Crisanto Luque Sánchez
La Violencia
La biografía
Cardenal primado de Colombia en los años más oscuros del siglo XX colombiano, Crisanto Luque Sánchez ocupó la sede arzobispal de Bogotá cuando el país se desangraba en La Violencia y transitó, sin cambiar de silla, por tres regímenes muy distintos: el conservatismo laureanista, la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla y los primeros ensayos de retorno civil. Su figura importa porque, sin ser un ideólogo doctrinario ni un pastor de altos vuelos intelectuales, se convirtió en la bisagra por la que pasaron las conversaciones más delicadas de una década en la que la Iglesia católica era —por Concordato, por costumbre y por poder efectivo— un actor tan político como el Palacio de San Carlos o el directorio conservador. Fue destinatario de la carta conciliatoria de Alfonso López Pumarejo en agosto de 1952, testigo y aval inicial del golpe militar de 1953, y autor de la carta que en abril de 1957 pidió a Rojas retornar a la democracia. Cada uno de esos gestos merece leerse por separado, y luego juntos.
Línea de vida
- 1948
Obispo de Tunja durante el 9 de abril y la violencia bipartidista
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Como obispo de Tunja, Luque ejerció su ministerio en Boyacá, región epicentro de la violencia bipartidista y zona de reclutamiento de los policías chulavitas. Desde el púlpito y las pastorales afirmó que ningún católico podía dar su voto al liberalismo, inscribiéndose en la movilización clerical conservadora que condenaba la libertad de enseñanza, la escuela laica, el matrimonio civil, el divorcio vincular, la libertad de cultos y la separación entre Iglesia y Estado.
- 1952
Destinatario de la carta conciliatoria de Alfonso López Pumarejo
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En agosto de 1952, López Pumarejo envió una carta conciliatoria al cardenal Luque, a Francisco de Paula Pérez y a Mariano Ospina Pérez, buscando una salida de convergencia frente al autoritarismo del gobierno de Laureano Gómez y la sangría bipartidista. Que Luque fuera incluido junto a un ex presidente y al presidente de una comisión constitucional evidencia el lugar de la sede primada como poder civil efectivo. El corpus no documenta la respuesta de Luque. El 6 de septiembre siguiente se produjeron los incendios de El Tiempo, El Espectador y la sede de la Dirección Nacional Liberal.
- 1953
Respaldo al golpe militar de Rojas Pinilla
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Luque encabezó el apoyo de la jerarquía eclesiástica al gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, instaurado el 13 de junio de 1953 con el aval de la coalición ospino-alzatista. El respaldo se sostuvo al menos hasta mediados de 1955 y se expresó en presencia en actos oficiales y ausencia de crítica pública. A cambio, el régimen firmó con el Vaticano un convenio que reforzó la prohibición de predicar a los protestantes en los Territorios Nacionales, que abarcaban aproximadamente un tercio del territorio colombiano. Según una declaración póstuma de Rojas recogida por Umaña Pavolini en la Revista de Historia n.° 1 de 1975, Luque habría intentado imponerle un gabinete homogéneamente ospinista; la fuente advierte que este testimonio fue ignorado por la historiografía y debe tratarse con cautela.
- 1954
Límites del apoyo: rechazo a la CNT y abstención en la ANAC
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La ANAC, por acto legislativo n.° 1 del 30 de julio de 1954, reservó dos cupos a la Iglesia en su ampliación de cuarenta miembros; la jerarquía se abstuvo de nombrar sus delegados. Ese mismo año el gobierno concedió personería jurídica a la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT), organizada en 1953 con respaldo de ATLAS, controlada por el peronismo argentino. La Iglesia rechazó la CNT en términos doctrinales y organizativos, pues amenazaba la influencia eclesiástica sobre la UTC; ante esa oposición, la CNT no logró consolidarse.
- 1955
Ruptura con la Tercera Fuerza y distancia ante la violencia estatal
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La Iglesia rechazó frontalmente la Tercera Fuerza de Rojas, calificando de sacrílega y ofensiva la identificación oficial entre el proyecto político del régimen y la doctrina evangélica. La jerarquía tampoco respaldó las muertes de estudiantes ni los sucesos de la Plaza de Toros de Santamaría, marcando distancia sin llegar a la denuncia frontal. El apoyo eclesiástico al régimen comenzó a erosionarse de manera visible.
