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María Eugenia Rojas

Hija del general Gustavo Rojas Pinilla, directora del SENDAS durante la dictadura y primera mujer en aspirar seriamente a la Presidencia de Colombia, María Eugenia Rojas Correa (1932–2024) fue figura central del populismo anapista y bisagra entre el régimen militar de los años cincuenta y la izquierda colombiana del siglo XXI.

Alejandro Gutiérrez · 28 de julio de 2026 · 3.403 palabras · 31 fuentes
María Eugenia Rojas
Tipo
Persona
Vida
1932 — 2024
Roles
Directora del Secretariado Nacional de Asistencia Social (SENDAS)Dirigente de la Alianza Nacional Popular (ANAPO)Candidata presidencialFigura pública y defensora del gobierno de Rojas Pinilla
Hitos
  1. 1953Nombramiento como directora del SENDASAl asumir su padre la presidencia mediante el golpe del 13 de junio de 1953, María Eugenia fue designada directora del Secretariado Nacional de Asistencia Social, el principal programa de asistencia social del régimen, desde el que dirigió el reparto de víveres, ropa y subsidios en los barrios tuguriales de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla.
  2. 1955Consolidación del SENDAS como aparato político-socialPara enero de 1955, el SENDAS había otorgado préstamos por 7,4 millones de pesos a campesinos de los Llanos y 16,6 millones a 11.700 personas afectadas por la Violencia; asistido a 18.500 personas en Bogotá; repatriado 1.500 colombianos refugiados en Panamá y Venezuela; distribuido 173.000 pesos en subsidios a niños huérfanos y tramitado 26.000 peticiones de restitución de propiedades. La obra ancló al régimen en una legitimidad popular que sobreviviría al derrocamiento de 1957.
  3. 1957Caída del régimen y acumulación de capital político propioEl Pacto de Benidorm de 1956 selló la reunificación de las élites liberales y conservadoras contra Rojas Pinilla, precipitando su caída el 10 de mayo de 1957. María Eugenia salía del régimen con un capital político disperso en miles de hogares beneficiados por el SENDAS, capital que el rojismo capitalizaría durante las dos décadas siguientes bajo el Frente Nacional.
  4. 1970Campaña presidencial del 19 de abril y el presunto fraudeMaría Eugenia fue pieza central de la campaña de su padre en las elecciones del 19 de abril de 1970. Amplios sectores consideraron que Rojas Pinilla iba ganando cuando un corte masivo de energía precedió la proclamación de Misael Pastrana Borrero como ganador. El general se abstuvo de reclamar la victoria y se retiró a España, dejando a su hija al frente del movimiento. El episodio desencadenó la fundación del M-19 y una década de abstención electoral en la izquierda colombiana.
  5. 1974Primera candidatura presidencial femenina con opción realCon su padre ya enfermo —moriría en 1975—, la ANAPO postuló a María Eugenia Rojas de Moreno a la Presidencia, convirtiéndola en la primera mujer en disputar con nombre propio y estructura partidaria la primera magistratura de Colombia. Aunque quedó en cuarto lugar frente al ganador Alfonso López Michelsen, el precedente simbólico fue histórico en un país donde el sufragio femenino apenas databa de 1956.
  6. 1975Herencia de la conducción del rojismo tras la muerte de Rojas PinillaCon el fallecimiento del general Gustavo Rojas Pinilla en 1975, María Eugenia asumió plenamente la dirección del movimiento anapista, prolongando el rojismo más allá de su fundador y presentándose como candidata presidencial en ocasiones posteriores, administrando la larga derrota del proyecto populista durante décadas.
Relaciones
Gustavo Rojas Pinilla — padre, fundador de la ANAPO y presidente de Colombia (1953–1957), cuyo régimen lanzó la carrera pública de María EugeniaSENDAS (Secretariado Nacional de Asistencia Social) — institución que dirigió entre 1953 y 1957, base de su capital político popularAlianza Nacional Popular (ANAPO) — movimiento político que heredó de su padre y desde el cual desarrolló sus candidaturas presidencialesSamuel Moreno Díaz — esposo, abogado y político; padre de Samuel Moreno Rojas e Iván Moreno Rojas, continuadores del rojismo en el siglo XXIM-19 — organización guerrillera surgida del ala radical de la ANAPO tras el presunto fraude electoral del 19 de abril de 1970, cuya fundación está directamente ligada al fracaso del proyecto político de los RojasMisael Pastrana Borrero — candidato conservador proclamado ganador de las elecciones de 1970 en circunstancias consideradas fraudulentas por amplios sectores, hecho que marcó el declive de la ANAPO y la trayectoria posterior de María EugeniaEva Perón — figura con la que la historiografía ha comparado a María Eugenia Rojas como ejemplo de liderazgo femenino asociado a movimientos populistas latinoamericanos
Semblanza
Conocida como la Capitana del pueblo, María Eugenia Rojas construyó su liderazgo no como figura decorativa de una dinastía política, sino como operadora con veinte años de experiencia en la gestión directa de un aparato estatal de asistencia social que llegó a miles de familias en los tugurios colombianos. Sobrevivió al régimen que la lanzó, ejerció la conducción del rojismo durante más de una década sin su padre en la escena y siguió apareciendo en las papeletas electorales hasta bien entrada la vejez, administrando con tenacidad la larga derrota de un proyecto que nunca alcanzó el poder. La comparación con Eva Perón, recurrente en la historiografía, revela el molde —mujer joven, popular, encargada de la política social para consolidar lealtades subalternas— pero oculta lo más singular: Evita murió en el poder, mientras María Eugenia vivió para ver cómo el resentimiento acumulado en torno al fraude de 1970 se convertía en guerrilla urbana, en abstención electoral y, décadas después, en la izquierda que llegaría a la presidencia que ella nunca pudo conquistar. Su trayectoria atraviesa, sin solución de continuidad, el populismo militar de los años cincuenta, la exclusión del Frente Nacional, el nacimiento del M-19 y la lenta democratización del sistema político colombiano.

