Historiografía y ciencia nacional en Nueva Granada (1845–1862)
Entre 1845 y 1862, Nueva Granada vivió el nacimiento de su historiografía y ciencia nacionales: Joaquín Acosta sintetizó las crónicas coloniales, la Comisión Corográfica cartografió el territorio bajo la dirección de Agustín Codazzi, José Jerónimo Triana catalogó la flora, y José Manuel Groot fundó la historiografía conservadora, todo ello en medio de una disputa política entre liberales y conservadores sobre el pasado y el modelo de Estado.
- La disolución de la Gran Colombia en 1830 y la muerte de Bolívar dejaron a las élites republicanas sin un relato compartido del pasado ni un conocimiento articulado del territorio, creando un vacío estructural que urgía llenar para consolidar la identidad nacional.
- Las reformas liberales impulsadas por el gobierno de José Hilario López desde 1849 —descentralización, laicismo, abolición de monopolios— exigían conocer con precisión el territorio sobre el que se legislaba, convirtiendo la geografía y la historia en instrumentos políticos indispensables.
- La obra de la Expedición Botánica de Mutis había quedado truncada por la reconquista española y pesaba como referente nostálgico e inconcluso, estimulando empresas científicas que pretendían continuarla.
- La disputa entre liberales y conservadores sobre el modelo de Estado —centralismo frente a federalismo, papel de la Iglesia— impulsó a intelectuales de ambos bandos a construir relatos históricos que legitimaran sus proyectos políticos en curso.
- El Compendio histórico de Acosta (1848) se constituyó en la primera síntesis de las crónicas coloniales sobre la historia antigua de Nueva Granada, fijando para generaciones posteriores la forma de narrar el pasado prehispánico y de la conquista.
- La Comisión Corográfica produjo, por primera vez con criterio moderno, un cuerpo de mapas provinciales, acuarelas, descripciones estadísticas y crónicas de viaje que hizo pensable el territorio nacional como conjunto, aunque dejó un enorme silencio cartográfico sobre la región amazónica y llanera.
- La Historia eclesiástica y civil de Groot se convirtió en el texto de referencia de la historiografía conservadora y contribuyó a legitimar proyectos políticos orientados a reconstituir un Estado central fuerte y los vínculos con la Iglesia.
- La Memoria de Florentino Vezga (1860) inauguró la historia de la ciencia en Colombia, y la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos estableció una continuidad metodológica con la Comisión Corográfica en el estudio de las prácticas médicas tradicionales.
- La disputa historiográfica entre liberales y conservadores estructuró los términos del debate político sobre la formación del Estado nacional colombiano durante décadas, prefigurando los conflictos que desembocarían en la Regeneración.
Historiografía y ciencia nacional en Nueva Granada (1845–1862)
Entre 1848, cuando apareció en París el Compendio histórico del Descubrimiento y Colonización de la Nueva Granada en el siglo decimosexto de Joaquín Acosta, y 1859, cuando la muerte de Agustín Codazzi cerró de hecho los trabajos de la Comisión Corográfica, se levantó en Nueva Granada la primera capa densa de escritura del pasado y del territorio nacionales. No fue producción de gabinete. Acosta cruzaba el Atlántico con documentos, Codazzi cargaba instrumentos por los caminos del Socorro y Túquerres, José Jerónimo Triana prensaba plantas, José Manuel Groot escribía desde la ortodoxia católica una historia eclesiástica para responder a la que los liberales estaban armando. Esa capa —historiográfica, cartográfica, botánica, editorial— hizo pensable, por primera vez con criterio moderno, la pregunta de qué era y de dónde venía el país que había quedado tras la disolución de la Gran Colombia. Fue obra erudita y proyecto político a la vez. Una república que aún no terminaba de hacerse necesitaba, para existir, un pasado sintetizado y un territorio conocible.
