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Hecho histórico · Independencia · 1810–1831

Reconocimiento internacional de la Gran Colombia (1822–1825)

Entre 1822 y 1825, la República de Colombia libró en las cancillerías de Washington, Londres, París y La Haya una campaña diplomática para ser reconocida como Estado soberano. Obtuvo el reconocimiento estadounidense en 1822 y el británico en diciembre de 1824, mientras el capital de la City ya había integrado económicamente a Colombia mucho antes de que la decisión política se formalizara.

Reconocimiento internacional de la Gran Colombia (1822–1825)
1822–1825
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1822–1825
Dónde
Bogotá, Washington, París, Madrid, Cartagena, Nueva Granada, Quito, Panamá, Londres, La Haya, Viena, Venezuela
Protagonistas
Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Pedro Gual, Francisco Antonio Zea, José Rafael Revenga, Manuel José Hurtado, George Canning, Robert Stewart (Lord Castlereagh), John Quincy Adams, James Monroe, Richard Rush, Fernando VII
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. La proclamación de la República de Colombia en Angostura (1819) y su constitución formal en Cúcuta (1821) crearon un Estado soberano que carecía de reconocimiento jurídico internacional, lo que limitaba su capacidad de contratar empréstitos, firmar tratados y proyectar autoridad sobre su propio territorio.
  2. El orden del Congreso de Viena y el principio de legitimidad monárquica sostenido por la Santa Alianza hacían que cualquier reconocimiento europeo de una república nacida de la insurrección contra un monarca legítimo constituyera un desafío doctrinal al equilibrio continental, obligando a Colombia a buscar primero el apoyo de potencias externas a ese sistema.
  3. Los intereses comerciales y financieros británicos —empréstitos, contratos de suministro militar y flujos de oro— crearon una integración económica de facto que presionó al gabinete de Londres hacia el reconocimiento formal antes de que la decisión política estuviera madura.
  4. La rivalidad entre Gran Bretaña y la Santa Alianza por la influencia en el hemisferio occidental, y el interés de potencias menores como los Países Bajos en afirmar autonomía frente a las grandes potencias, convirtieron el reconocimiento de Colombia en un instrumento de política europea, no solo americana.
1822–1825Reconocimiento internacional de la Gran Colombia (1822–1825)

Consecuencias

  1. El reconocimiento estadounidense de 1822 y el británico de diciembre de 1824 insertaron a Colombia en el sistema internacional como Estado soberano, habilitando la firma de tratados formales —como el tratado de amistad, comercio y navegación con Estados Unidos del 3 de octubre de 1824— y el acceso regular a los mercados de capitales de Londres.
  2. La Doctrina Monroe, proclamada en diciembre de 1823 y acogida con entusiasmo en Bogotá, estableció un precedente hemisférico que, aunque no implicaba compromiso militar, disuadió intervenciones europeas de recolonización y reorientó la política exterior colombiana hacia Washington como referente estratégico.
  3. La arquitectura financiera construida durante el proceso —empréstitos de la City, contratos de suministro y remesas de oro— generó una dependencia estructural de Colombia respecto al capital británico; el colapso del valor de los debentures colombianos en la Bolsa de Londres desde 1827 reveló la fragilidad de ese modelo y contribuyó a la crisis fiscal de la Gran Colombia.
  4. El reconocimiento tardío de las potencias europeas y la negativa de la Santa Alianza a aceptar las nuevas repúblicas consolidaron la separación entre el orden monárquico europeo y el orden republicano americano, prefigurando la lógica de dos esferas de influencia que dominaría la geopolítica atlántica del siglo XIX.
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La clave interpretativa

Por qué importa

El proceso de reconocimiento de la Gran Colombia entre 1822 y 1825 es el momento en que la independencia militar se convierte en soberanía jurídica internacional, y revela que ese tránsito dependió tanto de la presión del capital comercial y financiero como de la acción diplomática. El caso permite medir el peso real del principio de legitimidad monárquica frente al interés económico en el orden post-napoleónico, y muestra que el reconocimiento británico —leído como termómetro del sistema internacional— llegó tarde precisamente porque sancionaba una realidad que los banqueros y los cónsules ya habían construido sin él.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Reconocimiento internacional de la Gran Colombia (1822-1825)

Entre 1822 y 1825, la República de Colombia —la unión de Nueva Granada y Venezuela proclamada por Simón Bolívar en Angostura y constituida formalmente por el Congreso de Cúcuta en 1821— libró en las cancillerías de Washington, Londres, París, La Haya y Madrid una campaña tan decisiva como las batallas de Boyacá y Carabobo: la de ser reconocida como Estado soberano por el orden internacional salido del Congreso de Viena. Esa campaña, dirigida desde Bogotá por Pedro Gual y sostenida en Europa por Francisco Antonio Zea, José Rafael Revenga y Manuel José Hurtado, obtuvo del gobierno de James Monroe un reconocimiento temprano en 1822 y, tras tres años de espera, el reconocimiento británico en 1825. Entre una y otra fecha, el capital de la City de Londres, los empréstitos, los flujos de oro y la red de cónsules construyeron una integración económica que corría por delante de la decisión política. Cuando George Canning obtuvo por fin la aprobación del gabinete británico en diciembre de 1824, no inauguraba una relación: sancionaba tardíamente una realidad ya consumada por los banqueros, los comerciantes y las armas de Antonio José de Sucre en Ayacucho.

