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Ensayo · República Liberal · 1930–1946

La síntesis socialista que no cristalizó (1925-1948)

Entre 1926 y 1948, Colombia dispuso de huelga bananera, base cafetera, comunidades indígenas en lucha y figuras intelectuales de envergadura, pero no produjo una síntesis comparable a Mariátegui, el aprismo o el cardenismo. La pregunta por esa ausencia es la vía más clara para entender cómo se configuró —o dejó de configurarse— el campo intelectual y político de la izquierda colombiana del siglo XX.

Alejandro Gutiérrez · 23 de julio de 2026 · 2.991 palabras · 86 fuentes
La síntesis socialista que no cristalizó (1925-1948)
Tesis
La ausencia de un Mariátegui colombiano no fue carencia intelectual: Lame produjo jurisprudencia indígena desde abajo, Nieto Arteta abrió la historia socioeconómica, Antonio García elaboró un estructuralismo andino-socialista y el gaitanismo formuló un diagnóstico original sobre un capitalismo combinado. Lo que no existió fueron las condiciones de articulación —tiempo institucional, reconocimiento simbólico, puente orgánico entre intelectuales y movimientos— que habrían permitido a esas líneas converger. Esas condiciones fueron destruidas por dos operaciones simultáneas: la captura del espacio reformista por el liberalismo lopista desde arriba, que absorbió las vanguardias antes de que se autonomizaran, y la subsunción del PSR por la Internacional Comunista desde 1930, que marginó a los cuadros fundadores justo cuando comenzaban a producir teoría situada. Sobre ese doble bloqueo operó además la violencia como régimen activo —masacre bananera, exterminio del gaitanismo, ciclo de la Violencia— que clausuró el tiempo intelectual disponible.
En debate
La historiografía oscila entre cuatro explicaciones que el material obliga a componer en lugar de elegir. La tesis de la captura liberal (Tesis 13) sostiene que la elasticidad del liberalismo lopista cooptó las vanguardias antes de dejarlas crecer, a diferencia del aprismo o el batllismo; la evidencia de la reglamentación sindical de 1931, la ocupación burocrática del Estado para 1936 y el papel de Gaitán como asesor legal de sindicatos dentro del Partido Liberal la respalda, pero no explica por qué el gaitanismo mismo no produjo teoría autónoma. La tesis de la subsunción kominterniana (Tesis 9) señala que el PSR no se sostuvo el tiempo suficiente antes de ser bolchevizado en julio de 1930, con la expulsión de Mahecha y Valencia y el marginamiento de María Cano; la evidencia es sólida, pero el PSR ya mostraba resistencia al modelo leninista de cuadros, lo que sugiere que la autonomía teórica era posible antes de la ruptura. La tesis del bloqueo demográfico-simbólico (Tesis 2) argumenta que la debilidad indígena del centro andino y la hegemonía del mito mestizo impidieron que 'lo indio' funcionara como palanca articuladora, a diferencia del ayllu peruano en Mariátegui; la anomalía de Lame —indigenismo desde abajo, sin mediador letrado mestizo, más autónomo pero más invisibilizado— la confirma parcialmente y la complica al mismo tiempo. La tesis de la orfandad institucional (Tesis 3) sostiene que lo que faltó no fue teoría sino escuela acumulativa: sin equivalente de Amauta, la Escola Livre de São Paulo o la UNAM cardenista, las obras individuales no se consolidaron en tradición; la reforma universitaria de 1935 llegó tarde y quedó subordinada al proyecto liberal. El punto de mayor tensión es si el gaitanismo fue un sustituto funcional de esa síntesis —diagnóstico original sobre un capitalismo combinado, más cercano al aprismo que al comunismo ortodoxo (Tesis 4)— o si su biologicismo paternalista y su método estrictamente electoral lo condenaban a no producir teoría estructural independientemente de su asesinato el 9 de abril de 1948.
Temas
Indigenismo socialista y la figura de Manuel Quintín LameEl Partido Socialista Revolucionario y su subsunción por la Internacional Comunista (1926-1930)La Revolución en Marcha de López Pumarejo y la cooptación liberal de las vanguardiasEl gaitanismo como diagnóstico del capitalismo combinado colombianoLa orfandad institucional: universidad, editoriales y la ausencia de una escuela de sociología histórica