María Eugenia Rojas Correa

Hija del único dictador colombiano del siglo XX y, a la vez, primera mujer en aspirar seriamente a la Presidencia de la República, María Eugenia Rojas Correa (1932–2024) ocupa un lugar singular en la historia política del país. Dirigió el principal programa de asistencia social del régimen de su padre, heredó al general Gustavo Rojas Pinilla al frente de la Alianza Nacional Popular (ANAPO), fue candidata presidencial en tres ocasiones y funcionó como bisagra entre el populismo militar de los años cincuenta y la izquierda que, desde el M-19 y sus derivados, terminaría convertida en fuerza de gobierno en el siglo XXI. Su figura reúne, sin contradicción cómoda, dos condiciones que la historiografía suele separar: la pionera del liderazgo femenino en un país que apenas había concedido el voto a las mujeres, y la operadora política de un proyecto autoritario cuya popularidad entre los desheredados sobrevivió al derrocamiento de 1957.

La semblanza

La llamaron la Capitana del pueblo, y el apodo condensa la naturaleza de su capital político: un vínculo directo, casi personal, con las capas urbanas más pobres, construido primero desde la maquinaria asistencial del Estado y prolongado luego en las plazas del movimiento anapista. Ese vínculo la volvió algo distinto a la figura decorativa que las dinastías políticas latinoamericanas suelen producir. Cuando en 1974 se presentó a la Presidencia por la ANAPO, no lo hizo como reemplazo simbólico de un padre disminuido, sino como cuadro con biografía propia: veinte años antes había dirigido un aparato con presupuesto, cuadros territoriales y línea directa con miles de familias en los tugurios de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla.

