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Hecho histórico · Seguridad Democrática · 2002–2016

Madres de Soacha y el movimiento de víctimas (2008–2010)

En septiembre de 2008, madres de jóvenes desaparecidos en Soacha descubrieron que sus hijos habían sido ejecutados por el Ejército y presentados como guerrilleros muertos en combate a cientos de kilómetros de sus hogares. De ese hallazgo nació el Colectivo de Madres de Soacha, que entre 2008 y 2010 transformó un patrón de crímenes de Estado en escándalo nacional, forzó destituciones militares al más alto nivel y se consolidó como actor político central de la memoria y la justicia transicional en Colombia.

Madres de Soacha y el movimiento de víctimas (2008–2010)
Septiembre de 2008 – 2010
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
Septiembre de 2008 – 2010
Dónde
Norte de Santander, Santander, Bogotá, Meta, Tolima, Cauca, Soacha, Cundinamarca
Protagonistas
Álvaro Uribe Vélez, Juan Manuel Santos, Eduardo Cifuentes, Luz Marina Bernal, María Sanabria, Carmenza Gómez, Jacqueline Castillo, Fair Leonardo Porras (víctima), Mario Montoya, Philip Alston, Colectivo de Madres de Soacha, Fiscalía General de la Nación
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. La práctica sistemática de ejecuciones extrajudiciales ('falsos positivos') impulsada por incentivos militares —medallas y reconocimientos vinculados al número de bajas en combate— que llevó a unidades del Ejército a reclutar, trasladar y asesinar a jóvenes civiles vulnerables para presentarlos como guerrilleros muertos en combate.
  2. La extrema vulnerabilidad socioeconómica de los jóvenes de Soacha —trabajadores informales, algunos con discapacidad, hijos de familias desplazadas asentadas en la periferia urbana— que los convirtió en blanco fácil de reclutadores civiles pagados por el Ejército mediante promesas de trabajo.
  3. Las declaraciones públicas del presidente Uribe que, antes de concluir la investigación, calificó a los jóvenes de Soacha de delincuentes reclutados con fines criminales, provocando la indignación de las familias y empujándolas a organizarse colectivamente para exigir verdad y justicia.
  4. La negativa institucional a recibir denuncias de desaparición —como la inspección de policía de Soacha que exigió esperar 72 horas sin base legal— que obligó a las madres a iniciar búsquedas por cuenta propia y a encontrarse entre sí a través de emisoras de radio, vecinos y expedientes forenses coincidentes.
Septiembre de 2008 – 2010Madres de Soacha y el movimiento de víctimas (2008–2010)

Consecuencias

  1. La identificación mediante pruebas de ADN de los cuerpos de varios jóvenes de Soacha en fosas de Norte de Santander y Santander en septiembre de 2008 desencadenó el escándalo público y la cobertura mediática que en menos de un mes extendió el caso a unos 200 hechos similares en distintas regiones del país.
  2. El presidente Uribe destituyó en octubre de 2008 a 27 oficiales militares, incluidos tres generales, y el general Mario Montoya, comandante del Ejército, renunció a principios de noviembre de 2008.
  3. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU emitió un comunicado el 28 de septiembre de 2008 y organismos internacionales señalaron que las ejecuciones extrajudiciales constituían un fenómeno generalizado y no casos aislados, sometiendo al Estado colombiano a escrutinio internacional sostenido.
  4. Las Madres de Soacha consolidaron un repertorio de acción colectiva —batas blancas, pendones con fotografías de las víctimas, plantones frente a la Fiscalía— que se convirtió en referente simbólico del movimiento de víctimas en Colombia y contribuyó a construir una identidad política basada en la maternidad como autoridad moral inatacable.
  5. El caso de Soacha abrió el camino jurídico y simbólico que la Jurisdicción Especial para la Paz reconocería posteriormente como el Macro Caso 03, incorporando las ejecuciones extrajudiciales al marco de la justicia transicional colombiana.
  6. Pese a las destituciones, el gobierno mantuvo una respuesta parcial: los incentivos operacionales vinculados a bajas en combate no fueron desmontados en su lógica de fondo, las directivas de traslado a la justicia ordinaria fueron prácticamente revertidas, y la estrategia de estigmatización de organizaciones de derechos humanos continuó.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

El movimiento de las Madres de Soacha demuestra cómo víctimas sin recursos políticos previos pueden, mediante la organización colectiva y el uso del cuerpo y el símbolo en el espacio público, convertir crímenes de Estado encubiertos en escándalo nacional y forzar respuestas institucionales que de otro modo no habrían ocurrido. Su caso es además excepcional en América Latina porque la lucha se libró en medio de un conflicto armado activo y bajo el gobierno que produjo a los perpetradores, lo que eleva el costo del testimonio y la magnitud del gesto. La brecha entre el reconocimiento parcial del Estado y la impunidad estructural que persistió revela los límites de la presión civil cuando los incentivos institucionales que generan el crimen no son reformados de raíz.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Madres de Soacha

En septiembre de 2008, un grupo de mujeres de un municipio conurbado al sur de Bogotá descubrió, por coincidencias en los expedientes de la Fiscalía y de Medicina Legal, que los cuerpos de sus hijos —jóvenes desaparecidos semanas antes tras aceptar promesas de trabajo— habían aparecido a cientos de kilómetros de distancia, en fosas de Norte de Santander y Santander, reportados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate. De ese hallazgo, y del rechazo a la versión oficial que las convertía en madres de delincuentes, nació el Colectivo de Madres de Soacha: un actor político que, entre 2008 y 2010, transformó un patrón de crímenes encubiertos bajo la lógica de la «baja en combate» en un escándalo de Estado, forzó destituciones militares al más alto nivel y abrió el camino jurídico y simbólico que la Jurisdicción Especial para la Paz reconocería más tarde como el Macro Caso 03.