¿Por qué Colombia no tuvo su Mariátegui? La síntesis socialista que no cristalizó (1925-1948)

Entre la fundación del Partido Socialista Revolucionario en 1926 y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, Colombia dispuso de todos los ingredientes con los que Perú, México y Brasil construyeron sus grandes síntesis de pensamiento social latinoamericano: una masacre obrera fundacional —las bananeras del Magdalena en 1928—, una economía cafetera con base social masiva, comunidades indígenas en lucha por sus resguardos, y figuras intelectuales de considerable envergadura teórica: Luis Eduardo Nieto Arteta en la historia socioeconómica, Antonio García Nossa en el estructuralismo agrario, Manuel Quintín Lame en el pensamiento jurídico-indígena desde abajo, y el gaitanismo como diagnóstico político del país escindido. Ninguna de esas líneas cuajó en una obra comparable a los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) de José Carlos Mariátegui, ni en un movimiento comparable al aprismo indoamericanista de Víctor Raúl Haya de la Torre, ni en un cardenismo con su Instituto Indigenista Interamericano de Pátzcuaro, ni en la síntesis brasileña que va de Caio Prado Júnior al modernismo paulista y al Partido Comunista Brasileño de Luis Carlos Prestes.

¿Por qué? La pregunta no es queja retrospectiva ni ejercicio contrafactual: es la vía más clara para entender cómo se configuró, o dejó de configurarse, el campo intelectual y político de la izquierda colombiana del siglo XX. Detrás se esconden tres preguntas encadenadas. ¿Por qué la cuestión indígena no funcionó en Colombia como palanca articuladora de una crítica al capitalismo agrario, cuando sí lo hizo en los Andes centrales? ¿Por qué el marxismo colombiano de los años veinte y treinta —el del PSR, el de la Confederación Obrera Nacional, el de María Cano, Ignacio Torres Giraldo y Raúl Eduardo Mahecha— no produjo teoría situada antes de ser absorbido por los lineamientos de la Internacional Comunista en 1930? ¿Por qué el reformismo colombiano de la República Liberal (1930-1946) tuvo fuerza institucional para absorber a las vanguardias populares dentro del horizonte del Partido Liberal, cuando en Perú el aprismo se autonomizó frente al civilismo y en México el cardenismo integró al indigenismo desde el propio Estado como matriz nacional?

Lo que se juega es la genealogía misma del pensamiento crítico colombiano. Si la respuesta es "faltó talento", la historia intelectual del país queda condenada a la mediocridad autoinfligida; si es "faltaron instituciones", el diagnóstico apunta a la fragilidad universitaria y editorial; si es "hubo captura política", el problema es la elasticidad del liberalismo lopista; si es "hubo destrucción activa", el problema es la violencia como régimen. Ninguna basta por separado; la pregunta obliga a componerlas.

La anomalía indigenista

¿Por qué "lo indio" no funcionó como matriz articuladora? Colombia representa un tipo intermedio entre los países andinos: la población indígena se debilitó en gran parte del territorio por extinción física o mestizaje. Donde Mariátegui pudo apoyarse en la persistencia de la comunidad andina como forma de propiedad precapitalista para argumentar que el socialismo peruano debía articularse sobre el ayllu, el marxismo colombiano no encontró un equivalente demográfico suficientemente masivo. La independencia se vivió en la Colombia mestiza como ruptura con el orden colonial, mientras que en los países de mayoría indígena fue pensada como recuperación del vínculo originario con la nación preexistente a la invasión europea. Esa diferencia no es cosmética: define la disponibilidad simbólica de "lo indio" como material político. Indigenismo y mestizaje fueron las dos ideologías que sustentaron los proyectos de construcción nacional en América Latina hasta la llegada del multiculturalismo, y en Colombia el segundo tuvo hegemonía casi absoluta.

