Alfredo Molano Bravo
Sociólogo, cronista y escritor colombiano (1944–2019) que dedicó casi medio siglo a documentar la relación entre tierra, colonización y guerra en Colombia, dando voz a campesinos, desterrados y pobladores de la frontera agrícola mediante una obra que oscila entre la sociología de campo y la literatura testimonial.
- 1980Primeras publicaciones con el CINEP — Publicó 'Amnistía y violencia' y, junto a Alejandro Reyes Posada, 'Los bombardeos en el Pato' (CINEP, 1980), donde ensayó por primera vez la técnica de imputación personal: condensar en un personaje campesino imaginario datos recogidos con múltiples testigos reales.
- 1985Los años del tropel — Publicó 'Los años del tropel: relatos de la Violencia' (CINEP/CEREC, 1985), obra que reconstruyó el ciclo de violencia bipartidista desde los testimonios de campesinos sobrevivientes y se convirtió en referencia obligada de los estudios sobre el conflicto colombiano.
- 1995Del Llano llano — Publicó 'Del Llano llano: relatos y testimonios' (El Áncora Editores, 1995; reeditado por Aguilar/Punto de Lectura en 2008), extendiendo su trabajo de crónica testimonial a los Llanos Orientales y su geografía de colonización y guerra.
- 1999Exilio en Barcelona — Tras amenazas sostenidas desde mediados de los años noventa, llegó a Barcelona en febrero de 1999 e inició formalmente su exilio. El asesinato del periodista Jaime Garzón ese mismo año lo llevó a admitir que no podría regresar pronto a Colombia.
- 2001Desterrados: crónicas del desarraigo — Publicó 'Desterrados' (El Áncora Editores, 2001), escrito durante el exilio en Barcelona. El libro retrata a colombianos expulsados de su tierra por el conflicto y contiene su declaración más citada: su propio destierro era 'un pálido reflejo' de la tragedia de millones de compatriotas desterrados en su propio país.
- 2009En medio del Magdalena Medio — Publicó 'En medio del Magdalena Medio' (CINEP/Cordaid/Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, diciembre de 2009), volviendo sobre una de las regiones emblemáticas del paramilitarismo y la disputa por la tierra.
- 2015A lomo de mula — Publicó 'A lomo de mula: viajes al corazón de las FARC' (Comunican S.A./El Espectador, 2015; segunda edición Aguilar/Penguin Random House, abril de 2016), crónicas de sus recorridos por territorios guerrilleros en vísperas del acuerdo de La Habana.
- 2018Antología de crónicas periodísticas y consagración en el canon — El Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia publicaron su 'Antología de crónicas periodísticas' (ISBN 978-958-5488-39-7) dentro de la colección Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, con presentación del propio Molano, consagrándolo en vida como figura central del periodismo colombiano.
Alfredo Molano Bravo
Alfredo Molano Bravo (1944–2019) fue el sociólogo que decidió que la historia de Colombia no cabía en los archivos notariales ni en los boletines oficiales, y salió a buscarla en los caminos de herradura. Cronista, columnista de El Espectador durante décadas, autor de una veintena de libros que oscilan entre la sociología de campo y la literatura testimonial, comisionado de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad hasta su muerte, Molano puso en circulación —con obstinación de casi medio siglo— la voz del campesino colonizador, del desterrado, del empujado hacia la frontera agrícola por la violencia y allí expulsado de nuevo. Su obra no se lee solo como testimonio: es también una tesis sostenida sobre la relación entre tierra, colonización y guerra, tesis que la academia colombiana e internacional terminó citando como referencia obligada. Que esa tesis viajara encarnada en las voces de quienes la padecían —y no en el lenguaje neutro de la sociología estructural— fue su decisión política más duradera.
