Juan José Nieto Gil
Juan José Nieto Gil (Baranoa, 1804 – Cartagena, 1866) fue el único mandatario mulato en la historia de Colombia: general liberal, gobernador de Cartagena, presidente del Estado Soberano de Bolívar y vicepresidente provisional de los Estados Unidos de Colombia en 1861, además de novelista pionero y publicista incansable del federalismo radical.
- 1804Nacimiento en Baranoa — Nace en Baranoa, en la sabana atlanticense, en el seno de una familia de recursos modestos y condición pardo-mulata clara. Su formación será autodidacta, adquirida a través de contactos locales y, más tarde, en Cartagena.
- 1840Participación en la Guerra de los Supremos — Milita del lado de los alzados liberales contra el gobierno de José Ignacio de Márquez en la primera gran guerra civil de la Nueva Granada independiente (1840-1842), obteniendo al término del conflicto el rango de general.
- 1849Gobernador de la provincia de Cartagena — Bajo la presidencia nacional de José Hilario López, asume la gobernación de la provincia de Cartagena y participa en la aplicación regional del programa liberal: abolición de la esclavitud (21 de mayo de 1851), expulsión de los jesuitas y eliminación del fuero eclesiástico.
- 1853Celebración de la Constitución liberal y el sufragio universal — Saluda la Constitución promulgada el 21 de mayo de 1853 bajo Obando como 'la más liberal conocida en la América del Sur' por instaurar el sufragio universal masculino, declarando que 'el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo ha llegado'.
- 1860Elección como presidente del Estado Soberano de Bolívar — En el contexto de la guerra contra el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez, es elegido presidente del Estado Soberano de Bolívar, gobernando una de las cuatro repúblicas rebeldes en alianza con Tomás Cipriano de Mosquera.
- 1861Vicepresidente provisional de los Estados Unidos de Colombia — El 20 de septiembre de 1861, tras la firma del Pacto de Unión en Bogotá, Mosquera es reconocido presidente provisional y Nieto vicepresidente provisional, convirtiéndose en el único mulato en ocupar el segundo cargo del ejecutivo nacional en la historia del país.
- 1864Caída de la presidencia del Estado Soberano de Bolívar — Sale de la presidencia del Estado Soberano de Bolívar en 1864, en un contexto de dificultades económicas y políticas: quiebra de la compañía de navegación fluvial, desvío de flujos comerciales hacia Barranquilla, deterioro del canal del Dique y pérdida del respaldo político desde Bogotá tras el relevo de Mosquera por Manuel Murillo Toro.
- 1866Muerte en Cartagena — Muere en Cartagena en 1866, apenas tres años después de la Constitución de Rionegro que consagró el federalismo por el que combatió toda su vida, sin que ningún otro pardo alcanzara en Colombia el cargo que él ocupó provisionalmente en 1861.
Juan José Nieto Gil
Entre los presidentes que ha tenido Colombia hay uno cuyo retrato tardó siglo y medio en colgarse en el Palacio de Nariño. Juan José Nieto Gil (Baranoa, 1804 – Cartagena, 1866) fue el único mandatario mulato en la historia del país: general liberal, gobernador de Cartagena durante las Reformas del medio siglo, presidente del Estado Soberano de Bolívar y vicepresidente provisional de los Estados Unidos de Colombia en 1861, cuando el Pacto de Unión reorganizó la república tras la guerra contra Mariano Ospina Rodríguez. Fue, además, novelista pionero, publicista incansable y hombre de partido hasta su muerte. Que su figura haya sido durante generaciones más un símbolo invocado que una biografía leída dice tanto del personaje como del país que lo produjo y luego lo redujo a nota al pie.
La semblanza de un pardo liberal en el Caribe
Nieto encarnó una trayectoria que en el interior andino de la Nueva Granada habría sido casi impensable: un hombre de condición pardo-mulata clara, nacido en un pueblo de la sabana de Baranoa, sin estudios formales, comerciante en su juventud, escritor autodidacta, que llegó al generalato del ejército, a la gobernación de una de las provincias más importantes del país, a la presidencia de un estado soberano y, por unos meses de 1861, al segundo cargo de la república en armas contra Bogotá. Su vida cabe en un arco muy nítido: nace bajo el orden colonial tardío, se hace hombre público en la guerra civil de los Supremos, gobierna en el auge del liberalismo radical y muere en 1866, apenas tres años después de la Constitución de Rionegro que consagró el federalismo por el que combatió toda su vida.