Y sin embargo, Colombia produjo un fenómeno extraordinario en Manuel Quintín Lame: un pensador y líder indígena monolingüe en castellano, autodidacta en derecho, que combinó litigio legal y acción de hecho para recuperar los resguardos despojados. Durante la ocupación de Inzá, en noviembre de 1916, se proclamó el "Gobierno chiquito de Tierradentro"; hubo un enfrentamiento con indígenas antiquintinistas en el que murieron seis personas, y Lame fue detenido cerca de Popayán el 10 de mayo de 1917. En 1924, junto con José Gonzalo Sánchez y Eutiquio Timonte, formó el Supremo Consejo de Indias en el Tolima y fundó el pueblo San José de Indias, reconstituyendo los resguardos de Natagaima, Velu, Yaguara y Coyaima. Su lucha se radicalizó al entrar en contacto con el PSR y luego con el PCC recién fundado, lo que multiplicó las tomas de tierras y el rechazo a las obligaciones fiscales en las haciendas. Pero el vínculo se rompió: Sánchez y Timonte se incorporaron al movimiento comunista y, como pocos indígenas estaban dispuestos a hacerse comunistas, quedaron como líderes sin seguidores. Lame permaneció conservador, y la victoria liberal de 1930 asestó un golpe final a su movimiento al privarlo de la base política que lo había sostenido.

Aquí aparece la primera anomalía productiva colombiana: mientras en Perú el indigenismo fue mediado por letrados mestizos de élite —el propio Mariátegui, José Uriel García, Hildebrando Castro Pozo—, en Colombia hubo un indigenismo enunciado directamente desde abajo, por un indígena que redactaba sus propios memoriales. Pero esa voz más autónoma fue también más invisibilizada: el texto de Lame, compuesto en 1939, no se publicó hasta 1971. Su programa —recuperar y ampliar tierras de resguardos, fortalecer cabildos, no pagar terrajes, exigir la aplicación de las leyes indígenas— anticipó punto por punto lo que el Consejo Regional Indígena del Cauca adoptaría medio siglo después, y su legado tuvo eco en la Constitución de 1991. Lame pertenece a la cadena anticolonial subalterna andina que va de Bartolomé de Las Casas a Felipe Guamán Poma de Ayala y llegaría hasta Fausto Reinaga: una tradición de reapropiaciones cíclicas de la denuncia lascasiana. Esa cadena, en Colombia, careció de amplificador letrado.

La captura liberal

¿Por qué el reformismo absorbió a las vanguardias antes de que se autonomizaran? Desde 1931, el Partido Liberal reglamentó los sindicatos e impulsó la sindicalización desde el Estado; con la llegada de Alfonso López Pumarejo al poder en 1934, el partido ocupó material y burocráticamente el Estado, y para 1936 monopolizaba el andamiaje estatal con el repliegue tácito del conservatismo. Ese liberalismo dio empleo a los intelectuales, asesoría legal a los sindicatos —donde tuvo papel destacado el propio Gaitán— y absorbió las vanguardias antes de que pudieran autonomizarse. López Pumarejo no fue un revolucionario sino el más inteligente reformista de la burguesía liberal.

Gaitán es el caso más nítido. Se inscribió desde el comienzo en la tradición del socialismo liberal colombiano, en la línea de Manuel Murillo Toro, Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera. Ya en 1924 distinguía entre socialismo y comunismo como diferencias de procedimiento, no de principios esenciales, y en 1923, en carta a Luis Tejada, expresó una posición que mantendría como conducta política casi sin variaciones. La excepción fue la Unión Nacional de Izquierda Revolucionaria, que fundó con Carlos Arango Vélez como intento de romper el bipartidismo; pero la UNIR fue paréntesis, no ruptura. Gaitán volvió al Partido Liberal con la intención táctica declarada de transformarlo desde adentro, y desde allí construyó un discurso donde "el pueblo no tiene dos partidos, sino que ha sido partido en dos". El Programa del Colón de 1945 propuso una reforma agraria moderada con límite de 1.000 hectáreas a la tenencia y reversión al Estado de tierras tituladas pero no explotadas, orientada a desarrollar una robusta economía campesina como base de la democracia política. Nunca fue comunismo, nunca fue marxismo: fue socialismo liberal.