El territorio del engaño: Soacha en la primera década del siglo XXI

Soacha no era en 2008 un municipio cualquiera. Su periferia —Altos de Cazucá, Ciudadela Sucre, los bordes donde termina Bogotá y empieza Cundinamarca— concentraba una acumulación de precariedades que el Sistema de Alertas Tempranas de la Defensoría del Pueblo venía registrando desde hacía años: desplazamiento forzado intraurbano, discriminación contra población desplazada y afrodescendiente, sicariato al alza, control paramilitar sobre rutas de transporte disfrazado de cobros de seguridad. La expansión de la estrategia paramilitar hacia el mundo urbano había convertido esos barrios en corredores logísticos hacia el Meta, el Tolima, el Huila y Cundinamarca, y en escenarios donde grupos armados posdesmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia hostilizaban la participación política de partidos de izquierda estigmatizándolos como colaboradores de la guerrilla.

Allí vivían familias llegadas del Cauca, del Tolima, del Valle, en muchos casos huyendo de la violencia rural, en condiciones materiales extremas —una familia intercambió un televisor por un lote, cifra elocuente de lo que significaba asentarse en esos barrios—. Los hijos de esas familias, jóvenes de veinte y pocos años, trabajadores informales, algunos con discapacidad cognitiva como Fair Leonardo Porras, eran el perfil exacto que los reclutadores civiles pagados por el Ejército buscarían. La marginalidad que los volvió blancos fáciles del engaño laboral —la oferta de un trabajo lejos, en fincas de café, con pago inmediato— fue también la que, cuando las madres empezaron a hablar en público, dotó a sus reclamos de una legitimidad moral difícil de refutar: no eran combatientes, eran muchachos pobres a los que alguien había prometido jornal.

Antes de 2008, esas mujeres no se conocían entre sí, pese a habitar el mismo municipio. Sus hijos habían salido de casa avisando que iban a trabajar; nadie, en las primeras horas, sospechó. Cuando las horas se volvieron días, empezaron los recorridos por hospitales, morgues e inspecciones de policía. En al menos un caso documentado, la inspección de Soacha se negó a recibir la denuncia argumentando que debían transcurrir setenta y dos horas antes de registrar el reporte —un procedimiento que no existe en la norma pero que funcionó, en la práctica, como muro—. Las madres emprendieron búsquedas por cuenta propia: llamadas, mensajes en emisoras de radio, avisos en internet, redes vecinales. Fue ese trabajo artesanal de la búsqueda el que empezó a producir coincidencias.

Del expediente a la asamblea: cómo se reconocieron

El hilo que las juntó no fue una consigna política sino un dato forense. En septiembre de 2008, pruebas de ADN identificaron los cuerpos de varios jóvenes de Soacha en fosas comunes de Ocaña, Norte de Santander, y en otros parajes del nororiente del país. El Ejército los había reportado como guerrilleros dados de baja en combate apenas días después de su desaparición, a más de cuatrocientos kilómetros de sus casas. La distancia geográfica era la primera obscenidad; la segunda era la temporalidad: muchachos que habían salido de Soacha el lunes aparecían el jueves como bajas en combate en un departamento donde nunca habían estado.

Los informes de Medicina Legal y de la Fiscalía empezaron a producir encuentros. Una madre reconocía a otra en la sala de espera; un vecino le decía a una tercera que había oído en la radio un caso idéntico al suyo. La Personería Municipal de Soacha convocó una reunión que operó como primera asamblea reconocible: allí, mujeres que ya se habían cruzado durante la búsqueda pusieron en común los relatos y descubrieron que no eran hechos aislados sino la misma historia repetida. El tránsito de la experiencia individual al reconocimiento colectivo —de «mi hijo desapareció» a «a nuestros hijos los desaparecieron»— fue el gesto fundacional.

Nombres empezaron a repetirse en los medios y en los estrados: Luz Marina Bernal, madre de Fair Leonardo Porras; María Sanabria; Carmenza Gómez; Jacqueline Castillo. Cada una traía su propia biografía del engaño, pero el patrón era idéntico: reclutador civil, promesa de trabajo, viaje al nororiente, cadáver con uniforme y botas nuevas, informe militar. La coincidencia era la prueba.

La provocación presidencial y la organización política

El escándalo estalló públicamente entre septiembre y octubre de 2008. Antes de que la Fiscalía estableciera los hechos, el presidente Álvaro Uribe Vélez declaró en público que los jóvenes de Soacha «habían sido reclutados con fines criminales» y que «habían salido de sus casas con propósitos delincuenciales y no de trabajar y recoger café». La frase, pronunciada por el jefe de Estado sin esperar el resultado de la investigación, tuvo un efecto opuesto al que perseguía: en lugar de acallar a las familias, las empujó a organizarse.

La provocación institucional funcionó como partera. Al negarles la condición de víctimas y devolverles la de madres de delincuentes, el Ejecutivo forzó una respuesta pública que ya no podía limitarse al duelo. Las madres necesitaban ahora limpiar el nombre de sus hijos, y esa tarea —individual en apariencia— era estructuralmente colectiva: solo juntas podían contradecir la voz del Estado.

