Lugares · Entidad
Entidad · Conquista · 1499–1599

San Sebastián de Mariquita

Villa colonial fundada en 1551 al pie de la cordillera Central, en el valle del Magdalena, Mariquita fue sucesivamente real de minas de plata y sede de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada entre 1783 y 1791, convirtiéndose en uno de los centros científicos más importantes del imperio español en América.

Alejandro Gutiérrez · 28 de julio de 2026 · 3.700 palabras · 41 fuentes
San Sebastián de Mariquita
Tipo
Lugar
Vida
1551
Roles
Real de minas de plata (siglos XVI–XVIII)Cabecera de provincia colonialSede de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783–1791)Centro de la red científica e ilustrada novogranadina
Hitos
  1. 1551Fundación colonialFundada por el capitán Francisco Núñez Predroso en el marco del ciclo de fundaciones mineras estimulado por la Audiencia a partir de 1550, con el objetivo de explotar oro y plata en las estribaciones de la cordillera Central, siguiendo el patrón urbano colonial de plaza, iglesia y distribución de solares.
  2. 1729Cierre de las minas de plataLa abolición definitiva de la mita en 1729 certificó el colapso de la actividad minera argentífera. Según Vicente Restrepo, ese año precipitó el cierre de las minas de Mariquita y Pamplona, remate de una crisis estructural previa causada por el decreciente suministro de mano de obra indígena y la incapacidad de sustituirla con mestizos o esclavos africanos.
  3. 1783Sede de la Real Expedición BotánicaTras la inauguración oficial de la Expedición el 27 de abril de 1783 bajo la dirección de José Celestino Mutis, Mariquita se convirtió en su sede operativa. Allí se estableció una escuela de dibujo botánico sin precedentes en América, con hasta diecinueve pintores simultáneos, y se organizaron excursiones científicas a los bosques de quina y las estribaciones del Nevado del Ruiz.
  4. 1791Traslado de la Expedición a SantaféTras ocho años en Mariquita, la Expedición Botánica se trasladó a Santafé de Bogotá por razones de cercanía al gobierno virreinal, mejores condiciones de archivo y la salud de Mutis. El período mariquiteño había fijado el estilo, la técnica pictórica y el acervo documental de la empresa científica.
  5. 1816Clausura definitiva de la Expedición BotánicaLa Reconquista española dirigida por Pablo Morillo puso fin a la Expedición Botánica, que había funcionado durante treinta y tres años (1783–1816). El archivo monumental generado en parte desde Mariquita —miles de láminas iluminadas, herbarios y cuadernos— quedó disperso y su publicación inconclusa.
Relaciones
José Celestino Mutis — director de la Real Expedición Botánica, cuya sede estableció en Mariquita entre 1783 y 1791, convirtiendo la villa en el laboratorio botánico más ambicioso del imperio español en AméricaFrancisco Núñez Predroso — capitán fundador de Mariquita en 1551Gonzalo Jiménez de Quesada — conquistador a quien la memoria oral local atribuyó erróneamente la fundación de la villaSalvador Rizo Blanco — mayordomo y pintor de la Expedición Botánica, coordinador de la escuela de dibujo botánico establecida en MariquitaReal de Minas de Santa Ana — centro minero de plata en las estribaciones cercanas a Mariquita, emblema de su ciclo extractivo colonialHonda — puerto fluvial sobre el Magdalena, a un día de camino de Mariquita, por donde circulaban especímenes, correspondencia y mercancías de la ExpediciónNevado del Ruiz — referente geográfico y científico de la Expedición, destino de excursiones para mediciones altitudinales y recolección de flora de alturaReal Expedición Botánica — institución científica cuya sede operativa más productiva fue Mariquita entre 1783 y 1791
Semblanza
Mariquita encarna la doble lógica del proyecto imperial español en América: primero la extracción violenta de la plata mediante la mita, y luego el escrutinio ilustrado de la naturaleza tropical como nueva forma de apropiación de las riquezas del reino. Su ciclo minero, estructuralmente frágil desde el origen por la dependencia de una mano de obra indígena que huía o moría, se agotó antes de que la abolición de la mita en 1729 lo certificara formalmente. Sobre esas ruinas, la Expedición Botánica de Mutis instaló entre 1783 y 1791 el taller científico más productivo del virreinato: una escuela de pintura botánica que formó a los dibujantes quiteños en la observación de la planta viva y produjo un archivo de láminas sin parangón en la América española. La villa que no pudo sostener sus minas sostuvo, en cambio, una empresa intelectual que conectó el Magdalena con Uppsala, París y Madrid, y que formó a la generación criolla ilustrada de la que saldría Francisco José de Caldas. Hoy, la Casa Mutis y las ruinas coloniales son los vestigios visibles de esas dos empresas consecutivas que hicieron de Mariquita un lugar de peso desproporcionado en la historia intelectual de Colombia.

