La Guerra de las Escuelas (1876-1877)
Conflicto armado que enfrentó al gobierno liberal radical de Aquileo Parra con un levantamiento conservador iniciado en el Cauca en julio de 1876, detonado por el rechazo clerical y conservador a la reforma educativa laica. La victoria liberal costó el equivalente al 118% del presupuesto nacional de 1878 y precipitó el desgaste político del radicalismo, abriendo paso a la Regeneración.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- Julio de 1876 – junio de 1877
- Dónde
- Cauca, Antioquia, Tolima, Cali, Popayán, Medellín, Manizales, Bogotá, Rionegro, Palmira, Pasto, Cartago
- Protagonistas
- Aquileo Parra, Rafael Núñez, Julián Trujillo, Miguel Antonio Caro, José María Samper, Aníbal Galindo, Iglesia Católica colombiana, Partido Liberal (facción radical), Partido Liberal (facción independiente / nuñista), Partido Conservador
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Rechazo clerical y conservador al Decreto Orgánico de Instrucción Pública de 1870, que estableció un sistema nacional de educación primaria gratuita, obligatoria y laica, amenazando el control histórico de la Iglesia sobre la formación ideológica de las nuevas generaciones.
- Contratación de maestros alemanes protestantes para dirigir las escuelas normales, lo que intensificó la oposición eclesiástica y conservadora al proyecto educativo liberal y agudizó la tensión política hasta el punto de quiebre.
- Deseo conservador de recuperar el poder ejecutivo nacional del que estaban alejados desde 1861-62, aprovechando la división interna del liberalismo entre radicales parristas e independientes nuñistas.
- Crisis estructural del sistema federal de Rionegro: un ejecutivo central débil, estados con legislaciones contradictorias, aduanas internas que fragmentaban el mercado, ejércitos regionales al servicio de caudillos y fraude electoral generalizado que convertían cada división partidista en incentivo para levantamientos.
- Clima de hostilidad religiosa alimentado desde el púlpito, especialmente en Antioquia y el Cauca, donde el clero equiparaba liberalismo con masonería y herejía, y los clérigos de Palmira, Cartago y Tuluá encabezaron la causa antirreformista antes del estallido armado.
Consecuencias
- Victoria militar del gobierno liberal: los ejércitos rebeldes fueron desarticulados, con la derrota decisiva de las fuerzas conservadoras antioqueñas en la batalla de Los Chancos (Garrapata) cuando intentaban penetrar en el Cauca.
- Costo fiscal devastador equivalente al 118% del presupuesto nacional aprobado para 1878, financiado mediante emisión monetaria, empréstitos y contribuciones forzosas que mermaron fortunas conservadoras y bienes eclesiásticos.
- Expulsión de cuatro obispos —los de Popayán, Pasto, Antioquia y Medellín— y aprobación de legislación anticlerical que sancionaba la intervención política de la Iglesia, profundizando el enfrentamiento entre el Estado liberal y la jerarquía eclesiástica.
- Interrupción del crecimiento sostenido de la matrícula escolar —que había alcanzado 79.123 alumnos en 1.464 escuelas en 1876— y desarticulación de la misión pedagógica alemana, truncando el proyecto educativo radical antes de que arraigara plenamente.
- Desgaste político del radicalismo: la unión coyuntural entre radicales y nuñistas no cicatrizó las heridas de fondo, varios liberales prominentes como José María Samper se incorporaron al conservatismo, y el prestigio militar de Julián Trujillo lo catapultó a la presidencia en 1878.
- Preparación del terreno para la Regeneración: el conflicto evidenció los límites del laicismo radical, fortaleció la alianza entre liberales independientes y conservadores, y proporcionó a Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro los argumentos para articular un programa de retorno a la autoridad central.
La clave interpretativa
Por qué importa
La Guerra de las Escuelas es el momento en que el proyecto liberal radical alcanza su límite histórico: gana la guerra y pierde la paz, pues la victoria militar acelera su propio agotamiento político y legitima el discurso regenerador de Núñez y Caro. El conflicto revela además que la disputa por la escuela era, en el fondo, una disputa por quién controlaba la reproducción ideológica de la sociedad colombiana, tensión que no se resolvió en los campos de batalla del Cauca sino en la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887. Su dimensión sociorracial —tropas negras y mulatas saqueando Cali en Nochebuena— anticipa además las fracturas que la historiografía del siglo XX reconocería como constitutivas del orden republicano colombiano.
Desarrollo histórico
La historia completa
La Guerra de las Escuelas (1876-1877)
La guerra civil de 1876-1877, conocida como la Guerra de las Escuelas, enfrentó al gobierno liberal radical de Aquileo Parra con un levantamiento conservador desatado en el estado del Cauca en julio de 1876 y liquidado militarmente once meses después. Su detonante inmediato fue el rechazo clerical y conservador a la reforma educativa laica impulsada por los radicales desde 1870; su desenlace, una victoria de las armas liberales que costó al erario el equivalente al 118% del presupuesto nacional de 1878, expulsó del país a cuatro obispos y precipitó, sin proponérselo, el desgaste político del propio radicalismo que la había ganado. Entre sus escombros nació el argumento con el que Rafael Núñez, Julián Trujillo y los liberales independientes construirían primero una política de rectificaciones y, después, la Regeneración.