El repertorio de acción se fue definiendo en las semanas siguientes. Plantones frente a la sede de la Fiscalía y en el propio municipio de Soacha. Batas blancas —el color de la inocencia, elegido deliberadamente para significar que los muchachos habían sido engañados y luego sindicados falsamente de pertenecer a grupos armados—. Pendones con las fotografías de los hijos, cada rostro con nombre, edad y fecha de desaparición. La consigna implícita era que no se podía discutir a un guerrillero abstracto: había que discutir a este muchacho, con esta cara, este nombre y esta madre. La bata blanca convertía a la mujer en portadora de una tarea moral pública —lavar el nombre—; el pendón devolvía al hijo su rostro concreto contra la abstracción del «dado de baja en combate».

La construcción de una identidad colectiva se apoyó en el lugar social de la maternidad. No fue una elección retórica: era el ángulo que las hacía inatacables en un país donde el estigma de la asociación con la guerrilla funcionaba como licencia social para validar la muerte. Cuando una madre decía «mi hijo no era guerrillero», ponía en juego una autoridad —la del vínculo original— que ningún comunicado militar podía disputar sin resultar obsceno. Con el tiempo, ellas mismas describirían al colectivo como «una familia».

El estigma como muro cotidiano

La organización política no eliminó el estigma; se enfrentó a él a diario. Cuando las víctimas quedaban asociadas —aun falsamente— a grupos armados, la respuesta social tendía a validar la muerte. Madres y hermanas escuchaban, en calles, tiendas, transporte público, expresiones como «se lo buscó» o «se lo ganó». Salir con la bata blanca a un plantón era, entre otras cosas, romper esa mordaza social, exponerse al comentario hostil de la vecina o del transeúnte, sostener en cuerpo el nombre del hijo contra la maquinaria discursiva que lo había convertido en enemigo.

El estigma tuvo también su versión institucional. Luz Marina Bernal relató que, durante la exhumación del cuerpo de su hijo Fair Leonardo, el Ejército irrumpió en el cementerio, la rodeó y le exigió responder preguntas. Un militar le preguntó si sabía que su hijo era guerrillero. Ella lo rechazó. El episodio condensa una operación: la diligencia forense, que debía servir a la víctima, se convirtió en interrogatorio a la madre, invirtiendo la relación entre institución y ciudadanía. Otras madres relataron interrogatorios similares por parte del Ejército y del CTI durante reconocimientos de cadáveres.

A eso se sumaron el miedo, la amenaza velada y, en algunos casos, el desplazamiento. La impunidad y la persistencia del conflicto armado apilaban capas nuevas sobre el dolor por la desaparición: el temor por los otros hijos, la sospecha del vecino, la mirada del funcionario, la certeza de que denunciar podía costar más que callar.

La caja de resonancia: medios, ONU y campo previo de víctimas

La eficacia política de las Madres de Soacha se apoyó en una coyuntura que amplificó sus voces. La cobertura mediática sobre ejecuciones extrajudiciales creció exponencialmente en los doce meses siguientes a las revelaciones del caso. En menos de un mes desde el estallido del escándalo, los medios difundían otros casos similares y ya se hablaba de unos doscientos hechos ocurridos en distintas regiones del país. El caso de Soacha se convirtió en la puerta por la que entró un fenómeno nacional que había estado sucediendo, invisible, durante años.

El 28 de septiembre de 2008, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos emitió un comunicado sobre los casos colombianos. Organismos internacionales empezaron a señalar que no se trataba de casos aislados —como sostenía la versión oficial— sino de un fenómeno generalizado. La visita del relator especial de Naciones Unidas sobre ejecuciones extrajudiciales, Philip Alston, se inscribiría en esa línea de escrutinio internacional que las madres, desde Soacha, contribuían a legitimar poniendo rostros a las estadísticas.

Existía además un campo organizativo previo. Antes de 2008 operaban en Colombia organizaciones dedicadas a la desaparición forzada y a las ejecuciones extrajudiciales: la Fundación Nydia Erika Bautista, el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado —cuya emergencia había sido favorecida por la coyuntura abierta con la Ley de Justicia y Paz de 2005— y una red de ONG con experiencia acumulada en documentación forense y jurídica, entre ellas Equitas, especializada en búsqueda de desaparecidos, y Vínculos, en acompañamiento psicosocial. Las Madres de Soacha no partieron de cero: encontraron interlocutores, asesores, plataformas de denuncia y espacios de articulación. En 2009 emergería además la Asociación de Familiares de Miembros de la Fuerza Pública y Civiles Víctimas de Crímenes de Lesa Humanidad Cometidos por Agentes del Estado —Afusodo—.

Un rasgo distingue a este movimiento del de otros países latinoamericanos: las organizaciones de víctimas de crímenes de Estado en Colombia comenzaron su lucha en medio de un conflicto armado en curso, no después de la caída de una dictadura ni tras la firma de un acuerdo negociado. Las Madres de Soacha se organizaron mientras la guerra continuaba, mientras el gobierno que había producido a los perpetradores seguía en el poder, mientras los operativos militares que generaban incentivos por bajas seguían vigentes. Esa condición explica tanto la valentía del gesto como su costo.