La Nueva Granada de mediados de siglo era una entidad joven, fragmentada y de memoria discontinua. La disolución de la Gran Colombia en 1830 y la muerte de Bolívar habían dejado a las élites republicanas ante un problema doble: no había relato compartido del pasado —los cronistas coloniales seguían dispersos y sin síntesis— ni conocimiento articulado del territorio. Caldas y Restrepo habían dibujado mapas y publicado ensayos geográficos en el Semanario de 1809, y la Expedición Botánica de Mutis pesaba como referente nostálgico, pero su obra había sido truncada por la reconquista española y quedaba más como promesa incumplida que como base operativa.
La geografía era, de las ciencias, la más cultivada, quizá porque respondía a la urgencia más obvia: sin mapa no hay soberanía. La historia, allí donde existía, era todavía crónica dispersa o memoria de próceres. El vacío era doble y estructural. Las reformas liberales que impulsaba el gobierno de José Hilario López, elegido presidente el 7 de marzo de 1849 para el período 1848–1853, con Manuel Murillo Toro en la Secretaría de Hacienda, movilizaban una idea de país —descentralizado, laico, libre de monopolios como el del tabaco— que exigía saber sobre qué se legislaba. La pregunta política y la pregunta erudita coincidían: ¿qué es esto que llamamos Nueva Granada?
Joaquín Acosta (Bogotá, 1800 – 1852) fue el primero que respondió con una obra de escala. Militar, científico y diplomático, había recorrido Europa recogiendo documentos en archivos y bibliotecas de amigos, y en un primer momento intentó que fuera el norteamericano William Prescott —el autoritativo historiador de la conquista de México y Perú— quien escribiera la historia de la Nueva Granada. Le ofreció materiales, informes y contactos. Prescott declinó con cortesía. Acosta asumió entonces la tarea él mismo.
El resultado fueron las Consideraciones sobre la historia del descubrimiento de la Nueva Granada de 1846, que ya describían las culturas precolombinas, y sobre todo el Compendio histórico publicado en París en 1848: la primera síntesis de las crónicas coloniales sobre la historia antigua del país. Acosta no descubría documentos nuevos —trabajaba con los cronistas de siempre, de Fernández de Oviedo a Fray Pedro Simón y Piedrahíta—, pero los ordenaba, los cotejaba y los presentaba en un aparato moderno. Empleó un método comparativo: donde dos crónicas discrepaban, procuraba separar lo verosímil de lo inexacto. Nada de eso se había hecho antes con los orígenes de la Nueva Granada, y ese trabajo silencioso de cotejo fijó, para las generaciones siguientes, la forma misma en que podía contarse el pasado prehispánico y de la conquista.
El Compendio fue también, y sin disimulo, un texto propagandístico. Acosta destacaba las condiciones geográficas favorables de la Nueva Granada y elogiaba el espíritu liberal y pacífico de su sociedad; escribía en francés y en París pensando en capitales e inmigrantes europeos. La historia era, para él, tarjeta de presentación. En paralelo publicó en 1847 un nuevo Mapa de la República de Nueva Granada, dedicado al barón de Humboldt —dedicatoria estratégica, pues Humboldt seguía siendo la autoridad cosmopolita sobre la América ecuatorial—, y acompañó el Compendio de 1848 con otro mapa del país. En su síntesis, los pueblos indígenas prehispánicos —los muiscas en particular— entraban por primera vez en un relato ordenado con pretensión científica, aunque la operación arrastraba prejuicios heredados de los propios cronistas que Acosta comparaba.
Acosta murió en 1852, sin ver consolidarse el ciclo que había abierto. Su obra fue, en la primera mitad del siglo XIX, el intento más esforzado por dar a conocer Colombia al mundo y por dársela a conocer a sí misma. En 1848, en paralelo a la aparición del Compendio, comenzaron las gestiones que darían lugar a la Comisión Corográfica; los dos empeños —el pasado sintetizado y el territorio cartografiado— arrancaban a la vez.
En 1850, treinta años después de Boyacá, el gobierno de la Nueva Granada contrató al coronel-ingeniero italiano Agustín Codazzi (1792–1859) para dirigir una Comisión Corográfica cuyo objetivo era levantar el mapa general de la República y estudiar sus provincias. Codazzi, veterano del ejército venezolano de la independencia y ya experimentado en la geografía de Venezuela, llegó con un equipo que reunía cualidades poco frecuentes: rigor técnico, ojo etnográfico y sensibilidad artística.