- 1957
Carta impugnando la reelección de Rojas y llamado al retorno democrático
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En abril de 1957, en el contexto del movimiento de resistencia cívica y del pacto bipartidista del 20 de marzo contra la reelección de Rojas, el cardenal Luque dirigió al presidente una carta privada, respetuosa pero franca y enérgica, impugnando su reelección y pidiéndole propiciar el retorno a la democracia. La carta solo fue dada a conocer por la prensa días después de la caída del general, el 10 de mayo de 1957, lo que limita su papel como factor precipitante del desenlace.
Un obispo en la sede primada
El corpus documental disponible sobre Luque es asimétrico. Hay pocos rastros verificables de su infancia, su formación seminarística o sus primeras responsabilidades eclesiásticas: el material no permite reconstruir con seguridad ni el año exacto de su nacimiento ni el itinerario de sus estudios. La figura entra en la escena histórica ya adulta, con mitra y báculo, en su tiempo como obispo de Tunja, en pleno corazón boyacense, la región donde el bipartidismo se vivía con más aspereza y donde, tras el 9 de abril de 1948, se reclutarían muchos de los policías chulavitas que darían nombre a una de las formas más sombrías de la violencia oficial. Que ese haya sido su escenario formativo como pastor no es un detalle menor: Boyacá era el laboratorio donde la alianza secular entre altares y trincheras conservadoras se ponía a prueba con sangre.
De ese periodo tunjano proviene el rasgo que más ha marcado la imagen pública de Luque: la afirmación, hecha desde el púlpito y las pastorales, de que ningún católico podía dar su voto al liberalismo. La frase debe leerse en su contexto. No era una excentricidad personal ni una radicalización aislada. Todavía en 1955, en el listado que la jerarquía repetía en cátedras y sermones, el liberalismo era condenado por defender un catálogo preciso de errores: la libertad absoluta de enseñanza, la escuela laica, el matrimonio civil y el divorcio vincular, la libertad de cultos, la laicidad del Estado, la libertad de conciencia, la libertad ilimitada de palabra y prensa, el desconocimiento de la autoridad legítima y la separación entre Iglesia y Estado. Esa era, palabra por palabra, la lista contra la que Luque predicaba. Su anticomunismo era, en realidad, un antiliberalismo doctrinario más antiguo, heredado de la Regeneración y refrendado por el Concordato de 1887.
Al pasar de Tunja a la sede primada de Bogotá, Luque no cambió de discurso; cambió de escala. La arquidiócesis de Bogotá no era una diócesis más: era el centro nervioso de una Iglesia que, gracias a la Constitución de 1886 y al Concordato firmado un año después, controlaba la educación pública, otorgaba efectos civiles al matrimonio católico, impedía a los protestantes predicar en un tercio del territorio nacional —los Territorios Nacionales— y contaba con la obligación estatal de proteger y hacer respetar la fe católica. Ese era el mobiliario institucional que Luque heredaba y que, por debajo de todos sus movimientos posteriores, explica su margen y sus límites.
La alianza estructural
Para entender por qué Luque terminó siendo interlocutor obligado de López Pumarejo, Ospina Pérez, Laureano Gómez y Rojas Pinilla, conviene detenerse un momento en lo que precedía a su llegada a la mitra bogotana. Colombia había tomado, en el siglo XIX, un rumbo distinto al de casi toda América Latina. Donde otros países desacralizaron el Estado y ganaron independencia frente al poder eclesiástico, Colombia reforzó, con la Regeneración, la supeditación del poder civil al religioso. El Concordato de 1887 no era un tratado protocolario: era la arquitectura profunda de una relación en la que la Iglesia disponía de recursos que ningún partido, por sí solo, podía movilizar.
La alianza con el Partido Conservador se palpaba en cada elección. En octubre de 1921, el voto del clero de Bogotá había sido de 165 sufragios para los candidatos conservadores y cero para los liberales. La candidatura presidencial conservadora de 1930 había dependido de la aprobación del arzobispo de la ciudad, y la división de los obispos aquel año había contribuido, precisamente, a la derrota conservadora frente a Olaya Herrera. Cuando Luque asumió como primado, esa memoria estaba viva: el arzobispo de Bogotá no era un pastor entre otros, sino un elector silencioso cuyo respaldo o retiro podía inclinar campañas enteras.
Esa condición tenía un costo interno. La misma alianza que daba a la Iglesia su influencia era, para los eclesiásticos que trataban de desarrollar labor social entre trabajadores y campesinos —una parte de los cuales era liberal—, una desventaja seria. La Iglesia se movía con la lentitud de quien tiene todo que perder y poco que ganar en cada apuesta política concreta.
