Ensayo · Independencia · 1810–1831
Arte e iconografía de la Independencia colombiana
Entre 1810 y 1840, la Nueva Granada se pintó a sí misma con retratos heroicos, alegorías femeninas subordinadas y museos de reliquias que no rompieron con el orden colonial-religioso sino que lo tradujeron. Ese lenguaje visual fundacional decidió, sin decreto explícito, quién entraba al relato nacional y quién quedaba fuera.
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La respuesta en breve
El lenguaje visual de la fundación republicana neogranadina no secularizó ni democratizó el poder: trasladó la lógica del culto católico a los héroes patrios y naturalizó simultáneamente la exclusión femenina y la subordinación del signo indígena. El cuadro alegórico de Pedro José Figueroa (1819), en el que la India-Patria aparece infantilizada bajo el brazo protector de Bolívar, no fue un accidente estético sino una operación ideológica deliberada: la captura patriarcal del relato fue simultánea al acto de fundación visual, no posterior a él. El primitivismo del taller Figueroa —continuador del retratismo virreinal de Joaquín Gutiérrez, activo antes de que existiera academia oficial alguna— expresa una elección estética conservadora-religiosa frente al neoclasicismo disponible, elección que convirtió al retrato heroico en imagen devocional y al héroe en cuasi-santo. El Museo Nacional, fundado en 1823, reforzó ese dispositivo al clasificar los objetos indígenas como 'curiosidades' al margen del tiempo histórico mientras colocaba la cota de malla de Jiménez de Quesada junto a reliquias europeas, codificando una nación greco-latina antes que muisca.
La tensión central enfrenta dos lecturas del arte de la Independencia colombiana. La lectura tradicional trata el primitivismo de Figueroa como retraso técnico provincial y sitúa la ruptura en el naturalismo de José María Espinosa, cuyo medallón de Bolívar de 1828 y cuyo gran retrato de Santander (1853, Museo Nacional) demostrarían que sí era posible pintar de otro modo; en esta lectura, el neoclasicismo llegó tardío y la iconografía fundacional fue un compás de espera. La lectura revisionista invierte la carga: que Espinosa pudiera pintar de otro modo y que el taller Figueroa siguiera pintando como pintaba confirma que la continuidad colonial fue una elección deliberada, una firma estética que expresaba una teoría implícita del poder —sacra, jerárquica, tutelar— y no una limitación superada después. Un segundo eje de debate concierne a la agencia del culto heroico: ¿fue la élite letrada quien sacralizó al héroe codificando la iconografía oficial, o fue la cultura visual popular quien le dio poder efectivo al tratar el lienzo como cuerpo del representado —como prueba el apuñalamiento de un retrato de Santander y el fusilamiento de dos retratos de Bolívar en Bogotá en 1830—? Las fuentes sugieren una co-producción en la que ambas fuerzas convergieron, pero el peso relativo de cada una sigue siendo objeto de interpretación. Un tercer eje, menos explorado, pregunta si la exclusión del pasado prehispánico en la genealogía artística —García Hevia equipara a Figueroa con Apeles, no con ningún artífice muisca— fue arquitectura consciente o ceguera de clase; la clasificación de los objetos indígenas como 'curiosidades' en el Museo Nacional apunta a lo primero, pero la ausencia de testimonios explícitos sobre esa decisión deja abierta la discusión.
Ensayo completo
La lectura
¿Qué clase de comunidad se estaba imaginando cuando Pedro José Figueroa, en 1819, pintó a Bolívar sosteniendo con el brazo a una figura femenina llamada Patria?
Entre 1810 y 1840, la Nueva Granada no solo redactó constituciones y libró batallas: se pintó a sí misma. En óleos de taller, cintas azules en el cabello, retratos apuñalados, vitrinas de curiosidades y estatuas que nadie sabía leer en el alto Magdalena, la república fue produciendo el lenguaje visual y material con el que se reconocería. Ese lenguaje —hecho de retratos heroicos, alegorías femeninas subordinadas, museos como gabinetes de reliquias y prácticas rituales sobre imágenes— no rompió con el orden colonial-religioso: lo tradujo. Y en esa traducción decidió, sin decreto explícito, quién entraba al relato nacional y quién quedaba fuera: los próceres varones dentro; la India-Patria reducida a niña sostenida por un brazo tutelar; las mujeres reales borradas del cuadro; el pasado prehispánico convertido en curiosidad al margen del tiempo.
¿Qué relación con el pasado indígena se codificaba cuando el Museo Nacional, fundado por Santander en 1823, colocaba la cota de malla de Jiménez de Quesada junto a un plato de mármol de Pompeya y clasificaba los objetos zenúes como "curiosidades" en una subdivisión aparte? ¿Qué operación ideológica realizaba Luis García Hevia cuando en 1836 —el año de la muerte de su maestro Figueroa— lo retrataba en clave de Apeles, el pintor de Alejandro Magno, dentro de una genealogía clásica que legitimaba una escuela local por parentesco con Grecia y no con el muisca del páramo? La pregunta parece de historia del arte pero es de historia política.
La nación que salió de esos gestos —tutelar, patriarcal, cuasi-sacra, blanqueada— no fue un accidente que se corrigiera luego. Fue el molde. Cuando un siglo más tarde los arqueólogos empezaron a leer San Agustín como cultura y no como demonología, cuando las mujeres de la Independencia dejaron de ser cinta azul en el pelo para volverse sujetos históricos, cuando el pasado prehispánico dejó de ser curiosidad, se hacía frente a un dispositivo cuya arqueología estaba precisamente en esos años fundadores.
