Privacidad y medición

¿Nos permite medir el uso del archivo?

Usamos Google Analytics para conocer, de forma agregada, qué páginas se leen y mejorar la navegación. Google Tag Manager no se carga hasta que usted lo acepte. Puede rechazarlo o cambiar su decisión después. Más información sobre privacidad y analítica.

Hecho histórico · Colonia · 1600–1780

Letras criollas del barroco neogranadino (1636–1688)

Entre 1636 y 1688, un puñado de eclesiásticos, oidores, monjas y funcionarios del Nuevo Reino de Granada produjo las primeras obras que la tradición reconoce como punto de partida de la literatura colombiana: la prosa mestiza de Rodríguez Freyle, la poesía culterana de Domínguez Camargo, la mística de la Madre Castillo y la historiografía criolla de Piedrahíta, todas escritas en un territorio sin imprenta y circuladas en manuscrito.

Letras criollas del barroco neogranadino (1636–1688)
1636–1688
01

Ficha del acontecimiento

Síntesis

Cuándo
1636–1688
Dónde
Tunja, Popayán, Quito, Nueva Granada, Santafé de Bogotá, Cartagena de Indias, Amberes
Protagonistas
Juan Rodríguez Freyle, Hernando Domínguez Camargo, Lucas Fernández de Piedrahita, Francisca Josefa de la Concepción del Castillo (Madre Castillo), Juan Flórez de Ocáriz, Pedro de Solís y Valenzuela, Bruno de Solís y Valenzuela, Juan de Cueto y Mena, Jacinto de Evia, Antonio Bastidas, Real Audiencia de Santafé, Compañía de Jesús
02

Lectura causal

Causas, hecho y consecuencias

Causas

  1. La ausencia de imprenta en el Nuevo Reino de Granada durante casi todo el período colonial obligó a que la producción letrada circulara en manuscrito, creando una cultura textual cerrada y de élite que favoreció la acumulación de obras sin difusión pública inmediata.
  2. La estructura social colonial —que reservaba los oficios nobles y el acceso a colegios mayores a los 'limpios de sangre'— canalizó a más del noventa por ciento de los escritores hacia la carrera eclesiástica, convirtiendo a la Iglesia en el principal motor de la producción intelectual.
  3. La temprana acogida del culteranismo y el conceptismo españoles en los colegios jesuíticos del reino proporcionó a los letrados criollos las gramáticas formales con las que ensayar una voz propia sobre materia americana.
  4. El crecimiento de las fundaciones conventuales femeninas desde 1574 creó espacios donde algunas mujeres pudieron desarrollar aptitudes intelectuales —latín, composición poética, mística— que el orden doméstico colonial les habría negado.
  5. La institucionalización del archivo de la Audiencia en 1645 y la organización de la memoria documental del reino estimularon la escritura historiográfica criolla como forma de legitimar la identidad del Nuevo Reino ante la Corona.
1636–1688Letras criollas del barroco neogranadino (1636–1688)

Consecuencias

  1. El corpus barroco neogranadino estableció los textos fundacionales de la literatura colombiana: El Carnero como primer relato interior del reino, la poesía de Domínguez Camargo como inicio de la lírica colombiana, y los Afectos espirituales de la Madre Castillo como cima del misticismo en lengua castellana producido en América.
  2. La Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada de Piedrahíta, publicada en Amberes en 1688 y dedicada a Carlos II, proyectó por primera vez la historiografía criolla neogranadina al circuito editorial europeo.
  3. El barroquismo neogranadino sobrevivió en forma degradada hasta la segunda mitad del siglo XVIII, demostrando que las formas adoptadas en este período se convirtieron en el idioma literario dominante del reino durante más de un siglo.
  4. La circulación manuscrita de obras como El Carnero —que no llegó a la imprenta hasta 1859— retrasó la formación de un público lector amplio y condicionó la recepción tardía de la literatura colonial neogranadina.
  5. El modelo del intelectual eclesiástico, consolidado en este período, dominó la vida letrada del Nuevo Reino durante más de siglo y medio, configurando una tradición en la que la escritura y el poder religioso fueron inseparables.
03

La clave interpretativa

Por qué importa

Este medio siglo representa el primer momento en que la escritura producida en el Nuevo Reino de Granada deja de pensarse como crónica de conquista para convertirse en voz de un territorio con historia propia: es el laboratorio donde nace la conciencia criolla letrada colombiana. La paradoja estructural del período —obras de alta ambición formal escritas sin imprenta, sin público impreso y en los márgenes materiales del imperio— explica tanto la riqueza como el silencio prolongado de ese corpus, que la tradición literaria colombiana no pudo leer en su conjunto hasta siglos después de producido.
04

Desarrollo histórico

La historia completa

Letras criollas del barroco neogranadino (1636–1688)

Entre 1636, cuando Juan Rodríguez Freyle concluye El Carnero, y 1688, cuando Lucas Fernández de Piedrahíta publica en Amberes su Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada, transcurre medio siglo en el que un puñado de eclesiásticos, oidores, monjas y funcionarios santafereños y tunjanos ensaya, por primera vez, una escritura que ya no se piensa como parte de la conquista sino como voz de un reino con historia propia. No es una eclosión: es una acumulación tenaz de manuscritos, sermones, poemas culteranos, autobiografías místicas y crónicas híbridas producidos en un territorio sin imprenta, gobernado desde el altiplano por una Audiencia formalista y una arquidiócesis creciente. De ese medio siglo salen las primeras obras que la tradición reconocerá como el punto de partida de la literatura colombiana: la poesía de Hernando Domínguez Camargo, la prosa mestiza de Rodríguez Freyle, la mística de Francisca Josefa del Castillo, la historiografía criolla de Piedrahíta. Todas se escriben en los márgenes materiales del imperio y en el centro simbólico de una élite que aprende a nombrarse desde el barroco.