La carta de López y el silencio de agosto
En agosto de 1952, con el país entrando en una fase de violencia que amenazaba con desbordar todo cauce político, Alfonso López Pumarejo, el más lúcido de los liberales de su generación, se dirigió por carta a tres destinatarios: el ex presidente Mariano Ospina Pérez, Francisco de Paula Pérez —presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales— y el cardenal Crisanto Luque. Fue el primer intento serio, desde el liberalismo, de construir una salida de convergencia frente al autoritarismo del gobierno de Laureano Gómez y a la sangría bipartidista que ya asolaba el campo colombiano.
El contenido preciso de la carta no se conserva íntegro en el registro disponible, pero su gesto es inequívoco: López buscaba articular una respuesta política civilizada, y consideraba que el arzobispo primado era una de las tres personas del país cuya intervención podía cambiar el rumbo. Que Luque fuera incluido junto a un ex presidente y al presidente de una comisión constitucional dice más sobre el lugar de la Iglesia en el sistema político colombiano que cualquier disquisición sobre concordatos. La sede primada era, funcionalmente, un poder civil.
Ospina no respondió. Del contenido y del sentido de la eventual respuesta de Luque —o del silencio con que la haya recibido— el material no deja constancia clara. Lo que sí se sabe es lo que ocurrió el 6 de septiembre siguiente. Una turba de militantes conservadores, acompañada de policías vestidos de civil, asaltó e incendió los edificios de El Tiempo y El Espectador, las casas de López Pumarejo y de Carlos Lleras Restrepo y la sede de la Dirección Nacional Liberal. Ninguna autoridad intervino para impedirlo. El incendio se produjo en el contexto del entierro de agentes de policía asesinados en el Tolima por guerrilleros liberales; sirvió de coartada emocional para lo que en realidad fue una operación política ejecutada con complicidad estatal.
Entre la carta de López y los incendios mediaron pocos días. No hay documentación que permita afirmar que Luque respondiera públicamente, ni antes ni después, a lo que estaba ocurriendo. Ese silencio —si silencio hubo— pertenece a un patrón: la jerarquía se movía con cautela extrema en los momentos en que el conservatismo desataba violencia, y su margen de crítica pública era, en la práctica, estrecho. La cercanía estructural con el partido de gobierno tenía un precio.
El golpe y el respaldo
El 13 de junio de 1953, el general Gustavo Rojas Pinilla asumió el poder en un golpe que contó con el aval de la coalición ospino-alzatista y del alto mando militar, y con el alivio de un país que veía en el uniforme la única alternativa a la disolución nacional. La violencia bipartidista había alcanzado niveles que, según las propias élites, amenazaban con transformarse en confrontación de clase. La Iglesia respaldó la salida militar.
Luque encabezó ese respaldo, y lo sostuvo al menos hasta mediados de 1955. No fue un apoyo incondicional, pero fue un apoyo real: presencia en actos oficiales, ausencia de crítica pública, disponibilidad para las gestiones que el nuevo régimen requiriera. Lo que Rojas ofreció a cambio fue sustancial. En 1954, la Asamblea Nacional Constituyente —la ANAC—, mediante acto legislativo n.° 1 del 30 de julio, autorizó al presidente a ampliar en cuarenta miembros el personal de la asamblea, con dos cupos reservados a la Iglesia. La jerarquía, en un gesto de prudencia calculada, se abstuvo de nombrar sus delegados: aceptar habría sido comprometerse con un cuerpo cuya deriva ya era imprevisible. La cesión simbólica, sin embargo, quedó consignada.
Más allá de los gestos, hubo un pacto sustantivo. El gobierno de Rojas firmó con el Vaticano un convenio que reforzaba la prohibición para los protestantes de predicar en los Territorios Nacionales, una zona que abarcaba aproximadamente un tercio de la superficie de Colombia. La cuestión no era menor: durante toda la primera mitad del siglo XX, la penetración misionera protestante había sido una de las fronteras defendidas con más ahínco por el episcopado, y el nuevo régimen se comprometió a mantenerla cerrada. Los mecanismos coercitivos siguieron siendo los mismos que la Iglesia había empleado contra el liberalismo: amenaza de excomunión por poseer Biblias protestantes y publicaciones evangélicas como El Mensaje Evangélico de Cali, presión sobre colegios extranjeros —los colegios americanos de Bogotá y Barranquilla fueron amenazados con la pérdida de su licencia de funcionamiento— y un discurso oficial que tendía a identificar protestantismo y comunismo bajo una misma sospecha subversiva.
