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Lecturas · Ensayo
Ensayo · Independencia · 1810–1831

La Legión Británica y los oficiales europeos en la independencia de Colombia

Entre 1817 y 1824, miles de europeos sirvieron bajo Bolívar en las guerras de independencia. La pregunta es si constituyeron una transferencia tecnológica y diplomática decisiva que insertó a la naciente Colombia en el saber militar global, o si su importancia fue magnificada por la historiografía bolivariana y su legado más duradero fue la deuda externa y un nacionalismo militar suspicaz.

Alejandro Gutiérrez · 03 de agosto de 2026 · 3.214 palabras · 39 fuentes
La Legión Británica y los oficiales europeos en la independencia de Colombia
Tesis
Los oficiales europeos —la Legión Británica, los irlandeses de Devereux, los veteranos napoleónicos— aportaron una transferencia técnica real pero limitada: representaban apenas una décima parte del ejército en la campaña de Tunja, y en el Pantano de Vargas el momento decisivo lo protagonizó la caballería criolla, no la Legión. Su peso fue mayor en los registros financiero y diplomático: la deuda reconocida por Zea en 1820 ascendía a 547.783 libras esterlinas antes del primer empréstito formal, y la red anglo-colombiana de veteranos facilitó el reconocimiento británico de 1823. La magnificación historiográfica del aporte europeo —visible ya en Marx, que atribuyó a los ingleses la decisión de la campaña de Tunja con fechas y proporciones erróneas— sirvió a la legitimación diplomática de la Gran Colombia ante el Foreign Office y los inversores de la City más que a describir el peso militar real. El legado más duradero no fue doctrinal sino institucional: una oficialidad criolla que hizo del recelo al extranjero un ingrediente estructural de su identidad, aprendido en la desproporción entre la promesa —cinco mil irlandeses anunciados— y el resultado —setecientos efectivos y un motín en Riohacha.
En debate
La lectura clásica, cuyo pilar más citado es el pasaje de Karl Marx sobre Bolívar, atribuye a las tropas extranjeras un papel decisivo en la campaña de Nueva Granada, afirmando que ingleses, irlandeses y hannoverianos bien disciplinados decidieron la suerte de la campaña de Tunja. La historiografía más reciente, representada por Clément Thibaud, ha demostrado que los extranjeros constituían apenas una décima parte del ejército en esa campaña y que la cifra de cinco mil irlandeses reclutados por Devereux —citada por Ducoudray Holstein— es desmesuradamente inflada frente a los menos de setecientos efectivos reales. Entre ambos polos se despliegan lecturas intermedias irreconciliables: la romántico-ideológica, que lee el voluntariado como expresión coherente del liberalismo atlántico post-1815 (Byron bautizó su yate 'Bolívar' y equiparó la causa griega con la andina); la materialista, que reduce el reclutamiento a un negocio especulativo londinense financiado en la City y cuyo producto más tangible fue la deuda fundacional; y la institucionalista, que subraya que la oficialidad criolla —empiristas como Páez, Sucre o Santander, sin formación napoleónica formal— nunca dejó que los europeos monopolizaran los ascensos ni definieran la cultura profesional dominante, convirtiendo la dependencia técnica en fuente de un nacionalismo militar suspicaz que marcó la institucionalidad castrense durante el siglo XIX.
Temas
Legión Británica y mercenariado postnapoleónicoDeuda externa fundacional y empréstitos de independenciaProfesionalización castrense y nacionalismo militarCirculación transatlántica de saberes y liberalismo atlánticoHistoriografía bolivariana y mito fundacionalCampaña de 1819 y batalla del Pantano de Vargas

¿Fueron decisivos los oficiales europeos en la independencia de Colombia?

