Blas de Lezo
Colonia
1689–1741
La biografía
Blas de Lezo y Olavarrieta (Pasajes, Guipúzcoa, 1689 — Cartagena de Indias, 1741) fue un marino vasco al servicio de la Corona española cuya vida pertenece de lleno al siglo XVIII europeo —a las guerras de Sucesión, a las escuadras del Mediterráneo, a las expediciones borbónicas del Pacífico— pero cuyo nombre quedó fijado en la memoria colombiana por un único episodio: la defensa de Cartagena de Indias frente a la armada del almirante Edward Vernon en 1741. Ese sitio, el mayor que sufrió el Caribe español en el siglo, se saldó con una derrota inglesa que Londres había celebrado por anticipado acuñando monedas y bautizando calles. Lezo, comandante de la plaza, murió pocos meses después sin ver los frutos políticos de la victoria. La posteridad lo convirtió en héroe monolítico; el archivo devuelve una figura más compleja: un profesional averiado por décadas de combate, integrado en un dispositivo defensivo que llevaba casi dos siglos armándose, y cuya gloria fue tanto obra suya como del virrey Sebastián de Eslava, de las murallas de Bocachica, del clima tropical y de los errores del enemigo.
Línea de vida
- 1701
Inicio de la carrera militar en la Guerra de Sucesión Española
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Adolescente, se incorpora a la marina borbónica en el contexto del conflicto desencadenado por la llegada de los Borbones al trono español, que duraría hasta los tratados de Utrecht de 1713-1714.
- 1704
Combate en Gibraltar
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Participa en las operaciones navales en aguas de Gibraltar, donde pierde la pierna izquierda. En el bando opuesto, en la escuadra inglesa, se encontraba también Edward Vernon, con quien volvería a enfrentarse treinta y siete años después en Cartagena.
- 1713
Fin de la Guerra de Sucesión y reconfiguración del escenario colonial
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El Tratado de Utrecht concede a Inglaterra el derecho de asiento —monopolio para surtir de esclavos a las Indias españolas— y un navío de abastecimientos que se convirtió en cabeza de puente del contrabando británico en el Caribe, dibujando el escenario donde Lezo pasaría sus últimos años.
- 1730
Servicio en el Pacífico y el Mediterráneo
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Entre Utrecht y su llegada a Cartagena, sirve en El Callao, en campañas norteafricanas como Orán y en escenarios italianos como Génova, acumulando experiencia en tres mares y consolidando su rango dentro de la marina borbónica en reconstrucción.
- 1741
Defensa de Cartagena de Indias frente a la armada de Vernon
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Como comandante de la plaza, dirige la defensa de Cartagena contra una flota inglesa que disponía de más de siete hombres por cada defensor español (aproximadamente 4.000). El asalto final al Castillo de San Felipe de Barajas fracasó; Vernon se retiró. Londres había acuñado monedas y bautizado calles celebrando una victoria que nunca se materializó.
- 1741
Muerte en Cartagena de Indias
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Muere pocos meses después del sitio sin recibir los honores que sus partidarios consideraban debidos, en parte porque Madrid tendió a favorecer al virrey Eslava en el reparto de méritos de la victoria.
Un marino averiado
Quienes lo conocieron y quienes lo describieron después coincidieron en la imagen: Blas de Lezo era, hacia 1741, el hombre más averiado de todas las milicias del mundo. Le faltaba una pierna, había perdido un ojo, arrastraba un brazo inutilizado. Cada mutilación era la firma de una batalla distinta en un cuerpo que había servido a los Borbones desde la adolescencia, y esa acumulación de cicatrices no era anécdota: era el currículum. En los ejércitos de la primera mitad del siglo XVIII, sobrevivir a tantos combates era ya una forma de autoridad, y Lezo la ejercía con un temperamento que sus contemporáneos leyeron a través de un estereotipo corriente: era tozudo y quisquilloso en los puntos de honor, y eso —decían— era cosa de vascos.
