intensa movilización obrera. Pero la configuración colombiana difería: mientras en los países del Cono Sur el peso de los inmigrantes europeos —anarquistas italianos, socialistas españoles— fue decisivo, en Colombia las capas populares eran mayoritariamente nativas, católicas y provenientes del artesanado o del campesinado local. Antes de la Primera Guerra Mundial, el volumen principal de la clase trabajadora colombiana lo formaban artesanos organizados en sociedades de ayuda mutua bajo auspicios de la Iglesia. El crecimiento económico de la posguerra estimuló organizaciones más combativas —de trabajadores asalariados, no ya de maestros de oficio— y las mayores concentraciones obreras se formaron alrededor del transporte (ferrocarriles, puertos, navegación fluvial) y de los enclaves extranjeros del petróleo y el banano.

En ese cuadro, Bello ocupa una posición singular. Fue conflicto obrero-industrial, no artesanal; fue femenino, no masculino; fue interior antioqueño, no enclave costero. Y fue victorioso, cuando la mayoría de las huelgas del ciclo terminaron en derrota o en pactos ambiguos. Esa combinación de rasgos hace de la huelga de Bello un caso irreductible a los esquemas dominantes de la historiografía obrera colombiana, que ha privilegiado los enclaves —Barrancabermeja, la zona bananera— y las figuras masculinas. La corrección de ese sesgo es reciente y todavía parcial.

El Estado conservador ante el paro femenino

La respuesta del gobierno de Marco Fidel Suárez a la huelga de Bello y a las demás huelgas de 1920 fue reveladora precisamente por su ambigüedad. Bajo la Hegemonía Conservadora, el Estado concebía el conflicto laboral como asunto de orden público cuando desbordaba el marco puramente económico, y delegaba entonces su resolución al Ministerio de Gobierno o a las Fuerzas Armadas, no a instancias de mediación laboral —que, en rigor, no existían—. La Constitución de 1886, pilar de la Regeneración, había reemplazado el principio liberal de libertad de industria y trabajo por prerrogativas estatales sobre la actividad económica, transformado el estatus legal del trabajo y erigido nuevas formas de vigilancia laboral. Pero esa capacidad de vigilancia no se tradujo en capacidad de arbitraje. El Estado conservador podía reprimir o podía ignorar; no sabía negociar.

Bajo la presión de la ola huelguística, sin embargo, hizo dos concesiones. La primera fue la legislación de 1919-1920 —Ley 78 sobre huelgas y conflictos colectivos, Ley 21 sobre servicios públicos— que quedó como letra muerta pero que instaló en el ordenamiento jurídico un lenguaje del que después habría de nutrirse la reforma laboral liberal de los años treinta. La segunda fue el reconocimiento paulatino de personerías jurídicas a organizaciones obreras. Entre 1886 y 1919, el Estado colombiano había otorgado apenas 26 personerías, casi todas a sociedades de mutuo auxilio de carácter artesanal. Hasta 1919 había solamente 27 organizaciones obreras legalmente reconocidas, varias de ellas más obrero-patronales que sindicales. Durante la década de 1920, ese número aumentó en cuarenta organizaciones adicionales. La huelga de Bello contribuyó a esa apertura sin producir un sindicato propio: las obreras textiles no se organizaron formalmente después del triunfo, y la Compañía Antioqueña de Tejidos no volvió a enfrentar una acción colectiva de la misma escala. Ese desenlace paradójico —victoria puntual, ausencia de institución— es característico del sindicalismo colombiano de los años veinte, cuyas asociaciones eran mayoritariamente de vida coyuntural: surgían con el conflicto y desaparecían con él.

Un dato mide la profundidad del problema. En 1929, apenas nueve años después de Bello, obreras de Envigado —posiblemente de la fábrica de Rosellón— protagonizaron conflictos similares. Los empresarios antioqueños no habían aprendido nada de Bello; o, más exactamente, habían aprendido a repetir los mismos abusos porque el marco jurídico e institucional que hubiera podido obligarlos a cambiar no se había construido. La Hegemonía Conservadora aceptaba caso por caso, cedía cuando la presión era inevitable, pero nunca aceptó institucionalizar el conflicto laboral.