La pregunta se puede formular con brutalidad: entre 1817 y 1824, unos pocos miles de europeos —británicos, irlandeses, alemanes, franceses, veteranos de las guerras napoleónicas y aventureros sin campaña previa— cruzaron el Atlántico para servir bajo el mando de Simón Bolívar. Llegaron a Angostura y a Margarita, marcharon con la vanguardia en el Pantano de Vargas, murieron de fiebres en las costas, se amotinaron en Riohacha, ascendieron a edecanes del Libertador o regresaron a sus islas con las manos vacías. ¿Fueron el vector técnico que insertó a la naciente Colombia en el saber militar global —una transferencia decisiva, casi condición de posibilidad de la victoria—, o más bien un negocio especulativo londinense magnificado por la historiografía bolivariana, cuyo legado más duradero fue paradójicamente el recelo hacia el extranjero?

En esa respuesta se juega qué clase de república fue la Gran Colombia: una hija tardía de la Revolución francesa importada por sus oficiales, una empresa local que contrató saberes extranjeros al costo que pudo, o algo más complejo, donde la deuda, el mito y la incipiente conciencia castrense criolla se entrelazaron desde el origen.

¿Por qué la pregunta no es anecdótica?

De la respuesta depende cómo se entiende la profesionalización del ejército colombiano, el peso real del liberalismo atlántico en la fundación republicana, la naturaleza de la deuda externa con la que nació la nación y, no menos, la genealogía de una cultura militar que a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX exhibió una relación tensa con la doctrina extranjera: solícita en la superficie, desconfiada en la raíz.

Si los europeos fueron decisivos, la independencia se lee como episodio de una circulación transatlántica de cuerpos y saberes post-napoleónicos, y la república nace insertada en redes globales que la exceden. Si fueron marginales pero magnificados, entonces la historiografía bolivariana —empezando por el propio archivo que Daniel Florencio O'Leary organizó como memoria oficial— construyó una épica anglófila que sirvió a la legitimación diplomática de la Gran Colombia ante el Foreign Office y ante los inversionistas de la City, más que a describir el peso militar real de la Legión Británica en Boyacá. Y si el legado europeo fue sobre todo financiero e institucional —una deuda que rondaba el medio millón de libras esterlinas antes del primer empréstito formal—, entonces el reclutamiento de oficiales debe leerse en la misma serie que los empréstitos, las contratas de armas con Mees & Co. de Róterdam y las cuatro armadas contratadas en Londres: no una transferencia de saber, sino una hipoteca que condicionó la vida material de la república durante décadas.

¿Qué está realmente en disputa?

La lectura clásica, cuyo pilar más citado sigue siendo el pasaje de Karl Marx sobre Bolívar, atribuye a las tropas extranjeras un papel decisivo en Nueva Granada. Marx sostuvo que fueron los ingleses, irlandeses y hannoverianos bien disciplinados quienes decidieron la suerte de la campaña de Tunja, mencionando victorias el 1 y 23 de julio y el 7 de agosto en aquella provincia. La afirmación, aunque errada en fechas y en peso relativo, dio forma a una tesis que la historiografía romántica del siglo XIX reforzó: sin el ingrediente europeo, la campaña libertadora no habría cruzado los Andes.

La investigación más reciente —representada por Clément Thibaud y otros historiadores del ejército libertador— ha demostrado que la Legión Británica constituía apenas una décima parte del ejército que combatió en Tunja: los otros nueve décimos eran nativos, llaneros venezolanos y reclutas neogranadinos. La cifra desnuda la exageración: los extranjeros fueron útiles, en algunos momentos incluso valientes hasta el sacrificio, pero nunca decidieron la campaña por sí mismos.

Entre ambos polos se despliegan al menos cuatro lecturas intermedias que conviene separar. Una interpretación romántico-ideológica lee el voluntariado europeo como expresión coherente del liberalismo atlántico posterior a 1815: los mismos hombres que soñaban con Grecia soñaban con los Andes, y Lord Byron, que en 1822 estuvo a punto de embarcarse hacia Colombia y bautizó su yate Bolívar antes de zarpar al Peloponeso, encarnaría esa unidad ideológica. Su frase sobre la bandera única que ondeaba en el monte Athos y en las cimas andinas no es retórica menor: es la firma de un liberalismo que se pensaba a sí mismo como frente único.