La Comisión fue una empresa estatal explícita, con tres dimensiones simultáneas. La política respondía a la urgencia de reconstruir una identidad territorial tras la fragmentación heredada de la Colonia y agravada por la disolución grancolombiana. La científica proponía levantar por primera vez con criterio moderno los mapas provinciales, describir suelos, climas, poblaciones, recursos. La artística incluyó desde el comienzo la producción visual: acuarelas de paisajes, tipos humanos, escenas de trabajo y de mercado.
El carácter de la empresa lo definió el equipo que acompañó a Codazzi. El cronista de las primeras jornadas fue Manuel Ancízar (1812–1882), letrado liberal y autor de la Peregrinación de Alpha, que registra el viaje por las provincias del norte. El pincel lo puso Manuel María Paz (1820–1902): suya es, entre otras, la acuarela de los volcanes de Cumbal y Chiles pintada en la provincia de Túquerres en 1853, pieza del Álbum de la Comisión Corográfica. La botánica quedó en manos de José Jerónimo Triana (1826–1890). Santiago Pérez recorrió el Chocó, Buenaventura, Túquerres y Pasto, y publicó en 1853 sus Apuntes de Viaje en El Neogranadino y El Tiempo de Bogotá. Manuel Ponce de León y Felipe Pérez completaron el círculo.
La Comisión recorrió buena parte del territorio nacional tal como estipulaban los contratos —las provincias andinas y las costas, con particular densidad en Vélez, Soto, Socorro, Popayán, Antioquia y Chocó—, pero dejó fuera de una exploración intensiva la extensa zona del Caquetá, que hoy corresponde al Amazonas, Vaupés, Guainía, Vichada, Putumayo, Arauca y buena parte del Caquetá, una extensión "casi equivalente al resto de la República". Esa exclusión no fue accidente. Fue el límite estructural del proyecto. El Estado que patrocinaba la mirada científica producía, con el mismo gesto, un enorme silencio cartográfico: la república se conocía a sí misma en la porción andina y dejaba fuera la mitad selvática y llanera, prolongando dentro del nuevo aparato republicano la geografía política de la Colonia.
La Comisión trabajó bajo el gobierno de López y continuó, con dificultades presupuestales y políticas, en los años siguientes. Sus materiales fueron redesplegados para encajar en la transformación constitucional-territorial que iba llevando al país hacia el federalismo, y su difusión se enredó con los debates sobre sufragio universal masculino y sobre la reorganización de los estados. Codazzi murió en 1859 en la costa Caribe, sin completar la publicación integral de la obra; su archivo tardaría décadas en editarse. Para 1862 el país tenía, por primera vez, un cuerpo de mapas, acuarelas, descripciones estadísticas y crónicas de viaje que lo hacían pensable como conjunto.
De todos los textos derivados de la Comisión, la Peregrinación de Alpha de Manuel Ancízar es el más peculiar. Nacido en 1812 y muerto en 1882, Ancízar fue una figura completa del liberalismo letrado —periodista, diplomático, rector—, y en su relato de las provincias del norte inauguró un tono nuevo en la escritura neogranadina. La Peregrinación está catalogada oficialmente como texto de viajes, y ese género importa: no es tratado científico ni informe burocrático, aunque cumple funciones de ambos. Lo distintivo del texto está en la mezcla. Ancízar inventaría recursos naturales con vocación desarrollista —dice qué se puede sembrar, qué se puede extraer, por dónde debe correr el camino— y al mismo tiempo escribe el paisaje con densidad estética. Los valores sensoriales y poéticos acompañan al potencial material; la descripción no es puramente utilitaria. Esa doble clave —la del inspector y la del contemplador— define un modo de escribir el territorio que tendrá largo eco en la prosa colombiana. La Peregrinación fue leída también en clave política. El Partido Conservador respondió al texto, y no era para menos: Ancízar era liberal notorio, escribía bajo patrocinio del gobierno liberal, y su relato del país no era neutral. La obra fue reeditada en 2016 por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional dentro de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, en la serie Viajes.