La huella: memoria, olvido y disputa

De la vida de Betsabé Espinosa después de marzo de 1920 se sabe poco. Es plausible que continuara trabajando en la fábrica —o en otra planta textil del Valle de Aburrá— hasta que el matrimonio, la maternidad o la enfermedad la retiraran del oficio, siguiendo la trayectoria estándar de las obreras textiles antioqueñas de su generación. No hay noticia de que participara en huelgas posteriores, ni de que se afiliara a partido político alguno, ni de que dejara escritos, entrevistas o testimonios. Murió probablemente en los años treinta. El silencio biográfico es en sí mismo un dato: la primera dirigente huelguística femenina de Colombia no fue convertida en cuadro sindical, no fue integrada a la mitología del movimiento obrero, no fue reclamada por partido alguno.

Ese olvido tiene explicaciones. La primera es de género y clase: el sindicalismo colombiano que se consolidó en los años treinta y cuarenta fue mayoritariamente masculino, ferroviario y bananero, y su galería de héroes se pobló de dirigentes hombres —Torres Giraldo, Raúl Eduardo Mahecha, Ignacio Rengifo— y de una sola mujer excepcional, María Cano, cuya trayectoria política explícita la hacía inteligible al aparato del PSR y luego a la izquierda colombiana en general. Betsabé Espinosa, católica, sin discurso ideológico articulado, sin militancia posterior, no encajaba en esa galería. La segunda razón es regional: la industrialización textil antioqueña fue vista durante décadas como un fenómeno excepcional, atado a la particular configuración cultural y religiosa de la región, y por lo tanto poco extrapolable a una narrativa nacional del movimiento obrero. La tercera es documental: la huelga se resolvió sin actas, sin sindicato formal, sin pliego escrito, y su rastro depende de la prensa nacional de la época y de la memoria oral recogida décadas después.

La recuperación historiográfica ha sido lenta y desigual. Ignacio Torres Giraldo la registró en Los Inconformes, la obra fundadora de la historia obrera colombiana; Mauricio Archila Neira la incluyó, en su estudio de 1992 sobre la cultura de los trabajadores, en el mapa del primer sindicalismo. Entrevistas orales realizadas en Medellín en la década de 1980 recogieron todavía algunos ecos, indirectos, de aquella huelga entre mujeres mayores que habían trabajado en las fábricas textiles del Valle de Aburrá. Pero la figura de Betsabé Espinosa siguió siendo secundaria en la memoria pública hasta bien entrado el siglo XXI, cuando el municipio de Bello y una nueva generación de historiadoras del trabajo comenzaron a reivindicarla. La reivindicación tardía debe ser leída con cuidado: existe el riesgo, siempre latente, de proyectar sobre la obrera de 1920 una conciencia feminista o socialista que no tuvo, y de vaciarla así de su condición real —mujer católica antioqueña que, sin marco ideológico externo, lideró una acción colectiva victoriosa—.

Esa condición es, quizá, lo más importante que la huelga de Bello enseña sobre la Hegemonía Conservadora. El régimen fabril católico-patronal que se implantó en el Valle de Aburrá entre 1904 y 1930 —con sus monjas, sus campanas, sus patronatos, sus curas convocados a apagar conflictos, sus obispos alertas al vestido femenino— fue diseñado para producir obreras dóciles a partir de campesinas devotas. Pero al concentrar a cuatrocientas mujeres jóvenes en una misma nave, someterlas a idénticas condiciones humillantes y forzarlas a compartir barrio, parroquia y quebrada, ese mismo régimen creó las condiciones materiales de la solidaridad que después no supo desactivar. La lengua católica en que Betsabé Espinosa aprendió a nombrar la dignidad —una lengua que hablaba de decencia, de justicia, de agravio— fue la misma que sus patrones le habían enseñado para volverla sumisa, y esa coincidencia, lejos de neutralizar la protesta, la volvió irrefutable. El sacerdote enviado a calmarlas les pidió que se comportaran como mujeres decentes; las obreras respondieron que precisamente por serlo estaban en la puerta. Fue una jugada retórica devastadora, y el catolicismo antioqueño no supo cómo responderla.

Pero esa misma victoria fue frágil. Sin sindicato que la institucionalizara, sin ley que la protegiera, sin partido que la recogiera, la conquista de Bello se disolvió en las relaciones cotidianas de fábrica y en el olvido lento del archivo. Nueve años después, en Envigado, las obreras tuvieron que empezar de nuevo. Ese es el rasgo más profundo y más triste de la huelga de Bello y de la figura de Betsabé Espinosa: reveló lo que las obreras antioqueñas podían hacer y, al mismo tiempo, lo poco que la Hegemonía Conservadora estaba dispuesta a dejar que hicieran. Entre esos dos hechos —la potencia efímera y el techo estructural— cabe la historia entera del sindicalismo colombiano de los años veinte, y cabe también, muy exactamente, el retrato de la mujer que se plantó en la puerta de la Compañía Antioqueña de Tejidos una mañana de febrero de 1920 y decidió que ese día no se entraba.