Una segunda lectura, atenta a la contingencia individual, subraya el contraste entre trayectorias. O'Leary, católico de Cork educado por jesuitas y pariente de Daniel O'Connell, llegó a los dieciocho años buscando —según él mismo confesó— "algo emocionante que hacer"; aprendió español, se hizo útil y en 1819 ya era edecán de Bolívar. Frente a él, la masa de voluntarios monolingües que se amotinaron en Riohacha en junio de 1820, fueron reembarcados a Jamaica y regresaron a Irlanda sin gloria ni tierra. El aporte europeo, en esta clave, dependió menos de estructuras que de biografías irrepetibles.

Una tercera lectura, materialista, insiste en que lo relevante no fue lo militar sino lo financiero. El agente colombiano Luis López Méndez y José María del Real contrataron en Londres cuatro armadas por 469.354 libras esterlinas. A esa suma se añadieron pagarés a comerciantes, recompensas a viudas de europeos y el empréstito personal de Francisco Antonio Zea, concedido por Edward Hancorne y originalmente suministrado por Eric Bollman. Zea reconoció como deuda de la República, antes siquiera del primer empréstito formal, un total de 547.783 libras. El reclutamiento europeo fue, así visto, el vector de una dependencia financiera cuyo peso institucional excedió con creces el técnico-militar.

Una cuarta lectura, que aquí se sostendrá con matices, propone que la experiencia europea operó simultáneamente en tres registros —transferencia técnica real pero limitada, negocio especulativo londinense y mito fundacional— y que su legado más duradero no fue doctrinal sino institucional: dejó una oficialidad criolla que hizo del recelo al extranjero un ingrediente estructural de su identidad, no porque los europeos amenazaran de verdad su ascenso, sino porque la desproporción entre la promesa y el resultado —entre la Legión Británica anunciada y los apenas setecientos hombres efectivos de Devereux, entre las cinco mil bocas prometidas y el motín de Riohacha— fue en sí misma un aprendizaje político.

¿Cómo se reclutaba, cómo se pagaba, cómo se combatía?

El reclutamiento europeo tuvo dos escenarios organizativos principales. En Londres, López Méndez operó desde 1817 como agente clandestino y negociante, contratando armas, transportes y hombres al mismo tiempo que emitía obligaciones cuyo pago quedaba diferido al futuro Estado. En Irlanda, John Devereux —aventurero de biografía novelesca y talento comercial para vender comisiones militares— montó una operación de reclutamiento que, según Henri La Fayette Villaume Ducoudray Holstein, habría movilizado a cerca de cinco mil hombres. Thibaud ha considerado esa cifra desmesuradamente inflada, y la realidad la desmiente: la Legión Irlandesa no llegó a tener setecientos efectivos, lejos de los cinco mil que el propio Bolívar auguraba.

La distancia entre la promesa y el efectivo es la primera lección del episodio. Devereux vendía patentes de oficial en Dublín como quien vende acciones de una empresa que aún no cotiza; los reclutas cruzaban el Atlántico esperando gloria y tierra, y encontraban un servicio en tierra descrito por sus propios protagonistas como miserable. El motín de Riohacha en junio de 1820, con el grueso de la tropa reembarcada a Jamaica y su posterior regreso a Irlanda, no fue una anomalía sino la culminación previsible de una operación cuya viabilidad militar siempre había sido menor que su viabilidad como colocación financiera.

El financiamiento se apoyó en una arquitectura híbrida. Mees & Co. de Róterdam realizó al menos cuatro transportes de armas hacia Angostura, el último directamente desde Ámsterdam, con la sospecha del contemporáneo Wiselius de que se emplearon conocimientos de embarque falsificados. La misma casa proyectó un empréstito colombiano de entre seis y ocho millones de florines, con intereses y amortizaciones pagaderos en tabaco, pero finalmente se retiró del proyecto.