El reino que aprende a escribirse

El Nuevo Reino de Granada del siglo XVII no era Nueva España ni Perú. La Real Audiencia había preferido, desde el siglo anterior, el altiplano interior —entre Tunja y Santafé de Bogotá— a las ciudades del litoral. Esa elección geográfica pesó sobre la vida letrada: el reino administrativo era una república de montaña, alejada del mar y de la metrópoli, donde el formalismo jurídico y eclesiástico ocupó el lugar que en los virreinatos mayores tenían la corte y el comercio. Santafé se consolidó como centro por su condición de cruce de caminos y por la barrera de montañas que la protegía; Tunja, ciudad de hidalgos y conventos, arrastraba en cambio un estancamiento demográfico llamativo —apenas quinientos vecinos españoles ciento cincuenta años después de su fundación— pese a la abundancia de fundaciones religiosas enriquecidas por donaciones.

Ese reino no tuvo imprenta durante casi todo el período colonial, mientras México y Lima imprimían desde el siglo XVI. La consecuencia es estructural, no anecdótica: la producción letrada neogranadina circuló, se enseñó y se conservó por vía del manuscrito y del dictado. En los colegios mayores, el dictado y la copia manuscrita se mantuvieron como métodos imposibles de abandonar, pese a los intentos por sustituirlos con libros impresos. Un inventario individual del período consigna, en manos de un solo doctor, cincuenta y ocho cuadernos manuscritos "de mano" que iban de la gramática a la teología: la vida intelectual entera cabía en cuadernos copiados a pluma. En 1651 Felipe IV autorizó la creación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Santafé, y poco después la institución dispuso el gasto de cien pesos para comprar ejemplares del curso de artes con el fin de que los escolares tuvieran textos propios y se pudiera abandonar el dictado. La medida fracasó: el dictado siguió siendo el modo dominante de transmisión.

A esta economía manuscrita se sumaba el filtro del Consejo de Indias, que otorgaba licencias de impresión, ejercía la censura y determinaba quiénes podían leer la documentación estatal. El archivo mismo era instrumento de gobierno: en 1645, el presidente Juan Fernández de Córdoba organizó el archivo de la Audiencia en Santafé y encargó su custodia al cronista Juan Flórez de Ocáriz. El gesto institucionalizó el archivo como espacio de custodia textual y situó la escritura en el corazón de la maquinaria imperial.

Los que escribían eran, casi sin excepción, eclesiásticos. Más del noventa por ciento de los autores neogranadinos conocidos entre los siglos XVII y XVIII pertenecieron al clero. Las excepciones laicas se cuentan con los dedos: Rodríguez Freyle, Francisco Álvarez de Velasco y una media docena de funcionarios como los oidores Pedro Fernández de Valenzuela y Gabriel Álvarez de Velasco, el propio Flórez de Ocáriz, el alférez José Nicolás de la Rosa y don Francisco Silvestre. La razón es estructural: el acceso a colegios mayores, seminarios y universidad exigía probar limpieza de sangre y que ni el aspirante ni sus padres hubieran ejercido oficios manuales o "bajos". Los oficios nobles —la jurisprudencia, la carrera eclesiástica, la administración— quedaban reservados a los "limpios de sangre"; los manuales, a mestizos y aculturados. Para el "limpio" sin encomienda ni hacienda, la Iglesia y el derecho eran las únicas salidas. La literatura del reino nació de esa canalización.

Que la literatura del XVII fuera más religiosa que la del siglo anterior no es, entonces, una elección temática: es el efecto de una estructura. Y sin embargo, dentro de ese cauce eclesiástico y jurídico, el barroco español —culteranismo y conceptismo— encontró tempranamente en Santafé, Tunja y sus periferias un terreno donde ensayar una voz que ya no era la del conquistador.

Rodríguez Freyle y la crónica que se vuelve otra cosa

Juan Rodríguez Freyle concluyó hacia 1636 el manuscrito que la posteridad conocería como El Carnero. Murió cuatro años después, en 1642, sin verlo impreso. La obra tardó más de dos siglos en llegar a la imprenta: se publicó en 1859. Entre la escritura y la circulación pública mediaron siete generaciones de lectores manuscritos, copistas y silencios: nada ilustra mejor la economía textual del reino.

El Carnero es un objeto genéricamente inclasificable. Concebido inicialmente como crónica del Nuevo Reino de Granada, se apoya en las obras del franciscano fray Pedro Simón y del clérigo Juan de Castellanos, además de una nutrida tradición oral americana, pero desborda de inmediato el molde cronístico. Barroco con inflexiones picarescas, mezcla de crónica histórica y ficción, el libro entrevera el episodio moral, el chisme judicial y la reconstrucción de sucesos escandalosos de la vida santafereña con la narrativa de fundaciones y gobiernos. El propio título largo lo declara: para ejemplo y no para imitarlos por el daño de la conciencia. La dimensión moral está inscrita desde el enunciado, y sin embargo el placer narrativo del autor por los amoríos, envenenamientos y hechicerías que refiere hace de esa advertencia un dispositivo tan barroco como los otros: el sermón que legitima el relato del pecado.

