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Personas · Entidad
Entidad · República Liberal · 1930–1946

Gerardo Molina Ramírez

Gerardo Molina Ramírez (El Difícil, Magdalena, 1906 – Bogotá, 1991) fue el principal historiador de las ideas políticas de la izquierda colombiana del siglo XX, autor de 'Las ideas socialistas en Colombia' y 'Las ideas liberales en Colombia', rector de la Universidad Nacional, senador y candidato presidencial por fuerzas alternativas al bipartidismo, encarnación del socialismo humanista y democrático en Colombia.

Alejandro Gutiérrez · 04 de agosto de 2026 · 3.330 palabras · 45 fuentes
Gerardo Molina Ramírez
Tipo
Persona
Vida
1906 — 1991
Roles
JuristaHistoriador de las ideas políticasRector de la Universidad Nacional de ColombiaSenador de la RepúblicaCandidato presidencialProfesor universitarioDirigente político de izquierda
Hitos
  1. 1906Nacimiento en El Difícil, MagdalenaNació en El Difícil, pequeño municipio del departamento del Magdalena, en la Colombia caribeña que a comienzos del siglo XX comenzaba a articularse al mercado mundial por Barranquilla y las plantaciones bananeras.
  2. 1920Formación política en los años veinteSe formó políticamente en la década de 1920, cuando la tradición radical liberal era apropiada por los nacientes grupos obreros colombianos y los viajes a Europa —Bruselas y París— radicalizaban a la juventud liberal-radical de su generación.
  3. 1934Militancia en el liberalismo de izquierda durante la República LiberalDurante el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) y la Revolución en Marcha, Molina se situó en la izquierda del Partido Liberal, acompañando las reformas laborales y agrarias de 1936 y el proyecto de modernización de la Universidad Nacional.
  4. 1970Publicación de 'Las ideas liberales en Colombia'Entre 1970 y 1974 publicó en varios volúmenes 'Las ideas liberales en Colombia', obra de referencia historiográfica sobre el pensamiento político colombiano que consolidó su autoridad intelectual.
  5. 1974Publicación de 'Las ideas socialistas en Colombia'Publicó 'Las ideas socialistas en Colombia', obra en la que formuló que Colombia ofrece la particularidad de que antes de que hubiera socialismo ya había anti-socialismo, y en la que inscribió a Orlando Fals Borda en la tradición del socialismo humanista. La obra se convirtió en fuente historiográfica de referencia sobre el pensamiento político y socialista colombiano.
  6. 1982Candidatura presidencial por el Frente DemocráticoA los 76 años encabezó una candidatura presidencial testimonial por el Frente Democrático, alianza de izquierdas que buscó dar rostro electoral nacional a la tradición socialista democrática colombiana. En Apartadó, el Frente Democrático obtuvo el 20% del voto en las elecciones de concejo de ese año.
  7. 1991Muerte en BogotáFalleció en Bogotá en 1991, dejando como legado dos obras mayores sobre la historia de las ideas políticas colombianas y una trayectoria de magisterio intelectual que influyó en generaciones de académicos, políticos y activistas de izquierda.
Relaciones
Orlando Fals Borda: sociólogo y fundador de la Investigación Acción Participativa que reconoció explícitamente a Molina como quien lo inscribió en la tradición del socialismo humanista, consignándolo en su libro clásico sobre el temaAntonio García Nossa: economista e intelectual colombiano mencionado junto a Molina como figura relevante de la izquierda ilustrada colombiana, con quien compartió el proyecto de un pensamiento económico y político arraigado en la realidad nacionalCamilo Torres Restrepo: sacerdote y sociólogo mencionado junto a Molina en la memoria intelectual colombiana como parte de los relevos tardíos de la izquierda ilustradaAlfonso López Pumarejo: presidente de la República Liberal cuyo proyecto reformista —Revolución en Marcha, modernización de la Universidad Nacional— constituyó el escenario formativo de la trayectoria política e intelectual de MolinaUniversidad Nacional de Colombia: institución en la que Molina hizo carrera como jurista y profesor, llegó a la rectoría y encontró la base material de su proyecto intelectual y políticoJorge Eliécer Gaitán: figura con la que Molina compartió parte del horizonte político reformista y socialista democrático sin confundirse con él, dentro del liberalismo de izquierda de la República Liberal
Semblanza
Molina fue, ante todo, un constructor de tradición: su tarea consistió en excavar hacia atrás para mostrar que la izquierda colombiana no era importación tardía sino sedimento antiguo del liberalismo radical decimonónico, operación intelectual que lo convirtió en autoridad indiscutida sobre el pensamiento político colombiano. Situado siempre en el lado gradualista y democrático del socialismo —heterodoxo frente a Moscú, autónomo frente al liberalismo reformista—, nunca cambió de orilla desde su formación en los años veinte hasta su candidatura presidencial de 1982. Su función de canonización intelectual, ejercida desde la autoridad del historiador que decide quién pertenece a qué tradición, prolongó su influencia mucho más allá de cualquier resultado electoral, como lo testimonia el reconocimiento explícito de Orlando Fals Borda. La universidad pública fue para él no un cargo administrativo sino la base material de un proyecto civilizatorio: hizo suya la herencia de la República Liberal y la transmitió como legado a las generaciones siguientes. Sus candidaturas testimoniales en la vejez fueron actos de resistencia intelectual destinados a reafirmar que existía en Colombia una tradición socialista democrática con historia y con derecho de ciudadanía.