En Londres, en agosto de 1820, Zea consolidó la deuda con acreedores ingleses antes mencionada, desglosada en las armadas de López Méndez, indemnizaciones a viudas y damnificados europeos, pagarés a comerciantes y su propio empréstito personal. El préstamo Mackintosh de 150.000 pesos, concertado también por López Méndez, quedó fuera de esa consolidación. La deuda no era abstracta: sumaba el equivalente aproximado de tres millones de pesos que quedaron gravando a la República desde su nacimiento.

En el terreno militar, el desempeño de los cuerpos extranjeros fue mixto y no admite ni la épica ni la reducción irónica. En el Pantano de Vargas, el 25 de julio de 1819, Bolívar empleó los batallones Bravos de Páez, Rifles y Legión Británica en apoyo de los contraataques de la vanguardia; los tres fueron rechazados repetidamente y sus comandantes resultaron heridos —el de la Legión Británica entre ellos, según toda la tradición patriota, en un episodio que la memoria fijó luego en la figura del coronel James Rooke—. El momento decisivo no lo protagonizó la Legión sino la caballería patriota, reforzada providencialmente con doscientos caballos en el mismo campo de batalla, que sembró el desorden en las filas enemigas cuando el general Barreiro ordenaba un envolvimiento que amenazaba con decidir la jornada a favor de los realistas. La Legión Británica sangró y honró su papel; no decidió la batalla.

La composición del ejército libertador en la campaña de 1819 confirma esa lectura. Sobre unos tres mil hombres, la Legión Británica representaba en torno a trescientos: heterogeneidad decisiva, pero minoría clara. Después de Boyacá el crecimiento fue vertiginoso: de cuatro o cinco batallones de infantería en 1818 se pasó a una veintena en 1820, con una fuerza operacional cercana a los trece mil hombres, casi el doble de las tropas realistas existentes en el Virreinato y la Capitanía antes de la Revolución. Ese ejército se nutrió abrumadoramente de reclutamiento local —forzoso, indiscriminado, brutal, incluyendo niños, enfermos y hasta dementes— y solo residualmente de contingentes europeos que ya para entonces habían dejado de llegar en oleadas.

La composición social de la oficialidad refuerza el punto. Solo uno de cada cinco oficiales ascendidos había pasado por los grados de cabo o sargento —los llamados oficiales de fortuna—; la abrumadora mayoría restante no era ni militar de carrera del Antiguo Régimen ni cadete formalmente instruido, sino que incluía capitanes autoproclamados o nombrados por autoridades autoproclamadas. El Oriente de Venezuela —Barcelona y Cumaná especialmente— estuvo sobrerrepresentado en las promociones no convencionales, concentrando aproximadamente la mitad de esa sobrerrepresentación. Varios pardos y afrocolombianos alcanzaron el grado de oficiales y aun de generales. En ese cuadro, la oficialidad europea nunca llegó a monopolizar los ascensos ni a definir la cultura profesional dominante: los grandes cuadros —Bolívar, José Antonio Páez, Antonio José de Sucre, Carlos Soublette, el propio Francisco de Paula Santander, que recibió el grado de general de brigada en agosto de 1818 y el de general de división un año después de manos del Libertador— eran empiristas criollos, no discípulos del paradigma napoleónico.

Y sin embargo, hubo transferencia. La hubo en O'Leary, que se volvió edecán y archivero de facto de la revolución; la hubo en Thomas Murray y Rupert Hand, que sirvieron junto a él en El Santuario; la hubo en William Ferguson, en Arthur Sandes, en Belford Hinton Wilson, en Francis Burdett O'Connor. Hubo transferencia también en la circulación de manuales, en la instrucción de infantería ligera al estilo británico, en la introducción de rutinas de campaña que los llaneros no habían necesitado ni conocido. Y hubo, sobre todo, transferencia diplomática: el reconocimiento británico en 1823, mediante agentes confidenciales enviados en reciprocidad a los esfuerzos diplomáticos de Zea primero y de José Rafael Revenga después, se apoyó en la existencia previa de una red anglo-colombiana construida por los mismos veteranos que habían combatido en los Andes.