La caída de los uniformes: octubre-noviembre de 2008

La presión combinada —madres organizadas, cobertura mediática, pronunciamiento internacional, evidencia forense— produjo un quiebre institucional visible. En octubre de 2008, en pleno desarrollo del escándalo, el presidente Uribe destituyó a veintisiete oficiales militares, entre ellos tres generales. Las destituciones se produjeron a raíz de las denuncias sobre falsos positivos en Soacha, Cundinamarca, y en Ocaña, Norte de Santander, atribuidas a las II y VII Divisiones del Ejército Nacional. A principios de noviembre de 2008, el general Mario Montoya, comandante del Ejército, renunció.

El mismo Uribe, en un giro discursivo excepcional en su repertorio público, señaló tras el escándalo la obligación de los uniformados de respetar los derechos humanos. La frase era un reconocimiento tácito de que algo había ocurrido que no podía seguir describiéndose solo como acción de «grupos terroristas». Pero el reconocimiento fue parcial. El gobierno inició un proceso de admisión limitada de los hechos acompañado de maniobras que frustraron una investigación profunda y una respuesta estructural. La directiva permanente n.º 0142 del 4 de mayo de 2008, firmada por el general Montoya, había seguido delineando criterios para el otorgamiento de la medalla por servicios distinguidos en materia de orden público sobre la base de bajas en combate: los incentivos operacionales que producían el crimen no fueron desmontados en su lógica de fondo. Durante el período posterior, cuando Juan Manuel Santos dejó el Ministerio de Defensa y la comandancia militar cambió de manos, se siguieron emitiendo guías que consideraban las bajas en combate como criterio de reconocimiento.

En paralelo, las directivas que ordenaban trasladar los casos de falsos positivos a la justicia ordinaria —dictadas en 2008— fueron prácticamente revertidas poco después. Jueces penales militares que insistieron en el traslado fueron amenazados, presionados, en algunos casos declarados insubsistentes. La contradicción entre el reconocimiento público y la maniobra institucional silenciosa marcó la respuesta del Ejecutivo.

La estrategia paralela de estigmatización de las organizaciones de derechos humanos continuó. Uribe mantuvo el discurso de que esas organizaciones favorecían al terrorismo y atentaban contra el honor militar. La confrontación se dio en dos frentes: el reconocimiento parcial hacia afuera —hacia los medios y los organismos internacionales— y la deslegitimación hacia adentro, contra quienes habían hecho visible el problema.

La cifra exacta de jóvenes de Soacha y Bogotá cuyo caso detonó las destituciones se cuenta de manera variable: dieciséis según una fuente, once según otras. La discrepancia numérica no altera lo esencial: un puñado de casos concretos, con nombre y apellido, con madres organizadas que los reclamaban en la Plaza de Bolívar y frente a la Fiscalía, produjo la mayor sacudida institucional del Ejército colombiano en décadas.

Las causas del quiebre

El escándalo de Soacha se leyó a veces como el momento en que «se supo» lo que ocurría. La descripción es engañosa. Cuando aparecieron las noticias del caso, quienes investigaban las anomalías ya tenían elementos suficientes para reconocer que los falsos positivos eran un fenómeno real y no una invención de las ONG. La información existía; lo que faltaba era el punto de anclaje público que la volviera indiscutible.

Las madres proveyeron ese anclaje. Su función política fue convertir un dato disperso —informes, denuncias, sospechas de investigadores— en un acontecimiento con rostro, geografía y cronología reconocibles. Tres elementos hicieron posible el quiebre: un patrón criminal ya lo suficientemente extendido como para producir coincidencias forenses evidentes en Medicina Legal; una coyuntura mediática e internacional receptiva, con la ONU pronunciándose y los medios amplificando; y un colectivo de víctimas organizado que traducía el problema estadístico en un problema moral concreto.

Detrás del crimen operaba un ensamblaje de condiciones que las destituciones de 2008 no tocaron. La jerarquía militar estaba acostumbrada a medir el éxito por conteo de cuerpos; la justicia penal militar se resistía históricamente a ceder competencia sobre sus propios miembros; el mercado laboral informal dejaba a jóvenes de las periferias urbanas disponibles para ofertas fraudulentas; la desigualdad territorial hacía que la desaparición de un muchacho de Cazucá tardara semanas en registrarse como problema público. Cada una de esas capas sostenía a las otras. La reversión práctica de las directivas de traslado a la justicia ordinaria confirmó que el sistema resistió la reforma profunda. Pero el detonante coyuntural produjo un efecto en cascada irreversible en su dimensión simbólica: los falsos positivos ya no podrían volver a nombrarse como bajas legítimas en combate.

De Soacha al movimiento nacional: 2009-2010

Entre 2009 y 2010, las Madres de Soacha se articularon con el campo más amplio de organizaciones de víctimas. No lo hicieron por absorción sino por adyacencia: mantuvieron su identidad específica —la de madres de jóvenes ejecutados en el marco de un patrón concreto— y a la vez tejieron solidaridades con otros colectivos. El Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado ofrecía un marco de acción más amplio; Afusodo se sumaba desde 2009; organizaciones especializadas como Equitas aportaban capacidad forense.

Cada organización mantenía sus particularidades. Los familiares de las víctimas de la masacre de La Rochela, por ejemplo, se mantenían afectivamente solidarios con el MOVICE pero sin articularse como activistas plenos, replegados en su propia comunidad de dolor. Algunas familias hacían del activismo público su lugar; otras preferían un duelo más contenido con apoyo puntual.

