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Ensayo · Transversal · —

Los palenques cimarrones y el primer autogobierno en la Nueva Granada

Entre los siglos XVI y XVIII, comunidades de esclavos fugitivos levantaron en los manglares del Caribe, las serranías del Patía y las ciénagas del San Jorge aldeas con cabildos electivos, capacidad diplomática y lengua propia. La pregunta es si esos palenques constituyeron el primer autogobierno moderno del territorio colombiano y por qué la historia oficial tardó tres siglos en reconocerlo.

14 min de lectura2.954 palabras37 documentos51 fragmentos
Los palenques cimarrones y el primer autogobierno en la Nueva Granada
Actualizado 29 de julio de 2026
01

Orientación para entrar

La respuesta en breve

La tesis

Los palenques neogranadinos constituyeron formas reales de soberanía subalterna: tuvieron territorio delimitado y defendido militarmente, instituciones políticas propias —cabildos con elección por mérito, jefaturas reconocidas como el título de rey del arcabuco de Domingo Biohó en Matuna—, capacidad diplomática demostrada en tratados con la corona (la capitulación de San Basilio, las negociaciones con El Castigo) y producción cultural autónoma, incluida una lengua criolla distinta al español. Esta soberanía, aunque precaria y geográficamente confinada, precedió en dos siglos a cualquier forma criolla comparable y solo fue reconocida jurídicamente con la Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993. El silencio historiográfico no fue descuido erudito sino operación deliberada: la élite letrada que escribió la historia republicana era el mismo estrato que había sido propietario de esclavos en la colonia, y reconocer el primer autogobierno del territorio como negro y cimarrón implicaba admitir que la nación no comenzó con ellos y que el sujeto político previo era precisamente el sujeto al que habían esclavizado.

La tensión

El primer eje de tensión es institucional: si los palenques fueron Estados en pequeño con soberanía propiamente dicha o refugios coyunturales sostenidos por la geografía inaccesible y la debilidad logística colonial. Quienes enfatizan la soberanía señalan los cabildos electivos de Matuna, el tratado de San Basilio y la red de espías urbanos de Biohó como evidencia de una forma política deliberada; quienes la relativizan apuntan a que Matuna fue reducido y su líder ejecutado, El Castigo destruido militarmente en 1745 por Juan Álvarez y Tomás Hurtado, y San Basilio sobrevivió solo bajo condiciones impuestas por el obispado. El segundo eje es genealógico y de escala: leer los palenques caribeños como fenómeno regional aislado —excepción folklórica explicable por la geografía— o como nodos del Atlántico negro comparables a Palmares en Brasil, los cimarrones jamaicanos del Cockpit Country y los negros de Esmeraldas en Ecuador. La disputa no es de evidencia sino de marco interpretativo: la escala nacional permite el silencio; la escala atlántica lo hace insostenible. Un tercer eje, más silencioso, concierne a la matriz cultural: si la llamada cultura anfibia costeña —documentada por Fals Borda en Mompox— es una supervivencia indígena zenú decorada con aportes africanos, o el producto de un encuentro forzado por el cimarronaje entre poblaciones africanas fugitivas, remanentes indígenas y la ecología de ciénagas y marjales, lo que convertiría al palenque en el sedimentador de esa cultura y no en un episodio marginal de ella.

Temas
Cimarronaje y palenques en la Nueva GranadaAtlántico negro: quilombos, cimarrones y resistencia afrodescendiente comparadaCultura anfibia y matriz afro-indígena en la Depresión MomposinaMulticulturalismo constitucional: Constitución de 1991 y Ley 70 de 1993Monopolio criollo del relato fundacional y racismo institucional en la historiografía colombianaDomingo Biohó y el palenque de Matuna
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Ensayo completo

La lectura

¿Fueron los palenques cimarrones el primer autogobierno moderno en la Nueva Granada?

Entre 1530 y 1851, mientras la corona española administraba virreinatos y las élites criollas construían capitales letradas, cientos de africanos y afrodescendientes esclavizados se fugaron a los manglares del Caribe, a las serranías del Patía y a las ciénagas del San Jorge, y allí levantaron aldeas fortificadas con jefatura propia, cabildos electivos, economía autónoma y capacidad de negociar tratados con la corona. Se llamaron palenques. El más célebre —San Basilio, en los Montes de María— obtuvo por capitulación con el obispo de Cartagena el derecho a existir bajo ley propia, y sigue en pie, con lengua distinta al español, más de cuatro siglos después. La pregunta, entonces, es doble: ¿pueden esas comunidades leerse como el primer autogobierno moderno en suelo neogranadino? Y si la respuesta es sí, ¿por qué la historia oficial esperó hasta 1991 para reconocerlo?

La historiografía canónica colombiana fechó el nacimiento de la nación en el cabildo abierto del 20 de julio de 1810 y en los actos de independencia de las juntas criollas. Ese relato tiene un supuesto no discutido: que el primer sujeto político moderno del territorio fue el vecino letrado de Santafé, Cartagena o Popayán, y que antes de 1810 solo hubo administración colonial. Si se acepta que los palenques —con territorio delimitado, autoridad electiva, capacidad diplomática y liturgia propia— fueron formas sostenidas de autogobierno anteriores en dos siglos a las juntas criollas, la cronología política del país cambia de eje. No es una precisión erudita. Es decidir si el primer experimento de soberanía en el actual territorio colombiano fue criollo o cimarrón, letrado u oral, andino o anfibio, blanco o negro. La pregunta pesa también hacia adelante: la Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993 reconocieron por primera vez, en términos jurídicos, la existencia de comunidades negras con derecho a la propiedad colectiva de sus territorios ancestrales, y ese reconocimiento se hizo posible porque un movimiento afrocolombiano reivindicó la memoria del cimarronaje como fundamento de su presencia territorial. Sin palenques históricos no había Ley 70. Y sin Ley 70 sigue siendo posible narrar la nación como si allí nunca hubiera habido sino haciendas, cuadrillas mineras y una masa esclava sin voz.

