Bautizadores negros esclavizados en las minas del Chocó (c. 1793)
Hacia 1793, en las minas de Opogadó, Saltó y Santa Bárbara, hombres y al menos una mujer negros esclavizados administraban sistemáticamente el bautismo a los recién nacidos de sus cuadrillas; los curas párrocos, al llegar meses después, se limitaban a asentar el rito en los libros parroquiales. La práctica convirtió el atajo canónico del bautismo de necesidad en procedimiento ordinario, configurando una autoridad ritual subalterna sostenida en el corazón de la periferia minera neogranadina.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- c. 1793
- Dónde
- Chocó, Atrato, Nueva Granada, Popayán, Quito, Opogadó, Saltó, Santa Bárbara, Nóvita, San Miguel del Playón, Cartagena de Indias
- Protagonistas
- Bibiana (esclavizada bautizadora), Gabriel de Arrachatagui (esclavizado bautizador), Joseph María Moreno (esclavizado bautizador), Juan María Moreno (esclavizado bautizador), Ignacio Revilla (esclavizado bautizador), Clero itinerante parroquial del Chocó, Propietarios de minas ausentistas (residentes en Popayán, Cali, Buga, Cartago, Anserma, Santa Fe de Bogotá)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Ausencia estructural de clero residente en el Chocó: el territorio carecía de parroquias estables hasta bien entrado el siglo XVIII y el clero disponible era itinerante, incapaz de atender regularmente cuadrillas dispersas en la selva fluvial.
- Ausentismo de los propietarios de minas, que controlaban sus cuadrillas desde ciudades andinas del interior alegando que el clima cálido y húmedo del Chocó era insalubre para los blancos, dejando las minas sin supervisión española directa.
- Terror clerical al Pacífico: el clero secular de las diócesis de Pasto y Cali consideraba la región un espacio de aislamiento extremo, enfermedades tropicales y privaciones que generaba resistencia activa entre los eclesiásticos convocados a servir allí.
- Demografía abrumadoramente afrodescendiente: hacia 1782 la población negra representaba cerca del 75% de los aproximadamente 35.000 habitantes del Chocó, con los blancos reducidos al 2%, lo que hacía imposible sostener la infraestructura parroquial ordinaria.
- Obligación legal de los propietarios de promover la cristianización de sus esclavizados bajo pena de multa o confiscación, lo que creaba incentivo para que los bautismos se realizaran de algún modo incluso en ausencia del cura.
- Conversión del bautismo de necesidad —figura canónica excepcional que autoriza a cualquier laico a bautizar ante peligro de muerte— en procedimiento rutinario por efecto de la ausencia clerical crónica.
Consecuencias
- Emergencia de una autoridad ritual subalterna reconocida: esclavizados específicos —Gabriel de Arrachatagui, Joseph María Moreno, Juan María Moreno, Ignacio Revilla, Bibiana— ejercían el rol de bautizador con continuidad, siendo identificados como tales por sus compañeros y por los curas visitadores.
- Convalidación eclesiástica retrospectiva de los bautismos: los párrocos registraban en los libros sacramentales actos que no habían presidido, legitimando de facto una práctica que subvertía la jerarquía ordinaria de los ministros del sacramento.
- Documentación de una forma específica de agencia religiosa afrodescendiente en la periferia minera, distinta tanto del cimarronaje como de la evangelización jesuita en Cartagena, y no recogida hasta ahora en el inventario historiográfico colombiano.
- Porosidad del catolicismo colonial en zonas de frontera: la práctica revela que el orden sacramental podía reproducirse sin ministros ordenados, adaptándose a las condiciones materiales de la selva fluvial y generando un catolicismo de hecho diferenciado del catolicismo de derecho.
- Cortocircuito del ciclo ritual atlántico: para los niños nacidos en la mina, el bautismo ya no pasaba por Cartagena ni por el cura, sino que se cerraba en la mano del propio esclavizado, alterando la cadena documental y ritual que ligaba la trata con la asimilación cristiana.
La clave interpretativa
Por qué importa
El caso de los bautizadores esclavizados del Chocó demuestra que la agencia religiosa afrodescendiente no se limitó a sincretismos o resistencias clandestinas, sino que operó dentro del propio orden sacramental católico, ocupando el vacío que la estructura colonial era incapaz de llenar. Documenta, además, cómo la incapacidad institucional de la Iglesia y el ausentismo de los propietarios produjeron, sin proponérselo, una forma de autoridad ritual subalterna sostenida y nominalmente reconocida. Para la historia religiosa colombiana, el episodio es un caso límite que obliga a repensar quiénes fueron, en la práctica, los agentes del catolicismo colonial en las periferias mineras.
Desarrollo histórico
La historia completa
Bautizadores negros esclavizados en las minas del Chocó
Hacia 1793, en las minas de Opogadó, Saltó y Santa Bárbara, esclavizados negros administraban el sacramento del bautismo a los recién nacidos de sus cuadrillas. Los curas párrocos, cuando por fin llegaban de visita meses o años después, se limitaban a asentar el rito en los libros parroquiales, dando fe canónica a un acto que ellos no habían presidido. La escena, marginal en apariencia, contiene un problema mayor de la historia religiosa neogranadina: en la provincia minera más aislada, más rica en oro y más negra de la Nueva Granada, la administración ordinaria de los sacramentos había quedado, de hecho, en manos de los propios esclavizados. No se trataba del bautismo in extremis que la teología moral autorizaba a cualquier laico en caso de peligro de muerte, sino de una práctica sostenida, rutinaria, avalada retrospectivamente por un clero que carecía de medios para hacer otra cosa. En esa zona gris entre la necesidad estructural y la agencia afrodescendiente se dibuja una de las formas más singulares del catolicismo colombiano tardocolonial.
