Sebastián de Eslava
Colonia
1685–1759
La biografía
En el arco de los virreyes que gobernaron la Nueva Granada, Sebastián de Eslava y Lasaga (c.1685-1759) ocupa un lugar singular: fue el primer virrey del virreinato restablecido en 1739, dirigió desde Cartagena la defensa que en 1741 humilló a la mayor flota que Inglaterra había enviado al Caribe y, durante una década, gobernó el Nuevo Reino desde el litoral y no desde Santa Fe. Su figura condensa el giro caribeño del reformismo borbónico temprano: un virrey más militar que administrador, cuyo cargo se pareció más a una capitanía general de gran plaza fuerte que a la magistratura civil de un reino. Esa desviación funcional —eficaz contra Vernon, ambigua para el gobierno del interior— define su peso en la historia colombiana.
Línea de vida
- 1739
Nombramiento como primer virrey del virreinato restablecido
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La Corona española restableció el Virreinato de la Nueva Granada, suprimido en 1724, y designó a Eslava como su primer virrey en el contexto del inminente conflicto con Inglaterra conocido como la Guerra de la Oreja de Jenkins. El nombramiento fue una decisión de guerra: Madrid necesitaba un hombre de armas capaz de sostener Cartagena ante la flota que se anunciaba.
- 1741
Defensa de Cartagena de Indias contra la armada de Vernon
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El almirante Edward Vernon atacó Cartagena con una flota numéricamente muy superior, con más de siete atacantes por cada uno de los aproximadamente cuatro mil defensores españoles. Eslava, presencia inusitada para un virrey, permaneció en la plaza sitiada junto al comandante Blas de Lezo. Tras más de dos meses de sitio, los ingleses no lograron tomar el Castillo de San Felipe de Barajas y se retiraron. En Inglaterra se habían acuñado monedas y bautizado calles con el nombre de Vernon anticipando una victoria que nunca llegó.
- 1743
Nombramiento de Mier y Guerra como maestre de campo de Santa Marta
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El 26 de octubre de 1743, Eslava suscribió en Cartagena el nombramiento de José Fernando de Mier y Guerra como maestre de campo con mando en toda la provincia de Santa Marta, acompañado del hato de Calenturas con esclavos y el hábito de caballero de la Orden de Santiago. El nombramiento ilustra el modelo castrense-señorial con que Eslava gobernó el territorio y fue confirmado en 1752 por su sucesor José Alfonso Pizarro.
- 1749
Fin del virreinato y redacción de la relación de mando por Berástegui
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Al concluir su período, Eslava no redactó personalmente la relación de mando —informe con que cada virrey rendía cuentas a su sucesor—; el documento fue escrito por el oidor Berástegui en 1751. Ese hecho revela un gobierno cuyo peso institucional recayó más en la espada que en la pluma. La relación de Berástegui es considerada uno de los documentos más valiosos del período colonial para el estudio del virreinato en su último siglo.
- 1751
Juicio de residencia
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Al término de su mandato, Eslava fue sometido al juicio de residencia. Los autos, conservados en fragmentos en el Archivo Nacional de Colombia, contienen interrogatorios sobre los repartimientos de indios para minas de oro, plata, azogue y labores agrícolas. El expediente permite reconstruir el mecanismo institucional pero no el desenlace definitivo del proceso.
Un militar navarro para una plaza en peligro
Sebastián de Eslava nació hacia 1685 en Enériz, en el reino de Navarra, y perteneció por origen y por oficio a esa aristocracia militar del norte peninsular que la nueva dinastía borbónica encontró útil para reorganizar los cuadros del imperio. Su carrera es la de un soldado profesional formado en las guerras europeas de la primera mitad del siglo XVIII, no la de un jurista de toga ni la de un cortesano de escritorio. Cuando en 1739 la Corona decidió restablecer el virreinato de la Nueva Granada —suprimido en 1724 tras el ensayo fallido de Jorge de Villalonga—, buscó precisamente eso: un hombre de armas capaz de sostener Cartagena en la guerra que ya se avecinaba.