San Sebastián de Mariquita

Al pie de la cordillera Central, en el valle caliente que dibuja el Magdalena antes de doblarse hacia Honda, hay una villa de calles bajas donde en menos de tres siglos ocurrieron dos empresas imperiales consecutivas: primero la extracción de la plata, después el inventario ilustrado de la naturaleza tropical. San Sebastián de Mariquita, fundada en 1551 en la vertiente occidental que mira al Nevado del Ruiz, fue sucesivamente real de minas, cabecera de provincia y —entre 1783 y 1791— sede de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Esa doble condición, extractiva e ilustrada, explica por qué su nombre pesa más en la historia intelectual de Colombia que en su geografía presente: de las dos empresas que la constituyeron no quedaron ni minas productivas ni universidad, sino ruinas y láminas. El palimpsesto es reciente en sus capas y antiguo en su desgaste.

La villa que fundó la plata

Mariquita nació en 1551 con el objeto que motivó buena parte de las fundaciones neogranadinas de la década: buscar oro y plata. En el ciclo que la Audiencia estimuló a partir de 1550 —once ciudades en diez años— la Corona empujó a los conquistadores desde el altiplano hacia las tierras bajas siguiendo el rastro de los metales. Santafé de Bogotá, articulada en dos décadas como centro del proceso de sujeción de los grupos indígenas de la cordillera Oriental y el valle del Magdalena, sirvió de plataforma para esa segunda ola de fundaciones. Mariquita e Ibagué, contemporáneas, respondieron a esa lógica: no fueron ciudades agrícolas del altiplano frío, sino avanzadas mineras en tierra caliente, con escasa población indígena disponible y lejos de los graneros del reino.

La fundación se atribuye al capitán Francisco Núñez Predroso, aunque una tradición local recogida por viajeros del siglo XIX terminó adjudicándosela al propio Gonzalo Jiménez de Quesada, a quien esa memoria oral hacía vivir y morir en el lugar. La confusión revela cómo el prestigio del adelantado se derramó sobre las ciudades del Magdalena; lo cierto es que Mariquita se erigió según el patrón que la Corona repetía en América: un fundador que fijaba el emplazamiento, señalaba la plaza y la iglesia, y distribuía solares. La ciudad, en ese modelo, era el instrumento central de la dominación española: desde ella se organizaba la explotación económica de la región conquistada y se administraban las unidades de trabajo que la sostenían.

Lo que hizo distintiva a Mariquita fue la plata. En un virreinato donde el oro dominaba la imaginación económica, sus vetas argentíferas —explotadas en los reales de minas del entorno, entre ellos el de Santa Ana, sobre las estribaciones que hoy corresponden al municipio de Falan— la convirtieron en un caso singular. El auge cargó desde el comienzo con una fragilidad estructural: la mano de obra. Las minas de plata de Mariquita, como las de Pamplona, dependieron del sistema de la mita, y ese sistema nunca funcionó bien allí. Los mitayos llegaban sin conocimiento del oficio y contra su voluntad, y la mayor parte huía antes de adquirir experiencia útil. A diferencia de los mineros del Cauca, Antioquia y el Chocó, que combinaron mano de obra indígena con esclavos africanos y libres mestizos, los empresarios de Mariquita y Pamplona no lograron esa sustitución. La villa quedó atada a una fuente laboral que se agotaba a ojos vistas.