¿Torpeza provinciana o elección deliberada?
Sobre el arte de la Independencia colombiana pesan dos lecturas rivales. La primera —la más cómoda y la más antigua— trata a Figueroa y su taller como retraso: pintores provincianos que no supieron alcanzar el neoclasicismo europeo, cuya rigidez frontal, cuyos fondos oscuros y cuya iconografía casi religiosa expresarían la modestia técnica de una periferia. En esta lectura la ruptura la aporta José María Espinosa, el Abanderado de Nariño, con su dibujo naturalista y su medallón de Bolívar de 1828; y los años de fundación republicana serían un compás de espera hasta que llegara, tardíamente, el lenguaje neoclásico apropiado al proyecto bolivariano.
La segunda lectura invierte la carga. El primitivismo de Figueroa no es incapacidad sino elección: una firma estética. Las figuras planas, la pose oficial dieciochesca heredada de Joaquín Gutiérrez, las aclaraciones literarias inscritas en el lienzo, la carga ornamental, la iconografía casi religiosa de los próceres, no son residuo colonial que la Independencia todavía no habría podido purgar; son el lenguaje que una élite criolla eligió deliberadamente para pensar la república en continuidad con el orden simbólico católico-monárquico. Se pintó así porque así se quería que la república fuera vista: sacra, jerárquica, tutelar.
¿Y de dónde vino la sacralidad del culto heroico? ¿La impuso la élite letrada desde arriba, codificándola en encargos y retratos oficiales, o la aportó desde abajo la cultura visual popular, que ya trataba a santos e imágenes como intercesores vivos y simplemente extendió esa lógica a Bolívar? Ambas fuerzas actuaron a la vez, y su convergencia es lo que dio al dispositivo su fuerza y también su fragilidad.
El taller que decidió cómo mirar
Pedro José Figueroa (ca. 1770-1836) fue el eje de un taller que atravesó la Independencia sin renunciar a los cánones coloniales de color, pincelada, contornos y luz. Trabajó con sus tres hijos —José Miguel, José Celestino y José Santos— y con su amigo y pupilo Luis García Hevia (1816-1887). De ese grupo salió la mayor parte de los retratos de próceres que hoy reconocemos como imagen fundacional de la república: la iconografía de Bolívar, Santander, Nariño y sus contemporáneos se cocinó en gran medida en ese taller santafereño.
Marta Traba señaló la crudeza realista del Ignacio de Herrera atribuido a José Celestino Figueroa, y lo comparó con Brueghel: no era, pues, un taller incapaz de mirar. Era un taller que había decidido mirar de cierta manera. La continuidad con Joaquín Gutiérrez —el retratista virreinal de figuras planas, pose oficial y elementos ornamentales— no se rompe con la Independencia: se prolonga. Los pintores criollos habían asimilado durante generaciones el lenguaje de Rafael, Correggio, Tiziano, Murillo, Martínez Montañés y Alonso Cano; la pintura santafereña del XVII había reflejado de cerca la escuela sevillana. Cuando Figueroa retrata a Bolívar hacia 1819, ese vocabulario está ahí, disponible, y él lo usa.
Escoger un lenguaje conservador-religioso frente al neoclasicismo que empezaba a circular en grabados europeos no es no llegar a tiempo, es decidir. La firma estética del taller Figueroa expresa una teoría implícita del arte y del poder, en la que el retrato heroico se hace en la clave de la imagen devocional porque héroe y santo comparten función simbólica. Y lo confirma un gesto tardío: en 1836, año en que muere su maestro, García Hevia lo retrata trazando entre Figueroa y Apeles una equivalencia clásica. Cuando Alberto Urdaneta (1845-1887) heredó la obra y la exhibió a fines de siglo, en vísperas de fundar en 1886 la primera academia oficial de arte de Colombia, el gesto conectaba tres generaciones —Figueroa, García Hevia, Urdaneta— en una genealogía neogranadina de raíces clásicas. La república se pensó, pues, greco-latina antes que muisca: la ausencia del pasado prehispánico en esa genealogía no fue olvido, fue arquitectura.
La Patria como niña bajo el brazo del Libertador
En 1819, año de Boyacá, Figueroa pintó una alegoría que condensa la operación entera. Junto a Bolívar coloca una figura femenina que, en la iconografía convencional derivada en último término de la Iconología de Cesare Ripa (1593), representaba a América: una joven india semidesnuda con tocado de plumas, arco, carcaj, flechas y un caimán a los pies. Con el estallido revolucionario se le había añadido el gorro frigio como emblema de Libertad. Figueroa hace dos operaciones. Primero, sustituye la palabra "Libertad" por "Patria": la República es ahora la matria concreta, no el principio abstracto. Segundo, coloca a esa figura bajo el brazo protector de Bolívar.
El desplazamiento es decisivo. En los grabados europeos de 1819 —uno inglés, otro francés— que orlaban a Bolívar con la alegoría de América, la India todavía conservaba cierta autonomía iconográfica: era el continente representado. En Figueroa, la India-Patria se encoge, se infantiliza, se subordina. La república se piensa como una niña que necesita ser sostenida. Y el sostén tiene rostro, cuerpo y nombre: el Libertador.