El nombramiento no fue una decisión administrativa: fue una decisión de guerra. En 1739 estaba a punto de estallar el conflicto anglo-español de la Oreja de Jenkins, que desembocaría en la guerra más amplia de 1739-1748. Madrid sabía que Cartagena sería el blanco. La cadena de agravios venía de lejos: desde la guerra de 1701-1713, que había traído a los Borbones al trono, los ingleses habían impedido el comercio entre España y tierra firme, atacado embarcaciones y hundido, al llegar a Cartagena con un gran tesoro de plata peruana, el galeón San José.
La paz de 1713 dejó a España debilitada en territorios y en capacidad de controlar el comercio ultramarino. Cedió, además, a Inglaterra el derecho de surtir de esclavos a las Indias. Los ingleses ejercieron ese derecho acompañando los buques negreros con un navío de abastecimientos, mecanismo que abrió la puerta a un contrabando estructural y persistente. Durante casi tres décadas, ese contrabando fue una amenaza que España no logró controlar, con periodos de guerra abierta que agotaron a la Corona.
Restablecer el virreinato en 1739 y enviar a Eslava fueron, así, dos caras de una misma respuesta imperial: fortalecer la administración y, sobre todo, la defensa del eje caribeño que unía Portobelo, Cartagena y La Habana con Sevilla y Cádiz. La creación del virreinato en 1717 se había presentado como la primera manifestación borbónica en procura del fortalecimiento de la administración colonial en América —aunque la institución virreinal ya existiera en México y Perú desde el siglo XVI—; el restablecimiento en 1739, veintidós años después, tenía un contenido más específico y más urgente: era la respuesta militar a una amenaza inglesa que había dejado de ser eventual para convertirse en inminente.
La sede en Cartagena: una decisión que reordenó el virreinato
Eslava tomó una decisión que, sin ser formal, resultó determinante: gobernó desde Cartagena y no desde Santa Fe de Bogotá. El virreinato tenía por capital la ciudad andina; Eslava fijó su residencia en la plaza fuerte del Caribe. La razón inmediata era militar: había que preparar y luego sostener la defensa de la ciudad ante la flota que se anunciaba. La consecuencia fue más ancha: durante la década de su gobierno, la cabeza operativa del Nuevo Reino se desplazó al litoral, y con ella el centro de gravedad de las decisiones imperiales sobre el territorio.
La decisión no fue caprichosa ni improvisada. Desde 1719, el Cabildo de Cartagena venía argumentando ante la Corona que la sede del virreinato debía establecerse en esa ciudad y no en Santa Fe, invocando razones geopolíticas de fondo. Los cartageneros intuían con lucidez que si el virreinato tenía sentido, ese sentido era caribeño: el eje del imperio en tierra firme pasaba por el mar, no por la sabana. Santa Fe, sostenían, había sido erigida como cabeza del Nuevo Reino en el siglo XVI por la densidad demográfica inicial de la región, un argumento que ya no bastaba para hacerla capital de un virreinato cuyo horizonte era la defensa del Caribe. El proyecto cartagenero llegaba a proponer que el nuevo virreinato integrara bajo su mando las provincias de Caracas, Cumaná, Margarita, Trinidad, la Española, Tierra Firme, Panamá y Veraguas, con Cartagena como centro articulador de todo ese arco marítimo.
La geografía respaldaba el argumento. La bahía de Cartagena forma un magnífico semicírculo que penetra en el interior de la costa y podía albergar flotas enteras; su rada era considerada una de las más bellas del mundo. Antes de 1760 se accedía a esa bahía por dos entradas: Bocachica, estrecha, y Bocagrande, entonces un canal profundo que separaba la isla de Tierra Bomba de la punta arenosa de Cartagena y que permitía el paso de navíos de mayor calado. La existencia misma de esas dos bocas hacía de la plaza un problema militar complejo y a la vez un puerto natural excepcional, capaz de comunicar la ciudad con muchos puntos del territorio con más rapidez que otras urbes coloniales. Sobre ese archipiélago fortificado se sostenía la lógica geopolítica de los cartageneros: si el imperio se jugaba en el mar, la capital debía estar donde el mar entraba.
Eslava no formalizó el traslado, pero lo ejerció. Al gobernar desde Cartagena, validó de hecho la tesis del Cabildo sin que la Corona la sancionara jurídicamente. Esa ambigüedad territorial —capital nominal en Santa Fe, capital operativa en el litoral— atravesaría el resto del siglo XVIII neogranadino y dejaría al interior en una posición subordinada frente a la costa que no correspondía ni a su población ni a su producción, sino exclusivamente a la urgencia defensiva del imperio.