Ese fue, precisamente, el diagnóstico original del gaitanismo, y su límite. Diagnosticó con enorme precisión la escisión de un capitalismo dependiente y combinado —el país partido en dos, la oligarquía frente al pueblo— y por eso logró convocar tanto a liberales como a conservadores de base, acercándose más al indoamericanismo aprista que al comunismo ortodoxo. Pero incorporó elementos racistas y biologicistas de origen europeo, atribuyendo la subordinación de las masas a causas "naturales" —biológicas, fisiológicas, antropológicas—, lo que implicaba una política paternalista; y su método era estrictamente el proceso democrático electoral, no la construcción de un partido de vanguardia con teoría propia.

La subsunción kominterniana

¿Por qué el marxismo colombiano no produjo teoría situada? El PSR, fundado hacia finales de 1926 o comienzos de 1927 por el núcleo marxista de Torres Giraldo tras los triunfos obreros del período —entre ellos la huelga del Ferrocarril del Pacífico—, simpatizó con la Internacional Comunista pero no se adhirió del todo a sus tesis: sus líderes preferían un gran partido de masas antes que una minoría de cuadros al modo leninista. Esa autonomía duró poco. En sesión del 13 de julio de 1930, el PSR cambió su nombre por el de Partido Comunista de Colombia y eligió como secretario general a Guillermo Hernández, un dogmático afín a la Komintern. Raúl Mahecha y Erasmo Valencia fueron expulsados; María Cano enfrentó ataques y calificativos, aunque resistió parte de ellos. La nueva dirigencia se plegó a los lineamientos de Moscú desconociendo el trabajo de los fundadores, y los cuadros que habrían podido producir teoría situada quedaron marginados justo cuando comenzaban a acumular experiencia analítica sobre el capitalismo agrario colombiano.

La ruptura de 1930 fue doble: bolchevización del partido según los dictados de Moscú, y desconocimiento del trabajo nacional previo. La Confederación Obrera Nacional, creada en 1925 en el Segundo Congreso de Trabajadores de Bogotá, tenía una orientación heterogénea —afiliada a la Internacional Sindical Roja en una lectura, de marcado tinte anarcosindicalista en otra— que evidencia la pluralidad del movimiento antes de la ortodoxia impuesta. Los marxistas colombianos se organizaban en torno a ideales de izquierda desde la década de 1910, antes de la Revolución Rusa y sin agitadores externos: el marxismo no fue ideología importada, sino elaboración local disciplinada desde fuera cuando comenzaba a producir teoría. La Internacional impuso lineamientos que desconocían las diferencias entre los países latinoamericanos y la situación particular de Colombia, invalidando el trabajo de los fundadores del PSR y del movimiento nacional que habían logrado organizar.

A esta subsunción se sumó, como régimen activo, la violencia. La represión que siguió a la masacre de las bananeras fue implacable: el general Cortés Vargas dispuso Consejos de Guerra por indicación de funcionarios y agentes de la United Fruit, con 136 procesados de más de 700 sobrevivientes presos y penas de hasta 25 años. Del exterminio del gaitanismo abierto en 1946 hasta el ciclo de la Violencia, los cuadros no fueron solo cooptados: fueron encarcelados, expulsados, asesinados. El tiempo intelectual disponible fue clausurado por la fuerza.