El caso de Soacha se convirtió en referencia. Las madres viajaron, testimoniaron ante instancias nacionales e internacionales, sostuvieron el trabajo de plantones y actos de memoria. Su presencia física —las batas blancas, los pendones— se volvió lenguaje reconocible del movimiento de víctimas colombiano. Fair Leonardo Porras, joven con discapacidad cognitiva reclutado con engaño y ejecutado como guerrillero muerto en combate, se convirtió en emblema por la obscenidad del contraste entre su vulnerabilidad real y la ficción militar que lo mató.

Durante 2009 y 2010, el Congreso avanzaba en las discusiones que desembocarían en la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras de 2011. Las Madres de Soacha y las organizaciones aliadas participaron en ese proceso legislativo con reclamos específicos: reconocimiento de las ejecuciones extrajudiciales como crimen sistemático, no como conducta aislada de «manzanas podridas»; garantías de no repetición; verdad sobre los responsables intelectuales y no solo materiales.

Lo que las madres cambiaron

El trabajo iniciado en 2008 encontró décadas después un reconocimiento institucional formal: la Jurisdicción Especial para la Paz abrió el Macro Caso 03 sobre «Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado», una categoría jurídica que existe en el ordenamiento colombiano en parte porque las Madres de Soacha volvieron indiscutible su realidad fáctica. En octubre de 2018, el general Mario Montoya firmó su sometimiento a la JEP; durante su comandancia se le atribuirían más de dos mil casos, cifra que permanece en discusión pero que da la escala del problema al que las madres se enfrentaron en 2008 con las fotografías de sus hijos en la mano. El propio Macro Caso ha ido incorporando testimonios de comparecientes que han admitido responsabilidad —soldados, suboficiales, oficiales— y ha producido versiones detalladas sobre el modus operandi: reclutadores civiles, entrega de los jóvenes a unidades militares, ejecución, montaje de la escena con armamento sembrado y uniformes, informe operacional. Cada una de esas admisiones convalida, décadas después, lo que las madres habían denunciado desde el primer día en la puerta de la Fiscalía.

Las Madres de Soacha establecieron también un precedente sobre cómo un colectivo de víctimas puede alterar la agenda pública en medio de un conflicto armado activo y frente a un gobierno hostil. Lo hicieron sin abandonar el lugar de la maternidad, pero cargándolo de un contenido político denso: la madre no como figura de duelo privado sino como sujeto de denuncia pública y de reclamo jurídico. La bata blanca no era un símbolo mariano; era un uniforme de trabajo cívico. La distinción importa: cuando Luz Marina Bernal o Jacqueline Castillo hablaban ante un micrófono, no lo hacían desde la resignación de la Piedad sino desde la exigencia expresa de justicia. El repertorio que ensayaron —fotografía del hijo, bata blanca, plantón sostenido, testimonio ante organismos internacionales— fue retomado por colectivos posteriores de familiares de desaparecidos y de víctimas de otros crímenes de Estado, dentro y fuera de Colombia.

Produjeron, además, una modificación duradera del vocabulario público. Antes de 2008, la expresión «falso positivo» circulaba entre investigadores, defensores de derechos humanos y algunos periodistas. Después, entró al habla común y al debate político como categoría corriente. Nombrar es la primera operación de justicia. Que hoy pueda decirse la frase sin necesidad de explicarla es efecto del trabajo hecho por las madres, sus aliados, los medios que las cubrieron y los organismos internacionales que las respaldaron. La categoría opera además como cortafuegos frente a los intentos de renombrar los hechos —«resultados operacionales», «bajas legítimas», «casos aislados»—: cada intento de rebautizarlos choca ahora contra una palabra ya instalada en el sentido común.

Queda una tensión sin resolver. Los incentivos estructurales que produjeron el crimen —la presión por bajas, la lógica de los reconocimientos militares atados a resultados letales— fueron modificados solo parcialmente. Las destituciones de octubre-noviembre de 2008 fueron respuestas al escándalo, no reformas de fondo del sistema. La caída de casos reportados a partir de 2009 se produjo, pero no permite afirmar que la práctica cesara por completo. La memoria del escándalo funcionó como disuasión, pero no reemplazó el rediseño institucional que las madres reclamaban.

Por eso el colectivo sigue vigente. Las Madres de Soacha continuaron —continúan— reclamando verdad y justicia porque el ciclo no se cerró en 2010. La Ley de Víctimas de 2011, la JEP a partir de 2017, el Macro Caso 03, el Informe Final de la Comisión de la Verdad —que señaló las ejecuciones extrajudiciales como un caso de especial importancia por magnitud y por impunidad persistente— son estaciones de un proceso más largo. El arco fundacional —del desconocimiento entre vecinas de Soacha en agosto de 2008 al colectivo articulado con el movimiento nacional de víctimas en 2010— sigue funcionando como referencia para las víctimas que llegaron después y para las que seguirán llegando mientras la impunidad no se cierre. Varias de las madres fundadoras han muerto sin ver condenas firmes contra los responsables intelectuales del patrón; otras siguen viajando, testificando, sosteniendo la fotografía del hijo en actos públicos casi veinte años después del hallazgo de los cuerpos.