Rodríguez Freyle escribe, además, desde el bagaje culto que exhibe con orgullo: cita a autores clásicos, invoca la mitología greco-romana, se apoya en referencias españolas. No es un cronista rústico. Es un letrado laico —una rareza en su medio— que ha pasado por la escuela y que reclama, mediante la erudición desplegada, el derecho a narrar el reino desde dentro. Es el primer texto de la Nueva Granada donde el santafereño narra Santafé sin ser un extranjero recién llegado. La atmósfera del altiplano, la vida judicial de la Audiencia, los pleitos entre encomenderos y oidores, las historias de las mujeres letradas o hechiceras del vecindario: todo eso ingresa al texto como material propio, no como reporte para el rey lejano.

La crónica colonial neogranadina es una paraliteratura áspera e inocente, reflejo de la pobreza, la austeridad y la falta de gloria de una sociedad marcada por el poder creciente de la Iglesia. El Carnero asume esa aspereza y la transforma en su materia: no hay conquistas grandiosas, no hay Moctezuma ni Atahualpa; hay pleitos de solar, adulterios entre oidores, brujas del páramo. El reino que emerge no es glorioso, y precisamente por eso es identificable como reino propio.

Domínguez Camargo y el culteranismo que se hace americano

Si Rodríguez Freyle inaugura la prosa criolla del reino, Hernando Domínguez Camargo, santafereño, es el verdadero punto de partida de la poesía colombiana. La distinción importa: antes de él, Juan de Castellanos —español enraizado en la Nueva Granada, cura y cronista de Tunja— había sido considerado iniciador de la poesía en estas tierras, pero como un iniciador aún ligado a la voz peninsular y a la mirada del conquistador letrado. Domínguez Camargo, en cambio, escribe desde la formación jesuítica, desde el manejo virtuoso de la lengua culterana y desde una posición que ya no es la del recién llegado.

Su culteranismo se inscribe en la corriente gongorina que dominó la lírica hispánica del siglo. En el Nuevo Reino, esa corriente —junto con el conceptismo— tuvo temprana acogida y determinó el desarrollo de las letras a lo largo de todo el siglo XVII, prolongándose incluso, en forma de barroquismo degradado, hasta la segunda mitad del XVIII. Pero el culteranismo neogranadino no fue mera copia: fue apropiación. Al lado de Domínguez Camargo, otros escritores del reino cultivaron el barroco con matices distintos: Juan de Cueto y Mena con predominio también gongorino; los hermanos Pedro y Bruno de Solís y Valenzuela y Francisco Álvarez de Velasco con predominio conceptista. En todos ellos las dos corrientes se funden más que separarse. Es un barroco de laboratorio en el sentido más literal: obras concebidas en el aula jesuítica y en la celda conventual, sin público impreso al que dirigirse, escritas para circular manuscritas entre pares que las leen como quien prueba una fórmula. El letrado criollo ensaya sobre materia local las dos gramáticas mayores del siglo español, y esa materia —el volcán, el arcángel, el río Chillo, la cabeza cortada del mártir— resiste, se deforma y devuelve al culterano una lengua que en Córdoba o Madrid no habría podido escribirse.

El barroco americano se diferencia del español y del europeo por los rasgos que le imprime el mestizaje cultural entre la cultura originaria americana y la española. Esa diferencia no es programática en Domínguez Camargo —él no escribe manifiestos de americanidad—, pero está en el gesto mismo de escribir el paisaje, los santos, los ríos y los cielos del Nuevo Reino con la sintaxis retorcida y la metáfora sobrepuesta que Góngora había ensayado sobre otras materias. El culterano santafereño hereda las formas peninsulares y las aplica a un mundo que la lengua metropolitana no había cartografiado antes.

En torno suyo se congrega un tejido de letrados jesuitas y clérigos que circulaban entre Santafé, Tunja, Popayán y Quito: el jesuita Antonio Bastidas, el clérigo Jacinto de Evia, que en 1676 publicaría en Madrid el Ramillete de varias flores poéticas recogiendo obra de sus maestros y compañeros. Con ellos el culteranismo se vuelve idioma compartido entre los colegios de la orden en el norte del virreinato peruano. La poesía criolla no nace en soledad santafereña: nace en red jesuítica, en biblioteca conventual, en tertulia de colegio.

El claustro como taller: la Madre Castillo y la mística conventual

Paralela a la línea masculina del culteranismo y de la crónica, otra escritura se produce en el reino, en un espacio institucional muy distinto: el convento femenino. El fenómeno conventual femenino en el territorio de la actual Colombia se remonta al último tercio del siglo XVI —el primer convento fundado fue el de Santa Clara en Tunja en 1574, seguido por otros en Pamplona en 1584, Pasto en 1588 y Popayán en 1591—. Para el siglo XVII los claustros eran instituciones sociales complejas, con jerarquías internas rigurosas: monjas de velo negro, provenientes de las categorías sociales altas y con acceso al coro, frente a monjas de velo blanco o legas, con menos recursos; esclavas y seglares en funciones domésticas; presencia comprobable de mestizas en tareas subalternas, aunque la condición étnica limitaba el ingreso pleno.