La historiografía ha insistido, con razón, en la comparación con Eva Perón. Es útil por lo que revela del molde —una mujer joven, popular, esposa o hija del hombre fuerte, encargada de la política social como vía para consolidar la lealtad de los sectores subalternos— y por lo que oculta: María Eugenia sobrevivió al régimen que la lanzó, ejerció el liderazgo del rojismo durante más de una década sin su padre en la escena y siguió apareciendo en las papeletas hasta bien entrada la vejez. Evita murió en el poder; María Eugenia vivió la más larga de las derrotas y la administró.

Su relevancia no se agota en el balance electoral. La elección presidencial del 19 de abril de 1970, en la que la candidatura de Rojas Pinilla —con ella como pieza central de la campaña— fue derrotada en circunstancias que amplios sectores consideraron fraudulentas, marca un punto de fractura en la historia política colombiana: de ese resentimiento nació el M-19, y de la deslegitimación del bipartidismo del Frente Nacional que ese episodio consumó, la larga marcha de una izquierda que solo alcanzaría la Presidencia medio siglo después. La trayectoria de María Eugenia Rojas atraviesa esa línea entera.

Los orígenes: un apellido militar y una familia bogotana

María Eugenia Rojas nació en 1932, hija de Gustavo Rojas Pinilla y de Carola Correa. El padre era entonces un oficial de artillería nacido en Tunja el 12 de marzo de 1900, en una familia boyacense de clase media, sin fortuna heredada ni linaje visible. Su carrera militar sería el vehículo de una movilidad social vertiginosa: alcanzó el grado de general en 1949 y, desde 1952, ejerció como comandante general de las Fuerzas Armadas, hasta el golpe de Estado del 13 de junio de 1953 que lo llevó a la Presidencia.

María Eugenia creció en el interior de esa trayectoria ascendente. Adolescente durante los años más violentos de la Violencia bipartidista, entró en la edad adulta el mismo año en que su padre asumió el poder. Tenía veintiuno cuando el golpe la instaló, sin transición, en el vértice del Estado colombiano.

En 1953 —o poco antes, según algunas reconstrucciones— se casó con Samuel Moreno Díaz, abogado y político. De ese matrimonio nacerían Samuel Moreno Rojas e Iván Moreno Rojas, ambos figuras posteriores del anapismo y del progresismo capitalino: Samuel llegaría a la Alcaldía Mayor de Bogotá (2008–2011), Iván al Senado. La línea materna prolongó así el rojismo hasta el siglo XXI, aunque los dos hijos terminaran atrapados en el escándalo del carrusel de la contratación que arruinó la administración distrital de Samuel. La dinastía, como casi todas las familias políticas colombianas, produjo continuidades y catástrofes en la misma cuerda.

La trama de parentescos que envolvió a los Rojas fue, además, más urbana y más bogotana de lo que la iconografía militar del general dejaba entrever: entre las ramas familiares figuraba María Eugenia Liévano Rodríguez, descendiente de una estirpe capitalina prominente —bisnieta del ingeniero Indalecio Liévano, propietario del terreno donde hoy se levanta el Palacio Liévano, sede de la Alcaldía de Bogotá, y sobrina de Indalecio Liévano Aguirre, jefe interino del Estado en 1975—.

Los años del SENDAS: aprendizaje del poder (1953–1957)

El aparato desde el que María Eugenia se hizo visible tenía nombre burocrático y ambición política enorme: el Secretariado Nacional de Asistencia Social, SENDAS. Creado por su padre en los primeros meses del régimen y en funciones al menos desde enero de 1955, el SENDAS era la respuesta colombiana a un modelo que Rojas Pinilla había estudiado con atención: el peronismo argentino y, muy en particular, la Fundación Eva Perón. La comparación no es un artificio de historiadores tardíos; los propios contemporáneos la formularon.