Aquí se juegan a la vez dos exclusiones. La primera es de género: la Patria es mujer, pero mujer-niña, sin agencia; y en el momento mismo en que se la representa así se está borrando del cuadro a las mujeres reales de la Independencia, las que llevaban cintas azules en el cabello en Bogotá para cifrar el verso "Que viva la Patria, Que muera Morillo", las que serán ejecutadas o desterradas, las que sostuvieron redes de conspiración. Ninguna entra al retrato heroico como sujeto pleno; entran, si acaso, como símbolo tutelable. La segunda exclusión es racial y territorial: la India con arco, plumas y caimán —la vieja alegoría de América, la que el arte popular había asumido como iconografía nacional— es aceptada solo a condición de ser sujetada. El caimán del Magdalena, el gorro frigio, las flechas: todo eso sobrevive en el cuadro, pero desactivado, en función retórica.
¿Cuándo, entonces, se produce la captura patriarcal del relato? No después de la Independencia ni como consecuencia lenta de la vida republicana: fue simultánea al acto de fundación visual. Cuando Figueroa pintaba en 1819, ya estaba naturalizando la exclusión femenina y la subordinación del signo indígena. No hizo falta esperar a la Constitución para que las mujeres quedaran fuera del sufragio ni a la Regeneración para que el indio quedara fuera del tiempo histórico: bastó con un gesto pictórico.
Retratos que se apuñalan, retratos que se fusilan
¿Secularizó la Independencia el poder? La lectura no resiste el examen de las prácticas. La república no reemplazó el culto por la razón: trasladó la lógica del culto a nuevos objetos. En hogares de todas las clases sociales y en espacios públicos, los retratos de Bolívar y de los próceres se colocaban junto a las imágenes religiosas y cumplían función simbólica análoga —promesa de libertad, nuevos comienzos, justicia, como la santidad ofrecía intercesión y protección—.
Esa continuidad no fue metáfora ligera: se ejerció materialmente. Adeptos de Bolívar apuñalaron un retrato de Santander; en 1830 se fusilaron en Bogotá dos retratos de Bolívar. Estos gestos son legibles solo dentro de una gramática religiosa: el retrato no es representación distante sino cuerpo del representado, y agredirlo es agredirlo a él. La devoción popular hispanoamericana llevaba siglos operando así, con santos tratados casi como deidades paralelas —contra el ideal tridentino que los quería como modelos de vida—, con el sobijo ritual de imágenes en el San Jorge, con el Cristo Milagroso al que los zenú-malibúes sobaban brazos y piernas transfiriendo prácticas precolombinas al soporte cristiano. Los patriotas y los antibolivarianos no inventaron nada: aplicaron a la imagen del héroe la misma tecnología ritual que sabían aplicar a la imagen del santo.
¿Quién sacralizó al héroe, entonces? La élite letrada codificó la iconografía —el brazo tutelar, la pose oficial, el gorro frigio, las inscripciones—; pero fue la cultura visual popular quien le dio poder efectivo, al tratar el lienzo como cuerpo. El culto heroico republicano fue una co-producción, y esa co-producción explica su fuerza. También explica su vulnerabilidad: quien reza al retrato también puede fusilarlo. La cinta azul en el cabello y la venera con Fernando VII en el sombrero —de la que se conserva un raro ejemplar en el Museo del 20 de Julio de Bogotá— muestran cómo tanto patriotas como monárquicos convertían objetos cotidianos en insignias, en un espacio simbólico donde bandos opuestos usaban la misma gramática de la imagen-cuerpo.
Que la ortodoxia católica siguiera siendo condición de prestigio social y norma legal después de 1819 no es dato ambiental: es el marco. La república se concibió como comunidad cristiana en la que lo privado era asunto público, y ese marco explica por qué el retrato del héroe podía convivir con el altar doméstico sin fricción teológica: ambos hablaban el mismo idioma. La misma continuidad se lee en Cartagena, donde la Inquisición operó durante siglos y en el XVIII, en declive global, había reducido sus autos solemnes a ceremonias particulares en iglesias o conventos, más baratas. Procesó entonces solo treinta y dos acusados de ascendencia africana —cifra pequeña respecto a los cientos del siglo anterior—; a ocho hombres negros les impuso azotes de cien o doscientos latigazos, castigos más violentos que los aplicados a personas libres de etnias mixtas. Calificó ritos africanos como brujería aplicando categorías europeas ajenas a esas prácticas, y sus manuales determinaban de antemano el sentido con que se transcribía el discurso del acusado. Que el edificio inquisitorial se haya después reciclado como espacio museográfico dice mucho sobre la relación de la república con su pasado colonial: no lo repudia, lo reencuadra. La misma operación que en Bogotá pondría a Jiménez de Quesada al lado de Bolívar tuvo en Cartagena su reverso arquitectónico.
Espinosa: la ruptura que no fue ruptura
¿Desmiente Espinosa la tesis de la continuidad? A primera vista parece el contrapunto. José María Espinosa (1796-1883) combatió con Nariño —de ahí el sobrenombre de Abanderado—, y cuando concluyeron las guerras dejó voluntariamente el ejército para hacerse retratista. Sus Memorias narran en primera persona el paso de la trinchera al caballete, y él mismo declaró en la vejez haber pintado al óleo cuadros de todas las batallas campales en las que participó, además de retratos de próceres y jefes.