Mientras Acosta compilaba el pasado colonial en clave ilustrada y la Comisión levantaba el mapa liberal del territorio, José Manuel Groot (1800–1878) preparaba desde el otro flanco la respuesta más ambiciosa del siglo. Su Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada se convirtió en una de las obras históricas más prominentes del XIX colombiano y en el texto de referencia de la historiografía conservadora.
La motivación de Groot fue, al menos en parte, apologética: escribió para defender a la Iglesia de lo que consideraba imposturas de los historiadores liberales, impulsado por un fervor católico que atraviesa toda la obra. La conquista y la Colonia aparecen, bajo su pluma, no como oscuridad de la que la República vino a liberar al país, sino como periodo de fundación institucional, orden y estabilidad. Groot contrastó explícitamente ese orden colonial con los desórdenes, desobediencias y rebeldías de la vida republicana, y dejó abierta —a veces sin disimulo— la pregunta de si la Independencia había llegado en el momento adecuado.
Su tratamiento de los indígenas revela las contradicciones internas del conservadurismo del período. Groot describió a los pueblos originarios con rasgos negativos —hablaba de su "imbecilidad", de su "terquedad"— que habrían facilitado la conquista española. Pero, a diferencia de la línea liberal dominante, concluía que los indígenas merecían protección, en continuidad con la tradición legal colonial. Era una posición paternalista, pero funcionalmente contraria a la política liberal de disolución de resguardos y de asimilación jurídica.
La obra de Groot no fue un ejercicio erudito aislado. Formaba parte de una corriente historiográfica que buscaba revalorizar las instituciones coloniales y el papel de la religión como garantes del orden, y que contribuiría a legitimar proyectos políticos orientados a reconstituir un Estado central fuerte y los vínculos con la Iglesia. La disputa historiográfica del período tuvo así una densidad política inmediata: no se discutía sobre Jiménez de Quesada o sobre la Audiencia como quien resuelve una curiosidad de anticuario, sino como quien decide qué modelo de Estado edificar.
En el flanco liberal, José María Samper firmó en 1861 su Ensayo sobre las revoluciones políticas, texto que condensó buena parte del argumento crítico del período. Samper caracterizó al Estado español colonial —y a la Iglesia asociada a él— como centralista, monopólico, fiscalista, intervencionista y omnipresente. La colonia aparecía, en su lectura, como un aparato de captura fiscal y control ideológico del que la Independencia había sido la ruptura necesaria y todavía inconclusa. Samper no escribía solo. Junto a su hermano Miguel Samper, junto a Manuel Ancízar y a Salvador Camacho Roldán, componía una tendencia ensayística que analizaba los problemas de la sociedad, la cultura, el progreso, el atraso y el desorden desde categorías modernizadoras. Estos autores no producían crónicas al estilo de Groot, sino ensayos: intervenciones argumentativas sobre el estado del país, con el pasado colonial como blanco recurrente y el proyecto liberal como horizonte.
La lógica de la disputa era simétrica y opuesta. Los conservadores rescataban la herencia colonial para fundamentar la reconstitución del orden; los liberales construían una visión crítica de ese mismo pasado para legitimar la transformación. Los temas en pugna eran los mismos: centralismo frente a federalismo, papel de la Iglesia, modelos administrativos. Varios de los protagonistas de la disputa historiográfica participaban directamente en la política activa, de modo que sus interpretaciones del pasado funcionaban como instrumentos de legitimación de proyectos en curso. La historia se escribía, literalmente, desde el Congreso y desde las Secretarías.
José Jerónimo Triana (1826–1890) fue quien puso a la naturaleza granadina en la conversación científica europea. Miembro de la Comisión Corográfica desde muy joven, botánico autodidacta y luego reconocido, Triana recolectó, clasificó y describió una porción central de la flora del país. Su trabajo continuó, con instrumentos modernos, la obra que Mutis y sus discípulos habían dejado interrumpida medio siglo antes.