María Eugenia fue nombrada directora. Bajo su gestión, el SENDAS repartió víveres, ropa y —según la memoria popular— juguetes navideños en los barrios tuguriales de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla. Pero la operación excedía con mucho la caridad estacional. En enero de 1955, apenas quince meses después del golpe, el organismo había otorgado préstamos individuales de hasta 9.000 pesos, con un desembolso acumulado de 7,4 millones de pesos a campesinos y pequeños agricultores de los Llanos —región devastada por la guerra guerrillera liberal— y de 16,6 millones de pesos a 11.700 personas afectadas por la Violencia en otras regiones del país. Solo en Bogotá, el SENDAS asistió a 18.500 personas, distribuyó 173.000 pesos en subsidios a niños huérfanos por la Violencia, tramitó 26.000 peticiones de restitución de propiedades y organizó la repatriación de 500 colombianos que habían huido a Panamá y 1.000 que habían cruzado a Venezuela.

Las cifras no describen una obra benéfica: describen una política pública de reconstrucción social diseñada para producir gratitud. Y produjeron gratitud. Entre las capas desclasadas y pobres, el SENDAS ancló al régimen militar en una legitimidad que la oligarquía liberal-conservadora, cada vez más incómoda con la independencia del general respecto de sus mentores tradicionales, no logró disputarle en su propio terreno. Rojas Pinilla, influido por el programa peronista, había entendido antes que sus adversarios que el pacto de la Violencia se resolvería fuera de los partidos históricos, en la fabricación de una nueva coalición que uniera al pueblo, al gobierno y a las Fuerzas Armadas.

En esa arquitectura, María Eugenia dejó de ser hija visible para convertirse en operadora efectiva. Se hizo defensora pública del gobierno de su padre, figura de primer orden en actos y giras, presencia rutinaria en la propaganda del régimen. Cuando el Pacto de Benidorm de 1956 selló la reunificación de las élites liberales y conservadoras contra Rojas y precipitó la caída del 10 de mayo de 1957, la joven directora del SENDAS ya había acumulado un capital político propio, disperso en miles de hogares que habían recibido un préstamo, una casa, un subsidio o una comida de manos del gobierno militar. Ese capital fue lo que el rojismo pudo capitalizar durante las dos décadas siguientes, cuando el Frente Nacional cerró el sistema político a todo lo que no fuera liberal o conservador.

La travesía del Frente Nacional y la ANAPO

Entre 1958 y 1974, Colombia vivió bajo la fórmula del Frente Nacional: alternancia obligatoria entre liberales y conservadores en la Presidencia, paridad estricta en la administración pública, exclusión constitucional de cualquier otra fuerza política. La fórmula pacificó al bipartidismo a costa de sellar el sistema. En ese cerco, la ANAPO —Alianza Nacional Popular, fundada por Gustavo Rojas Pinilla en 1960— encontró su lugar y su lenguaje.

La ANAPO nació como plataforma de los desheredados de los dos partidos tradicionales. Su base social se consolidó en los estratos bajos urbanos, entre desempleados, inmigrantes rurales recién instalados en las ciudades y pobladores de las zonas de tugurios. César Ayala la describió, con imagen exacta, como un Frente Nacional de las clases bajas: una alianza pluripartidista, con alas conservadora y liberal, que replicaba en el subsuelo social la lógica de composición del pacto de élites al que se oponía. Su plataforma —educación primaria y secundaria gratuita, servicio médico económico y medicamentos gratuitos, reforma urbana, vivienda asequible para las clases bajas y medias, cogestión obrera en las empresas— era reformista, no revolucionaria; no representaba amenaza al capitalismo colombiano, sino a la exclusividad bipartidista.

En este marco, María Eugenia Rojas hizo la larga travesía del anapismo. Las elecciones presidenciales de 1966 dieron una primera medida del crecimiento del movimiento: el candidato liberal de la ANAPO, José Jaramillo Giraldo, obtuvo 742.133 votos frente a los 1.891.175 del oficialista Carlos Lleras Restrepo. Un desafío todavía menor, pero suficiente para instalar al rojismo como fuerza real y no como reliquia. Cuatro años después, el desafío se volvió histórico.

