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Una historia del territorio

La Chorrera

La Chorrera es ante todo una geografía de capas: la cascada que le da nombre levanta una neblina permanente sobre el charco hondo del Igará-Paraná, y esa imagen de lo que se oculta en la caída resume bien su historia.

18 min de lectura34 fuentes

En una hoya del Igará-Paraná, afluente medio del Putumayo colombiano, una cascada de unos quince metros de anchura levanta una neblina permanente que impide ver el agua en su caída y forma remolinos en el charco hondo y ancho que se abre a sus pies. A la margen derecha se extiende una planada; a la izquierda, el cerro escarpado llega hasta la orilla. Ese accidente hidrográfico dio nombre al lugar y determinó su historia: La Chorrera fue el punto de embarque y desembarque donde la selva se dejaba domesticar por la navegación, y por eso mismo se convirtió, entre 1900 y 1932, en el epicentro administrativo de uno de los sistemas de explotación humana más atroces del hemisferio occidental —la Casa Arana— y, después, en un palimpsesto donde cada capa de dominación fue escrita sobre las anteriores sin borrarlas del todo. Hoy La Chorrera es corregimiento del departamento del Amazonas, cabecera del resguardo Predio Putumayo, sede de autoridades uitoto, bora, ocaina y muinane, y sitio de memoria de un exterminio que sus supervivientes se han negado a dejar en manos ajenas.

El lugar antes de tener nombre en castellano

La cuenca del Igará-Paraná estaba densamente poblada mucho antes de que Benjamín Larrañaga desembarcara en la planada. Los yacimientos arqueológicos de Araracuara documentan una alta densidad demográfica en la región desde el siglo VII antes de Cristo, y los etnólogos que trabajaron a principios del siglo XX estimaron la población indígena de la banda sur del Caquetá entre cincuenta mil y cien mil personas. Esa gente no era un magma indistinto: la familia lingüística witoto agrupaba las lenguas de witotos, boras, muinanes, andokes y mirañas, y cada uno de esos pueblos se organizaba en múltiples comunidades, cada una asociada por regla general a una maloca, la gran casa que era a la vez unidad residencial, ceremonial y política.

La vida material giraba en torno a la chagra, la parcela de agricultura itinerante de tumba y quema donde se sembraban yuca, maní, coca, tabaco y frutales. Entre los uitoto, el trabajo en la chagra no era solo economía: la enseñanza a los hijos de cómo tumbar, sembrar y cosechar se valoraba como fundamento del crecimiento y de la vida en comunidad, y en ese sentido la chagra era también moral y pedagogía. Sobre esa base cotidiana se levantaba otra institución, más difícil de traducir: el mambeadero, el espacio nocturno de diálogo formalizado en el que los hombres consumían coca en polvo —el mambe— y ambil de tabaco, y en el que las palabras intercambiadas modelaban las relaciones entre personas y clanes. El mambeadero no era una tertulia; era el lugar donde se decía el mundo, y esa formalización —los tiempos, los silencios, los turnos mediados por la coca y el tabaco— constituía la textura fina de la vida política witoto.

Ese tejido, tupido y antiguo, es lo que la irrupción cauchera desarmó pieza por pieza.

La fundación cauchera: Larrañaga, Arana y el sistema del Igará-Paraná

La fundación de La Chorrera como enclave criollo se debe a Benjamín Larrañaga, cauchero colombiano que eligió la hoya de la cascada como punto predilecto para establecerse. Fue el cacique Nofigagaré quien le señaló el plano donde debía construir su casa de habitación, un gesto que la memoria posterior cargaría de ironía trágica: el sitio marcado por el indígena para acoger al foráneo se convertiría en el centro desde el cual se aniquilaría a su pueblo.

Julio César Arana había comenzado su carrera en el caucho en 1889, comprando un pequeño camino —una estrada— de recolección cerca de Yurimaguas, en el Perú. En pocos años, mediante una combinación de compra, absorción y presión, extendió sus dominios hasta abarcar el eje central de los ríos Caraparaná e Igará-Paraná. La Chorrera y El Encanto, sobre el Caraparaná, se convirtieron en las dos grandes estaciones del sistema, con secciones dependientes —Último Retiro, Atenas, Abisinia, Matanzas— desperdigadas selva adentro. Un informe colombiano de enero de 1910 registró que la empresa, hasta entonces conocida como Arana y Compañía, giraba desde el año anterior bajo la razón social The Peruvian Amazon Company Limited, una sociedad domiciliada en Londres cuyo prospecto en la Bolsa londinense había atraído capital británico. El mismo informe consignó lo que la Casa Arana pensaba de sí misma: se consideraba dueña absoluta de las selvas, los indios y el comercio comprendidos entre el Caraparaná, el Igaraparaná y el Campuyá. La empresa disponía de siete lanchas de vapor con registros de entre cuarenta y ciento veinte toneladas, que hacían cuatro viajes anuales entre el bajo Putumayo e Iquitos, la capital cauchera peruana desde donde salía el látex hacia el Atlántico.