Frente a la pincelada continua y los contornos ornamentales del taller Figueroa, Espinosa opta por el dibujo: naturalismo de observación, rasgos individuados, atención al gesto. Su medallón de Bolívar de 1828 captura un instante de desilusión y de afirmación de voluntad de poder que contrasta abiertamente con los Bolívares estatuarios y estereotipados de la retratística oficial: no un héroe fijado en pose, sino un hombre en un momento. Su gran retrato de Francisco de Paula Santander, fechado el 25 de mayo de 1853, óleo sobre tela de 228 x 145 cm que hoy conserva el Museo Nacional de Colombia, muestra al mismo tiempo la vocación monumental y la observación directa.
Espinosa importa por dos razones. Primero: demuestra que la "traducción colonial" del taller Figueroa no era destino sino elección. Se podía pintar de otro modo en la Nueva Granada de la Independencia; había técnica y había mirada. Que el taller Figueroa siguiera pintando como pintaba, y que su lenguaje se impusiera como la imagen dominante del período, confirma la lectura de la firma estética deliberada. Segundo: aun Espinosa, con toda su ruptura naturalista, servía al mismo panteón. Retrató a Bolívar, a Santander, a los próceres; sus lienzos de batallas construyen memoria épica; su testimonio de soldado-pintor añade autoridad testimonial al culto. La ruptura de método no fue ruptura de programa. Las mujeres reales de la Independencia siguen fuera del cuadro también en Espinosa.
Que su pupilo maestro García Hevia haya sido, además, el primero en innovar con daguerrotipos en Colombia añade una capa: el discurso sobre la verosimilitud, sobre imitación y observación —el retrato de Figueroa por García Hevia lo tematiza al compararlo con Apeles— empezaba a articularse en Bogotá antes de que hubiera academia y antes de que hubiera fotografía plena. La primera academia se funda solo en 1886; y sin embargo hubo ya, en el taller, una teoría del arte, construida por genealogía clásica sin volver los ojos al arte prehispánico ni al arte popular que le rodeaba.
El museo como gabinete: qué contaba como historia
Santander fundó el Museo Nacional en 1823 durante su vicepresidencia, y en 1832, ya presidente de la Nueva Granada, ordenó mejorarlo junto al Observatorio Astronómico. Joaquín Acosta fue incorporado a la Academia reorganizada. El museo respondía a una convicción moderna: el siglo XIX americano fue tiempo de construcción de Estados nacionales que necesitaron nuevos artefactos de integración, y los museos cumplieron papel decisivo en la narración de la nación. El modo concreto en que este museo la narró es lo revelador.
La subdivisión de "monumentos históricos y objetos notables" reunía la cota de malla de Gonzalo Jiménez de Quesada, la espada del Virrey Amar y Borbón, el cráneo del Virrey Solís, la cama de Simón Bolívar y el cronómetro de la fragata Colombia utilizado por la Comisión Corográfica —un instrumento científico republicano depositado, sin costura, junto a reliquias de conquistadores y virreyes—. Había además dos grupos de tierra alusivos a la guerra franco-prusiana, un plato de mármol de las ruinas de Pompeya y un vaso de pórfido de Herculano. Una acrólita —meteorito metálico de hierro y níquel de 700 kilogramos hallado en 1810 en la colina de Tocavita— fue comprada para el museo, aunque permaneció en Santa Rosa por imposibilidad de trasladarla. El acta de declaración de independencia total de la provincia de Cartagena, del 11 de noviembre de 1811, se conservaba también como documento.
La heterogeneidad es lo primero que sorprende. La categoría "monumentos históricos" agrupa sin costura conquistadores españoles del XVI, virreyes borbónicos del XVIII, próceres republicanos del XIX y antigüedades europeas de Pompeya y Herculano. Y hay algo decisivo detrás: los objetos indígenas iban en subdivisión aparte, clasificados como "curiosidades" y pensados al margen del tiempo histórico. La república se construía como heredera de una historia que empezaba con la Conquista y se prolongaba hasta la Independencia, con Roma y Grecia como parentela clásica y sin que las civilizaciones prehispánicas formaran parte de ese linaje. No se trataba de omitir al indio: era exhibirlo, pero como espécimen natural, no como antecesor histórico. La lógica es la del gabinete de historia natural aplicada a la nación: la nación tiene historia con conquistadores y próceres, y tiene naturaleza con indios, minerales y curiosidades.
El museo, así, no fue neutralmente inclusivo de las herencias del territorio: fue el mecanismo mediante el cual el pasado colonial se amplió, se legitimó como origen y se blindó contra la posibilidad de que el pasado prehispánico apareciera como raíz alternativa. Bolívar y Jiménez de Quesada compartieron vitrina; el orfebre muisca no compartió tiempo.
Las estatuas que nadie miró
En algún momento del siglo XVIII, fray Juan de Santa Gertrudis llegó al alto Magdalena y vio las estatuas de San Agustín —más de cuatrocientas piezas en piedra, en la cuenca alta del río, representando felinos, monos, lagartos, serpientes, ranas, águilas, búhos, deidades y bestias mitológicas—. Intentó primero leerlas como retratos de obispos franciscanos con mitra y vestimentas pontificias. Cuando comprobó que la cronología no cuadraba —los franciscanos se fundaron apenas en 1209, los indígenas del sitio no tenían herramientas de metal—, concluyó que solo los demonios podían haberlas esculpido.