¿Fervor liberal o efecto de archivo?

Que el voluntariado europeo perteneciera a una constelación ideológica coherente es una evidencia que no conviene disolver en la lectura financiera. La rebelión griega de 1821 contra el dominio turco fue leída por los liberales europeos como episodio hermano de la independencia americana, y Byron fue el símbolo de esa fraternidad. Su decisión de embarcarse a Grecia en lugar de a Colombia, en 1822, no negó la equivalencia sino que la ratificó: eran para él dos frentes de la misma causa, y su yate llevó el nombre del Libertador hasta su muerte por enfermedad en el Peloponeso.

En la propia Inglaterra, la causa colombiana concitó apoyos que no se explicaban solo por la especulación. En la recepción de julio de 1822 en Londres, donde Zea fue centro, brindaron por la independencia colombiana el duque de Somerset y William Wilberforce, el mismo Wilberforce cuya campaña abolicionista había reconfigurado la conciencia moral británica. Empresarios, intelectuales y parlamentarios de sensibilidad progresista convergieron en un apoyo cuya componente ética no era ficticia, aunque coexistiera —y a veces se apalancara— con el interés comercial de los fabricantes textiles y armamentísticos que veían en la América liberada un mercado.

El caso de O'Leary condensa la ambigüedad. Nacido en Cork en 1800, católico, jesuita en su formación, pariente del líder de la organización católica irlandesa, se embarcó en Londres en 1818 con las expediciones que partían hacia Venezuela. La motivación —anota él mismo— combinaba el apoyo popular irlandés a la liberación de las colonias españolas con la búsqueda personal de aventura a los dieciocho años. Ambas cosas eran verdaderas. Y su carrera posterior —edecán de Bolívar, diplomático, autor de las Memorias y de la Narración que aún hoy son fuente primaria de primer orden para cualquier historia de la independencia, más las Detached Recollections que Lynch y otros siguen citando— muestra hasta qué punto un individuo europeo pudo integrarse a la maquinaria criolla sin dejar de ser el vehículo de su memoria hacia el exterior.

Es aquí donde la magnificación historiográfica tiene su origen no como conspiración sino como efecto estructural. Quien deja el archivo, escribe la historia. Los boletines del ejército libertador, las proclamas de Bolívar, la correspondencia militar y política que O'Leary recopiló, organizó y publicó se convirtieron en la médula documental de la historiografía bolivariana. Las Memorias de O'Leary no mienten, pero seleccionan; y en esa selección los europeos ocupan, inevitablemente, un lugar mayor del que el balance objetivo justificaría. La afirmación de Marx sobre el papel decisivo de los extranjeros —errada en fechas, en proporciones y en efecto— se apoyó sin saberlo en esa amplificación previa, y de ahí pasó al canon.

Entonces, ¿qué respuesta cabe?

La presencia europea fue una transferencia técnica real pero limitada, que aportó cuadros de valor en batallas específicas —el Pantano de Vargas, Carabobo, Pichincha, Ayacucho— sin decidir por sí sola ninguna de ellas. Fue, al mismo tiempo, una operación financiera de gran envergadura que hipotecó la República desde su nacimiento por casi medio millón de libras antes del primer empréstito formal, en un arreglo cuya génesis estuvo en Londres, en Dublín y en Róterdam. Y fue, en tercer lugar, un aporte diplomático de largo aliento: el reconocimiento británico de 1823, la Doctrina Monroe recibida con entusiasmo en Bogotá y publicada por la Gaceta de Colombia en febrero de 1824 con artículo introductorio atribuido a Santander, la conversión de la Gran Colombia en interlocutora legítima del Atlántico liberal, deben mucho a la red que los veteranos europeos ayudaron a tejer.