La política tuvo costos internacionales. Solo en 1956, Washington registró más de cincuenta quejas sobre el trato a misioneros extranjeros en Colombia. En marzo de ese año, el embajador colombiano admitía que en Colombia y España reinaban "condiciones especiales", eufemismo con el que se reconocía un régimen legal hostil a los intereses protestantes. En abril, el embajador Urrutia Holguín aseguraba a los estadounidenses que Bogotá al menos descartaría la "línea protestante-comunista", aunque en la práctica el gobierno militar no revirtió su política misionera. Cuando el embajador Bonsal discutió el asunto con Rojas ese mismo mes, encontró al general extrañamente poco familiarizado con la posición de Washington: alguien, probablemente el ministro Pabón Núñez, lo mantenía aislado de esas presiones.
En todo ese frente, Luque fue actor y beneficiario. La Iglesia obtuvo, del régimen militar, la consolidación de un privilegio que el régimen civil anterior no le había podido garantizar con tanta firmeza. Ese es el suelo material sobre el que descansó el apoyo eclesiástico a Rojas.
Los límites: sindicatos, estudiantes, plaza de toros
El respaldo, sin embargo, tuvo fronteras precisas, y comprenderlas es fundamental para no leer a Luque ni a la Iglesia como bloques monolíticos. La jerarquía apoyó a Rojas mientras Rojas fue un restaurador de orden. Cuando el general intentó convertirse en fundador de un movimiento propio —con base sindical, con doctrina, con capacidad de disputar la hegemonía de los partidos tradicionales y de la Iglesia misma—, el apoyo se resquebrajó.
La ruptura empezó por el terreno más sensible: los sindicatos. En 1953 se organizó la Confederación Nacional de Trabajadores, la CNT, con respaldo moral y financiero de la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalizados —ATLAS—, controlada por el peronismo argentino. El gobierno de Rojas concedió personería jurídica a la CNT en 1954, con la intervención directa del ministro de Trabajo Aurelio Caicedo Ayerbe, quien redactó sus objetivos doctrinales. La CNT era, en la lectura eclesiástica, un calco del sindicalismo peronista, y su avance amenazaba de manera directa el terreno organizativo de la Unión de Trabajadores de Colombia, la UTC, que la Iglesia había apadrinado durante los años cuarenta.
La oposición de la jerarquía fue enérgica. La Iglesia rechazó la CNT en términos doctrinales, pero el fondo del rechazo era organizativo: no podía tolerar que un aparato sindical controlado por el gobierno militar disputara su influencia sobre el mundo del trabajo. Ante esa oposición, la CNT no logró consolidarse. Su fracaso ilustra bien el poder efectivo del veto eclesiástico en la Colombia de mediados de los cincuenta.
La segunda frontera fue política. Rojas concibió la Tercera Fuerza como un movimiento que superaría el bipartidismo y organizaría el respaldo popular al régimen. La ideología oficial llegó a equiparar el ideario de la Tercera Fuerza con la doctrina evangélica —una identificación entre proyecto político y mensaje cristiano que la jerarquía calificó de sacrílega y ofensiva. La Iglesia rechazó de manera frontal esa apropiación. No estaba dispuesta a que el discurso cristiano fuera capturado por una operación política del ejecutivo.
Las terceras y cuartas fronteras fueron de sangre. La Iglesia no respaldó las muertes de estudiantes que jalonaron la fase final del régimen, ni los sucesos de la Plaza de Toros de Santamaría. En ninguno de esos episodios el episcopado hizo suya la versión oficial. Fueron marcadores de distancia, más que denuncias frontales; pero fueron marcadores.
Hay, en el trasfondo de esta ruptura, un testimonio que conviene mencionar con cautela. En una entrevista con Umaña Pavolini, publicada póstumamente en la Revista de Historia en 1975, el propio Rojas Pinilla afirmó que Luque había intentado imponerle, en los primeros días del régimen, un gabinete homogéneamente ospinista. La declaración, que sugeriría una intervención política mucho más activa del cardenal en el arranque del nuevo gobierno, apareció después de la muerte del general y nunca fue debatida ni refutada públicamente. No hay corroboración documental independiente. Vale por lo que vale un testimonio retrospectivo de un actor interesado: como indicio de cómo Rojas recordaba su relación con el cardenal, no como hecho probado. Si fuera cierto, encajaría con el patrón de una Iglesia que respaldó al golpe pero intentó modular su composición política; si no lo fuera, seguiría siendo revelador que el general, ya en el retiro, quisiera contar así la historia.