La reacción de Santa Gertrudis no fue rareza personal: fue la actitud general de los cronistas coloniales, que interpretaron a los dioses indígenas como ídolos y a la escultura prehispánica en piedra y madera como expresión diabólica. Esa lectura tuvo efecto histórico duradero: contribuyó a construir una imagen del indio desprovisto de trascendencia histórica, útil al dominio colonial.
Lo revelador es lo que ocurre en el siglo XIX. La república se funda, se establece el Museo Nacional en 1823, se organiza la Comisión Corográfica bajo Agustín Codazzi con Manuel Ancízar recorriendo el país; se hace, en suma, un esfuerzo de reconocimiento territorial y patrimonial. Y San Agustín permanece invisible al ojo letrado. Las estatuas siguen ahí donde las vio Santa Gertrudis, pero la élite criolla, ocupada en construir su genealogía greco-latina y su iconografía bolivariana, no las incorpora. No es que las lea como demonios —el marco de Santa Gertrudis ya no funciona—: es que no las lee. Encajan sin fricción en la categoría "curiosidad" que el Museo Nacional había reservado para lo indígena.
Ese "cerrar los ojos" no es distraído. Es coherente con la operación entera. Si la república se piensa como República cristiana con parentela clásica y tutelada por héroes-patriarcas, ¿en qué casilla iba una escultura zoomorfa monumental de origen no cristiano, no clásico y anterior a cualquier prócer? En ninguna. La invisibilidad de San Agustín en el siglo XIX no es un error de reconocimiento arqueológico —eso vendría después—: es la consecuencia lógica de la máquina simbólica que la fundación republicana había armado. La valoración arqueológica tardía de San Agustín, y su clasificación cronológica como "temprano" frente a muisca y tairona "tardías" cuando por fin fue estudiado, es el eco de un desfase secular que empezó no con los cronistas sino, más precisamente, con la manera en que la nación letrada del XIX decidió mirar.
¿Qué comunidad, entonces?
La comunidad que Figueroa imaginaba en 1819 era una república cristiana tutelada, en la que la Patria era niña bajo el brazo del Libertador; una república que se declaraba nueva y se pintaba con los cánones del retrato devocional; una república que fusilaba retratos como quien profana una imagen sagrada y colocaba la cota de malla del conquistador junto a la cama del prócer, mientras dejaba fuera del tiempo histórico al orfebre muisca y al escultor del alto Magdalena. Lo que aquel brazo tutelar sostenía no era una alegoría entre otras: era el guion completo de un país que se estaba inventando sus ausencias con la misma minucia con que pintaba sus presencias. Por eso la pregunta de 1819 no se cierra en 1840, ni en 1886, ni todavía hoy.
Archivo documental
Documentos usados en esta lectura
26 documentos · 43 fragmentos de referencia01Manual de arte del siglo XIX en ColombiaBeatriz González Aranda · 2017 · p. 80, 85, 1073 fragmentos
[1]Segura ¿En qué cambia el género del retrato entre los siglos xviii y xix? En este género es donde se detectan más las rupturas que las continuidades. El género del retrato post Independencia se divide en dos: en las continuidades se observan los parámetros del final del siglo xviii. En las rup- turas se da el retrato…
p. 107
[12]la palabra Libertad sino la palabra Patria —y añadió: «Hecho en 1819. Edad 36 años 6 meses»—. La intención de quienes mandaron hacer el cuadro era que la Libertad apareciera sostenida por Bolívar. Lo que sorprende del pintor son los dos pasos que da: primero convertir a la Libertad en Patria y, segundo, utilizar la…
p. 80
[13]en la derecha un cetro. América, al lado de dos figuras indígenas, coronadas de plumas, sostiene una lanza en la mano izquierda y tiene sobre la espalda el carcaj. Con la mano derecha señala el mar. Cercano, en la parte baja, se observa un cocodrilo. Es indudable que estas alegorías de los continentes se conocían en…
p. 85
02Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · p. 79, 84, 903 fragmentos
[2]Mosquera se incauta de los bienes de «manos muertas» pertenecien- tes a la Iglesia. Las guerras civiles que asolan el país de 1830 a 1903 siguen teniendo a la facción política, al grupo de poder, al héroe, como protagonista. La acción épica, que supone la intervención de la comunidad real, no del grupo, no existe en…
p. 79
[3]tiempo, alelado, el lorito que sufre también el mismo proceso de petrificación, todo es de un encanto extraño y ligeramente espeluznante, todo entra en la «terrorífica inocencia» que, un siglo después, Fernan- do Botero convertiría en una vertiente admirable de estilo nacional. Burla burlando, José Miguel, lo mismo…
p. 90
[16]de las relaciones de clase sostenidas durante la Colonia; quien previene, sin embargo, acerca de los males que ocurrirán con la ceguera de las clases dirigentes, una vez que tomen el poder; quien en 1828, ya profundamente desilusionado acerca de la aceptación de sus teorías políticas y abocado a la desmembración de la…
p. 84
03Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 158, 1702 fragmentos