El mecanismo económico era el peonaje por deudas, o habilitación. Los trabajadores llegaban ya endeudados: los reclutas traídos desde Ceará, en el nordeste brasileño, debían treinta libras por el pasaje. Una vez en las estaciones, seguían adquiriendo aprovisionamientos a crédito en el puesto de comercio de la propia empresa, que fijaba a discreción los precios de las mercancías adelantadas y los del caucho entregado. Sobre los indígenas, ese sistema operaba como servidumbre pura: patrones que imponían los precios de compra y de venta convertían la deuda en una condena prácticamente vitalicia. Era costumbre que los caucheros indígenas solo lograran su libertad cuando estaban enfermos de muerte, aun a costa de que el patrón perdiera la deuda pendiente.

Pero la habilitación no explica La Chorrera. La Chorrera se explica por lo que ocurría cuando el indígena no cumplía la cuota de caucho que se le exigía.

El horror administrado

Lo que pasó en el Putumayo entre 1903 y 1912 no fue un exceso, ni una serie de crímenes individuales, ni la fatalidad de una frontera sin ley. Fue un sistema. Los agentes de la Casa Arana —criollos peruanos, colombianos renegados y una capa de reclutas negros traídos de Barbados que servía como músculo intermedio— obligaban a los indígenas a trabajar sin descanso, les robaban las cosechas, se apropiaban de sus mujeres y sus hijos, y aplicaban el látigo hasta dejar los huesos al aire. A los niños los tomaban por los pies para estrellarlos contra los árboles y las paredes de las estaciones.

Los nombres de los agentes están consignados. José Fonseca, el principal en Último Retiro, celebró la Pascua de 1906 disparando desde su cabaña contra unos ciento cincuenta indígenas; a los heridos los amontonaron, los rociaron con gasolina y los quemaron vivos. Rafael Calderón, de veintidós años, practicaba puntería sobre indígenas y una vez le dio cincuenta latigazos a un niño huitoto por haber robado un pan; su lema era matar a los padres primero y después gozar de las vírgenes. Armando Normand, jefe de la sección Matanzas, envolvía a las mujeres que se negaban a acostarse con sus hombres en una bandera peruana empapada en gasolina y les prendía fuego; a otras las retenía disponibles para cualquier agente. Julio César Arana en persona, según transmite la tradición oral de las mujeres murui, abusaba de las jóvenes indígenas más atractivas, y esos abusos son recordados por las supervivientes como el punto de origen del mestizaje regional.

Se disparaba sobre hombres, mujeres y niños por diversión, y a veces se los rociaba con parafina para que los empleados disfrutaran de la agonía. En agosto de 1907, el fiscal peruano Benjamín Saldaña Roca solicitó al juzgado constituirse en las secciones del Putumayo para practicar una visita ocular sobre las osamentas de miles de indígenas asesinados en La Chorrera, antes de que las lluvias y la selva borraran la evidencia. La diligencia enfrentó un problema estructural: los jueces de paz de La Chorrera no podían ser comisionados porque todos eran empleados de las casas Arana Vega y Compañía y J. C. Arana y Hermanos. Los que debían investigar los crímenes eran parte del sistema criminal.

La denuncia de Saldaña Roca abrió una grieta que se ensanchó cuando el ingeniero estadounidense Walter Hardenburg, que había atravesado la región en 1907, publicó en Londres en 1909 sus testimonios en la revista Truth. Como la Peruvian Amazon Company era una sociedad británica cotizando en la Bolsa de Londres, el escándalo obligó al gobierno del Reino Unido a actuar. Fue enviado a la región Roger Casement, el diplomático irlandés que ya había documentado las atrocidades del rey Leopoldo en el Congo. Casement recorrió La Chorrera, El Encanto y las secciones subsidiarias en 1910 y entregó un informe cuya crudeza forzó, al menos formalmente, la disolución de la empresa. En la práctica, la Casa Arana siguió operando bajo otras figuras durante dos décadas más.

La disputa por la soberanía

La Chorrera está en Colombia, pero durante toda la fase cauchera fue administrada como si fuera Perú. Esa contradicción tenía raíces geográficas —la selva era más accesible desde Iquitos que desde Bogotá— y consecuencias diplomáticas. La Pedrera, posición colombiana entre el Caquetá y el Putumayo, fue devuelta a Colombia el 23 de octubre de 1911 mediante la gestión del representante en Lima, Eduardo Restrepo Sáenz, en un momento de tensión permanente. Para 1917, los peruanos controlaban el Putumayo desde la frontera brasileña hasta el asentamiento estratégico de Güeppí, que años después sería escenario de una batalla decisiva.