Ese espacio, jerarquizado y sujeto al orden colonial, fue para algunas mujeres el único lugar donde podían desarrollar aptitudes intelectuales: aprender latín, componer poemas y pequeñas piezas teatrales, cultivar la música. En una sociedad donde el matrimonio y el convento eran las dos vías principales para las mujeres, el claustro representó, para quienes tenían inclinación letrada, una alternativa al tedio doméstico o al matrimonio impuesto. No era una función formativa institucional generalizada —el convento no se pensaba a sí mismo como escuela femenina—, sino una posibilidad que algunas religiosas convirtieron, por vocación individual, en oficio. Los rastros materiales de esa cultura conventual son visibles: los retratos póstumos de monjas, práctica común en los conventos femeninos hispanoamericanos, produjeron piezas como el de sor Tomasa Josefa de San Rafael, carmelita, pintado en 1768 por Manuel Merchán Cano, cuyas características formales dialogan con retratos similares de Nueva España y Perú.

La figura mayor de esa escritura es Francisca Josefa de la Concepción del Castillo, la Madre Castillo, monja clarisa de Tunja, autora de los Afectos espirituales y de una autobiografía espiritual que la tradición ha situado, junto a San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, entre los principales exponentes del misticismo en lengua castellana. La comparación tiene anclaje. Donde San Juan había cifrado la unión con Dios en el pastor herido bajo el árbol, o en la noche que guía al alma "más cierto que la luz del mediodía", la Madre Castillo escribe con la misma economía de imágenes que se pliegan sobre sí mismas —el alma como jardín cercado, como fuente que rebosa, como paloma que gime en las quiebras de la peña—, y sostiene una duración interior poco frecuente en la escritura devocional femenina de su tiempo. La sequedad y el desamparo, que Santa Teresa había fijado como estaciones obligadas del camino, reaparecen en los Afectos con acentos propios: el frío del claustro tunjano, la penumbra del coro, el páramo entrevisto por una reja se vuelven correlato sensible de la aridez espiritual. La prosa alcanza una intensidad interior que atraviesa las convenciones del género hagiográfico para producir un registro donde la introspección teológica se entreteje con la observación del cuerpo, del claustro, del paisaje sensible.

Su escritura pertenece al barroco en el sentido pleno: acumulación de figuras, hipérbole del sentimiento, alegorización constante de la experiencia. Pero pertenece también a una línea que la historia literaria masculina del reino no puede subsumir: la Madre Castillo escribe desde dentro del convento, desde la condición de mujer letrada sujeta a la obediencia y a la clausura, y su voz negocia autonomía dentro de la sujeción antes que emanciparse de ella. No es la voz emancipada de una moderna: es la voz que encuentra, en el ejercicio riguroso de las formas del misticismo español, un lugar donde ser inteligencia sin dejar de ser monja.

El desierto y la novela: los Solís y Valenzuela

Al lado de la mística conventual y de la lírica jesuítica, la prosa neogranadina del siglo XVII produjo también experimentos narrativos de largo aliento en manos de los hermanos Pedro y Bruno de Solís y Valenzuela, ligados al eremitorio del Desierto de la Candelaria, en Boyacá, y a la vida religiosa del altiplano. El Desierto no era un desierto: era un enclave agustino recoleto en la cordillera boyacense, plegado entre riscos y niebla, y esa geografía áspera —el silencio, la cueva, la lectura devota bajo un cielo bajo— entra en su prosa como paisaje moral antes que como paisaje descrito.

Su escritura es conceptista antes que culterana: donde Domínguez Camargo trabaja el hipérbaton y despliega la metáfora hasta velar el referente, los Solís aprietan la sintaxis en torno a una agudeza. La frase avanza por antítesis —el eremita que huye del mundo y lo lleva consigo, la cueva que es sepulcro y es cuna, el silencio que grita—, se anuda en paradoja y se resuelve en concepto. La cita bíblica no ornamenta: articula el razonamiento espiritual, se injerta en la meditación como pivote lógico. En El Desierto prodigioso y prodigio del desierto, la obra mayor del arco —atribuida a Pedro— la novela devota se organiza como una caja china de relatos ejemplares: un joven llega al eremitorio, encuentra un manuscrito, dentro del manuscrito hay una vida de santo, dentro de esa vida otra conversión, y cada nivel comenta al anterior. El eremita, el peregrino y el converso funcionan como figuras alegóricas del alma en camino, pero se sostienen también como personajes: dialogan, discuten pasajes escriturísticos, se corrigen mutuamente. La forma es la del diálogo hagiográfico —herencia de una tradición que va de Casiano a los ejercicios ignacianos—, y en manos de los Solís se vuelve máquina narrativa donde el ingenio conceptista se pone al servicio de una pedagogía del retiro.