El sociólogo que se hizo cronista
Molano nació en Bogotá en 1944, en una generación que llegó a la universidad justo cuando las ciencias sociales colombianas empezaban a pensarse por fuera del molde tradicional. La Universidad Nacional, con Orlando Fals Borda al frente de la primera Facultad de Sociología del país, y la memoria cercana de Camilo Torres Restrepo —el sacerdote sociólogo muerto en 1966 en el monte con el ELN— formaban el paisaje intelectual en el que se formó. De allí Molano heredó dos convicciones que nunca abandonaría: que la sociología no es contabilidad de encuestas sino escucha, y que el objeto legítimo del conocimiento no está en el centro del país sino en sus bordes.
Su entrada al oficio no ocurrió por la vía canónica del paper académico. En 1980, con treinta y seis años, publicó dos libros a través del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP): Amnistía y violencia, un examen de las condiciones políticas que rodeaban las salidas negociadas al conflicto, y Los bombardeos en el Pato, escrito con el también sociólogo Alejandro Reyes Posada sobre las operaciones militares contra colonos campesinos en el Caquetá. Este segundo libro, breve y de circulación restringida, contiene ya en germen el método que definirá toda su obra posterior: en lugar de citar informes oficiales y comunicados militares, Molano y Reyes construyen la narración desde una campesina imaginaria a quien atribuyen datos recogidos entre múltiples testigos reales. Orlando Fals Borda, al comentar años después el procedimiento, lo llamó imputación personal y lo reconoció como técnica válida y necesaria para investigar en condiciones difíciles, cuando la seguridad de los informantes exigía no nombrarlos y la fidelidad de los hechos no toleraba la abstracción estadística.
Ese hallazgo temprano —que el testimonio disperso podía condensarse en un personaje compuesto sin traicionar la verdad, y que ese personaje podía llevar el peso de una tesis sociológica— fue la matriz de todo lo que vendría. Molano no lo formuló como manifiesto; lo puso a trabajar libro tras libro.
Los años del tropel: la Violencia contada desde abajo
En 1985, coeditado por CEREC y el CINEP, apareció Los años del tropel: relatos de la Violencia, el libro que fijó su nombre en el campo de los estudios sobre el conflicto colombiano. La Violencia con mayúscula —el ciclo abierto por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y prolongado durante los años cincuenta en las cordilleras, los llanos y el sur del Tolima— había sido ya objeto de la obra fundacional de monseñor Germán Guzmán, Fals Borda y Eduardo Umaña Luna en 1962, y de una tradición historiográfica que le siguió. Lo que Molano hizo con Los años del tropel fue distinto: recogió los relatos de campesinos que sobrevivieron a esos años, los transcribió respetando el ritmo y el léxico del habla rural colombiana, y los ordenó en secuencias donde la trama política aparece filtrada por el modo en que la vivieron quienes tuvieron que huir de sus tierras, empuñar un arma, cambiar de nombre o cruzar cordilleras enteras con lo puesto.
El libro entró rápidamente en las bibliografías especializadas sobre la Violencia y allí se quedó. Es citado en compilaciones académicas junto a los trabajos clásicos del campo, y su fórmula —transcribir en primera persona a los sujetos populares del conflicto, dejando que el argumento estructural emerja de la acumulación de sus voces— se convirtió en firma reconocible. La sociología colombiana había producido antes trabajos de historia oral, pero pocos con la voluntad literaria de Molano: sus transcripciones son también prosa, y su prosa nunca se despega del oído.
La colonización como llave analítica
Detrás del cronista había un analista de estructuras. Desde temprano, y con creciente sistematicidad, Molano sostuvo que la clave para entender la persistencia de la violencia en Colombia no estaba en las ideologías de los actores armados ni en la debilidad institucional entendida en abstracto, sino en el proceso mismo por el cual el campesinado había ido colonizando las tierras baldías del piedemonte llanero, la Amazonia, el Magdalena Medio, el Ariari, el Sarare y el Urabá. Ese proceso, argumentaba, no era una épica del progreso agrario sino una máquina de despojo diferido: los campesinos abrían monte, levantaban fincas, sembraban pastos, y cuando la tierra ya tenía valor llegaban ganaderos, comerciantes y latifundistas —a veces con títulos, a veces con armas— a comprarla barato o a arrebatarla. Los estudios del INCORA en la década de 1960 ya habían apuntado que la concentración de la tierra estaba directamente vinculada a la colonización; Molano tomó ese hilo y lo tejió hacia adelante, hasta los años de la coca y los paramilitares.