El mundo del que brota la guerra
La contienda de 1876 no cae sobre un país en paz. La Constitución de Rionegro de 1863 había dividido a la República en nueve estados soberanos, había recortado al Ejecutivo central hasta dejarlo casi ornamental y había entregado a las entidades federadas amplias libertades legislativas. Sobre el papel, el sistema garantizaba una República de repúblicas; en la práctica, produjo una fragmentación en la que el propio gobierno de la Unión intervenía con frecuencia de manera ilegal en los conflictos internos de los estados, apoyando con la guardia nacional a las facciones afines o derribando gobiernos incómodos, y en la que los estados a su vez maniobraban para influir en la política de sus vecinos. José María Samper contaría más tarde que en un cuarto de siglo de vida federal se habían registrado alrededor de cuarenta y dos constituciones locales o revueltas armadas: termómetro de una inestabilidad que corroía al régimen desde dentro.
A esa fragilidad institucional se sumaban vicios más concretos. Las aduanas internas erigidas entre estados rivales frenaban el comercio interior y despedazaban el mercado nacional. El ejército libertador se había desmontado en beneficio de tropas paramilitares regionales al mando de caudillos, terratenientes y curas, cuyos comandantes accedían al grado de general por padrinazgo, parentesco o vínculo con el poder local. El fraude electoral era práctica común tanto de los poderes locales como del gobierno federal, y cada división del Partido Liberal —que gobernaba de manera hegemónica desde 1861-62— se convertía en incentivo para golpes y levantamientos. La justicia funcionaba mal, las cárceles peor, y las rentas nacionales dependían en un grado alarmante de las aduanas exteriores y de un puñado de productos agrícolas expuestos a las oscilaciones del precio internacional. La República vivía con el pulso permanentemente acelerado.
Sobre ese suelo movedizo, los radicales apostaron por una transformación que ninguna facción anterior había osado con tal alcance: el Decreto Orgánico de Instrucción Pública de 1870, que puso en marcha un sistema nacional de educación primaria gratuita, obligatoria y neutral en materia religiosa. Los resultados fueron tangibles: los 22.000 alumnos que a mediados de siglo poblaban las escuelas elementales se convirtieron en 60.000 en 1870, en 70.000 en 1874 y en 79.123 en 1876, distribuidos en 1.464 establecimientos. Para dirigir las escuelas normales, el gobierno contrató a una misión de pedagogos alemanes, muchos de ellos protestantes, encargados de formar a los futuros maestros de la República.
Aquí se cruzaron dos programas incompatibles. El liberal Aníbal Galindo declaró que el objetivo de la educación pública era formar liberales, rechazando cualquier eclecticismo ideológico en el aula universitaria. Del otro lado, Miguel Antonio Caro acusó al Estado liberal de confundir su obligación de educar con el derecho de la Iglesia a adoctrinar, y de invadir "con escándalo y violencia" los derechos de la religión imponiendo sus sesgos en la instrucción. Para los conservadores no era una disputa curricular: era una batalla por el alma de las próximas generaciones. Y la temían por buenas razones. Si los maestros formados en las normales financiadas por el gobierno liberal salían leales al Partido Liberal, la hegemonía radical dejaría de depender del voto y pasaría a reproducirse en la escuela.
En Antioquia, donde la Iglesia tenía músculo social intacto, el clero identificaba desde el púlpito liberalismo con masonería y presentaba las ideas liberales como herejía. La palabra "liberal" se volvió sinónimo de hereje; quienes no abjuraban debían emigrar. En el Cauca, los clérigos de Palmira, Cartago y Tuluá encabezaron la causa antirreformista mucho antes de que sonaran los primeros disparos. El conservatismo, alejado del poder ejecutivo nacional desde 1861-62 y hostil a la política eclesiástica de los radicales desde 1864, encontró en el rechazo a las escuelas laicas una bandera capaz de movilizar párrocos, hacendados y campesinos por igual.
A la fisura entre partidos se sumó una fractura dentro del liberalismo. Las elecciones presidenciales de 1875 enfrentaron al radical Aquileo Parra con el costeño Rafael Núñez, que representaba una corriente más pragmática y menos anticlerical, conocida como los independientes o nuñistas. Algunos estados maniobraron para limitar los votos favorables a Núñez, y Parra terminó imponiéndose. La desconfianza entre parristas radicales y nuñistas independientes quedó instalada como dato permanente del sistema. Fue esa división la que los conservadores leyeron como oportunidad: si el liberalismo se peleaba consigo mismo, un levantamiento oportuno podía devolverles el poder ejecutivo.
La guerra: del Cauca a Los Chancos
Aquileo Parra se posesionó como presidente de los Estados Unidos de Colombia el 1 de abril de 1876. Tres meses después estaba en guerra. El levantamiento comenzó en el estado del Cauca, encabezado por una facción conservadora que se propuso, sin disimulo, tomar el control del gobierno nacional. La reforma educativa fue la bandera declarada; el objetivo, la Casa de Nariño.