La defensa de Cartagena, 1741
En marzo de 1741, la armada inglesa al mando del almirante Edward Vernon apareció frente a Cartagena de Indias con una fuerza aplastante. Los defensores españoles contaban con aproximadamente cuatro mil soldados —entre blancos, indios y negros—; la flota inglesa era numéricamente muy superior, con más de siete atacantes por cada defensor. Sobre el papel, la ciudad estaba perdida.
Blas de Lezo, marino mutilado por décadas de combates —tuerto, manco y cojo—, era el comandante de la plaza y dirigió la defensa naval y de las fortificaciones. Eslava, virrey, estaba en la ciudad: presencia inusitada, porque los virreyes no solían compartir el peligro directo de una plaza sitiada. La coincidencia de ambos mandos, y sus roces, marcaron desde entonces la memoria del sitio; lo que importa aquí es que la máxima autoridad civil y militar del virreinato se jugó personalmente en las murallas.
El sitio duró más de dos meses. Los ingleses forzaron la entrada de Bocachica, cañonearon el sistema defensivo y llegaron hasta las inmediaciones del Castillo de San Felipe de Barajas, la fortaleza que dominaba el acceso terrestre a la ciudad. Allí, ante la imposibilidad de tomar el castillo tras un intenso cañoneo, se ordenó una carga a la bayoneta contra los ingleses. El asalto fracasó. La combinación de fuego español, terreno adverso, enfermedades tropicales que devastaron a la tropa británica y una defensa que se negó a ceder empujó a Vernon a levantar el sitio y retirarse.
El detalle más elocuente de la magnitud del desastre inglés está en lo que ocurrió antes de que se conociera el desenlace: en Inglaterra, dando la victoria por hecha, se acuñaron monedas conmemorativas y plazas y calles fueron bautizadas con el nombre de Vernon. Entre los oficiales de la expedición estaba Lawrence Washington, hermano mayor de George Washington, al mando de colonos norteamericanos que llegaron a izar banderas británicas en el convento de Nuestra Señora de la Popa. Lawrence dio luego a su hacienda de Virginia el nombre de Mount Vernon, en homenaje al almirante bajo cuyas órdenes había servido en Cartagena; la casa pasaría después a su hermano George y, con la presidencia de este, al centro del imaginario político estadounidense. La derrota que Eslava y Lezo infligieron en 1741 dejó así, involuntariamente, un rastro toponímico en la historia del rival que aquella flota inauguraba.
La derrota de Vernon fue la mayor humillación naval sufrida por Inglaterra en el siglo XVIII y salvó, por décadas, el sistema colonial español en el Caribe suroccidental. Blas de Lezo murió pocos meses después, en septiembre de 1741, sin haber recibido los reconocimientos que su papel merecía; Eslava, en cambio, quedó asociado a la victoria y consolidó su autoridad en el virreinato. La memoria posterior tendió a concentrar el mérito en Lezo y a dejar en la sombra la contribución del virrey. El equilibrio real es difícil de trazar: Eslava ejerció el mando político y estratégico, autorizó decisiones cruciales y su sola presencia en la plaza dio a la defensa una dimensión institucional que la eleva por encima de la mera resistencia militar. Pero fue Lezo quien puso la técnica, el temple y la vida.
Lo que la victoria demostró de fondo fue algo más profundo: la defensa del imperio en el Caribe no dependía tanto de un diseño reformista pensado en Madrid como de una combinación contingente de factores. La geografía de Bocachica, la calidad de las fortificaciones acumuladas durante dos siglos, la enfermedad tropical, la resistencia de un marino excepcional y la decisión —inusitada— de un virrey de estar en la plaza asediada. El reformismo borbónico se llevó el crédito; pero fue la contingencia, más que el plan, lo que salvó a Cartagena en 1741.
