El golpe de José María Melo y la revolución de los artesanos (1854)
El 17 de abril de 1854, el general José María Melo, apoyado por los artesanos organizados en la Sociedad Democrática de Bogotá, disolvió el Congreso y proclamó una dictadura provisional que duró hasta el 4 de diciembre. Fue el único episodio del siglo XIX colombiano en que las clases populares urbanas compartieron formalmente el poder con un jefe militar, y su derrota consolidó el librecambio como consenso transpartidario de la élite neogranadina.
- La reforma arancelaria de 1847, impulsada por Florentino González desde la Secretaría de Hacienda del gobierno de Mosquera, redujo a la mitad o menos las tarifas sobre la mayoría de bienes importados, amenazando directamente a los artesanos urbanos de Bogotá —zapateros, sastres, ebanistas, curtidores— al exponerlos a la competencia de manufacturas europeas.
- La introducción de la navegación a vapor por el río Magdalena abarató drásticamente el transporte de importaciones desde los puertos del Caribe hasta el interior, eliminando la protección natural que los altos costos de los champanes ofrecían a la producción artesanal local.
- La nueva reducción arancelaria emprendida en 1853 por el gobierno de Obando con apoyo de los radicales gólgotas rompió el pacto entre el liberalismo político y el artesanado urbano, radicalizando a la Sociedad Democrática dirigida por Ambrosio López.
- La decisión del Congreso gólgota de eliminar el liderazgo militar y reducir el ejército permanente amenazó la corporación de los oficiales bolivarianos veteranos, empujando al general Melo y a sus tropas a converger con los artesanos sobre un enemigo común.
- La Constitución de 1853, al descentralizar el poder hacia las provincias, debilitó al presidente Obando y a sus aliados draconianos y artesanales, frustrando la posibilidad de imponer nacionalmente una política arancelaria proteccionista.
- La Revolución francesa de febrero de 1848 impulsó el reformismo popular en Bogotá, aceleró la politización de las Sociedades Democráticas y dotó al artesanado de un vocabulario socialista utópico que articuló sus demandas económicas con la tradición bolivariana del ejército.
- La derrota de la coalición militar-artesanal en diciembre de 1854, a manos de una coalición insólita de liberales gólgotas y conservadores bajo bandera constitucionalista, clausuró por décadas la posibilidad de que la política arancelaria fuera terreno de disputa popular.
- El librecambio quedó consolidado como consenso transpartidario de la élite neogranadina, imponiéndose sobre las demandas proteccionistas del artesanado urbano, que representaba alrededor del 22% de la fuerza laboral según el censo de 1870.
- Los artesanos derrotados fueron desterrados, y la Sociedad Democrática perdió su capacidad de presión política, desarticulando el único experimento del siglo XIX colombiano en que las clases populares urbanas participaron formalmente en el poder.
- La hegemonía política liberal resultante fue breve y limitada, y el episodio evidenció los límites estructurales del proyecto liberal frente a las clases populares urbanas, anticipando las tensiones que marcarían el resto del siglo.
El golpe de José María Melo y la revolución de los artesanos (1854)
El 17 de abril de 1854, el general José María Melo, comandante de la guarnición de Bogotá, disolvió el Congreso, suspendió la Constitución y proclamó una dictadura provisional que se prolongaría hasta el 4 de diciembre de ese mismo año. El movimiento no fue un cuartelazo ordinario. Melo se apoyó en los artesanos de la capital, organizados desde 1847 en la Sociedad Democrática, y su gobierno breve constituye el único episodio del siglo XIX colombiano en que las clases populares urbanas —zapateros, sastres, ebanistas, curtidores— compartieron formalmente el poder con un jefe militar. Su derrota, a manos de una coalición insólita de liberales gólgotas y conservadores unidos bajo la bandera constitucionalista, clausuró por décadas la posibilidad de que la política arancelaria fuera terreno de disputa popular y consolidó el librecambio como consenso transpartidario de la élite neogranadina. El ciclo que va de la reforma arancelaria de Florentino González en 1847 al destierro de los artesanos derrotados en 1855 es la historia de cómo el liberalismo rompió su pacto con los talleres de Bogotá y de cómo esos talleres respondieron con la única fuerza que les quedaba: las bayonetas de un general bolivariano.