Cuando Bolívar propuso en el Congreso de Angostura de 1819 el nombre de Colombia —homenaje a Cristóbal Colón para la nueva república que uniría Nueva Granada, Venezuela y la aún hipotética Quito—, el continente americano se había vuelto una anomalía dentro del sistema internacional. En Europa, la Restauración había reordenado el mundo bajo el principio de legitimidad monárquica: la Santa Alianza, cimentada por el zar Alejandro I, Klemens von Metternich y sus pares, se arrogaba el derecho a intervenir contra las revoluciones. Fernando VII, restablecido en el trono español, exigía a sus aliados que le ayudaran a recuperar sus dominios americanos. En ese marco, cualquier gobierno europeo que reconociera a una república nacida de la insurrección contra un monarca legítimo desafiaba la doctrina misma que sostenía el equilibrio continental.

El principio de legitimidad no era una fórmula abstracta. Comprometía a los soberanos firmantes del Acta Final de Viena a considerar cualquier alteración revolucionaria como una amenaza contra el orden común, y les daba pretexto para intervenir militarmente donde así lo decidieran los congresos aliados. Aquella arquitectura diplomática, todavía joven en 1819, había demostrado su eficacia en Nápoles y estaba a punto de demostrarla en España. Colombia, al presentarse como república, no solicitaba únicamente el reconocimiento de un hecho consumado: pedía a los gabinetes de Europa que aceptaran una excepción al principio que regulaba su convivencia.

La república proclamada en Angostura, ratificada por la Constitución de Cúcuta en 1821, contemplaba tres departamentos —Nueva Granada, Venezuela y Ecuador—, aunque el tercero permanecía todavía bajo control español. Sus fronteras iban del alto Amazonas al norte de Veraguas. Era, sobre el papel, la unidad política más ambiciosa del hemisferio, y sus dirigentes lo sabían: sin reconocimiento externo, esa ambición carecía de sustancia jurídica. Bolívar, presidente y libertador, y Francisco de Paula Santander, vicepresidente al frente del ejecutivo cotidiano, entendieron desde temprano que la guerra en los llanos y la diplomacia en Europa eran una sola batalla en dos frentes.

El aparato para librar la segunda quedó formalmente instalado con el nombramiento de Pedro Gual, caraqueño de 38 años, como Secretario de Hacienda y de Relaciones Exteriores en el Congreso de Cúcuta. Gual, que además ejercía como diputado por la provincia de Cartagena, recibía dos misiones inseparables: sanear las finanzas de una república endeudada por catorce años de guerra y organizar una diplomacia capaz de imponer a Colombia en el concierto atlántico. El reglamento que Santander dio a la Secretaría en 1822 fijó su alcance: todas las relaciones con otros estados, el nombramiento de los enviados colombianos y la interlocución con los agentes extranjeros. Sobre esa base, Gual definió tres líneas: institucionalizar el ministerio, enviar misiones diplomáticas a América, Europa y la Santa Sede, y preparar una gran asamblea internacional que consagraría el reconocimiento colectivo de la independencia hispanoamericana.

El presupuesto asignado al despliegue exterior era escaso, y las comunicaciones con los agentes en Europa tardaban entre dos y tres meses por travesía. Las instrucciones que salían de Bogotá llegaban a Londres cuando el escenario descrito ya había cambiado; las respuestas retornaban cuando la coyuntura que las motivó había sido superada. Aquella lentitud obligaba a los ministros plenipotenciarios a decidir con márgenes amplios de iniciativa personal, y explica que la política exterior de la Gran Colombia dependiera tanto del criterio de cada agente como de las directrices centrales.

El primer éxito llegó de Washington en 1822. La administración Monroe, con John Quincy Adams al frente de la Secretaría de Estado, reconoció la independencia de Colombia y estableció relaciones diplomáticas formales, adelantándose a las cortes europeas. La decisión no fue neutral: colocaba a Estados Unidos como la primera gran potencia en aceptar la ruptura de los dominios españoles, e inauguraba una postura hemisférica que se completaría al año siguiente.

En diciembre de 1823, Monroe dirigió al Congreso el mensaje que quedaría conocido como Doctrina Monroe: una advertencia contra futuros intentos europeos de recolonización en el hemisferio occidental. Aunque décadas después la fórmula sería reinterpretada como una doctrina intervencionista, en 1823 se leyó en Bogotá como lo que se pretendía: un escudo. La Gaceta de Colombia publicó en febrero de 1824 los principales párrafos del mensaje, precedidos de un artículo atribuido al propio Santander. En los altos círculos del gobierno colombiano, la acogida fue entusiasta.

Ese entusiasmo, sin embargo, no se tradujo en alianza. Cuando en agosto de 1824 Manuel José Hurtado, entonces agente colombiano en Londres, sondeó a Canning sobre la posibilidad de una asistencia armada británica en caso de intervención europea, la respuesta fue instructiva: el ministro precisó que su colaborador Hamilton se había excedido al insinuar tal cosa, y que la advertencia británica, como la estadounidense, iba dirigida a otras potencias y no implicaba compromiso militar con Sudamérica. Colombia comprendía así, hacia finales de 1824, que las dos grandes potencias atlánticas que la respaldaban lo hacían por interés propio, no por deuda revolucionaria. Bolívar lo formularía con crudeza cinco años después, en 1829, cuando escribió que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia a plagar América de tormentos en nombre de la libertad, lamento del Libertador ante el impulso republicano estadounidense frente a las inclinaciones más monárquicas que él atribuía a Gran Bretaña.