Gerardo Molina

Gerardo Molina Ramírez (El Difícil, Magdalena, 1906 — Bogotá, 1991) fue el intelectual colombiano que dio a la izquierda del siglo XX su genealogía escrita. Jurista, historiador de las ideas, rector de la Universidad Nacional, senador, dos veces candidato presidencial por fuerzas alternativas al bipartidismo, autor de Las ideas liberales en Colombia y Las ideas socialistas en Colombia, encarnó una tradición precisa: el socialismo humanista y democrático, heterodoxo frente a Moscú, autónomo frente al liberalismo reformista, arraigado en la universidad pública. Formado políticamente en el ambiente radical de los años veinte y consolidado durante la República Liberal, hizo de la cátedra, el libro y la candidatura testimonial los tres frentes de una misma obra: dotar a Colombia de una izquierda ilustrada capaz de pensarse a sí misma en clave nacional.

La semblanza

Molina es, ante todo, un constructor de tradición. En un país donde —según él mismo formuló— "antes de que hubiera socialismo ya había anti-socialismo", su tarea consistió en excavar hacia atrás para mostrar que la izquierda colombiana no era importación tardía sino sedimento antiguo del liberalismo radical decimonónico. Esa operación intelectual, desplegada en dos obras mayores publicadas entre 1970 y 1974, lo convirtió en autoridad indiscutida sobre el pensamiento político colombiano y en referencia obligada para historiadores de todas las escuelas, dentro y fuera del país.

Pero Molina no fue solo historiador. Fue también rector, parlamentario y candidato, y sobre todo maestro de una generación. Cuando Orlando Fals Borda —sociólogo mayor del país, fundador de la Investigación Acción Participativa— quiso ubicarse en una tradición ideológica propia, recurrió a Molina: fue él, escribió Fals Borda, quien lo "matriculó" como socialista humanista y lo consignó en su libro clásico sobre el tema. Esa función de canonización, ejercida desde la autoridad del historiador que decide quién pertenece a qué tradición, prolongó la influencia de Molina mucho más allá de cualquier resultado electoral. Al lado de Antonio García Nossa y Camilo Torres Restrepo, forma parte de la tríada que la memoria intelectual colombiana asocia con los relevos tardíos de la izquierda ilustrada, aquella cuyos ecos alcanzarían después al MOIR y al M-19.

Los orígenes

Nació en 1906 en El Difícil, pequeño municipio del departamento del Magdalena, en la Colombia caribeña que a comienzos del siglo XX empezaba a articularse al mercado mundial por Barranquilla y las plantaciones bananeras. Es una biografía de provincia que asciende al centro: del Magdalena rural a Bogotá universitaria, del bachillerato a los estudios jurídicos, de allí a Europa —Bruselas y París fueron destinos habituales de la juventud liberal-radical colombiana de su generación— y de regreso al país en plena efervescencia de la crisis del régimen conservador.