Lo que las madres transformaron, en el fondo, no fue solo el estatus de un crimen. Fue la posición desde la que la víctima puede hablar en Colombia. Antes de ellas, el familiar de un muerto sospechoso de vínculos con la guerrilla debía justificarse antes de reclamar. Después, podía reclamar sin justificarse: la carga de la prueba se desplazó, aunque fuera parcialmente, hacia quien había disparado y hacia quien había ordenado disparar. Ocurrió porque un grupo de mujeres, en un municipio conurbado del sur de Bogotá, decidió no aceptar la versión oficial sobre la muerte de sus hijos y buscarse unas a otras hasta formar, con batas blancas y pendones fotográficos, una voz que el Estado no pudo seguir ignorando.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

24 documentos · 33 fragmentos
01Plan Colombia: U.S. Ally Atrocities and Community ActivismJohn Lindsay-Poland · 2018 · p. 1681 cita
[1]pressures that accelerated the practice. One incident catalyzed the public conversation. In early 2008, sixteen young men in Soacha, a working- class suburb of Bogotá, dis appeared after telling their families that they had gotten work and were leaving town. Civilian recruiters— later revealed to be in the army’s pay—…p. 168
02Fighting Monsters in the Abyss: The Second Administration of Colombian President Álvaro Uribe Vélez, 2006–2010Harvey F. Kline · 2015 · p. 1682 citas
[2]end justifies the means.” Both cases caused additional challenges to the judicial system. In both cases, the questions were, who approved these illegal activi- ties, and more specifically, did President Uribe order them or know about them? Should he have known if he did not? False Positives In Septem ber 2008, falsos…p. 168
[3]end justifies the means.” Both cases caused additional challenges to the judicial system. In both cases, the questions were, who approved these illegal activi- ties, and more specifically, did President Uribe order them or know about them? Should he have known if he did not? False Positives In Septem ber 2008, falsos…p. 168
03Diez propuestas para el estudio de la historia reciente de Colombia con énfasis en el conflicto armadoFrancisco Acevedo, Mauricio Bello, Blanca Cepeda, Wencith Guzmán, Jacqueline Mendoza, Nixon Mora, Roque Moreno, William Peña, Jorge Ramírez, Maira Soto, María Cristina Téllez · 2022 · p. 98, 1032 citas
[4]¿dónde está Leonardo?” Me dijo, “Mamita, la verdad no sé, yo sólo sé que él iba para donde un patrón; pero tranquila mami, seguro él se fue luego para donde mi tío Luis”. Bueno, esa noche pasó así. Al día siguiente, muy a las ocho de la mañana empecé a llamar a todo lado, a mi familia, a los sitios que más o menos él…p. 98
[15]por la espalda; fue terrible la forma en que mataron a este muchacho”; y 102 Profesor César Mauricio Bello Díaz me estaba empezando a explicar todo, cuando de pronto entró el Ejército al cementerio. Yo no sé de dónde salió todo ese batallón, pero en un segundo nos rodearon a todos. Entonces dijeron: —¡A quién están…p. 103
04Mi cuerpo es la verdad. Experiencias de mujeres y personas LGBTIQ+ en el conflicto armadoComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1621 cita
[5]Siendo la mayoría de nosotras habitantes de Soacha no nos conocíamos. La búsqueda de nuestros hijos y hermanos desaparecidos, las coincidencias en los informes que nos daban sobre su muerte en la Fiscalía y Medicina Legal, y la información que en nuestra desesperada búsqueda nos iba llegando a través de vecinos,…p. 162
05Entre la incertidumbre y el dolor: Impactos psicosociales de la desaparición forzada. Tomo IIICentro Nacional de Memoria Histórica; Liz Arévalo Naranjo (relatora); Carlos Miguel Ortiz (coordinador) · 2014 · p. 159, 1672 citas
[6]la desaparición forzada octubre de 2008, pude hacer formalmente ese procedimiento. Me recibieron la denuncia y me dijeron que le llevara copia de todos los documentos que habíamos hecho, las copias de lo que había salido en la prensa y lo que más pudiéramos. Ese día me invitaron a una reunión con otras madres. El…p. 167
[29]los familiares de personas desaparecidas forzosamente, de buscar por los propios medios las garantías que debería otorgar el Estado. Hemos también generado algunas alianzas estratégicas, algunas han funcionado, otras se han ido disuelto en el camino y otras se han mantenido, creo que dentro de esas es destacable el…p. 159
06"Falsos positivos" en Colombia y el papel de la asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010Movimiento de Reconciliación (FOR), Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (CCEEU) · 2014 · p. 951 cita
[7]a llevar sus historias. Como se muestra abajo, la cobertura en los medios de ejecuciones extrajudiciales creció exponencialmente en los 12 meses siguientes a las revelaciones sobre el caso de Soacha. 223 Observatorio de derechos humanos y derecho humanitario de la Coordinación Colombia– Europa–Estados Unidos:…p. 95
07Memoria de la infamia. Desaparición forzada en el Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Liz Yasmit Arévalo Naranjo, Andrés Prieto Ruiz · 2017 · p. 258, 4382 citas
[8]bien la Fiscalía General de la Nación no había establecido si la muerte de los jóvenes se había dado efectivamente en un enfrentamiento, de seguro que habían sido reclutados con fines cri- minales y que habían salido de sus casas con propósitos delincuenciales y no de trabajar y recoger café”. Las declaraciones del…p. 258