Los intercambios diplomáticos con Washington avanzaron a un ritmo que Europa no igualaría. El tratado de amistad, comercio y navegación firmado en Bogotá el 3 de octubre de 1824 consagró la cláusula de nación más favorecida en su versión condicional: los beneficios comerciales concedidos a un tercer país solo se extendían a la contraparte si esta ofrecía compensación equivalente. La fórmula, técnica en apariencia, protegía a Estados Unidos de que Colombia otorgara ventajas al comercio británico sin obligar automáticamente a extenderlas al comercio norteamericano. Fue el primer tratado de este tipo que Colombia suscribió, y sirvió de modelo, con variantes, a los que vendrían después. Richard Clough Anderson, el diplomático de Kentucky que lo negoció por Estados Unidos, moriría en Cartagena en 1826 mientras se dirigía al Congreso de Panamá, señal temprana de la fragilidad de aquellos vínculos incipientes.

Mientras Washington resolvía rápido, Europa se resistió durante años. La estrategia colombiana desde 1820 fue nombrar sucesivamente agentes ante el Foreign Office —Francisco Antonio Zea primero, José Rafael Revenga después, Hurtado más tarde—, todos con el mismo mandato: obtener el reconocimiento británico. La elección era deliberada. Londres, salida de las guerras napoleónicas como potencia dominante del sistema atlántico, era la llave que abriría todas las demás cerraduras.

Zea, designado ministro plenipotenciario en Europa, se movió entre París y Londres con una doble estrategia: comercial y de opinión pública. En julio de 1822, meses antes de su muerte, fue el centro de una recepción en Londres a la que asistieron empresarios, intelectuales, el duque de Somerset y William Wilberforce, el veterano abolicionista, que aportó al brindis un argumento moral en favor de la independencia colombiana. La escena era políticamente cargada: la oposición parlamentaria británica se sumaba a la causa hispanoamericana, y Lord Castlereagh, entonces al frente del Foreign Office, veía con disgusto que la presión pública se organizara al margen del gabinete. Un ejemplar del manifiesto que Zea distribuyó llegó a manos del embajador holandés en París, Robert Fagel, que lo remitió a La Haya. Allí, el rey Guillermo I empezaba a reconsiderar sus escrúpulos frente a la Alianza.

La muerte de Zea en 1822 y el relevo de Castlereagh por Canning en septiembre del mismo año reordenaron el tablero. Canning, más pragmático y menos apegado a la ficción de acción europea concertada que su antecesor, tomó una primera medida discreta pero decisiva: nombrar cónsules en los nuevos estados hispanoamericanos. Los cónsules no implicaban reconocimiento diplomático, no eran embajadores, no acreditaban legitimidad soberana, pero abrían una vía consular para el comercio, la protección de súbditos británicos y la resolución de disputas mercantiles. Canning administraba esa duplicidad con la conciencia de que la sanción formal era, según sus propias palabras, inevitable. Solo faltaba encontrar el momento político para arrancársela al gabinete.

Revenga, sucesor de Zea, llegó a Londres en 1822 con instrucciones detalladas: negociar un tratado comercial que sirviera de vehículo indirecto al reconocimiento, sondear la disposición del Foreign Office ante una eventual mediación entre España y sus antiguas colonias y, al mismo tiempo, evaluar el temperamento de las casas mercantiles y financieras que podían presionar al gabinete en la dirección deseada. Los despachos que envió a Gual entre 1822 y 1823 combinan lectura política e informe económico: describen las oscilaciones del gabinete, la actitud de los diplomáticos de otras cortes acreditados en Londres y el humor de los tenedores de deuda colombiana. Cuando Hurtado lo relevó, la línea se mantuvo intacta, con un matiz de mayor familiaridad hacia la City, cuyos círculos financieros el nuevo agente frecuentaba con soltura.

En La Haya, Guillermo I sopesaba una posibilidad similar por razones distintas. La prohibición de acercamiento a las repúblicas hispanoamericanas que la Santa Alianza imponía a sus miembros lo incentivaba, paradójicamente, a seguir su propio derrotero: reconocer a Colombia era demostrar la autonomía del Reino Unido de los Países Bajos frente a las grandes potencias que no lo trataban como igual. Pedro Gual, en enero de 1823, expresó desde Bogotá la esperanza de que Guillermo I procediera pronto al reconocimiento formal, y comunicó que ya se había designado un enviado dispuesto a partir en cuanto se formalizara. Pero la política neerlandesa era ambigua: aspiraba a autonomía y a las oportunidades comerciales del Nuevo Mundo, y al mismo tiempo temía las represalias aliadas. El zar Alejandro I lo hizo saber directamente al príncipe heredero Guillermo Federico, en correspondencia privada donde expresaba su preocupación por los rumores del reconocimiento y añadía, en tono amenazante, que el rey debía contar con ciertas consecuencias si seguía ese camino. El Reino de los Países Bajos, condicionado por sus compromisos europeos, no dio el paso.