El Chocó a fines del siglo XVIII: una provincia sin curas y sin blancos
Para entender la escena de 1793 hay que reconstruir primero el escenario. El Chocó de la segunda mitad del siglo XVIII era una provincia sui géneris dentro del virreinato de la Nueva Granada: territorio de selva húmeda drenado por los ríos Atrato y San Juan, sometido militarmente apenas un siglo antes —hacia 1686, tras la rebelión indígena de 1684—, y explotado desde entonces mediante cuadrillas de esclavizados africanos que lavaban oro en los tributarios. La demografía era abrumadoramente afrodescendiente: hacia 1782, la población negra representaba cerca del 75% de unos 35.000 habitantes; los blancos apenas alcanzaban el 2%, y el resto eran indígenas. En ningún otro rincón del virreinato la desproporción era tan marcada, y en ninguno los blancos residían menos: los propietarios de minas —cartagüeños, bugueños, caleños, payaneses, anserminos, santafereños— controlaban sus cuadrillas a distancia, desde ciudades del interior andino, alegando que el clima cálido y húmedo del Chocó, asociado a la viruela y la malaria, no era apto para gente de su calidad.
La estructura productiva reforzaba ese vacío. Una cuadrilla típica oscilaba entre 50 y 200 esclavizados, algunas mayores; incluía, junto a los "útiles" que lavaban en los reales de minas, la llamada chusma —niños, enfermos y ancianos— que los propietarios contaban aparte. Solo las cuadrillas más numerosas alcanzaban a autoabastecerse, pues dividir a una parte del grupo entre cultivos y pastoreo exigía masa crítica; las demás dependían de comerciantes que subían suministros por rutas ruinosas. El costo anual por cabeza reflejaba esa geografía: 16 o 17 patacones de oro donde la cuadrilla se sostenía sola, 30 donde había que traerle todo. Los transportistas testaban y se confesaban antes de emprender el viaje, y los márgenes de intermediación se disparaban al ritmo del riesgo. Nada de esto favorecía la vida parroquial: no había vecindarios blancos que sostuvieran fábricas de iglesias, ni pueblos indios estables que alimentaran doctrinas, ni caminos que un cura pudiera recorrer sin arriesgar la vida.
La Corona lo sabía. Desde 1713, el oidor Aramburu había sido comisionado para asentar poblamiento y erigir una Caja Real, y había informado que, tras casi cuarenta años de explotación, la provincia parecía apenas pisada por los españoles. Los intentos posteriores —erigir el Chocó primero en superintendencia bajo la Audiencia de Santa Fe y luego en gobernación, para frenar la arbitrariedad de los mineros y el contrabando de oro hacia Charambirá, en el San Juan, y hacia los tratantes franceses, ingleses y holandeses que rondaban las costas— no consiguieron consolidar núcleos urbanos. Una orden real de 1666 había confiado simultáneamente la región a las audiencias de Quito y Santa Fe y a las gobernaciones de Popayán, Antioquia, Panamá y Cartagena, engendrando conflictos jurisdiccionales que se arrastraron durante más de un siglo. La duplicidad tenía raíz productiva: los empresarios cauca-payaneses habían abierto la cuenca del San Juan y fundado Nóvita, mientras los antioqueños explotaban tributarios del Atrato. Dos frentes, dos élites, dos rutas, ninguna capital efectiva.
La Iglesia no fue excepción: fue síntoma. El clero que atendía a indígenas y esclavizados era itinerante desde el siglo XVII, y siguió siéndolo cuando en las primeras décadas del XVIII el número de cuadrillas empezó a crecer. Los jesuitas habían llegado al San Juan hacia 1624 y cosechado algunas conversiones tras treinta años de esfuerzo; los franciscanos que intentaron entrar al Atrato desde la década de 1640 fueron rechazados durante tres décadas. El 25 de mayo de 1720, los dueños de minas de Citará —hoy Quibdó, sobre el Atrato— presentaron una petición formal para que se creara una parroquia estable y se dotara un cargo clerical fijo capaz de administrar los sacramentos. La solicitud es reveladora por lo que denuncia: setenta años después de iniciada la explotación, los propietarios reconocían que no había parroquia consolidada, que el clero disponible entraba y salía, y que la instrucción espiritual de indígenas y negros —entrelazada en la práctica— dependía de figuras episódicas. El debate colonial subsiguiente giró sobre las mismas preguntas: si el clero regular o el secular debía tener jurisdicción, cómo debían fundarse las parroquias, quién pagaría al cura, a quiénes exactamente serviría.
Setenta años más tarde, hacia 1793, la situación seguía siendo, en esencia, la misma.
Antesala inmediata: el terror clerical al Pacífico
Las visitas eclesiásticas de las últimas décadas del siglo XVIII dejaron un diagnóstico consistente: el Pacífico era territorio incuidable con las herramientas ordinarias de la cura de almas. En las diócesis de Pasto y Cali, el clero secular consideraba la región un espacio de aislamiento extremo, distancias imposibles, privaciones materiales, clima insalubre y enfermedades tropicales que generaba, literalmente, terror entre los eclesiásticos convocados a servir allí. Los viajes a lomo de mula que exigía cualquier visita eran raras veces emprendidos incluso por obispos en ejercicio, y regiones como Antioquia —menos hostiles que el Chocó— sufrían igual escasez de presencia episcopal directa. Un cura enviado al Atrato o al San Juan no solo debía renunciar al mundo español: debía apostar la salud y, muchas veces, la vida.
La solución retórica que fue tomando forma en la correspondencia entre obispos, mineros y la Corona reconocía esa realidad: el Pacífico solo podría administrarse mediante misiones a cargo de eclesiásticos formados específicamente para ello y dispuestos al sacrificio. Es decir, no mediante párrocos ordinarios de cura de almas, sino mediante figuras especializadas cuya vocación fuera precisamente aceptar lo intolerable. La declaración desplazaba tácitamente la responsabilidad: reconocía que la parroquia común no bastaba, sin resolver quién ni cómo asumiría el reemplazo. Mientras tanto, las poblaciones del Pacífico que habían dejado de ser visitadas conservaban prácticas piadosas, cantos religiosos y fragmentos de doctrina que podían recitar cuando algún misionero regresaba: la fe sobrevivía sin sus ministros, adaptándose al vacío.