Los colombianos —cuando reparaban en él— lo mencionaban para ilustrar la supuesta ausencia de racismo en la nación. Pero el argumento se sostenía sobre una sola figura, y esa figura hizo su carrera en una región muy específica: la Costa Caribe, donde la presencia parda había sido siempre densa, donde ya en 1832 un pardo como Mauricio José Romero —hijo del mulato cubano Pedro Romero, protagonista del 11 de noviembre de 1811— había firmado como segundo la primera Constitución del Estado de la Nueva Granada. Cartagena y su hinterland ofrecían obstáculos sociales menores a la incorporación política de pardos que provincias como Popayán, marcada por la fuerte presencia esclavista, o Bogotá, ceñida por su malla de familias patricias. El caso Nieto no era una excepción al orden pigmentocrático nacional: era la confirmación de que la periferia caribeña operaba con reglas distintas, y de que esas reglas podían proyectarse hacia el centro solo cuando el centro las necesitaba.
Esa asimetría regional es la premisa que permite entender toda su trayectoria. Sin la Cartagena parda y liberal, sin la memoria de los artesanos que en noviembre de 1811 habían empujado a la ciudad hacia la independencia absoluta, sin la red de familias mulatas que habían aprendido a moverse en cabildos, milicias e imprentas, la biografía de Nieto sería inconcebible. Lo que en el interior andino era excepción escandalosa, en la ribera del Caribe era una posibilidad ya ensayada. Nieto la llevó, sin embargo, más lejos que ningún otro: no se limitó a la gobernación provincial ni al escaño legislativo; se atrevió a la presidencia de un estado y al segundo cargo de la nación. Ese exceso —la voluntad de no detenerse en el techo tácito— explica tanto su ascenso como su posterior sepultamiento.
Los orígenes: Baranoa, Cartagena y el ascenso por matrimonio
Nieto nació en 1804 en Baranoa, población de la sabana atlanticense, en una familia de recursos modestos. Ejerció como comerciante, oficio que lo acercó al circuito cartagenero, y su formación fue autodidacta: adquirió conocimientos políticos y literarios a través de contactos locales primero y, más tarde, en Cartagena, donde la sociabilidad de tertulias, imprentas y cabildos ofrecía un sustituto funcional a la universidad que su condición le había vedado.
El ascenso social vino, como en tantas trayectorias del siglo XIX neogranadino, por la vía del matrimonio. Nieto se emparentó con las familias Palacio —de perfil comerciante— y Cavero —vinculada a la baja burocracia virreinal—, ambas respetables sin ser encumbradas, ambas declaradas a favor de la Independencia. No eran los apellidos más lustrosos de la ciudad, pero bastaban para franquear el umbral entre el mundo pardo y el mundo de la ciudadanía activa. Tuvo al menos dos hijos naturales conocidos, Lope y Concepción —Concha—, aunque el registro de su vida privada es fragmentario. Su historia doméstica, como suele ocurrir con quienes no pertenecen de nacimiento a las élites documentadas, se conserva mal.
Lo importante es lo que ese ascenso permitió. A mediados de los años treinta, Nieto ya era una voz reconocible en la política provincial cartagenera: escribía, opinaba, se movía en la órbita santanderista y en las redes liberales que empezaban a articular una identidad partidaria propia, distinta de la de los antiguos bolivarianos que dominaban buena parte de la Costa. Cuando estalló la Guerra de los Supremos en 1840, la primera gran guerra civil de la Nueva Granada independiente, Nieto tenía ya la formación política y las relaciones suficientes para tomar partido y sostenerlo con la pluma y la espada.