Su capítulo Violence and Land Colonization, incorporado a un volumen académico internacional sobre violencia en Colombia, siguió esa línea desde los años cuarenta hasta los ochenta y consolidó su lugar en la bibliografía anglófona sobre el conflicto. Allí su nombre quedó asociado a una visión llamada ortodoxa sobre la relación entre guerrilla y campesinado, en contraste con la posición disidente de Daniel Pécaut. La etiqueta simplifica: la de Molano no era una tesis mecánica de colonización armada —él mismo era consciente, como lo habían advertido Jaramillo, Mora y Cubides en 1986, de que ese esquema no podía aplicarse sin más a todos los casos—, sino una lectura territorial y regional de las condiciones económicas que hacían de ciertas zonas del país el escenario recurrente de la guerra. En el Caquetá, el piedemonte llanero, el Sarare, el Ariari y el Magdalena Medio, la economía se enredaba con el latifundio ganadero; en Amazonas y Putumayo, con la cauchería y la quina primero, con la coca después. En todas partes, los colonos quedaban atrapados entre la selva y el mercado, entre el Estado que llegaba tarde y los ejércitos privados que llegaban temprano.
Entre 1947 y 1962 —lo que él llamó la colonización de la Violencia— cientos de miles de personas fueron empujadas desde el interior del país hacia la Amazonia occidental por el desplazamiento forzado, en uno de los procesos migratorios más importantes de la historia colombiana. Esa oleada rehizo la estructura regional del piedemonte amazónico y determinó, argumentaba Molano, buena parte de lo que allí ocurriría después. Cuando en los años ochenta y noventa esas mismas regiones se llenaron de cultivos ilícitos, de guerrillas y de grupos paramilitares, el sociólogo pudo mostrar la continuidad: la geografía del conflicto reciente coincidía punto por punto con la geografía de la colonización campesina expulsada por la Violencia. No era casualidad; era la misma historia.
Método: escuchar, viajar, transcribir
Molano no separaba nunca la tesis del oficio. Su método —viajar meses a las regiones, alojarse donde los campesinos, escuchar horas de relato, tomar notas, volver, transcribir— era en sí mismo el argumento. Repetía que la historia no era solo lo ocurrido a los hombres notables ni lo que constaba en documentos oficiales, sino una voz llena de timbres y de acentos de gente anónima. La frase, que la Comisión de la Verdad recogería después como epígrafe implícito de su trabajo territorial, no era una consigna: era el resumen exacto de una práctica de casi cincuenta años.
Esa práctica tenía procedimientos concretos. La imputación personal, ya ensayada en Los bombardeos en el Pato, se convirtió en herramienta habitual: cuando la seguridad de los informantes o la coherencia narrativa lo exigían, Molano condensaba en un personaje —una campesina, un raspachín, un correo de droga, un desplazado— datos recogidos con muchas personas reales, sin dejar por eso de ser fiel a la sustancia de lo escuchado. La técnica corría en paralelo a los desarrollos metodológicos que Fals Borda formalizaba en la investigación-acción participativa, y aunque Molano no se inscribió explícitamente en esa corriente, la afinidad era evidente: ambos entendían que las condiciones colombianas —violencia, miedo, ilegalidad de las economías, ilegitimidad del Estado en amplios territorios— obligaban a inventar formas de saber que ninguna metodología manualesca contemplaba.