Los testimonios clericales de la época mezclaban en un mismo párrafo dos explicaciones que operaban en paralelo. La ignorancia religiosa y los supuestos vicios de la población negra se atribuían, por un lado, al abandono pastoral y a la falta de instrucción sistemática —una lectura que en principio comprometía a la propia Iglesia y a la Corona a corregir el problema— y, por otro, a caracterizaciones raciales intrínsecas que naturalizaban las supuestas deficiencias y las volvían insanables. Las dos lecturas coexistían sin excluirse: el clero podía denunciar el abandono estructural y, en la línea siguiente, culpar al carácter de los evangelizados. Esa ambivalencia importa para leer la tolerancia posterior de los bautismos administrados por esclavizados: la Iglesia diagnosticaba el vacío, lo lamentaba, y sin embargo no lo llenaba.
Opogadó, Saltó y Santa Bárbara, hacia 1793
En ese suelo se planta la práctica que nos ocupa. En las minas de Opogadó y Saltó, en la cuenca del Atrato, y en Santa Bárbara, hombres negros esclavizados bautizaban a los niños de la cuadrilla apenas nacían. Cuando el cura visitador arribaba semanas o meses después —a veces desde Nóvita, a veces desde San Miguel del Playón, a veces desde más lejos— se le informaba quién había administrado el sacramento, se le daban los nombres del niño, de los padres, de los padrinos y del bautizador, y él inscribía el registro en el libro parroquial, convalidando el acto como si él mismo lo hubiera oficiado. La forma canónica había sido cubierta por la teología del bautismo de necesidad: la doctrina católica admite que cualquier persona, incluso no cristiana, puede bautizar válidamente si vierte agua sobre el bautizando pronunciando la fórmula trinitaria con intención de hacer lo que hace la Iglesia. El sacramento, en su nivel más elemental, no requiere un ministro ordenado.
Lo que en Opogadó, Saltó y Santa Bárbara se apartaba de la norma no era la validez sacramental del acto, sino su reiteración sistemática, su previsibilidad, su condición de práctica establecida. El bautismo de necesidad, en la teología moral, era una figura excepcional: el laico intervenía cuando la vida del bautizando corría peligro inmediato y no había cura al alcance. En las minas chocoanas de fines del XVIII, la excepcionalidad se había vuelto régimen. Los recién nacidos eran bautizados por esclavizados no porque estuvieran todos muriéndose —aunque la mortalidad infantil era alta— sino porque el cura no llegaría a tiempo por definición. La ausencia clerical estructural había convertido el atajo canónico en procedimiento ordinario.
Los nombres que sobreviven en los registros de esa práctica dan cuerpo al fenómeno. Gabriel de Arrachatagui, Joseph María Moreno, Juan María Moreno, Ignacio Revilla figuran entre los esclavizados que ejercían la función de bautizador; Bibiana aparece como bautizadora, en un caso raro y significativo de mujer en el papel. Que existieran nombres reconocibles, que se supiera en cada cuadrilla quién era el encargado de administrar el sacramento, indica que la práctica tenía titulares específicos y no era una improvisación repartida al azar entre los presentes. Alguien en cada mina sabía la fórmula, sabía cuándo y cómo aplicarla, y era reconocido por sus compañeros y por el cura visitador como la persona a quien correspondía hacerlo. Esa continuidad de rol —no la validez teológica del acto— es lo que constituye el hallazgo.
Los bautizadores operaban en un tejido social donde la línea entre la esclavitud y la agencia se cruzaba de maneras oblicuas. El bautismo, en la Nueva Granada, había sido desde el siglo XVI el rito de ingreso a la comunidad cristiana con el que se cerraba la travesía atlántica del esclavizado: recién llegado a Cartagena tras el Middle Passage, marcado a hierro en algunos casos —una práctica documentada especialmente en las Antillas— y bautizado con nombre cristiano, el africano quedaba jurídica y sacramentalmente asimilado antes de emprender las 900 millas al sur hasta Popayán y las otras 300 al noroeste hasta el Chocó. Los libros bautismales de Cartagena, guardados en el Archivo Parroquial de la ciudad y en el de Santo Toribio, distinguían por color: registros de pardos y morenos separados de los de blancos, con anotación de la condición racial y a veces de expósito. Un "Joseph Antonio" recién llegado de África podía aparecer en las páginas de un libro sacramental del Chocó como culminación de esa cadena documental y ritual. Los propietarios estaban obligados por ley a promover la cristianización de sus esclavizados, bajo pena de multa equivalente a la mitad del precio del esclavo o de confiscación, aunque en la práctica muchos solo la impulsaban cuando la doctrina servía para el control de conducta.
En las minas del Atrato y el San Juan, sin embargo, esa cadena se rompía: el bautismo del niño nacido en la cuadrilla no podía esperar al cura ausente. Y aquí el esclavizado bautizador ocupaba un lugar peculiar: era él quien introducía al recién nacido en el orden sacramental que lo definía, doble y contradictoriamente, como cristiano y como propiedad. El agua que vertía cerraba una circulación que había empezado décadas antes en la costa africana y que, para los adultos de la cuadrilla, había pasado por Cartagena; para los nacidos en la mina, la circulación se cortocircuitaba en la propia mano del esclavizado, sin pasar por el puerto ni por el cura.
Por qué el clero lo toleró
La tentación de leer esta escena como una concesión progresista del clero colonial, o como un acto de tolerancia deliberada hacia la agencia afrodescendiente, hay que resistirla. Los curas párrocos del Chocó no reconocían a Gabriel de Arrachatagui o a Bibiana una autoridad ritual; convalidaban su acto porque no había alternativa canónica ni logística. La tolerancia era, ante todo, efecto de la incapacidad. Un cura visitador que llegaba a Opogadó tras semanas de canoa por el Atrato no podía deshacer meses de bautismos previos ni imponer un régimen distinto para los meses siguientes: cuando volviera a partir, la mina quedaría de nuevo sola. Registrar lo hecho era la única opción compatible con la disciplina eclesiástica; deslegitimar la práctica habría equivalido a admitir que la Iglesia no cumplía su función.