[10]Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 28 de septiembre de 2008, Comu- nicado de Prensa). Es importante resaltar, como ya se anotó, que en este tipo de desapariciones la justificación de la lucha contrainsurgente per- manece como en los períodos anteriores, pero de lo que en verdad 439 6…p. 438
08La Tragedia del Palacio de JusticiaEnrique Parejo González · 2010 · p. 1921 cita
[9]de 2008, cuando se conoció la desaparición de numerosos jóvenes, en Soacha y en otros lugares del país, el Presidente señaló, excepcionalmente, la obligación de los uniformados de respetar los derechos humanos.. Enrique Parejo González 198 Ojalá puedan superarse los contratiempos que han hecho que no se haya recibido…p. 192
09No matarás. Relato histórico del conflicto armado interno en ColombiaComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 524, 5342 citas
[11]de las filas. Todo se fue aclarando y se fue agravando. Cuando un mes y medio más tarde apareció la noticia sobre los casos de Soacha, ya teníamos suficientes elementos para saber que los falsos 1514 El general Carlos Suárez lideró una comisión de investigación al interior del Ejército sobre las anomalías que se…p. 524
[16]así como la Oficina de la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y el CICR. No obstante, el Ejecutivo mantuvo la estrate- gia de defensa construida sobre un discurso de estigmatización de las organizaciones y víctimas denunciantes. Se siguieron emitiendo guías que consideraban las bajas en…p. 534
10Hasta encontrarlos. El drama de la desaparición forzada en ColombiaMartha Nubia Bello Albarracín, Andrés Fernando Suárez, Mónica Márquez Ramírez · 2016 · p. 327, 3692 citas
[12]atención a casos especí fi cos, o para exigir la comprensión y atención de la desaparición forzada ejecutada contra poblaciones especí fi cas como las niñas, jóvenes y mujeres adultas. Las Madres de Soacha, por ejemplo, han realizado plantones en la sede de la Fiscalía y en su municipio para solicitar celeridad en los…p. 369
[26]verdad y la justicia siones de personas desmovilizadas de las AUC, que a su vez lleva- ron a las diligencias de exhumaciones y entregas de cuerpos de víctimas que habían permanecido desaparecidas, factores que les ha llevado a luchar especialmente por procesos de entrega digna de los restos mortales. La con fi…p. 327
11Medellín: memorias de una guerra urbanaMarta Inés Villa Martínez, Ana María Jaramillo Arbeláez, Jorge Giraldo Ramírez, Manuel Alberto Alonso Espinal, Sandra Arenas Grisales, Pablo Bedoya Molina, Luz María Londoño Fernández · 2017 · p. 3721 cita
[13]esta se hace cada más visible. Muchas de sus integrantes llegan al grupo “mientras caminan por el centro”, por el voz a voz o porque vecinas que conocen o vieron el plantón las llevan a la toma de la iglesia. Las Madres prestan servicios sicosociales, jurídicos, de emprendi- mientos y de estudios. Sin embargo, tal vez…p. 372
12Mujeres y guerra. Víctimas y resistentes en el Caribe colombianoGrupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación · 2011 · p. 3641 cita
[14]libro que ustedes van a escribir, se dijera que mi esposo era un hombre trabajador, buen padre y buen marido, que no era un guerrillero ni un malhechor… eso es lo que yo mas quiero y que ojalá mis hijos lo pudieran leer y mostrárselo a todos los demás. En algunos casos, cuando se constata a posteriori que un joven…p. 364
13Álvaro Uribe Vélez: El Narcotraficante Nº 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 621 cita
[17]Uribe dio un largo discurso agradeciendo los servicios rendidos a la patria por el general, y acuso a las organizaciones de Derechos Humanos de atentar contra el honor de gente honesta. Uribe, durante sus dos mandates no ha cesado de agredir y acusar a las organizaciones humanitarias y de Derechos Humanos de favorecer…p. 62
14Alvaro Uribe Velez El Narcotraficante # 82Sergio Camargo V. · 2008 · p. 621 cita
[18]Uribe dio un largo discurso agradeciendo los servicios rendidos a la patria por el general, y acuso a las organizaciones de Derechos Humanos de atentar contra el honor de gente honesta. Uribe, durante sus dos mandates no ha cesado de agredir y acusar a las organizaciones humanitarias y de Derechos Humanos de favorecer…p. 62
15El derecho a la justicia como garantía de no repetición. Volumen 1. Graves violaciones de derechos humanos: luchas sociales y cambios normativos e institucionales 1985-2012Centro Nacional de Memoria Histórica · 2015 · p. 1332 citas
[19]funcionarios públicos frente a las ejecuciones extrajudiciales cometidas por miembros de la fuer- za pública presentadas como muertes de guerrilleros en combate, en el sentido de negar los hechos (que fueran ejecuciones extrajudiciales), que su magnitud fuera la denunciada (alegando que eran casos aislados), e…p. 133
[20]funcionarios públicos frente a las ejecuciones extrajudiciales cometidas por miembros de la fuer- za pública presentadas como muertes de guerrilleros en combate, en el sentido de negar los hechos (que fueran ejecuciones extrajudiciales), que su magnitud fuera la denunciada (alegando que eran casos aislados), e…p. 133