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Conexiones del archivo

Red histórica

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Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

26 documentos · 42 fragmentos
01Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · Páginas 425, 434, 4433 citas
[1]

obreras otro tipo de posturas que nos permiten identificar la existencia de unas mujeres que, a su manera, intentaron conquistar una mayor autonomía en las fábri- cas y en sus propias vidas cotidianas. Lo que parecía ser un modelo empresarial con posibilidades de una larga vi- gencia histórica, también al promediar…

p. 443
[11]

con nuestra primera fábrica. Aquí no las conocíamos porque tam- poco se conocían las fábricas. En Europa discuten las jornadas de ocho y diez horas, las de doce horas y tres cuartos ni entrarían a discutirlas. Me permito llamar la atención sobre este punto, pues me parece demasiado grave el que empiece la anarquía…

p. 434
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escuelas nocturnas y centros obreros, y luego con cursos especiali- zados en las fábricas. Parece que en estas primeras gene- raciones poco se logra mantener el interés por el estudio. 9. Olga Lucía Zuluaga, "Escuelas y colegios durante el siglo xix", en Jorge Orlando Meló (comp.), Historia de Antioquia, Mede- llín,…

p. 425
02Nueva Historia de Colombia, Vol. V: Economía, Café, IndustriaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jesús Antonio Bejarano Ávila, Jorge Orlando Melo, Bernardo Tovar Zambrano, José Antonio Ocampo Gaviria, Juan Manuel Santos Calderón, Charles Bergquist, Alberto Mayor Mora, José Olinto Rueda Plata, Carlos Esteban Posada Posada, Juan José Echavarría Soto, Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, Guillermo Eduardo Perry Rubio · Páginas 320, 3272 citas
[2]

plantar nuevas industrias. Varias em- presas grandes se instalaron o se reac- tivaron con las medidas: la Fábrica Textil de Bello, con un empréstito por cada huso y cada telar en funciona- miento; las fábricas textiles La Esprie- 11a, en Cartagena, y de Samacá, con subvenciones en dinero; la pequeña fábrica de…

p. 320
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el de Eduardo Echavarría, quien durante treinta y dos años fue administrador y técnico de Coltejer. De otra parte, iba siendo normal que las empresas fabriles operaran a base de trabajo libre, es decir, de obreros que libremente establecían un contra- to de trabajo con sus patrones, aunque la reglamentación de ciertos…

p. 327
03Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · Páginas 21, 32, 353 citas
[3]

pagaba un salario de $ 0,35 y $ 0,80. La fábrica de Rosellón en Envigado pagaba $ 1,00 a los hom- bres y $ 0,45 a las mujeres. La contra- tación de personal en las fábricas de textiles favorecía ampliamente a las mujeres. En la fábrica de Tejidos de Bello, en el año de 1916, según consta en el informe de Hacienda de…

p. 32
[12]

y se reglamentara la educación física y los deportes en las escuelas y colegios, dejando en claro que con ello no se atentaba contra la feminidad. No obs- tante, en el país, las mujeres de la eli- te, desde principios de siglo, practi- caban deportes tales con el tenis o el basquetbol y utilizaban bicicletas, pese que…

p. 21
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no sólo porque generalmente las desconocían, sino porque de hacerlas efectivas las despedían de sus empleos. A las mu- jeres que laboraban en la agricultura Chapolera o recogedora de café antioqueña, en 1922. Trescientas obreras de este gremio presentaron un memorial al Congreso, en 1935, denunciando atropellos de las…

p. 35
04Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Página 7521 cita
[5]

varia- ciones del salario real, se tendría esta evolución: el salario real en el conjunto sube fuertemente de 1918 (100) a 1921 (150); sigue luego una curva quebrada con tendencia gene - ral a la baja, hasta 1926, en que está más o menos a la altura del primer momento (107). Inicia después una ascensión marcada: en…