Los conservadores habían calculado bien la aritmética política y mal la militar. La división entre parristas y nuñistas, que parecía inhabilitar al liberalismo para responder unido, se cerró apenas empezaron los disparos: radicales e independientes hicieron causa común frente a la amenaza clerical-conservadora, aunque la reconciliación fuera coyuntural y no cicatrizara las heridas de fondo. El gobierno de la Unión movilizó un ejército de 25.000 hombres para enfrentar guerrillas conservadoras que brotaron en casi todos los estados, aunque el teatro principal se concentró en el Cauca y el Tolima.
El episodio militar más recordado fue la derrota del ejército conservador antioqueño cuando intentaba penetrar en territorio caucano. La batalla, librada en la región de Los Chancos y conocida también como Garrapata, cerró las esperanzas rebeldes de imponerse en el sur. Antioquia, bastión conservador y católico, había puesto sobre la mesa su capacidad militar; el fracaso de la operación dejó al levantamiento sin su columna más disciplinada. Julián Trujillo, general liberal, se cubrió allí de un prestigio castrense que dos años después lo llevaría a la presidencia.
La otra imagen que sobrevivió fue la de Cali en la Nochebuena de 1876. Las tropas liberales que operaban en el Cauca —predominantemente negras y mulatas, reclutadas en los pueblos ribereños y en las haciendas del Valle— ocuparon y saquearon la ciudad, destruyeron propiedades y atacaron a hacendados conservadores. La guerra, que en Bogotá se discutía en términos de laicismo y patronato, en el Cauca se libraba también como ajuste sociorracial: los subalternos de siempre, armados por el Estado liberal, se cobraban en una noche décadas de humillaciones. Los propietarios conservadores caucanos no olvidarían nunca esa Navidad, y su memoria alimentaría durante décadas el rencor regional contra el radicalismo.
Once meses duró la campaña. En términos estrictamente militares, la victoria del gobierno fue rotunda: los ejércitos rebeldes fueron desarticulados uno tras otro, las guerrillas se disolvieron, los cabecillas cayeron presos o huyeron al exilio. En términos fiscales, el costo fue devastador. El gobierno se financió como pudo —emisión monetaria, empréstitos extranjeros, impuestos ordinarios y contribuciones forzosas aplicadas a los enemigos, es decir, a los conservadores y a la Iglesia—, y esa financiación misma dejó heridas que la política civil tendría que administrar durante años. Las contribuciones forzosas, en particular, funcionaron como sanción política encubierta: fortunas caucanas y antioqueñas quedaron mermadas, monasterios y curatos vieron confiscadas rentas y bienes, y la sensación de que el Estado liberal usaba el fisco como arma partidista se instaló como agravio permanente en los sectores golpeados.
Los niños en la tropa y los campesinos en los montes
Toda guerra civil se cuenta de dos maneras: por las batallas y por lo que hacen los ejércitos cuando no están batallando. La de 1876 tuvo, en su dimensión social, rasgos que la historiografía posterior ha subrayado.
El reclutamiento fue en gran medida forzado. Los campesinos huían para evitar que sus hijos fueran alistados: los escondían en los montes durante la noche y los dejaban salir de día para las faenas agrícolas, en una coreografía de la sobrevivencia que se repetiría casi idéntica un cuarto de siglo después en la Guerra de los Mil Días. La leva no distinguía edades. No era extraño ver marchar entre las tropas a niños de doce o catorce años: unos, llegados voluntariamente desde las aulas, arrastrados por el prestigio de figuras militares heroicas; otros, fugados de sus casas; los más, atrapados a la fuerza por reclutadores de uno y otro bando. Se los describía cargando fusiles que superaban su estatura, o llevando órdenes y cartuchos entre las líneas de combate.
Los ejércitos que se enfrentaron no tenían la pulcritud de las láminas litográficas. La guerra colombiana del siglo XIX combinaba uniformes heterogéneos del lado gubernamental con vestimenta campesina del lado revolucionario, aunque la distinción podía invertirse según el color político del bando. Los combatientes, elementales y apasionados, respondían más a lealtades locales, familiares y religiosas que a doctrinas de partido. Los generales, hechos por padrinazgo antes que por academia, dirigían tropas que a menudo apenas los conocían.
La escuela pagó una factura particularmente alta. La misma reforma educativa que había desencadenado la guerra vio sus establecimientos cerrados, sus maestros movilizados o expulsados, sus normales convertidas en cuarteles. Las heridas que el conflicto dejó en la escuela primaria no se cerrarían del todo en los años siguientes: el crecimiento sostenido de la matrícula, que había llevado a 79.123 el número de alumnos en 1876, se interrumpió, y con él buena parte del argumento estadístico que los radicales podían esgrimir en defensa de su programa. Los pedagogos alemanes contratados para dirigir las normales vieron su misión reducida a la mínima expresión: unos regresaron a Europa, otros se dispersaron por oficios más pacíficos, y el proyecto de trasplantar un modelo pestalozziano a la República quedó truncado antes de arraigar del todo.