El arancel de 1847 y el nacimiento de las Sociedades Democráticas
En 1847, cuatro meses antes de que los primeros artesanos se reunieran a organizarse, Florentino González presentó desde la Secretaría de Hacienda del gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera una reforma arancelaria que reducía a la mitad o menos las tarifas sobre la mayoría de bienes importados. Solo las telas finas conservaron una protección algo mayor, con recortes de entre veinte y treinta por ciento. El arancel promedio ad valorem, que en la década de 1830 había rondado el veintidós por ciento y trepado al veintisiete en la primera mitad de los cuarenta, cayó abruptamente. La medida sorprendió incluso a quienes venían del liberalismo doctrinario: los gobiernos de Francisco de Paula Santander y de José Ignacio de Márquez habían sostenido tarifas altas por prudencia fiscal, pues los ingresos aduaneros eran la principal renta del Estado.
González no ocultaba su programa. Adepto al librecambio absoluto y a la división internacional del trabajo, defendía que la Nueva Granada debía ser una economía agrícola y exportadora de materias primas, abierta a las manufacturas de Inglaterra y Francia. En el papel, la fórmula prometía integrar al país en los circuitos del comercio mundial. En los talleres de Bogotá significaba otra cosa: la perspectiva inmediata de una avalancha de ropa, zapatos y muebles finos europeos con los que un sastre o un ebanista de la Calle Real no podía competir. A la reducción arancelaria se sumó, casi al mismo tiempo, la introducción de la navegación a vapor por el río Magdalena, que abarató drásticamente el costo de traer manufacturas desde los puertos del Caribe hasta el interior. Los champanes, que durante décadas habían encarecido las importaciones y prestado una protección natural a la producción local, quedaron desplazados. El taller urbano se vio doblemente amenazado, por la política y por la técnica, en un mismo movimiento.
Ese taller tenía una fisonomía precisa. En Bogotá, hacia mediados del siglo, la producción artesanal se concentraba en un puñado de oficios que ocupaban las calles centrales y los barrios inmediatos a la Plaza Mayor. Las sastrerías vestían al funcionariado y a los estudiantes universitarios; las zapaterías proveían el calzado de una ciudad que se preciaba de sus modales urbanos; las ebanisterías amueblaban las casas de comerciantes y hacendados que bajaban con periodicidad a la capital. Los curtidores, más apartados por el olor de sus faenas, abastecían a talabarteros, silleros y guarnicioneros. Estos oficios no eran restos coloniales agonizantes: eran la columna vertebral económica de una ciudad que apenas superaba los cuarenta mil habitantes y que dependía de ellos para vestirse, calzarse y equiparse.
La respuesta fue rápida. En octubre de 1847 un grupo de artesanos de Bogotá comenzó a reunirse en defensa de sus ocupaciones, dando origen a lo que sería la Sociedad de Artesanos de Bogotá. La organización nació como club de defensa gremial, pero su politización fue casi inmediata. En 1847 tenía trescientos miembros; hacia finales de 1849 había crecido a mil quinientos, incorporando probablemente a estudiantes universitarios y afiliados de clase alta simpatizantes de la causa. El nombre pronto cambió a Sociedad Democrática, y con el cambio de rótulo vino un cambio de función: de la protesta contra el arancel se pasó a la movilización electoral.
El detonante externo llegó en febrero de 1848, con la revolución de París. Sus ecos golpearon con fuerza inusitada a la juventud universitaria bogotana y a la clase artesanal de la capital, alimentando un reformismo liberal de tinte romántico que buscaba articular las demandas sociales con el vocabulario del republicanismo francés. Las Sociedades Democráticas, promovidas activamente por los sectores liberales, se replicaron en distintas provincias. Muchas incluyeron ejercicios militares, y sus miembros se mantuvieron armados. La élite liberal las veía como instrumento útil para arrastrar al Partido Liberal emergente a la victoria electoral; los artesanos las vieron como escuela política y como fuerza de presión contra el arancel.
López, Obando y la fractura del liberalismo
La primera prueba llegó el 7 de marzo de 1849, cuando el Congreso debía elegir presidente en una contienda apretada. Los artesanos armados de la Sociedad Democrática se hicieron presentes en las inmediaciones del Capitolio, y su presencia fue decisiva para inclinar la elección hacia el general José Hilario López. El nuevo presidente correspondió el gesto: simpatizaba en privado con la Sociedad y llegó a asistir a una de sus sesiones. El pacto entre liberalismo político y artesanado urbano parecía sellado.