[4]Rivas et al. (Bogotá: Museo Nacional de Colombia-Ministerio de Cultura, 2002), 29-39; y Natalia Lozada Mendieta, La incorporación del indígena en el purgatorio cristiano: estudio de los lienzos de ánimas de la Nueva Granada de los siglos XVI y XVII (Bogotá: Ediciones Uniandes, 2012). FIRMADO POR SU PUPILO LUIS GARCÍA…
p. 158
[5]suerte de genealogía artística neogranadina, que busca sus raíces en Apeles y en la tradición clásica. Por último, vale la pena subrayar que esta obra conecta y entrelaza a tres generaciones de artistas: por una parte, la de Pedro José Figueroa (ca. 1770- 1836), el protagonista de la representación; la de su pupilo,…
p. 170
04Estudios interdisciplinarios de las élites en ColombiaCatalina Acosta Oidor, Alexander Gamba Trimiño, Verónica Salazar Baena · 2023 · p. 78, 82, 1013 fragmentos
[6]hombres basada en el clima y el color de la piel […] Kant niega la simultaneidad de las formas culturales al establecer una jerarquía moral que privilegia los usos y costumbres de la raza blanca como modelo único de ‘humanidad’” (2010, pp. 41-42). 6 El concepto de “tardío colonial” o “tardocolonial” ha sido empleado…
p. 78
[10]que los retratos de Bolívar muestran un rostro visible y construido del héroe; son unos nuevos medios portadores que funcionan como suplemento del cuerpo real y que fueron elaborados con determinados papeles en las interacciones entre el artista y el modelo. 82 Editored rsiacordérmfirs9cred oa fi9d 7firiad as…
p. 82
[11]adeptos de Bolívar apuñalaron un retra - to de Santander. A su vez, en 1830 se fusilaron dos retratos de Bolívar en Bogotá. Estas tensiones continuaron después de la muerte de los repre - sentados” (Robledo Páez, 2018, p. 89). Lo anterior ayuda a comprender la dimensión funcional de las imágenes de héroes nacionales…
p. 101
05Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 2351 fragmento
[7]sas. Este pintor, que murió en 1658, iba a ser continuado y en bastantes aspectos mejorados por su hijo BALTASAR DE VARGAS FIGUEROA, sin duda el más conocido de la que constituyó una verdadera dinastía de pintores santafereños. Un centenar de obras se conservan de este segundo Baltasar. Dentro de los convencionalis-…
p. 235
06Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 161 fragmento
[8]del claroscuro y en el rigor de la forma, ca- racterísticas que se notan principalmente en La muerte de Santa Gertrudis, del Museo de Arte Co- lonial de Bogotá. Uno de sus trabajos más relevantes es El mila- gro de Soriano, con las figuras de Santa Catalina, la Virgen y la Magdalena; esta obra, pintada minu-…
p. 16
07Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 450, 4632 fragmentos
[9]nica, como buen criollo al servicio de la alta sociedad local, Guti é rrez recoge sin embargo, tal 482 LAS ARTES PLASTICAS DURANTE EL PER Í ODO COLONIAL vez inconscientemente, aspectos de la tradici ó n mestiza, y mezcla todo en unos retratos con “ pose ” oficial dieciochesca de figuras planas cargadas de elementos…
p. 463
[41]“ El Divino ”, o a grandes escul tores como Mart í nez Monta ñé s y Alonso Cano; reflejar de alg ú n modo la dulzura cl á sica de los grandes renacentistas italianos como Rafael Sanzio, Correggio y los seguidores de Leonardo; tratar de alcanzar el naturalismo de Tiziano o de los m á s notables flamen cos; repetir las…
p. 450
08Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 51, 56, 623 fragmentos
[14]es natu- ral, se trata de un periodo poco propicio para la creaci6n artistica. Sin embargo, el pueblo recurrié al lenguaje simbolico, desarrollandolo para expresar su descontento... 0 su complacencia con lo que es- taba ocurriendo. Asi, a la llegada del Pacificador Mo- tillo, algunas seforas se atrevieron a adornar…
p. 56
[15]joven mujer semidesnuda, con tocado de plumas, arco y carcaj con flechas. Correspondia esta representacion a las alegorias corrientes de las otras regiones del mundo, que también se acom- panaban con distintivos supuestamente propios de cada continente. Estas imagenes de América no solo se difundieron en Europa, sino…
p. 51
[20]Espinosa que figt Colombiana de la Historia. Esp més notable de la época de Acader nos. misma estética comenzaron a salir de su taller nu- merosos retratos del Libertador, del general San- tander y de otros importantes personajes del ejér- cito patriota con destino a las casas de gobierno y a los lugares publicos y…
p. 62
09Nosotros y los otros: las representaciones de la nación y sus habitantes Colombia, 1880-1910Amada Carolina Pérez Benavides · 2015 · p. 153, 1712 fragmentos
[17]los hechos en los cuales habían participado, sino las virtudes que caracterizaron su actuación. NOSOTROS Y LOS OTROS 172 De científicos como José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Francisco Antonio Zea y Jerónimo Triana se rescataba su cultura, erudición, mérito, labo- riosidad y dedicación; de héroes…
p. 171
[25]y objetos notables de los objetos indígenas que eran categori- zados como curiosidades y pensados al margen del tiempo. En la subdivisión de monumentos históricos y objetos notables se encon- traban piezas como la cota de malla de Gonzalo Jiménez de Quesada, la daga de Nicolás de Federmán, la espada del Virrey Amar y…
p. 153