París ofrecía un cuadro aún más cerrado. La monarquía de Luis XVIII, y desde 1824 la de Carlos X, mantenía con la Corte de Madrid una relación de solidaridad dinástica que se había traducido en 1823 en la intervención armada de los Cien Mil Hijos de San Luis. Zea había intentado en 1822 mover a los círculos comerciales de Le Havre y Burdeos, interesados en el mercado hispanoamericano, pero el gabinete Villèle no estaba dispuesto a irritar simultáneamente a Fernando VII y al zar. Los cónsules oficiosos y los agentes comerciales franceses operaron en los puertos colombianos con discreción, sin cobertura diplomática formal, hasta bien avanzada la década.

Mientras las cancillerías europeas dudaban, la City de Londres ya había resuelto la cuestión a su manera. El proceso había comenzado temprano: el 27 de febrero de 1821, Luis López Méndez, como ministro plenipotenciario colombiano, firmó en Londres con James Mackintosh un contrato para el suministro de 10 000 dotaciones militares individuales a quince libras esterlinas cada una. Era un contrato de crédito respaldado por un Estado que Gran Bretaña aún no reconocía. En rigor jurídico, la operación era anómala; en la práctica comercial londinense, era rutina.

Sobre esa base se levantó una arquitectura financiera de envergadura. La casa B. A. Goldschmidt y Compañía gestionó al menos dos embarques de oro colombiano en 1824, con facturas que sumaron más de 200 000 libras esterlinas destinadas al flete, seguros y comisiones asociadas al servicio de la deuda externa. El capital fluía de Bogotá a Londres, oro efectivo remitido por una república formalmente inexistente para la Corona británica, y regresaba en forma de empréstitos con los que Colombia financiaba su ejército, su administración y su propia diplomacia. La lógica del ciclo era conocida en los círculos económicos de la época: los empréstitos ingleses funcionaban como mecanismo de expansión del mercado para las manufacturas británicas, y el gobierno inglés desplegó una energía desconocida hasta entonces para llevar el comercio inglés a esos mercados. La independencia hispanoamericana no era, para la City, un problema jurídico: era una oportunidad estructural.

Los dos empréstitos suscritos por Zea en 1820 y 1822, y el mayor de todos, el de 1824 gestionado por Goldschmidt por un nominal de 4 750 000 libras esterlinas, alimentaron una euforia especulativa que los suscriptores londinenses vivieron con la misma intensidad que las emisiones peruanas, mexicanas o chilenas de esos años. Los precios de colocación oscilaban entre el 84 y el 88 por ciento del valor nominal, y las comisiones de la casa emisora, sumadas a los descuentos, reducían el ingreso efectivo del tesoro colombiano a proporciones significativamente menores. Cada libra que llegaba a Bogotá había pasado por manos que se cobraban su intermediación en Londres, sin que ninguna cámara diplomática colombiana pudiera fiscalizar la operación con eficacia. Los debentures de la deuda colombiana cotizaban en la Bolsa de Londres. Desde 1827, su valor real caería a menos de la cuarta parte del nominal. Los hacendistas granadinos, atados al valor facial, no supieron leer la señal.

Este reconocimiento mercantil llevaba, hacia 1824, casi cuatro años de ventaja sobre el diplomático. Los cónsules nombrados por Canning desde 1822 supervisaban ya una red de intercambios activa. Cargamentos de textiles de Manchester, herramientas de Birmingham y manufacturas de Sheffield entraban por Cartagena y Santa Marta, y salían de vuelta cueros, quinas, tabaco y oro. La presión de esa red operaba desde el interior mismo de la política británica: los tenedores de bonos, las casas comerciales con agentes en Colombia, los aseguradores que cubrían las travesías, todos tenían interés en que el gabinete formalizara lo que la práctica ya había establecido.

Y sin embargo, Canning tardó. Del nombramiento de cónsules en 1822 a la decisión del gabinete en diciembre de 1824 pasaron veintisiete meses en los que el ministro consideró el reconocimiento inevitable pero no logró imponerlo. La demora obliga a matizar cualquier lectura que atribuya el desenlace exclusivamente a la presión del capital: si los empréstitos hubieran bastado, la decisión habría llegado en 1823. Faltaba otra cosa.

Faltaba, primero, resolver la ecuación europea. A diferencia de Castlereagh, que confiaba en la posibilidad de acción concertada entre las potencias, Canning no creía que los países europeos pudieran actuar de común acuerdo, y sospechaba particularmente de las intenciones francesas. En 1823, un ejército francés autorizado por la Santa Alianza había invadido España para restablecer el absolutismo de Fernando VII —los llamados Cien Mil Hijos de San Luis al mando del duque de Angulema— y en París, François-René de Chateaubriand, ministro de asuntos exteriores, había convertido esa intervención en símbolo de la Restauración triunfante. El temor británico era que, tras España, viniera América: que Francia o una fuerza aliada intentara la recolonización de las antiguas colonias españolas.