El Tratado Lozano-Salomón, firmado el 24 de marzo de 1922, buscó zanjar la disputa. Colombia cedió vastas extensiones entre el Putumayo y el Napo a cambio de una salida al Amazonas por el trapecio con Leticia como puerto. El tratado fue aprobado por los congresos de ambos países y se verificó el canje de ratificaciones. En el Perú fue profundamente impopular: circulaba la idea de que Colombia no tenía derecho legítimo sobre lo cedido, y de que Estados Unidos había presionado al presidente Augusto B. Leguía para firmarlo como compensación por la pérdida de Panamá. Ecuador, que se encontró de pronto con una frontera de trescientas millas con Perú en lugar de con Colombia, rompió relaciones diplomáticas con Bogotá en 1925.

La oposición al tratado en el Perú fue liderada por Julio César Arana, que para entonces había sido elegido senador. Ese mismo 1922, por intermedio del Ministerio de Fomento peruano, se ordenó expedir a su favor un título de propiedad sobre un lote denominado Putumayo, ubicado en ambas márgenes del río, cuya superficie aparece consignada con cinco millones setecientas setenta y cuatro mil hectáreas en letras y cinco millones setecientas setenta y cuatro hectáreas en cifras —la discrepancia misma es indicio de la irregularidad. La adjudicación estaba viciada de nulidad desde el origen: contravenía el artículo sexto de la ley peruana de terrenos de montaña vigente. Colombia protestó formalmente por considerarla violatoria de su soberanía. Es un dato que conviene retener: cuando el sistema de La Chorrera empezaba a desmontarse como empresa cauchera, su dueño estaba consiguiendo, por vía política, que el Estado peruano le reconociera como suya la selva donde había cometido los crímenes.

La cuestión se resolvió por las armas. La guerra colombo-peruana de 1932-1933, detonada por la toma de Leticia por parte de un grupo de peruanos, terminó con la retirada definitiva de la Casa Arana al Perú y con la consolidación de la soberanía colombiana sobre el trapecio y sobre el Igará-Paraná. La Chorrera, que había sido administrada desde Iquitos, quedó por fin bajo Bogotá. Lo que Bogotá encontró allí, sin embargo, no era un vacío: era una segunda ola de dominación que ya llevaba tres décadas instalándose.

La segunda ola: capuchinos, internados y lenguas quemadas

El proyecto evangelizador en la Amazonía colombiana comenzó en 1887, con la firma del Concordato entre el Estado y la Santa Sede, y se consolidó jurídicamente con la Ley 89 de 1890, cuyo título mismo —"por la cual se determina la manera cómo deben ser gobernados los salvajes que se reduzcan a la vida civilizada"— condensa todo un programa. Los misioneros capuchinos operaron en el Caquetá y el Putumayo desde al menos 1903-1905, prácticamente en paralelo con la expansión de la Casa Arana. El padre Fidel de Montclar fue nombrado prefecto apostólico del Caquetá y Putumayo desde 1905 y permaneció al frente hasta 1928; en 1911 publicó una obra sobre las misiones capuchinas en esos territorios, complementando otra publicación institucional de 1908 en la que la orden presentaba su experiencia con las poblaciones indígenas.

Si la cauchería fue devastación física, la misión configuró un segundo escenario de dominación. No sustituyó al primero: lo continuó por otros medios. Cuando la Casa Arana se retiró al Perú tras la guerra de 1933, los internados capuchinos ya llevaban tres décadas operando en la zona. Los niños indígenas eran entregados o llevados a esas instituciones, donde recibían educación en lectura, escritura y aritmética, y donde se desalentaban o castigaban las prácticas y lenguas propias.

Los métodos disciplinarios están documentados: por hablar el idioma propio se les quemaban las orejas con cuerdas de cumare, se les amarraba la lengua, se les fueteaba con rejo y se les hacía arrodillarse sobre gravilla. La consecuencia previsible fue que algunos indígenas evangelizados llegaron a calificar los rituales de sus propios mayores —el mambeo, el uso del tabaco, las prácticas de curación— como diabólicos o palabra del demonio. En los testimonios uitoto aparece una escena recurrente: la de un abuelo confrontando a su hijo catequista, exigiéndole que no abandone el mambeo y los rituales propios, mientras el hijo formado en el internado los rechaza como cosa del demonio. El padre capuchino Estanislao, encargado de uno de esos internados, casaba a las personas criadas bajo su tutela, ejerciendo así control directo sobre las alianzas matrimoniales.

Ese ataque no fue aleatorio. Los capuchinos golpearon exactamente los dispositivos —lengua, mambeadero, ritual, alianza— mediante los cuales los pueblos habrían podido procesar y transmitir la memoria de la cauchería. Al deslegitimar el mambeo como palabra del demonio, se quebraba el espacio nocturno donde los mayores decían el mundo. Al castigar la lengua, se cortaba la vía por la que se contaba lo ocurrido. El resultado fue una segunda fractura, esta vez interna: catequistas jóvenes rechazando a sus propios abuelos, familias divididas por la definición misma de lo sagrado. La misión no fue el fin del suplicio; fue su continuación por vía cultural.