La Iglesia en armas y el castigo del Estado
Ninguna otra guerra civil colombiana del siglo XIX tuvo una dimensión religiosa tan marcada como la de 1876. No se trató solo de que los conservadores usaran a la Iglesia como aliada: la Iglesia misma fue actor beligerante. Los clérigos de Palmira, Cartago y Tuluá encabezaron la causa antirreformista en el Cauca antes del estallido. El clero antioqueño llevaba años preparando el terreno desde el púlpito, equiparando liberalismo con masonería y herejía. Los obispos, en varios estados, bendijeron el levantamiento o le prestaron infraestructura moral y material. En algunas parroquias del Cauca y del Tolima, los propios curas encabezaron partidas armadas o sirvieron de enlace entre jefes rebeldes; en otras, los templos funcionaron como depósitos de pertrechos y las sacristías como cuartel general de reclutadores conservadores.
La respuesta del gobierno de Aquileo Parra, apenas apagada la insurrección, fue severa y sin precedentes. Cuatro obispos —los de Popayán, Pasto, Antioquia y Medellín— fueron expulsados del país como represalia por su participación política y militar en la contienda. En Santander, los liberales locales promulgaron en 1877 legislación anticlerical que desembocó en el destierro del obispo de Pamplona y en el arresto de párrocos desafectos. El Congreso aprobó ese mismo año una ley general que sancionaba la intervención política de la Iglesia y facultaba al Ejecutivo para actuar contra los clérigos sediciosos.
Sobre el papel, el Estado liberal había ganado dos veces: en el campo de batalla y en el ordenamiento jurídico. En la vida real, se había echado encima un enemigo que no combatía con fusiles pero que llegaba, todos los domingos, a cada pueblo del país. La Iglesia, humillada pero no derrotada, empezó a esperar. La espera duraría poco.
Por qué estalló: causas de fondo y causas del momento
El detonante inmediato de la guerra fue el rechazo conservador-clerical a la educación laica y a la posibilidad de que las escuelas normales, con sus pedagogos alemanes protestantes, formaran una generación de maestros liberales. Ese fue el pretexto y también, en buena medida, la causa real: el proyecto educativo tocaba el nervio central de la disputa por la reproducción ideológica de la sociedad, y ninguno de los dos bandos podía permitirse perderlo.
Pero por debajo de ese detonante corrían fuerzas más profundas. La primera era la crisis del sistema federal de Rionegro. Un Estado central desprovisto de herramientas para gobernar, estados que legislaban en direcciones contradictorias, aduanas internas que estrangulaban el comercio, ejércitos regionales al servicio de caudillos antes que de la República, y un fraude electoral generalizado: el régimen federal había producido, en trece años, las condiciones para que cualquier chispa incendiara el edificio. El propio Samper, radical arrepentido, midió esa inestabilidad recordando las cuarenta y dos constituciones o revueltas locales del período.
La segunda fuerza era la fractura del propio Partido Liberal. La disputa entre radicales y nuñistas, cristalizada en las elecciones de 1875, había convencido a los conservadores de que era el momento de intentarlo. Erraron el cálculo militar —las dos facciones se unieron para pelear— pero acertaron el diagnóstico político: el liberalismo estaba dividido, y ni la victoria común en el campo cerraría esa grieta.
La tercera era la lucha entre dos concepciones de la relación entre Estado y sociedad. El liberalismo radical creía en un Estado laico, educador, ilustrado, que abriera la República al pensamiento moderno y arrancara del monopolio eclesiástico las conciencias. El conservatismo, y con él una parte muy amplia de la sociedad colombiana, creía en una comunidad ordenada por la fe, en la que la Iglesia no era una asociación privada sino la argamasa moral de la nación. La educación era el terreno donde esas dos visiones no podían coexistir. La guerra no fue un accidente: fue la forma que adoptó una incompatibilidad estructural.
Las guerras civiles colombianas del siglo XIX, más que motivadas por factores estrictamente económicos, respondieron a esa mezcla de objetivos religiosos, étnicos, educativos y regionales. La de 1876 es el ejemplo más nítido: se peleó por escuelas, por púlpitos, por el derecho a definir qué era Colombia.
Después de las armas: el gobierno de Trujillo y la política de rectificaciones
El 1 de abril de 1878, Julián Trujillo tomó posesión de la presidencia de la Unión Colombiana. Su prestigio militar, ganado en la campaña de 1876-1877, lo había puesto al frente de la República con el respaldo de Rafael Núñez, quien —desde la presidencia del Senado— había sabido leer que el país no aguantaría otro cuatrienio radical. En el acto de posesión, Núñez pronunció la frase que quedaría asociada a todo un proceso: "regeneración administrativa fundamental o catástrofe". En 1878, sin embargo, la expresión no anunciaba la sustitución del sistema federal ni un cambio político profundo; Núñez la entendía como una reforma dentro del marco constitucional vigente, y aún en 1884 seguiría considerando que un cambio político profundo no era ni practicable ni necesario.