Dos ejes se enredan cada vez que se discute el estatuto de los palenques, y conviene desenredarlos antes de mirar la evidencia. El primero es institucional. ¿Fueron los palenques Estados en pequeño, con soberanía propiamente dicha, o refugios coyunturales cuya duración se explica por la geografía inaccesible y la debilidad logística de la administración colonial? Quien enfatiza lo primero señala la existencia de cabildos, elecciones por mérito, tratados formales, títulos como el de rey del arcabuco que Domingo Biohó ostentó en Matuna. Quien enfatiza lo segundo apunta a que Matuna fue reducido militarmente, El Castigo destruido en 1745 por la expedición de Juan Álvarez y Tomás Hurtado, y que San Basilio sobrevivió solo porque capituló bajo condiciones impuestas por el obispado. La soberanía cimarrona, en esta segunda lectura, sería más una situación de hecho que una institución.

El segundo eje es genealógico. ¿Los palenques son un fenómeno regional aislado o nodos locales de un archipiélago mayor —el Atlántico negro— que incluye los quilombos brasileños (Palmares en primer lugar), los cimarrones jamaicanos del Cockpit Country y los negros de Esmeraldas en el actual Ecuador? La disputa es menos de evidencia que de escala interpretativa. Leer a Matuna en solitario permite tratarla como excepción folklórica; leerla junto a Palmares obliga a admitir que en toda América tropical, entre los siglos XVI y XVIII, se ensayaba simultáneamente una forma política afrodescendiente que la historiografía nacional de cada país prefirió no ver como matriz.

Un tercer eje, más silencioso, atraviesa a los dos anteriores: el de la matriz cultural. Si los palenques costeños del bajo Magdalena y la depresión momposina se instalaron sobre un territorio que la cultura zenú había modelado durante siglos con canales y camellones, y si allí se cruzaron poblaciones africanas fugitivas con remanentes indígenas y con la ecología anfibia de ciénagas y marjales, entonces la llamada "cultura anfibia" costeña —esa forma de vida sobre el agua que Fals Borda documentó en Mompox y erigió en clave interpretativa de toda la región— no es una supervivencia indígena decorada con tambores africanos, ni un injerto africano sobre sustrato zenú, sino el producto de un encuentro forzado por el cimarronaje. Fals Borda leyó la vida anfibia como sedimentación histórica; lo que la evidencia palenquera añade es el nombre del sedimentador. La cumbia, la champeta antigua, los cantos de vaquería, la funebria del lumbalú palenquero: nada de eso se explica por una sola herencia.

La secuencia se reconstruye con precisión razonable. Hacia finales del siglo XVI, el colapso demográfico indígena en la provincia de Cartagena hizo insostenible la producción minera, agrícola y de transporte fluvial con la fuerza de trabajo nativa. La corona intensificó la trata: Cartagena se volvió, por décadas, el mayor puerto negrero del norte de Suramérica, y el comercio de esclavos se convirtió en el más lucrativo del circuito. Los cargamentos llegaban con abrumadora mayoría masculina —en nueve haciendas de la provincia de Cartagena estudiadas entre 1633 y 1724 había cinco hombres por cada mujer, y los menores de quince años no alcanzaban el cinco por ciento de la población esclava—, lo que impedía la autorreproducción demográfica y obligaba a reponer mediante trata continua.

En ese contexto llegó a Cartagena Domingo Biohó, africano cuya biografía anterior sigue siendo elusiva pero cuya actuación colonial está documentada. Entre 1599 y 1621, con la fuga desde Cartagena y la fundación del palenque de Matuna en los manglares próximos a la ciudad, Biohó organizó lo que las autoridades españolas terminarían llamando, con incomodidad terminológica reveladora, un rey: fue proclamado rey del arcabuco en cabildo palenquero, la autoridad interna se elegía por mérito y servicio, y desde el palenque operaba una red de espías —esclavos que no habían huido pero mantenían lealtad al cimarronaje— colocados en haciendas, puerto y trapiches. Esa articulación entre un núcleo territorial fortificado y una periferia informante en la propia Cartagena es lo que distingue a Matuna de una simple partida de fugitivos: una forma política, aunque precaria.