Se entiende entonces por qué las mujeres murui, cuando por fin se les preguntó, fueron las principales guardianas del recuerdo de la cauchería: la memoria del crimen sobrevivió mejor en los cuerpos y en los lugares que en los rituales, porque los rituales habían sido interrumpidos.

La huida y la reagrupación

Ante la Casa Arana, los pueblos del Igará-Paraná respondieron primero con lo único que podían: huir. El pueblo Murui —una de las divisiones del gran conjunto uitoto— subió por el río Caquetá hacia el norte, hasta territorio koreguaje, un pueblo con el que habían sido tradicionalmente enemigos. La memoria oral femenina registra que los abuelos de las narradoras llegaron a ese territorio huyendo de la época de la cauchería, y allí se establecieron alianzas donde antes había habido guerra. Ese dato aparentemente pequeño tiene una consecuencia inmensa: la violencia de La Chorrera fue tan absoluta que reagrupó el mapa étnico regional. Pueblos que se combatían terminaron conviviendo en los territorios de refugio, y esa convivencia forzada es hoy una capa constitutiva de la Amazonía colombiana.

Junto a los Murui, la lista de pueblos afectados por el ciclo cauchero en el Putumayo y el Caquetá incluye a los Coreguaje, los Inga, los Awá, los Kofán, los Siona, los Kamëntsá y los Kichwa, además de los Bora, Ocaina, Muinane, Andoke y Miraña de la cuenca del Igará-Paraná propiamente dicha. El despojo, la expulsión, la explotación, el asesinato, la tortura y el exterminio afectaron a todos, con intensidades distintas según su cercanía a las estaciones. La Chorrera fue el centro; el efecto se extendió por toda la cuenca.

Después del caucho, más caucho

Que la Casa Arana se retirara al Perú en 1933 no significó que el sistema de peonaje desapareciera. En los años cincuenta y sesenta, en la Comisaría del Vaupés, los indígenas seguían siendo la principal mano de obra en las explotaciones de caucho, y eran objeto de disputas entre caucheros, funcionarios y misioneros sobre la regulación de su trabajo. En la década de 1970, indígenas Andoke y otros pueblos participaban en la extracción de látex bajo un sistema idéntico en su lógica al de Arana: mercancías adelantadas liquidadas a precios impuestos, caucho comprado a precios ínfimos, deudas saldadas solo con la cosecha siguiente. La libertad seguía llegando, como en tiempos de Arana, cuando el trabajador enfermaba de muerte.

Individuos vinculados a la economía cauchera se reconvirtieron en comerciantes y dirigentes políticos locales, perpetuando la explotación mediante especulación comercial una vez el látex dejó de ser el negocio principal. La lógica se replicó fuera de la Amazonía: en los años treinta, el pueblo motilón-barí de Norte de Santander vio su territorio concesionado a la Colombian Petroleum Company, con uso de la fuerza pública en su contra. El Putumayo-Amazonas ha sido caracterizado, con razón, como una región de bonanzas extractivas sucesivas —quina primero, caucho después, luego pieles, maderas, petróleo y coca— en cuyos análisis se ha ignorado con frecuencia la existencia de habitantes tradicionales indígenas y de una población colona empobrecida sin atención estatal.

La quina precedió al caucho como economía extractiva en el Putumayo desde mediados del siglo XIX. El caucho, articulado a la industrialización europea y norteamericana, fue el primer eslabón que ató la Amazonía colombiana a economías globales. El petróleo transformó la demografía y la economía del Putumayo en los años cincuenta y sesenta, coincidiendo con la migración de campesinos expulsados por la Violencia del interior del país. Y la coca cerró la cadena: las FARC-EP involucraron a comunidades indígenas del Putumayo en la producción de pasta base a cambio de apoyo económico, y tras el Acuerdo de Paz de 2016, nuevos grupos armados —el Frente Carolina Ramírez, los Comandos de la Frontera— continuaron controlando la economía cocalera. Cada bonanza rompió un poco más las formas propias de sustento —caza, pesca, recolección, chagra— que ya la colonización y la evangelización habían golpeado.

En 2008, cuando el ejército colombiano abatió al dirigente de las FARC Raúl Reyes a aproximadamente una milla dentro del territorio ecuatoriano, en la ribera sur del río Putumayo, la crisis diplomática que se abrió entre Colombia, Ecuador y Venezuela reabrió preguntas viejas sobre el control efectivo de la región. La frontera que la guerra de 1932-1933 había fijado seguía siendo, casi un siglo después, una zona porosa.

El Predio Putumayo y la reapropiación

La ruptura formal con el ciclo del despojo llegó en 1988, cuando el Estado colombiano creó el Predio Putumayo, uno de los resguardos indígenas más extensos del país, que reconoció como propiedad colectiva de los pueblos uitoto, bora, muinane, andoke, ocaina y otros el territorio donde había operado la Casa Arana. La Chorrera quedó dentro del resguardo, y el edificio que había sido casa central de la empresa y después internado capuchino pasó a ser Casa del Conocimiento y sede de la Asociación Zonal de Autoridades Tradicionales Indígenas.