El gobierno de Trujillo (1878-1880) llegó con promesas de conciliación y contrarreformas, y las cumplió en lo esencial. Levantó las sanciones que pesaban sobre los cuatro obispos exiliados por Parra y les permitió regresar al país y a sus diócesis. Derogó la ley de 1877 que sancionaba la intervención política de la Iglesia. La política de rectificaciones no era una traición al liberalismo, sostenían sus arquitectos, sino el reconocimiento de que la guerra recién ganada había costado demasiado como para no aprender nada de ella. Que el general vencedor de Los Chancos fuera el mismo que levantaba las sanciones anticlericales indicaba hasta qué punto la lectura política del conflicto había mutado.
El gobierno de Trujillo no fue tranquilo. Tuvo problemas con los estados de Cauca, Magdalena y Antioquia, cuyos ejércitos regionales seguían siendo actores autónomos capaces de desafiar al centro. Pero su rumbo era claro: sacar al país del ciclo de guerras liberándolo del anticlericalismo militante que había producido la última.
Dentro del liberalismo, mientras tanto, algo se movía en las cabezas. José María Samper, antes furibundo anticlerical, se convirtió en uno de los capitanes más visibles de la corriente de acercamiento a los antiguos enemigos, y poco después se incorporó al conservatismo. Salvador Camacho Roldán, Camilo A. Echeverri, Ramón Santodomingo Vila, Nicolás Pereira Gamba y otros siguieron trayectorias parecidas, algunos sumándose a los independientes, otros directamente a la orilla conservadora. La guerra les había servido para revisar el guion.
El ascenso de Núñez y la fractura definitiva
En 1880, Rafael Núñez ganó la presidencia. Ese mismo año murió Manuel Murillo Toro, líder histórico del radicalismo, y con él se apagó la voz mayor de la generación que había construido el sistema de Rionegro. La combinación de la muerte de Murillo y la victoria electoral de Núñez selló la suerte del régimen radical. El programa de retorno a la autoridad central y de fortalecimiento del gobierno de la Unión, articulado por Núñez en estrecha alianza con el Partido Conservador y su ideólogo Miguel Antonio Caro, encontró eco en regiones y sectores hartos de la inestabilidad federal.
Núñez tenía argumentos que la guerra le había regalado. Podía señalar el resquebrajamiento del mercado interior producido por las aduanas entre estados. Podía invocar la pérdida de seguridad de la vida y la propiedad —los saqueos, las contribuciones forzosas, los reclutamientos violentos— como consecuencia inevitable del federalismo radical. Podía presentar la política de rectificaciones no como concesión al enemigo sino como necesidad de una República que había estado a punto de deshacerse. El pico bélico de 1876 le proporcionó todo el material retórico y político que necesitaba.
En septiembre de 1883, Núñez triunfó fácilmente sobre el candidato radical Solón Wilches, con la mayoría de los estados a su favor, y tomó posesión el 7 de agosto de 1884. La coalición de liberales independientes y conservadores que lo respaldaba se consolidó como fuerza dominante. Los radicales, arrinconados, intentarían un último levantamiento armado en 1885; su derrota abriría camino a un nuevo proceso constituyente y al ocaso definitivo del edificio de Rionegro.
Por qué la Guerra de las Escuelas sigue importando
La contienda de 1876-1877 fue, mirada desde el campo de batalla, una victoria del radicalismo. Mirada desde la política, fue una victoria pírrica. El costo fiscal dejó las finanzas exhaustas hasta el punto de comprometer la operación ordinaria del Estado durante los años siguientes. El saqueo de Cali, el reclutamiento forzado, los niños en las filas y las expulsiones de obispos alimentaron un imaginario de desorden que la propaganda regeneradora convertiría en su capital político principal. La escuela laica, epicentro simbólico del conflicto, vio interrumpido su crecimiento y su prestigio.
La guerra les entregó a los adversarios del radicalismo el argumento decisivo: el programa laico, tal como había sido concebido, no podía imponerse sin producir guerras caras y divisivas. Ese argumento —que ni Trujillo ni Núñez inventaron, pero que ambos capitalizaron— convirtió la política de rectificaciones en algo distinto a una traición: la presentaron como aprendizaje. La coalición de liberales independientes y conservadores moderados que sostendría la Regeneración se hizo posible porque la guerra le dio a Núñez la palanca moral para presentarse no como el liquidador del liberalismo sino como su corrector.
Conviene matizar. La fractura entre radicales e independientes precedía a 1876: las maniobras de 1875 ya la habían agudizado, y la unión momentánea de las dos facciones frente al levantamiento conservador demostró que el radicalismo conservaba cohesión y músculo militar suficientes como para que su agotamiento fuera más un proceso político gradual que una consecuencia directa de la guerra. La contienda aceleró más que creó: transformó una fractura latente en fractura irreversible, y convirtió los costos del programa laico en argumento utilizable.