p. 752
05Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · Página 3301 cita
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encontraban en Antioquia (ocho en Medellín y una en Sonsón); además, de los $2.389.400 que representaba el capital de las 17 empresas, un poco más de la mitad correspondía a las nuevas empresas antioqueñas, aunque para entonces el mayor establecimiento textil era la fábrica Obregón en Barranquilla, seguida por las…

p. 330
06María Cano, la Virgen RojaBeatriz Helena Robledo · 2017 · Páginas 67, 1002 citas
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y las malas condiciones fisiológicas de nuestros trabajadores. Creo que ese camino si se extrema trae el anarquismo como consecuencia forzada y de ellos son los conatos de huelga que usted habla y que empiezan con nuestra primera fábrica. A las 6 de la mañana de ese 14 de febrero, Betsabé y otras de las compañeras…

p. 67
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Antioquia y Amagá. Los trenes transportaron a mediados de los años veinte más de ciento cincuenta mil personas por mes. Por la misma época transitaron unas cinco mil personas y más de mil trescientos vehículos, cada hora, por Carabobo, la principal calle del barrio, y a la plaza de mercado ingresaron no menos de…

p. 100
07Cultura e identidad obrera: Colombia 1910-1945Mauricio Archila Neira · 1992 · Páginas 151, 154, 4243 citas
[8]

sólo en los sitios de trabajo, sino en todas las otras dimensiones de la vida cotidiana, en una confrontación más sutil y a veces más intensa, como veremos en el siguiente capítulo. De esta forma la clase obrera colombiana construía lentamente su identidad como tal. NOTAS (1) Ver El Tiempo, 14 febrero, 18 marzo, 1920;…

p. 151
[18]

de la élite antioqueña, sin que significara la aceptación de la intervención del Estado central, rechazada a la sazón por los empresarios de todo el país. Para la construcción del primer barrio 'obrero' de Bogotá ver David Sowell, "...Artisans and Politics", pp. 320-322. (32) La Defensa, 3 de marzo, 1925 y El Correo…

p. 154
[38]

Violencia, p. 380. Ver también pp. 375-395 y Herbert Braun, Mataron a Gaitán, cap. 3. (76) Mes Financiero y Económico #77, 1943, p. 39 y El Espectador, 9 dic., 1943. Ver además Herbert Braun, Mataron a Gaitán, pp. 216 ss y Daniel Pecaut, Orden y Violencia, pp. 395-407. (77) R. Sharpless, Gaitán of..., p. 121 y Pecaut,…

p. 424
08Historia de Colombia. La República de Colombia IISalvat Editores (Juan Salvat, Roberto García Rojas, directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico); con colaboraciones de Arturo Alape, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Marco Palacios, Álvaro Tirado Mejía, entre otros · 1986 · Página 311 cita
[9]

‘Motin Incitaci6n del cura parroco 1918 pata atacar a los artidarios de violencia Marzo de —_| Sastres y Bogoté Protesta Evitar la compra en el Varios muertos y heridos _| El Estado interviene para 1919 zapateros exterior de uniformes y reprimir el movimiento botas para el ejército Abril 22 de | Ferrocarril La dorada…

p. 31
09Colombia and World War I: The Experience of a Neutral Latin American Nation during the Great War and Its Aftermath, 1914–1921Jane M. Rausch · 2014 · Página 1141 cita
[10]

for five days with a positive outcome for the strikers. On November 30, workers on the Girardot Railroad struck, sup- Collateral Damage 101 ported by a recently founded Sociedad Ferroviaria Nacional, and in De- cember the bakers of the panaderías (bakeries) declared a strike. On November 19, in an attempt to legalize…

p. 114
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Páginas 192, 1952 citas
[16]

naciente clase obrera colom- biana no tenía un componente de trabajadores in- dustriales fuertes; para 1930 sólo 15.000 obreros laboraban en fábricas; la mayoría de ellos, las dos terceras partes, eran mujeres; las formas de orga- nización sindical tuvieron carácter esporádico. Los sectores que presentaron mayor grado…

p. 192
[42]

las letras latinoamericanas en la década anterior: Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Jua- na de Ibarbourou y Gabriela Mistral. El movi- miento antioqueño rompió con la opresión a que estaba sometida la mujer antioqueña y con los convencionalismos propios de un duro régimen político y una cultura tradicional, como…

p. 195
11Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · Páginas 235, 2412 citas
[17]