El Congreso de Verona de octubre de 1822, última reunión plena del sistema de conferencias inaugurado en Aquisgrán, había mostrado a Canning los límites de la política concertada. La delegación británica, encabezada por Wellington, se había opuesto sin éxito a la autorización de la intervención francesa en España. De aquel desencuentro derivó la doctrina que Canning enunciaría más tarde: cada potencia por su cuenta y ninguna por todas. Llevar esa doctrina al terreno americano exigía un margen de maniobra que solo se abría cuando las circunstancias militares en el hemisferio permitieran presentar el reconocimiento como constatación de un hecho, no como iniciativa política que pudiera interpretarse como provocación a Madrid o a la Alianza.

Faltaba, segundo, la certeza militar. Mientras existiera una posibilidad razonable de que España, con o sin ayuda europea, revirtiera la independencia, reconocer a Colombia era exponerse a un ridículo diplomático y a una guerra evitable. Esa certeza llegó a mediados de diciembre de 1824. El día 9 de ese mes, en los Andes peruanos a tres mil metros de altitud, Antonio José de Sucre, lugarteniente de Bolívar, derrotó al ejército realista en la batalla de Ayacucho. Junto con Junín, obtenida meses antes, la victoria destruía las últimas grandes unidades realistas en el continente y ponía fin efectivo a la posibilidad de reconquista española. Resistencias menores continuarían hasta la toma de El Callao en 1826, epílogo de la dominación imperial española en América, pero la cuestión estratégica quedaba resuelta.

La noticia de Ayacucho tardó semanas en cruzar el Atlántico y no había llegado a Londres cuando el gabinete deliberó en diciembre de 1824. Lo que sí había llegado eran los partes acumulados de todo el año: la campaña de Sucre en el sur, la debilidad terminal del ejército realista de La Serna, la escasez de refuerzos peninsulares, la ausencia de una escuadra española capaz de sostener operaciones anfibias en el Pacífico. La irreversibilidad militar era ya evidente para cualquier observador informado. Canning obtuvo del gabinete la aprobación del reconocimiento en ese mes, cuando esa irreversibilidad acababa de quedar establecida. El capital había preparado el terreno durante años, pero fue el fusil de Sucre el que retiró el último obstáculo político. El reconocimiento formal se materializó en 1825, con la conclusión del tratado comercial que le daría cuerpo institucional.

Hay otra clave para explicar la decisión: el equilibrio de poder frente a Estados Unidos. Castlereagh ya había considerado que Hispanoamérica podía ser un contrapeso doble, contra un desequilibrio europeo si se colocaba al lado británico, y contra el ascenso estadounidense en el hemisferio occidental, y Canning heredó esa visión. La Doctrina Monroe de diciembre de 1823 había proclamado un principio de exclusión europea que, si se dejaba operar sin réplica británica, entregaría el continente a la sola influencia de Washington. Reconocer a Colombia y firmar con ella un tratado comercial era anticiparse a ese vacío. Canning actuó cuando la City lo empujaba desde dentro, cuando Ayacucho eliminaba el riesgo desde fuera y cuando Monroe le ofrecía desde el norte una razón geopolítica para no seguir esperando.

El tratado comercial firmado en 1825 dio forma jurídica a la relación. Las instrucciones del Consejo de Gobierno colombiano a sus plenipotenciarios fueron pragmáticas: agotar los esfuerzos por modificar los términos propuestos por los comisionados británicos y, si no se lograba, aceptarlos como estaban. El desequilibrio de poder era evidente, pero Colombia no negociaba desde la desesperación: obtenía a cambio el reconocimiento formal de la primera potencia atlántica, con todos los efectos legales, comerciales y de prestigio que eso arrastraba consigo. El articulado sobre marina mercante lo mostraba con claridad. La Ley colombiana del 29 de septiembre de 1821 había fijado como única condición para nacionalizar un barco que perteneciera en dominio y propiedad a un ciudadano de Colombia; el tratado con Inglaterra introdujo la exigencia adicional de que los buques fueran construidos en el país, requisito que habría paralizado el desarrollo naval de una república sin astilleros. Un artículo adicional eximió por siete años de esa cláusula, permitiendo que los buques adquiridos en el exterior fueran considerados colombianos a los efectos del convenio. La Ley del 1.º de mayo de 1826 incorporó el nuevo régimen al derecho interno. En materia arancelaria, la tarifa de 1821 había colocado a Jamaica y Santo Tomás en condición inferior respecto a los países europeos y Estados Unidos: la discriminación castigaba a las plazas de intermediación caribeña en beneficio de los productores atlánticos directos. Colombia se integraba al circuito atlántico con Londres, París y Washington como interlocutores principales, y relegaba la intermediación de las Antillas coloniales.

El tratado con Estados Unidos de 1822 había marcado, según la fórmula de la época, el fin de la etapa en la que las relaciones diplomáticas colombianas giraban en torno a la cuestión del reconocimiento; desde entonces giraron en torno a ese tratado. Con el tratado británico de 1825, esa nueva etapa se consolidaba: Colombia ya no negociaba su existencia como Estado, sino los términos concretos de su inserción en el sistema atlántico. Los tratados firmados con las ciudades hanseáticas y con otras potencias en los años inmediatamente siguientes replicaron las cláusulas centrales del texto británico, señal de que Londres había fijado un patrón que los demás recogieron sin discutirlo demasiado.