Pero la alianza escondía una contradicción de origen. El Partido Liberal, que en materia política podía hablar el lenguaje de la democracia popular, en materia económica estaba dividido entre dos concepciones opuestas de la vida y de la nación. Los gólgotas eran jóvenes de temperamento romántico y sentimental, salidos en buena parte del comercio importador o de sus familias, y defendían el librecambio como parte de un programa más amplio de emancipación individual, libertades absolutas y cierta tendencia al desorden político. Los draconianos, vinculados al ejército, a los manufactureros y a los artesanos, con una concepción más dura y pragmática de la política, defendían el proteccionismo. La fractura expresaba un choque real de intereses económicos entre comerciantes importadores y productores domésticos, envuelto en un choque más amplio de temperamentos y visiones.
Durante el gobierno de López (1849-1853), el conflicto se contuvo. Los draconianos toleraron el marco librecambista a cambio de participación política, y los artesanos siguieron creciendo como fuerza. En 1853, los draconianos consiguieron imponer la candidatura del general José María Obando, mientras los gólgotas respaldaron al general Tomás Herrera. Obando ganó las elecciones, y los artesanos creyeron tener por fin un presidente propio.
Fue una ilusión breve. La Constitución de 1853, proclamada el 21 de mayo de ese año y sancionada por Obando, fue en rigor una obra gólgota. Estableció por primera vez el sufragio universal masculino sin restricciones de alfabetismo o riqueza, consagró la libertad de cultos, eliminó la personería jurídica de la Iglesia Católica y otorgó a las provincias el poder de redactar sus propias constituciones y elegir a sus gobernadores. En materia política parecía la carta más avanzada del continente. Pero al debilitar el poder central y transferirlo a las provincias, debilitó también al presidente y, con él, a los artesanos aliados de Obando, que perdían con cada descentralización la posibilidad de imponer nacionalmente la protección arancelaria. Y lo peor estaba por venir: en 1853, con apoyo de los radicales gólgotas, el gobierno de Obando emprendió una nueva reducción de tarifas. La Sociedad Democrática de Artesanos, ahora dirigida por Ambrosio López, se opuso frontalmente. El pacto de 1849 estaba roto.
Bogotá dividida: gólgotas, draconianos y los cuerpos en la calle
Entre 1852 y 1854, Bogotá vivió una polarización que rebasó los recintos parlamentarios y bajó a las plazas. Los enfrentamientos físicos entre artesanos y jóvenes de la élite se hicieron frecuentes, alimentados por una retórica de mutuo desprecio. Los artesanos y sus voceros draconianos acusaban a los librecambistas de egoísmo y falta de patriotismo, identificando la doctrina del laissez-faire con la fórmula de Jean-Baptiste Say y denunciándola como ruinosa para la manufactura nacional. Los gólgotas respondían con estudios de moralidad económica en los que atribuían la pobreza artesanal a la holgazanería y los vicios. El bogotano José Leocadio Camacho replicó a uno de esos escritos —de la pluma de Miguel Samper— insistiendo en que la miseria del taller no venía de dentro sino de fuera, de condiciones ajenas al trabajador.
La muerte del joven Antonio París en uno de estos choques callejeros marcó la memoria del conflicto. No fue un incidente aislado sino la expresión física de un enfrentamiento que en las páginas de los periódicos y en las tribunas del Congreso se libraba con palabras. Bogotá era una ciudad pequeña, de calles estrechas y clases muy próximas geográficamente: el sastre y el comerciante importador se cruzaban a diario, y el resentimiento tenía un rostro cotidiano. En las tabernas, en los atrios de las iglesias, en las salas de billar, la retórica del Congreso se traducía en insultos y empujones. Un aprendiz de zapatero conocía por nombre al joven abogado que en el periódico llamaba vicioso a su patrón. La política tenía, ante todo, un espesor físico.
En este clima, la literatura política de inspiración francesa proliferó. Los años cincuenta y sesenta serían un momento de intensa influencia francesa en la cultura neogranadina, con una frondosa producción de textos radicales, románticos y utópicos que dieron a las demandas artesanales un vocabulario que hasta entonces les había faltado. El socialismo utópico de Fourier, Leroux y Louis Blanc circuló en tertulias y sociedades, mezclándose con las tradiciones bolivarianas del ejército y con el gremialismo colonial de los oficios. De esa mezcla saldría el sustrato ideológico del melismo.