La carta de abril
Entre 1955 y 1957 el aislamiento del régimen se hizo casi completo. Los gremios empresariales, los periodistas, los intelectuales y los jefes de los partidos —incluido Ospina, que había sido pieza clave del respaldo civil al golpe— abandonaron progresivamente a Rojas. El 27 de enero de 1957, el general Gabriel París anunció la "decisión irrevocable" de las Fuerzas Armadas de que Rojas permaneciera en el poder hasta 1962. El 29 de enero, Ospina Pérez se retiró de la ANAC y, junto con Alberto Lleras Camargo, se pronunció contra esa permanencia. El ospinismo pasaba a la oposición, y con él se caía el último gran soporte conservador del régimen.
El 20 de marzo de 1957 se firmó un nuevo pacto bipartidista al que se incorporó el sector conservador orientado por Ospina, dirigido contra la reelección de Rojas y a favor de la restauración democrática. Ese mismo mes, la ANAC decretó su propia disolución y fue reemplazada por una nueva Asamblea Constituyente de noventa miembros, diseñada mediante un mecanismo que aseguraba delegados afines al gobierno y cuyo objetivo declarado era elegir a Rojas para el período 1958-1962. La operación era transparente y torpe.
En abril, con la resistencia cívica intensificándose y la maquinaria del régimen empeñada en la reelección, el cardenal Luque dirigió a Rojas una carta respetuosa pero franca y enérgica, en la que impugnaba la reelección y le pedía propiciar el retorno a la democracia. Fue el gesto más comprometido de su primado, y también el más discreto.
Porque la carta —y este dato importa mucho para juzgar su alcance— no fue divulgada por la prensa antes de la caída de Rojas. Se conoció días después del 10 de mayo, cuando el general ya había abandonado el poder. En vida del régimen, la impugnación cardenalicia permaneció como comunicación privada entre el primado y el presidente. Como factor precipitante público, su efecto fue mínimo; como testimonio de posición institucional, fue registrado por la historia; como acto de coraje cívico, quedó en el terreno ambiguo de lo que se dice en voz baja y se publica solo cuando el destinatario ya no puede responder.
La carta puede leerse de dos modos, y ambos operan a la vez. Como culminación coherente de un distanciamiento que la Iglesia venía trazando desde 1955 —con el rechazo a la CNT, a la Tercera Fuerza, a los estudiantes muertos y a la Plaza de Santamaría—, la misiva de abril cierra una curva. Como pronunciamiento tardío de una jerarquía que esperó a que el colapso político fuera irreversible antes de comprometer su prestigio, la misma carta muestra a una institución que sigue el desenlace más que precipitarlo. Las dos lecturas son verdaderas. Luque no fue el hombre que derribó a Rojas, ni pretendió serlo; fue el pastor que registró, en el momento en que ya podía hacerlo sin costo, la posición que la institución había venido construyendo por otros medios.
Bisagra, no ideólogo
Repasada así la secuencia —Tunja, la carta de López en 1952, el respaldo al golpe de 1953, el convenio con el Vaticano, la ruptura con la CNT y la Tercera Fuerza, la carta de abril de 1957—, se puede caracterizar con más precisión el papel de Luque. No fue un ideólogo. No dejó una doctrina propia, ni una teología política, ni una escuela. Fue una autoridad institucional que ejerció su cargo dentro de las restricciones estructurales heredadas: el Concordato, la alianza histórica con el conservatismo, el control sobre la UTC, la centralidad del arzobispado de Bogotá.
Dentro de esas restricciones, funcionó como bisagra. López Pumarejo lo buscó en 1952 porque sabía que sin la Iglesia no había arreglo posible. Rojas Pinilla lo respaldó en 1953 porque sabía que sin bendición eclesiástica no había régimen viable. Ospina supo, en 1957, que la posición del cardenal era una pieza necesaria para el frente que se venía armando contra el general. La centralidad de Luque no derivaba de su brillo personal —no lo tenía, o al menos el registro público no lo consigna—, sino de la silla que ocupaba. Cualquier arzobispo primado en esa década habría sido convocado por los mismos actores. Que fuera Luque le imprimió, sí, un tono: prudencia extrema, discreción táctica, gestos privados en lugar de pronunciamientos públicos, defensa del espacio corporativo de la Iglesia por encima de cualquier apuesta partidista concreta.