La narración en primera persona ficticia, otra de sus firmas, aparece con claridad en su texto sobre las mulas del narcotráfico, construido a partir de entrevistas realizadas a personas recluidas en cárceles españolas y latinoamericanas. Molano no fingía que la voz del correo de droga que hablaba en el relato fuera literalmente la de un individuo entrevistado: era la voz compuesta de muchos, moldeada por el escritor. Y sin embargo, cada dato —el precio del kilo, la ruta del avión, el método para tragar las cápsulas, el miedo específico de una madre pobre metida en un negocio criminal— venía del oído. La crónica quedaba en una zona ambigua entre literatura y sociología, pero esa ambigüedad era funcional: acercaba al lector a un mundo social al que ni la ficción pura ni el paper académico podían llegar del mismo modo.
Exilio en Barcelona
A mediados de los años noventa las amenazas contra Molano se volvieron insostenibles. Su nombre había pasado a formar parte de los listados de intelectuales incómodos que producían los aparatos de inteligencia y los grupos paramilitares en expansión. En febrero de 1999 llegó a Barcelona, donde abrió por primera vez su apartamento y comenzó formalmente su exilio.
El destierro coincidió con el asesinato en Bogotá del humorista y periodista Jaime Garzón, el 13 de agosto de 1999. Molano lo contaría después con la frase escueta de quien reconoce un umbral: solo entonces admitió que no podría regresar pronto a Colombia, y se sentó a escribir Desterrados: crónicas del desarraigo, publicado en Bogotá por El Áncora Editores en 2001. El libro es una serie de retratos de colombianos empujados de su tierra por el conflicto —los que Molano llamaba exiliados en su propio país—, y su prólogo contiene la que sería su declaración más citada sobre el destierro: su propio exilio, escribió, era apenas un pálido reflejo de la tragedia de millones de compatriotas expulsados dentro de las fronteras nacionales.
La formulación no era retórica. Molano vivía en Barcelona en condiciones que, comparadas con las de una familia campesina desplazada por los paramilitares del Urabá o del Magdalena Medio, eran privilegiadas. Pero el rasgo estructural era el mismo: la imposibilidad de volver, la vida partida en dos por una violencia que no reconocía diferencias entre el intelectual que la nombraba y el campesino que la sufría. De esa experiencia salió un libro donde la voz del cronista se acerca más que en cualquier otro momento a la de sus personajes, y donde la tesis política que atraviesa toda su obra se enuncia sin adornos: sin un acuerdo político profundo, escribió, Colombia no echaría las bases de una verdadera democracia, y la guerra solo produciría la dictadura de los vencedores.
El corpus: libros, columnas, editoriales
La obra editada de Molano es amplia y recorre casi cuatro décadas. Amnistía y violencia (CINEP, 1980) y Los bombardeos en el Pato (CINEP, 1980, con Alejandro Reyes Posada) inauguraron la serie. Los años del tropel (CINEP/CEREC, 1985) fijó su nombre. Del Llano llano: relatos y testimonios, publicado originalmente por El Áncora Editores en 1995 y reeditado por Aguilar/Punto de Lectura en 2008, extendió el trabajo a los Llanos Orientales, esa otra geografía de colonización, ganadería y guerra que Molano recorrió con la misma paciencia de oído. Desterrados apareció en 2001. En medio del Magdalena Medio, publicado por el CINEP en diciembre de 2009 con Cordaid y el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, volvió sobre una de las regiones emblemáticas del conflicto reciente, escenario del paramilitarismo temprano y de la disputa por la tierra petrolera y ganadera.
A lomo de mula: viajes al corazón de las FARC, con copyright original de Comunican S.A. —la sociedad editora de El Espectador— en 2015 y segunda edición bajo el sello Aguilar (Penguin Random House) en abril de 2016, recogió las crónicas de sus recorridos por territorios controlados por la guerrilla en los años previos a la firma del acuerdo de La Habana. En 2018, el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia publicaron su Antología de crónicas periodísticas dentro de la colección Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, serie Periodismo: 398 páginas en formato digital, con presentación —Palabras de entrada— del propio Molano, gesto editorial que lo consagraba en vida como pieza del canon del periodismo colombiano.