Un virreinato militarizado: el mando sobre el territorio
Después de 1741, el gobierno de Eslava siguió gravitando alrededor de Cartagena y de su lógica defensiva. La costa Caribe neogranadina mantuvo, durante todo el siglo XVIII, milicias disciplinadas debido a la continua amenaza de potencias europeas, la piratería y el contrabando; esa realidad estructural generó una sólida cultura militar en el litoral, y Eslava la administró con instrumentos coherentes con ella. El caso más elocuente es el nombramiento, suscrito en Cartagena el 26 de octubre de 1743, de José Fernando de Mier y Guerra como maestre de campo con mando en toda la provincia de Santa Marta.
El nombramiento merece atención porque revela cómo entendía Eslava el gobierno del territorio. Mier y Guerra recibió del virrey una recompensa múltiple: militarmente, el mando sobre toda una provincia; económicamente, el hato de Calenturas con esclavos; honoríficamente, el hábito de caballero de la Orden de Santiago. Mando militar, base económica territorial y distinción nobiliaria conforman un modelo de autoridad que no es propiamente civil ni burocrático, sino castrense-señorial. La provincia se gobierna a través de un hombre de armas al que se recompensa con tierra, con brazos esclavizados y con símbolos aristocráticos. Ese nombramiento sería confirmado el 13 de octubre de 1752 por el sucesor de Eslava, José Alfonso Pizarro, lo que muestra que no fue una excepción sino una política consolidada.
Militarizar el mando territorial tenía su lógica. La costa Caribe era terreno de frontera, con provincias débilmente pobladas, amenaza inglesa permanente y extensos territorios interiores fuera del control efectivo de la Corona. Un maestre de campo con jurisdicción amplia podía articular defensa, control social y colonización interna con más eficacia que una cadena de funcionarios civiles. La contracara de esa eficacia fue que el virreinato de Eslava se pareció, más que a un cuerpo administrativo con separación de funciones, a una gran capitanía general con anexos civiles.
Esa desviación funcional se hizo visible incluso en el papel. Al terminar su período, Eslava no redactó él mismo la relación de mando —el informe con el que cada virrey rendía cuentas y transmitía experiencia a su sucesor—: el documento tuvo que ser escrito por el oidor Berástegui en 1751, dos años después del final del virreinato. Que un oidor de la Audiencia redactara la relación del virrey saliente es indicio de un gobierno cuyo peso institucional recayó menos en la pluma que en la espada, y cuya administración civil no dejó, por su propia mano, un balance ordenado de lo hecho. La relación de Berástegui, con todo, se cuenta entre los documentos más valiosos del período colonial: forma parte de la serie de relaciones de mando del siglo XVIII —de Solís, Messía de la Zerda, Guirior, Caballero y Góngora, Ezpeleta, Mendinueta y Montalvo— clave para el estudio del virreinato en la última centuria del dominio español.
La red institucional: audiencia, juicio de residencia y sombras del poder
Gobernar el Nuevo Reino desde Cartagena implicó dejar en Santa Fe una Audiencia que ya cargaba, de suyo, con divisiones internas. Los conflictos de competencia entre oidores y virreyes eran constantes en toda la administración indiana, en buena parte por la ausencia de una división clara de poderes; en el caso concreto de Santa Fe, la Audiencia estaba desgarrada por disensiones internas, con cada oidor viendo a sus colegas como rivales y apoyándose en su propia facción clientelar. Un virrey ausente físicamente de la capital, y absorbido por prioridades militares, no estaba en condiciones de mediar cotidianamente en esa red de rivalidades. La institución civil del virreinato, en la práctica, funcionó bajo la sombra de un mando que estaba en otra parte.
Al final de su período, Eslava fue sometido al juicio de residencia, procedimiento con el que la Corona evaluaba retrospectivamente la actuación de sus altos funcionarios. El expediente permite reconstruir el mecanismo pero no el desenlace. Los autos contienen interrogatorios sobre si en los repartimientos de indios para minas de oro, plata, azogue y otras labores se había guardado justicia sin favoritismos ni perjuicios a terceros. Los repartimientos abarcaban minas y labores agrícolas del virreinato.
El juicio de residencia tenía una limitación de origen: lo practicaba el propio sucesor del funcionario residenciado. Esa dependencia condicionaba su rigor y tendía a convertir al saliente en chivo expiatorio de las faltas cometidas bajo su administración. Sus efectos prácticos eran, además, menos aparentes que los de las visitas, ese otro instrumento con el que la Corona buscaba amplios informes sobre administración, economía, hacienda y situación de la población indígena. Muchos juicios no concluían con sentencia. Otros se prolongaban indefinidamente. Era frecuente que, mediante influencias, se eximiera de él a funcionarios de alto cargo; las condenas debían ser confirmadas por el Consejo de Indias, con todo lo que ello implicaba de dilación y de negociación política. Un virrey rico, astuto y con apoyos podía eludir sus consecuencias.