Esa obra forma parte del mismo tejido en el que Domínguez Camargo escribe sus poemas y la Madre Castillo sus afectos: el de una élite letrada que, sin imprenta local, produce sin embargo obras de ambición formal considerable, destinadas a circular manuscritas entre conventos, colegios y bibliotecas privadas. Que existieran esas bibliotecas privadas está documentado. En Santafé, el canónigo Fernando de Castro y Vargas, fallecido en 1664, dejó una biblioteca notable para el coleccionismo librario del reino en el siglo XVII. No era la biblioteca de un virrey: era la de un canónigo santafereño, y sin embargo permitía imaginar en el altiplano una red de lectores capaces de sostener la circulación culterana y conceptista. El reino sin imprenta no era un reino sin libros: los libros llegaban de Sevilla y de Amberes, se copiaban a mano, se prestaban entre conventos y colegios, se citaban en sermones, se dictaban en aulas.

Fernando Fernández de Valenzuela, otro nombre del período, ilustra a su modo la temprana penetración del gusto barroco en el reino: joven letrado santafereño de comienzos del siglo, autor de una pieza dramática breve considerada uno de los primeros experimentos teatrales criollos, condensa la precocidad con que las formas peninsulares se ensayaron en el altiplano. Su parentesco con la familia Solís y Valenzuela ilumina algo que se repite en todo el arco: los apellidos que producen escritura son también los apellidos que producen canónigos, oidores y priores. La escena letrada del Nuevo Reino era pequeña, densa y familiar. Los apellidos se repiten —Solís y Valenzuela, Fernández de Valenzuela, Álvarez de Velasco—, los colegios son pocos, los conventos se cuentan, y sin embargo esa pequeñez concentrada produjo, en medio siglo, una densidad textual que ninguna otra región periférica comparable del imperio ostentaba. El Desierto de la Candelaria, con sus celdas y su biblioteca, es un buen emblema de esa paradoja: en un promontorio boyacense sin caminos fáciles, unos hermanos criollos escriben en conceptista cerrado obras que solo llegarían a la imprenta siglos después, y no obstante escriben como si el lector español las tuviera ya en las manos.

Piedrahíta y la historia como afirmación del reino

En 1688, el mismo año en que termina el arzobispado de Antonio Sanz en Santafé, sale de las prensas de Juan Baptista Verdussen en Amberes la Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada de Lucas Fernández de Piedrahíta, dedicada a Carlos II, rey de las Españas y de las Indias, con portada grabada por Joseph Mulder. La escena es reveladora: para publicar la historia del propio reino, un letrado neogranadino debía enviar el manuscrito a Flandes, pagarse el grabado en un taller europeo y dedicar el volumen al monarca en Madrid. El circuito de la impresión seguía siendo imperial; la escritura, local; el lector implícito, doble.

Piedrahíta pertenece al último tramo del arco que traza este medio siglo. Su Historia General no es una crónica de conquistador: es la reelaboración historiográfica, hecha por un eclesiástico criollo, de las fuentes anteriores —Castellanos, fray Pedro Simón, la tradición documental de la Audiencia— con el propósito explícito de dar al reino una historia digna de figurar entre las historias de las Indias. Es un gesto emparentado con lo que en Nueva España y en Perú habían hecho, ya antes, otros criollos historiadores: reclamar para el propio reino una dignidad narrativa que hasta entonces estaba concentrada en los relatos de conquista escritos por y para la metrópoli.

Que la obra saliera en Amberes, en el corazón de la Europa católica, y que estuviera dedicada al rey, muestra tanto la ambición como los límites de esa afirmación. El criollo letrado se dirige al monarca en el idioma retórico de la sumisión; pero el objeto que le entrega es la historia de su reino, escrita por él mismo, publicada en el norte de Europa, firmada con su nombre. En 1688, el reino tenía historia impresa: era la culminación de un proceso que había empezado, medio siglo antes, con el manuscrito inédito de Rodríguez Freyle.

El contexto eclesiástico había preparado el terreno con paciencia de siglo. Santafé había sido elevada a arquidiócesis en 1563, con fray Juan de los Barrios como primer arzobispo; su sucesor, Luis Zapata de Cárdenas, imprimió entre 1573 y 1590 el impulso evangelizador que consolidó el aparato religioso del reino, con visitas pastorales al altiplano, ordenanzas de doctrina y la organización de las parroquias de indios que abastecerían de feligresía a la naciente arquidiócesis. Sobre ese cimiento se levanta el arco eclesiástico contemporáneo al florecimiento letrado. Entre 1635 y 1654 la mitra estuvo en manos de fray Cristóbal de Torres, dominico, fundador precisamente del Colegio Mayor del Rosario: el mismo prelado que gobierna la arquidiócesis cuando Rodríguez Freyle acaba El Carnero funda la institución que dará al reino su principal semillero de letrados criollos, y no hay que forzar la lectura para ver en esa coincidencia una arquitectura del período. Le siguen, tras un intervalo, Juan de Arguinao entre 1661 y 1678, y Antonio Sanz entre 1681 y 1688: bajo estos dos últimos gobiernos maduran la lírica de Domínguez Camargo, se organizan las bibliotecas canonicales como la de Castro y Vargas, se copian los manuscritos de los Solís y Valenzuela, y se prepara —fuera del reino, pero por mano criolla— la impresión amberina de Piedrahíta. La cronología no es paralela: es la misma. La Iglesia no acompaña la escritura del reino; la sostiene, la dirige, la produce, la censura y, en última instancia, la firma.