El 19 de abril de 1970

La elección presidencial del domingo 19 de abril de 1970 enfrentó al conservador Misael Pastrana Borrero, candidato del Frente Nacional, con Gustavo Rojas Pinilla, candidato de la ANAPO. En la noche del escrutinio, muchos analistas sostienen que Rojas iba ganando cuando se produjo un corte masivo de energía en momento sospechoso; tras el apagón, el ministro del interior proclamó ganador a Pastrana. El presidente saliente, Carlos Lleras Restrepo, suspendió las informaciones parciales. En las calles de las principales ciudades hubo manifestaciones de rabia popular, saqueos y apedreamientos del transporte público, aunque las versiones sobre su magnitud varían.

Amplios sectores de la opinión pública consideraron entonces —y siguen considerando— que Rojas Pinilla había ganado y que un fraude organizado de última hora le entregó la Presidencia a Pastrana. La percepción, más allá de si es demostrable en cada detalle, se volvió hecho político. Y la reacción de los Rojas ante ese hecho definió el destino del movimiento.

El general se abstuvo de reclamar la victoria. Llamó a sus partidarios a mantener la calma. No actuó como sus bases esperaban. Sectores radicales del anapismo interpretaron la pasividad como cobardía o debilidad, como una renuncia que privaba al pueblo de su alternativa política. Poco después, Rojas Pinilla se retiró a sus propiedades en España, dejando a sus colegas —y a su hija— a cargo de los restos del partido.

Las consecuencias de ese abandono fueron tres, y las tres pesaron durante décadas. Primera: el M-19. Sectores radicales de la ANAPO, junto con exmiembros de las FARC —encabezados por Jaime Bateman Cayón, escindido de esa guerrilla por su empeño en trasladar la lucha al ámbito urbano— y militantes de universidades y sindicatos, fundaron entre 1972 y 1974 el Movimiento 19 de Abril, cuyo nombre era en sí mismo una acusación permanente contra el sistema. El senador Carlos Toledo Plata, figura del ala socialista de la ANAPO, y el representante Israel Santamaría estuvieron entre sus fundadores. Bateman había buscado a Andrés Almarales inmediatamente después del fraude para pensar un nuevo movimiento revolucionario. El M-19 se distinguiría del resto de la insurgencia colombiana por el carisma de sus líderes y por su vínculo simbólico —y no meramente ideológico— con la memoria del fraude.

Segunda consecuencia: la izquierda electoral colombiana quedó convencida, durante casi una década, de la inutilidad del voto. Entre 1970 y 1978 predominaron las campañas de abstención, y el gobierno de Pastrana —cuestionado en su origen— respondió a las protestas anapistas con represión militar.

Tercera consecuencia, menos visible pero decisiva: María Eugenia Rojas heredó la conducción del rojismo. El padre, replegado en España, ya no estaría en el centro de la escena. La hija, que había hecho campaña con él y que llevaba dos décadas acumulando reconocimiento propio en las mismas capas populares que la ANAPO reclamaba, quedó al frente.

La candidatura de 1974 y las siguientes

En 1974, con el general ya enfermo —moriría en 1975—, la ANAPO postuló a María Eugenia Rojas de Moreno a la Presidencia. Era la primera vez que una mujer se presentaba con opción real a la primera magistratura en Colombia. Las mujeres colombianas habían obtenido el derecho al voto apenas en 1956, bajo el propio régimen de Rojas Pinilla; las primeras senadoras habían sido elegidas a partir de 1958, con el Frente Nacional; los gobiernos frentenacionalistas habían empezado, tímidamente, a designar a las primeras ministras. La candidatura se producía en un país en el que la participación política femenina apenas cumplía su primera generación institucional.