En el caso de Eslava, el expediente quedó, como tantos otros, disperso y sin cierre visible: ni condena firme ni exoneración clara. Ese silencio es un dato sobre la naturaleza del gobierno virreinal: la eficacia militar de 1741 tapó, en la memoria y quizá también en los procedimientos administrativos, cualquier controversia sobre el gobierno civil de la década.
Trayectoria final y regreso a España
La trayectoria de Eslava se entreteje con nombres que dibujan el mapa del imperio en su hora. En Madrid, los reyes Felipe V y luego Fernando VI, y ministros como José del Campillo y Cossío —artífice del nuevo impulso reformista borbónico en los años cuarenta—, marcaron el horizonte político desde el que fue enviado y sostenido. Antes de él, la figura fugaz de Jorge de Villalonga, primer virrey de 1719, había fracasado en el intento de dar cuerpo a un virreinato entonces prematuro: recomendó él mismo la supresión del cargo alegando la escasa infraestructura de una región considerada colonia pobre, y la Corona suprimió el virreinato en 1724. El regreso de la institución en 1739, con Eslava, corrigió el ensayo y lo dotó del contenido militar que había faltado.
Eslava dejó el virreinato en 1749 tras una década en la que la guerra con Inglaterra había definido la agenda casi por entero. El regreso a la península no fue un retiro. En Madrid continuó una carrera militar y política que lo mantuvo cerca de la Corte durante los últimos años del reinado de Fernando VI, en un tiempo en que el imperio, tras la paz de Aquisgrán de 1748, ensayaba reformas con la memoria fresca de la victoria de Cartagena como uno de sus pocos activos indiscutibles en el pulso con Londres. Su experiencia caribeña —el mando de una plaza sitiada, el gobierno de un territorio de frontera, el trato con Audiencias divididas y con oficiales convertidos en señores locales— lo situaba entre los pocos hombres capaces de aportar al reformismo un saber práctico sobre la defensa americana.
Ese saber tenía interlocutores. En los años cincuenta, la política americana de Fernando VI y del marqués de la Ensenada se orientó a fortalecer flotas, arsenales y fortificaciones, con la lección de Cartagena como referencia recurrente en los cálculos de defensa del Caribe. Eslava participó de ese ambiente desde su condición de veterano de la guerra anterior y de virrey retirado: no como reformador de gabinete, sino como testigo cuya autoridad venía de haber sostenido una plaza cuando otros solo la habían pensado en los mapas. Fue nombrado capitán general de los Ejércitos y ocupó puestos de consejo militar en la Corte, escalones que lo alejaron del gobierno cotidiano de las Indias pero lo mantuvieron dentro del círculo estrecho desde el que se decidía la política de la Monarquía en el mar.
En paralelo, su ascenso nobiliario cerró la lógica social de una carrera que había empezado en la aristocracia militar navarra y terminaba en la primera línea de la Corte. La distinción no era mero adorno: en el orden borbónico, los mandos americanos eficaces se retribuían con títulos, hábitos y encomiendas que reintegraban al oficial a la jerarquía peninsular con capital simbólico acumulado. Ese circuito —guerra europea, mando americano, retribución cortesana— es el mismo que otros virreyes recorrerían en el resto del siglo, con la diferencia de que Eslava lo hizo cuando el modelo aún se estaba definiendo y su propia trayectoria contribuyó a fijarlo.
Murió en Madrid en 1759, el mismo año en que Carlos III llegaba al trono para dar al reformismo borbónico su forma más ambiciosa. No volvió a América. Su decenio caribeño quedó como el episodio culminante de una vida cuya coherencia había sido, desde el principio, la del soldado profesional al servicio de la nueva dinastía: hombre de guerra en Europa, hombre de guerra en el Caribe, y consejero de guerra en la Corte hasta el final. El contraste entre la magnitud de su hora americana y la discreción de sus años finales en Madrid dibuja bien al personaje: Eslava fue de los funcionarios que se agrandan con la circunstancia excepcional y regresan, cumplido el episodio, a la escala ordinaria de una carrera bien llevada.