Detrás del marino cascado había un oficial de carrera que había ascendido en la marina borbónica cuando esa marina se rehacía desde los escombros dejados por la Guerra de Sucesión, y que llegó a Cartagena en la última década de su vida con el rango, la experiencia y la red institucional para dirigir una defensa compleja. La imagen del héroe mutilado —tan rentable para la iconografía posterior— tiende a borrar al técnico: el hombre que había pasado por Tolón, Vélez-Málaga, Gibraltar, Génova, El Callao y Orán, y que conocía por dentro las inercias del combate naval y las servidumbres logísticas de una plaza fuerte.
Pasajes, la marina francesa y las heridas fundacionales
Nació en Pasajes en 1689, en la costa guipuzcoana que había suministrado marinos a la Corona española durante siglos. Su vida militar comenzó en un momento excepcional: la Guerra de Sucesión Española estalló hacia 1701, cuando Lezo era todavía un adolescente, y no se cerraría hasta los tratados de Utrecht de 1713-1714. Ese conflicto —desencadenado por la llegada de los Borbones al trono español y por la resistencia europea a esa herencia— fue el laboratorio de su formación. Felipe V ocupó el trono madrileño bajo la tutela real de Luis XIV, que intervino de forma sostenida en la diplomacia, la política, el comercio y la maquinaria militar de su nieto; en ese engranaje franco-español se hizo Blas de Lezo.
En 1704, todavía muy joven, combatió en las aguas de Gibraltar. La coincidencia importa: en el bando opuesto, en la escuadra inglesa, estaba también entonces Edward Vernon. Los dos hombres se cruzaron sin saberlo, treinta y siete años antes de que sus carreras volvieran a encontrarse frente a las murallas de Cartagena. En Gibraltar, o en alguno de los combates de aquellos años —Vélez-Málaga, Tolón, Génova—, Lezo perdió la pierna izquierda; otras heridas vendrían después, en Barcelona, en los sitios y desembarcos que fueron marcando el mapa mediterráneo de la guerra. Ninguna de esas mutilaciones lo apartó del servicio. Al contrario: cada regreso reforzaba su posición dentro de una oficialidad que valoraba la constancia física por encima de casi cualquier otra virtud.
Cuando terminó la Guerra de Sucesión, España había perdido territorios y capacidad de controlar su comercio ultramarino. El Tratado de Utrecht concedió a Inglaterra el derecho de asiento —el monopolio para surtir de esclavos a las Indias españolas— y con él un permiso que sería decisivo para el resto del siglo: el navío de abastecimientos que acompañaba a los buques de esclavos y que se convirtió, en la práctica, en cabeza de puente del contrabando británico en el Caribe. Ese tratado dibujó el escenario donde Blas de Lezo pasaría sus últimos años: unas Indias españolas debilitadas, presionadas comercial y militarmente por una potencia que ya no aceptaba las viejas reglas del monopolio.
Del Pacífico al Mediterráneo: el oficial en reconstrucción
Entre Utrecht y su llegada a Cartagena mediaron casi tres décadas en las que la marina borbónica se rehízo con lentitud. Blas de Lezo hizo la travesía institucional junto con ella. Sirvió en el Pacífico —El Callao fue una de sus estaciones— y volvió al Mediterráneo para participar en las campañas norteafricanas y en la política de fuerza que Zenón de Somodevilla, más tarde marqués de la Ensenada, y otros ministros diseñaban desde Madrid para recomponer la presencia naval española. En Orán combatió las últimas guerras del imperio contra los turcos y los corsarios berberiscos; en Génova y otros escenarios italianos participó en la disputa por el equilibrio mediterráneo que dominó los años treinta.
De ese periodo salió con un rango sólido y con un conocimiento raro entre los oficiales de su generación: había hecho la guerra en tres mares y sabía cómo se articulaba una flota, cómo se sostenía un asedio y cómo se defendía una plaza costera. Cuando la Corona necesitó un jefe militar experimentado para el Caribe, en un momento en que la fricción con Inglaterra se acercaba a la ruptura, Blas de Lezo era el nombre disponible con las credenciales adecuadas.