El reconocimiento británico coronó en apariencia el proyecto internacional bolivariano y abrió la puerta a la asamblea que Gual venía preparando desde 1822: el Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado en 1826 en Ciudad de Panamá como intento de consolidar una unión hispanoamericana capaz de dialogar como bloque con las potencias. El congreso reunió delegados de varias repúblicas americanas y contó con la observación británica, pero no produjo los resultados que Bolívar esperaba. Para entonces, la Gran Colombia empezaba a evidenciar las tensiones internas —entre centralistas y federalistas, entre Venezuela, Nueva Granada y Quito— que acabarían por disolverla tras la muerte del Libertador en 1830, cuando el territorio se fragmentó en Venezuela, Ecuador y Nueva Granada, esta última que retomaría el nombre de Colombia solo en 1863.

La delegación estadounidense enviada al congreso llegó tarde y de manera incompleta: Anderson murió en Cartagena antes de arribar, y John Sergeant no alcanzó a llegar a Panamá antes del traslado de las sesiones a Tacubaya, donde el proyecto se disolvió sin producir el sistema de garantías mutuas que Gual había imaginado. El Foreign Office envió a Edward Dawkins como observador, con instrucciones estrictas de no comprometer al gobierno británico en ninguna alianza panamericana. La asamblea produjo un tratado de unión, liga y confederación perpetua que solo Colombia ratificó, y quedó como monumento de una aspiración desmentida por los hechos que el propio reconocimiento internacional había desencadenado: reconocidas por separado, las repúblicas descubrieron pronto que sus intereses inmediatos las alejaban unas de otras más de lo que las acercaban.

La influencia británica efectiva, una vez obtenido el reconocimiento, resultó más limitada de lo que la insistencia diplomática de Bogotá durante cinco años sugería. El cuadro grancolombino fue cualitativamente distinto al de Argentina o Brasil: la presencia extranjera era relativamente pequeña, y Londres se mantuvo generalmente indiferente a los eventos en Bogotá. La City había apostado en 1821-1824 con energía; ganado el reconocimiento y firmado el tratado, la atención imperial se desplazó hacia mercados más rentables. La caída en el valor real de los debentures colombianos desde 1827 fue la contracara financiera de esa desatención. Los tenedores de bonos formaron comités en Londres para reclamar el servicio de la deuda, pero sus gestiones ante el Foreign Office se toparon con la doctrina que Canning había establecido: el gobierno británico no defendía con instrumentos diplomáticos las inversiones privadas de sus súbditos en países extranjeros. La City había arrastrado al Estado hasta el reconocimiento; el Estado, una vez logrado el objetivo mayor, no seguiría arrastrado por la City en sus reclamaciones menores.

Bolívar, que había admirado el modelo constitucional británico y el poder ascendente de Gran Bretaña desde las guerras napoleónicas, lamentó profundamente la muerte de Canning en agosto de 1827: veía en él al estadista europeo que había comprendido a América Latina. Sus advertencias posteriores sobre Estados Unidos y sus inclinaciones más favorables a las monarquías, o a las repúblicas fuertemente presidencialistas, delataban al hombre que había apostado por una tutela británica benévola y descubría, al final de la década, que ninguna potencia sostiene indefinidamente a un socio menor por gratitud revolucionaria. Los banqueros aceptaron a la joven república antes que los diplomáticos; los cónsules operaron antes que los embajadores; el oro se movió antes que las notas verbales. Cuando el gabinete de Saint James sancionó lo que la City llevaba años dando por hecho, Colombia aprendió a la vez a existir en el mundo y a existir en un mundo que no la esperaba: sin tutela, sin protección, expuesta a los ciclos del capital, a la caída de los debentures y a la desatención imperial una vez agotada la novedad.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