10Memorias de un abanderadoJosé María Espinosa · 2016 · p. 211, 2444 fragmentos
[18]de mi trabajo. Él me instó a que desistiese de esta idea que me haría truncar mi carrera, pero yo le dije que ya veía libre a mi patria, por la cual había hecho sacrificios y peleado para defenderla, y que otros debían continuar sirviéndola. Y en efecto, llevé a cabo mi propósito consagrándome desde entonces a mi…
p. 244
[19]de mi trabajo. Él me instó a que desistiese de esta idea que me haría truncar mi carrera, pero yo le dije que ya veía libre a mi patria, por la cual había hecho sacrificios y peleado para defenderla, y que otros debían continuar sirviéndola. Y en efecto, llevé a cabo mi propósito consagrándome desde entonces a mi…
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[21]que nos guardaban estaban conversando tranquila y confiadamente, para emprender mi operación. A este efecto recogí una gran cantidad de hojas secas de plátano que había en el suelo, junto a uno de los cepos, y me las envolví en los pies para hacer bastante ruido y que no se percibiera el que hacía con las manos,…
p. 211
[22]que nos guardaban estaban conversando tranquila y confiadamente, para emprender mi operación. A este efecto recogí una gran cantidad de hojas secas de plátano que había en el suelo, junto a uno de los cepos, y me las envolví en los pies para hacer bastante ruido y que no se percibiera el que hacía con las manos,…
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11Historia de Colombia. La Nueva Granada y los Estados Unidos de ColombiaRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico); con colaboración de Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Fernán González, Margarita González, Alfredo Iriarte, entre otros · 1988 · p. 27, 992 fragmentos
[23]los veintiin miembros que debian formarla, todos ellos ilustres personajes de la época. La Academia habia dejado de funcionar y era necesario reorga- nizarla. El 25 de diciembre de 1832 se realiz6 la rea- pertura y se designo a once ciudadanos para ocu- par el lugar de los que habian fallecido, nombran- dose a los…
p. 27
[42]de integracion politica de la Gran Colombia, con la unién de Venezuela, Nueva Granada y Quito. Los centralistas defendieron la integracion en una republica unitaria e indivisible, con un gobierno fuerte, adaptable a la realidad americana, de carac- ter discolo y anarquico, y con una administracion centralista para el…
p. 99
12Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 3221 fragmento
[24]nuestra ignorancia y atraso industriales. La acrólita de que Boussingault y Rivero hacen men - ción en una de sus Memorias relativas a Colombia se con - serva todavía en Santa Rosa, puesta en un rincón del patio de la casa ocupada por la familia del señor Solano, donde la vimos. Halláronla el año de 1810 sobre la…
p. 322
13Pensar el siglo XIX. Cultura, biopolítica y modernidad en ColombiaSantiago Castro-Gómez (ed.) · 2004 · p. 1701 fragmento
[26]el alineamiento de las comunidades criollas y produjo un sentido de identidad y diferencia. De hecho, antes de las guerras de Independencia, funcionarios de la administración española habían enfrentado el surgimiento de varios movimientos subversivos organizados por la población indígena y los esclavos negros. El…
p. 170
14Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 2761 fragmento
[27]- titos autorizados por el Congreso para financiar la primera administración —origen de muchas suspicacias— había que convertirlas en una deuda única de la nación. Por ello se examinan enseguida, con algún detalle, esos procesos de nacionalización de la vida de los nuevos ciudadanos colombianos. 1. La nacionalización…
p. 276
15La Religión en ColombiaCarlos Arboleda Mora · 2010 · p. 571 fragmento
[28]el Estado y las normas morales eclesiásticas hacen que la Colonia perdure hasta después de 1819. La penetración del gobernante y del cura en el fuero interno es constantes y se ve en el hecho de que desórdenes morales se consideran como delitos perseguibles de oficio por alcaldes, alguaciles y párrocos. La norma…
p. 57
16Catolicismo, cambio social y búsqueda de paz en Colombia. Historia y MemoriaWilliam Elvis Plata Quezada (Editor), Ana María Bidegain Greising, Angélica Villamizar Beltrán, Antonio José Echeverry Pérez, Eduardo Díaz Ardila, Eliécer Soto Ardila, Héctor Alfonso Torres Rojas, Hernando Pinilla Rey, Isabel Corpas De Posada, Javier Alejandro Acevedo Guerrero, Joselín Aranda Cano, Lizeth Torres Rodríguez, Miguel Arturo Fajardo Rojas, Natalia Alejandra Mora Navarro, Osmir Ramírez Trillos, Sofía Brizuela Molina, Sor María Sampayo Flórez · 2022 · p. 321 fragmento
[29]que al Nuevo Testamento, hizo que el pueblo tomara a los santos más que como sus verdaderos custodios. Así, se llegó a considerar a los santos casi que como deidades paralelas, o al menos auténticos intercesores ante Dios, antes que ser percibidos como modelos de vida, este último aspectos era, a fin de cuentas, el…
p. 32