La botánica no era, en la Nueva Granada del siglo XIX, una disciplina cualquiera. Desde la Expedición Botánica se había convertido en una práctica de referencia, casi una costumbre nacional: el mismo Groot —del bando conservador— pintó una acuarela de Francisco Javier Matis, colaborador sobreviviente de la Expedición, junto al doctor Céspedes, un cuadro de costumbres donde la botánica aparece integrada al paisaje cultural de mediados de siglo. Colombia vivía de la nostalgia por la Expedición Botánica, y diversas empresas del siglo XIX pretendieron continuarla. La Comisión Corográfica fue una de ellas; Triana, su encarnación más directa.
En paralelo, y casi simultáneamente a la Comisión, se creó la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos. Su boletín, titulado Contribuciones de Colombia a las ciencias y a las artes, publicó dos números en 1860 y 1861. En el número de 1860 apareció la Memoria sobre la historia del estudio de la botánica en la Nueva Granada de Florentino Vezga, primera obra sobre historia de la ciencia escrita en Colombia. La Memoria tenía dos partes. La primera, dedicada a la "Botánica indígena", se proponía rescatar los conocimientos terapéuticos de los indios y atraer hacia ellos la atención de los científicos: una operación de recuperación de saberes que anticipaba, con vocabulario decimonónico, preocupaciones muy posteriores. La segunda parte se centró en la Expedición Botánica y funcionaba como acta de identificación del núcleo científico neogranadino: aquí estamos, esto venimos haciendo, esta es nuestra genealogía. Vezga aplicaba, a las prácticas médicas tradicionales, el mismo criterio de indagación que había orientado la Comisión Corográfica, y establecía así una continuidad metodológica entre las dos empresas. La breve existencia de la Sociedad —dos números y punto— no debe engañar. Su aparición marca el momento en que la ciencia neogranadina intenta darse forma institucional propia, distinta del Estado patrocinador y de las cátedras universitarias.
Junto a la historiografía y a las ciencias naturales, un tercer frente se abrió en el mismo período: la recuperación erudita del patrimonio nacional. Ezequiel Uricoechea —figura del círculo bogotano formada en Europa— publicó en París en 1854 sus Antigüedades neogranadinas, uno de los primeros intentos modernos de estudiar los pueblos indígenas prehispánicos desde una óptica arqueológica y anticuaria. En 1860 proyectó una mapoteca colombiana y trabajó en una colección filológica sobre lenguas aborígenes que anticipaba la lingüística americana posterior.
Uricoechea no trabajaba solo. En torno a la revista El Mosaico —cuya primera entrega es del 24 de diciembre de 1858 y que se extendió hasta 1872— se articuló un círculo letrado bogotano preocupado por definir una literatura y un arte de carácter nacional. Su figura central fue José María Vergara y Vergara, muerto en 1872, director de la revista y bibliógrafo pionero. Vergara fue publicando en El Mosaico avances de un trabajo bibliográfico sistemático que culminaría en 1868 con su Historia de la literatura en la Nueva Granada, construida sobre el patrimonio bibliográfico que había venido recuperando durante años. La operación era la misma que Acosta había hecho con las crónicas de la conquista y que Vezga hacía con la ciencia: reunir la dispersión, ordenar el pasado, dotar al país de una genealogía escrita.
El tercer nombre del núcleo bibliográfico fue José María Quijano Otero (1836–1883), poseedor de la mayor colección de libros antiguos entre los tres y autor de un Compendio de historia patria para uso de escuelas primarias que aparecería en 1874. El paso de la erudición bibliográfica al manual escolar cierra el círculo: lo que se recuperaba en archivos de París y en librerías de viejo se convertía, una generación después, en la historia que aprenderían los niños de la escuela primaria.
La convergencia de tantos empeños en menos de dos décadas tuvo raíces hondas. La república fracturada no podía darse por hecha. La Nueva Granada heredó de la Colonia una fragmentación regional profunda —costas apartadas, provincias andinas de comunicación difícil, tierras bajas apenas exploradas— que las guerras de independencia y la disolución grancolombiana habían acentuado. Sin conocimiento del territorio no había administración posible; sin relato del pasado no había legitimidad compartida. La escritura del país era precondición del país.