La abolición definitiva de la mita en 1729 fue el remate de una crisis que llevaba décadas incubándose. Vicente Restrepo fijó ese año como el del cierre de las minas de plata de Mariquita y Pamplona; pero el suministro decreciente de tributarios, los abusos que la Corona intentaba paliar con protecciones tardías y los problemas técnicos internos de las explotaciones habían vaciado la actividad mucho antes. Cuando la mita cayó, no derribó una industria pujante: certificó una decadencia. La encomienda corría un declive paralelo. Hacia mediados del siglo XVIII, Mariquita era ya una ciudad periférica: cabecera de una provincia extensa que llegaba hasta el Magdalena, con un pasado glorioso inscrito en sus ruinas coloniales y un presente reducido a la agricultura de subsistencia y a la administración del tránsito fluvial que pasaba por Honda.

La Ilustración desembarca en el valle

Cuando la Real Expedición Botánica se instaló en Mariquita en 1783, la ciudad llevaba más de medio siglo sin sus minas. La elección del lugar no obedeció a ningún vigor local, sino al proyecto que traía su director. Para entender por qué Mariquita se volvió, contra su decadencia material, el laboratorio botánico más ambicioso del imperio español en América, hay que retroceder veintidós años y detenerse en la figura de José Celestino Mutis.

Mutis había llegado a Santafé en 1761 como médico del virrey Pedro Messía de la Cerda. Traía de España una formación híbrida —había estudiado botánica en el recién creado Jardín Botánico de Madrid, aunque otras noticias contemporáneas lo describen como autodidacta— y una obsesión: la quina, cuyas propiedades febrífugas eran uno de los principales móviles que lo empujaban al Nuevo Mundo. Durante las dos décadas siguientes, mientras ejercía la medicina y ordenaba correspondencias científicas con la Europa culta, tejió tres redes que resultarían decisivas.

La primera fue la red epistolar. Su intercambio con Carl von Linné —Linneo, el sistemático de Uppsala— le abrió las puertas de esa universidad y de la Academia de Estocolmo; Linneo le dedicó varias plantas, entre ellas la que hoy lleva su nombre, la mutisia, y difundió sus trabajos en el mundo científico. Antonio José Cavanilles, desde Madrid, le dedicaría sus tratados llamándolo el más sabio de los botánicos de América y colocándolo entre los primeros de Europa. Antes de dirigir expedición alguna, Mutis ya era, en la república de las letras naturalistas, un corresponsal de peso.

La segunda red fue pedagógica. Enseñó en Santafé el sistema heliocéntrico de Copérnico y las nuevas ciencias, y esa docencia le trajo un problema formidable: los dominicos, guardianes del tomismo en las cátedras neogranadinas, lo consideraron hereje e intentaron expulsarlo. La lucha por el plan de estudios, entre escolásticos y partidarios de la nueva ciencia, se prolongaría desde los años sesenta hasta bien entrados los ochenta, y Mutis se sostuvo gracias a la protección de virreyes ilustrados. El virrey Manuel Guirior, que lamentaba el "antiguo letargo" escolástico del reino, hizo del fomento de las ciencias útiles un principio de buen gobierno. Pero fue el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora quien selló la protección: bajo su mandato, la Iglesia colonial y la Ilustración española encontraron una tregua institucional que ampararía la Expedición.

De esa docencia salieron los discípulos. Felipe Vergara y Caycedo en los años sesenta, Eloy Valenzuela en los setenta, y luego José Félix Restrepo llevaron las matemáticas, la filosofía moderna y las ciencias al Colegio del Rosario y, desde comienzos de los años ochenta, al Colegio-Seminario de Popayán. Por esa cadena discipular llegaría la filosofía científica a la generación criolla ilustrada del sur, la que formaría a Francisco José de Caldas y su entorno. La tercera red fue una biblioteca en expansión: Mutis reunió en Santafé un fondo voluminoso de botánica, matemáticas, historia, geografía y literatura, con obras de Holanda, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, que revolucionó el ambiente novogranadino. Era una universidad privada disfrazada de gabinete.