El detonante: la disolución del ejército
Hacia comienzos de 1854, el gobierno de Obando estaba acorralado. Los gólgotas, dominantes en el Congreso, avanzaban su programa librecambista y descentralizador contra la voluntad del presidente. Los draconianos, aliados nominales de Obando, veían debilitarse su influencia. En este pulso, el Congreso decidió atacar la última pieza fuerte del bloque draconiano: el ejército permanente.
La decisión de eliminar el liderazgo militar y reducir el tamaño del ejército fue la causa inmediata, y no un pretexto, del golpe del 17 de abril. Los oficiales bolivarianos veteranos, formados en las guerras de independencia y en las campañas de la primera mitad del siglo, veían amenazada su corporación entera. Melo, comandante de la guarnición de Bogotá y él mismo un militar de trayectoria continental, encabezó la resistencia. Pero no actuó solo. Los artesanos, agraviados por la nueva reducción arancelaria y ya organizados militarmente en las milicias de la Sociedad Democrática, ofrecían la masa. El ejército y el taller convergieron sobre un enemigo común: el Congreso gólgota que amenazaba a ambos.
El 17 de abril de 1854, Melo tomó las calles de Bogotá con sus tropas y con los artesanos armados. Disolvió el Congreso. Después, en un gesto que revela la ambigüedad del movimiento, intentó ceder la presidencia al propio Obando —presidente electo legítimo, teóricamente amigo de los draconianos— para dar al golpe una fachada constitucional. Obando se negó. Se convirtió entonces en prisionero o en observador impotente de un régimen que actuaba en su nombre sin su consentimiento. Melo asumió la dictadura provisional y convocó al cierre definitivo del Congreso y a una nueva convención constitucional que, entre otras cosas, revertiría el sufragio universal masculino consagrado en 1853.
Este último punto revela la contradicción interna del proyecto melista. La convocatoria a revertir el sufragio universal no era una demanda artesanal —al contrario, los artesanos habían sido los grandes ganadores de esa reforma— sino una concesión a la lógica corporativa militar y a los draconianos letrados que veían en el electorado ampliado una fuente de inestabilidad. El melismo, desde el primer día, fue una convergencia entre dos agravios distintos: el corporativo-militar y el artesanal-proteccionista. Compartían un enemigo, no un programa.
Los ocho meses de la dictadura
La dictadura de Melo duró aproximadamente ocho meses, y en ese tiempo el régimen mostró desde temprano su debilidad estructural: controló Bogotá y su entorno inmediato —la sabana, Zipaquirá, Bosa, el Tequendama— pero no logró proyectarse sobre el resto del país. Esa geografía estrecha condicionó todo lo demás. Los líderes civiles y funcionarios del gobierno legítimo que escaparon al arresto se reagruparon fuera de la capital y desde las provincias organizaron una resistencia que Melo no pudo prevenir ni desarticular, porque su poder terminaba donde terminaba la sabana.
La coalición que se formó contra él fue insólita y reveladora, y su composición explica por qué el golpe estaba condenado. Los generales Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López y Pedro Alcántara Herrán —tres presidentes o expresidentes de facciones distintas, incluyendo al hombre que había impulsado la reforma librecambista de 1847— asumieron el mando militar. Junto a ellos figuraron liberales gólgotas como Manuel Murillo Toro y conservadores de peso como Mariano Ospina Rodríguez. Se autodenominaron constitucionalistas, y su bandera fue la restauración de la legalidad. Bajo la retórica de la Constitución de 1853 —una constitución que muchos de ellos, sobre todo los conservadores, detestaban— se articulaba una convergencia de clase más profunda: propietarios, comerciantes, terratenientes y letrados de ambos partidos se unieron para aplastar un movimiento que, en su percepción, ponía en peligro el derecho de propiedad y el orden social jerárquico heredado de la Colonia.