Ese estilo tuvo virtudes. Permitió a la Iglesia atravesar sin fracturas mayores un período en el que Laureano Gómez se resintió profundamente con la jerarquía por su apoyo a Rojas, en el que el liberalismo tenía razones sobradas para desconfiar y en el que el sindicalismo católico estuvo bajo amenaza. Tuvo también costos. El silencio ante los incendios de septiembre de 1952, la lentitud para marcar distancia frente a los excesos del régimen militar y la publicación póstuma de la carta a Rojas dejan una figura que rara vez se anticipó a los hechos, y que casi siempre se acomodó a ellos con habilidad institucional pero sin heroísmo cívico.
Huella y disputa
La memoria de Luque en la historiografía colombiana ha sido, hasta ahora, más celebrada que estudiada. El libro Cuatro arzobispos que han marcado nuestra historia, 1928-1984, del fraile Guillermo Agudelo Giraldo, trata a Luque —junto a Ismael Perdomo, Luis Concha y Aníbal Muñoz Duque— de manera absolutamente acrítica. Es hagiografía, no biografía analítica. Como advirtió Michael LaRosa, esa obra comparte el carácter devocional de otras biografías eclesiásticas colombianas —la de Eduardo Ospina por Miranda Ribadeneira, la de Miguel Ángel Builes por Jaime Sanín Echeverri— y resulta útil sobre todo para datos fácticos, no como análisis histórico. LaRosa señala, con razón, el contraste entre la literatura hagiográfica predominante en español sobre la Iglesia colombiana y los aportes analíticos de autores anglófonos como Daniel H. Levine o Alexander Wilde, cuya perspectiva es la del especialista en política antes que la del historiador eclesiástico.
Esa asimetría bibliográfica tiene consecuencias sobre lo que hoy podemos decir de Luque. Quienes lo conocieron desde adentro escribieron para elogiarlo; quienes lo estudiaron desde afuera lo trataron como pieza dentro de un análisis institucional más amplio. Falta la biografía intermedia, la que reconstruya con precisión sus decisiones documentables, ubique cada una en su coyuntura y renuncie tanto a la beatificación como a la impugnación. Este perfil se mueve en esa dirección con los materiales disponibles, y sus lagunas son también un reflejo del estado actual del archivo: años concretos de formación, relaciones con el clero medio, correspondencia con la Santa Sede, entramado interno del episcopado durante los momentos críticos, todo eso permanece parcialmente en la penumbra.
Lo que sí puede afirmarse, con la evidencia consolidada, es que Luque encarnó una Iglesia que no era monolito, sino institución compleja, atada a un régimen concordatario del siglo XIX y obligada a navegar coyunturas del siglo XX que ese régimen no había previsto. Su anticomunismo militante, su antiliberalismo doctrinario y su respaldo al golpe de 1953 no lo distinguen de la jerarquía de su tiempo; lo integran a ella. Su ruptura con la CNT y la Tercera Fuerza obedeció menos a principios democráticos que a la defensa concreta de recursos organizativos católicos —la UTC, el monopolio educativo, la exclusividad misionera— frente a una modernización autoritaria que amenazaba con desplazar a la Iglesia como articuladora del mundo popular. Su carta de abril de 1957, publicada solo tras la caída, muestra a un cardenal que prefirió la comunicación privada al pronunciamiento público, y que consignó su posición para la historia sin exponerla al costo político del momento.