La antesala: Cartagena, plaza estratégica
Cartagena de Indias no era una ciudad cualquiera. Era la plaza más importante del Nuevo Reino de Granada y una de las principales del poderío español en América. Por su puerto salía la Flota de los Galeones rumbo a La Habana y de allí a España, cargada del oro neogranadino y de la plata peruana. En su período de estabilidad, entre 1550 y 1650, esa flota había llegado a integrarse con hasta ochenta grandes barcos, en un ritmo que coincidió con el auge de los metales americanos y que enviaba desde Cádiz apenas algo más de una flota anual repartida en dos grandes rutas: una hacia Veracruz y otra hacia Cartagena, distinción operativa que dividía el tráfico atlántico en dos hemisferios comerciales.
Esa importancia había atraído a todos los depredadores del Atlántico durante casi doscientos años. Desde 1567, cuando el gobernador militar Martín de las Alas se preocupó por dotar el puerto de artillería y de una flota armada, la historia de Cartagena estuvo marcada por asaltos recurrentes de piratas y por la lenta construcción de un sistema defensivo. Francis Drake había hecho estragos en el Pacífico hispano —Valparaíso, Tarapacá, Coquimbo, Lima— y la sombra de aquellas campañas alimentó durante generaciones el temor a las escuadras inglesas. El golpe más traumático, sin embargo, había venido del lado francés: en 1697, la flota del barón de Pointis atacó la ciudad con veintiséis naves, más de cinco mil hombres y quinientos treinta y ocho cañones. La población no creía posible el asalto y se preparó con flojedad; el castillo de Bocachica cayó porque su defensor, don Sancho Jimeno, no recibió del gobernador los refuerzos indispensables; la ciudad fue saqueada y el botín ascendió a diez millones de pesos. Y como remate, los filibusteros de Du Casse —a quienes De Pointis no había querido repartir el saqueo pactado— regresaron después y volvieron a saquear lo que quedaba.
La lección de 1697 pesó sobre toda la ingeniería defensiva del siglo XVIII. La construcción del sistema completo empleó casi todo el XVII y tres cuartas partes del XVIII: se tantearon fórmulas, se desecharon otras cuando algún ataque demostraba su ineficacia, se levantaron por etapas las murallas que fueron encerrando la ciudad, se organizaron las escolleras y se decidió, ya en tiempos de guerra con los ingleses, obstruir con piedras y arena el canal de Bocagrande, que hasta entonces había sido lo suficientemente profundo para admitir a los mayores navíos. La bahía quedó reducida así a una única entrada por Bocachica, controlada por castillos que podían batir cualquier flota que intentara forzar el paso. Cuando Blas de Lezo llegó a Cartagena, encontró una plaza cuya arquitectura militar era la memoria acumulada de sus derrotas anteriores.
1741: los meses del sitio
El detonante del ataque de Vernon fue la llamada Guerra del Asiento, el conflicto en que estallaron las tensiones acumuladas desde Utrecht entre el imperio comercial británico —empeñado en ensanchar los márgenes del asiento hasta convertirlo en un contrabando patrocinado— y una España que intentaba defender los últimos resortes de su monopolio. En 1740, Vernon había obtenido en Portobelo un éxito ruidoso que en Londres se leyó como el primer capítulo de una campaña triunfal. Para 1741 preparó una operación mayor: tomar Cartagena, cortar el sistema de flotas y abrir el Caribe español a la disponibilidad británica.
La flota que envió contra Cartagena era enorme. Los defensores contaban con aproximadamente cuatro mil soldados —blancos, indios y negros—; Vernon disponía de más de siete hombres por cada defensor. La desproporción numérica hacía prever un desenlace rápido. Del lado español, el mando militar estaba en manos de Blas de Lezo como comandante de la plaza, con el apoyo de oficiales como Carlos Desnaux, y el mando político y administrativo residía en Sebastián de Eslava, virrey del Nuevo Reino de Granada, quien en un gesto inusual permaneció personalmente en Cartagena durante el sitio en lugar de retirarse a Santa Fe.