La Matuna de Biohó fue finalmente reducida, y el líder ejecutado, pero el patrón se reprodujo. En la Depresión Momposina —esa red de ríos, caños y ciénagas donde el Cauca, el San Jorge y el Magdalena se entrelazan— surgieron entre los siglos XVI y XVIII numerosos palenques, alimentados por fugas continuas desde las minas del norte de Antioquia. La zona seguía siendo, un siglo después de Biohó, un territorio de refugio: hacia la década de 1770, los pantanos de Matuna y la serranía de María albergaban todavía pequeños grupos de fugitivos que vivían de la pesca y de cultivos menores, y hostigaban haciendas vecinas, aunque ya sin el estatus de comunidad autónoma. La red fluvial funcionaba como una geografía de fuga tan efectiva como la de los mocambos brasileños, y en Uré, sobre el San Jorge, y en los palenques al sur de Mompox, el patrón se repetía con variaciones. La supervivencia de estos asentamientos hasta bien entrado el siglo XVIII no puede atribuirse a un solo factor. La geografía cuenta —bosques densos, pantanos, serranías que hacían inviable la logística militar española—, pero también cuenta la reiterada incapacidad, o desinterés, de una administración colonial que en 1619 declaró libres a algunos grupos cimarrones y les asignó tierras, y a fines del siglo XVII ordenó su exterminio total, alternando entre la negociación y el aniquilamiento sin que ninguna política se sostuviera con continuidad.

El caso más elocuente de esa alternancia es San Basilio. Fundado a comienzos del siglo XVII y engrosado durante décadas por fugas sucesivas, resistió repetidas expediciones militares —causando bajas entre sus perseguidores, incluidos algunos de sus propios amos— hasta que la corona optó por capitular. La negociación se gestionó a través del obispado de Cartagena y culminó en un pacto que autorizó a los palenqueros a establecerse en la falda de los Montes de María bajo ciertas condiciones. San Basilio no fue conquistado ni exterminado: fue reconocido, en los términos que la corona pudo imponer, como comunidad diferenciada con derecho a existir. Es lo más cerca que estuvo la administración colonial de admitir formalmente una soberanía subalterna en su propio territorio.

En el suroccidente, el patrón se reconfiguró en clave minera. El auge de la extracción aurífera en Barbacoas e Iscuandé durante el siglo XVIII se apoyó en cuadrillas de decenas o cientos de esclavos, y de esas cuadrillas se desprendieron los fugados que poblaron el valle del Patía. Allí surgieron al menos dos palenques —el más conocido, El Castigo, en la serranía entre Pasto y Popayán—, cuya inaccesibilidad hizo fracasar los intentos de negociación de la Real Audiencia de Quito y obligó finalmente a la expedición militar de 1745, al mando de Juan Álvarez y Tomás Hurtado, que lo destruyó. Pero la destrucción de El Castigo no significó el fin del cimarronaje patiano. Familias afrodescendientes se apropiaron entonces de predios vacíos entre haciendas, mediante platanares y pequeñas parcelas domésticas al margen de las grandes propiedades o a orillas de los ríos, y consolidaron una geografía social negra en el Cauca y Nariño que llegó intacta al siglo XX y de la que hoy dependen las reivindicaciones territoriales del Pacífico sur.

¿Fueron entonces los palenques neogranadinos el primer experimento sostenido de autogobierno en el territorio que hoy es Colombia? La evidencia empuja hacia el sí, y reposa sobre cuatro órdenes entrelazados. Tuvieron, para empezar, territorio delimitado: Matuna, San Basilio, El Castigo, los palenques momposinos y del San Jorge ocuparon áreas específicas —manglares, serranías, pantanos, cabeceras fluviales— defendidas militarmente y reconocidas como tales por la propia administración colonial. Sobre ese territorio operaron instituciones políticas propias. El cabildo palenquero de Matuna elegía a sus autoridades por mérito y servicio. El título de rey del arcabuco no era una imitación decorativa, sino la designación de una jefatura militar y política reconocida internamente. En San Basilio se conserva memoria de una organización social que se transformó, al cesar el cimarronaje formal, en las estructuras rituales y comunitarias que aún hoy sostienen la comunidad.

Ejercieron, además, capacidad diplomática. En 1619 algunos grupos cimarrones fueron declarados libres por la corona y recibieron tierras. La capitulación de San Basilio gestionada a través del obispo Cassiani es un tratado en toda regla, con obligaciones recíprocas. La Real Audiencia de Quito intentó reiteradamente negociar con El Castigo antes de recurrir a la fuerza. La corona, en la práctica, trataba a los palenques como interlocutores políticos aunque en la retórica los llamara focos de sedición. Y produjeron liturgia y lengua propias. San Basilio desarrolló un idioma criollo distinto al español, rituales funerarios con roles sagrados femeninos, cantos, danzas y prácticas médicas resultado de la coalescencia de personas provenientes de diversas regiones africanas. Una comunidad que produce lengua propia no es un refugio: es una sociedad.

Ahora bien, ¿fue esta una soberanía comparable a la de un Estado? Fue estructuralmente frágil, y ignorar la fragilidad sería tan falso como negar la soberanía. Matuna fue reducido y su líder ejecutado. El Castigo fue destruido militarmente en 1745. San Basilio sobrevivió solo porque negoció bajo condiciones coloniales. Los pantanos de Matuna, hacia 1770, albergaban ya solo grupos dispersos sin estatus autónomo. La soberanía cimarrona nunca fue conquistada de manera permanente: fue arrancada, palenque por palenque, a los márgenes que la geografía y la debilidad logística del imperio permitieron. Fue una soberanía de facto, precaria, discontinua, geográficamente confinada. Pero fue soberanía, y precedió en dos siglos a cualquier forma criolla comparable.