Mientras tanto, Melo procuraba dar a su gobierno una legitimidad discursiva que su origen violento le negaba. En su edición del 22 de octubre de 1854, el periódico melista El Artesano fijaba los principios que decían guiar al movimiento: una causa liberal fundada en principios racionales, exenta de exageraciones, orientada a asegurar la verdadera República. Los melistas rechazaron con energía la acusación de que su gobierno fuera una dictadura, calificándola de invención de sus enemigos para desprestigiar la causa. La contradicción entre la reivindicación republicana y el hecho consumado del cierre del Congreso era, sin embargo, demasiado visible para sostenerse.
Militarmente, la posición se deterioró a lo largo del segundo semestre siguiendo la lógica del cerco. Los ejércitos constitucionalistas convergieron sobre la sabana desde el norte, el sur y el occidente. Melo concentró sus mejores tropas en Bogotá para la defensa final, apostando por una resistencia urbana que compensara la desventaja territorial. Entre los constitucionalistas figuraban las fuerzas conducidas por Mosquera, que se acercaron peligrosamente a la capital, y contingentes provinciales llegados de Antioquia, Cauca y la costa. La entrada en Bogotá se produjo a comienzos de diciembre de 1854, tras combates prolongados en los alrededores. Melo capituló el 4 de diciembre. La dictadura había durado poco más de siete meses y medio, y su desenlace confirmaba lo que la geografía había anticipado desde abril: un régimen sostenido en una ciudad no podía imponerse a un país entero organizado contra él.
Represión y destierro
La derrota fue seguida de una represión selectiva pero contundente. Cientos de artesanos fueron desterrados —muchos al istmo de Panamá, entonces provincia neogranadina, otros a puntos más alejados—, en un movimiento que buscaba descabezar orgánicamente a la Sociedad Democrática y quitar a Bogotá su fuerza obrera organizada. Ambrosio López, que había dirigido la Sociedad, y otros líderes artesanales cargaron con las consecuencias mayores. El propio Melo terminó exiliado y, años después, murió combatiendo en México junto a las fuerzas de Benito Juárez, cerrando su vida en una guerra republicana ajena.
El Congreso constitucionalista, ya restaurado, ejecutó precisamente aquello que había desencadenado el golpe: redujo el ejército permanente a apenas quinientos soldados, con un presupuesto drásticamente recortado que apenas alcanzaba para sostener una fuerza simbólica. La medida no era solo militar: era un mensaje sobre quién mandaba en la Nueva Granada. La corporación militar bolivariana, protagonista de la política nacional desde la Independencia, quedaba desarmada como actor autónomo. Los generales del pasado —Mosquera, López, Herrán, el propio Obando— sobrevivirían como figuras políticas, pero el ejército como institución dejó de pesar en las decisiones durante varias décadas.
Con la coalición militar-artesanal aplastada, la doctrina librecambista se impuso sin contrapeso. Entre 1853 y 1870, la política arancelaria colombiana permaneció esencialmente librecambista, casi sin interrupción, y provocó el deterioro progresivo de la industria artesanal urbana. Las importaciones de manufacturas europeas empujaron los precios de la producción doméstica por debajo del nivel rentable, especialmente para sastres, zapateros y curtidores de cuero en Bogotá. Cuando el censo de 1870 registró que cerca del veintidós por ciento de la fuerza laboral seguía dedicada a actividades artesanales, la cifra hablaba de un segmento demasiado grande para ser ignorado y sin embargo políticamente derrotado. Hubo motines y protestas urbanas durante todo el período, pero ya nunca articuladas con un proyecto nacional de poder.
La conversión de los intelectuales
Uno de los efectos más silenciosos y duraderos de 1854 fue la conversión ideológica de una generación entera de intelectuales liberales. La Escuela Republicana, formada en la efervescencia radical de 1848-1849, había reunido a jóvenes que en la juventud coquetearon con el romanticismo social y con las Sociedades Democráticas, y que en la madurez se reidentificaron con la élite hasta dar la espalda a aquella causa. Salvador Camacho Roldán llegó a ser uno de los teóricos más influyentes del liberalismo económico ortodoxo colombiano; Aníbal Galindo cultivó una escritura cada vez más doctrinaria en materia de finanzas y comercio; Miguel Samper firmó, en las décadas siguientes, tratados sobre la miseria en Bogotá donde las causas estructurales cedían el paso a las morales, y donde el artesano aparecía menos como víctima del arancel que como responsable de sus propios vicios.