Un barroco de compensación

Visto de conjunto, el medio siglo que va de El Carnero a la Historia General de Piedrahíta configura un fenómeno que no cabe leer como imitación tardía de Góngora ni como emancipación cultural criolla. Es, más bien, una operación de compensación periférica. Donde México y Lima podían exhibir imprentas antiguas, universidades ricas, teatro cortesano y comedias españolas representadas al mismo tiempo que en Madrid, el Nuevo Reino ofrecía atonía material, falta de riquezas, ausencia de gloria y un poder eclesiástico creciente. En ese medio, la intensificación retórica funcionó como sustituto simbólico del esplendor que no podía desplegarse en piedra, oro o corte.

Ese sustituto no fue por eso menor. Produjo obras que la tradición literaria colombiana reconocería, siglos después, como su punto de partida. Y produjo, sobre todo, una operación cultural específica: la de un letrado criollo —santafereño, tunjano, jesuita, monja de velo negro— que aprende a nombrar su reino en el idioma más elaborado del siglo, y que en ese aprendizaje deja de ser el eco tardío de la metrópoli para volverse habitante legítimo de un territorio con historia, cielo y santos propios.

Esa legitimidad, sin embargo, se ejerce dentro de un cerco estrecho. La escritura letrada del reino se producía bajo condiciones que este medio siglo permite ver con nitidez: exigencia de limpieza de sangre para ingresar a colegios y seminarios; carrera eclesiástica como cauce casi único; control del Consejo de Indias sobre lo que podía imprimirse; ausencia de imprenta local; dictado y copia manuscrita como método pedagógico dominante; jerarquías internas rigurosas en los conventos femeninos; monopolio de la alfabetización y de las funciones administrativas por parte de la élite española y sus descendientes criollos. La voz que emerge en Domínguez Camargo o en la Madre Castillo no es la voz del reino entero: es la voz de una fracción hispanizada y clerical que, dentro de esos límites precisos, articula una identidad letrada real pero parcial. Los mestizos que aparecen en las funciones domésticas de los conventos, los indios cristianizados de las misiones periféricas de Antioquia y Santander —donde la presencia de las órdenes fue mucho más reducida—, los esclavos africanos del litoral, no escriben este barroco.

Y sin embargo la operación funcionó. Cuando en el siglo XIX, ya con imprenta y con república, se buscara identificar los orígenes literarios de la nación, los nombres que emergerían serían precisamente estos: Rodríguez Freyle, Domínguez Camargo, la Madre Castillo, Piedrahíta. El manuscrito inédito de 1636 se imprimiría en 1859. Los Afectos espirituales saldrían de las bibliotecas conventuales para incorporarse al canon. La Historia General de Piedrahíta, impresa en Flandes, se reeditaría en Bogotá. En ese momento tardío se reconocería lo que en 1688 apenas se insinuaba: entre esos dos extremos, entre el manuscrito de Rodríguez Freyle y el volumen amberino de Piedrahíta, un reino periférico había aprendido a escribirse a sí mismo con las herramientas que tenía, y esa escritura, aun cercada por sus condiciones de producción, había alcanzado la densidad suficiente para ser reconocida como principio. De ahí en adelante, todo lo que en Colombia se escribiría —desde la Ilustración neogranadina hasta la novela del siglo XX— habría de contar con ese antecedente: el momento en que Santafé, Tunja y sus conventos dejaron de ser paisaje de crónica ajena y se volvieron sujeto de escritura propia.