Ese cambio de manos del edificio es una de las inversiones simbólicas más densas de la historia reciente de la Amazonía. El mismo espacio físico donde se organizó el exterminio y donde después se castigó a los niños por hablar sus lenguas es hoy el lugar desde el cual las autoridades indígenas hablan al Estado colombiano y al mundo. La transmisión oral de las mujeres murui —con su registro preciso de esclavitud, martirio y abuso sexual por parte de Julio Arana y sus agentes— se convirtió en fuente para la memoria pública. El mambeadero, deslegitimado en los internados, fue rehabilitado como espacio de transmisión de conocimiento y de deliberación política.

El Centro Nacional de Memoria Histórica, al trabajar con los pueblos del Amazonas, adoptó un enfoque de "memoria en larga duración" que reconoce que el conflicto armado contemporáneo es una expresión más de violencias históricas acumuladas desde hace siglos. Ese enfoque validó los dispositivos propios de memoria indígena —el ritual, la palabra del mayor, la ceremonia de sanación— como formas legítimas de reparación, junto a los mecanismos judiciales y administrativos habituales. Los pueblos amazónicos han sostenido que la reparación no se agota en compensaciones materiales, sino que exige la sanación espiritual del territorio: la idea de que la selva misma quedó herida por lo ocurrido en La Chorrera y necesita ser curada mediante prácticas ceremoniales propias.

Los testimonios contemporáneos articulan una distinción que sirve como marco interpretativo: los pueblos indígenas se entienden a sí mismos como cuidadores del territorio, no como productores, en contraste con una lógica extractivista que arrasa con todo cuanto encuentra. Esa formulación permite leer toda la cadena —quina, caucho, pieles, petróleo, coca— como un mismo modo de estar en el territorio, distinto del propio y hostil a él.

Lo que queda

La Chorrera es, mirada de cerca, una historia de nombres. Nofigagaré, el cacique que señaló a Larrañaga dónde construir. Benjamín Larrañaga, el fundador colombiano cuya empresa fue absorbida por Arana. Julio César Arana, el patrón. José Fonseca, Rafael Calderón, Armando Normand, los agentes. Benjamín Saldaña Roca, el fiscal peruano que se atrevió a pedir la visita ocular. Walter Hardenburg, el ingeniero que llevó la denuncia a Londres. Roger Casement, el diplomático irlandés que la puso por escrito para el Foreign Office. Fidel de Montclar, el prefecto apostólico. Estanislao, el capuchino que casaba a los internos. Y detrás de esos nombres registrados por el archivo, los innumerables de las mujeres murui que transmitieron el recuerdo, los abuelos que exigieron a sus hijos catequistas no abandonar el mambeo, los que huyeron por el Caquetá hacia territorio koreguaje.

Mirada desde más lejos, La Chorrera es la prueba de una tesis incómoda. La ambición específica de un hombre —la de Julio César Arana, capaz de armar en Londres una sociedad anónima con su nombre lavado en la Bolsa, de comprar títulos de propiedad al Estado peruano y de bloquear tratados desde el Senado— moldeó la forma concreta que tomó en el Igará-Paraná una violencia estructural que le era anterior y le sobrevivió. Sin Arana, la selva habría sido explotada igualmente; con Arana, la explotación tomó la forma de un genocidio administrado. Y sobre ese genocidio se instaló, casi en paralelo, un proyecto misionero que atacó exactamente los dispositivos culturales —lengua, mambeadero, alianza matrimonial— que habrían permitido a los pueblos elaborar su duelo.

Que a pesar de todo eso La Chorrera sea hoy sede del resguardo Predio Putumayo, que el edificio de la Casa Arana funcione como Casa del Conocimiento y que las mujeres murui hayan conservado la memoria del crimen contra viento y castigo, es lo que impide reducir el lugar a mera víctima de las fuerzas mayores. Los pueblos que sobrevivieron a la cauchería y al internado se convirtieron en autoridades del territorio donde habían sido esclavizados. Reescribieron la planada. La cascada de quince metros sigue soltando su neblina sobre los remolinos del charco hondo, y el nombre del lugar —una palabra en castellano que describe un accidente hidráulico— sigue siendo, obstinadamente, el que se pronuncia. Pero quién lo pronuncia, y desde dónde, y en nombre de quién, ha cambiado. En una historia hecha de despojos sucesivos, esa devolución del nombre a sus dueños es un principio.