Queda una segunda lectura. La guerra fue, además de una disputa ideológica entre élites, una movilización de las tensiones sociorraciales de una sociedad que el marco liberal-conservador no alcanzaba a contener. Las tropas negras y mulatas del Cauca que saquearon Cali, los campesinos que escondieron a sus hijos en los montes, los niños arrastrados entre las filas: todos participaron de una guerra cuyos términos oficiales —educación laica sí o no, patronato sí o no— no explicaban ni contenían sus motivos. La Regeneración heredó ese fondo social sin resolverlo, y la Guerra de los Mil Días, veinticuatro años después, lo devolvería a la superficie con violencia multiplicada.
La Guerra de las Escuelas es, por eso, el acontecimiento bisagra del siglo XIX colombiano. Cerró el ciclo largo de la hegemonía liberal iniciado en 1849 y abrió el ciclo, igualmente largo, de la reacción conservadora que culminaría en la Constitución de 1886. Enseñó que una reforma educativa podía incendiar un país, y que en Colombia la escuela, el púlpito y el fusil pertenecían al mismo escenario. La Regeneración no habría sido posible sin ella; y buena parte de lo que Colombia discutió durante el siglo XX —el lugar de la Iglesia, el papel de la educación pública, la relación entre el Estado central y las regiones— quedó planteada, en sus términos duraderos, en aquellos once meses que empezaron en el Cauca en julio de 1876.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850–1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · p. 581 cita
[1]and so paved the way for the era of bloodshed and disaster that devastated the country in our days. He later adds In a land like Antioquia, where the Masonic tradition is completely unknown, the clergy raged about it every day, painting it in the most hateful colours and declaring that masonry and liberalism were one…p. 58
02¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 681 cita
[2]la aparición de ferrerías e industrias anexas en Pacho, Amagá y Samacá, como también los avances mucho más estables en la producción de alimentos y bebidas, cuyo ejemplo más notable fueron las fábricas de cerveza aparecidas a fmales de siglo. COLOMBIA EN 1886, BAJO LA ILUSIÓN DEL ORDEN Una dura consecuencia del ciclo…p. 68
03Religion, Culture, and Society in Colombia: Medellín and Antioquia, 1850-1930Patricia Londoño-Vega · 2002 · p. 581 cita
[3]and so paved the way for the era of bloodshed and disaster that devastated the country in our days. He later adds In a land like Antioquia, where the Masonic tradition is completely unknown, the clergy raged about it every day, painting it in the most hateful colours and declaring that masonry and liberalism were one…p. 58
04Civilization and Violence: Regimes of Representation in Nineteenth-Century ColombiaCristina Rojas · 2002 · p. 25, 902 citas
[4]to sanction its accidental, casual character and hence to place a shadow over the more permanent, subtle forms of violence. C I V I L I Z AT I O N A N D V I O L E N C E I N N I N E T E E N T H - C E N T U R Y C O L O M B I A The unfolding of events in nineteenth-century Colombia suggests that history is not always…p. 25
[6]uprisings, which raise even to the highest posts ignorant and uncivil people, can vulgarize (aplebeyar) the language, bringing into general use antigrammatical terms and low words. 43 Grammar was not the sole quality deployed as power; education served this objective as well. The passage of Colombia from a barbar- ian…p. 90
05Crafting a Republic for the World: Scientific, Geographic, and Historiographic Inventions of ColombiaLina del Castillo · 2018 · p. 308, 3202 citas
[5]tenuous con- sensus agreements struck by national government authorities and state officials were strained to the breaking point. Ultimately, the success of a secular national education system would prove to be partly responsible for its unraveling. Conser- vative Party members began to fear how the new cadre of…p. 308
[32]so that state coffers could expand along with public instruction. Radical Liberals understood how the precarious place of the public education network in each state reflected their own tenu- ous hold on political power through client networks. In the wake of the Civil War of 1876 to 1877, political rivalries and…p. 320
06Modernization in Colombia: The Laureano Gómez Years, 1889–1965James D. Henderson · 2001 · p. 531 cita
[7]Jaramillo Uribe has called “the polemic of the textbooks.” 27 Conservatives like Miguel Antonio Caro, writing in the party newspaper El Tradicionalista, complained that the state was confusing its obligation to educate with the Church’s right to indoc- trinate. It was clear to Caro and his copartisans that the state,…p. 53
07Presidentes de Colombia 1810-1990Ignacio Arizmendi Posada · 1989 · p. 133, 1372 citas
[8]servicio público; al escéptico au- tor del 'Que sais je', el iniciador vidente del ferrocarril del norte; al don Juan irresistible, robador de mujeres, el jefe austero de un hogar cristiano". Parra se posesionó el lo. de abril de 1876 y a los tres meses le tocaría hacer frente a una sangrienta guerra civil concebida…p. 133