¿Por qué, entonces, tardó tres siglos en incorporarse al relato nacional? La respuesta más honesta es que no fue omisión: fue operación. La historia oficial republicana se construyó desde el mismo estrato letrado que había sido, en la colonia, propietario de esclavos, cuadrillero minero, hacendado del Cauca o del valle del Patía. Ese estrato hizo su independencia en 1810 y escribió su historia después. Reconocer que los primeros autogobiernos modernos del territorio habían sido negros y cimarrones implicaba admitir dos cosas insoportables para el monopolio criollo del relato fundacional: que la nación no comenzó con ellos, y que el sujeto político previo era precisamente el sujeto al que ellos habían esclavizado. Que Biohó gobernara en Matuna dos siglos antes de que Jaramillo Uribe redactara su capítulo sobre la sociedad colonial —y que ese capítulo pudiera escribirse casi sin mencionarlo— es una operación historiográfica, no un accidente de archivo. El silencio historiográfico sobre los palenques no fue descuido erudito; fue continuidad del orden social que la historiografía sirvió durante siglo y medio de vida republicana.

Los palenques, además, no fueron un fenómeno regional aislado. Fueron nodos del Atlántico negro. Palmares en Brasil, con casi un siglo de existencia hasta su destrucción en 1695; los cimarrones jamaicanos del Cockpit Country que arrancaron a la corona británica el tratado de 1739; los negros de Esmeraldas en el actual Ecuador; Matuna, San Basilio, El Castigo, los palenques del San Jorge y el Patía: entre los siglos XVI y XVIII, sobre toda la América tropical, se ensayó simultáneamente una forma política afrodescendiente cuya escala solo se percibe si se abandona el marco nacional. La historiografía colombiana leyó a Matuna como excepción folklórica porque leerla como nodo la obligaba a admitir que la nación era menos original de lo que su relato fundacional pretendía.

Y hay algo más. La matriz cultural que estos palenques ayudaron a fijar —esa vida anfibia que combina pesca, pequeño cultivo, movilidad sobre agua, calendario ritual con densa presencia femenina, música de tambor y voz— no es herencia indígena zenú apenas teñida de África, ni tampoco una supervivencia africana pura sobre suelo americano. Es el resultado del encuentro que el cimarronaje forzó: africanos fugitivos que llegaron a los mismos manglares y ciénagas que la cultura zenú había modelado durante siglos, y que allí, con lo que traían y lo que encontraron, fabricaron una forma de habitar el trópico húmedo. La cumbia, cuyos primeros escenarios documentados son precisamente la zona del bajo Magdalena y la Depresión Momposina —donde florecieron los palenques—, es una de las señales visibles de esa coalescencia. Las formas políticas palenqueras fueron desmanteladas, capituladas o toleradas, pero la matriz cultural se filtró en la vida cotidiana de todo el Caribe interior colombiano y sobrevivió, subterránea, a la disolución formal del cimarronaje como institución.

Ese sustrato explica por qué el reconocimiento de 1991 fue posible. La Constitución de ese año incluyó el Artículo Transitorio 55, que ordenaba al Congreso reconocer a las comunidades negras rurales ribereñas del Pacífico el derecho a la propiedad colectiva sobre las tierras que ocupaban. La Ley 70 de 1993, con su Decreto reglamentario 1745 de 1995, materializó ese reconocimiento en la figura del consejo comunitario. Fue una restitución tardía y parcial, y —según le pareció a organizaciones como Cimarrón, excluida del proceso porque su marco de igualdad racial no encajaba con el modelo multicultural étnico-territorial que se impuso— una recodificación en lenguaje jurídico contemporáneo de demandas que apuntaban más lejos. La ley sigue sin reglamentarse en su totalidad. Pero fue, indiscutiblemente, el primer momento en que el Estado colombiano admitió que existía en su territorio una sociedad con derecho propio anterior a la república. Es decir: el primer momento en que la nación letrada reconoció que no era la primera.

Quedan, con todo, flancos abiertos. Uno es el peso relativo de la geografía frente a la institucionalidad: la supervivencia de los palenques dependió en buena medida de manglares, serranías y pantanos que hacían inviable la reducción militar sostenida, y la cronología misma sugiere una respuesta mixta —El Castigo fue destruido pese a su geografía cuando la corona movilizó fuerza suficiente en 1745; San Basilio sobrevivió porque la corona prefirió negociar antes que emprender otra expedición costosa—, pero el balance exacto entre agencia política e infraestructura ecológica sigue siendo objeto de discusión legítima. Otro flanco es el papel de las mujeres. El relato heroico del cimarronaje se organizó alrededor de figuras masculinas: Biohó, los líderes de El Castigo, los capitanes palenqueros. Pero en comunidades con proporción de cinco hombres por cada mujer, la simple continuidad demográfica dependía de una economía reproductiva y ritual femenina cuya arquitectura apenas comenzamos a entender. En San Basilio, las mujeres salen diariamente del poblado a vender ñame, arroz y yuca, y ocupan el centro sagrado de los rituales funerarios con cantos y danzas. Esa centralidad no es reciente. El borramiento operó en dos capas superpuestas: el monopolio criollo borró a los palenques, y el relato cimarrón heroico borró a las mujeres que los sostuvieron.