Detrás de esa tolerancia operaban también las obligaciones de los propietarios. La cristianización de los esclavizados era exigencia legal, y no cumplirla podía costar caro. Un amo residente en Popayán o Santafé, que no visitaba el Chocó por miedo al clima, necesitaba que sus esclavizados fueran bautizados sin tener que llevar un cura consigo ni sostener una capellanía en la mina. La delegación ritual en un esclavizado bautizador —tolerada por el cura visitador y avalada por el libro parroquial— resolvía el problema del amo tanto como el del párroco: cumplía la letra de la obligación sin exigir presencia. La lógica económica del ausentismo señorial encontraba en esta práctica su complemento sacramental. Vista así, la escena no es una fisura del orden colonial sino una de sus piezas: el modo en que un sistema construido sobre la ausencia física de los blancos resolvió, con recursos afrodescendientes, una de sus obligaciones legales.
Calibrar la lectura en esa dirección, sin embargo, no basta. Lo que se toleraba era una práctica que en cualquier otra región del virreinato habría sido considerada anomalía o abuso: el bautismo administrado rutinariamente por laicos, más aún por laicos esclavizados, no formaba parte del régimen sacramental ordinario en Cartagena, en Popayán ni en Santafé. Que en el Chocó lo fuera —y que se registrara sin escándalo en los libros parroquiales— indica una acomodación local del derecho canónico a la geografía. La Iglesia colonial no era una máquina uniforme aplicando reglas fijas; era un tejido de excepciones administradas caso por caso, y la excepción chocoana era estructuralmente profunda.
Contrastes: la Cartagena de Claver y las minas del Atrato
Vale la pena poner en paralelo, sin homologar, dos escenas separadas por siglo y medio y por unos 900 kilómetros. En la Cartagena del siglo XVII, Pedro Claver evangelizaba a los africanos recién desembarcados con el auxilio de traductores negros a quienes sentaba con honores y regalaba obsequios, en gestos que escandalizaban a los españoles locales. Claver operaba dentro de las instituciones coloniales de violencia —la trata, la esclavitud, la encomienda— sin denunciar la esclavitud como institución; su ministerio se dirigía a los cuerpos y las almas de los esclavizados, no a la legalidad que los producía. Esa evangelización cartagenera, sostenida por la Compañía de Jesús y monumentalizada tras el regreso de la orden en 1883 con la reconstrucción del santuario, cristalizó una figura del catolicismo colombiano: el santo como "esclavo de los esclavos", los valores de la evangelización representados por un misionero europeo entregado.
La escena chocoana de 1793 es su reverso oscuro. Aquí no hay Claver ni Compañía; hay ausencia clerical crónica, y son los propios esclavizados quienes administran el sacramento inaugural del catolicismo. Si en Cartagena la agencia afrodescendiente aparecía en el papel del traductor —figura indispensable, valorada por el santo, pero subordinada—, en el Atrato aparece en el papel del ministro efectivo del rito. La diferencia no es solo geográfica; es estructural. En Cartagena, la Iglesia estaba presente y podía elegir sus formas; en el Chocó, la Iglesia estaba ausente y las formas se organizaban en su ausencia. La cristalización simbólica de Claver como figura de unidad católica nacional, en la Regeneración de fines del XIX, ocultaba —al mismo tiempo que celebraba— la otra historia: la de las minas donde el catolicismo no llegó como misión sino como delegación, y donde los ministros fueron los mismos evangelizados.
Ese contraste no debe romantizarse. Los bautizadores esclavizados de Opogadó no son mártires ni héroes; son hombres y mujeres que asumieron una función dentro de un régimen de trabajo forzado y explotación aurífera. Su agencia era real, pero enmarcada por la coacción; su autoridad ritual era efectiva, pero nunca formalizada; su papel se ejercía en los intersticios que el orden colonial dejaba abiertos, no en un espacio conquistado a la Iglesia. Llamar a esta práctica "iglesia negra intersticial" tiene la virtud de nombrar algo real —una autonomía ritual afrodescendiente sostenida durante décadas— y el riesgo de exagerarlo, atribuyéndole una densidad institucional que no tenía. Lo que había en las minas era una infraestructura ritual mínima, no una iglesia.
De la práctica al mundo: religiosidad afro del Pacífico
La singularidad de los bautizadores esclavizados se ilumina mejor si se los sitúa en el fenómeno mayor de la religiosidad afro del Pacífico. Como mostró la etnografía posterior, particularmente los trabajos de Anne-Marie Losonczy, los pobladores negros de la región articularon los ritos y santos del catolicismo con imaginarios no conscientes de formas religiosas africanas y, en grado variable según su contacto con indígenas, con elementos de religiosidad indígena. La apropiación no fue rechazo frontal ni asimilación pasiva: produjo formas originales, con lógicas propias, que reelaboraron el catolicismo desde adentro. A diferencia del Caribe insular o de Brasil, en Colombia no cristalizó un culto explícito a los dioses africanos bajo la forma del vudú, la santería o la macumba; la máscara y la danza ritual africanas desaparecieron casi por completo. Lo que emergió fue otro tipo de tejido: santos católicos habitados por resonancias no oficiales, arrullos y cantos religiosos con estructuras rítmicas afrodescendientes, prácticas de curación que incorporaban elementos del chamanismo indígena del litoral, un universo espiritual compartido con las poblaciones indígenas vecinas donde espíritus y almas circulaban por la selva.
Los negros del Pacífico se convirtieron también en intermediarios: padrinos de niños indígenas, anfitriones de festividades religiosas compartidas, mediadores entre las comunidades río arriba y las autoridades locales. La red del compadrazgo, ese co-parentesco ritual anudado en el bautismo, articulaba comunidades a lo largo de los ríos con densidades y alcances que el clero itinerante nunca pudo desarticular ni encauzar. La Iglesia mantuvo, hasta bien entrado el siglo XX, una actitud de distancia o de rechazo hacia esas expresiones: solo a partir de 1954, en lugares como Guapi, se registró un cambio hacia una política más tolerante, que dejó de combatir los arrullos y comenzó a patrocinar formas locales de religiosidad y música folklórica dentro del culto oficial.