De la Guerra de los Supremos al generalato
La Guerra de los Supremos (1840-1842) fue el hito que definió su carrera militar. Enfrentó al gobierno de José Ignacio de Márquez con una coalición heterogénea de descontentos, entre los que se contaron la mayoría de los seguidores de Santander y los liberales más intransigentes. Nieto militó del lado de los alzados y salió del conflicto con el rango de general. La promoción no era menor: durante las guerras de independencia neogranadinas se había abierto una brecha en el viejo régimen del ascenso militar, donde la pertenencia patricia pesaba más que el mérito; la multiplicación de combates había acelerado carreras y permitido que oficiales surgidos de las filas —hombres sin apellido pero con oficio— fueran cada vez más numerosos. La Guerra de los Supremos prolongó esa lógica y la trasladó al terreno de las guerras civiles. Sin ella, es difícil imaginar cómo un pardo autodidacta habría podido acumular el capital político-militar que Nieto acumuló.
De la posguerra en adelante, su ascenso siguió la curva del propio partido liberal. Cuando José Hilario López fue elegido presidente en 1849 e inauguró el ciclo reformista del medio siglo, Nieto asumió la gobernación de la provincia de Cartagena. Desde ese cargo participó activamente en la aplicación regional del programa liberal: la abolición de la esclavitud decretada por López el 21 de mayo de 1851, la expulsión de los jesuitas, la eliminación del fuero eclesiástico, el reparto de tierras comunales indígenas. Ese conjunto de medidas era más radical que casi cualquier cosa que se intentara entonces en la América Latina de la época, y en el Caribe granadino tuvo aliados de peso —Nieto entre ellos— porque encajaba con los intereses de una clase comerciante y liberal que veía en el clero, en la esclavitud y en los privilegios coloniales otros tantos obstáculos a un capitalismo agrario y mercantil todavía por hacerse.
Cuando en mayo de 1853 se promulgó bajo el gobierno de José María Obando la nueva Constitución, que instauraba el sufragio universal masculino, Nieto la saludó en términos entusiastas: en textos y proclamas de esos meses habló de ella como de la carta más liberal conocida hasta entonces en Sudamérica y celebró la llegada de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo —fórmula que, curiosamente, anticipa por una década el fraseo que Lincoln haría célebre en Gettysburg, y cuya circulación en el Nieto de 1853 conviene entender más como aire de época del republicanismo atlántico que como cita literal atribuible a una pieza única. La formulación, en cualquier caso, revela algo del temperamento del personaje: retórica de convicción, alta conciencia del significado histórico del momento y una fe en la soberanía popular que sostuvo sin fisuras hasta el final.
El golpe de 1854 y la guerra civil en la Costa
La reacción conservadora no tardó. La rebelión de 1851 —encabezada en el Cauca por Julio Arboleda, en Antioquia por Eusebio Borrero y en Cundinamarca por Pastor Ospina Rodríguez— había sido derrotada en pocos meses, pero la política nacional seguía siendo un pulso. Cuando los conservadores recuperaron el poder central, Nieto lanzó desde Cartagena un golpe que desencadenó una guerra civil dentro de la Colombia caribeña, enfrentando a la provincia contra la nación neogranadina. La aventura no cuajó, pero dejó fijado un rasgo permanente de su figura política: la disposición a defender por las armas la autonomía costeña frente al centralismo andino, cuando ese centralismo se tornaba conservador.
Que la Costa fuera terreno propicio para ese tipo de pulso tenía razones estructurales. Cartagena venía en un declive largo. De cerca de veinticinco mil habitantes en 1810, había caído a unos diez mil hacia 1861, y bajaría aún más. La plaza principal del Nuevo Reino de Granada durante la Colonia —eje del comercio legal de oro, puerta de entrada de la trata, escala obligada de las flotas españolas— había perdido con la Independencia buena parte de su base económica. El canal del Dique, que la comunicaba con el río Magdalena, era casi permanentemente inservible, y la competencia de rutas alternativas hacia Barranquilla —que en 1870 abriría con su tramo ferroviario a Sabanilla la vía definitiva del comercio trasatlántico— amenazaba con dejarla al margen. Gobernar Cartagena era gobernar una ciudad en retirada, y su clase dirigente lo sabía. El liberalismo cartagenero de Nieto no fue nunca solo una ideología: fue también, y quizá sobre todo, la estrategia política de una capital que perdía piso económico y buscaba compensarlo con audacia institucional.