La huella: entre la plaza fuerte y el virreinato inconcluso
Medir el legado de Eslava exige separar dos planos que su propio gobierno confundió. En el plano militar y simbólico, su balance es contundente: la defensa de Cartagena en 1741 fue una victoria de dimensiones imperiales, quizá la única gran victoria española del siglo en el Caribe, y consolidó a la ciudad como plaza fuerte de referencia hasta el final del período colonial. La costa Caribe neogranadina heredó de esa hora una cultura militar densa, con milicias disciplinadas y fortificaciones renovadas, que la Corona seguiría reforzando durante el resto del siglo XVIII. El virreinato como institución quedó legitimado en la práctica por haber servido para algo tangible: había defendido lo que había que defender.
En el plano del gobierno civil, el balance es más problemático. Eslava dejó una administración interior sin reformar en profundidad, una Audiencia santafereña sumida en sus propias divisiones, una capital nominal a la que él mismo no acudió, un territorio articulado a través de nombramientos militares con recompensa en tierra y esclavos, una relación de mando que tuvo que escribir un oidor y un juicio de residencia fragmentado. La eficacia castrense se sostuvo a costa de una arquitectura civil apenas esbozada, y esa deuda pasó a sus sucesores. Los virreyes posteriores —Pizarro, Solís, Messía de la Zerda, Guirior— tendrían que ocuparse de lo que Eslava, por urgencia o por vocación, había postergado.
El desplazamiento no formal de la capital hacia Cartagena tuvo consecuencias de largo aliento. Congeló, sin resolverla, la tensión entre litoral e interior que había estado presente desde la primera creación del virreinato en 1717. La Corona nunca formalizó la primacía cartagenera, pero tampoco reafirmó con decisión la santafereña; el resultado fue una ambigüedad territorial que atravesaría todo el siglo y que resurgiría, con otros contenidos, en los debates de la Independencia y en la geografía política del siglo XIX. Cuando los cartageneros de 1811 reivindicaron un lugar propio en el orden republicano, invocaban una tradición de centralidad caribeña que el virreinato de Eslava había consagrado en los hechos.
La militarización del mando territorial dejó también huella institucional. El modelo de gobierno mediante maestres de campo con jurisdicción amplia, base económica en la tierra y símbolos nobiliarios, ensayado en Santa Marta con Mier y Guerra, se prolongó en la costa durante décadas y configuró una capa de autoridades locales cuya legitimidad venía del servicio armado más que de la carrera burocrática. Ese estrato de oficiales convertidos en señores territoriales condicionó la sociología política de las provincias caribeñas hasta bien entrado el siglo XIX; una parte de las élites regionales que participarían en la Independencia y en las guerras civiles republicanas descendía directamente de aquellos hombres a los que la Corona había recompensado, en tiempos de Eslava, con hatos y hábitos por sostener la frontera.
La recepción posterior de la figura ha oscilado. La memoria popular colombiana concentró en Blas de Lezo el heroísmo de 1741 y dejó a Eslava en un segundo plano, un desplazamiento que tiene lógica: el marino mutilado que muere poco después de la victoria ofrece un perfil trágico más apto para la iconografía nacional que el virrey que sobrevive, regresa a Madrid y hace carrera cortesana. La lectura académica más reciente ha ido devolviéndole a Eslava su papel en el diseño institucional y militar del virreinato restablecido, sin borrar por ello el peso de Lezo en la conducción táctica del sitio. Las relaciones de mando de los virreyes del Nuevo Reino, entre las cuales la redactada por Berástegui es la primera de la serie tardía, sostienen buena parte de lo que hoy sabemos del período; el debate historiográfico sobre el reparto de méritos entre virrey y comandante naval sigue abierto y depende, en última instancia, de cómo se pondere el mando político frente al mando técnico en una operación defensiva de esa escala.