Junto a los libros corrió, semana tras semana durante décadas, su columna en El Espectador. Allí Molano hizo lo que en los libros hacía con más aliento: contar el país desde sus regiones periféricas, denunciar el despojo campesino, explicar la coca, la ganadería, el paramilitarismo, la guerrilla. Su hijo Alfredo Molano Jimeno, también periodista del mismo diario, prolongaría después en el oficio ciertos temas y modos del padre. La huella de Gabriel García Márquez —la convicción de que el periodismo era un género literario mayor, y de que Colombia solo podía contarse bien mezclando reportería y literatura— está en el fondo de esa tradición, aunque Molano nunca fue novelista y nunca pretendió serlo. Su territorio era otro: el de la crónica que también es sociología, el del testimonio que también es prueba.
Red intelectual, disputas y reconocimiento
Molano no fue nunca un intelectual solitario. Su base institucional más constante fue el CINEP, el centro jesuita fundado en Bogotá en los años setenta, que publicó al menos dos de sus obras tempranas y con el que mantuvo vínculo editorial hasta En medio del Magdalena Medio en 2009. La cercanía con la sociología de Fals Borda —quien reconoció en su técnica de imputación personal un procedimiento metodológico legítimo— lo emparentó con la corriente de la investigación-acción participativa sin absorberlo en ella. La memoria de Camilo Torres Restrepo, cura y sociólogo, quedaba como referente ético más que como programa.
Su recepción académica fue, desde temprano, doble. Dentro de Colombia entró en las bibliografías especializadas sobre la Violencia junto a Gonzalo Sánchez y otros historiadores del campo. En el mundo anglófono, su capítulo Violence and Land Colonization apareció en un volumen colectivo sobre violencia en Colombia y fue citado durante décadas como referencia canónica, aunque allí se lo presentó como representante de una lectura ortodoxa del vínculo entre guerrilla y campesinado, en contraste con la posición disidente de Daniel Pécaut. La etiqueta es discutible —Molano nunca defendió una identificación mecánica entre insurgencia y base social campesina—, pero refleja el hecho de que su obra fue leída también como argumento estructural, no solo como literatura testimonial. En 2020, cuando Joanne Rappaport publicó su libro sobre Fals Borda y la investigación-acción participativa en Colombia, ese campo de las ciencias sociales colombianas seguía siendo objeto de estudio internacional, y Molano formaba parte de su cartografía obligatoria.
Las polémicas no le fueron ajenas. Escribir durante décadas sobre las FARC —recorrer sus zonas, escuchar a sus mandos, conversar con sus bases— le valió acusaciones de complacencia guerrillera por parte de sectores de la opinión colombiana. Escribir sobre paramilitares, ganaderos y latifundistas le valió las amenazas que lo llevaron al exilio. A finales de los años noventa, un pleito judicial promovido por familias de la Costa Atlántica lo enfrentó a demandas por injuria y calumnia que se prolongaron durante años. Molano defendió su derecho a nombrar responsabilidades históricas, y el episodio dejó en claro que su oficio no era el de un observador neutral: era el de un cronista con tesis, dispuesto a sostenerlas en los tribunales si hacía falta.
La Comisión de la Verdad
En 2017, con la firma del acuerdo entre el gobierno colombiano y las FARC, se creó la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, presidida por el sacerdote jesuita Francisco de Roux. Molano fue nombrado comisionado. La designación no era ceremonial: se le pidió que orientara el despliegue territorial de la Comisión, es decir, la parte del trabajo que consistía en llevar la escucha a las regiones donde la guerra había sido más cruel y donde los archivos oficiales callaban.
Fue el trabajo que había hecho toda su vida, ahora con mandato institucional. Molano murió durante ese periodo, dejando inconclusa su participación pero habiendo alcanzado a fijar el rumbo. La Comisión, que trabajó durante cuatro años efectivos y llegó a realizar cerca de 14.000 entrevistas y a establecer conversaciones con más de 30.000 personas de todas las regiones y sectores sociales, reconoció explícitamente en sus informes regionales la deuda con él: orientó el despliegue territorial hasta su muerte, y su idea de que la historia debía contarse desde las voces anónimas y los territorios silenciados quedó grabada como una de las brújulas del ejercicio.