Conexiones

El territorio en el archivo

Dónde aparece y con qué se relaciona

Fuentes

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

26 documentos · 34 fragmentos
01
Putumayo: la vorágine de las caucherías. Memoria y testimonio. Primera parteAugusto Javier Gómez López (relator y compilador); Centro Nacional de Memoria Histórica · p. 100, 114, 129
3 citas
[1]

y su anchura de unos quince metros máximo. La precipitación de las aguas no se ve, sino un cordón de blanca espuma hasta que vertiginosamente se estrangula en grandes piedras y se levanta una neblina que impide ver el agua, al plano donde forma grandes remolinos y el agua bur- bujeante lentamente se sosiega en medio…

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de beri-beri que casi le cuesta la vida). Intercambiando bienes por caucho, jugándose el todo por el todo en el mercado europeo, construyendo así su fortuna 34. Fue en el año de 1889 cuando Arana decidió meterse de lleno y seriamente en el negocio del caucho. Cerca de Yurimaguas com- pró un pequeño “camino” (o…

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las demás sociedades de comercio que explotaran las regiones caucheras 51. Las circunstancias de no poseer títulos sobre aquella extensión territorial colocaba a la empresa en una situación vulnerable y, en consecuencia, dadas las influencias de Julio César Arana en su país, por intermedio del Ministerio de Fomento…

p. 129
02
El bejuco del alma. Los médicos tradicionales de la Amazonía colombiana, sus plantas y sus ritualesRichard Evans Schultes, Robert F. Raffauf · 2018 · p. 72
1 cita
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Ama- zonas y Vaupés. Ahora incluye seis departamentos, por cuanto la comisaría más grande, Vaupés, se dividió en tres para crear dos nuevas entidades: Guainía y Guaviare. Las cuatro comisarías originales, en las cuales se basa este libro, abarcan una extensión de 250. 682 kilómetros cuadrados. Hay pocos centros de…

p. 72
03
Historia de Colombia - La Colombia más Antigua IIRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), Juan Salvat, Roberto García Rojas (dirs.) · 1988 · p. 85
1 cita
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huaques en los ríos Mesai y Yari. Esto permite a Irene Belier es- timar su población en ese sector entre 9.000 y 12.000 personas. Los datos que suministra Alexan- der Rodríguez Ferreira hablan de una aldea de in- dios corutus del Apaporis que contaba con 22 ma- locas. Martius estimaba (superficialmente) la pobla- ción…

p. 85
04
Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 95, 528
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de tumba y quema de la chagra, sino que el trabajo marcha y prosigue sobre otros planos culturales, como el de los cuidados y el crecimiento de los hijos, de los parientes, ya que entre los uitoto, por ejemplo, se habla de jebúiya úai (palabra de crecimiento, palabra de producción). Una vez se han asegurado los…

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de la complejización del mismo es importante acercarse a otras fuentes, en este caso documentales, que permitan dar cuenta de los contextos regionales a los que no se tiene acceso a partir de los sujetos. No con el ánimo de corroborar si lo dicho por ellos es verdad o no, sino de ampliar el espectro de comprensión. De…

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05
Análisis histórico del narcotráfico en ColombiaMaría Clemencia Ramírez, César Torres del Río, Andrés López Restrepo, Amada Carolina Pérez Benavides, Ángela Margoth Bacca Mejía · 2014 · p. 98
1 cita
[5]

totalité, mais, concrètement et particulièrement, dans les termes qui évoquent et désignent la socié- ture witoto, et cette socié-ture se manifeste précisément dans sa réalisation rituelle qui implique l’ordre des carrières cérémonielles et qui, fondamentalement, affiche les rapports entre hommes, dans leur diversité…

p. 98
06
Putumayo: la vorágine de las caucherías. Memoria y testimonio. Segunda parteAugusto Javier Gómez López (relator y compilador); Centro Nacional de Memoria Histórica · p. 176, 514
2 citas
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enero de 514 Putumayo: la vorágine de las caucherías. Memoria y testimonio 1910 – Señor Gerente de las Rentas Departamentales – Popayán. – Tengo el honor de rendir a usted el informe que me solicitó en su atento oficio de 18 de diciembre último: 1º. Hace tres años que los señores Arana y Compañía quienes desde el año…

p. 514
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Chorrera” las osamentas de lo millares de in- dias que se han asesinado, se hace indispensable que el juzgado se constituya en esas secciones a fin de que realice una visita ocular a la brevedad posible, antes de que hagan desaparecer las osamen- tas de las víctimas. Otro sí, digo: Que ninguna de las diligencias de…

p. 176
07
El río: exploraciones y descubrimientos en la selva amazónicaWade Davis · 2017 · p. 422
1 cita
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sádico le cortó las orejas a un hombre, lo ató a un árbol y lo obligó a ver cómo que- maba viva a su esposa. José Fonseca, el agente principal en Último Retiro, celebró la Pascua de 1906 matando a tiros a ciento cincuenta indios desde su cabaña. A los heridos los amontonaron en una pila grotesca, les regaron gaso-…

p. 422
08
Caquetá: conflicto y memoriaHarley Enrique Gutiérrez Ñustez, Rubén Darío Polo Sierra, Cristian E Paredes González · 2013 · p. 6
1 cita
[10]

con parafina para que los empleados disfruten con su desesperada agonía. Hoy en día los pueblos indígenas Uitoto, Coreguaje, Inga y los que llegaron en los últimos años, Emberá Chamí y Paeces, recuperan y fortalecen las costumbres ancestrales en sus territorios, como una forma de resistencia para dejar en el pasado la…