Queda, al final, una paradoja que define su lugar: Sebastián de Eslava fue el virrey que salvó una ciudad y no llegó a gobernar del todo un reino. Su decenio marca el punto en que el reformismo borbónico dejó de ser un proyecto de escritorio y se convirtió en una decisión de guerra; pero también el punto en que esa decisión, al concentrarse en el litoral, dejó al interior neogranadino sin la reforma administrativa que en principio justificaba la existencia del virreinato. La historia posterior de Colombia —el peso de Cartagena, la debilidad relativa de Santa Fe frente a la costa en momentos decisivos, la persistencia de una cultura militar caribeña— guarda huella de aquella década en que un navarro instaló su cuartel en la bahía y desde allí, y no desde la sabana, dijo lo que quería decir el Imperio.
Conexiones del archivo
Red histórica
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
15 documentos · 20 fragmentos01Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · Página 1101 cita
[1]d a 1 1 3 conflictos intestinos. En el ám bito eclesiástico, los arzobispos y obispos chocaban frecuentem ente con las órdenes religiosas. Del lado civil, la A udiencia se desga rraba p o r la disensión interna; cada oidor veía a sus colegas com o rivales, y cada uno se ap o y ab a en su p ro p ia facción clientelar.…
p. 110
02Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · Página 881 cita
[2](1818-1819). tado a través de la aplicación de las llamadas cien- cias útiles, la conciencia de habitar un territorio distinto de la metrópoli y la apropiación de una ideología diferente a aquella que sustentaba el ab- solutismo monárquico, crearon las condiciones para madurar el proceso de Independencia, el cual de…
p. 88
03Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · Páginas 346, 3872 citas
[3]de C á rdenas y contra algunos personajes menores, comerciantes y propietarios. El oidor aspiraba al menos a que la causa no se con virtiera en alg ú n enredo inextrincable como (é l mismo lo dec í a) hab í a ocurrido con muchasotras en Indias. El organizador del virreinato, Antonio de la Pedroza y Gue rrero, se…
p. 387
[13]y la de los virreyes Eslava, escrita por el oidor Ber á s- tegui (1751), Sol í s (1760), Mess í a de la Zerda (1772), Guirior (1776), Caballero y G ó ngora (1789), Ezpeleta (1796), Mendinueta (1803), Montalvo (1818), se cuentan entre los m á s valiosos docu mentos que dej ó el gobierno colonial para el estudio de la…
p. 346
04Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · Páginas 172, 1942 citas
[4]Factores de la vida política colonial: el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII (1713-1740) 201 gena apenas en septiembre de 1719. Los carta- generos se apresuraron a representar las conve- niencias de que la cabeza del virreinato funcio- nara en esa ciudad. Sus argumentos se ajustaban a las preocupaciones de la…
p. 194
[20]hasta 50 preguntas. El juicio termi- naba con una sentencia, absolutoria o condena- toria. Las condenas incluían desde multas mo- netarias hasta la pena de muerte. Las que se referían a los altos funcionarios como los oido- res de Audiencia, virreyes, presidentes o capita- nes generales, requerían confirmación del…
p. 172
05Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · Página 2281 cita
[5]la Nueva Granada. José Prieto de Salazar adquiere el cargo de tesorero de la Casa de Moneda de Santafé. Supresión del carácter he- reditario de las encomiendas. 1719 Jorge de Villalonga, nombrado primer virrey de la Nueva Granada. Juan de Herrera: Lamenta- ciones de tinieblas. 1720 Se decreta que el impuesto de…
p. 228
06Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · Páginas 54, 922 citas
[6]Villalonga, recomendó suprimirlo, en vista de su escasa infraestructura. Era la colonia más pobre del Imperio español. De virreinato volvió a hablarse tiempo después, cuando la poderosa armada inglesa intentó tomarse Cartagena en 1741, hambrienta por colonizar Sur- américa. La Corona española reforzó las defensas de…
p. 54
[12]por último, narra cómo la marina de Inglaterra, 36 Soledad Acosta de Samper, Diario íntimo y otros escritos de Soledad Acosta de Samper, ed. de Carolina Alzate, Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá, 2004, p. 562. 98 Sebastián Pineda Buitrago al mando del pirata Vernon, fue vencida por el malherido capitán…
p. 92
07Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · Página 801 cita