Su formación política transcurre en la década de 1920, momento en que el ambiente ideológico colombiano vive un giro decisivo. La tradición radical liberal, herencia del siglo XIX, empezaba a ser apropiada por los nacientes grupos obreros y adaptada a sus necesidades colectivas; el Partido Liberal, presionado por esa dinámica, iba abandonando posiciones individualistas y de laissez-faire para captar el voto obrero urbano. Al mismo tiempo, los viajes a Europa —París como centro— radicalizaban a los jóvenes: allí se reunían con familiares y amigos latinoamericanos para estudiar en cafés y parques filosofía antigua y moderna, filosofía oriental y los principales filósofos del materialismo histórico. Fue el itinerario de Tomás Uribe Márquez, que partió liberal y regresó socialista, y fue el itinerario típico de una cohorte más amplia.

En Bogotá, Luis Tejada —periodista brillante de El Espectador— se hacía miembro del grupo comunista colombiano en 1923 y ensayaba en sus artículos la aplicación del marxismo a la realidad colombiana. Hacia 1924, en un congreso socialista, la izquierda organizada orientaba su perfil hacia el internacionalismo leninista y solicitaba membresía en la Tercera Internacional; en 1925, la Confederación Obrera Nacional se afiliaba a la Internacional Sindical Roja. Simultáneamente, las doctrinas apristas de Víctor Raúl Haya de la Torre seducían a la juventud liberal y progresista por su antiimperialismo y su vocación continental. En 1926 se fundaba el Partido Socialista Revolucionario, que simpatizó con la Internacional Comunista pero rechazó adherirse al modelo leninista de organización partidista: prefería el gran partido de masas antes que la minoría de cuadros.

En ese magma se educa Molina. La distinción entre socialismo y comunismo no era entonces de principios sino de procedimiento: los comunistas creían llegado el momento de tomar el poder por la fuerza; los socialistas sostenían que aún no se había alcanzado el grado de evolución necesario. Molina se situó siempre del segundo lado —el gradualista, el humanista, el democrático— y nunca cambió de orilla.

La trayectoria: la República Liberal como escenario formativo

El año de 1930 abre en Colombia el ciclo político que la historiografía llama República Liberal y que se extenderá hasta 1946. La caída de la Hegemonía Conservadora, vigente desde 1886, cambió las reglas del juego: por primera vez en más de cuatro décadas el Estado colombiano quedaba en manos de un partido dispuesto —bajo presión de las clases medias urbanas, del sindicalismo naciente y de una intelectualidad radicalizada— a modificar la relación entre el poder público y los sectores populares. Ese fue el escenario en que Molina hizo su carrera política e intelectual.

El Partido Liberal en el que Molina milita no era monolítico. Alineado con las aspiraciones de la clase media urbana y de la clase obrera, incorporaba en sus filas facciones contradictorias: junto a los reformistas convivían las facciones terratenientes, y las alianzas tácticas dentro del partido generaban tensiones permanentes. La táctica dominante, hacia los sectores populares, fue la cooptación: asesorías legales a sindicatos y movimientos campesinos, reglamentación de los sindicatos en 1931, sindicalización agenciada desde el propio Estado. El liberalismo aprendía a hablar el idioma de la cuestión social sin ceder el mando.

El primer gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) marcó el punto álgido de ese proyecto. La Revolución en Marcha introdujo cambios efectivos —la reforma laboral de 1936 reconoció y reglamentó la actividad sindical, se emprendió una reforma agraria que apuntaba al latifundio improductivo, se reformó la Constitución— sin que ello significara la derrota de la facción terrateniente dentro del propio partido. Las reformas operaron dentro de límites que preservaron los intereses establecidos. Nació entonces la Central de Trabajadores de Colombia (CTC), y el gobierno ejerció una atracción magnética sobre los trabajadores y sus organizaciones.

En este ambiente, la Universidad Nacional se convirtió en pieza estratégica del proyecto lopista. Se construyó la Ciudad Universitaria —un campus espacioso concebido para los desarrollos futuros de la institución—, se abrieron las puertas a las mujeres, se reconoció injerencia estudiantil en los cuerpos de dirección de los distintos estamentos. Todo ello contra fuertes resistencias: el periódico El Siglo y los detractores conservadores acusaron a López de buscar lucros personales con la Ciudad Universitaria. La educación era terreno de guerra. Durante la Hegemonía Conservadora, la instrucción pública se había organizado conforme al Concordato de 1887, que ordenaba dirigir la enseñanza según los dogmas y la moral de la Religión Católica; en 1921, el Ministerio de Instrucción Pública había repartido a los escolares colombianos 19.899 catecismos del padre Astete. Modernizar la universidad significaba, literalmente, disputar el alma del país.