05

La época alrededor

Este hecho no ocurrió solo

07

Archivo documental

Documentos y fragmentos citados

17 documentos · 30 fragmentos
01Enciclopedia de Colombia - Volumen 3Camilo Calderón Schrader (coordinador), Carmen Astrid Romero Baquero, Néstor Iván Osuna Patiño, José Eduardo Rueda Enciso, Blas Jaramillo Martínez, José Alejandro Rodríguez Ruiz, Henry Luque Muñoz · 2002 · p. 166, 2122 citas
[1]cuatro años antes de su muerte, en 1642. Desde el punto de vista historiográfico, Rodrí- guez Freyle se basa en las crónicas de fray Pedro Simón, el padre Juan de Castellanos y en la ex- tensa tradición oral americana. Rafael Humberto Moreno-Durán considera que esta obra, concebi- da inicialmente como una crónica,…p. 166
[5]todos los rasgos de lo que Jameson ha llamado el piso afectivo de la cultura posindustrial. Aquí, tanto la expresión como el contenido son posmodernos; un libro «rizoma» para una vida rizomática, la propuesta de una nueva expresión para una nueva percepción potenciada desde lo molecular. Aquí, el problema no es la…p. 212
02Violencia pública en Colombia, 1958-2010Marco Palacios · 2012 · p. 381 cita
[2]de la Real Audiencia. Los arzobispos, preben- dados y dignidades que han sido de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta 1636, que esto se escribe; con algunos casos sucedi- dos en este Reino, que van en la historia para ejemplo, y no para imitarlos, por el daño de la conciencia, obra…p. 38
03Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 250, 254, 2563 citas
[3]americanismos lingüísticos que aparecen aquí algunos por primera vez y entre los cuales sabe escoger certeramente a las que van a perdurar en la lengua española. Demuestra Manuel Alvar (14), que los indigenismos de Caste- llanos, como los que quedarán definitivamente incorporados al español, fueron aprendidos en su…p. 250
[6]su cultura originaria y esta expresión de mestizaje cultural da lugar a los rasgos más dis- tintivos del barroco americano que lo diferen- cian del español y del europeo (32). Las corrientes literarias dominantes en Es- paña durante el período barroco, tradicional- mente denominadas culteranismo y conceptis- mo,…p. 256
[20]son el concepto de la honra y el hidalguismo -con su consiguiente desprecio del trabajo manual- en la que rige una división en castas y una rigurosa distinción entre "oficios nobles", que están a disposición solamente de los "limpios de sangre", es decir, de aquellos sin "sangre de la tierra", y "oficios plebeyos", o…p. 254
04Historia abierta del arte colombianoMarta Traba · 2016 · p. 321 cita
[4]el caso de los mobiliarios ricos y la extrema aus- teridad en los mobiliarios comunes, y, centrando este es- cenario, la paraliteratura inocente y áspera de la crónica, 33 Híndicíe eríscde tsa ecds óiaioríeui ajustan perfectamente con una existencia colonial neo- granadina sin gloria, moderada por la falta de…p. 32
05Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 489, 496, 4993 citas
[7]que se enri quece con gran copia de americanismos ling üí sticos que aparecen aqu í algunos por primera vez y entre los cuales sabe escoger certe ramente los que van a perdurar en la lengua espa ñ ola. Demuestra Manuel Alvar u, que los indigenismos de Castellanos, como los que quedar á n definitivamente incorporados…p. 489
[10]la Iglesia en la cultura colonial se per cibe en el arte, casi todo religioso, y en los que escriben dentro de esa sociedad. La literatura neogranadina del siglo xvn, es notable mente m á s religiosa que la del siglo anterior. Durante el siglo xvn. y casi todo el siguiente, no s ó lo predomina la tem á tica religiosa,…p. 499
[22]publicaci ó n (1605) 22; en M é xico y en Lima se representaban las mismas come dias que pod í an verse en las principales ciudades espa ñ olas; en los colegios y universidades se ense ñ aba casi lo mismo que en la me tr ó poli. Sin embargo, no hay que olvidar que mal pod í a abrir las colonias al pensamiento moderno…p. 496
06Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Enrique Salcedo Martínez, Jose Joaquin Pinto Bernal, Katherinne Giselle Mora Pacheco · 2022 · p. 61 cita
[8]los sínodos de Popayán, Cartagena y Santafé de los años de 1555, 1556 y 1558. EBSCOhost: eBook Collection (EBSCOhost) printed on 4/29/2025 8:22:45 PM UTC via UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. All use subject to https://www.ebsco.com/terms-of-use. 49 Lucas Fernández de Piedrahíta. Historia General de las Conquistas del. Nuevo…p. 6
07Enciclopedia de ColombiaCamilo Calderón Schrader (Coordinador) · 2002 · p. 63, 2252 citas
[9]Un fuerte temblor de tierra sacude Santafé y destruye Pamplona (16 enero). 1645 Juan Fernández de Córdoba, presidente del Nuevo Reino; adelan- ta las obras en Honda para facilitar la nave- gación en el curso del Magdalena y organiza el archivo de la Au- diencia, encomenda- do al cronista Juan Flórez de Ocáriz. 1646…p. 225
[29]rior, función que fue disputada por Tunja y Santa- fé de Bogotá; pero en un corto plazo de tiempo se dirimió la decisión a favor de la segunda, gracias a su situación de cruce de caminos y a que gozaba de una localización más estratégica en términos de defensa de la ciudad, debido a la barrera de montañas que servían…p. 63
08Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 821 cita
[11]contingente de misioneros, bajo la dirección de fray Tomás de Ortiz, con el título de protector de los indios, per- tenecientes a la comunidad de los dominicos, cu- 326 Arzobispos de Santa Fe antafé fue elevada a la categoría de S arquidiócesis en 1563. Los arzobispos fueron fray Juan de los Barrios (1563-1569), Luis…p. 82
09Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XXSebastián Pineda Buitrago · 2012 · p. 32, 472 citas
[12]muy difícil de alcanzar. Iba más allá de la teología y se confundía con la poesía en la medida en que estaba lleno de visiones o delirios divinos. El misticismo, dijo Menéndez Pelayo, “llevó la elocuencia castellana al grado más alto a que pueda llegar lengua humana, convirtiendo la nuestra en la lengua más propia…p. 47