Los bautizadores esclavizados de 1793 se inscriben, en esa larga duración, como un momento particular: no representan el sincretismo cultural completo que la etnografía documentaría dos siglos después, sino un episodio previo donde la delegación sacramental operaba todavía dentro del marco formal del catolicismo canónico. Gabriel de Arrachatagui y Bibiana no reinterpretaban el bautismo; lo administraban según la fórmula romana. La reelaboración cultural mayor —los santos habitados de otro modo, los arrullos, la mediación con lo indígena— se construyó en el tiempo largo posterior, en el espacio que la ausencia clerical siguió dejando abierto. El bautismo administrado por esclavizados es, en ese sentido, el eslabón temprano de una historia más amplia de apropiación afrodescendiente del catolicismo, y quizás su indicio más nítido dentro del régimen colonial mismo.
Causas: estructura, coyuntura, cálculo
Conviene separar los planos de la explicación. En el nivel estructural, la práctica se explica por la conjunción de tres factores que se refuerzan: una demografía abrumadoramente negra en una provincia sin capacidad para sostener parroquias urbanas; una geografía —selva húmeda, ríos peligrosos, distancias enormes, transporte carísimo— que hacía prohibitiva la presencia clerical continua; y un régimen productivo basado en propietarios ausentes que delegaban todo lo delegable, incluida la observancia religiosa mínima que la ley les exigía. Ninguno de los tres factores era coyuntural: los tres venían operando desde el siglo XVII, y todos se agravaron con el aumento de cuadrillas en las primeras décadas del XVIII.
En el nivel coyuntural, el fin del siglo XVIII agudizó las tensiones. Las visitas eclesiásticas de esos años produjeron el diagnóstico —el Pacífico como territorio incuidable—, pero el diagnóstico no se tradujo en solución. La Corona borbónica, ocupada en reformas administrativas, fiscales y militares, no consiguió proveer el flujo constante de misioneros que el propio clero admitía como única salida. La debilidad del Estado colonial en el Chocó, evidente desde la comisión de Aramburu en 1713, seguía siendo la nota dominante ochenta años después: el contrabando por Charambirá continuaba, la fuga ilícita del oro persistía, los conflictos jurisdiccionales heredados de 1666 no se resolvían. En ese clima general de ineficacia administrativa, la Iglesia hacía lo que podía y toleraba lo que no podía impedir.
En el nivel del cálculo individual, propietarios y curas encontraban en la delegación ritual una salida cómoda. Los propietarios cumplían la obligación de cristianización sin costos añadidos; los curas conservaban el monopolio del registro parroquial —seguían siendo ellos quienes inscribían los bautismos, quienes daban validez documental al acto— sin tener que asumir la administración material de un sacramento que en la geografía real era imposible administrar. Los esclavizados bautizadores, por su parte, obtenían dentro de la cuadrilla un rol reconocido, con implicaciones sociales que iban más allá del acto ritual mismo: quien bautizaba a los niños de la mina ocupaba un lugar visible en la memoria colectiva de la comunidad, ligado a los padrinazgos y a las alianzas rituales que ese vínculo generaba. Nada de esto era liberador, pero nada tampoco era irrelevante.
Consecuencias: la república hereda la precariedad
La abolición de la esclavitud, decretada en 1851 y efectiva a partir del 1 de enero de 1852, transformó las condiciones jurídicas del Chocó sin resolver de golpe las estructurales. Antes de la fecha, propietarios previsores habían vendido esclavos viejos o enviado esclavizados a Jamaica y al Perú para eludir la manumisión. Tras la abolición, las comunidades negras del Chocó —en particular en zonas como Bojayá— entraron en una segunda fase de expansión, diversificando actividades hacia la explotación de caucho, tagua, raicilla y pieles de animales, y organizándose a lo largo de los ríos en una red de asentamientos dispersos que la administración republicana buscó consolidar mediante la creación de nuevos poblados, la instalación de justicia y la promoción de la educación religiosa.
La Iglesia republicana heredó la misma precariedad pastoral que había caracterizado a la colonial. La relación Iglesia-Estado, tras la independencia, mantuvo rasgos de continuidad: la norma moral eclesiástica siguió operando como norma legal, y la presencia efectiva del clero en regiones como el Chocó no se incrementó al ritmo que las nuevas autoridades declaraban desear. La parroquia republicana no sepultó, en sentido estricto, la infraestructura ritual afrodescendiente heredada de la colonia: coexistió con ella, la ignoró en muchos casos, la combatió en otros, y solo bien entrado el siglo XX —a partir de gestos como el de Guapi en 1954— empezó a hacer las paces con las formas de religiosidad popular que las poblaciones negras habían sostenido durante siglos en su ausencia.
Los bautizadores esclavizados desaparecieron como figura reconocible con la abolición y con la lenta consolidación de la parroquia decimonónica, pero el patrón que los había hecho posibles —la ausencia estructural del clero en las cuencas del Atrato y el San Juan— siguió operando. Los compadres afrodescendientes que en el siglo XX apadrinaron niños indígenas río arriba, los rezanderos que dirigieron velorios y novenarios sin cura presente, los especialistas rituales que combinaron oraciones católicas con saberes de curación de origen africano e indígena, ocuparon lugares análogos, aunque no idénticos, al de Gabriel de Arrachatagui en 1793. La delegación se transformó: dejó de ser sacramental en sentido estricto, dejó de estar avalada por el libro parroquial, y se desplazó hacia territorios rituales donde la Iglesia no reclamaba jurisdicción directa. Pero la lógica de fondo persistió: en el Pacífico, la vida religiosa afrodescendiente se organizó, por siglos, con o sin cura, y las más de las veces sin.
Por qué importa
La ficha de los bautizadores negros esclavizados en las minas del Chocó no ilumina un episodio pintoresco de la historia religiosa colombiana; ilumina un modo de funcionamiento del catolicismo colonial. En el corazón productivo de la Nueva Granada tardocolonial —la provincia que enviaba oro a las cajas reales y sostenía el crédito de familias enteras en Popayán, Cali y Santafé—, el sacramento de ingreso a la comunidad cristiana era administrado, de manera rutinaria, por los mismos esclavizados que la Corona y la Iglesia decían querer evangelizar. No como emergencia sino como norma; no contra el clero sino con su aval retroactivo. Esa constatación desmonta la imagen de una Iglesia colonial capilar y omnipresente, y la sustituye por la de un tejido de excepciones administradas caso por caso, donde la geografía dictaba lo que la doctrina no podía imponer.