Fue en esa Universidad Nacional en transformación donde Molina hizo carrera como jurista y profesor, y donde décadas después llegaría a la rectoría. La institución no fue para él un cargo administrativo entre otros: fue la base material de su proyecto intelectual y político. Toda su trayectoria posterior se explica mejor si se recuerda que la universidad pública moderna colombiana es hija de la República Liberal, y que Molina fue uno de los hombres que hizo suya esa herencia.

El gobierno de Eduardo Santos (1938-1942) marcó una "pausa" a la Revolución en Marcha: postura menos reformista, mediación menos audaz con los movimientos sociales, freno a los intentos de redistribuir tierras de hacendados. Fue en ese gobierno cuando Jorge Eliécer Gaitán —figura con la que Molina compartiría siempre parte del horizonte político sin confundirse con él— fue nombrado ministro de Educación en 1939. El segundo mandato de López Pumarejo (1942-1945) profundizó el giro conservador dentro del liberalismo: la Ley 100 de 1944 expresó un cambio a favor de los grandes propietarios al ampliar el tiempo dado a los latifundios para poner a producir la tierra improductiva, y dio impulso al escalamiento de los conflictos agrarios. Las políticas reformistas de la República Liberal fueron, en gran medida, concesiones toleradas por elementos de la clase dominante mientras el movimiento laboral amenazó su posición; canalizado hacia la cooperación con el Estado y el Partido Liberal, ese movimiento vio abandonadas las políticas que lo habían acompañado.

Molina atravesó ese arco entero: de la promesa de 1934 a la desilusión de 1944-1946. Su lugar dentro del liberalismo fue el de la izquierda del partido, y de allí su tránsito hacia posiciones más nítidamente socialistas fue gradual, argumentado, sin ruptura estridente. Como Gaitán —reformista y no revolucionario desde temprano, identificado con el socialismo y contrario a las tácticas comunistas—, prefirió la vía de la persuasión doctrinaria sobre la del cuadro clandestino. Y como Antonio García, cuya obra dialogaría durante décadas con la suya, buscó un pensamiento económico y político que se pareciera a Colombia antes que a los manuales importados.

La trayectoria: ruptura, Frente Nacional, candidaturas

En 1946, la división del liberalismo entre Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán entregó la presidencia al conservador Mariano Ospina Pérez. Se cerró el ciclo abierto en 1930. El asesinato de Gaitán el 9 de abril de 1948 —el Bogotazo, la barbarie en el centro de Bogotá, en palabras que reprodujeron entonces los diarios— reabrió el debate sobre la cultura colombiana entera: dirigentes conservadores, liberales y la Iglesia católica volcaron sobre el país explicaciones cruzadas de la catástrofe. El sectarismo partidista, ya creciente durante los años cuarenta, se agudizó. En 1949, el cierre del Congreso por orden del ejecutivo puso fin al entendimiento mínimo entre los partidos tradicionales.

Para la generación de Molina, la ruptura de 1946-1948 fue decisiva. La República Liberal, en su alcance limitado, había sido el marco de posibilidad de un socialismo democrático que dialogaba con el poder desde dentro y desde la universidad. La Violencia bipartidista, la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957) y luego el Frente Nacional cerraron ese marco.

El Frente Nacional, pactado mediante plebiscito el 1 de diciembre de 1957, estableció que las curules en corporaciones públicas, los cargos ministeriales y la administración pública se repartirían por mitades iguales entre liberales y conservadores, con alternancia presidencial. El espacio institucional para la oposición quedó severamente restringido: la totalidad de cargos públicos se reservaba a los dos partidos tradicionales, y la competencia interpartidista se reducía al mínimo. Para una izquierda que —salvo el Partido Comunista, único sobreviviente entre las fuerzas alternativas de los años treinta— nunca había logrado alterar el monopolio bipartidista sobre la opinión pública, el Frente Nacional supuso un cierre casi total.

En ese escenario, el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), liderado por Alfonso López Michelsen —hijo del expresidente de la Revolución en Marcha—, funcionó durante los años sesenta como principal canal de expresión de la izquierda electoral. Molina participó de esa gravitación. Cuando Juan de la Cruz Varela, veterano dirigente agrario, llegó al Senado en una lista del MRL, hizo evidente que las banderas de la reforma agraria y del reformismo social podían todavía moverse por las rendijas del sistema. Pero el MRL fue coyuntural: López Michelsen terminó como presidente de la República entre 1974 y 1978, reabsorbido por el liberalismo oficial.