La elección de 1974 —la primera después del cierre formal del Frente Nacional— la ganó holgadamente el liberal Alfonso López Michelsen, con el conservador Álvaro Gómez Hurtado en segundo lugar. La ANAPO no repitió el impulso de 1970; el movimiento se fragmentó y María Eugenia quedó reducida a un cuarto lugar. Pero la derrota electoral no borró el precedente simbólico: una mujer había disputado, con nombre propio y estructura partidaria, el vértice del poder. Repetiría la candidatura en años posteriores, sin acercarse ya a las cifras del auge, en un rojismo cada vez más residual.

El movimiento fue tomando distintos caminos. Jaime Piedrahíta Cardona, uno de los fundadores de la ANAPO, fue candidato presidencial del Frente por la Unidad del Pueblo (FUP) en 1978. Julio César Pernía, jefe regional anapista, fue candidato presidencial de la Unión Nacional de Oposición (UNO) ese mismo año. La ANAPO Socialista y el M-19 —vinculado a Toledo Plata— representaron las variantes más nítidas de un rojismo que se descomponía y recomponía. En las listas de izquierda de 1978 aparecieron con frecuencia antiguos militantes anapistas. El rojismo, nacido como populismo militar en la extrema derecha del espectro y circulado como oposición pluripartidista bajo la ANAPO, se descoyuntó finalmente hacia la izquierda.

María Eugenia Rojas administró esa larga descomposición sin abandonar el terreno. Fue la referencia visible del ala que se mantuvo dentro de la institucionalidad electoral, mientras otros hacían el tránsito a la lucha armada o a las coaliciones marxistas. Su presencia recurrente en las papeletas convirtió a la ANAPO en algo más que un episodio: en una tradición política persistente, aunque menguante, que preservó la memoria del rojismo como opción popular no bipartidista.

Su red: familia, movimiento, herederos

La red que la rodeó tuvo tres círculos concéntricos, y ninguno de ellos fue accesorio a su trayectoria. El primero, doméstico y sin embargo político: Samuel Moreno Díaz, su marido, cuadro anapista de primera hora; y los dos hijos, Samuel e Iván Moreno Rojas, que heredaron el liderazgo del movimiento —para entonces reconvertido en formaciones progresistas— y ocuparon la Alcaldía Mayor de Bogotá y el Senado, respectivamente. El apellido Moreno Rojas encarnó, en las elecciones capitalinas de finales de los años dos mil y comienzos de los diez, la última prolongación electoralmente exitosa del rojismo antes del colapso judicial que envió a Samuel a prisión por corrupción. Rara vez una biografía política contiene, en tan pocos años, el arco completo entre auge, herencia y ruina.

El segundo círculo fue el del propio movimiento, y su diversidad interna explica la duración de la ANAPO tanto como sus fracturas: al lado del padre fundador coexistieron los cuadros populares que mezclaban ideología conservadora y demandas sociales, los intelectuales del ala socialista como Toledo Plata y los líderes juveniles que desertaron hacia el M-19 con Bateman Cayón a la cabeza. María Eugenia navegó entre esos flancos sin identificarse plenamente con ninguno, y esa misma indefinición fue lo que le permitió sobrevivir a todos.

El tercer círculo fue simbólico y transnacional. La comparación con Eva Perón, insistente en la historiografía, la inscribe en una tradición latinoamericana de mujeres populares asociadas a proyectos populistas de las que María Eugenia es el capítulo colombiano. El SENDAS fue lo que la Fundación Eva Perón fue en Argentina; la Capitana del pueblo fue lo que Evita fue en las plazas de Buenos Aires. Con dos diferencias que la historia colombiana volvió determinantes: María Eugenia no murió joven —vivió noventa y dos años, hasta 2024— y su movimiento no ganó nunca. Administrar una larga derrota es un oficio muy distinto al de personificar una victoria fulgurante.

Su huella: liderazgo femenino, populismo, izquierda

El legado de María Eugenia Rojas Correa se juega en tres planos distintos, y solo mirándolos por separado se entiende su peso conjunto.