La red: Mosquera, la Confederación y el Pacto de Unión
La vida política de Nieto se hizo densa a partir de 1858, cuando la Constitución de ese año dio al país el nombre de Confederación Granadina, lo organizó en ocho estados, suprimió la vicepresidencia y reforzó el federalismo. El presidente conservador Mariano Ospina Rodríguez promulgó, sin embargo, leyes que transferían al poder central el control de los escrutinios electorales y le daban facultades para imponerse a los gobiernos estatales, incluso para suspenderlos. Los estados liberales —Santander, Bolívar, Magdalena, Cauca— leyeron en esas leyes una amenaza existencial, y desde 1859 se prepararon para la guerra.
En Bolívar, Nieto fue elegido presidente del estado soberano en 1860. Era el cénit de su carrera: gobernaba una de las cuatro repúblicas rebeldes contra el poder central, en alianza con la fuerza más pesada del bando liberal, Tomás Cipriano de Mosquera, caudillo del Cauca y antiguo conservador reconvertido. En Magdalena, la guerra fue especialmente sangrienta: los conservadores de Riohacha invadieron y ocuparon Santa Marta en julio de 1860, y solo en diciembre de ese año, tras meses de combates con cientos de muertos, los liberales pudieron retomar la capital destruida. En Bolívar, en cambio, la consolidación liberal fue menos costosa. Nieto había preparado el terreno.
El 20 de septiembre de 1861, en Bogotá, los plenipotenciarios de Bolívar, Santander, Tolima, Cauca, Cundinamarca, Boyacá y Magdalena firmaron el Pacto de Unión de los Estados Unidos de Colombia. Mosquera fue reconocido como presidente provisional. Nieto, como vicepresidente provisional. Un mulato de Baranoa ocupaba, por primera y única vez en la historia del país, el segundo cargo del ejecutivo nacional. El detalle no fue anecdótico ni ceremonial: era el reconocimiento explícito, por parte de la coalición liberal en armas, de que la Costa Caribe —con Nieto como su representante— formaba parte del núcleo político del proyecto federal.
Ese momento contiene también su límite. La vicepresidencia era provisional, y lo fue en un doble sentido. En el corto plazo, la Constitución de Rionegro de 1863 —que estableció el régimen federalista pleno, con períodos presidenciales de apenas dos años y prohibición de reelección inmediata— eligió a Mosquera como primer presidente de los Estados Unidos de Colombia, sin que Nieto figurara en la primera fila del nuevo orden constitucional. En el largo plazo, ningún otro pardo alcanzaría en Colombia el cargo que él alcanzó por unos meses. La apertura racial del liberalismo neogranadino se detuvo, en la práctica, en Juan José Nieto Gil.
La caída de 1864 y los últimos años
En 1864 Nieto salió de la presidencia del Estado Soberano de Bolívar, y la salida no obedeció a un solo factor sino al alineamiento simultáneo de varios. El decisivo fue político: el liberalismo triunfante ya no lo necesitaba. Mosquera había concluido su primer período constitucional y Manuel Murillo Toro asumió la presidencia nacional el 10 de abril de 1864, después de una brevísima transición durante la cual Mosquera ejerció el mando entre el 1 y el 10 de ese mes. Esa transición, aparentemente menor, tiene un peso simbólico preciso: fija el momento exacto en que Nieto pierde su interlocutor natural en Bogotá. Mientras Mosquera fue jefe del ejecutivo, la figura del vicepresidente caribeño de 1861 conservaba respaldo activo desde el centro; con Murillo, un liberal radical del interior con otra base regional y otra agenda, ese respaldo se enfrió.