[28]el poder, la institución de la Real Audiencia prefirió guarecerse en el altiplano, entre Tunja y Bogotá, ciudades alejadísimas del mar y de la metrópoli. Naturalmente, allí se acen- tuó el formalismo de la ley y la escritura, y bajo aquella atmósfera mestiza encontramos los primeros textos narrativos. xxvi. De acuerdo…p. 32
10Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo Fabián García Rincón, William Elvis Plata, Diana Paola Hernández Fernández, Alberto José Campillo Pardo, Aliza Moreno-Goldschmidt, Odette Yidi David, Jorge Salcedo Martínez · 2022 · p. 1, 72 citas
[13]en los grandes gastos de las celebraciones religiosas, la salida y entrada de algunas de las mujeres, especialmente esclavas y seglares, que habitaban los claustros, habían creado una sensación de desorden que obligaba de nuevo a poner en extremo rigor las reglas establecidas en concilios y sínodos para lograr su buen…p. 7
[16]74 VIDA RELIGIOSA FEMENINA EN EL NUEVO REINO DE GRANADA, SIGLOS XVII Y XVIII Diana Paola Hernández Fernández Introducción El estudio de la vida religiosa femenina en Colombia se ha desarrollado desde múltiples perspectivas que buscan dar cuenta del papel de la mujer en la Colonia y la manera como la Iglesia católica…p. 1
11The Colombia Reader: History, Culture, PoliticsAnn Farnsworth-Alvear, Marco Palacios, Ana María Gómez López · 2017 · p. 1251 cita
[14]God distances himself, so close is it to us in this most vile flesh, which is no more than a sack of decay. That highest gift of chastity and purity, which makes of the soul the spouse of the Most High God, descends from above, from the Father of Light. I tore open my flesh with iron chains: I had myself My Soul,…p. 125
12Historia de la vida cotidiana en ColombiaBeatriz Castro Carvajal (editora) · 2016 · p. 491, 499, 5113 citas
[15]al tedio de la vida doméstica, o a un matrimonio impuesto por su familia, o buscando en el silencio y recogimiento de la 305 Mantilla, Luis Carlos, op. cit., pág. 43. 512 Bíndice Cnrdif Cnianonv vida conventual un espacio para desarrollar sus aptitudes intelectuales, ya fuese en la lectura, en el aprendizaje del…p. 511
[18]siglo xvii y tres al pe- riodo final del virreinato. El cuadro siguiente suministra en orden cronológico las fechas de fundación de las insti- tuciones con el objeto de facilitar una mayor comprensión de lo que fue el fenómeno global de la clausura femenina. Tipo de ciudad y fundación Fundación del primer convento…p. 499
[23]mano» (cuadernos de apuntes): «Materias que oyó el di- cho señor doctor… Desde gramática hasta teología hay de mano cincuenta y ocho libros». Debe anotarse, sin embargo, que desde el inicio de los estudios en Santafé hubo intentos por superar el dictado y la escritura, a través del uso, por cada escolar, de un texto.…p. 491
13Historias del arte en Colombia. Identidades, materialidades, migraciones y geografíasOlga Isabel Acosta Luna, Natalia Lozada Mendieta, Juanita Solano Roa · p. 623, 6352 citas
[17]conventual. Estos lienzos, como representaciones de “la victoria por un tránsito gozoso a la gloria eterna”⁴, permanecían en la clausura del monasterio como ejemplos e imágenes de devoción para las demás religiosas. El alcance de estas pinturas no era exclusivo a un solo cenobio, ni parece afectarse por las múltiples…p. 623
[19]la religiosa no se descomponía, ni despedía hedores sino aromas florales, eran conocidos en los claustros como signos milagrosos que indicaban su muerte en “olor de santidad”. Encontramos noticias al respecto en la amplia geografía conventual hispanoamericana. Sabemos, por ejemplo, del cuerpo incorrupto de la hermana…p. 635
14The Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical EliteFrank Safford · 1976 · p. 431 cita
[21]forms of cultural control, varying in their relative importance over time, helped to support, first, the power of the Spanish population in general and, second, that of a small group within that population. Military and related means of cultural dominion exercised by the upper class gave way during the sixteenth and…p. 43
15Historia de la religión en ColombiaJosé David Cortés Guerrero, Juana María Marín Leoz, Leonardo García Rincón · 2022 · p. 1, 14, 163 citas
[24]57 LAS ÓRDENES RELIGIOSAS Y LA SOCIEDAD NEOGRANADINA, SIGLOS XVI-XIX William Elvis Plata Introducción Las órdenes religiosas no solo fueron las grandes protagonistas del proceso de cristianización de la Nueva Granada en los siglos a, sino que, además, por lo mismo, adquirieron tal grado de XVI XVIII poder y de…p. 1
[25]algunas regiones, como las actuales Antioquia y Santander, la influencia de las órdenes religiosas fue mucho más reducida, al punto de no existir sino muy pocos conventos y casas religiosas durante los siglos y. XVI, XVII XVIII Tan estrecho fue el vínculo de las órdenes con los poderes civiles, que su establecimiento…p. 14
[27]o convento escogido nombraba a un “capellán” (de ahí el nombre) que se encargaba de hacer las celebraciones. Asunción Lavrin, “Cofradías novohispanas: economías material y espiritual”, en Cofradías, capellanías y obras, ed. María del Pilar Martínez (Ciudad de México: UNAM, Instituto de pías en la América colonial…p. 16
16Antropología hecha en Colombia. Tomo IIEduardo Restrepo, Axel Rojas, Marta Saade (Editores); Carlos Uribe, Roberto Pineda, Andrea Pérez, et al. · 2017 · p. 1211 cita
[26]De una parte, la profusa producción, la cuidadosa colección y la exclusiva posesión de textos servía para proyectar una cautivante imagen de un Estado omnisciente y que todo lo conocía. De otra, los documentos manuscritos servían como fuentes para la escritura y publicación de la historia oficial y su colección servía…p. 121
17Peregrinación de AlphaManuel Ancízar · 2016 · p. 3751 cita
[30]se avecindaron en Tunja, labrando casas cos - tosas, cuyas portadas sembraron de escudos de armas «para eternizar su fama en la posteridad», según cándidamente lo afirmaba Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la encopetada ciudad, la cual, no obstante todo aquello, progresó tan poco, que ciento cincuenta…p. 375