Documenta también, sin idealizarla, una forma de agencia afrodescendiente inscrita en los intersticios del orden colonial: no una autoridad paralela plenamente constituida, no una iglesia negra en sentido institucional, pero sí un espacio real de gestión ritual asumido por hombres y mujeres esclavizados y reconocido, aunque no formalizado, por la Iglesia que los tenía como feligreses. Que ese espacio nunca fuera nombrado en los debates coloniales sobre la fundación de parroquias en el Chocó —debates que giraban sobre el clero regular contra el secular, sobre remuneraciones y jurisdicciones, sin detenerse en quiénes bautizaban efectivamente a los niños de las cuadrillas— es la marca de su condición intersticial. La historia oficial no lo consideró tema; el libro parroquial lo registró sin subrayarlo; la república lo dejó atrás sin declararlo terminado.
Recuperarlo hoy no es rehabilitar una tradición perdida ni proponer una genealogía triunfal. Es, más modestamente, reconocer que el catolicismo colombiano se construyó en más manos de las que su historiografía suele admitir, y que algunas de esas manos —las de Gabriel de Arrachatagui, las de Bibiana, las de tantos otros cuyos nombres no llegaron al libro— sostuvieron durante décadas un rito fundacional cuya validez la Iglesia romana ha reconocido siempre, aun sin haberlo previsto en la periferia minera del virreinato. En las aguas del Atrato y del San Juan, hacia 1793, la Iglesia católica en América se hizo, entre otras cosas, con manos negras y esclavas.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 72, 782 citas
[1]conocimientos especialmente valo- rados por los amos eran los de los carpinteros, las parteras y los curanderos de picaduras de víboras. Las cuadrillas mineras llegaron a estar conformadas hasta por varios cientos de esclavos, aunque lo normal era que el tamaño de una cuadrilla oscilara entre los 50 y los 200…p. 78
[4]pocas ocasiones alcanzaron a convertirse en ciudades. En Antioquia, por ejemplo, a fines del siglo xvi, el descubrimiento de los ricos sedimentos del río Nechí pro- vocó el rápido desplazamiento de casi todos los mineros que se encontraban en Buriticá. En muy pocos años fun- daron Cáceres, Zaragoza y Guamocó. El…p. 72
02Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 347, 3642 citas
[2]contaba con 600 esclavos importa - dos y en 1782 los negros ya representaban casi el 75 % de la población en el Chocó, de un total aproximado de 35. 000, mientras los blancos constituían apenas el 2 %, y el resto los indígenas. Los blancos eran dueños o supervisores de las minas, oficiales de la Corona, curas o…p. 347
[30]la vida. No obstante, vale aquí mencionar la experiencia socio- histórica de los mineros del oro en el litoral Pacífico frente a su situación de isla en el bosque tropical. Recogidos en minas y terrenos demarcados en gran parte por la sociedad dominante, los negros han elaborado respuestas adapta- tivas de…p. 364
03La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · p. 391 cita
[3]HÉROES DEL CHOCÓ 39 Las condiciones geográficas y climáticas se articulan con dinámicas pro- ductivas que han configurado las formas de poblamiento del Chocó. Desde el periodo colonial, se ha percibido al departamento como una despensa de recursos extractivos como el platino y el oro. Desde esta visión, se han ex-…p. 39
04Economía y Nación: una breve historia de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 1994 · p. 752 citas
[5]costos monetarios, no tanto las horas de trabajo de que disponía por ser dueño y señor de los esclavos. La dificultad mayor en el Chocó residía en el transporte tan costoso y en márgenes de intermediación muy altos para los comerciantes, por el alto riesgo de los viajes, antes de los cuales, como lo anota Colmenares,…p. 75
[6]costos monetarios, no tanto las horas de trabajo de que disponía por ser dueño y señor de los esclavos. La dificultad mayor en el Chocó residía en el transporte tan costoso y en márgenes de intermediación muy altos para los comerciantes, por el alto riesgo de los viajes, antes de los cuales, como lo anota Colmenares,…p. 75
05Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 211, 2602 citas
[7]of spiritual instruction. 55 While the number of cuadrillas of enslaved labourers began to increase in the early decades of the eigh - teenth century, clergy administering to them continue to be itinerant. The practical instruction and administration of spiritual pasture to indig - enous and black people were…p. 211
[13]per cent). 78 The internal slave trade in New Granada was an extension of the Middle Passage for arrivants like the man now named Joseph. The last line in this entry states: “The name of the baptised is Joseph Antonio.” 79 He had journeyed across the Atlantic Ocean, perhaps after being held for months on a ship…p. 260
06Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 234, 2412 citas
[8]contactos permanentes con contra bandistas franceses, ingleses y holandeses. Desde otro punto de vista, el Chor ó caracteriza'muy bien, los esfuerzos de la administraci ó n espa ñ ola por integrar fiscalmente estas regiones fronterizas. Desde 1713 el oidor Aramburu hab í a sido comisionado para asentar un poblamiento…p. 234
[14]una alternativa de empleo y de perma nencia en explotaciones agr í colas. Dentro del sistema defensivo del Imperio y la ruta de la Carre ra de Indias, Cartagena goz ó de una situaci ó n estrat é gica que favo rec í a no s ó lo la introducci ó n l í cita de esclavos y mercanc í as, sino que invitaba a su comercio il í…p. 241
07Afrodescendant Resistance to Deracination in Colombia: Massacre at Bellavista-Bojayá-ChocóAurora Vergara-Figueroa · 2018 · p. 65, 692 citas