El último flanco es el más incómodo: la relación entre el reconocimiento de 1991 y la violencia posterior. La titulación colectiva de territorios ancestrales coincidió, en el Pacífico y en los Montes de María, con la expansión del conflicto armado hacia esos mismos territorios. En 2001, la vereda La Bonga, vinculada a San Basilio de Palenque, sufrió desplazamiento forzado. La hermana Yolanda Cerón, comprometida con las luchas territoriales del Pacífico, fue asesinada. Para muchos líderes afrocolombianos, la violencia contra sus comunidades después de 1991 no fue accidente: fue reacción a un reconocimiento que amenazaba con reordenar mapas de propiedad, poder y memoria. Si esa lectura es correcta —y la evidencia se acumula del lado de que lo es—, el ciclo abierto por Biohó en Matuna hacia 1599 aún no se ha cerrado. Los palenques siguen negociando su soberanía subalterna en los márgenes que la geografía y la debilidad del Estado permiten, y quienes hoy titulan un consejo comunitario en el San Juan o resisten un desalojo en los Montes de María están, sin saberlo o sabiéndolo perfectamente, dentro de la misma frase que empezó a escribirse en los manglares de Cartagena cuatro siglos atrás.

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Archivo documental

Documentos usados en esta lectura

37 documentos · 51 fragmentos de referencia
01Historia doble de la Costa. Tomo 1: Mompox y LobaOrlando Fals Borda · 2002 · p. 99, 1032 fragmentos
[1]

así: Bioho, el Rey del Arcabuco Una vez con los malibúes y otras tribus exterminadas, subyugadas o acomodadas ante el poder del conquistador español, las tierras más accesibles a los ríos y caños empezaron a ocuparse por blancos y vecinos libres, esto es, personas que no eran esclavas ni estaban sujetas a servidumbre.…

p. 99
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cimarrón; otros se quedaron donde habita- ban, pero actuando como espías en apoyo de Bioho. El palenque de Matuna creció a tal punto que debió darse una organización social y política formal: Bioho fue proclamado " r e y del arcabuco" y la gente eligió en cabildo a sus propias autoridades según mérito y servicio.…

p. 103
02Historia económica y social de Colombia IIGermán Colmenares · 1999 · p. 541 fragmento
[2]

pueblos del interior. Así, chamba (o thiamba) significaba cualquier esclavo traído de la región al norte de Ashanti. Los mandingas eran originalmente los pueblos de habla malinké del valle de Gamba, pero la designación se volvió después tan genérica que aludía a cualquier habitante entre Gambia, el norte de Ghana y el…

p. 54
03Historia económica de ColombiaJosé Antonio Ocampo Gaviria (compilador), Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe, Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo González, Jesús Antonio Bejarano Ávila, Joaquín Bernal Ramírez, Mauricio Avella Gómez, María Errázuriz Cox, Carmen Astrid Romero Baquero · 2017 · p. 791 fragmento
[3]

en los consumos que le valieron el nombre de “Pamplonita la loca”, la ciudad entró en un período de larga decadencia. Poblados como Vitoria o Guamocó podían desaparecer sin dejar rastro o convertirse en sombras. Durante el siglo xvi1 ciudades como Popayán, Medellín y Rionegro hicieron su fortuna con la internación de…

p. 79
04Historia de Colombia. País fragmentado, sociedad divididaFrank Safford, Marco Palacios · 2012 · p. 981 fragmento
[4]

En los siglos xvi y xvii, la m ayoría de esclavos traídos de África eran varones, co n sid erad o s m ás útiles que Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. I l i s r c 'K iA D ií C o l o m b i a. I’ a í s i r a g m l n t a i x v s c k t l d a u d i v i d i d a 1 0 1 las m…

p. 98
05Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 78, 1202 fragmentos
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conocimientos especialmente valo- rados por los amos eran los de los carpinteros, las parteras y los curanderos de picaduras de víboras. Las cuadrillas mineras llegaron a estar conformadas hasta por varios cientos de esclavos, aunque lo normal era que el tamaño de una cuadrilla oscilara entre los 50 y los 200…

p. 78
[28]

vivían de algunos cultivos, la caza, la pesca y de algún trato con la hacienda. El desafío de estos palenques a la pretensión de las autoridades de transformarlos en poblados era un reto tácito al influjo 70 Colmenares, Germán, 1979, Popayán: Una sociedad esclavista, 1680-1800, Medellín: La Carreta, págs. 215-227. 121…

p. 120
06Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 160, 1632 fragmentos
[6]

dían la obligación de promover la cristianización del esclavo sin tener en cuenta las sanciones económicas que esto podría acarrear y que iban desde una multa equivalente a la mitad del precio del esclavo hasta la confiscación de los mismos. La actitud de los propietarios hacia el pro- ceso de aculturación variaba…

p. 160
[36]

revueltas en las minas, sufrir robos de bienes de consumo y raptos, especialmente del elemento femenino de color. Al parecer, los amplios movimientos de esclavos, particularmente los del siglo XVIII, tenían como objetivo provocar una insurrección general de la población de color con la posible participación de algunos…

p. 163
07Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 322, 3272 fragmentos
[7]

la estratificaci ó n de los grupos sociales de la sociedad esclavista y a la legislaci ó n de la Corona para evitar la convivencia de los negros con los indios y espa ñ oles. Factores de diversa í ndole contribuyeron al cruzamiento de razas, fen ó meno bien caracter í stico de la sociedad colonial hispa noamericana.…

p. 322
[16]