[29]Núñez no aceptó los términos de la negociación firmada por el militar boyacense. Fue justamente por esos días de vuelta al país cuando se habló de su posible candidatura a la presidencia de la nación, que no prosperó por distintos motivos. Julián Trujillo 153 Julián Trujillo 1870 1878-1880 E l nombre de este abogado y…p. 137
08Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 641 cita
[9]sus padres, re- ciban dicha instrucción de los párrocos o ministros», aunque no resultó esto en garantía suficiente para los sectores más tradicionalistas. Esta enérgica política instruccionis- ta que planteaba la reforma se reflejó no sólo en un amplio debate educativo sino, también, en un rápido y soste- nido…p. 64
09Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 1971 cita
[10]y ganados. Así, la política se alimentó de formas múltiples de so- cialización, que se expresaron desde los inicios del siglo xix mediante sociedades masónicas, populares, religiosas, democráticas y de artesanos; algunas de ellas sirvieron de apoyo a dirigentes liberales, dentro de una visión más po- pulista del…p. 197
10Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 1131 cita
[11]de la cual se había llegado al número de 36 provincias para el momento de ex- pedición de la nueva Constitución, dio paso a partir de este año a un proceso inverso, de agru- pación de las provincias en entidades de mayores dimensiones y capacidades, que fueron la antesala del federalismo. El vigoroso impulso federal…p. 113
11Gran Enciclopedia de Colombia. Tomo 7: InstitucionesRoberto Hinestrosa Rey (Director Académico), Sandra Morelli Rico (Coordinación Académica) · 1993 · p. 241 cita
[12]de vías de comunicación. Como varia- ción a la estructura de la rama ejecutiva federal se sustituyó la figur Debe resaflarse de esta Constitu- ción la introducción de un mecanismo de control de constitucionalidad y Je- Evento Federa en virmud del cual la Corte Federal podía suspender los e Me aturas de los estados…p. 24
12Breve historia económica de ColombiaSalomón Kalmanovitz · 2017 · p. 107, 1142 citas
[13]texto: «[estas] se unen y confederan a perpetui- dad consultando su seguridad exterior y recíproco auxilio y forman una Nación libre, soberana e independiente, bajo el nombre de Estados Unidos de Colombia». En los poco más de cincuenta años que transcurrieron entre la conformación de la junta de Gobierno de 1810 y la…p. 107
[15]central de intervenir en la política de cada estado soberano en la década de los setenta, y la de unos estados intentando mani- pular la de los vecinos, trajo consigo un resquebrajamiento no sólo de la unidad política sino también del mercado interior, porque las rivalidades llevaron a implantar adua- nas que frenaban…p. 114
13Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 1431 cita
[14]el fraude para garantizar ese voto era grande, tanto para los poderes locales como para el gobierno de la federaci ó n. Las divisio nes del Partido Liberal se convert í an en incentivos para golpes y re voluciones y, como dos estados fueron dominados por los conserva dores (Antioquia y Tolima), la disputa por los…p. 143
14Economía y cultura en la historia de ColombiaLuis Eduardo Nieto Arteta · 2016 · p. 5451 cita
[16]a saber: «La del 27 de octubre de 1857, motivada por la crea- ción del Estado; «La del 12 de noviembre de 1863, motivada por la nacional del mismo año; «La del 25 - 26 de noviembre de 1864, fruto de una insurrección local, y «La del 15 de septiembre de 1877, resultado también de otra conmoción armada que derrocó al…p. 545
15El terrorismo de Estado en ColombiaHernando Calvo Ospina · 2018 · p. 232 citas
[17]hasta expulsarlas, dando la independencia definitiva a Colombia el 19 de agosto de 1819. Una relativa calma se hizo presente hasta el 4 de septiembre de 1830, cuando tuvo lugar el primer golpe de Estado. Desde esa fecha no se volvió a conocer un día de paz a lo largo del siglo xix, aunque apenas otros dos golpes se…p. 23
[18]hasta expulsarlas, dando la independencia definitiva a Colombia el 19 de agosto de 1819. Una relativa calma se hizo presente hasta el 4 de septiembre de 1830, cuando tuvo lugar el primer golpe de Estado. Desde esa fecha no se volvió a conocer un día de paz a lo largo del siglo xix, aunque apenas otros dos golpes se…p. 23
16Nueva Historia de Colombia, Vol. I: Historia Política 1886-1946Álvaro Tirado Mejía (director científico), Jorge Orlando Melo, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, Eduardo Lemaitre Román, Alfonso López Michelsen, Humberto Vélez Ramírez, Germán Colmenares, Mario Latorre Rueda, Germán Arciniegas, Gustavo Humberto Rodríguez R. · 1989 · p. 44, 1072 citas
[19]una actitud ha- cia el culto que no sería de «indiferen- cia absoluta». A la desconfianza de los radicales hacia Núñez, por sus eventuales con- cesiones al conservatismo, se sumaban otros motivos de suspicacia: ¿De dón- de salía Núñez, que había estado fuera de la lucha durante doce años, con el derecho a quitar el…p. 44