El asalto se prolongó durante semanas. Los ingleses forzaron las defensas exteriores de Bocachica y penetraron en la bahía. En un momento en que la situación parecía desfavorable para los defensores, los colonos norteamericanos que participaban en la expedición al mando de Lawrence Washington llegaron a izar banderas británicas en los tejados del convento de Nuestra Señora de la Popa, en el cerro que domina la ciudad. El gesto era publicitario y prematuro: la Popa se tomaba desde fuera, pero la ciudad se defendía desde dentro, y el corazón de esa defensa era el Castillo de San Felipe de Barajas.
El asalto final se decidió allí. Tras un cañoneo intenso, la infantería inglesa intentó tomar el castillo por asalto directo. No lo consiguió. En el momento crítico, según el testimonio del comandante Desnaux, se ordenó una carga a la bayoneta contra los atacantes. San Felipe resistió, y con él resistió la ciudad. A la resistencia se sumaron los estragos de la disentería y las fiebres tropicales sobre una fuerza expedicionaria mal aclimatada, y la disolución progresiva del mando inglés, que empezó a acusar los desacuerdos entre el almirante y los jefes de tropa terrestre. Vernon terminó por retirarse. La derrota fue completa.
Eslava, las murallas y el clima: contra la hagiografía
La versión canónica, la que se consolidó en la memoria colombiana del siglo XIX, atribuye la victoria a Blas de Lezo como si el marino vasco la hubiera sostenido en solitario contra una fuerza siete veces superior. La imagen es poderosa, pero simplifica. La victoria de 1741 fue el resultado de un cruce de factores que ninguna biografía honesta puede reducir a un solo hombre.
El primero fue la ingeniería. Casi dos siglos de construcción defensiva —desde los primeros esfuerzos de Martín de las Alas en 1567 hasta el sistema completado en el XVIII— habían dotado a Cartagena de un dispositivo cuya lógica no era ganar batallas ofensivas sino agotar cualquier asalto: obligar al atacante a forzar Bocachica bajo fuego cruzado, penetrar en una bahía cerrada, desembarcar bajo el hostigamiento de las baterías y estrellarse contra San Felipe. Ese dispositivo hizo la mitad del trabajo antes de que Lezo diera una sola orden.
El segundo fue la presencia del virrey. Que Sebastián de Eslava permaneciera en Cartagena durante el sitio fue una decisión política insólita —los virreyes no solían exponerse así— y cargó a la defensa con una autoridad que el propio Lezo, como comandante militar, no habría tenido de forma exclusiva. El mando dual funcionó, aunque no sin tensiones; y en el reparto posterior de méritos, Madrid tendió a favorecer a Eslava sobre Lezo, lo que explica en parte que el marino vasco muriera en Cartagena pocos meses después del sitio sin recibir los honores que sus partidarios consideraban debidos.
El tercero fue el enemigo. Vernon disponía de superioridad numérica abrumadora, pero la gestionó mal: dispersó fuerzas, calculó erróneamente los tiempos del asalto a San Felipe, subestimó el efecto de las enfermedades tropicales sobre una tropa reclutada en climas templados y no supo mantener la unidad de mando entre marina e infantería. El colapso sanitario del ejército británico —la disentería que barrió los campamentos de sitio— hizo tanto por Cartagena como cualquier decisión española.
Con todo, sería injusto disolver a Lezo en las estructuras. La coordinación táctica en las semanas del sitio, la moral de una guarnición de cuatro mil hombres frente a treinta mil enemigos, la decisión de mantener San Felipe como núcleo irreductible, la respuesta al momento crítico del asalto: son funciones que requerían un comandante experimentado, y Lezo lo era. Sin él, la defensa se habría desarticulado antes. La agencia individual no explica el resultado, pero fue condición necesaria del resultado. Héroe, no; pieza indispensable, sí.
Las figuras alrededor del sitio
Blas de Lezo se entiende también por las figuras que orbitan alrededor del episodio de 1741 y de su vida militar previa. Por encima de todas ellas está Sebastián de Eslava, el interlocutor institucional que hizo posible el mando unificado durante el sitio. Su decisión de quedarse en Cartagena tuvo consecuencias que trascendieron el episodio: reforzó el argumento de la Corona para restaurar y consolidar el Virreinato del Nuevo Reino de Granada, creado en 1717 como primera manifestación reformista borbónica, suprimido en 1724 por recomendación del propio primer virrey Jorge de Villalonga —que lo describió como la más pobre colonia del imperio— y reinstaurado precisamente en la antesala del choque con Inglaterra. El sitio de Cartagena fue uno de los factores que empujó a Madrid a enviar de nuevo virreyes a Santa Fe de Bogotá y a reforzar las defensas del Caribe.