Capítulo 9 creto las fuerzas del mercado eran el capital y el trabajo. Ahora bien, si el conflicto salía de los marcos econó- micos, entonces ya era cuestión de or- den público. Como el Estado no debía inmiscuirse en la negociación econó- mica, su función no debía ir más allá de promulgar unas pocas leyes labo- rales…

p. 235
[21]

que hemos expuesto, no sólo no pro- pició esa forma organizativa, sino que se opuso a ella por distintos medios. Hasta 1919 existían sólo veintisiete or- ganizaciones «obreras» legalmente re- conocidas. Es bueno anotar que al- gunas eran más asociaciones obrero- patronales, que sindicatos propiamen- te dichos. En el…

p. 241
12Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · Páginas 232, 256, 2646 citas
[19]

44 Villegas, Yunis, op. cit., p. 344. 262 ECONOMÍA Y NACIÓN mismo fiscal rechazó su papel de acusador y pidió la absolución del acusado. 45 Pero los conflictos más novedosos vividos por esta sociedad semifeudal fueron los acometidos por aquellos asalariados que laboraban en condiciones capitalistas bastante puras. En…

p. 256
[20]

44 Villegas, Yunis, op. cit., p. 344. 262 ECONOMÍA Y NACIÓN mismo fiscal rechazó su papel de acusador y pidió la absolución del acusado. 45 Pero los conflictos más novedosos vividos por esta sociedad semifeudal fueron los acometidos por aquellos asalariados que laboraban en condiciones capitalistas bastante puras. En…

p. 256
[30]

integrarse como tal. Tal proceso se repetirá progresivamente en las ciudades, primero, para luego retornar vengativamente al campo. Ya hemos afirmado atrás que en Antioquia hubo más pobla- ción blanca, homogénea y libre que en el resto del país. Estos factores resultaron decisivos para configurar una sociedad…

p. 232
[31]

integrarse como tal. Tal proceso se repetirá progresivamente en las ciudades, primero, para luego retornar vengativamente al campo. Ya hemos afirmado atrás que en Antioquia hubo más pobla- ción blanca, homogénea y libre que en el resto del país. Estos factores resultaron decisivos para configurar una sociedad…

p. 232
[40]

ante los pueblos civilizados", p. 135. 270 ECONOMÍA Y NACIÓN Si no resultaba siquiera factible que una junta de padres gober- nara la escuela pública donde estudiaban sus hijos, ¿qué podría decirse entonces de las finanzas municipales, la administración de justicia o el manejo del presupuesto nacional? Frente a la…

p. 264
[41]

ante los pueblos civilizados", p. 135. 270 ECONOMÍA Y NACIÓN Si no resultaba siquiera factible que una junta de padres gober- nara la escuela pública donde estudiaban sus hijos, ¿qué podría decirse entonces de las finanzas municipales, la administración de justicia o el manejo del presupuesto nacional? Frente a la…

p. 264
13Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 1171 cita
[22]

las perif erias geográ fi cas La co nfiguración de la s capas populares co lo mbi anas difirió de la de Argentina, Uruguay o el s ur del Brasi l, dond e los inmigran- tes e urop eos pesaron tanto. Pero, co mo en aquellas latitudes, la movilización y protesta de l os trabajadores tu vi eron gran auge e ntre 1918 y…

p. 117
14Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · Página 1371 cita
[23]

the decade run between 3 and 8 percent annually. 14 But with just 6 percent of the nation’s population living in the three largest cities—Bogotá, Medellín, and Cali—and the nine next largest cities accounting for only another 6 percent, organized labor was not yet the force it would become in succeeding years. Along…

p. 137
15Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 2561 cita
[24]

alzas rápidas de precios, años de bo- nanza exportadora y períodos de cri- sis, que provocaron un clima de agi- tación social inusitado. 1919 fue quizá el año más movido, caracterizado por oleadas de huelgas en todo el país. Las quejas de un grupo de artesanos que, estimulados por grupos liberales y re- publicanos,…

p. 256
16The Work of Recognition: Caribbean Colombia and the Postemancipation Struggle for CitizenshipJason McGraw · 2014 · Página 1821 cita
[25]

much of the Caribbean coast remained morally and politically suspect and outside official control, which encouraged Catholic missions to its hinterlands. The largely Jesuit project to stamp out concubinage and Liberalism reinforced the divide between city and countryside, in the process overlaying new exclusions with…

p. 182
17Empresas y empresarios en la historia de Colombia. Siglos XIX-XX. Una colección de estudios recientesCarlos Dávila Ladrón de Guevara (compilador) · 2003 · Páginas 529, 5302 citas
[26]