Sobre ese primer factor operaban los estructurales, que venían de más atrás. La quiebra de la compañía de navegación fluvial de Cartagena erosionó la capacidad del estado para articular su territorio con el río Magdalena; la apertura del canal de la Piña hacia Sabanilla desvió flujos comerciales que antes pasaban por la bahía cartagenera; el canal del Dique seguía siendo un problema casi permanente; y la rivalidad con Santa Marta por el comercio trasatlántico consumía energías políticas sin ofrecer ventajas duraderas. Cada uno de esos frentes minaba la base fiscal del gobierno estatal y, con ella, la autoridad práctica de quien lo dirigía. Nieto había gobernado sobre una economía que se contraía; cuando el respaldo político desde Bogotá se retiró, ya no había margen material para compensarlo.
Murió en Cartagena en 1866, fiel hasta el final a los ideales liberales de libertad y federalismo. Tenía sesenta y dos años. Sus últimos años transcurrieron en la ciudad que lo había hecho hombre público, ya sin cargos ni ejércitos, mientras el eje económico del Caribe se desplazaba definitivamente hacia Barranquilla y el liberalismo radical entraba en la fase de sus conflictos internos, que culminarían con la crisis de 1876 y el derrumbe de 1885.
El escritor: Ingermina y la pluma de Nieto
Sería incompleto reducir a Nieto a su trayectoria política. Fue también, y con considerable insistencia, un hombre de letras. Su novela Ingermina —publicada durante su exilio en Kingston a comienzos de los años cuarenta— es una de las primeras novelas de la literatura colombiana. Narra un romance entre Alonso de Heredia, hermano del fundador de Cartagena, y una princesa indígena de la tribu calamarí, en el escenario de la conquista española del litoral. La crítica ha señalado su parentesco evidente con Ivanhoe de Walter Scott, publicada en 1819: el mismo esquema de amor en tiempos de guerra y choque cultural, trasladado del medievo escocés al Caribe del siglo XVI.
Ingermina es una novela desigual. La prosa está saturada de gerundios de aire notarial —herencia del autodidacta que leía tanto códigos como novelas— y los diálogos oscilan hacia un tono caballeresco medieval que produce cierta irrealidad cuando lo pone en boca de conquistadores y princesas taínas. Tiene, sin embargo, méritos reales: la ambición de fundar una literatura nacional a partir del pasado colonial caribeño, la voluntad de dar dignidad narrativa al mundo indígena, la conciencia de que la nación se construye también con relatos. Nieto publicó, además, escritos históricos y políticos, entre ellos la Autodefensa fechada el 9 de julio de 1855, texto autobiográfico que ha sido la fuente principal para reconstruir los datos elusivos de su vida privada.
Escribir era, para Nieto, otra forma de ejercer la ciudadanía que su ascenso político venía consolidando. Un pardo que gobierna una provincia se legitima con hechos; un pardo que además publica novela, historia y opúsculo político se legitima también con el capital cultural que la élite letrada consideraba propio. La biblioteca era, en la Nueva Granada del siglo XIX, un pasaporte tan necesario como el uniforme militar o el apellido de la esposa.
Entre el símbolo y el silencio
El caso Nieto plantea una paradoja que resume bien los límites del liberalismo colombiano decimonónico. La Constitución de Rionegro difundió entre amplios sectores de la población valores como el origen popular del poder y la igualdad de derechos ciudadanos con independencia de la condición económica, social o étnica; convirtió esos principios en parte de la ideología política nacional más allá de la estrecha élite educada. La ideología igualitaria era real, y tuvo efectos reales: Nieto, entre otros, es una de sus expresiones. Pero esa misma ideología podía tanto empoderar a los marginados como mantenerlos en su lugar, según quién controlara el concepto de igualdad. Las élites católico-liberales del siglo XIX expresaban con frecuencia una imagen despreciativa de negros, mulatos e indígenas, tanto por su fenotipo como por sus costumbres, y concebían el proyecto liberal como una batalla contra el atraso y la barbarie que aquellos supuestamente encarnaban. El filantropismo tenía techo.
Nieto sirvió al liberalismo mientras el liberalismo lo necesitó: como general en la Guerra de los Supremos, como gobernador cuando el programa de López requería aliados costeños, como presidente estatal y vicepresidente provisional cuando la coalición federalista precisaba movilizar al Caribe contra Bogotá. Cuando la guerra terminó, cuando el liberalismo se estabilizó bajo Mosquera y Murillo, cuando la Costa entró en el declive económico que iría convirtiendo a Cartagena en una ciudad menor frente a Barranquilla, la figura de Nieto se volvió incómoda por doble vía: representaba un federalismo caribeño que perdía peso material y una apertura racial que el país no estaba dispuesto a repetir. El resultado fue un silencio duradero.