El giro no fue puramente oportunista. La experiencia de 1854 los había convencido, o eso decían, de que la participación de las clases populares en la política nacional debía ser cuidadosamente contenida. La lectura antioqueña del golpe —hecha por conservadores y liberales de esa provincia, unidos en la coalición constitucionalista— fue especialmente influyente: se había confiado demasiado en las clases populares, y el resultado había sido la aventura melista. Del romanticismo social se pasó al liberalismo económico ortodoxo, y de la simpatía por el artesano a la denuncia de sus vicios. El movimiento afectó incluso al lenguaje: donde antes los jóvenes republicanos hablaban de fraternidad y de pueblo, empezaron a hablar de propiedad, orden y trabajo. La palabra "democrática", que en 1849 había nombrado a la Sociedad, cargaba después de 1854 una sospecha de subversión que sus antiguos simpatizantes ya no estaban dispuestos a asumir.
Del otro lado del espectro, la conversión tuvo su reflejo: Florentino González, el arquitecto de la reforma de 1847, fue adoptado como candidato conservador en 1853. El hombre que había iniciado el ciclo librecambista desde el gabinete de un presidente liberal terminó su carrera política en las filas del partido opuesto, revelando lo que la coalición de 1854 confirmaría después: el librecambio no era una doctrina de partido sino un consenso de clase que atravesaba las divisorias partidarias.
Lecturas del melismo
Con el tiempo, el episodio se leyó de maneras distintas y a menudo incompatibles. Una tradición vio en el movimiento de Melo una revolución frustrada, incapaz de alcanzar sus metas por condiciones estructurales desfavorables y por la reacción unificada de la élite: un embrión de política popular colombiana abortado por la conjura de propietarios y comerciantes. Otra prefirió subrayar la ilegitimidad constitucional del golpe y la resistencia bipartidista que lo aplastó, y encontró en 1854 menos una revolución social que un cuartelazo con aliados populares circunstanciales.
Cada versión captura una parte del asunto. El melismo fue la única alianza formal de la historia colombiana del siglo XIX entre el ejército y el artesanado urbano; y fue también un golpe militar que suspendió la Constitución y disolvió el Congreso. Los artesanos aportaron la masa y la legitimidad democrática; el ejército aportó las armas y la conducción; ninguno de los dos aportó un programa capaz de sobrevivir sin el otro.
El silencio de después
La derrota del 4 de diciembre de 1854 cerró más que una aventura golpista. Cerró la posibilidad de que la política arancelaria fuera terreno de disputa popular en Colombia, y con ella cerró, por casi tres décadas —hasta las primeras vacilaciones proteccionistas de la Regeneración en los años ochenta—, la puerta a cualquier proteccionismo urbano sin estigma. El librecambio funcionó como consenso transpartidario, protegido por la sospecha de subversión de clases que había caído sobre los talleres desde Melo. Los artesanos podían amotinarse, protestar, editar periódicos; no podían volver a articular su demanda con un proyecto nacional de poder.
Con ellos se transformó la propia estructura de la vida política colombiana. El bipartidismo liberal-conservador, que en 1854 mostró su capacidad de unirse contra un enemigo común de clase, se consolidó como marco excluyente de toda tercera fuerza. La política popular urbana, cuando resurgió a finales del siglo XIX y comienzos del XX, tuvo que reinventarse desde cero, sin la memoria organizativa de las Sociedades Democráticas y bajo la sospecha permanente de subversión. El movimiento obrero colombiano nacería medio siglo después no como heredero reconocido de los artesanos de 1854, sino como algo nuevo que apenas sabía de ellos.
Queda, sin embargo, un residuo. La breve confluencia de 1854 entre el taller y el cuartel, entre el romanticismo social francés y el gremialismo bolivariano, entre la Sociedad Democrática y la guarnición de Bogotá, sigue siendo el punto en que la historia colombiana estuvo más cerca de que las clases populares urbanas cogobernaran el país. Que ese momento haya sido tan breve, tan contradictorio y tan definitivamente derrotado, dice más sobre los límites del proyecto liberal decimonónico que cualquier declaración de principios. El liberalismo colombiano nació prometiendo emancipación individual y libre comercio; descubrió en abril de 1854 que sus dos promesas eran incompatibles cuando la emancipación individual se organizaba en la calle. Escogió el libre comercio. La ciudad de los talleres tardaría mucho en volver a hablar con voz propia, y cuando lo hiciera sería con otro nombre, otro vocabulario y otro pacto.