Sobre esas tres décadas de trabajo previo se montó, el 1 de abril de 1783, el nombramiento de Mutis como director de la Real Expedición Botánica; su inauguración oficial siguió el 27 de abril del mismo año. La primera sede se estableció en la Mesa de Juan Díaz, en la actual Cundinamarca. Pocos meses después, la operación se trasladó a Mariquita, donde permanecería hasta 1791, cuando pasaría a Santafé para continuar allí hasta la muerte de Mutis en 1808. La Expedición no cerraría formalmente hasta 1816, aniquilada por la Reconquista de Morillo: treinta y tres años en total, uno de los proyectos científicos españoles de mayor duración en América.

Mariquita, capital efímera de la botánica americana

Que Mutis eligiera Mariquita para ocho años decisivos tiene explicación práctica y simbólica. En lo práctico, la ciudad ofrecía clima cálido, cercanía a los bosques de quina de las estribaciones andinas, al Nevado del Ruiz para las mediciones altitudinales y de flora fría, al bosque de palmas de cera del entorno y a la vía del Magdalena para el envío de especímenes y correspondencia. Honda, a un día de camino, era el puerto interior por donde entraban y salían las mercancías del reino. En lo simbólico, la villa arruinada por la plata resultaba un emplazamiento paradójico: allí donde el ciclo extractivo del oro y la plata había fracasado, la Corona ensayaba otro tipo de extracción, más lenta y más racional, cuyo objeto ya no eran los metales sino las virtudes farmacológicas y comerciales de las plantas.

Caballero y Góngora fue explícito sobre esa continuidad. Concibió la Expedición como parte de un plan de explotación racional de las riquezas naturales del reino y, a la vez, como instrumento para cambiar la orientación cultural de la enseñanza neogranadina. Propuso, incluso, someter la explotación de los bosques de quina a un estanco, con el argumento de que la naturaleza misma indicaba ese régimen al producir el febrífugo exclusivamente en el reino. La Expedición era, en el diseño imperial, un instrumento borbónico más: escrutinio de las riquezas naturales, racionalización administrativa, modernización de sistemas productivos. El mismo Carlos III dictaba, desde Madrid, la política que la sostenía.

Pero lo que ocurrió en Mariquita entre 1783 y 1791 desbordó ese mandato utilitario. Mutis levantó allí una escuela de dibujo botánico sin precedentes en América. Los jóvenes pintores quiteños —hijos y discípulos de los grandes maestros de la Escuela de Quito, formados en la minuciosidad, los colores brillantes y las líneas sinuosas de la pintura religiosa— llegaron a Mariquita sin conocimiento previo de iconografía botánica. Salvador Rizo Blanco, mayordomo de la Expedición y él mismo pintor, coordinó ese aprendizaje. Mutis los reeducó en la observación de la planta viva, en la disección de la flor, en la fidelidad al color del pétalo y a la nervadura de la hoja. En su mejor época, la Expedición llegó a tener diecinueve pintores trabajando simultáneamente, cifra que ninguna otra empresa científica española de la época igualó: las expediciones al Perú y a Nueva España se conformaron con dos dibujantes cada una.

Ese aparato de imágenes —láminas a tamaño natural, con detalles anatómicos y coloración de una intensidad que aún asombra— es lo que hizo distinta a la Expedición Botánica del Nuevo Reino. En Mariquita se ensayó la técnica, se formó a los pintores, se fijó el estilo. Los nombres de Francisco Javier Matís, uno de los dibujantes más finos del taller, y del propio Rizo, se asocian a esa fase. Junto a los pintores trabajaron los herbolarios, los recolectores y los ayudantes; se organizaron excursiones a las tierras altas, a los bosques de quina, a la vertiente occidental del Ruiz. Se hicieron mediciones barométricas y observaciones de altitud. La sede mariquiteña —la casa que hoy se conserva como Casa Mutis— funcionó como gabinete, laboratorio, aula, taller de pintura y oficina de correspondencia científica al mismo tiempo.