COLOMBIA Principales Palenques • ✓ Zona de Palenques 342 LA ESCLAVITUD Y LA SOCIEDAD ESCLAVISTA '. • v ci ó n y destrucci ó n de esta comunidad, pero los palenqueros resis tieron los ataques y en no pocas ocasiones pusieron en serio peligro la seguridad del puerto. Las relaciones con este palenque y algunos- otros…

p. 327
08Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · p. 1081 fragmento
[8]

desde hace varios años, que tiene con ella varios hijos y que la “Losada manda las cuadrillas y maltrata a los esclavos”. Mosquera y Figueroa, por su lado, acusó en el proceso a los testigos, inclusive al cura de Nóvita, de vivir amancebados con las negras esclavas.¹ ⁰ ³ Ante formas tan extremas de explotación y…

p. 108
09Caña de azúcar en el "espléndido" valle del río Cauca, Colombia: Historia ambiental, conflictos ambientales y acción colectivaHernando Uribe Castro · 2021 · p. 921 fragmento
[9]

minera, en correspondencia con las actividades productivas como la ganadería y el trapiche. La hacienda era una unidad productiva que favoreció, por una parte, el monopolio de la tierra y, por otra, la fuerza de trabajo. Su nivel tecnológico era bajo y costoso frente a sus factores de producción. La incorporación de…

p. 92
10Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · p. 42, 2832 fragmentos
[10]

viento y marea; Park, Rafael Núñez.  Notes to Pages – . Lemaître, Historia general de Cartagena, :–, and Juan José Nieto; Fals, El Presidente Nieto. . Pérez, El negro Robles. Although written in , this biography, the first book-length study on Robles, was only published in  as part of a special…

p. 283
[13]

authority in the community was the priest, who administered to  parishioners as well as  slaves from adjacent haciendas. 25 The fact that slaves could be kept on haciendas in the direct vicinity of San Basilio suggests that, until , the palenqueros complied with the agreement reached earlier in the century.…

p. 42
11Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835Aline Helg · 2004 · p. 42, 2832 fragmentos
[11]

viento y marea; Park, Rafael Núñez.  Notes to Pages – . Lemaître, Historia general de Cartagena, :–, and Juan José Nieto; Fals, El Presidente Nieto. . Pérez, El negro Robles. Although written in , this biography, the first book-length study on Robles, was only published in  as part of a special…

p. 283
[14]

authority in the community was the priest, who administered to  parishioners as well as  slaves from adjacent haciendas. 25 The fact that slaves could be kept on haciendas in the direct vicinity of San Basilio suggests that, until , the palenqueros complied with the agreement reached earlier in the century.…

p. 42
12Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 2211 fragmento
[12]

Francisco Bri- ceño, presidente. Se es- tablece la mita como forma de trabajo forzoso para los indígenas. Fun- dación del convento de agustinos en Santafé. 1576 El pirata inglés Oxenham desembarca en el Da- rién y establece una alianza con negros cimarrones. 1577 Prosiguen insurrecciones indígenas. Los indios -Pijao…

p. 221
13The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 2721 fragmento
[17]

descendants of cimarrones, people who won their freedom by escape. They express pride in that past, especially through the heroic symbol of Benkos Biohó, the most famous leader of the communi- ties that later coalesced to become known as Palenke, where there is now a statue in his honor. Colombia’s palenques have…

p. 272
14Cumbia! Scenes of a Migrant Latin American Music GenreHéctor Fernández L'Hoeste, Pablo Vila (eds.) · 2013 · p. 411 fragmento
[18]

of cumbia, the Mompox area. Between the sixteenth and eighteenth centuries, many palenques, vil- lages formed by fugitive slaves (cimarrones) during the colonial period, sprang up in this area.8 In fact, from the organological point of view, the line- up of coastal conjuntos consists of drums that make up the tambora,…

p. 41
15Colombia complejaJulio Carrizosa Umaña · 2014 · p. 1302 fragmentos
[19]

y la complejidad relativa de ecosistemas y sociedades. Capítulo V l os sistemas ambientales territoriales 131 C olombia C ompleja 1. e l C aribe rural Entre la ciudad de Cartagena, el golfo de Urabá y las estribaciones de la cordillera se extienden las ciénagas, sabanas y lomeríos del Caribe, surcadas ellas por los…

p. 130
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ecosistemas y sociedades. Capítulo V l os sistemas ambientales territoriales 131 C olombia C ompleja 1. e l C aribe rural Entre la ciudad de Cartagena, el golfo de Urabá y las estribaciones de la cordillera se extienden las ciénagas, sabanas y lomeríos del Caribe, surcadas ellas por los ríos Cauca, San Jorge, Sinú y…

p. 130
16Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 1392 fragmentos
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sistema inundado. Los ríos, caños, lagunas y marjales se confunden en el ecosistema acuático más com- plejo del país, en donde el hombre se convierte en un ser semiacuático y aprende a convivir con una naturaleza muy especial. Aquí, en el bajo río Cesar, se halla la ciénaga más grande de Colom- bia, Zapatosa, al lado…

p. 139
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sistema inundado. Los ríos, caños, lagunas y marjales se confunden en el ecosistema acuático más com- plejo del país, en donde el hombre se convierte en un ser semiacuático y aprende a convivir con una naturaleza muy especial. Aquí, en el bajo río Cesar, se halla la ciénaga más grande de Colom- bia, Zapatosa, al lado…

p. 139
17Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 611 fragmento
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tiempo que los indios de la parte norte del Panzenú no disponían entierro solemne para un jefe. Desde cuando se fue- ron hundiendo poco a poco las inmensas obras de rectos canales para criar pescado y altos camellones para sembrar yuca y fruta- les —que construyeron los geniales ingenieros zenúes en la cuenca media y…