p. 6
09
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. OrinoquíaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 43
1 cita
[11]

ejerció un rosario de violencias sobre las comunidades indígenas de Putumayo, Vaupés y Caquetá, que incluyeron despojo, expulsión, explotación, asesinato, tortura y exterminio 55. Un pueblo muy afectado fue el Murui (Uitoto) que huyó y subió por el río Caquetá hacia tierra koreguaje, pueblo con el que hicieron las…

p. 43
10
Colombia amargaGermán Castro Caycedo · 2015 · p. 49
1 cita
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se internan en la selva, solamente con algunas porciones de fariña (arepa extraída de la yuca brava), que ellos mismos producen. Para procurarse algunas monedas, los indios deben venderle la fariña a un par de comerciantes que trafican allí amparados por los caucheros. Uno de éstos llegó como guardián al penal,…

p. 49
11
Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 212
1 cita
[14]

Universitas Humanística, diciembre, págs. 53-97, Bogotá: Facultad de Filo- sofía y Letras, Universidad Javeriana. 213 Hfiífinfiídi nfic erstrí a cr rórfdónr y baratijas. En el caso de los andoques, entre febrero y mayo, y agosto y diciembre, se marchan a «[…] las cabe- ceras de los ríos Amú y Cuñaré, afluentes del río…

p. 212
12
Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. AmazoníaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 41, 45
2 citas
[15]

entre 1932 y 1933. Al final de la guerra la Casa Arana se retiró al Perú. Sin embargo, la retirada de la Casa Arana –e incluso de otras caucheras que años más tarde cesarían actividades debido al auge del caucho producido en el Sudeste Asiático–, no significó el fin del suplicio para los pueblos indígenas, pues ya se…

p. 45
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Municipio de Leguízamo y Alto Resguardo Predio Putumayo -Acilapp; Asociación de Cabildos Indígenas de Orito Putumayo - Aciop; Asociación Indígena Pueblo Awá - AIPA; Asociación de Cabildo Indígenas de Puerto Caicedo - Asocipca y la Asociación de Cabildos Indígenas del Municipio de Villagarzón, Putumayo. Acimvip 42…

p. 41
13
Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 313, 316
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[16]

nes se agregaron a los viejos Caudron, los Wild suizos. Cerrada de nuevo en 1928, reabierta en 1929 con oficialidad francesa, la Escuela registra oscilacio- nes similares a las que el ejército y la Armada hubieron de sufrir en un am- biente político de indiferencia por las necesidades de la defensa nacional y la…

p. 316
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germen prometedor de una ma- rina de guerra. Nada podía hacerse militarmente en aquellas lejanías in- comunicadas, como no fuese por ges- tión diplomática. De ésta se echó mano mientras el país ardía de ira, pa- triotismo herido y frustración. La Pedrera fue devuelta a Colombia el 23 de octubre de 1911, merced a la…

p. 313
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Nueva Historia de Colombia, Vol. III: Relaciones Internacionales, Movimientos SocialesÁlvaro Tirado Mejía, Jesús Antonio Bejarano, Fernando Cepeda Ulloa, Rodrigo Pardo García-Peña, Germán Zea Hernández, Luis Vitale, Malcolm Deas, Catherine LeGrand, Mauricio Archila Neira, Rocío Londoño Botero, Pierre Gilhodes, Myriam Jimeno Santoyo · p. 112
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[17]

se hu- biera mantenido la frontera de 1830, o sea la de la ribera norte del río Ama- zonas. El tratado de 1922 por lo me- nos salvó ese pequeño trozo de fron- tera. El Perú, sin embargo, no quedó sa- tisfecho con el tratado Lozano-Salo- món de 1922, y ello condujo más tarde a la invasión por el Perú del trapecio…

p. 112
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Colombia siglo XX: desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro UribeCésar Miguel Torres Del Río · 2015 · p. 78
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oficiales estaban más al servicio de la política que concentrados en su oficio y el gobierno civil no era lo suficien- temente diestro en los asuntos de defensa, como para trabajar en estrecha cola- boración con el sector castrense a la hora de proyectar los planes estratégicos necesarios para cubrir todo el teatro de…

p. 78
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Colombia: Territorial Rule and the Llanos FrontierJane M. Rausch · 1999 · p. 37, 84
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On the other hand, the Ecuadorans were furious at what they regarded as a violation of the 1916 treaty agreement. Abruptly "confronted by a 300 mile boundary with their enemy, Peru, instead of the same line with Colombia, a country they had formerly regarded as a friend," they broke off diplomatic relations with Bogot…

p. 37
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works, founded the Banco Central Hipotecario, the Caja de Crédito Agrario, and the Instituto de Acción Social. Congress approved protectionist laws concerning the right to unionize, regulation of strikes, retirement, and the civil status of married women. The impact of these important measures, however, was blunted by…