La orfandad institucional

¿Y por qué la obra existente no se consolidó en escuela? La materia prima existía. Nieto Arteta, nacido en 1913 y muerto en 1956, publicó Economía y cultura en la historia de Colombia en 1941: una obra que ofreció una versión sociológica y económica del pasado nacional con acento marxista, y que fundó de hecho la historia socioeconómica colombiana. Sostuvo que el café fue factor relevante del desarrollo colombiano y de la estabilidad política nacional —tesis que la Violencia en las zonas cafeteras acabaría desmintiendo—. Antonio García elaboró un pensamiento estructuralista con tintes socialistas que penetró tanto sus conclusiones como sus enfoques metodológicos. Lame compuso en 1939 el texto que se conocería como En defensa de mi raza, aunque solo se publicó en 1971.

Lo que no existió fue el equivalente de la revista Amauta fundada por Mariátegui en Lima en 1926, ni la editorial Minerva, ni la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con su tradición de sociología histórica, ni la Escola Livre de Sociologia e Política de São Paulo abierta en 1933. La reforma universitaria colombiana de 1935 abrió las puertas al marxismo, al psicoanálisis, a la fenomenología y al derecho público francés, e impulsó la Ciudad Universitaria y el ingreso de la mujer a la universidad, pero llegó tarde y quedó subordinada al proyecto liberal, no como espacio autónomo de producción crítica. La Academia Colombiana de Historia, por su parte, se limitó a confirmar posturas ideológicas con hechos insuficientemente estudiados, produciendo obras más literarias que históricas y alimentando un persistente "complejo de inferioridad" ante los problemas nacionales. Hubo pensamiento, hubo obra, pero la escuela como institución acumulativa no se consolidó.

Una respuesta compuesta

La ausencia de un Mariátegui colombiano no fue carencia intelectual. Lame produjo una jurisprudencia indígena desde abajo, Nieto Arteta abrió la historia socioeconómica en 1941, Antonio García elaboró un estructuralismo andino-socialista, el gaitanismo formuló un diagnóstico original sobre un capitalismo combinado y una sociedad escindida. Lo que no existió fueron las condiciones de articulación —tiempo institucional, reconocimiento simbólico, puente orgánico entre intelectuales y movimientos— que habrían permitido a esas líneas converger.

Esas condiciones fueron destruidas por dos operaciones simultáneas y complementarias sobre un suelo demográfico que ya jugaba en contra. La captura del espacio reformista por el liberalismo lopista operó desde arriba: con la Revolución en Marcha de 1934-1938, el Partido Liberal ejecutó tres movimientos decisivos —reforma tributaria, reforma agraria con la Ley 200 de 1936, democratización de la educación con la reforma universitaria de 1935— que absorbieron el horizonte del socialismo democrático dentro del proyecto de la burguesía liberal. La Ley 200 ordenó la reversión al Estado de tierras no explotadas económicamente, aunque nunca se cumplió, y creó una prescripción adquisitiva breve para ocupantes de buena fe. El primer gabinete de López estuvo compuesto por jóvenes intelectuales —Alberto Lleras con 28 años, Darío Echandía, Plinio Mendoza Neira, todos menores de 38—, sin incluir a los grandes líderes tradicionales: el liberalismo integró a los cuadros que en Perú habrían fundado el APRA autónomo o en Brasil habrían nutrido al PCB de Prestes. El propio Partido Comunista colombiano respaldó abiertamente ciertos períodos de gobierno liberal, prueba de que la elasticidad del lopismo desactivó incluso a la ortodoxia.

La subsunción kominterniana del primer socialismo operó desde afuera, y en paralelo. La bolchevización de 1930 expulsó a los fundadores —Mahecha juzgado y condenado por consejo de guerra tras las bananeras, Cano marginada, Torres Giraldo desplazado— y sometió la nueva dirigencia a lineamientos externos que desconocían las particularidades del socialismo colombiano. Donde Mariátegui logró resistir la ortodoxia estalinista desde Lima con Amauta y con los Siete ensayos precisamente en 1928 —el año de la masacre de las bananeras— y donde Haya de la Torre construyó desde el exilio en México un indoamericanismo autónomo con base peruana, en Colombia el partido fue disciplinado antes de tener obra propia. La recepción colombiana del leninismo, hasta 1930, había sido selectiva y táctica —coaliciones, Nueva Política Económica, gran partido de masas— más que estratégica en el sentido de la vanguardia leninista dura. Esa recepción heterodoxa habría podido producir una síntesis singular. Fue cortada.