18 documentos · 29 fragmentos
01Uniting States: Voluntary Union in World PoliticsJoseph M. Parent · 2011 · p. 41 cita
[1]was available to send forces to the New World, but not in the desired numbers over a number of years. While Britain did not interdict Spanish reinforcements, it did not nancially support Spain’s eort, and that had an equally arresting eect. 8 The 1819 Congress of Angostura brought to life many of Bolívar’s ideas,…p. 4
02El marxismo en ColombiaOrlando Fals Borda, Gerardo Molina, Carlos Uribe Celis, Ricardo Sánchez, Klaus Meschkat, Gonzalo Cataño, Fernando D'Janon, Gabriel Misas, Darío Fajardo, Eduardo Pizarro · 1984 · p. 821 cita
[2]por eso fue figura prominente en ese diciembre de 1819. 46) “ El doctor Roscio (...) — se ñ ala Marx — lo persuadi ó (a Bol í var) de que proclamara a Nueva Granada y Venezuela como ‘ Rep ú blica de Colom bia ” ’. /B,p.87/ No cabe duda de que Bol í var estaba rodeado de una suerte de “ inteligentzia ” que le hac í a…p. 82
03Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader · 2002 · p. 172 citas
[3]popular cada cuatro años. Su denominación como República de Co- lombia fue propuesta por el general Simón Bolí- var durante el congreso de Angostura en 1819, como homenaje al descubridor Cristóbal Colón. Desde esa fecha hasta 1831 la República de Co- lombia comprendía todo el territorio que abarca- ba el antiguo…p. 17
[4]popular cada cuatro años. Su denominación como República de Co- lombia fue propuesta por el general Simón Bolí- var durante el congreso de Angostura en 1819, como homenaje al descubridor Cristóbal Colón. Desde esa fecha hasta 1831 la República de Co- lombia comprendía todo el territorio que abarca- ba el antiguo…p. 17
04Historia de Colombia. La Gran Colombia II. Tomo 10Juan Salvat, Roberto García Rojas (directores); Ricardo Martín (director de la obra); Gonzalo Hernández de Alba (director científico) · p. 331 cita
[5]fundamental del Congreso, el antiguo virreinato de Nueva Granada y la antigua Capitania General de Venezuela se unian para formar un solo Estado. fruto de su madura inteligencia, don Pedro Gual tra- duce a la realidad las ideas inspiradoras de Bolivar y en primer lugar organiza la propia Secretaria de Relaciones…p. 33
05Historia mínima de ColombiaJorge Orlando Melo · 2017 · p. 1141 cita
[6]Francisco Miranda para toda la Am é rica independiente, para un estado que seg ú n Bol í var deb í a incluir el territorio del virreinato: Caracas, Bogot á, Quito y Panam á. Bol í var fue elegido presidente y el neogranadino Francisco Antonio Zea vicepresidente. Los patriotas organizaron el gobierno en Bogot á, pero…p. 114
06Historia de Colombia. La Gran Colombia I. Tomo 9Salvat Editores (Dirección: Juan Salvat, Roberto García Rojas; Director científico: Gonzalo Hernández de Alba) · 1988 · p. 47, 512 citas
[7]la derecha, otra de las banderas espanolas que figura en el Museo Nacional es esa del siglo xv, que lleva los escudos de Castilla y de Leon. El economista caraqueno Pedro Gual, Secretario de Hacienda y de Relaciones Exteriores con Santander. Su nombramiento para el primer cargo obedecia al deseo de sanear las finanzas…p. 47
[9]«América para los ame- ticanos». Esta filosofia rechazaba toda intervencién politica y militar de los regimenes europeos en los asuntos de este continente y tuvo una acogida en- tusiasta en los altos circulos del gobierno colom- biano. Asi, por ejemplo, en la Gaceta de Colombia, de febrero de 1824, se publicaron los…p. 51
07Colombia: A Concise Contemporary HistoryMichael J. LaRosa, Germán R. Mejía · 2023 · p. 2391 cita
[8]var is best known, perhaps, for his unambiguous, provocative, and somewhat prophetic comment in another letter dated 1829. He warned, “The United States... seems destined by Providence to plague America with torments in the name of freedom.” 3 Bushnell suggests that the monarchist- leaning Liberator was lamenting the…p. 239
08La colonización antioqueña: una empresa de caminosEduardo Santa · 2016 · p. 931 cita
[10]se tiene en cuenta que era con algunos países europeos, especialmente con Inglaterra y Francia, lo mismo que con los Estados Unidos de Norteamérica, que los dirigentes republicanos tuvieron contacto durante los años de la Independencia y algunas décadas posteriores. De los mencionados países recibieron nuestros…p. 93
09Gran Bretaña y la Independencia de Venezuela y ColombiaD. A. G. Waddell · 1983 · p. 255, 2592 citas
[11]la opinión de Castle reagh, que Hispano América tenía extraordinaria importancia política, porque si se rompía el balance de poder en Europa, esas naciones podían ser un importante contrapeso si se colo caban al lado británico y porque podían contrarrestar a los Estados Unidos en el hemisferio occidental. Con…p. 255
[13]sobre la interpretación que Colombia le debía dar a esa frase para los fines de defensa. En su respuesta Hamilton se atuvo en forma estricta a las instrucciones que le había entregado Canning, señaló que si bien Gran Bretaña no se oponía a que se produjese un enten dimiento entre España y sus colonias, no lo aceptaría…p. 259
10Simón Bolívar: A LifeJohn Lynch · 2007 · p. 2431 cita
[12]and Nicaragua, which were not in his gift – in exchange for aid. 76 Basically he doubted the capacity of the people of South America to defend themselves and to democratize their societies; they needed a tutor and protector. He was impressed by the liberal credentials of Britain, a constitutional model for those who…p. 243
11La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidadSytze van der Veen · 2018 · p. 116, 132, 136, 152, 1555 citas
[14]Colombia y la Gran Holanda 1815-1830 120 al mundo. Si bien ninguna potencia se dignó a reaccionar, en círculos gu- bernamentales el grito del corazón de Zea sí que fue advertido. El enviado colombiano entregó un ejemplar a Robert Fagel, el embajador holandés en París, que a su vez envió el «singular» documento a La…p. 116