16La batalla por la pazJuan Manuel Santos · 2019 · p. 1111 cita
[21]los equipos, ni la tropa, ni la estrategia, sino el apoyo y la confianza de la población. Un ejército que no se gana, con su actitud recta y respetuosa de la comunidad, el apoyo y la confianza del pueblo, es un ejército derrotado de antemano, que ha perdido su razón de ser. Por el contrario, un ejército que acata la…p. 111
17Huellas y rostros de la desaparición forzada (1970-2010)Federico Andreu-Guzmán (relator); Carlos Miguel Ortiz (coordinador); Centro Nacional de Memoria Histórica · 2014 · p. 406, 4112 citas
[22]de vínculo con grupos armados y que su condición de trabajador informal fue aprovechada por los militares, quienes mediante engaños la trasladaron desde la Terminal de Transpor- tes de Tunja hasta un alejado paraje en donde fue ejecutado ex- trajudicialmente. Tanto el lugar de los hechos como la época de ocurrencia de…p. 411
[30]de ejecuciones extrajudiciales de civiles atri- buidas a las II y VII Divisiones del Ejército Nacional, a raíz de las graves denuncias sobre los “falsos positivos” de los municipios de Soacha (Cundinamarca) y Ocaña (Norte de Santander). Ver igualmente: Comunicado No. 191 de la Presidencia de la Republica, de 29 de…p. 406
18Nororiente y Magdalena Medio, Llanos Orientales, Suroccidente y Bogotá DC. Nuevos escenarios de conflicto armado y violencia. Panorama posacuerdos con AUCÁlvaro Villarraga Sarmiento (coordinador), Alberto Santos Peñuela, Lukas Rodríguez Lizcano, Luisa Fernanda Hernández Mercado, Juanita Esguerra Rezk · p. 2481 cita
[23]- ciones sociales, con énfasis en el ataque contra mujeres víctimas del desplazamiento. En 2011 fueron señalados de obstruir la par - ticipación política de partidos de izquierda (PCC -Partido Co - munista de Colombia- y PDA –Polo Democrático Alternativo-) y de estigmatizarlos como supuestos colaboradores de la…p. 248
19Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Dinámicas urbanas de la guerraComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 1951 cita
[24]un fenómeno paramilitar (1958-2016)». 196 fiflćflThxiff fffl. iThififf xffff ćff ff de inversión para un futuro blanqueamiento de capitales y el cobro de vacunas bajo el pretexto del servicio de la seguridad. En [Soacha] en el 2004 legalizan el transporte, pero ya es un cuento, digamos, porque no lo legalizan…p. 195
20Memorias de una guerra por los Llanos. Tomo II. El Frente Capital y el declive del Bloque Centauros de las AUCDaniel Ricardo Martínez Bernal (coordinador), Lorena Camacho Muete, Esteban Caviedes Alfonso, Laura Bibiana Escobar García, José María Gutiérrez Sierra, Daniela Moreno Arriola, Daniel Augusto Serrano Corredor, Juan Manuel Villarraga Beltrán · 2021 · p. 2621 cita
[25]bastante accesibles o el intercambio de electrodomésticos por terrenos cuyo valor fuera equivalente: Mis padres llegan huyendo de la violencia del Cauca. Mi madre es de San An- tonio, Tolima, y mi padre es de Caicedonia, Valle. Se conocen allá (…), y hay un desplazamiento y mi padre se viene directamente para Bogotá.…p. 262
21La Rochela: Memorias de un crimen contra la justiciaGrupo de Memoria Histórica, Iván Orozco Abad (Relator), Gonzalo Sánchez G. (Coordinador) · 2010 · p. 2301 cita
[27]Isolina Duarte, madre de Arnulfo Mejía Duarte, por el equipo de investigación del Caso La Rochela. Barrancabermeja-Santander, 16 de julio de 2009. La Rochela: memorias de un crimen contra la justicia 232 De las víctimas no ha surgido necesidad alguna de un protago- nismo en el sentido de una escenificación personal,…p. 230
22Histories of Perplexity: Colombia, 1970s–2010sLina Britto, A. Ricardo López-Pedreros · 2024 · p. 4271 cita
[28]1980s related to the armed conflict and its victims. However, unlike other Latin American countries that undertook memory struggles and campaigns once dictator - ships had already ended or when negotiated solutions to armed conflict had been reached, memory agents in Colombia began their struggle in the midst of an…p. 427
23Sufrir la guerra y rehacer la vida. Impactos, afrontamientos y resistenciasSaúl Franco Agudelo · 2022 · p. 31, 2252 citas
[31]asesinado en Gigante, Huila, después de ser detenido en el Batallón Cacique Pigoanza, en 2007, expresó su ind ignación por lo sucedido con su hijo: «Que digan la verdad porque mi hijo no era así […]. Es que no era así. No era como ellos lo anunciaron, como lo dijeron en los periódicos, en las emisoras: que era el…p. 225
[32]en la plataforma digital de la Comisión de la Verdad. https://www.comisiondelaverdad.co/impactos - afrontamientos - y - resistencias/voces - vivas - universidades. 43 Mujer, víctima de desaparición forzada. Informe 262 - CI - 00520, Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), Fundación Comité de…p. 31
24Isaza, el clan paramilitar. Las Autodefensas Campesinas del Magdalena MedioCentro Nacional de Memoria Histórica, Camilo Ernesto Villamizar Hernández, Juan Alberto Gómez Duque, César Nicolás Peña Aragón · 2020 · p. 2461 cita
[33]Mario Montoya Uribe, quien en octu- bre de 2018 firmó su sometimiento a la Justicia Especial para la Paz por su pre- sunta responsabilidad en las ejecuciones extrajudiciales: “El abogado Germán Romero consideró que lo que se está haciendo es darle prioridad al “perpetra- dor” de las ejecuciones extrajudiciales.…p. 246