Sobre esas dos operaciones se recortó una condición estructural: la debilidad demográfica de la cuestión indígena. Colombia no fue Perú, ni Bolivia, ni Ecuador. Su población indígena, dispersa y en gran parte mestizada, no ofrecía la palanca analítica que Mariátegui encontró en la comunidad andina como forma de propiedad precapitalista subsistente y masiva. Esa condición no impidió el pensamiento indígena —Lame es la prueba viva de que existió—, pero sí impidió que la cuestión indígena funcionara como matriz articuladora del marxismo colombiano al modo peruano o mexicano. En Colombia coexistieron desde sus orígenes el indigenismo más chovinista y el hispanismo más aberrante, sostenidos por distintos sectores de la élite; no hubo una posición estatal dominante y homogénea sobre "lo indio" que permitiera, por confrontación, la emergencia de un contrarrelato indígena-socialista con proyección nacional.

La consecuencia fue una fragmentación productiva. Lame se radicalizó al vincularse con el PSR pero rompió con sus aliados cuando estos se hicieron comunistas ortodoxos, permaneció conservador y fue derrotado políticamente en 1930. Gaitán rechazó desde 1924 el comunismo como procedimiento y construyó su movimiento dentro del liberalismo, con lo cual no pudo ni quiso ser referente marxista. Nieto Arteta operó en el registro académico sin vínculo orgánico con los movimientos sociales. Antonio García elaboró teoría estructuralista sin partido que la ejecutara. Cada línea existió; ninguna se articuló con las otras.

El 9 de abril de 1948 cerró la posibilidad. El asesinato de Gaitán desencadenó el Bogotazo, con saqueos, incendios de iglesias y archivos eclesiásticos, destrucción del sistema de tranvías, y disturbios en Manizales, Cartago, Buenaventura y Puerto Tejada. Ese día se celebraba en Bogotá la IX Conferencia Internacional de Estados Americanos, convocada para redactar la carta de la OEA: el escenario continental estaba montado, y lo que salió a escena fue la destrucción. El exterminio del gaitanismo, enmarcado en el ciclo de violencia iniciado en 1946, fue una estrategia deliberada para impedir que un movimiento popular accediera al poder por vía electoral. Con él murió, además del hombre, la última figura capaz de aglutinar el diagnóstico de un capitalismo dependiente y combinado en clave democrática. La Violencia clausuró lo que quedaba de tiempo intelectual disponible.

Colombia no careció, entonces, de pensamiento social radical entre 1925 y 1948. Careció de las condiciones institucionales y políticas para que ese pensamiento se articulara antes de ser cooptado, expulsado o asesinado. La ausencia del Mariátegui colombiano no es un vacío de talento: es la marca dejada en el archivo por dos fuerzas que operaron a la vez —la elasticidad absorbente del liberalismo lopista y la disciplina externa de la Internacional Comunista— sobre un terreno donde la cuestión indígena, por razones demográficas, no podía funcionar como matriz articuladora al modo peruano. El resultado fue una izquierda intelectualmente fértil pero institucionalmente huérfana, que produjo diagnósticos brillantes sin escuela que los acumulara, y que llegó a 1948 sin la síntesis que habría podido ofrecerle otro destino al país. Que medio siglo después la Constitución de 1991 recogiera, en clave multicultural, buena parte del programa que Lame había redactado en 1939 y que el CRIC había reactivado en 1971, no redime aquella clausura: la confirma. La síntesis que no cristalizó entre 1925 y 1948 solo pudo re-emerger cuando los movimientos indígenas se organizaron por fuera del canal institucional que los había ignorado, y ya sin los intelectuales, los partidos y el tiempo que habrían hecho posible, dos generaciones antes, otra cosa.