En el plano de género, su carrera abrió un horizonte inédito. Cuando se presentó por primera vez a la Presidencia en 1974, las mujeres colombianas apenas tenían dieciocho años de derecho al voto. Las senadoras eran unas pocas, las ministras casi ninguna, y ninguna había disputado la primera magistratura con estructura de partido detrás. Ella lo hizo. La Constitución de 1991 consagraría en su artículo 40 la garantía de adecuada y efectiva participación de la mujer en los niveles decisorios de la Administración Pública, y ese texto es la culminación institucional de un proceso que candidaturas como la suya —realizadas en años en que semejante horizonte parecía distante— contribuyeron a hacer pensable. La Capitana del pueblo no fue feminista ni construyó una plataforma explícita de derechos de la mujer, pero encarnó, en un país profundamente patriarcal, la posibilidad de que una mujer aspirara al mando sin excusarse. Ese precedente, más que cualquier programa, es lo que la generación de mujeres políticas posteriores heredó de ella.

En el plano del populismo latinoamericano, su trayectoria ilustra la lógica estructural de un fenómeno más amplio. El SENDAS replicó el modelo peronista; la base social anapista replicó la coalición de clases bajas urbanas del peronismo; el fraude de 1970 replicó el patrón de exclusión que en otros contextos produjo guerrillas urbanas; la sucesión familiar en la conducción del movimiento replicó las dinastías del populismo continental. María Eugenia fue funcional a esa estructura, la operó con eficacia real —las cifras del SENDAS de 1955 lo prueban— y prolongó su duración institucional más allá de lo que habría cabido esperar del rojismo tras la caída de 1957 y el exilio de 1970. Sin ella al frente, es probable que la ANAPO se hubiera extinguido una década antes. Y sin ANAPO, el mapa de la política colombiana de los años setenta y ochenta habría sido otro.

En el plano de la izquierda colombiana, su papel fue de bisagra involuntaria. El rojismo y la ANAPO contribuyeron al descongelamiento político del país al crear, por primera vez, la posibilidad de desplazamientos de sectores conservadores hacia la izquierda: una novedad enorme en un sistema estructurado desde el siglo XIX en torno a la lealtad heredada a uno de los dos partidos históricos. De ese descongelamiento salieron el M-19, la reconfiguración de la izquierda electoral de 1978 y las candidaturas que en las décadas siguientes fueron construyendo, con avances y retrocesos, la fuerza política que finalmente llegaría a la Presidencia en 2022. El testimonio de Gustavo Petro —militante juvenil del M-19, luego senador, luego alcalde de Bogotá, finalmente presidente— sobre su identificación temprana con el proyecto anapista ilustra, en un caso individual, un patrón que la historia colombiana volvería colectivo: muchos de los cuadros de la izquierda posterior hicieron su primera formación política dentro o en los márgenes del rojismo.

Aquí se juega el balance más incómodo. María Eugenia Rojas no fue, en ningún momento de su vida, una figura de izquierda. Fue la hija de un dictador militar y la administradora de un movimiento pluripartidista con alas conservadoras dominantes. Y sin embargo, la fuerza social que ella y su padre movilizaron —clases bajas urbanas excluidas del bipartidismo, memoria del agravio del fraude de 1970, cuadros dispersos en múltiples formaciones subalternas— fue el humus del que crecería la izquierda colombiana contemporánea. La historia rara vez respeta las intenciones de sus protagonistas.

Murió en 2024, en un país donde el gobierno lo encabezaba un exguerrillero del M-19 y donde su hijo Samuel había recorrido pasillos judiciales por corrupción. La escena resume las tensiones que atravesaron su vida: la persistencia del apellido, la mutación ideológica del rojismo, la mezcla de logros pioneros y escándalos hereditarios, la larga distancia que va del SENDAS de 1955 a la Colombia del siglo XXI. En esa distancia hay una biografía y hay una historia. María Eugenia Rojas Correa fue el hilo que las unió.

María Eugenia Rojas Correa: política y candidata presidencial · Historia Colombiana