Ese silencio se hizo literal en el más famoso episodio de su posteridad. Durante décadas, en la galería de retratos presidenciales del Palacio de Nariño, no colgaba retrato alguno del único mandatario mulato del país. El cuadro existía, en Cartagena; había sido pintado en los años del cénit de su carrera. Pero durante generaciones el retrato oficial estuvo ausente del centro simbólico del poder colombiano. Solo en el siglo XXI, en un acto que reconocía tácitamente la magnitud de la omisión, la imagen fue restaurada e incorporada. Que hiciera falta ese gesto reparador dice más sobre el canon liberal colombiano que sobre Nieto.
Lo que queda
Juan José Nieto Gil fue, en sentido estricto, un caudillo regional del liberalismo caribeño. Fue también algo más difícil de nombrar: el punto exacto donde el ideal igualitario del liberalismo neogranadino tocó su límite práctico. Su carrera demuestra que en la Costa Caribe existían condiciones sociales —una demografía parda densa, una élite comerciante permeable, una tradición de participación política mulata que venía desde la Cartagena de 1811— para que un hombre de su origen ascendiera hasta la vicepresidencia de la república. Su desaparición posterior de la memoria oficial demuestra que esas condiciones no se extendían al conjunto del país, y que el centro andino tolera la figura del líder pardo mientras es útil, no como consagración de un principio.
Hay, en su biografía, escenas que condensan esa tensión mejor que cualquier resumen. El comerciante de Baranoa que aprende a leer a los clásicos entre facturas y códigos, y termina firmando una novela sobre la conquista del litoral. El gobernador que aplica en 1851 el decreto de abolición y ve, en los mismos meses, cómo la ciudad que administra pierde habitantes año tras año. El general que sublevó Cartagena contra Bogotá en 1854 y once años después, en 1861, firma junto a Mosquera el pacto que reorganiza la república. El presidente estatal que en 1864 sale del cargo justo cuando el ferrocarril de Barranquilla a Sabanilla empieza a proyectar la sombra que dejará a su ciudad en segunda fila. Cada una de esas escenas dibuja al mismo hombre en distintas encrucijadas, y en todas se repite el mismo patrón: la coincidencia entre la audacia personal y el declive material del terreno que pisa.
Ahí está, quizá, el sentido más profundo de su figura. Nieto no fue derrotado por un adversario ni traicionado por un aliado: fue superado por la geografía económica del país que ayudó a construir. El liberalismo por el que combatió terminó teniendo su capital simbólica en Bogotá y su capital comercial en Barranquilla; Cartagena, que había sido cabeza de virreinato y plaza fuerte del Caribe hispánico, quedó como decorado. Un dirigente que da todo por una región que va perdiendo la partida no puede aspirar a la centralidad póstuma que el país reserva a quienes gobernaron sobre economías en expansión. La memoria oficial recuerda a los presidentes de los años del café, del ferrocarril, del puerto pujante; olvida al que gobernó la ciudad que se vaciaba.
El retrato colgado tardíamente en el Palacio de Nariño no repara del todo esa asimetría. Reconoce la omisión, pero la reconoce en el registro del gesto simbólico, no en el del cambio historiográfico profundo. Nieto sigue siendo, para la mayor parte de sus compatriotas, un nombre que se invoca sin que se lea, una casilla que se marca sin que se recorra. El pardo autodidacta que escribió novelas y firmó pactos federales, el general de la Guerra de los Supremos que llegó a vicepresidente, el gobernador de una ciudad en retirada que hizo de esa retirada una plataforma de audacia política, permanece más cerca del emblema que de la biografía. Su vicepresidencia duró unos meses; su provisionalidad, siglo y medio. Que la segunda haya sido más larga que la primera es, en definitiva, la frase más exacta que puede escribirse sobre la relación entre Juan José Nieto Gil y el país que gobernó.