Junto a la comisionada Ángela Salazar —lideresa social afrocolombiana del Chocó, muerta en agosto de 2020 y reemplazada por Leyner Palacios—, Molano convocó a la Comisión a mirar el revés de la historia de la guerra, expresión que remitía al libro El revés de la nación de la antropóloga Margarita Serje, sobre las periferias y fronteras internas colombianas. La consigna no era retórica: quería decir que el conflicto no podía entenderse desde Bogotá hacia afuera, sino desde los bordes hacia el centro. El Tomo 11 del Informe Final —Colombia adentro— recogió esa apuesta en varios volúmenes regionales, entre ellos el del Magdalena Medio, la misma región que Molano había recorrido para el libro de 2009.
Que el sociólogo perseguido a mediados de los noventa por escribir lo que escribía terminara veinte años después orientando el trabajo territorial de una institución del Estado colombiano no borra la contradicción: la muestra. El país que primero lo expulsó a Barcelona fue el mismo que después le pidió que ayudara a contar oficialmente su propia guerra. Molano aceptó el encargo con la coherencia de quien nunca había hecho otra cosa. Su método, gestado en los ochenta al margen de las instituciones, se convirtió al final de su vida en el método de una comisión de Estado. Si esa institucionalización prolongó genuinamente su apuesta o la absorbió es una pregunta que el tiempo, y las lecturas futuras del Informe Final, tendrán que responder.
Huella
Molano murió en 2019, tras casi cincuenta años dedicados a un mismo oficio: escuchar a los campesinos colombianos, transcribir sus voces, argumentar desde ellas una tesis sobre tierra, colonización y violencia. Deja una obra de veinte libros aproximadamente, miles de columnas en El Espectador, un capítulo en la formación institucional de la Comisión de la Verdad, y una manera de escribir que ha marcado a dos generaciones de cronistas y sociólogos colombianos.
Su legado no es una escuela cerrada. Es más bien una insistencia: que la historia de Colombia no puede contarse sin las voces de quienes la padecieron en sus zonas más remotas, y que esas voces no son un ornamento del argumento sino el argumento mismo. La tesis estructural sobre colonización y violencia que sostuvo durante décadas —que la frontera agrícola colombiana fue una máquina de expulsión repetida, que los mismos campesinos que huyeron de la Violencia terminaron desplazados por el paramilitarismo, que la geografía del conflicto reciente reproduce la geografía del despojo temprano— ha sido matizada y discutida por historiadores posteriores, pero sigue siendo referencia obligada. Y su método —la crónica sociológica, la imputación personal, la narración en primera persona ficticia construida desde entrevistas reales— constituye una tradición viva que se lee en Colombia y fuera de ella.
Hay en Molano un rasgo que su propia obra ayuda a nombrar: la convicción de que el intelectual no es alguien que habla sobre el pueblo, sino alguien que le presta al pueblo el idioma escrito. La distinción parece pequeña y es decisiva. Explica por qué sus libros se leen todavía en las universidades y también en las regiones que retratan, por qué el CINEP y las editoriales comerciales lo publicaron con igual empeño, por qué la Comisión de la Verdad lo llamó a orientar su trabajo territorial y por qué su columna en El Espectador fue durante décadas cita obligada del debate público colombiano. En un país donde la palabra escrita ha pertenecido tradicionalmente a Bogotá y a las élites letradas, Molano hizo el trabajo largo, paciente y peligroso de trasladar hacia esa palabra las voces que la habían sostenido sin figurar en ella.
El campesino colonizador que aparece en sus libros —el que abrió monte en el Guaviare, el que sembró coca en el Putumayo, el que huyó del Sumapaz en los años cincuenta, el que fue expulsado del Urabá en los noventa— no era su personaje. Era su interlocutor. Esa distinción, ejercida durante medio siglo con una consistencia que pocos intelectuales colombianos han igualado, es probablemente la mejor definición de lo que Alfredo Molano Bravo fue y de lo que dejó.