En el otro extremo del episodio está Edward Vernon, contrafigura y en cierto modo explicación pública del héroe. En los meses previos al desastre, Londres se había entregado a una euforia sin cautela. Se acuñaron monedas que mostraban al orgullo español arrodillado ante Vernon; plazas y calles recibieron su nombre; la propaganda británica proclamó anticipadamente un triunfo que nunca llegó. El desajuste entre la celebración y el resultado es lo que dio al episodio de 1741 su peso específico en la historia atlántica: no fue solo una victoria defensiva española, fue una fractura sonora en el relato de invencibilidad naval inglesa que precedería, décadas más tarde, al dominio atlántico del XIX. Cuando la derrota se supo en Londres, las monedas ya circulaban.
En una jerarquía menor aparece Lawrence Washington, medio hermano del futuro George Washington, que sirvió bajo Vernon en Cartagena y regresó a Virginia con una mezcla de admiración por su almirante y de experiencia amarga: bautizó su hacienda con el nombre del jefe —Mount Vernon— y así el fracaso frente a Cartagena quedó grabado, por vía indirecta, en el domicilio del primer presidente de los Estados Unidos.
Cierra el cuadro Carlos Desnaux, comandante subordinado en la defensa y autor del testimonio interno más citado del episodio: la carga a la bayoneta en el momento crítico del asalto a San Felipe. Su nombre atraviesa la historiografía cartagenera desde el siglo XIX como fuente de primera mano sobre las horas decisivas del sitio.
Muerte en Cartagena, disputa por el mérito
Blas de Lezo murió en Cartagena en 1741, pocos meses después del sitio. La causa fue la enfermedad —probablemente las mismas fiebres que habían diezmado al ejército de Vernon—, agravada por un cuerpo que llevaba cuatro décadas de heridas mal cerradas. No alcanzó a ver la posteridad de su nombre, ni tampoco a defender su versión del sitio frente a la de Eslava, con quien mantuvo tensiones sobre el reparto de méritos. Murió en el punto exacto en que la biografía se abre a la mitografía: bastante pronto para no envejecer, bastante tarde para haber cumplido la función histórica que lo hizo importante.
Josefa Pacheco de Bustos, con quien se había casado, sobrevivió a su marido, y las gestiones familiares por conservar y transmitir la memoria del marino se prolongaron durante décadas. El nombre de Lezo circuló en la administración imperial española del XVIII más como referencia técnica —el defensor exitoso de una plaza clave— que como icono nacional. Su conversión en icono llegó después, y desde dos direcciones distintas.
La memoria colombiana: Soledad Acosta y el héroe reciclado
En la Colombia del siglo XIX, el episodio de Cartagena de 1741 encontró una segunda vida en la literatura. Soledad Acosta de Samper —una de las principales figuras de la narrativa colombiana decimonónica— escribió una obra en la que reconstruyó cómo la marina inglesa al mando de Vernon fue vencida por el capitán Blas de Lezo, aunque situó erróneamente el enfrentamiento en 1717 en lugar de 1741. Ese desliz revela algo importante sobre el modo en que la memoria del episodio circulaba en el siglo XIX: no como archivo exacto sino como material narrativo, plástico, disponible para operaciones de construcción de referentes nacionales.
El libro de Acosta de Samper fue dedicado al presidente Rafael Núñez. La dedicatoria no es un detalle menor. Núñez, cartagenero, arquitecto de la Regeneración conservadora que reorganizó Colombia en las décadas finales del siglo, tenía en la memoria heroica de su ciudad natal un capital político valioso. Un héroe fundacional que hubiera defendido Cartagena contra el imperio anglosajón encajaba en el proyecto regeneracionista de reafirmar la herencia hispánica y católica del país frente a las modas liberales. La operación no fue exclusiva ni cínica —Acosta de Samper tenía su propia agenda intelectual y su propio interés genuino en el episodio—, pero la coincidencia entre la figura literaria de Lezo, la dedicatoria a Núñez y el momento político sugiere que la conversión del marino vasco en héroe colombiano tuvo desde el principio una función pública.