Es, en suma, la figura de un hombre que ejerció el poder de su cargo con la prudencia que ese cargo exigía, en un país donde la sede primada no era una atalaya espiritual sino una pieza activa del sistema político. Su centralidad se explica por esa función; sus límites, también. La Colombia posterior a 1957 —con el Frente Nacional en el horizonte y una Iglesia que empezaría, más adelante, a repensar su papel bajo el impulso conciliar— se construyó en parte sobre el suelo que Luque, sin proponérselo, había ayudado a preparar: el de una jerarquía que sobrevivía a los regímenes porque no se casaba del todo con ninguno, y que, precisamente por eso, seguiría siendo convocada como árbitro incluso cuando la sociedad colombiana ya había empezado a preguntarse si necesitaba arbitrio eclesiástico alguno.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
15 documentos · 23 fragmentos01Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · Páginas 97, 107, 110, 115, 184, 3816 citas
[1]a su regreso rindió un informe sobre las duras condiciones de repre- sión a que estaban sujetos sus copar- tidarios. Lleras también viajó a dicha región. Sin embargo, el régimen se iba endureciendo y cada vez se cerraban más los canales de comunicación. Ante la situación de impotencia para un arreglo civilizado se…
p. 97
[2]de trescientas mil vidas. La situa- ción alcanzó niveles de tal naturaleza, que la amenaza de disolución nacional y el peligro de que el conflicto se tor- nara en una abierta confrontación de clase, capaz de comprometer los mis- mos pilares del ordenamiento social, se convierte una vez más en un factor que impulsa la…
p. 184
[3]ambiente favorable al golpe de estado, por estar muy entregado a la corriente conservadora de Ospina Pérez. También afirmó Rojas que el cardenal había tratado de imponerle que su gabinete fuera homogénea- mente ospinista. (Entrevista con Umaña Pavolini, en Revista de Histo- ria, n.° 1, 1975. El problema fue que esta…
p. 381
[4]tólicas (en realidad las protestantes) Visita del presidente Rojas a José María Velasco Ibarra, mandatario del Ecuador, el 30 de julio de 1955. Los acompañan Carola Correa Londoño, María Eugenia Rojas y Samuel Moreno Díaz. El cardenal Crisanto Luque Sánchez y el general Rojas en 1957. La Iglesia apoyó al gobierno…
p. 115
[6]de traidor a la patria para quien en el exterior criticara al go- bierno, se fortalecía el principio del habeos corpus, se mantenía la respon- sabilidad presidencial, se volvía al su- fragio universal y se ampliaban aún más las prerrogativas de la Iglesia. Como en el caso del anterior gobier- no, este proyecto tampoco…
p. 107
[8]en ella tuvo María Eugenia Rojas, contribuyeron a afirmar la especie del peronismo rojista, porque muchos veían en las actividades de María Eu- genia una copia de las que en Argen- tina había desarrollado Eva Perón. Además, la creación en Colombia, con el apoyo del gobierno de Rojas, de una central obrera vinculada a…
p. 110
02Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · Página 2111 cita
[5]de •9SJ atacó la corr up ción del poder judicial, qu e toda- v ía en mu chos dis tritos seguía en manos de abogados y tint erillos laureanist as. Par a com batir la impunidad est ab leció la composición paritaria de la Cor te Suprema de Justicia y satisfizo a los liberales al ll evar a dicha co rp o ración a sus más e…
p. 211
03Gran Enciclopedia de Colombia - Historia 3: Desde la Regeneración hasta los gobiernos de Álvaro Uribe VélezMiguel Ángel Urrego, Mario Aguilera Peña, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Iván Marín Taborda, y otros (Dirección académica: Jorge Orlando Melo) · 2007 · Página 1861 cita
[7]doctrina religiosa y como nor- ma de la conciencia de la vida». Tal afirmacién, sacrilega por la confusion que envuelve, y ofen- siva por las personas a quienes equivocamente va dirigida, muestra una concepcién oficial de la Tercera Fuerza que rechazamos enérgicamente por falsa. En ésta, como en cualquier otra oca-…
p. 186
04Historia de Colombia. Colombia Contemporánea IArturo Alape, Antonio Caballero, Gonzalo Hernández de Alba, Mauricio Archila, Germán Arciniegas, Enrique Sánchez y otros (obra colectiva) · 1988 · Páginas 25, 662 citas
[9]a la pre- sidencia de la Asamblea. 1957. Enero 27. El general Gabriel Paris da a conocer a la naci6n la «decisi6n irrevocable» de las Fuerzas Armadas de que Rojas siga en el poder hasta el afio 1962. Enero 29. Ospina Pérez se retira de la ANAC y junto con Alberto Lleras se pronuncia contra la de- claraci6n del general…
p. 66
[15]que Gaitan habia recibido dinero de los soviéticos para organizar la revuelta. Y, en con- secuencia, desde el estallido del 9 de abril en ade- lante, la politica del partido conservador, y la del go- bierno, estuvo inspirada por el temor de Ja revolu- cién social y por la necesidad de evitarla a toda costa. Entre las…
p. 25
05Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 2301 cita
[10]n. La anac, en la que hab í a una minor í a opositora fuerte, se reu ni ó en marzo de 1957 y busc ó dar todo el poder al rojismo. Para ello decret ó su disoluci ó n y su reemplazo por una nueva Asamblea Constituyente, de 90 miembros, la tercera parte de ellos nombrados por el presidente y los otros 60 por juntas…
p. 230