Molina hizo entonces su propio camino. Fue senador, participó en la fundación y refundación de organizaciones socialistas y en 1982 encabezó una candidatura presidencial testimonial por el Frente Democrático, alianza de izquierdas que reunió esfuerzos dispersos en un intento por darle a esa tradición un rostro electoral nacional. En Apartadó, en las elecciones de concejo de ese año, el Frente Democrático obtuvo el 20% del voto y el MOIR el 9%: la izquierda había alcanzado en algunas zonas del país una masa crítica del electorado. Pero el poder real seguía en otra parte: el ejecutivo municipal era designado por el gobernador y era casi invariablemente un liberal guerrista, facción que representaba a los terratenientes bananeros y controlaba cerca del 64% del voto en el concejo. La lección era vieja y Molina la había visto de cerca desde los años treinta: la izquierda podía crecer en votos y no crecer en poder.

Su candidatura de 1982 fue, en ese sentido, un acto de resistencia intelectual antes que una apuesta táctica. A los 76 años, con dos obras mayores publicadas y una vida de magisterio a cuestas, Molina prestaba su nombre para reafirmar que existía en Colombia una tradición socialista democrática, con historia y con derecho de ciudadanía. Volvió a hacerlo en años siguientes, en ejercicios similares. La violencia posterior contra la Unión Patriótica, y la degradación del conflicto armado durante los años ochenta, mostraron con crudeza que el espacio de esa izquierda ilustrada, no armada y no clandestina, se estrechaba desde ambos flancos.

La red

Ninguna trayectoria intelectual se sostiene sola. La de Molina se teje con figuras precisas, y esa red explica su obra tanto como sus libros.

La afinidad con Alfonso López Pumarejo pasa por la creencia común en la universidad pública como palanca de modernización y en la reforma social como método antes que como retórica. Molina fue, dentro del liberalismo, uno de los guardianes de la memoria de la Revolución en Marcha; cuando escribió sobre las ideas liberales en Colombia, la etapa lopista quedó como uno de los momentos altos del relato. La cercanía con Jorge Eliécer Gaitán fue de otro orden: los dos rechazaban el comunismo, los dos abrazaban un socialismo reformista, los dos desconfiaban del cuadro clandestino. Pero Gaitán llevó su versión hacia el movimiento de masas y Molina la llevó hacia la cátedra y el libro. Junto con el Grupo de los Nuevos y los ensayos de fundación reiterada de un partido socialista, formaron parte de una constelación que aspiró, sin conseguirlo del todo, a romper el monopolio bipartidista.

Con Antonio García Nossa —economista heterodoxo, teórico del subdesarrollo latinoamericano, dirigente socialista— compartió la convicción de que Colombia necesitaba un pensamiento propio, ni copiado del marxismo soviético ni prestado del reformismo norteamericano. La tríada que la memoria intelectual colombiana traza entre Molina, García y Camilo Torres Restrepo tiene ahí su fundamento: los tres representan variantes de un socialismo pensado desde la universidad. Con Camilo la relación es más compleja, porque el sacerdote optó por la guerrilla y murió en combate en 1966 mientras Molina permanecía fiel al camino electoral y a la argumentación pública. La memoria colombiana los sitúa, sin embargo, en la misma familia amplia: sus preguntas se parecían más de lo que sus respuestas dejan ver.

Diego Montaña Cuéllar prolongó esa hermandad en el terreno militante: ambos representaron durante décadas la izquierda ilustrada dentro del sistema, y ambos hicieron de la Universidad Nacional su territorio de trabajo. Detrás quedaba el linaje de los ensayistas mayores del liberalismo cultivado: Baldomero Sanín Cano, patriarca del ensayo colombiano, con quien Molina compartió el gusto por la erudición europea puesta al servicio de una comprensión del país; Germán Arciniegas, con quien coincidió en la vocación historiográfica; Jorge Zalamea, con quien tuvo en común la sensibilidad literaria y política de una generación formada leyendo a la vez a Marx y a los clásicos. Con Alberto Lleras Camargo y Carlos Lleras Restrepo hubo cercanías generacionales que nunca cristalizaron en identidad política, porque los Lleras representaban precisamente la vía liberal moderada que Molina fue dejando atrás.