[7]n fue fabuloso: 10 millones de pesos y como Pointis no lo reparti ó a los piratas, é stos volvieron y saquea ron otra vez la ciudad. 84 HISTORIA M Í NIMA DE COLOMBIA En el siglo xvm las relaciones con Inglaterra alternaron periodos de paz y contrabando con periodos de guerra, ataques militares y m á s contrabando.…
p. 80
08Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · Páginas 239, 2432 citas
[8]se pensaba que Felipe también accedería al trono francés en remplazo de Luis XIV formando así una potencia desestabilizadora en Europa. Finalmente, Felipe asumió el trono de España con el nombre de Felipe V y ante las presiones europeas renunció al trono francés pero su abuelo Luis XIV se convirtió en el poder real en…
p. 239
[10]de inmediato se produjo un ambiente de alegría que enardeció el orgullo británico pensando tal vez que el Caribe ya les pertenecía. Plazas y calles recibieron el nombre de Vernon para honrar al almirante. Se acuñaron monedas que mostraban al orgullo español arrodillado ante Vernon. La situación pintaba muy mal y los…
p. 243
09Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · Página 331 cita
[9]los pardos. 12 Esta tensión problemática determina el número y reparto de los milicianos en el territorio de la Nueva Granada. Mientras que la costa caribe, cuyo interés estratégico se explica por la continua amenaza de las demás potencias europeas, la piratería y el contrabando, cuenta con milicias disciplinadas, el…
p. 33
10Biografía del CaribeGermán Arciniegas · 2016 · Página 4751 cita
[11]arrojando 300 bombas sobre la ciudad. Conoce la entrada de la bahía que está defendida por los castillos más recios del Caribe. Sabe de sus murallas, que son el orgullo de España en el Nuevo Mundo. Pero, después de todo, es la misma Cartagena que asaltó Pointis, y ahora no hay, adentro de las murallas, sino 4. 000…
p. 475
11Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · Página 651 cita
[14]mejor salario y ración. Archivo Nacional. Colonia. Temporalidades, tomo 9, folio 824. Por sí sola y aún poniendo una familia numerosa a cargo del con- certado, la ración implicaba un consumo grande de dos elemen- tos esenciales en el régimen alimenticio, consumo mucho mayor sin duda que el actual en la misma región y…
p. 65
12Historia Económica y Social de Colombia I 1537-1719Germán Colmenares · 1997 · Página 4471 cita
[15]no siempre existió un acuerdo tan unánime para rechazar las con secuencias de una visita o de un juicio de residencia. A diferencia de las visitas, los juicios de residencia eran practicados por el funcionario que debía reemplazar al residenciado. Tal vez por esta razón, sus efectos no eran tan aparentes como los de…
p. 447
13Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · Página 2051 cita
[16]esclavos, y que fue bautizada como el hato de Calenturas. La otra recompensa fue polírico-militar: el nombramiento de maestre de campo con mando en toda la provincia de Santa Marta, suscrito en Cartagena el 26 de octubre de 1743 por el virrey del Nuevo Reino de Granada, Sebastián de Eslava (confirmado el 13 de octubre…
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14Viaje a la Sierra Nevada de Santa MartaÉlisée Reclus · 2016 · Páginas 62, 672 citas
[17]la anchura de un golfo estrecho, y puede comunicarse con esos diversos puntos más rápidamente que todas las otras ciudades de la República; su rada es una de las más bellas del mundo entero y muy fácilmente podrían cavarse en ella diques flotantes o de carena, nece - sarios hoy en todos los grandes puertos…
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[18]norte, por el archipiélago sobre el cual está construida la ciudad de Cartagena; esta rada se desa - rrolla en un magnífico semicírculo que penetra mucho en el interior de la costa. Podría contener flotas enteras, pero allí no había sino miserables canoas. Sobre las colinas, en donde esperaba distinguir algunas…
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15Aproximaciones a la historia del Derecho en ColombiaLuis Freddyur Tovar, Beatriz Eugenia Salamanca Charria, Carlos Andrés Delvasto Perdomo, Carlos Andrés Echeverry Restrepo, Francesco Zappalá Sastoque, Iván Alberto Díaz Gutiérrez · 2014 · Página 2871 cita
[19]división de poderes, los con - flictos de competencia entre autoridades coloniales eran cons - tantes, particularmente, entre oidores y virreyes 19. La primera instancia de un proceso era presidida por los alcaldes ordina - rios. Sólo para delitos graves se enviaba un juez comisionado, quien abría el proceso, ordenaba…
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