Sostener que la independencia colombiana fue parte de un mercado transatlántico de saberes y cuerpos militares post-napoleónicos es correcto siempre que no se olvide que ese mercado fue asimétrico: la República compraba caro y pagaba en tabaco proyectado, en tierras futuras, en bonos que sus propios soldados venderían a una fracción irrisoria de su valor nominal. Sostener que la incorporación de oficiales europeos fue transferencia tecnológica y diplomática que estructuró redes globales es también verdadero, pero el peso relativo de la transferencia técnica militar fue menor que el de la diplomática y financiera. Sostener que la magnificación historiográfica del aporte británico excedió su importancia militar real queda establecido por la aritmética misma: una décima parte del ejército de Tunja no decide una campaña, por más veterana que sea.

Otras dos tesis —dependencia técnica como condición necesaria de la independencia, y presencia extranjera como combustible de un nacionalismo militar suspicaz— piden mayor cautela. La dependencia técnica no fue condición necesaria: el ejército libertador victorioso en Boyacá era mayoritariamente criollo y llanero, y aun sin la Legión Británica probablemente habría cruzado los Andes, quizás con más sangre y menos rapidez. Lo que sí fue condición necesaria fue la dependencia financiera y diplomática: sin Londres no había armas ni reconocimiento. La suspicacia nacionalista posterior, entonces, no reaccionó a un desplazamiento castrense que nunca ocurrió, sino a la constatación —lenta, dolorosa— de que los costos financieros y simbólicos del auxilio europeo habían sido desproporcionados a su rendimiento.

La lectura de la legión extranjera como proyecto de poblamiento poscolonial y negocio especulativo londinense captura una dimensión ineludible. Devereux vendía patentes como se venden títulos, y la Legión Irlandesa fue tanto una empresa de colonización potencial —los reclutas esperaban tierras— como una operación de la City. Que el poblamiento nunca se materializó, que las tierras fueron a parar mayoritariamente a manos de comerciantes y terratenientes criollos que compraron a los soldados sus bonos a una fracción mínima de su valor nominal, es la ironía final: los europeos, como los soldados rasos neogranadinos, quedaron fuera del reparto.

Queda la tesis del "acercamiento directo" de Bolívar a la cultura marcial post-revolucionaria como asimilación parcial y oportunista, y se sostiene bien. Bolívar no fue puro discípulo del paradigma napoleónico: fue un empirista de formación patricia que tomó de Europa lo que le sirvió y descartó lo demás, contratando ingenieros como Agustín Codazzi o edecanes como Luis Perú de Lacroix cuando los necesitó, sin someter la lógica de sus campañas —hijas de la geografía llanera y andina— a manual europeo alguno.

Hay, con todo, zonas del problema donde el balance provisional espera todavía cifras firmes. Cuántos oficiales europeos sirvieron en total en los ejércitos bolivarianos entre 1817 y 1824, qué proporción sobrevivió, regresó o se quedó, es cuestión abierta. Los cinco mil de Devereux fueron ficción contable, y la desagregación por nacionalidad, arma y destino final duerme aún en el archivo londinense y dublinés. Tampoco se ha medido con finura la textura de la transferencia técnica —qué manuales circularon, qué rutinas de instrucción se adoptaron, qué doctrinas de infantería ligera o de artillería se enraizaron en el ejército colombiano posterior—; la historiografía se ha detenido en el gesto biográfico y en el episodio de batalla, sin descender al nivel del reglamento y la instrucción cotidiana. Y la genealogía misma del recelo criollo hacia el extranjero admite otra hipótesis: que ese nacionalismo militar deba menos a la reacción contra los europeos que a la fractura interna del propio ejército libertador, que se fragmentó en facciones enemigas desde el fin de la guerra hasta finales de 1824, y cuya crisis final coincidió con la renuncia de Bolívar en mayo de 1830, su muerte en diciembre y la dictadura efímera de Rafael Urdaneta en Bogotá. El licenciamiento del Llano en 1824, con soldados dedicados al abigeato y una represión terrateniente tan violenta que José Manuel Restrepo temió una "guerra de castas", pesa aquí más que cualquier legionario británico. La república que emergió no fue discípula de Europa: contrató Europa a plazos y aprendió a no confiar del todo en lo que había comprado.