La memoria material del episodio precedía y acompañaba a la literaria. Un puente construido bajo el reinado de Carlos IV, fechado el 31 de diciembre de 1792, había sido levantado en Colombia con prisioneros ingleses capturados durante el intento de Vernon; viajeros extranjeros del siglo XIX podían leer todavía la inscripción que dejaba constancia del origen de la obra. El ataque frustrado había dejado huellas físicas en la geografía colombiana antes de convertirse en literatura.
La memoria española y el problema del héroe
Al otro lado del Atlántico, la operación fue distinta pero paralela. Durante buena parte del XIX y del XX, Blas de Lezo ocupó en España un lugar menor de la mitología naval —eclipsado por otros nombres, arrinconado por la propia decadencia imperial— hasta que en las últimas décadas, y con particular fuerza en el siglo XXI, fue recuperado por proyectos historiográficos y políticos que lo convirtieron en emblema de una hispanidad reivindicativa frente al relato anglosajón dominante. Monumentos, biografías populares, memes y estatuas: el marino vasco volvió como respuesta tardía a las monedas que Londres había acuñado antes de la derrota.
Entre esas dos memorias —la colombiana del XIX vinculada a la Regeneración y la española del XXI vinculada al debate sobre la leyenda negra— quedó atrapada la figura histórica. Ninguna de las dos es la biografía real: la real es la del oficial averiado que hizo su carrera en las guerras europeas, llegó tarde a Cartagena, compartió mando con Eslava, aprovechó murallas que otros habían levantado, se benefició de las enfermedades que devoraron al enemigo y murió antes de que la posteridad pudiera preguntarle qué pensaba de todo eso.
Lo que dejó
El sitio de 1741 detuvo el intento británico más ambicioso de romper el sistema imperial español en el Caribe. No lo salvó indefinidamente —el imperio se desarmaría a lo largo del siglo siguiente por dinámicas más profundas que las militares—, pero le concedió medio siglo más de funcionamiento y consolidó en Cartagena un dispositivo defensivo que sobreviviría hasta la Independencia. La Corona reforzó las defensas de la ciudad después del sitio, confirmó la ubicación del virreinato en Santa Fe y aceleró la política de virreyes residentes en Nueva Granada. Cartagena entró en la segunda mitad del XVIII como plaza fuerte reforzada por el episodio, aunque contenida demográficamente por las dificultades de navegación y por las servidumbres de las grandes empresas navales del imperio.
Para la historia colombiana, el legado de Blas de Lezo es doble. Por un lado, es el héroe operativo de un episodio real que forma parte legítima del inventario histórico del país: sin la victoria de 1741, Cartagena habría sido tomada, el sistema de flotas se habría roto y la geografía política de la Nueva Granada tardía habría sido otra. Por otro, es un caso de estudio sobre cómo se fabrican los héroes nacionales: sobre las omisiones necesarias —Eslava, las murallas, la disentería— para que un individuo pueda encarnar en solitario un acontecimiento colectivo, y sobre los proyectos políticos —el de Núñez, entre otros— que necesitan esas figuras.