p. 84
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Colombia's Forgotten Frontier: A Literary Geography of the PutumayoLesley Wylie · 2013 · p. 4
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region floundered by the late 1910s, Peru’s and Colombia’s continued to grow. By 1917 the Peruvians were reported to control the portion of the Putumayo from the Brazilian border to the strategic settlement of Güeppí,19 later the site of a key battle during the 1932/33 Peruvian-Colombian war which broke out over the…

p. 4
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Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en ColombiaAlejandro Castillejo-Cuéllar · 2022 · p. 362, 412
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sino que ellos nos castigaban porque no entendían. Fuimos maltratados, nos quemaron las orejas con cuerdas de cumare. Nos amarraban las lenguas, nos fueteaban con rejo. Fuimos arrodillados encima de una gravilla por una hora, castigados por hablar el idioma. Así fui creciendo yo. Terminé mi año de estudios en 1970.…

p. 362
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economía. «A usted, hermano mayor, no lo voy a dejar a un lado. A ustedes los voy a dejar como cuidadores del entorno, del agua, del monte, de los ríos, de los animales. Ustedes van a ser cuidadores. Si quieren hacer uso de la tierra, por cada especie les voy a dar un abuelo. Y si ustedes quieren hacer uso de la…

p. 412
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Antología de crónicas periodísticasAlfredo Molano Bravo · 2018 · p. 276
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pequeños, a hombres y mujeres, casó a unos y a otros, y bautizó el pueblo Asís, un santo que los padres nombraban para todo menester. Se 277 Aíndidcea lb rstíhrap obshdlepnhrap quedó llamando Puerto Asís porque el río es navegable y por sus aguas baja uno al Amazonas —a Leticia— y puede subir hasta Iquitos; y por el…

p. 276
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Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 275
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de los Andaquíes, también en el departamento del Caquetá, en 1917. 2 Fraile capuchino de origen catalán. Fue nombrado prefecto apostólico del Caquetá y Putuma- yo desde 1905 y permaneció en la región hasta 1928. 3 Jacinto María De Quito, Relación de viaje en los ríos Putumayo, Caraparaná y Caquetá y entre las tribus…

p. 275
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La alteridad radical que cura. Neochamanismos yajeceros en ColombiaAlhena Caicedo-Fernández · 2015 · p. 169
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en Bogotá, años después, fue descubrir que don Pacho era ahora el taita Pacho, y que contaba con una red de amistades e intermediarios que lo invitaban regularmente a la ciudad en calidad de médico tradicional yajecero. El contacto cultural con los "blancos" y la evangelización misionera en el Putumayo, aunque…

p. 169
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La tierra no basta. Colonización, baldíos, conflicto y organizaciones sociales en el CaquetáCentro Nacional de Memoria Histórica, Erika Andrea Ramírez Jiménez · 2017 · p. 34
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Cubeos, entre otros. Pero es- tos pueblos fueron objeto de un sistemático proceso de extermi- 35 1 De los Andes a la selva: la conquista de la Manigua. Geografía de la colonización en el Caquetá nio y reducción. La inserción del espacio amazónico en la nación comenzó con las exploraciones e incursiones de los…

p. 34
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Hasta la guerra tiene límites. Violaciones de los derechos humanos, infracciones al derecho internacional humanitario y responsabilidades colectivasComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 648
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de esto son los casos de persecución de los pueblos indígenas awá, kofán, siona, koreguaje, uitoto (murui), inga, kamëntsá y kichwa, en Putumayo, que fueron afectados por la «fiebre» del caucho. En la década de los treinta el pueblo indígena motilón-barí, en Norte de Santander, sufrió algo similar. El Gobierno…

p. 648
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Memorias plurales: experiencias y lecciones aprendidas para el desarrollo de los enfoques diferenciales en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Balance de la contribución del CNMH al esclarecimiento históricoCentro Nacional de Memoria Histórica · 2018 · p. 77
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a la recu- peración del territorio afectado a través del fortalecimiento de las autoridades espirituales y de los dispositivos propios de transmisión de memoria que puedan conducir ya no solo a la reparación de los daños, sino, sobre todo, a la sanación espiritual del territorio. La larga duración de las memorias La…

p. 77
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Petróleo, coca, despojo territorial y organización social en PutumayoEdinso Culma Vargas, Juliana Guerra Rudas, Rocío Londoño Botero · 2015 · p. 28
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región en las últimas dos décadas del siglo XX. Igual ocurre al revi- sar estudios académicos e institucionales que, de una parte, se concentran en una configuración territorial a partir de la eco- nomía ilegal de la coca y su relación con los grupos armados y el narcotráfico (Ramírez, 2001; Observatorio de Derechos…

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Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 98
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Putumayo, al imponerles hora- rios de pesca y tránsito, y con la siembra de minas antipersonal. Esta guerrilla, además, involucró indígenas en la producción de pasta de coca, a cambio de apoyo económico. Este macroterritorio étnico permaneció bajo el control de las FARC-EP hasta la firma del Acuerdo de Paz. A partir…

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