La relación con Orlando Fals Borda fue de maestro a discípulo intelectual: fue Molina quien lo matriculó como socialista humanista al consignarlo así en su libro clásico. Ese gesto —el historiador que reparte lugares en la tradición— define quizás mejor que cualquier cargo la clase de autoridad que había construido.

Los lugares tienen también su peso. El Difícil, pueblo del Magdalena, quedó como origen. Bogotá fue su ciudad de destino y de trabajo. Bruselas y París, escalas europeas de formación en las que la generación colombiana de los años veinte y treinta aprendió a leer a los filósofos del materialismo histórico. La Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional, en fin, fue mucho más que un lugar: fue la base institucional de todo lo demás.

La huella

Las dos obras mayores de Molina —Las ideas liberales en Colombia, cuyo primer volumen (1849-1914) apareció en Bogotá en 1970 con segunda edición en 1971, y cuyo segundo volumen (1914-1934) se publicó en 1974; y Las ideas socialistas en Colombia— constituyen el aporte historiográfico duradero. No son textos de circunstancia. Son la primera gran síntesis del pensamiento político colombiano moderno escrita desde adentro de las tradiciones que analiza. Un liberal escribió sobre el liberalismo; un socialista, sobre el socialismo. Y en ambos casos el autor era el mismo, porque para Molina las dos tradiciones eran continuas: el socialismo democrático colombiano nacía del liberalismo radical decimonónico, y solo se entendía a sí mismo si reconstruía esa filiación.

La frase sobre el anti-socialismo previo al socialismo —Colombia como el país donde la reacción contra las ideas socialistas se organizó antes que las propias ideas socialistas— sintetiza la paradoja fundamental de la historia política nacional según Molina: la izquierda colombiana no ha peleado tanto contra la realidad como contra el fantasma que otros construyeron antes de que ella existiera. Esa idea, formulada con la sequedad del historiador, es una de las intuiciones más productivas legadas al pensamiento político colombiano.

La recepción de la obra fue amplia. En los estudios sobre historia obrera y social, sobre historia económica y política de largo aliento, sobre la política colombiana leída desde el exterior, sobre la Revolución en Marcha, Molina aparece como referencia obligada. Su libro sobre las ideas socialistas ha seguido usándose como fuente para citas textuales directas sobre el pensamiento político colombiano del siglo XX: no es solo bibliografía de fondo, es autoridad citable.

Pero la huella no se agota en los libros. Como rector de la Universidad Nacional y como profesor durante décadas, Molina modeló generaciones de juristas, sociólogos, historiadores y economistas. Su magisterio se ejerció menos por escuela formal que por presencia continuada: fue durante mucho tiempo la figura tutelar de la izquierda universitaria colombiana, el hombre al que se acudía para saber en qué tradición se estaba parado.

Queda la pregunta incómoda: ¿qué transformación política efectiva produjo esa obra? La respuesta honesta reconoce el límite. Ninguna de las fuerzas alternativas al bipartidismo con las que Molina se identificó logró romper el monopolio liberal-conservador sobre el poder real. El Frente Nacional selló durante dieciséis años el sistema; la izquierda armada, con la que Molina no comulgó, ocupó el vacío por otra vía y pagó su propio precio; el Frente Democrático de 1982 y sus sucesores no lograron cristalizar como fuerza electoral duradera. La influencia de Molina se midió menos en votos que en libros, menos en escaños que en discípulos, menos en gobierno que en tradición.

Esa marginalidad no fue, sin embargo, fracaso. Fue la forma que en Colombia adoptó una izquierda ilustrada que rehusó la clandestinidad y rehusó también la cooptación. Al escribir la historia de las ideas liberales y socialistas del país, al matricular a Fals Borda en una tradición explícita, al prestar su nombre a candidaturas testimoniales cuando ya nadie esperaba de ellas milagros electorales, Molina hizo lo que un intelectual público puede hacer en un país que le niega el poder: dejar el pensamiento organizado, fechado, con nombres, para que la generación siguiente sepa de dónde viene. Murió en Bogotá en 1991, el año en que se promulgaba una nueva Constitución cuya apertura política era en parte deuda con las tradiciones democráticas que hombres como él habían mantenido vivas contra la corriente.

La izquierda colombiana posterior, incluso la que en nada se parece al socialismo humanista, sigue leyéndolo. Ese es el efecto verificable de una obra: que el adversario intelectual no pueda ignorarla y el heredero deba, quiera o no, situarse frente a ella.