06Colombia and the United States: The Making of an Inter-American Alliance, 1939–1960Bradley Lynn Coleman · 2008 · Página 1761 cita
[11]Indeed, Washington registered more than fifty com- plaints about the treatment of foreign missionaries in Colombia during 1956 alone. In March 1956 the Colombian ambassador admitted that “special conditions reign[ed] in countries like Colombia and Spain,” which were hostile to Protestant interests.50 Nevertheless, in…
p. 176
07De la derecha a la izquierda. La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Páginas 37, 832 citas
[12]excomunión, la lectura y el porte de libros de herejía y, por lo tanto, las Biblias que los protestantes circulan quedan prohibidas, porque están mutiladas y editadas sin las notas con que la Iglesia exige que sean publicadas. También está prohibido tener carpetas y hojas sueltas o periódicos como POLÍTICOS LlBERALES.…
p. 83
[13]Miranda Ribadencira (Eduardo Ospina S. J.: humanista colombiano, /89/-/965), o la que Jaime Sanín Echeverri escribió sobre mon eñor Miguel Ángel Builes (El obispo Builes), son, en realidad, más hagiografía que biografía, y son útiles apenas en cuanto a datos fácticos. Esto también se aplica al tratamiento…
p. 37
08De la derecha a la izquierda: La Iglesia Católica en la Colombia contemporáneaMichael J. LaRosa · 2000 · Página 371 cita
[14]Eduardo Ospina por Francisco Miranda Ribadencira (Eduardo Ospina S. J.: humanista colombiano, /89/-/965), o la que Jaime Sanín Echeverri escribió sobre mon eñor Miguel Ángel Builes (El obispo Builes), son, en realidad, más hagiografía que biografía, y son útiles apenas en cuanto a datos fácticos. Esto también se…
p. 37
09Las guerrillas en Colombia. Una historia desde los orígenes hasta los confinesDarío Villamizar · 2017 · Página 1671 cita
[16]de transformaciones sociales y políticas, preocuparon a las élites, en particular a la DNL, que a toda costa buscaba impedir que sus hombres en armas encaminaran sus luchas más allá del cambio de gobierno conservador y la restitución de su partido en el poder. El inicio de la década de los años cincuenta dejó en…
p. 167
10Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · Página 511 cita
[17]de malhechores sorprendió a la pequeña guarnición y después de haber asesinado a once personas, incendió la población y redujo a cenizas la iglesia y la casa cural. Poco después se trató de reedificar el pueblo, no lejos de las ruinas; pero una nueva incursión de los bandidos lo destruyó completamente 82. El terror y…
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11La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social - Tomo IIGermán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna · 2019 · Página 5611 cita
[18]porque saben que no serán vengados los delitos, antes bien se premiará casi siempre a los delincuentes. Allí están las montañas de cadáveres de los Santanderes, Boyacá, Antioquia y de toda la república que cayeron asesinados por las armas que llevaban en sus manos los guardianes del orden y que debían servir para…
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12Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Páginas 294, 3332 citas
[19]V que pertenecían a la derecha del par- tido de la derecha. Es decir, que esa división expresaba la antigua pugna conservadora entre históricos y nacio- nalistas, los problemas generacionales del partido y, por supuesto, las diver- gencias ideológicas. Los enfrentamientos con la Iglesia En las relaciones entre la…
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[23]y con él las mayorías conser- vadoras del Congreso que, divididas, no tienen capacidad para lanzar el candidato legítimo de su partido. Nada queda por fuera de la apasio- nada y rencorosa refriega: desde Dios en las alturas y en Roma el Papa y el secretario de Estado, hasta aquí en la tierra con el nuncio, el…
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13Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · Página 1971 cita
[20]organización política federalista a uno centralista. El catolicismo fue declarado como la reli- gión de la nación y la libertad de cultos se mantuvo mientras no fueran contra- rios a la moral cristiana ni a las leyes, además, se dictaminó que la educación pública sería organizada y dirigida en concordancia con la…
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14Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013Miguel Urrutia Montoya · 2016 · Página 1101 cita
[21]y el Estado siguieron colaborando estrechamente. Esta relación fue ilustrada en forma inmejorable por la campaña presidencial de 1930, cuando la candidatura del Partido Conservador dependió de la aprobación del arzobispo de Bogotá. La unidad entre la Iglesia católica y el Partido Conservador siem- pre se hizo pública…
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15La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · Página 1501 cita
[22]y catolicismo integral en Colombia. La reforma religiosa de López Pumarejo” en Historia crítica. N. 19, enero-junio 2000. pp- 68-106. http://www.lablaa.org/blaa- virtual/letra-r/rhcritica/arias2.htm#_ftn14 235 Conferencias Episcopales de Colombia, t. I (1908-1953), Bogotá, Secretariado Permanente del Epis- copado,…
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