p. 61
18Resistir no es aguantar. Violencias y daños contra los pueblos étnicos de ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 359, 5842 fragmentos
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paz» o entente cordiale 1526. Un habitante de la comunidad de Tabaco, en la Guajira, relata cómo su comu- nidad, junto con las de Roche, Manantial, Patilla y Chancleta, fueron producto de largas caminatas liberadoras y de la reconstrucción de tejidos comunitarios de negros cimarrones y palenques fundados en la época…

p. 584
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elaboración propia con base en datos del RUV. Para entender dónde, cómo y por qué se presentan los ataques contra la integri- dad territorial de estas comunidades es importante abordar dos aspectos. Primero, el proceso de poblamiento de los territorios del pueblo afrocolombiano y el camino recorrido en su defensa y…

p. 359
19Patía, de la tierra de nadie a las grandes haciendasCarlos Daniel Quiñonez Rodríguez, Carlos Enrique Osorio Garcés · 2024 · p. 651 fragmento
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su perspectiva, fray Juan de Santa Gertrudis manifestó: Ha muchísimo tiempo que unos ladrones se dieron maña de hurtar un situado que bajaba con treinta mulas cargadas de plata del Rey, de Pasto a Popayán, y estos se fueron temerosos de la justicia a buscar donde poder estar sin riesgo. Unos indios de Taminango les…

p. 65
20Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Nariño y sur de CaucaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 381 fragmento
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libre» 48. En este contexto, en el valle del Patía, paralelo al avance de la minería y la consolidación de la hacienda ganadera, se dio la apropiación de predios vacíos entre las haciendas ganaderas por familias afrodescendientes alrededor de los platanares, que eran «pequeñas parcelas o unidades económicas domésticas…

p. 38
21Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. PacíficoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 44, 872 fragmentos
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mientras mujeres negras adornadas con corpiños y brazaletes de oro se paseaban desnudas para servir a sus amos. Cuenta la historia que Pedro Quiñones, Marqués de Miraflores y alférez real de Barbacoas, preparaba plátanos cubiertos de polvo de oro y para evitar que los esclavos recuperaran el preciado metal de sus…

p. 44
[44]

crearon en las siete cuencas que conforman el municipio: la Organización Negra Campesina Pro-defensa del río Calima (Oncaproteca), la Organización de Negros Unidos del río Anchicayá (Onuira), la Asociación de Comunidades Negras del río Raposo (Aconur), el Comité de Defensa de los Intereses del río Cajambre (Codinca),…

p. 87
22Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 291 fragmento
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Faja Oriental>>permiten apreciar la comple- jidad interna de la s cuatro r eg iones. Por ejemplo, el Gran Cauca era extremadamente di verso por su base racial, sus tradiciones e idiosincrasias, sus ecosistemas y sus bases productivas. En el s ur, los altiplanos agrícolas de Past o, Túquerres e lpiales, pr esentaban…

p. 29
23Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 561 fragmento
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while common places of origin and the hardships of the slave ship may have had initial bonding effects on some slaves in the Americas, the day- to- day experiences people lived and shared, the family and kinship bonds they developed over time, and the strategies they used to create meaning for their lives all…

p. 56
24Antropología hecha en Colombia. Tomo IEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 3931 fragmento
[31]

constancia vencí los muchos horrores y dificultades que se encontraron así por parte de los negros del palenque de San Basilio, como por la suma espresura de árboles y brozas que con dificultad se descubría la claridad del sol; a que se agregaban las muchas barrancas, despeñaderos y anegadizos; y aprovechándome del…

p. 393
25Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 3521 fragmento
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Huila, en inmediaciones de los municipios de San Agustín e Isnos, aparte de su gran belleza, es la necrópolis de mayor extensión a nivel mundial con vestigios monumentales como estatuas, relieves y sarcófagos tallados en piedra; templetes o dólmenes de lajas; montículos funerarios, terrazas, caminos y terraplenes de…

p. 352
26Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 51, 562 fragmentos
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ñame, arroz, yuca y cuidando ganados, las mujeres salen del poblado a diario para vender los pro- ductos del monte. Un hecho, que sin ser comprendido por la sociedad externa, ha servido para interpretar peyorati- vamente el desempeño de los hombres en la familia palenquera y para hacer burla de la mujer por "sostener…

p. 56
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[54] Las mujeres negras en la historia de Colombia cimarrona, y formó palenque con otros grupos de ne- gros esclavos fugitivos 78. Mujer y familia en los palenques Esclavas o libres, las mujeres negras ingresaron activa- mente en los palenques, el fenómeno de resistencia a la esclavitud que duró tantos años como la…

p. 51
27Cuando los pájaros no cantaban: historias del conflicto armado en ColombiaAlejandro Castillejo-Cuéllar · 2022 · p. 1671 fragmento
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que estaban conectadas a ese cable, estaban enseguida de nuestra casa. El que lo hubiera prendido, pues hubiera estallado con ellas. Al final hubo como tanta cosa que no sé ni cómo quedamos vivos. El fotógrafo del pueblo salió y documentó muchas cosas de la toma que yo no he sido capaz de ver todavía. Ese sentimiento…

p. 167
28Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 961 fragmento
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Equality, 31–32. 87 Antonio de la Torre y Miranda, Noticia individual de las poblaciones nuevamente fun - dadas en la provincia de cartagena, la mas principal del nuevo reino de granada, de la montañas que se descubrieron, caminos que se han abierto de los canales, ciénagas y ríos que se han hecho navegables, con…