17Nueva Historia de Colombia. Vol. IV: Educación y Ciencia, Luchas de la Mujer, Vida DiariaÁlvaro Tirado Mejía (Director Científico y Académico), Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, Magdala Velásquez Toro, Renán Silva Olarte, Jaime Jaramillo Uribe, Aline Helg, Gabriel Poveda Ramos, Jorge Arias De Greiff, Bernardo Tovar Zambrano, Rubén Sierra Mejía, Enrique Low Murtra, Gonzalo Cataño, Jaime Arocha Rodríguez, Néstor José Miranda Canal, Patricia Londoño Vega, Santiago Londoño Vélez · p. 3561 fragmento
[30]Juan y de otros san- Propaganda de la Kola Champaña, primer producto de la fábrica de gaseosas Posada Tobón, de Medellín, a comienzos de siglo. 356 Capítulo 15 357 Procesión con las reliquias de San Pedro Claver, en Cartagena, según una tarjeta postal de los años 20. tos, con nutridas procesiones. Tam- bién los…
p. 356
18Resistencia en el San JorgeOrlando Fals Borda · 2002 · p. 1221 fragmento
[31]el informe negativo anterior de! protector Lorenzo de Aponte, AGÍ, Escribanía de Cámara, leg. 644, cuaderno 1, fols. 47- 51 (declaración en San Andrés, 8 de febrero de 1675). Detalle del Milagroso. 65A LOS INDIOS DE JEGUA APRENDEN A SOBREVIVIR jeguanos de la cofradía y los habitantes de otras partes, es otra muestra…
p. 122
19Black Catholic Worlds: Religious Geographies of Eighteenth-Century Afro-ColombiaBethan Fisk · 2025 · p. 1611 fragmento
[32]https://doi.org/10.1017/9781009543576.006 Downloaded from https://www.cambridge.org/core. University of Southampton Library, on 02 Oct 2025 at 23:53:04, subject to the Cambridge Core 134 Part II: Religion in Place in colonial subjects. 21 By the eighteenth century, the Holy Office of the Inquisition was in decline…
p. 161
20Las mujeres en la historia de Colombia. Tomo II: Mujeres y SociedadMagdala Velásquez Toro (dirección académica), Catalina Reyes Cárdenas, Pablo Rodríguez Jiménez · 1995 · p. 156, 1602 fragmentos
[33]detentan el poder y, por consiguiente, tienen los pocos puestos públi- cos que la ciudad requiere; además, ejercen el comercio. Del otro lado se encuentran los negros, llegados como es- clavos y poseedores de fuerza de trabajo, y en menor esca- la, los indios. La Cartagena del siglo xvii es una pequeña ciudad con una…
p. 156
[34]un ritual? La respuesta a esta pregunta es fundamental, porque, si bien es cierto que existen los juicios con sus respectivas declaraciones, tam- bién es cierto que todo fue transcrito al lenguaje de la Inquisición, es decir, el de los valores propios de la religión y sus creencias, desechando por completo la…
p. 160
21Historia de la religión en Colombia, 1510-2021José David Cortés Guerrero · 2022 · p. 1, 102 fragmentos
[35]de los inquisidores. 17 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:23:33 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 99 EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:23:33 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to…
p. 10
[36]89 LA INQUISICIÓN EN LA NUEVA GRANADA Alberto José Campillo Pardo Introducción El devenir de las religiones es un aparte fascinante de la disciplina histórica, pues su estudio comprende no solo la cosmovisión y las creencias de una sociedad determinada, sino también una serie de instituciones y prácticas políticas y…
p. 1
22Magdalena. Historias de ColombiaWade Davis · 2021 · p. 711 fragmento
[37]chozas de barro, el cura local le habló de las extrañas piedras. Lo que Santa Gertrudis descubrió, después de investigar un poco, lo sacudió hasta el tuétano. Para él, las estatuas representaban claramente a obispos de mitra y vestimentas pontificias e indudablemente eran franciscanos. Sin embargo, la orden de San…
p. 71
23Herederos del jaguar y la anacondaNina S. de Friedemann, Jaime Arocha · 2016 · p. 871 fragmento
[38]a las grandes civilizaciones precolombinas como engendros irra- cionales y producto de la barbarie. Tornaron en ídolos las representaciones de los dioses de los indios y en expresión diabólica la escultura india de piedra y madera. Ni siquiera escucharon la literatura oral en donde sur- gían el jaguar y la anaconda.…
p. 87
24Grandes momentos de ColombiaGustavo Castro Caycedo · 2016 · p. 3521 fragmento
[39]Huila, en inmediaciones de los municipios de San Agustín e Isnos, aparte de su gran belleza, es la necrópolis de mayor extensión a nivel mundial con vestigios monumentales como estatuas, relieves y sarcófagos tallados en piedra; templetes o dólmenes de lajas; montículos funerarios, terrazas, caminos y terraplenes de…
p. 352
25Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 471 fragmento
[40]Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…
p. 47
26Historia de Colombia. La República de Colombia IRicardo Martín (dir.), Gonzalo Hernández de Alba (dir. científico), y colaboradores: Arturo Alape, Óscar Alarcón Núñez, Germán Arciniegas, Mauricio Archila, Antonio Caballero, Antonio Cacua Prada, Germán Cavelier, entre otros · 1988 · p. 831 fragmento
[43]acta en la que se declaraba la total independencia de la provincia de Cartagena, en Nueva Granada, histérico documento que se conserva en el Museo Nacional de Bogota. que s6lo esperaba la oportunidad para manifes- tarse, como ocurrié en Cartagena el 22 de mayo y el 14 de junio de 1810, cuando el cabildo depuso al…
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