El resultado material fue un archivo monumental: miles de láminas iluminadas, un herbario extenso, cuadernos de notas, cartas. La Expedición superó en acopio a sus contemporáneas peruana y novohispana. La comparación no es solo cuantitativa: se trataba de otra epistemología del registro, más artesanal y más ambiciosa, que pretendía representar la totalidad de la flora del reino en imágenes de una precisión que el grabado europeo apenas alcanzaba.

En 1791 la Expedición se trasladó a Santafé de Bogotá. Las razones del traslado combinan la necesidad de mayor cercanía al gobierno virreinal, la búsqueda de mejores condiciones para archivar y catalogar el material acumulado, y la salud del propio Mutis. Con la mudanza, Mariquita perdió su función de centro. Los ocho años, sin embargo, habían fijado el estilo de la casa: cuando Alexander von Humboldt visitó a Mutis años después —desviando expresamente su ruta para pasar dos meses conversando con él—, lo que encontró era producto directo del taller mariquiteño.

La red: discípulos, corresponsales, herederos

La Expedición Botánica no fue una empresa solitaria; fue el nudo de una red que se extendió del Ecuador a Uppsala y de París al Chocó. Alrededor de Mutis se formó el grupo de criollos ilustrados que trasladaría el método científico moderno al conocimiento del propio territorio. Esa transferencia fue más consecuencia que propósito, y en ella radica una parte esencial del legado de Mariquita.

El más notable de esos herederos fue Francisco José de Caldas, formado en Popayán en la tradición docente que Restrepo había implantado a partir de los años ochenta. Caldas se incorporó a la Expedición como astrónomo y geógrafo, y propuso extenderla en una dirección que Mutis no había planteado explícitamente: una expedición "geográfica o económica" con cooperación simultánea de astrónomos, botánicos, mineralogistas, zoólogos, economistas y diseñadores. Era, en efecto, aplicar el equipo de la Expedición Botánica al estudio sistemático de las realidades propias del territorio. En esa reorientación —del inventario de plantas útiles al conocimiento integral del país— se cifra el paso decisivo de la ciencia colonial a la ciencia criolla. Sinforoso Mutis, sobrino del director, y Eloy Valenzuela participaron en distintos momentos del trabajo botánico; el propio Rizo, mayordomo y pintor, fue pieza administrativa clave.

Junto a ellos, otros nombres prolongaron el impulso más allá del mandato imperial. Pedro Fermín de Vargas y Francisco Antonio Zea orientaron el trabajo científico hacia el estudio de las realidades coloniales, la economía política y la geografía humana. José María Cabal se sumó a esa generación. Antonio Nariño, en Santafé, tradujo la Declaración de los Derechos del Hombre en 1794, y aunque su trayectoria política pertenece a otro registro, pertenecía al mismo círculo intelectual criollo que se había formado bajo la influencia difusa de la biblioteca de Mutis y de sus enseñanzas. La cultura científica que la Expedición produjo desbordó su encargo utilitario y terminó nutriendo, sin proponérselo, el imaginario que haría posible la independencia. Manuel Antonio Sánchez, entre los ayudantes menores de la empresa, ilustra la manera en que la Expedición formó también a técnicos intermedios cuyos nombres apenas registra la historiografía.