[16]Holanda 1815-1830 136 Nudo colombiano La relación holandesa con Colombia tomó forma en este campo de ten - siones entre corrección política y oportunismo económico. La prohibición aliada de acercamiento incentivó aún más a Guillermo I a seguir su propio derrotero. La carga ideológica reforzó la pose de autonomía que…p. 132
[17]a su vez informó a las autoridades colombianas que en adelante los barcos de la república eran bienvenidos en Willemstad. Pedro Gual, el ministro de Relaciones Exteriores colombiano, expresó su agradecimiento ante la generosidad holandesa, comunicando que su go- bierno ya había nombrado un enviado y que partiría para…p. 136
[18]de varios diplomáticos; Webster, Britain and the independence of Latin America, tomo ii, Bagot a Canning, 4-1-1825. 10 anpb / rree 411, circular de Van Reede, 22-2-1825. 11 anpb / rree 409-410, cartas de S. Dedel (Madrid), G.K. Spaen (Viena), J. van Heeckeren (San Petersburgo) y R. Fagel (París); «Protocols of the…p. 155
[28]sur y el este del Perú seguían firmemente en manos españolas, mientras que el norte estaba más o menos controlado por los insurgentes. El congre - so republicano celebrado en Lima otorgó poderes militares a Bolívar para liberar el resto del país. La guerra culminó el 8 de diciembre de 1824 en la batalla de Ayacucho,…p. 152
12The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · p. 1071 cita
[15]from time to time in the 1830s and 1840s and had some impact on at least a few young New Granadans. 30 Some other creole savants who escaped execution were diverted into political leadership and permanently lost to science. Francisco Antonio Zea, at one time director of the Botanical Gardens of Madrid (1805-1808),…p. 107
13Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. "Decid Colombia sea, y Colombia será"Armando Martínez Garnica · 2019 · p. 377, 380, 3883 citas
[19]deuda nacional doméstica y extranjera. Bogotá, 10 de septiem - bre de 1823” (Gaceta de Colombia, 125, 7 de marzo de 1824; 129, 4 abril 1824; 130, 11 abril 1824; 131, 18 abril 1824 y 132, 25 abril 1824). 166 Cada una de las 10 000 dotaciones individuales (de 15 libras de costo) se componía de 2 chaquetas, 1 pantalón de…p. 377
[20]y 500 libras) cuyo valor real en la Bolsa de Londres se redujo a menos de la cuarta parte desde 1827. Los hacendistas granadinos no comprendieron este fenómeno y menos los críticos (tanto de la Administración Santander como de los negociadores de los dos empréstitos), que siempre hicieron sus cuentas con los valores…p. 388
[22]español equivalían a 1252,10.12 onzas inglesas, y como 134 onzas de oro de Colombia equivalían a 116,8.12 onzas inglesas, la cuenta se ajustó a 105 990 libras esterlinas. Adicionando los gastos involucrados por el flete (corretaje, enfardado, cajones y marcas, muelle y embarque, lancha, carretilla del banco, flete),…p. 380
14Introducción a la historia económica de ColombiaÁlvaro Tirado Mejía · 2019 · p. 2161 cita
[21]para explorar las posibilidades mineras en casi todos los países de América Latina.¹⁸⁴ Inglaterra, el más avanzado país capitalista de la época, tenía un excedente de capital inactivo para poner a circular fuera de sus fronteras, y las manufacturas inglesas, producidas con la técnica más avanzada del momento,…p. 216
15Industria y protección en Colombia, 1810-1930Luis Ospina Vásquez · 2017 · p. 229, 234, 2403 citas
[23]fin, que tenemos medios para fomentar nuestra marina, aun cuando sean iguales los derechos que pagan las mercade- rías introducidas en buques ingleses y en colombianos, se acordó que se instruyera a nuestros Plenipotenciarios 235 Iíndicers t aeócouurpí oí Cólóvxrs 1810-1930 que después de haber hecho, como lo han…p. 234
[24]cuyo capitán y tres cuartas partes de los marineros, a lo menos, sean ciudadanos colom- bianos…». Esto se modificó en un artículo adicional al tratado, en el sentido de que, por espacio de siete años, se prescindiría de la necesidad de que el buque fuera cons- truido en Colombia para que se le tuviera por colombiano…p. 229
[25]un papel de importancia principal en toda la vida de Colombia: puede decirse que sus relaciones diplomáticas giraron alrededor de ella hasta que se hubo celebrado el tratado con los Estados Uni- dos que marcó su terminación. Luego giraron alrededor de ese tratado; y no se borrará fácilmente la memoria de la…p. 240
16Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 4031 cita
[26]ejércitos colombianos. Se precipitan por ella y su periplo los llevará a librar batalla contra las tropas peruanas y alto peruanas, con la ayuda de los ejércitos de San Martín y de O’Higgins. Las victorias de Junín y de Ayacucho, en 1824, destruyen las últimas grandes unidades realistas en América. En 1826, la toma de…p. 403
17Repúblicas en armas: Los ejércitos bolivarianos en la guerra de Independencia en Colombia y VenezuelaClément Thibaud · 2003 · p. 4031 cita
[27]ejércitos colombianos. Se precipitan por ella y su periplo los llevará a librar batalla contra las tropas peruanas y alto peruanas, con la ayuda de los ejércitos de San Martín y de O’Higgins. Las victorias de Junín y de Ayacucho, en 1824, destruyen las últimas grandes unidades realistas en América. En 1826, la toma de…p. 403
18The Struggle for Power in Post-Independence Colombia and VenezuelaMatthew Brown · 2012 · p. 311 cita
[29]masters (return post from Bogotá to London was anywhere upward of five months in 1829). 30 Relatively few resources were assigned to the region compared to elsewhere. The existence of any British informal empire was, therefore, sharply limited in scope, in time, and in place. 31 Those passing moments of effective…p. 31