Leída con distancia crítica, y a partir del testimonio de Desnaux que ha llegado hasta hoy, la figura de Blas de Lezo se sostiene sin necesidad de hagiografía: un marino de carrera, pieza necesaria pero no suficiente de una victoria colectiva; un vasco tozudo cuyo nombre acabó grabado, más de dos siglos después, en la memoria de una ciudad americana que él defendió por oficio y por deber, y que la posteridad convirtió en el escenario definitivo de su vida.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
15 documentos · 21 fragmentos01Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · Páginas 378, 4752 citas
[1]arrojando 300 bombas sobre la ciudad. Conoce la entrada de la bahía que está defendida por los castillos más recios del Caribe. Sabe de sus murallas, que son el orgullo de España en el Nuevo Mundo. Pero, después de todo, es la misma Cartagena que asaltó Pointis, y ahora no hay, adentro de las murallas, sino 4. 000…
p. 475
[9]Portobelo, Veracruz o La Habana? Pero el barón, misterioso y obcecado, con la clave del hugonote en el bolsillo, no discute. Es un militar que viene a cumplir una comisión del rey, y se acabó. A De Pointis le agrada, cuando escribe, acaparar gloria. ¿A quién no? Du Casse se limita a preparar sus filibusteros y firma…
p. 378
02Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Páginas 54, 922 citas
[2]por último, narra cómo la marina de Inglaterra, 36 Soledad Acosta de Samper, Diario íntimo y otros escritos de Soledad Acosta de Samper, ed. de Carolina Alzate, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 2004, p. 562. 98 Sebastián Pineda Buitrago al mando del pirata Vernon, fue vencida por el malherido capitán…
p. 92
[13]Villalonga, recomendó suprimirlo, en vista de su escasa infraestructura. Era la colonia más pobre del Imperio español. De virreinato volvió a hablarse tiempo después, cuando la poderosa armada inglesa intentó tomarse Cartagena en 1741, hambrienta por colonizar Sur- américa. La Corona española reforzó las defensas de…
p. 54
03Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Páginas 239, 2432 citas
[3]de inmediato se produjo un ambiente de alegría que enardeció el orgullo británico pensando tal vez que el Caribe ya les pertenecía. Plazas y calles recibieron el nombre de Vernon para honrar al almirante. Se acuñaron monedas que mostraban al orgullo español arrodillado ante Vernon. La situación pintaba muy mal y los…
p. 243
[5]se pensaba que Felipe también accedería al trono francés en remplazo de Luis XIV formando así una potencia desestabilizadora en Europa. Finalmente, Felipe asumió el trono de España con el nombre de Felipe V y ante las presiones europeas renunció al trono francés pero su abuelo Luis XIV se convirtió en el poder real en…
p. 239
04Un año en los Andes, o, Aventuras de una Lady en BogotáRosa Carnegie-Williams · 2017 · Página 1851 cita
[4]nuevo, y esta vez leímos la inscripción de los cuatro pilares principales. Este puente fue construido bajo el reinado de Carlos iv, 31 de diciembre de 1792, por prisioneros ingleses captu- rados durante el intento frustrado del almirante Vernon de tomarse a Cartagena. Almorzamos nuevamente a la vera del camino, y apu-…
p. 185
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 185, 4302 citas
[6]prestara para ello. Otros lugares como Tol ú, tambi é n poseyeron algunas defensas. La Costa Pac í fica con una menor importancia portuaria, por lo dif í cil de í camino de Bue naventura a Cali, no jug ó papel significativo por no interesar a Es pa ñ a su desarrollo ni a los piratas su ataque, que com ú nmente solo…
p. 430
[10]1564 y la posterior de Juan de Villorio y Avila en 1574. Ambas proyectaban como v í as los cauces de los r í os Atrato que desembocaba en el Atl á ntico y de San Juan, que vert í a sus aguas en el Pac í fico. Sus nacimientos 196 LA CONQUISTA DEL TERRITORIO Y EL POBLAMIENTO se acercaban tanto que durante toda la é poca…
p. 185
06Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 194, 2222 citas
[7]Pacífica con una menor importancia por- tuaria, por lo difícil del camino de Buenaventura a Cali, no jugó papel significativo por no inte- resar a España su desarrollo ni a los piratas su ataque, que comúnmente sólo llegó hasta los puertos del extremo sur de América. La defensa de Cartagena implicó el tanteo de varias…