La red internacional era otra. Linneo había convertido a Mutis en un corresponsal reconocido en el norte de Europa; Cavanilles hacía lo propio desde Madrid. La visita de Humboldt, hacia el arranque del siglo XIX, coronó ese reconocimiento. El prusiano llegó a la casa de Mutis desviando expresamente su viaje, y permaneció con él dos meses. Los dos hombres intercambiaron todo lo que sabían: Mutis habló de quinina, de curare, de barometría lunar, de la flora que él y sus dibujantes habían mapeado; Humboldt le devolvió biogeografía, anatomía de manatíes, teoría de las rocas. Humboldt le mostró un mapa preliminar del río Magdalena, y Mutis le sugirió cambios que el prusiano incorporó de inmediato. Bonpland, compañero de viaje, se sumó al ofrecimiento de amistad.

La diferencia entre las dos maneras de mirar América fue notable. Humboldt buscaba la diversidad desbordante de naturaleza y culturas, la marca de una América tropical distinta de Europa; Mutis, tras cuatro décadas en Santafé, estaba plenamente americanizado, y su ciencia era la del hombre que ha dejado de ver el trópico como extrañeza y lo trata ya como su casa. Ambos, con Caldas de por medio, contribuyeron a hacer disponible el paisaje neogranadino para las apropiaciones nacionalistas que sobrevendrían. Un mapa publicado en París por Humboldt daba crédito a Caldas; las láminas de la Expedición proveyeron el repertorio visual con el que el país empezaría a imaginarse a sí mismo.

Esa doble geografía —la física, con sede en Mariquita y luego en Santafé, y la epistolar, tendida entre Uppsala, París, Madrid y el trópico— es la que da a la villa su peso desproporcionado. Como lugar, Mariquita era una ciudad decadente de tierra caliente; como nodo, fue durante ocho años uno de los puntos donde se procesaba la ciencia europea sobre la naturaleza americana.

Fin de ciclo: la Reconquista y la ruina

El desenlace fue rápido y brutal. Mutis murió en Santafé en 1808. La Expedición continuó bajo la dirección de sus discípulos durante los años convulsos de la crisis imperial y de la Primera República. En 1814, con el regreso de Fernando VII a España tras la derrota de Napoleón, la mayoría de los súbditos neogranadinos volvió al orden absolutista, y los revolucionarios como Simón Bolívar quedaron en una posición insostenible. La contraofensiva llegó dos años después: el general Pablo Morillo completó la Reconquista neogranadina en los primeros días de octubre de 1816.

La represión fue sistemática. Santafé se convirtió en el centro administrativo de la "pacificación", y desde allí se extrajeron recursos humanos y materiales. La Junta de Secuestros incautó los bienes de los insurgentes para financiar el ejército expedicionario. Caldas fue fusilado ese mismo año; su muerte impactó a la sociedad criolla. Su coterráneo José María Gruesso lo evocaría en 1820 en el poema Lamentación de Pubén, donde apareció por primera vez en la literatura neogranadina la palabra "romántico" para describir la naturaleza, hito temprano en la historia literaria del país. La Expedición Botánica fue cerrada definitivamente en 1816. Los materiales acumulados durante treinta y tres años —láminas, herbarios, manuscritos— fueron en parte enviados a Madrid y en parte dispersados; su reunificación y estudio sistemático tardaría más de un siglo.

Mariquita quedó al margen del vendaval. La ciudad, que ya en 1783 era periférica, salió de la Expedición aún más marginal, sin las minas de plata que le habían dado nombre y sin el gabinete científico que le había dado prestigio. En los primeros años republicanos, el vicepresidente Francisco de Paula Santander nombró gobernador de la Provincia de Mariquita al coronel José María Mantilla, con residencia en Honda —no en la propia Mariquita— y con el encargo principal de levantar una escuadrilla para dominar el Magdalena. El desplazamiento de la cabecera efectiva de la provincia hacia el puerto fluvial certificaba lo que era ya evidente: Honda administraba el tránsito y el comercio, Mariquita conservaba la memoria.