[9]gave and contracted smallpox and were particularly susceptible to many tropical fevers. Because seventeenth-and- eighteenth century accounts describe the Chocó simply as fever-ridden (…). (4) This suggests three dimensions that seem central to my reading of the significance of this description. First, the way in which…p. 65
[31]come to be the oldest settlements in the municipal- ity of Bojayá. Prior to the emergence of these towns, the Spanish had set up checkpoints and traffic of slaves. This is the case of Vigía del Fuerte founded in the late eighteenth century. One could say that the first wave of settlement takes place along the rivers…p. 69
08Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 69, 902 citas
[10]volverían en décadas. En 1640, los indígenas rebeldes no solo cerraron las m inas chocoanas sino que cruzaron la cordillera y saquearon e incendiaron los pueblos españoles de A nserm a, A rm a y Cartago. Los jesuítas, q u ienes llegaron al San Juan hacia 1624, tuvieron algún éxito en convertir a los indios de la…p. 90
[11]d id o s en el siglo xvi fueron débi les y dem o rad o s en la costa atlántica y en el d istrito de P opayán en el occidente, así com o en regiones inestables com o los valles del Alto M agdalena y las zonas m ineras del Cauca. Los clérigos q u e llegaban a la costa atlántica p o r lo general no perm anecían allí m…p. 69
09La colonización antioqueña en el occidente de ColombiaJames J. Parsons · 1997 · p. 371 cita
[12]Robert C. West, en su libro reciente Colonial Placer Mining in Colombia, analiza la economía minera basándose en una cuidadosa investigación de los archivos. viajes a lomo de mula eran emprendidos raras veces por obispos en ejercicio. Francisco Luis Toro, "Obispos de Popayán que visitaron a Antioquia". Antioquia…p. 37
10Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 120, 1602 citas
[15]dían la obligación de promover la cristianización del esclavo sin tener en cuenta las sanciones económicas que esto podría acarrear y que iban desde una multa equivalente a la mitad del precio del esclavo hasta la confiscación de los mismos. La actitud de los propietarios hacia el pro- ceso de aculturación variaba…p. 160
[39]accesible de los veneros, con- denaba de nuevo al aislamiento a regiones ente- ras y anulaba todos los esfuerzos anteriores. El hallazgo repetido de yacimientos impuso tam- bién un ritmo de desarrollo desigual que acen- tuaban la ausencia de comunicaciones y la im- posibilidad de imponer patrones políticos uni-…p. 120
11Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 731 cita
[16]50 200 2 100 51 180 3 105 52 170 4 110 53 155 5 115 54 140 6 120 55 125 7 130 56 110 8 140 57 95 9 150 58. 80 10. 160 59 65 11. 180 60 50 12 ° 200 61 ° 35 13. 230 62 ° 20 14. 270 63: 5. 290 64. t) buia aceite de coco para que se frotasen el cuerpo y diesen a su piel un negro lustroso. A cada momento se presentaban…p. 73
12El Orinoco ilustradoJoseph Gumilla · 2016 · p. 4201 cita
[17]trabajaban los indios, y ya tarde, al volver ha- cia el pueblo, vio un pobre rancho apartado de la senda, y por mera curiosidad fue a ver qué cosa era, y si en él ha- bía algún indio, y veis aquí que se quedó asombrado al ver una india moribunda: armazón funesta, que sólo tenía la denegrida piel sobre los huesos:…p. 420
13Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 3031 cita
[18]Cartegena remite a esta superioridad testimonio íntegro de los autos obrados contra una negra bozal nombrada María Gervasia Guillén por haberle aprendido varios géneros de ilícita introducción, in Colombia, AHNC, CO, NE, tomo , , fols. -v. . Colombia, APC, Libro de bautismos de pardos y morenos, –;…p. 303
14Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 3031 cita
[19]Cartegena remite a esta superioridad testimonio íntegro de los autos obrados contra una negra bozal nombrada María Gervasia Guillén por haberle aprendido varios géneros de ilícita introducción, in Colombia, AHNC, CO, NE, tomo , , fols. -v. . Colombia, APC, Libro de bautismos de pardos y morenos, –;…p. 303
15Etnización de la negridad: La invención de las 'comunidades negras' como grupo étnico en ColombiaEduardo Restrepo · 2013 · p. 1851 cita
[20]Pacífico ha sido siempre el terror del clero secular de las Diócesis de Pasto y Cali, y con sobrada razón; el aislamiento de aquellos pueblos y rancherías, las distancias que los separan, las dificultades para su buena administración, las privaciones de todo género, la malignidad de sus climas y las múltiples…p. 185
16Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 2611 cita
[21]la vez dócil y sumisa sobre todo al sacerdote, en el que verdaderamente reconoce al ministro de Jesucristo; y aunque sus costumbres dejan mucho que desear, algunas prácticas piadosas que conservan y cantos religiosos que no olvidan, revelan una fe muy honda y firme. Reciben las misiones con mucho agrado: se disponen á…p. 261
17The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 1121 cita
[22]Bogotá (an encomienda was a grant made by the crown, in which a Spaniard received the right to collect tribute, paid in labor and in goods, from a specific group of Indians). Yet priests received goods and labor from Indians too, and also meted out punishments, meaning that when a voice from the pulpit called for…p. 112
18Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 450, 4662 citas
[23]proceso cerámico, sorteando las dificultades que implicó el uso de materiales y técnicas de fabricación propias de una tradición europea implantada en territorio americano, entonces con una mano de obra africana. De esto resultó la consolidación de una tradición (aunque adoptada por la sociedad criolla) que logró…p. 450
[24]una identidad nacional volcada hacia la unidad católica. El santo representaba los valores de la evangelización, es decir, la misión universalista del catolicismo, como agente “unificador” del país. Bibliografía complementaria Aristizábal, Tulio. El templo de San Pedro Claver en Cartagena. Bogotá: Editorial Kimpes,…p. 466