A esa condición estructural se sumó el proyecto reformador liberal. El gobierno de José Hilario López, con Murillo Toro en Hacienda, concretó a partir de 1849 una batería de reformas —supresión del monopolio del tabaco entre ellas— que exigían saber sobre qué se legislaba: cuáles eran los recursos, dónde vivían los contribuyentes, qué se producía y qué se podía producir. La Comisión Corográfica fue un instrumento del Estado liberal, y no puede leerse fuera del ciclo de reformas del que forma parte. Pero incluso el flanco conservador —el de Groot, el de la revalorización eclesiástica de la Colonia— se movió en la misma lógica: si la Independencia había desordenado el país, había que reconstruir el orden, y para ello había que documentar qué orden se estaba perdiendo.
Menos visible pero decisiva fue la existencia de redes atlánticas de intelectuales. Acosta viajaba a París y negociaba con Prescott; Codazzi era italiano contratado desde Venezuela; Uricoechea publicaba en París y traía proyectos de Europa; los libros se imprimían en Francia y circulaban por Bogotá. La producción científica e historiográfica neogranadina no fue autárquica: fue el resultado de una operación de traducción entre el archivo europeo, los estándares científicos internacionales y las urgencias políticas locales. Sin esas redes personales —a menudo previas al patrocinio estatal—, ni el Compendio ni las Antigüedades ni buena parte de la cartografía habrían existido.
Los efectos inmediatos del ciclo 1845–1862 se dejaron tocar. El país contó, por primera vez, con una síntesis moderna de su historia colonial en el Compendio de Acosta; con un cuerpo cartográfico y descriptivo del territorio andino levantado por la Comisión Corográfica; con la historia eclesiástica de referencia que fijó Groot; con la primera memoria de la historia de la ciencia, la de Vezga; con un núcleo bibliográfico ordenado por Vergara, Uricoechea y Quijano Otero; y con la infraestructura de sociabilidad —revistas, sociedades, boletines— que permitiría que la conversación intelectual continuara después de sus fundadores.
Los efectos de largo plazo fueron más ambivalentes. La historiografía conservadora encabezada por Groot alimentó el imaginario que legitimaría, décadas después, proyectos de reconstitución del Estado central y de reanudación de los lazos con la Iglesia. La liberal, por su parte, dejó instalada la crítica del legado colonial como argumento perenne de la modernización. Ambas líneas, en tensión, siguieron organizando el debate histórico colombiano hasta bien entrado el siglo XX. Y hubo, sobre todo, silencios. El más elocuente es cartográfico: la exclusión de la mitad selvática y llanera del país de la exploración intensiva de la Comisión. El Estado que se hacía visible en los mapas de Codazzi se hacía, con el mismo gesto, invisible sobre el Caquetá, el Vaupés, el Amazonas. Esa geografía del silencio no fue neutral: reprodujo, dentro del proyecto republicano, exclusiones —regionales, étnicas— que el discurso liberal decía superar. La nación se escribió, sí, pero se escribió desde Bogotá y sobre las provincias andinas, y ese sesgo cognitivo se transmitió como herencia. Otro silencio fue confesional: la disputa entre Groot y los liberales dejó tan polarizado el tratamiento del pasado colonial que las lecturas intermedias, matizadas, no encontraron durante mucho tiempo espacio en el canon.
Lo que se hizo entre 1845 y 1862 explica algo que suele darse por descontado: que Colombia tenga un relato de sí misma. Ese relato —con sus héroes, sus etapas, sus mapas, sus plantas nombradas en latín— no existía como conjunto antes de Acosta, Codazzi, Ancízar, Groot, Triana y Vezga. Fue construido, en menos de veinte años, por un puñado de letrados y científicos que trabajaron con recursos limitados, en un país en guerras recurrentes, y que produjeron una capa de conocimiento sobre la que se siguió edificando. Esa capa fue también instrumento de gobierno: dotó a la república de un pasado sintetizado y de un territorio conocible sin los cuales la soberanía habría sido nominal. Y arrastró desde entonces la marca de sus fracturas: la disputa liberal-conservadora sobre el legado colonial, la ceguera cartográfica sobre las tierras bajas, la centralidad bogotana en la producción del canon.