Huella: ruinas, láminas, palimpsesto

Cuando un viajero recorrió Mariquita en el siglo XIX, lo que anotó fueron ruinas. De la casa que la tradición local atribuía a Jiménez de Quesada quedaba principalmente el portón de piedra pulida y algunas vigas de madera que habían servido como repisas de ventanas. Los habitantes no usaban mortero para construir, y las pocas casas nuevas que se levantaban aprovechaban materiales sacados de la destrucción de las ruinas. Algunas vigas antiguas seguían en pie porque los buscadores de leña preferían no tocarlas, probablemente porque la madera se había endurecido con el tiempo. El viajero concluyó que Mariquita debió haber sido "un gran lugar" en el pasado —inferencia hecha, precisamente, a partir de las ruinas.

Esa manera de existir —como reliquia fragmentaria de un pasado notable— define la huella material de la villa. La Casa Mutis, identificada como el lugar donde vivió el director durante su estancia y como sede temporal de la Expedición, se conserva como referencia patrimonial. Un mapa de las tierras de Santa Ana y de Mariquita, datado en 1869 y hoy en el Museo Nacional de Bogotá, aparece asociado al Álbum de la Comisión Corográfica, señal de que la geografía histórica de la zona siguió importando a los proyectos republicanos de conocimiento del territorio. Pascual Morales, originario de Mariquita, figura entre los jóvenes aprendices en la escuela práctica de arquitectura que Tomás Reed dirigió en Bogotá hacia 1848: al menos un mariquiteño participó en los proyectos educativos y constructivos del joven Estado nacional.

La huella inmaterial es más vasta. Las láminas de la Expedición constituyen uno de los archivos iconográficos más importantes producidos en América colonial. La figura de Mutis —matemático, médico, sacerdote y botánico— quedó fijada en la memoria republicana como puente entre la era colonial y la modernidad, por su énfasis en la ciencia, la evidencia y los principios ilustrados. La generación de Caldas, formada en su órbita, se convirtió en el santoral científico y patriótico de la nación. Los nombres asociados a Mariquita en esa constelación —Rizo, Matís, Sinforoso Mutis, Valenzuela, Caldas mismo cuando estuvo allí— circulan hasta hoy en la historiografía como el primer equipo científico americano digno de ese nombre.

El palimpsesto está hecho de dos capas y de sus dos silencios. La primera, la minera, dejó reales de minas desactivados en el entorno —Santa Ana, sobre todo—, tradiciones orales sobre las excavaciones, ruinas fragmentarias en el casco urbano y el nombre mismo de una provincia que llegó a extenderse desde Honda hasta el Magdalena medio. La segunda, la ilustrada, dejó una casa, un archivo disperso entre Madrid y Bogotá, una red discipular cuyos frutos maduraron en la independencia, y una escuela de dibujo cuyos herederos indirectos son buena parte de la iconografía natural colombiana del siglo XIX.

Ninguna de las dos capas dejó infraestructura duradera en la propia villa. La lógica extractiva —primero de metales, luego de imágenes y saberes— tomó de Mariquita lo que le interesaba y lo llevó a otra parte: la plata al mercado atlántico, las láminas a Santafé y luego a Madrid, los discípulos a las cátedras de Popayán y del Rosario, la ciencia misma a las academias europeas donde Linneo y Cavanilles la certificaban. Lo que quedó en Mariquita fue el marco físico: el clima, el río, el nevado al fondo, las paredes de la casa donde Mutis dibujó la quina, el portón de piedra de una fundación remota. Como escenario, la villa cumplió; como beneficiaria, apenas.

Esa asimetría es la que hace de Mariquita un caso especialmente elocuente de la historia colonial y de la Ilustración americana. Fue instrumento sin ser destinataria; fue matriz sin ser centro. Su prestigio simbólico —el nombre resuena en cualquier historia de la ciencia colombiana— no se corresponde con su peso material en la geografía nacional posterior, y esa desproporción es la marca exacta de las ciudades que sirvieron a los proyectos del imperio sin ser refundadas por ellos. Mariquita, en 1816, era ya lo que ha seguido siendo: una villa modesta a orillas del Magdalena, con la sombra larga de dos empresas que la usaron sin quedarse en ella, y con las ruinas y las láminas como únicas pruebas de que aquello había ocurrido.