19Gente negra en Colombia. Dinámicas sociopolíticas en Cali y el PacíficoOlivier Barbary, Fernando Urrea · 2004 · p. 2961 cita
[25]negros han de ir a buscar al Padre para que los catequice y les confiera los sacramentos es pensar en lo irrealizable... " los misioneros tienen que enfrentarse Ha la apatía y la ignorancia de los negros" (Merizalde, 1921: 208). Si bien es cierto que no hubo un rechazo frontal, la asimilación de la religión católica…p. 296
20Vivir sabroso. Luchas y movimientos afroatrateños en Bojayá, Chocó, ColombiaNatalia Quiceno Toro · p. 1241 cita
[26]permanece fora EFMBT NBTOÈPBGSJDBOBT VNBWF[RVFFTTBTDPNVOJEBEFTQFSEFSBNBMFNCSBOÉB EFTVBTBOUJHBTQÃUSJBT #BTUJEF %FUPEBTGPSNBT #BTUJEF SFDPOPDFRVFiFTTFTEPJTUJQPTEFDPNV - OJEBEFOBEBNBJTTÈPRVFJNBHFOTJEFJBT%FGBUP FODPOUSBNPT OBSFBMJEBEF VN DPOUJOVNFOUSFFTTFTEPJTUJQPTu1PSUBOUP FOMVHBSEFEFMJNJUBSDPNQBSUJNFOUPT DFSSBEPT…p. 124
21Rites, Rights & Rhythms: A Genealogy of Musical Meaning in Colombia's Black PacificMichael Birenbaum Quintero · 2019 · p. 107, 1662 citas
[27]black and indigenous people. Today indigenous shamanic elements appear in traditional black healing, magical, and herbalist practices, and, to a lesser extent, vice versa. 141 During the twentieth century, downriver black villagers acted as something of a cultural and occasionally political intermediary between…p. 107
[28]followed in Guapi in 1954. 123 There was a corresponding change in emphasis away from proselytizing 146 Rites, Rights & Rhythms against popular religious practices like the arrullos and toward a more gentle Church policy that allowed— even sponsored— local forms of religiosity. 124 In Guapi, [t] he Church also…p. 166
22Nueva Historia de Colombia. Vol. VI: Literatura y Pensamiento, Artes, RecreaciónÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Andrés Holguín Holguín, Juan Gustavo Cobo Borda, Luis Antonio Restrepo Arango, Enrique Santos Calderón, Eduardo Serrano Rueda, Alberto Saldarriaga Roa, Lorenzo Fonseca Martínez, Carlos José Reyes Posada, Luis Alberto Álvarez Córdoba, Otto De Greiff Haeusler, Hernando Caro Mendoza, Gloria Triana Varón, Daniel Samper Pizano, Mike Forero Nougués, Boris De Greiff Bernal · p. 3101 cita
[29]en la segunda mitad del siglo XVI, en una situación de ex- pansión colonial y bajo el imperio del sistema esclavista, no les fuera posible a los africanos venidos a América con- servar sus creencias y tradiciones de una manera integral. Máscara y danza ritual desaparecen casi por completo de la cultura negra…p. 310
23Historia doble de la Costa. Tomo 2: El Presidente NietoOrlando Fals Borda · 2002 · p. 2161 cita
[32]de 1848). Claro que ya se venía explotando por parti- culares (Montoya, Sáenz y Cía. conectada con una compañía inglesa) y su fomento había crecido en la región de Ambalema y Alto Magdalena (Luis F. Sierra, E l tabaco en la economía colombiana d e l siglo XIX, Bogotá, 1971, 42). El tabaco bajaba en barcos por el…p. 216
24La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · p. 571 cita
[33]el Estado y las normas morales eclesiásticas hacen que la Colonia perdure hasta después de 1819. La penetración del gobernante y del cura en el fuero interno es constantes y se ve en el hecho de que desórdenes morales se consideran como delitos perseguibles de oficio por alcaldes, alguaciles y párrocos. La norma…p. 57
25Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 1621 cita
[34]los gobernadores del tiempo de la restauración monárquica en el Nuevo Reino de Granada, lo cual indica que los párrocos fueron directamente afectados en sus beneficios por sus opiniones políticas, pese a las promesas liberales de garantizar la libre opinión ciudadana. El secretario Estanislao Vergara confirmó que…p. 162
26Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 2121 cita
[35]las controver- sias sobre el patronato, luego del 20 de Jullo de 1810 El cura de Mompós y luego obispo de Cartagena, Juan Fernández de So- tomayor, vinculado a las primeras lo- ¡ms masónicas, publicó en 1814 el Ca- fecismo v Jrstrucción popidar, dedicado a denunciar los que consideró como atrmpellos cometidos por los…p. 212
27Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · p. 3041 cita
[36]pero se contaba con lo s religiosos para proseguir la tarea de pacificación53. Al mismo tiempo que las expediciones salidas de Popayán fundaban un centro minero cuyo centró era Nóvita, los habitantes de Antioquia probaban fortuna también y fundaban una población sobre las márgenes del Atrato, al norte de la provincia.…p. 304
28Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 591 cita
[37]productividad per cápita, sino más bien del hallazgo de nuevos yacimientos con una gran riqueza superficial y del aumento constante de la mano de obra. En ambos casos la tendencia al agotamiento producía una curva muy regular en todos los distritos mineros. El hallazgo inicial incitaba a la compra de esclavos, por lo…p. 59
29Panorámica afrocolombiana. Estudios sociales en el PacíficoMauricio Pardo Rojas, Claudia Mosquera, María Clemencia Ramírez · 2004 · p. 2741 cita
[38]ensenada y la isla de Tumaco, conectado por un sendero y arrastradero terrestre entre las minas y el mar: una trocha unía las áreas mineras con Pasto. En la región minera del Raposo, el camino de Cali se prolongaba hasta el puerto –entonces fluvial– de La Buena Ventura. Más al norte la vía 277 Apuntes sobre el proceso…p. 274
30Patía, de la tierra de nadie a las grandes haciendasCarlos Daniel Quiñonez Rodríguez, Carlos Enrique Osorio Garcés · 2024 · p. 691 cita
[40]mención de los momentos y procesos más P a t í a, d e l a t i e r r a d e n a d i e a l a s g r a n d e s h a c i e n d a s 70 relevantes. En ese orden de ideas, con base en la consulta realizada sobre la hacienda colonial en el valle, podría decirse que sus inicios datan del siglo XVIII. Su nacimiento fue posible…p. 69