o d u c t o r e s antioqueños” 1 8.No podía f a l t a r e s e s e n t i d o d e lgremio que c a r a c t e r i z ó a l o scomerciantes medellinenses y que años después d a r í alu g a ral ac r eación de l aCámara de Comercio. Pero Carlos E.Restrepo no s ó l o representaba c a s a se x t r a n j e r a ss i n oa c a s a…

p. 529
[28]

p. 133. 22 B r e w (1 9 7 7), p. 3 9 7. 23 G a r c í a (1 9 3 9), p. 1 8. Í 4 5 2 ] Carlos E. Restrepo, el empresario (1867-1937) l ag u e r r a.Un episodio poco conocido de e s t ae x p e r i e n c i a i n d u s t r i a le sque e lprimer ge r e n t e de l aempresa f u e Carlos E.R e s t r e p o,quien a t r a v é sde…

p. 530
18La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · Página 1291 cita
[27]

el comercio derivado de ella, facilitó la acumulación de grandes sumas de capital líquido en las manos de unos pocos. Así, anota Safford, en 1852 el gobierno cedió el monopolio del tabaco en Ambalema a Francisco Montoya, un antioqueño, por ser éste el mayor y más estable capitalista del país. En contraste con los…

p. 129
19Historia económica de Colombia, 1845-1930William Paul McGreevey · 2015 · Página 2851 cita
[29]

empleados. Hacia 1910, su capacidad productiva se había duplicado, la planta con- sumía unos 300 caballos de fuerza de electricidad generada por una 35 Oliver La Farge ha escrito en términos similares sobre la experiencia de Guatemala con el cultivo del café. La Farge considera que el advenimiento de la producción y…

p. 285
20Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · Página 3021 cita
[32]

maíz, ocho de papa, y cuatro de panela, alfandoque o miel. A las cinco de la tarde sus trabajos serían revisados y corregidos, a las siete deberían asistir a la Iglesia para oír algunas palabras del capellán y a las ocho estarían en los dormitorios. Los do- mingos y días festivos tendrían permiso de diversiones que…

p. 302
21Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850–1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · Página 1271 cita
[33]

its seat in the Candelaria Church, but in  was transferred to San Ignacio. In  the congregation was still active and had opened chapters in Salgar, Concordia, and Titiribí. It admitted only unmarried, obedient, modest women. During the feast day of Our Lady of the Immaculate Conception, celebrated in May,…

p. 127
22Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850-1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · Página 1271 cita
[34]

its seat in the Candelaria Church, but in  was transferred to San Ignacio. In  the congregation was still active and had opened chapters in Salgar, Concordia, and Titiribí. It admitted only unmarried, obedient, modest women. During the feast day of Our Lady of the Immaculate Conception, celebrated in May,…

p. 127
23Of Beasts and Beauty: Gender, Race, and Identity in ColombiaMichael Edward Stanfield · 2013 · Página 961 cita
[35]

aPParent MOdernity 83 oversee and direct workers’ free time. Ironically, or predictably, these centers of industry experienced stubborn resistance to modern freedom, reinforcing nineteenth-century morality and religion.21 Catholic bishops became stout defenders of order and morality, not only warning of the evils of…

p. 96
24Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · Página 991 cita
[36]

la necesidad de ocuparse de la clase obrera, puesto que aún era embrionaria. Por otra parte, la difusión de la encíclica coincidió con el establecimiento de la Regeneración y el reinado de la intransigencia católica, lo cual hizo que la polémica política ocupara las fuerzas de los católicos, dejando a un lado la…

p. 99
25Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 1841 cita
[37]

a los indios americanos en especial, en una situación de desamparo legal hasta comienzos del siglo XX 19. Sin embargo y gracias a la presencia de la Iglesia Católica y de la Compañía de Jesús, en las regiones donde esta última desarrolló su misión apostólica (especialmente en Antioquia y los Santanderes), la…

p. 184
26Colonización y protesta campesina en Colombia (1850-1950)Catherine LeGrand · 2016 · Página 2101 cita
[39]

en los trabajadores tanto urbanos como rurales. Antes de la Primera Guerra Mundial, los artesanos c9nstituían el volumen principal de la llamada «clase trabajadora» en Colombia. Su organización se limitaba asocie- dades de ayuda mutua, constituidas generalmente bajo los auspicios paternales de la Iglesia católica. El…

p. 210