[27]despacharon a los campamentos. Los niños también fueron a la gue- rra: unos desfilando en grupos desde las propias aulas de la escuela, otros fugados de la casa, atraídos por los «héroes» militares que encarnaban los ideales de la juventud, y los más atra- pados a la fuerza entre los bandos con- tendientes y obligados…p. 107
17La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · p. 1471 cita
[20]busca imponer la teocracia. Otro periódico, El 5 de Abril, decía en noviembre de 1877: Colombia deplorará los sacrificios perdidos y tanta sangre generosa derramada inútilmente en los campos de batalla; y cuando el clero levante la cabeza y avasalle a los pueblos y los gobierne con el Syllabus por constitución,…p. 147
18La subversión en Colombia. El cambio social en la HistoriaOrlando Fals Borda · 2008 · p. 1461 cita
[21]decir que triunfen los principios subversores de la sociedad. Por el contrario, ya para enton - ces corría una fuerte tendencia dentro del liberalismo -espe - cialmente el aburguesado- para hacer arreglos con los opo - sitores ideológicos, siendo uno de los más visibles capitanes de este movimiento don José María…p. 146
19Entre la legitimidad y la violencia: Colombia, 1875-1994Marco Palacios · 2003 · p. 531 cita
[22]ito disciplinado y, según se qu e jara el Secretario del Tesoro en 1 878, la operación costó el 1 18 % del presupuesto na- c i ona l apro bado para aquel año. El con fli cto duró 1 1 m eses y se libró principalmente en el Ca uca y cll o lima. Los clérigos de Palmira, Ca rta go y Tuluá abanderaron la causa…p. 53
20El Dorado: estampas de viaje y cultura de la Colombia suramericanaErnst Röthlisberger · 2017 · p. 455, 4672 citas
[23]los créditos de la deuda exterior y en la reducción del tipo de interés de los bancos. La escuela primaria su- frió también en esta revolución profundas heridas, todavía no curadas por entero. Frente a las guerrillas conservado- ras surgidas en casi todos los estados, el Gobierno de la Unión juntó un ejército de 25.…p. 455
[33]el sentido de formarle causa por mala administración y malversación de fondos. Entre tanto, el primer domingo de septiembre de 1883 habían tenido lugar las nuevas elecciones a la Presidencia. En Bogotá fueron especialmente tumultuosas. Núñez, que contaba con la mayor parte de los estados, triunfó fácilmente sobre el…p. 467
21Nueva Historia de Colombia, Vol. II: Historia Política 1946-1986Alvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Catalina Reyes Cárdenas, Arturo Alape, Gonzalo Sánchez, Gabriel Silva Luján, Medófilo Medina, Alvaro Valencia Tovar, Fernán González · p. 295, 3422 citas
[24]nuevos estados carecían de una legitimidad plenamente aceptada, sus rentas fiscales eran exiguas, sus deudas externas grandes y su aparato administrativo bastante precario. En cambio, la Iglesia disfrutaba de una sólida situación financiera, de gran aceptación social especialmente entre las masas populares y de clero…p. 342
[28]y desorganizado de muchedumbres solía caracterizar la «batalla», diferen- ciada por uniformes heterogéneos del lado gubernamental y vestimenta cam- pesina por el de la revolución, cual- quiera que fuese el color político de uno y otro. El valor, el arrojo suicida, la fiebre del combate, la vocación he- roica, el…p. 295
22Manual de Historia de Colombia, Tomo IIIJaime Jaramillo Uribe (director científico), Jesús Antonio Bejarano, Darío Mesa, Miguel Urrutia Montoya, Germán Téllez Castañeda, Germán Rubiano, Rafael Gutiérrez Girardot · 1980 · p. 2671 cita
[25]t é rmino a su ambicioso intento de reforma educativa. El gobierno del general Juli á n Trujillo (1878-1880), lleg ó al poder con pro mesas de conciliaci ó n y contrarreformas. En efecto, levant ó las sanciones contra los obispos de Popay á n, Pasto, Antioquia y Me- dell í n, que hab í an sido expulsados del pa í s…p. 267
23Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 221 cita
[26]zipizapes entre liberales y conser- vadores durante el siglo diecinueve. En 1873, cuando circulaban rumores de una guerra con Inglaterra, en el cabildo de Sonsón se declamó una proclama que llamaba a enfrentar hasta la muerte las amenazas del agresor británico. En guerras como la de 1876, los campesinos habían huido…p. 22
24Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 1621 cita
[30]Louis Herrera; Riascos ter- minó su campaña el 9 de diciembre de 1864, cuando desde el Valle de Upar envió al presidente provisional del Estado del Magdalena, Joaquín M. Vengoechea, su renuncia al mando de las fuerzas. La de 1869, en Boyacá, contra el presidente Feli- pe Pérez, derrocado del mando por un grupo re-…p. 162
25Historia de Colombia. La República de Colombia IRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), y colaboradores: Arturo Alape, Óscar Alarcón Núñez, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Antonio Cacua Prada, Germán Cavelier, entre otros · 1988 · p. 101 cita
[31]el Senado de Plenipotenciarios, tom6 posesion de la jefatura del gobierno de la Union Colombiana el general Ju- lian Trujillo, el presidente de la corporacién, doctor Rafael Nunez, inaguro el periodo de la denominada «regeneracién», implicita en este enunciado suyo: hemos llegado a un punto en que estamos con-…p. 10