p. 96
29Raza y derechos humanos en Colombia: Informe sobre discriminación racial y derechos de la población afrocolombianaCésar Rodríguez Garavito, Tatiana Alfonso Sierra, Isabel Cavelier Adarve · 2009 · p. 116, 3172 fragmentos
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55 de la Constitución Política de 1991 y, posterior- mente, fue desarrollado en la Ley 70 de 1993. Esta última fue reglamentada por el Decreto 1745 de 1995, en lo relativo a los requisitos y procedimientos para la titulación colectiva de los territorios ancestrales en la cuenca del Pacífico y en otras regiones del…

p. 116
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sancione los actos de discriminación racial y que cumpla con los estándares internacionales en la materia. Por otro lado, la legislación que se dirige a la población afrocolombiana intenta de- sarrollar y garantizar los derechos culturales de dicha población y atacar algunos as- pectos puntuales en los que las…

p. 317
30La guerra vino de afuera. El Bloque Pacífico en el sur del Chocó: una herida que aún no cierraCentro Nacional de Memoria Histórica, Laura Bibiana Escobar García, Laura Catalina Tovar Bohórquez, Esteban de Jesús Caviedes Alfonso · 2022 · p. 571 fragmento
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de organizaciones sociales a través de los consejos comunitarios, para la protección y utilización sustentable de los recursos naturales (Grueso, 2000). Estos consejos comunitarios son las instancias de organización de los pobladores dentro de un área delimitada del terri- torio que han ocupado de acuerdo a sus…

p. 57
31Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 1251 fragmento
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negras contemplados en la L ey 70 de 19 93, una ley que, a pesar de tener más de 20 años, aún no ha sido reglamentada en su totalidad. Este desconocimiento tuvo consecuencias en las dinámicas culturales de estas comunidades 315, que fueron violentadas al negarles la capacidad de gestionar y ordena r su vida con…

p. 125
32Movimientos sociales, Estado y democracia en ColombiaMauricio Archila, Mauricio Pardo (Editores) · 2001 · p. 243, 2572 fragmentos
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nuevos actores políticos, entre los que han sido no- torios los movimientos locales por servicios o atención estatal, movimientos por los derechos humanos, movimientos por la res- tauración democrática, movimientos de mujeres, movimientos barriales de solidaridad en la crisis, movimientos cristianos de base,…

p. 243
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se habían apartado del intento de crear una coordinación nacional del movimiento ne- gro, reticentes a ceder autonomía a grupos de activistas de sede urbana pero carentes de representatividad en el seno de las or- ganizaciones de base. En torno al movimiento negro en Colombia i 337 ] La Ley 70 contiene 8 capítulos y…

p. 257
33Becoming Black Political Subjects: Movements and Ethno-Racial Rights in Colombia and BrazilTianna S. Paschel · 2016 · p. 1201 fragmento
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Ci- marrón was also evident in a letter the organization sent to Miriam Jimeno, executive secretary of the Special Commission, demanding the names of the Afro- Colombian representatives and asking to be kept in the loop about meeting proceedings. Cimarrón’s exclusion from Law 70’s drafting process, while surprising,…

p. 120
34Buenaventura: un puerto sin comunidadConstanza Millán Echeverría, Ludivia Serrato Martínez, Oscar Pérez, Clara Castro, Danelly Estupiñán, Adriel Ruiz · 2015 · p. 821 fragmento
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derecho al territorio y la explicitación de una identidad cultural afro desde el modelo de la región rural del Pacífico. Aunque el elemento ra- cial (denuncia de la discriminación) no desaparece si pierde fuerza frente a la reivindicación del derecho a la diferencia y la exigencia de su reconocimiento desde el trípode…

p. 82
35Etnización de la negridad: La invención de las 'comunidades negras' como grupo étnico en ColombiaEduardo Restrepo · 2013 · p. 123, 2362 fragmentos
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como entidades de coordinación subregional (departamental) hacia mediados de la década del noventa. Así, por ejemplo, para 1996 en un evento en Bocas de Satinga se argumentaba: “¿Qué es el Palenque territorio negro en Nariño? Es el gran territorio de las comunidades negras, es un espacio para la construcción de la…

p. 236
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haber logrado durante esta etapa unos grandes niveles de cohesión e integración nacional de las Comunidades Negras y de las organizaciones de estas así como se avanzó en la construcción del discurso étnico territorial, enmarcado en la difusión, protección y defensa de los derechos de las comunidades negras como grupo…

p. 123
36¿Por qué fracasa Colombia?Enrique Serrano López · 2016 · p. 491 fragmento
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por la cual se les dejó libres. Esa condición de esclavos libres, de cimarrones al azar buscando horizonte, les permitió establecerse en este territorio inmenso donde hallaron un entorno suficientemente parecido al de su África nativa, es decir, una zona tropical húmeda con gran pluviosidad, que aunque no era de mucha…

p. 49
37Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1541 fragmento
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cución se utiliza una tambora o bombo, un guache, una maraca y una caña de millo; es un aire básica- mente mulato y zambo, cuyo baile típico se danza con velas encendidas y usualmente no es cantada. El bullerengue y el chandé se interpretan con tambores y batir de palmas de las manos; a dife- rencia de la cumbia, sí…

p. 154