p. 222
[18]Factores de la vida política colonial: el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII (1713-1740) 201 gena apenas en septiembre de 1719. Los carta- generos se apresuraron a representar las conve- niencias de que la cabeza del virreinato funcio- nara en esa ciudad. Sus argumentos se ajustaban a las preocupaciones de la…
p. 194
07Viaje a la Sierra Nevada de Santa MartaÉlisée Reclus · 2016 · Páginas 62, 672 citas
[8]la anchura de un golfo estrecho, y puede comunicarse con esos diversos puntos más rápidamente que todas las otras ciudades de la República; su rada es una de las más bellas del mundo entero y muy fácilmente podrían cavarse en ella diques flotantes o de carena, nece - sarios hoy en todos los grandes puertos…
p. 67
[17]norte, por el archipiélago sobre el cual está construida la ciudad de Cartagena; esta rada se desa - rrolla en un magnífico semicírculo que penetra mucho en el interior de la costa. Podría contener flotas enteras, pero allí no había sino miserables canoas. Sobre las colinas, en donde esperaba distinguir algunas…
p. 62
08Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 801 cita
[11]n fue fabuloso: 10 millones de pesos y como Pointis no lo reparti ó a los piratas, é stos volvieron y saquea ron otra vez la ciudad. 84 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA En el siglo xvm las relaciones con Inglaterra alternaron periodos de paz y contrabando con periodos de guerra, ataques militares y m á s contrabando.…
p. 80
09Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1101 cita
[12]d a 1 1 3 conflictos intestinos. En el ám bito eclesiástico, los arzobispos y obispos chocaban frecuentem ente con las órdenes religiosas. Del lado civil, la A udiencia se desga rraba p o r la disensión interna; cada oidor veía a sus colegas com o rivales, y cada uno se ap o y ab a en su p ro p ia facción clientelar.…
p. 110
10La independencia de Colombia: olvidos y ficcionesAlfonso Múnera · 2021 · Página 191 cita
[14]de los primeros de propiedad de la Corona española. Por su puerto salía rumbo a La Habana, Cuba, y de allí a España, la gran Flota de los Galeones, cargada de fantásticas toneladas de oro y plata. Se ha escrito bastante sobre esta caravana de imponentes barcos que surcó el mar Caribe a lo largo de dos siglos,…
p. 19
11El Orinoco ilustradoJoseph Gumilla · 2016 · Página 3801 cita
[15]en medio de las grandes riquezas que los conquistadores hallaron en ambas Américas, a sólo el Reino de Tierra Firme le die- ron el singular renombre de Castilla del Oro, nombre ya anticuado, pero puesto con mucha razón. Los autores con quienes he de confirmar ahora mi conclusión son muchos de los más prácticos…
p. 380
12Notas de viaje: Colombia y Estados Unidos de AméricaSalvador Camacho Roldán · 2017 · Página 1311 cita
[16]llegó a ser en bre- ve una de las plazas principales del poderío español en América; pero, sobre todo, la primera del Nuevo Reino de Granada. Poblada por gentes ricas y por los empleados del Go- bierno español, desplegó desde un principio el genio alegre y hospitalario, altivo y dominador, algún tanto aristocrático en…
p. 131
13Nueva Geopolítica de ColombiaJulio Londoño Londoño · 1965 · Página 1221 cita
[19]lanza contra los pueblos desprevenidos de la costa meridional del Pacífico. En uno solo de los barcos que haya surcado en Valparaíso, obtiene 37.000 ducados. Saquea a Tarapacá, Coquimbo y Lima y tras de — 121 — dar la vuelta al Globo regresa a Inglaterra lleno de fama, de oro y de leyenda. Pero a pesar de las hazañas…
p. 122
14Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · Página 211 cita
[20]en Colombia, 1870-1930", Lec- turas de Economía Nº 13 (1984); "Perspectivas para el estudio histórico de política rural y el caso colombiano: estudio panorámico", en: Once ensayos sobre la Violencia (Bogotá: CEREC y Centro Gaitán, 1985); "Los antecedentes agrarios de la Violencia: el conflicto social en la frontera…
p. 21
15Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2281 cita
[21]la Nueva Granada. José Prieto de Salazar adquiere el cargo de tesorero de la Casa de Moneda de Santafé. Supresión del carácter he- reditario de las encomiendas. 1719 Jorge de Villalonga, nombrado primer virrey de la Nueva Granada. Juan de Herrera: Lamenta- ciones de tinieblas. 1720 Se decreta que el impuesto de…
p. 228